Negocios

El “aura” gana terreno frente a los likes como indicador de autenticidad y prestigio

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La Generación Z en Latinoamérica está cambiando las reglas del juego social en la escena digital. En Argentina y en toda la región, el prestigio en redes sociales ya no se mide por la cantidad de seguidores o ‘likes” sino por un concepto mucho más intuitivo, intangible y riguroso: el ‘aura’. Esta nueva tendencia cultural está redefiniendo la presencia digital y advierte a las empresas que la rigidez corporativa es el camino más rápido para perder relevancia.

El ‘aura’ es un sistema intuitivo y de prestigio donde los jóvenes ganan o pierden reputación según su actitud, serenidad, confianza y estilo personal, por encima de la acumulación de likes. A diferencia de las métricas, el aura no se puede comprar ni pautar y se ha popularizado masivamente en plataformas como TikTok e Instagram.

Tener ‘aura positiva’ implica proyectar una seguridad sin esfuerzo y actuar con coherencia. Por el contrario, forzar situaciones, parecer desesperado por atención o mostrar falsedad restan puntos de aura de forma inmediata.

El fenómeno en Argentina y Latam: Por qué lo rígido ’resta aura’

En la región, y con especial fuerza en Argentina, la adopción de este vocabulario refleja un cambio más profundo: el paso del scroll pasivo a la búsqueda activa de contenidos genuinos. La juventud convirtió el ‘aura’ en un filtro cultural para juzgar tanto a creadores de contenido como a marcas comerciales.

Cuando las empresas intentan sumarse de forma forzada a tendencias, utilizando modismos que no dominan, o manteniendo posturas excesivamente corporativas e impersonales, caen en el cringe. En el código juvenil, estas acciones generan una ‘pérdida masiva de aura’, produciendo un rechazo inmediato de la audiencia.

“El consumidor latinoamericano actual no busca marcas perfectas ni discursos publicitarios impecables; busca originalidad, soltura y pertenencia. Cuando una empresa intenta imitar la cultura juvenil desde la rigidez, el público lo percibe como falso. Escuchar a la comunidad y reírse de uno mismo es lo que realmente suma aura en el ecosistema digital”, menciona Livia Gammardella, directora de marketing y digital en LatAm Intersect.

A pesar del escepticismo general, las marcas tienen una oportunidad de oro: el 80% de los consumidores latinoamericanos confía en que las marcas que eligen harán lo correcto, siempre que demuestren transparencia, abandonen la rigidez y respeten la cultura local. Esta transición hacia el ‘aura’ como métrica de prestigio confirma que la reputación en redes sociales deja de ser una cuestión de alcance cuantitativo para convertirse en un ejercicio de credibilidad cualitativa. 

Para las marcas y creadores de contenido en Argentina y Latinoamérica, no ‘restar aura’ requiere una evolución estratégica: cultivar espacios en microcomunidades reales, trabajar con voces genuinas y abrazar la vulnerabilidad con sentido del humor. En la nueva era digital de Latinoamérica, ganar aura no se logra pareciendo perfecto, sino demostrando ser real.

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El valor hora no alcanza para decidir si una actividad profesional conviene

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Hace unas semanas tuve que revisar cuánto tiempo estaba dispuesta a seguir asignando a una responsabilidad profesional.

La primera reacción fue calcular cuánto valían esas horas. Ponerles un número parecía una buena manera de ordenar la decisión. Pero cuando llevé esa cuenta a mi agenda real apareció algo que el cálculo no mostraba: traslados, preparación, temas que continuaban después del horario previsto, interrupciones y otras actividades que debía desplazar para sostener ese compromiso. Entonces la pregunta cambió. Ya no necesitaba saber solamente cuánto deberían pagarme por esas horas. Necesitaba entender si tenía sentido que siguieran ocupando ese lugar en mi vida profesional.

En mi columna anterior escribí sobre cuánto vale realmente una hora de trabajo y sobre el costo de oportunidad. Ahora quiero avanzar un paso más: conocer nuestro valor hora económico es necesario, pero no alcanza para decidir.

Cuando el número dice una cosa y la agenda dice otra

El valor hora permite estimar cuánto producimos o cuánto necesitamos cobrar por un trabajo. Es útil para fijar honorarios o negociar una propuesta. El problema aparece cuando esperamos que ese número decida por nosotros. A veces dos actividades pueden pagar exactamente lo mismo por hora y tener costos completamente distintos. Una puede empezar a las diez, terminar a las once y desaparecer de nuestra cabeza hasta la próxima semana. La otra puede requerir traslado, preparación previa, mensajes posteriores, coordinación con otras personas y la expectativa de estar disponible si aparece algún problema, con la misma remuneración por hora. Esa diferencia, en tiempo, atención y disponibilidad puestos a disposición, rara vez entra en la negociación.

Lo que una hora desplaza

Cada vez que incorporamos una nueva actividad no estamos agregando una hora a una agenda vacía: estamos reasignando capacidad. Una consulta que no atendemos, una mañana de concentración que interrumpimos, un proyecto que vuelve a postergarse. Eso es costo de oportunidad, y no siempre se manifiesta como dinero que dejamos de ganar. Muchas veces aparece como foco fragmentado o como una agenda organizada alrededor de las necesidades de otros. Por eso empecé a usar una distinción que me resulta útil: además del valor hora económico, pensar en un valor hora de decisión.

No es un indicador financiero ni una fórmula, sino un marco para mirar lo que el precio por hora deja fuera de la conversación. La pregunta es: ¿qué tiene que justificar una actividad para que tenga sentido asignarle parte de mi tiempo?

Hay actividades que ocupan una hora y terminan ahí. Otras dejan un residuo: un mensaje pendiente, una decisión que vuelve a aparecer, la sensación de estar “medio ahí” aun cuando estamos trabajando en otra cosa. El calendario puede mostrar una hora ocupada. La atención puede quedar comprometida durante mucho más tiempo. Tampoco es lo mismo un horario fijo que la disponibilidad de “por si surge algo”. Aceptar esto último implica ceder parte de la capacidad de organizar el resto de la agenda. También hay un costo que casi nunca entra en la conversación económica: de dónde salen esas horas, podría ser del descanso, de la familia, de otros proyectos o del margen para pensar.

Esto no significa descartar toda actividad exigente. Hay momentos en los que elegimos trabajar más o asumir un desafío. La diferencia está en que sea una decisión consciente y no el resultado automático de seguir sumando compromisos.

No todo lo que paga menos vale menos

El razonamiento tampoco debería llevarnos a elegir siempre lo que ofrece el mayor retorno económico inmediato. Hay actividades que pagan menos y tienen un valor estratégico considerable: una experiencia que necesitamos adquirir, una relación profesional que queremos desarrollar, un proyecto propio cuyo retorno aparecerá más adelante. Se podría responder que toda decisión estratégica, tarde o temprano, también se traduce en dinero y que bastaría con extender el horizonte del cálculo. Pero eso supone que ese retorno futuro es previsible y que el costo de sostenerlo mientras tanto no cuenta. En la práctica, ese retorno muchas veces no es previsible y el costo sí existe. Por eso el valor hora de decisión no pregunta únicamente cuánto genera algo. También obliga a mirar qué construye y qué exige mientras tanto.

Una propuesta financieramente modesta puede tener sentido estratégico. Otra puede resultar atractiva en el papel y, al mismo tiempo, consumir tanta atención y disponibilidad que termine siendo, en los hechos, la más cara.

Negociar algo más que el precio

Cuando volví a mirar aquella responsabilidad profesional, entendí que el problema no se resolvía únicamente negociando una cifra mejor. Antes tenía que decidir cuánto tiempo estaba dispuesta a asignarle, qué nivel de disponibilidad podía comprometer y qué otras actividades no quería seguir desplazando.

Recién después tenía sentido hablar de dinero.

Durante buena parte del recorrido profesional solemos pensar el crecimiento como acumulación: más clientes, más responsabilidades, más proyectos. En algún momento la dificultad cambia. Ya no se trata solamente de sumar, sino de decidir cuáles de esos compromisos merecen seguir ocupando un tiempo que ya no alcanza para todo.

Volví entonces a aquella responsabilidad profesional con otra pregunta. No cuánto pagaba la hora, sino qué estaba dejando de sostener para poder dedicarle esas horas.

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Educación que trasciende: INCADE celebró la graduación de más de 60 nuevos profesionales

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El Instituto INCADE celebró este jueves 27 de agosto su Acto de Colación 2026, una  ceremonia que reunió a estudiantes, familiares, docentes, autoridades y a toda la  comunidad educativa para reconocer a quienes culminaron una etapa fundamental de  su formación profesional. 

Durante el acto, más de 60 egresados de las distintas carreras del instituto recibieron sus diplomas, luego de completar su recorrido académico en las tecnicaturas superiores. 

La diversidad y el alcance territorial de la propuesta académica del INCADE también  quedaron reflejados en la procedencia de los egresados. Además de estudiantes de  Posadas, durante este ciclo culminaron sus estudios jóvenes provenientes de distintos  puntos de Misiones, entre ellos Puerto Iguazú, Eldorado, Oberá y Leandro N. Alem, así  como estudiantes de la provincia de Corrientes.

La ceremonia también permitió poner en valor el recorrido de quienes eligieron  continuar su capacitación profesional a través de la Escuela de Negocios INCADE.  Durante 2025, más de 200 personas completaron distintos trayectos,  especializaciones, cursos, talleres y programas ejecutivos, apostando a la  actualización permanente de sus conocimientos y a la incorporación de nuevas  herramientas para desenvolverse en un mercado laboral en constante transformación. 

Educación que trasciende 

El Acto de Colación también fue una oportunidad para reafirmar los pilares sobre los  que el INCADE construye su propuesta educativa: innovación, tecnología,  emprendedurismo y una visión transformadora

La institución plantea una formación profesional de tres años basada en la experiencia  práctica y en la premisa de “aprender haciendo”, donde los alumnos estudian de  tecnología y con tecnología, incorporando herramientas que les permitan  desenvolverse en escenarios profesionales cada vez más dinámicos. 

A esta mirada se suma uno de los principales ejes de la institución: formar  profesionales preparados para emprender y liderar sus propios negocios,  promoviendo no solamente la inserción laboral, sino también la capacidad de generar  nuevas oportunidades. 

INCADE proyecta su propuesta académica hacia 2027 

Con la mirada puesta en el próximo ciclo, el Instituto INCADE ya tiene abiertas las  inscripciones para el ciclo lectivo 2027, con una nueva incorporación a su oferta  académica: la carrera de Diseño Gráfico Digital, que se suma a las tecnicaturas de:

• Administración Digital de Empresas. 

• Gestión Ágil de Recursos Humanos. 

• Gestión de Negocios Internacionales. 

• Marketing y Publicidad Digital. 

• Programación e Innovación Tecnológica. 

La propuesta de formación también se extiende a través de la Escuela de Negocios INCADE, que ofrece cursos, capacitaciones, talleres y programas ejecutivos destinados  a profesionales y emprendedores que buscan seguir capacitándose, actualizar sus  conocimientos y adquirir nuevas herramientas para potenciar su desarrollo  profesional y empresarial. 

Muchas de estas propuestas cuentan con modalidad 100% online, permitiendo a los  participantes formarse desde donde estén y organizar sus tiempos de estudio de  acuerdo con sus posibilidades. 

Entre las alternativas, orientadas a las nuevas demandas del mundo profesional y  empresarial, se encuentran: 

• Inglés para Negocios. 

• Agilidad Empresarial. 

• Líder Mentor. 

• Community Manager. 

• Análisis de Datos. 

• Impresión 3D. 

Las personas interesadas pueden comunicarse al 3764 882824 o acercarse a las sedes  del INCADE en La Rioja 1745, y a las sedes de la Escuela de Negocios en Félix de Azara 2005 y San Lorenzo 1432, en Posadas. 

Además, el instituto cuenta con una sede en la ciudad de Apóstoles, ubicada en  Belgrano 1234.

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Tu negocio creció ¿Tu forma de trabajar también?

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Hay profesionales que consiguieron aquello que buscaban cuando empezaron: más clientes, reconocimiento, mejores ingresos y, en muchos casos, un equipo. Sin embargo, algunos llegan a un punto en el que sienten que trabajan cada vez más. No necesariamente tienen un problema de crecimiento. Puede ocurrir que el negocio haya cambiado, pero la forma de trabajar siga respondiendo a una etapa anterior.

“Estoy trabajando más que antes.” Es una frase que escucho con bastante frecuencia. A veces la dice un médico con la agenda completa; otras, el dueño de una pequeña empresa que incorporó personas y nuevos servicios. También aparece en profesionales independientes que, después de varios años, lograron construir una buena cartera de clientes y una posición reconocida en su actividad.

Desde afuera, probablemente diríamos que les está yendo bien. Y, en muchos aspectos, es cierto.

La dificultad aparece cuando empezamos a mirar cómo funciona ese crecimiento. ¿Qué pasa si el profesional se ausenta una semana? ¿Quién puede tomar decisiones sin esperar su respuesta? ¿Cuántas cuestiones administrativas siguen dependiendo de él? ¿Cuánto de los ingresos está directamente asociado a la cantidad de horas que trabaja?

Esas preguntas suelen mostrar algo que los números de facturación no cuentan: una actividad puede haber crecido sin que haya evolucionado, en la misma medida, la manera de organizarla y conducirla.

Cuando alguien empieza una actividad profesional, es bastante razonable que haga casi todo. Atiende, responde mensajes, cobra, controla los números, resuelve problemas, habla con proveedores y toma prácticamente todas las decisiones. Esa forma de trabajar puede ser muy efectiva durante años. Permite conocer de cerca a los clientes, cuidar la calidad y reaccionar rápidamente cuando aparece un problema.

Por eso tampoco resulta sencillo modificarla. Si estar presente en cada detalle ayudó a construir una buena reputación y a conseguir resultados, es lógico que el profesional siga confiando en esa manera de hacer las cosas. El cambio empieza a ser necesario cuando aumenta el volumen, aparecen más personas, se incorporan servicios y las decisiones se multiplican.

Lo que antes podía resolver personalmente en pocos minutos comienza a ocupar una parte considerable de su jornada. Y ahí aparece una situación bastante habitual: el negocio tiene más recursos que antes, pero el profesional dispone de menos tiempo.

Facturar más no siempre significa haber construido un negocio mejor

Hay una cuenta que vale la pena hacer. Supongamos que durante el último año una actividad aumentó su facturación un 20%. El dato es positivo. Pero para entender qué significa realmente habría que saber qué ocurrió para producir ese incremento. ¿Fue necesario agregar más horas de trabajo? ¿Aumentaron los costos? ¿Se incorporaron personas? ¿El titular tiene ahora más o menos tiempo disponible? ¿Mejoró el margen? ¿El negocio puede sostener ese nivel de actividad sin depender permanentemente de su intervención?

La facturación nos cuenta una parte de la historia. La otra tiene que ver con la capacidad que se fue construyendo detrás de esos ingresos. Esto es particularmente importante en los servicios profesionales porque el tiempo tiene un peso enorme en el modelo de negocio. Un médico necesita estar frente al paciente. Un abogado debe estudiar determinados casos. Un arquitecto tiene que diseñar. Un consultor necesita intervenir personalmente en una parte de su trabajo.

Hay actividades que no pueden delegarse y, en muchos casos, tampoco tendría sentido hacerlo. La cuestión es distinguirlas de todas aquellas que siguen dependiendo del profesional simplemente porque siempre fue él quien las resolvió.

He visto consultorios con varias personas trabajando donde una decisión administrativa relativamente sencilla queda pendiente hasta que el médico termina de atender. También profesionales que incorporaron asistentes para liberar tiempo y después descubrieron que una parte importante de ese tiempo se destinaba a responder consultas del propio equipo.

No es necesariamente un problema de las personas. Muchas veces nadie definió con suficiente claridad qué puede decidir cada uno, qué resultado se espera, qué situaciones requieren una consulta y cuáles deberían resolverse sin intervención del titular. En esas condiciones, contratar permite distribuir tareas, pero no necesariamente distribuir responsabilidad.

El equipo hace. El profesional continúa decidiendo.

Con el tiempo se genera una dependencia que suele confundirse con falta de iniciativa: las personas consultan porque aprendieron que consultar es la manera más segura de trabajar. Si cada excepción termina resolviéndose arriba, lo razonable es esperar la respuesta antes de actuar.

La autonomía no aparece simplemente porque alguien diga “tenés que resolver más cosas solo”. Necesita límites, información y criterios compartidos.

La agenda llena también merece ser revisada

Durante mucho tiempo la agenda completa fue uno de los indicadores más visibles del éxito profesional. Y sigue siendo una señal importante: significa que existe demanda.

Lo que no sabemos es qué tipo de negocio hay detrás de esa agenda. Dos profesionales pueden trabajar la misma cantidad de horas y obtener resultados muy diferentes, no sólo en términos económicos. Uno puede concentrar buena parte de su tiempo en las actividades donde realmente aporta valor, contar con procesos administrativos relativamente ordenados y reservar espacio para pensar hacia dónde quiere llevar su práctica.

El otro puede atender durante las mismas horas y, entre una consulta y otra, responder mensajes, autorizar pagos, resolver cambios de agenda, revisar tareas, atender problemas internos y contestar preguntas que podrían haberse solucionado sin su participación.

Vistas desde afuera, las dos agendas están llenas.

Pero lo que se está construyendo detrás de ellas es diferente. Por eso, cuando analizo una práctica profesional, me interesa saber cuánto factura y cuánto trabaja la persona, pero también qué capacidad deja instalada ese trabajo.

Si cada paciente o cliente nuevo incorpora una cantidad equivalente de tareas para el titular, el crecimiento encontrará tarde o temprano un límite. Lo mismo ocurre cuando cada servicio nuevo agrega complejidad sin mejorar suficientemente los resultados o cuando cada incorporación al equipo aumenta la cantidad de decisiones que vuelven al profesional.

En algún momento deja de ser razonable resolver la situación agregando horas.

Cambiar la pregunta

Las personas que llegan a esta etapa suelen tener una gran capacidad de trabajo. En buena medida, llegaron hasta allí gracias a ella. Por eso decirles que necesitan organizarse mejor o esforzarse un poco más suele aportar bastante poco. Lo que necesitan revisar es otra cosa: cómo debería funcionar su actividad en la etapa profesional en la que están ahora.

Eso obliga a mirar cuestiones que durante años pudieron postergarse. Qué tareas deberían seguir dependiendo del profesional y cuáles no. Qué servicios vale la pena mantener. Qué clientes quiere atender. Cómo está utilizando su tiempo. Qué decisiones podría tomar otra persona. Qué procesos necesitan mayor claridad. Qué actividades producen ingresos pero quizás ya no resultan convenientes.

También obliga a revisar una idea bastante extendida: que crecer siempre significa agregar más: clientes, servicios, personas, presencia, facturación.

En determinadas etapas puede ser exactamente lo que hace falta. En otras, el avance puede venir de seleccionar mejor, revisar precios, simplificar servicios, ordenar procesos, transferir decisiones o proteger determinadas horas de la agenda. Incluso puede implicar rechazar oportunidades que algunos años atrás hubieran resultado atractivas.

Eso tampoco significa que todo profesional deba construir una organización grande o un negocio que funcione sin él. No todos quieren hacerlo. Un médico puede elegir deliberadamente una práctica pequeña y muy personalizada. Un abogado puede preferir trabajar con pocos casos. Un consultor puede decidir mantener una cartera reducida de clientes y participar personalmente en cada proyecto.

Son modelos perfectamente válidos si responden a una elección consciente y pueden sostenerse económica y personalmente. La dificultad aparece cuando existe una distancia cada vez mayor entre la forma de vida profesional que alguien dice querer y la manera en que organiza su trabajo todos los días.

  • Querer disponer de más tiempo mientras se siguen vendiendo todas las horas posibles de la agenda. 
  • Esperar autonomía del equipo mientras se revisa cada decisión.
  • Querer aumentar los ingresos sin revisar un modelo en el que cada peso adicional depende de sumar trabajo personal.

En esos casos, el problema ya no se resuelve únicamente trabajando mejor dentro del modelo existente. Hay que revisar el modelo.

La etapa que sigue

Hay momentos de una trayectoria profesional en los que hacer mucho es necesario. Se necesita presencia, velocidad, aprendizaje y una enorme capacidad para resolver. Pero las necesidades cambian a medida que la actividad madura. Lo que permitió ordenar los primeros años no necesariamente alcanza cuando existen más clientes, personas, compromisos y decisiones. Y reconocerlo puede resultar difícil porque implica revisar prácticas que durante mucho tiempo dieron buenos resultados.

A veces la primera señal es el cansancio. Otras veces aparece en los números: aumenta la facturación, pero también aumentan los costos, las horas y la complejidad.

También puede presentarse de una manera menos evidente. Las cosas funcionan, los clientes siguen llegando y los ingresos son razonables, pero la persona empieza a sentir que la manera en que sostiene todo eso ya no coincide con la vida profesional que quiere tener. Ese momento merece atención. No necesariamente porque haya algo que esté funcionando mal, sino porque puede estar indicando que una etapa llegó a su límite y necesita ser revisada.

Antes de buscar otro cliente, abrir un nuevo servicio o incorporar una nueva obligación, quizás convenga hacerse una pregunta más básica:

¿La forma en la que trabajo hoy puede sostener la práctica profesional que quiero tener en los próximos años?

La respuesta no siempre exige crecer más. A veces exige algo bastante más difícil: revisar decisiones que durante mucho tiempo tuvieron sentido y aceptar que algunas de ellas ya cumplieron su función.

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De la resiliencia a facturar USD 13,5M: la estrategia de RVM, la moto argentina que compite a nivel global

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En 1983, en una ruta argentina, un joven de 20 años vio cómo su vida se desmoronaba en cuestión de segundos. Roberto Vicente Martínez regresaba de Luján a bordo de una motocicleta JAWA 350 cuando un Ford Falcon se cruzó en su camino. El impacto fue brutal: el fémur se desplazó, perforó la cadera y salió por el glúteo derecho. Pasó 35 minutos tirado en la ruta. Luego vinieron 64 días de internación y un año entero sin poder caminar.

Cualquiera hubiera abandonado las motos después de una experiencia así. Roberto no. Apenas dos meses después de comenzar su recuperación, reunió a sus padres y les confesó que no podía imaginar una vida sin las dos ruedas. Su padre, comprendiendo la profundidad de su vocación, simplemente le respondió: “Cuidate”.

Cuatro décadas después, ese joven que se negó a rendirse ante la tragedia se convirtió en una figura central de la industria motociclista argentina. Hoy, Roberto es el presidente de F.A.M.S.A. (Fábrica Argentina de Motovehículos S.A.) y el fundador de RVM, la marca que lleva sus iniciales y que ha logrado lo que parecía imposible: posicionarse como la única empresa argentina de motocicletas con presencia real en competencias internacionales de rally. Esta trayectoria empresarial es el reflejo directo de sus características personales: la determinación ante la adversidad, la capacidad de innovación y el compromiso sin concesiones con sus objetivos.

El legado de una familia de pioneros

La historia de Martínez no comienza con él, sino con su padre, Vicente Martínez. En la década de 1950, tras realizar el servicio militar en el Regimiento Motorizado de Buenos Aires, Vicente comenzó a trabajar como “combinador” de películas de cine, transportando rollos a bordo de una motocicleta JAWA 250 modelo 1948. Fue así como la marca checoslovaca entró en su vida y, posteriormente, en la de su hijo.

Roberto creció rodeado de motos. De pequeño jugaba sobre ellas y leía manuales técnicos durante horas. A los 12 años, su hermano mayor le enseñó los primeros secretos de la conducción en una Siambretta 125. A los 15 años, cuando se reabrió la importación de motocicletas en Argentina en 1977, comenzó a trabajar como mecánico en el servicio técnico oficial de JAWA, junto a su padre. Pero la vida tenía otros planes para este joven apasionado.

El accidente que definió su carácter

El 1983 marca un antes y un después en la vida de Roberto Martínez. Ese año, mientras regresaba de Luján con una foto recién revelada en mano. Al intentar sobrepasar a un automóvil, otro vehículo se cruzó en su camino. “Estaba sobrepasando a un auto y, cuando vuelvo a mi carril, se cruza un Falcon que me pega en la rótula derecha, el fémur se desplazó, perforó la cadera y terminó saliendo por el glúteo derecho”, cuenta Roberto.

Lo que vino después fue una pesadilla. Treinta y cinco minutos tirado en la ruta. Sesenta y cuatro días internado. Un año entero sin poder caminar. Los médicos le advirtieron que eventualmente necesitaría un reemplazo de cadera. Cualquier persona en su situación hubiera abandonado las motos. Hubiera buscado una vida más segura, más predecible.

Roberto no. Apenas dos meses después de comenzar su recuperación, mientras su padre le proponía construir juntos un automóvil Lotus Seven, Roberto reunió a sus padres y les confiesa “No me imagino una vida sin las motos”. Su padre, con una mirada cómplice con su madre, respondió con una frase que se convertiría en su guía en la vida: “Cuidate”.

Del taller a la gloria: Los récords que demostraron lo imposible

Pasaron años. Roberto trabajó en el campo, fue custodio, manejó colectivos y camiones. Pero en 1991, cuando se reabrió la importación en Argentina, su oportunidad llegó. Una empresa había descubierto que JAWA tenía miles de motocicletas abandonadas en la República Checa, fabricadas originalmente para Rusia pero nunca entregadas por la crisis que atravesaba ese país. Necesitaban a alguien que pudiera poner en marcha esas máquinas. Contactaron a Roberto. En 1992, abrió su primer taller en Lugano, Buenos Aires con un éxito inesperado: llegó a comercializar 1.000 motocicletas por mes. En 1994, quedó al frente del único Servicio Técnico Oficial JAWA CZ de Argentina. La marca era tan confiable en sus manos que incluso la fábrica checa lo consultaba sobre cómo resolver problemas de garantía.

Pero en 1995, con el “Efecto Tequila” las ventas se desplomaron de 1.000 a apenas 70 unidades mensuales. Fue entonces cuando Roberto demostró su capacidad para transformar la adversidad en oportunidad. Propuso un audaz plan de marketing: demostrar la confiabilidad de JAWA mediante actos de resistencia extrema. El primero fue un raid que uniría los puntos extremos de Argentina. El 25 de marzo de 1995, Roberto Martínez, parte desde La Quiaca en una JAWA 350 con destino a Ushuaia. Paraba solo para cargar combustible. 76 horas después, había recorrido los puntos extremos de Argentina, con un mensaje claro: JAWA era robusta y confiable.

En 1996, propuso un nuevo desafío: batir el récord mundial de kilómetros recorridos en 100 horas. El resultado: 10.103 kilómetros certificados en 100 horas. Un nuevo récord mundial. Esos actos de resistencia no solo demostraron la calidad de JAWA; también demostraron quién era Roberto Martínez: un hombre que va por sus objetivos.

Representante exclusivo: La visión de un empresario

A pesar de todos los esfuerzos realizados la empresa importadora decidió cerrar, liquidó el stock y desapareció del mercado. En 1997, Roberto viajó a Praga para reunirse directamente con los directivos de JAWA. Les explicó que en Argentina había miles de personas que demandaban repuestos y motocicletas, pero no había quien las suministrara. La fábrica checa lo escuchó. En 1998, lo nombraron representante exclusivo de JAWA en Argentina.

El camino de Martínez no estuvo exento de grandes turbulencias. A comienzos de la década de 2000, la crisis económica que azotó al país había golpeado fuertemente a su empresa. En medio de ese caos, fue convocado para asociarse a un reconocido fabricante del sector que tras varios intentos fallidos previos no lograba recuperar el liderazgo de su histórica marca nacional de motos. En tiempo récord —menos de 4 años— la alianza conquistó el 10% del mercado local de motocicletas, en buena medida gracias a su expertise para desarrollar productos que el público motociclista estaba esperando. Sin embargo, la sociedad se disolvió en diciembre de 2005.

Fue entonces cuando reactivó JAWA Argentina, demostrando una visión empresarial extraordinaria: propuso a los directivos checos fabricar motocicletas en China bajo los estándares y la marca JAWA. Un modelo híbrido que funcionó durante una década. En 2007, a través de F.A.M.S.A., comenzó el ensamblaje local de motocicletas. Finalmente, en 2017, dio el paso más importante de su carrera: creó su propia marca, RVM (Roberto Vicente Martínez).

RVM: La marca argentina que desafía a las multinacionales

RVM no es solo una marca de motos, es la expresión corporativa de la filosofía de su fundador. Cada decisión estratégica, cada producto desarrollado, refleja los mismos principios que guiaron a Roberto Martínez a través de sus mayores desafíos: la innovación ante la crisis, la búsqueda de excelencia y la determinación de no rendirse ante lo que parece imposible.

Hoy, RVM es la única marca argentina de motocicletas con presencia internacional. A través de un joint venture con una empresa china, la compañía opera una planta desde donde exporta a múltiples mercados. En 2026, F.A.M.S.A. proyecta producir 2.800 unidades de RVM y JAWA, con una facturación estimada de USD 13,5 millones, lo que representa un crecimiento del orden del 30% respecto a 2025.

Otro logro significativo de RVM se impone, y es su participación en competencias internacionales de rally. La marca es la única empresa argentina de motocicletas que compite en el Campeonato Mundial de Rally Raid (W2RC), específicamente en el Desafío Ruta 40, codo a codo con marcas multinacionales como Honda, Yamaha y KTM.

RVM ha trazado un ambicioso objetivo: participar en el Rally Dakar 2027, la competencia más dura del mundo. Para ello, han formado una alianza con el joven piloto salteño Baltazar Frezze, quien compite con el modelo RVM Rally 450. 

La pasión que no se extingue

Con 63 años, Roberto Martínez sigue siendo el mismo hombre de voluntad inquebrantable que se negó a colgar el casco tras un accidente que lo dejó un año sin caminar. Hoy, consolidado como un ávido viajero, devora miles de kilómetros en motocicleta junto a su esposa. Su pasión lo ha llevado a recorrer la Patagonia, completar la Ruta 40 y explorar Sudamérica y Europa; travesías que realiza con la convicción del primer día y con el valor añadido de testear sus propios productos antes que nadie. En 1999, fundó el JAWA CLUB ARGENTINO, una organización que no solo reunía a entusiastas de la marca, sino que también realizaba importantes obras solidarias, como el apadrinamiento de hogares de niños huérfanos.

La historia de Roberto Martínez es la historia es la historia de un hombre cuyas características personales —la resiliencia, la innovación, la determinación— se han convertido en los pilares de RVM, una empresa que no solo compite en mercados internacionales, sino que representa una forma diferente de entender el negocio motociclista en Argentina. 

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