New York Times

Después de una primera vuelta ajustada, Ecuador elige al sucesor de Rafael Correa

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QUITO, New York Times — A las cinco de la tarde del 19 de febrero de 2017, en Ecuador se anunciaron dos victorias electorales. En una, Lenín Moreno, el candidato presidencial por el partido oficialista Alianza País se declaraba el nuevo presidente de Ecuador. Según la encuesta a boca de urna de la consultora Opinión Pública —difundida por Ecuador TV, el canal estatal de televisión— Moreno, exvicepresidente de Correa, había obtenido más del cuarenta por ciento de los votos válidos y una ventaja de más de diez puntos sobre el segundo candidato más votado, el opositor Guillermo Lasso. Según la ley ecuatoriana, ese margen de votos le daba la presidencia sin necesidad de un balotaje. “Hemos ganado las elecciones en justa ley”, dijo Lenín Moreno.

A la misma hora, pero más de cuatrocientos kilómetros al sur, en Guayaquil, Lasso daba como cierta la información de la encuestadora Cedatos: según sus números, Moreno no llegaba a la meta del cuarenta por ciento y Lasso lo seguía nueve puntos detrás. “Más del 60 por ciento de los ecuatorianos le dijo No al gobierno, ellos quieren un cambio”, dijo Lasso, y anticipó que, con el paso de las horas, la diferencia de votos se iba a reducir, confirmando la segunda vuelta.

Hace diez años que el Ecuador no va a una segunda vuelta como lo hará este domingo 2 de abril de 2017. La última fue en noviembre de 2006, cuando Rafael Correa derrotó al excéntrico magnate bananero Álvaro Noboa. Desde entonces, el país había vuelto a votar dos veces más por presidente (en 2009 y 2013) y en ambas ocasiones, Correa ganó en la primera ronda.

La tensión callejera, los gritos de fraude de lado y lado y los rumores sobre descontentos militares que se reprodujeron en los días posteriores a la primera vuelta, eran un síntoma de la fragmentación que ha sufrido el país desde siempre, y que se profundizaron durante la década de gobierno de Correa.

Recién la noche del 22 de febrero, Juan Pablo Pozo, presidente del Consejo Nacional Electoral (CNE) anunció oficial y solemnemente que habría una segunda vuelta. Horas antes, en un encuentro con medios internacionales, Correa reconoció que su partido había quedado “a medio punto de ganar en primera vuelta” y dijo que contemplaba la posibilidad de que su partido —que tendrá una apretada mayoría en el congreso— aplicara el mecanismo legal de muerte cruzada (un recurso constitucional que le permite tanto al presidente como a la asamblea cesar al otro en sus funciones con la obligación de convocar a elecciones presidenciales y legislativas). Su anuncio tuvo tono de amenaza: “La mejor forma de tenerme lejos un tiempo es que se porten bien. Si se portan mal nos vemos en un año y los volvemos a derrotar”.

El 10 de marzo de 2017 arrancó oficialmente la campaña que terminará en la elección del 2 de abril de 2017. Muy pronto el país se partió entre quienes votarán por Lasso por convicción o por salir del correísmo, y quienes creen que Moreno permitirá ampliar la oferta de servicios sociales e infraestructura que le dio alta popularidad al gobierno de Alianza País.

La caída sostenida de los precios del petróleo desde 2015, la apreciación del dólar —que Ecuador usa como moneda propia y que no puede devaluar— han puesto al Ecuador en una crisis económica que causó la pérdida de casi 350 mil empleos en un año. Sumada a los efectos del terremoto de 7,8 grados de intensidad que destrozó pueblos enteros en las provincias costeras de Manabí y Esmeraldas en abril de 2016, los casos de corrupción en Petroecuador —la compañía estatal petrolera—, la denuncia de que la constructora brasileña Odebrecht habría pagado sobornos a funcionarios ecuatorianos entre 2007 y 2016, y sin su mejor carta electoral —el presidente Correa— la permanencia en el poder de Alianza País parece, por primera vez desde su ascenso, en riesgo.

Cedatos, la consultora que atinó el pronóstico de que habría una segunda vuelta, publicó el 21 de marzo su más reciente encuesta: Moreno aventaja a Lasso 52,4 por ciento a 47,6 por ciento. Hay un margen de error del 3,4 por ciento en esa medición. Es un empate técnico que otras firmas corroboran, aunque unas pocas como Opinión Pública —la misma que anunció que no habría balotaje— dicen que Moreno adelanta a Lasso con más de catorce puntos.

La elección del domingo 2 de abril cerrará una campaña que ha sido descarnada y que en los últimos días tuvo un incidente de violencia: el 28 de marzo, cuando salía del estadio Olímpico Atahualpa de Quito, después de ver el partido de las eliminatorias al mundial de Rusia 2018 entre Ecuador y Colombia, una turba recibió a Guillermo Lasso y su esposa, María de Lourdes Alcívar, afuera del estadio. Primero lo abuchearon y después le lanzaron las vuvuzelas que habían llevado. Lenín Moreno rechazó la violencia, pero el candidato a Vicepresidente de Alianza País, Jorge Glas, dijo que podía haberse tratado de un autoatentado para victimizarse. La declaración sigue la tónica general de una competencia de entradas desleales, de insultos y amenazas.

El último tramo de la carrera electoral de 2017 se ha parecido más a una pelea de vida o muerte que a un proceso democrático. Para muchos en Ecuador es, más que elegir un presidente, una manera de recuperar la democracia de las manos de un gobierno autoritario y corrupto. Para otros es la batalla por evitar el regreso al poder de las élites que causaron el feriado bancario, la mayor crisis económica y social de la historia del Ecuador, y de la que acusan a Guillermo Lasso de ser parte.

La realidad es que, pase lo que pase el 2 de abril, al día siguiente el Ecuador seguirá ahí, con los desafíos intactos. Podría ser un momento propicio para que —gane quien gane— el país aproveche el fin de la hegemónica presencia de Rafael Correa en el debate público para intentar una reconciliación que hoy —a pocas horas de votar por su sucesor— parece lejana.

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Mientras Trump promete un muro, el peso mexicano se fortalece

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¿Pueden adivinar qué divisa ha subido más desde la toma de posesión de Donald Trump como presidente?

Voy a darles una pista: se relaciona con un “gran gran muro” a lo largo de la frontera sur de Estados Unidos.

De todas las monedas importantes, el peso mexicano es la que se ha fortalecido más desde el 20 de enero, el día en que Trump se convirtió en presidente. En su discurso inaugural, Trump se comprometió a: “Recuperar nuestros trabajos y recuperar nuestras fronteras”, haciendo alusión a México. Desde entonces, el peso mexicano ha experimentado un alza de más del 15 por ciento.

Lo más sorprendente es que, durante la campaña presidencial estadounidense, la suerte del peso en los mercados estuvo vinculada a la fortuna política de Trump. La conexión no ha sido perfecta, pero su relación ha sido cercana y muy incómoda, y ahora ha dado un giro inesperado.

Es necesario recordar que, en la noche de la sorprendente victoria electoral de Trump, el peso experimentó de inmediato una terrible caída, pues se desplomó 12 por ciento con respecto al dólar. Ese desplazamiento coincidió con los patrones observados a lo largo de la campaña presidencial. Cuando mejoraban las probabilidades de Trump, caían los pronósticos del peso. Cada vez que Trump alzaba el tono de sus promesas de construir un muro en la frontera mexicana, expulsar a los bad hombres o aplicar medidas severas para controlar la inmigración, el peso se depreciaba.

Por eso resultan tan interesantes los datos de los mercados de divisas. El peso no batalla en absoluto ahora; por el contrario, está muy fortalecido.

Desde la toma de posesión de Trump, comparado con una canasta de monedas de todo el mundo, el peso mostró el mejor desempeño, con un alza del 15,2 por ciento, según Bloomberg. Desde principios de año ocupó el segundo lugar, con un alza de cerca del 7,3 por ciento, en comparación con el 7,5 por ciento del rand sudafricano.

Quizá el peso todavía sea un reflejo de la presidencia de Trump. De ser así, es posible que los tipos de cambio nos quieran decir que las políticas del gobierno de Trump ya no se consideran tan dañinas para México ni para otros mercados emergentes.

Existen varias explicaciones posibles para esta situación.

Para empezar, ahora que algunos miembros importantes de la administración de Trump ya ocupan puestos específicos y comienzan a trabajar, las declaraciones de quienes en realidad diseñan políticas son menos inquietantes que las del mismo presidente.

Aunque el gobierno insiste en que desea renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, Peter Navarro, el principal asesor comercial de Trump, afirmó el 15 de marzo que Estados Unidos y México pueden “crear una potencia regional que beneficie a ambos países”, según Bloomberg. Y Wilbur Ross, el nuevo secretario de Comercio, hizo la siguiente declaración en una entrevista para la CNBC: “Creo que si tanto nosotros como los mexicanos elaboramos un tratado comercial muy sensato, el peso mexicano podría experimentar una gran recuperación”.

No habrá un nuevo tratado comercial pronto; apenas se han dado los primeros pasos en el proceso de una posible renegociación del TLCAN. Pero el hecho es que el peso ha comenzado a recuperarse. Su tipo de cambio se ubica alrededor de 18,8 pesos por dólar, a una distancia considerable del rango en que se encontraba justo antes de la elección de Trump.

También los funcionarios mexicanos han respaldado al peso. El 23 de marzo, el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, informó a Bloomberg que pese a su buen desempeño el peso todavía está hasta un diez por ciento por debajo de su valor, aunque “existen dudas significativas, pues no sabemos con exactitud cómo serán las relaciones bilaterales entre México y Estados Unidos”. Asimismo, Carstens recalcó que tanto el banco como la Secretaría de Hacienda y Crédito Público seguirán haciendo lo posible por estabilizar al peso. El banco central ha aumentado las tasas de interés en las últimas cuatro reuniones al 6,25 por ciento.

Otras monedas de mercados emergentes han mostrado un buen desempeño desde principios de año; si bien el aumento del peso mexicano fue el más notorio, no se trata de un caso aislado. El won surcoreano, el dólar taiwanés y el real brasileño han experimentado aumentos considerables, a pesar de que la Reserva Federal de Estados Unidos ha aumentado las tasas de interés, una medida que puede haber creado incertidumbre en los mercados de divisas.

Entre las monedas de los mercados emergentes, el peso mexicano es la moneda más negociada y su volatilidad se debe en parte a la marea alta que experimentan todos esos intercambios. Otro factor que beneficia al peso es el simple regreso al promedio, pues llevaba mucho tiempo debilitado, incluso antes de su infortunado encuentro con Trump, así que ya era hora de un alza. Algunos analistas pronostican que es probable que el peso mexicano siga mejorando durante algún tiempo.

Por supuesto, existe otra posibilidad intrigante: es posible que la fuerza del peso refleje una confusión evidente en el gobierno de Trump, una situación que podría revertirse con facilidad.

Durante la temporada de campaña, por ejemplo, también subió el peso. Ocurrió en momentos en que Trump parecía debilitarse. En la noche del 26 de septiembre, por ejemplo, cuando Hillary Clinton obtuvo un resultado particularmente bueno en un debate y Trump no lució muy bien, remontó el valor del peso, al igual que el índice Standard & Poor 500 para futuros. El consenso generalizado fue interpretar esos movimientos como una evaluación de las posibilidades de Trump en las elecciones presidenciales.

Quizá ahora estén votando los mercados financieros. Sin embargo, por lo menos en un aspecto, las finanzas no son como la política: los mercados votan una y otra vez, miles de veces cada día, así que la tendencia al alza del peso no será eterna.

 
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Una de las mejores playas de Brasil se esconde en lo más profundo de la selva

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ALTER DO CHÃO, Brasil, New York Times — Aunque está alejado del mar y en un rincón remoto de la selva amazónica, Alter do Chão debe ser uno de los pueblos de playa más seductores del mundo.

Las playas de arena blanca a lo largo del río Tapajós atraen a los visitantes que vienen en auto hasta desde Cuiabá, una ciudad sin salida al mar ubicada casi 1600 kilómetros al sur. Las aguas claras y cálidas atraen a practicantes de snorkel y surf de remo.

¿Y si solo quieres relajarte? Siéntate en un café, toma una botella de cerveza Tijuca helada y contempla el sol que se asienta sobre las crestas boscosas repletas de especies silvestres como perezosos y monos aulladores.

Este año, durante un viaje a la cuenca del Amazonas, escapé a Alter do Chão unos días después de escuchar relatos acerca de su áspera belleza. Me preguntaba si en Brasil, un país con más de 7400 kilómetros de costa, una de las mejores playas realmente podría estar situada al interior más profundo e indomable de la selva tropical más grande del mundo.

“Si quieres experimentar el verdadero Alter, tendrás que comer hormigas”, dijo Pitó, de 55 años, un indígena cumaruara que guía a los visitantes en excursiones a través de la selva. Sacó una hormiga saúva del suelo de la selva y me retó a comerla. Era crujiente y deliciosa como una roseta de maíz, con toques de limoncillo.

No podría haber pedido un mejor guía que Pitó, cuyo nombre completo es Raimundo Gilmar Faria da Costa. En tan solo unas horas me enseñó a cazar con arco, navegar una canoa, pescar con arpón, sangrar un árbol de caucho e incluso decir unas palabras de nheengatú, la lengua franca indígena que ha persistido durante siglos cerca del Amazonas.

“Apuesto a que no puedes encontrar estas cosas en Ipanema”, dijo Pitó, bromeando sobre la legendaria playa de Río de Janeiro, la ciudad costera donde he vivido durante seis años.

Desde luego, Pitó estaba en lo correcto. Para vivir una experiencia extraordinaria en la playa brasileña, uno debe viajar hasta Alter, que se siente como un oasis de tranquilidad en un país que enfrenta una prolongada crisis económica, colosales escándalos de corrupción y una creciente polarización política.

Alter no siempre fue visto como una ciudad de playa en la selva tropical. Pedro Teixeira, un explorador portugués que encabezó expediciones hacia el Amazonas con el objetivo de esclavizar a los pueblos indígenas, estableció un puesto colonial aquí en 1626.

Sin embargo, durante siglos Alter siguió siendo un remanso, excepto porque atraía a residentes de Santarém, la ciudad vecina, y algún que otro aventurero.

El naturalista británico Henry Walter Bates llegó aquí en la década de 1850 y dijo que Alter era “un lugar descuidado y pobre”.

“Las casas del pueblo estaban llenas de bichos, murciélagos en la paja, hormigas de fuego (formiga de fogo) bajo los pisos, cucarachas y arañas en las paredes”, escribió.

A pesar de estas reservas, Bates logró apreciar este lugar, pues se distraía en las playas de Alter después de realizar investigaciones en el bosque circundante acerca del mimetismo animal que respaldaba la teoría evolutiva de Charles Darwin.

 

“La suave luz pálida que descansa sobre extensas playas de arena y cabañas de palma, reproducía el efecto de una escena invernal en el norte frío cuando una capa de nieve se encuentra en el paisaje”, escribió Bates en El naturalista por el Amazonas.

El invierno no fue lo primero que me vino a la mente cuando exploré el soleado Alter a pie.

En el clima caluroso, la gente usaba el mismo tipo de ropa de playa que prevalecía en Río, desde bikinis hasta trajes de baño. La frondosa plaza tenía un ambiente suave con los vendedores que ofrecían tazones de açaí con tapioca. En las cafeterías, los visitantes saboreaban platos de pescados amazónicos como el pirarucu y el tucunaré.

“Este lugar es pacífico y mágico, a diferencia del lugar de donde vinimos”, dijo Alexis Álvarez, de 29 años, un tatuador de Venezuela que se mudó recientemente con su esposa, una maestra de escuela, y su hija de un año; buscaban refugio en Brasil debido a la escasez de alimentos y medicinas por la crisis económica de Venezuela.

“Nos sentimos como en casa en Alter”, dijo Álvarez, quien vende joyas que fabrica junto con su esposa. “Creo que estamos aquí para quedarnos”.

El escritor y explorador Alex Shoumatoff se mostró cautivado por Alter cuando visitó el lugar en 1977; lo describió como “el primer lugar al que iría cuando finalmente dejara de intentar encajar en el mundo moderno”.

Pero las cosas cambian rápidamente en el Amazonas. Debido a la construcción de una carretera que atraviesa la cuenca, Shoumatoff regresó en 1984 y vio que Alter estaba irreconocible, con adolescentes “que bebían refresco, hacían esquí acuático, paseaban en Jeeps descapotables con barras estabilizadores y bailaban las canciones de Michael Jackson”.

Alter aún se llena de visitantes ruidosos de Santarém los fines de semana. Algunos en la ciudad se quejan de la tensión creciente entre los lugareños y los foráneos. Oí advertencias sobre no hacer senderismo en un camino con vistas a las playas de Alter tras los asesinatos brutales de dos personas en la ruta hace unos años.

“El día que llegué aquí sentí una energía muy especial, y no pude irme”, dijo Marcelo Freitas Gananca, de 49 años, quien se mudó a Alter en 1998 desde São Paulo. Es propietario de Araribá, una tienda que vende una asombrosa colección de arte folclórico indígena, incluyendo máscaras ceremoniales, clavas de guerra, tambores y cerbatanas de seis metros de largo.

“Pero ahora la ciudad está en un punto crítico en el que podría ir en una dirección u otra”, dijo Gananca, y citó desafíos como la falta de un sistema de alcantarillado, las tensiones con los recién llegados y la construcción de nuevos y llamativos alojamientos que no reflejan los orígenes de Alter.

Ante tales pruebas, me preguntaba qué aspecto tendría Alter en unos años. Junto con los rumores acerca de que los llamados barones de la soya de las aldeas vecinas del estado de Mato Grosso construirían casas de campo, algunos en Alter también insistieron en que podrían forjar un equilibrio entre el turismo y la sustentabilidad.

“Quizá Alter es un punto de encuentro donde podemos aprender unos de otros”, dijo Pitó, el guía Cumaruara. “¿Acaso el mundo no necesita un lugar donde la gente pueda hacer una pausa, meter la mano al agua y sentir el flujo del río?”

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Después de llevar el cólera a Haití, la ONU no ha sido capaz de recaudar dinero para combatirlo

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Haití, New York Times. Cuando el dirigente de las Naciones Unidas se disculpó con los haitianos por la epidemia de cólera que ha asolado a ese país durante más de seis años (provocada por los integrantes de las fuerzas de paz infectados que envió para protegerlos), declaró que tenían la “responsabilidad moral” de arreglar las cosas.

La disculpa, anunciada en diciembre junto con una estrategia de 400 millones de dólares para combatir la epidemia y “proporcionar ayuda material y solidaridad” a las víctimas, fue un inusual acto de contrición por parte de las Naciones Unidas. Bajo el mando de su secretario general en ese momento, Ban Ki-moon, la organización se había resistido a aceptar su culpa por la epidemia, uno de los peores brotes de cólera en los tiempos modernos.

Pero desde entonces la estrategia de las Naciones Unidas para enfrentar la epidemia, el Nuevo Enfoque, no ha conseguido afianzarse. Un fideicomiso creado para ayudar a financiar la estrategia cuenta con solo 2 millones de dólares, aproximadamente, de acuerdo con los datos más recientes en su sitio web. Solo seis de los 193 países miembro —el Reino Unido, Chile, Francia, India, Liechtenstein y Corea del Sur— han donado.

Otros países han proporcionado fuentes adicionales de financiamiento externas al fideicomiso para combatir el cólera en Haití, sobre todo Canadá, con cerca de 4,6 millones de dólares, y Japón, con 2,6 millones, de acuerdo con la ONU. No obstante, los totales recibidos son solo una fracción de lo imaginado por Ban Ki-moon.

En una carta enviada a los Estados miembro el mes pasado, el sucesor de Ban Ki-moon, Antonio Guterres, pidió que se entregaran apoyos financieros para el fideicomiso el 6 de marzo. También pareció plantear la posibilidad de una evaluación de cuotas obligatorias si no había compromisos importantes.

La fecha límite llegó y se fue sin gran respuesta.

Guterres no ha declarado públicamente si tiene la intención de presionar para que se realice una evaluación obligatoria en las negociaciones de presupuesto que tienen lugar en este momento en la ONU. Sin embargo, algunos diplomáticos y funcionarios de la organización dijeron de manera privada que había abandonado la idea, en parte por la fuerte resistencia de algunos miembros poderosos, como Estados Unidos.

Los diplomáticos señalaron que parte del problema puede ser simplemente el cansancio de los donantes, así como la renuencia de muchos países de establecer compromisos financieros sin la certeza de que el dinero se use de manera eficiente.

David Nabarro, un consejero especial de la ONU que ganó prominencia cuando operó una movilización para combatir la crisis del ébola en África occidental y que ha estado dirigiendo los esfuerzos de recaudación de fondos para Haití, reconoció el desafío que representan los donantes, ahora que busca convertirse en el siguiente director general de la Organización Mundial de la Salud.

“Los donantes responderán, pero necesitan estar convencidos de que se les brindará una buena explicación de lo que se hace con su dinero”, dijo en enero en el Foro Económico Mundial. “La historia del cólera en Haití de verdad no es buena, puesto que nos ha tomado mucho tiempo superarla y de hecho el problema persiste”.

El esfuerzo por reunir fondos se ha complicado aún más por la intención del gobierno de Donald Trump de recortar el gasto en ayuda al extranjero. Estados Unidos, históricamente la principal fuente de ayuda extranjera para Haití, también es la principal fuente de financiamiento de la ONU, que ahora podría enfrentar dolorosas alternativas con respecto a cómo distribuir los reducidos ingresos.

Ross Mountain, un funcionario veterano de ayuda de la ONU y consejero sénior sobre el cólera en Haití, señaló que se analizan varias ideas respecto del financiamiento. Sin embargo, dijo: “400 millones de dólares no es una cifra muy grande considerando las circunstancias, todos estamos muy conscientes de las exigencias rivales”.

Mountain también reconoció que “en términos financieros, no hemos avanzado”.

La nueva embajadora de Trump ante la ONU, Nikki Haley, quien ha considerado que la crisis del cólera es “prácticamente devastadora”, no respondió a solicitudes de comentarios acerca del problema del financiamiento. No obstante, en su ratificación ante el senado en enero, Haley dijo: “Tenemos que arreglar las cosas con Haití, sin duda, y la ONU deberá asumir su responsabilidad”.

El cólera, un flagelo bacteriano que se transmite mediante el agua y puede causar diarrea aguda y una deshidratación mortal si no se trata oportunamente, ha matado a cerca de 10.000 personas y ha enfermado a casi 800.000 en Haití, el país más pobre del hemisferio occidental, desde que lo introdujeron en 2010 miembros nepalís de un destacamento de fuerzas de paz de la ONU que estaban contagiados. A finales de febrero de este año se notificaron cerca de 2000 casos nuevos, y se suman cientos por semana.

Los estudios han rastreado la contagiosa enfermedad a medidas sanitarias descuidadas que filtraron desechos fecales infectados con la bacteria del cólera desde letrinas usadas por los pacifistas nepalís al sistema de suministro de agua.

“Seguimos teniendo el más grande brote de cólera en cualquier país de cualquier parte”, dijo la Dra. Louise Ivers, una consejera sénior de políticas en Partners in Health, una organización internacional de apoyo médico que ha trabajado desde hace mucho en Haití. “Aquí estamos, casi siete años después, y todavía es un gran problema”.

Dos importantes grupos defensores de las víctimas haitianas del cólera, el Bureau des Avocats Internationaux y el Institute for Justice and Democracy in Haiti, enviaron el jueves una carta a Guterres, en la que le solicitan una reunión y expresan su preocupación de que “la actual trayectoria de la recaudación de fondos y la elaboración del Nuevo Enfoque está traicionando las promesas de la ONU respecto de una respuesta significativa y responsable para Haití”.

Algunos legisladores de Estados Unidos que han criticado la respuesta de la ONU en Haití también están ejerciendo presión contra la organización.

“Aunque la ONU ha admitido su error y ha prometido crear un fondo para proporcionan una restitución al pueblo de Haití victimizado por el cólera”, declaró la semana pasada el representante John Conyers de Michigan, “no ha cumplido con estas promesas”.

 

 

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Una expedición a Fordlândia, la tierra de fantasía de Ford en Amazonas

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FORDLÂNDIA, Brasil — La selva de la Amazonía ya engulló el campo de golf Winding Brook Golf Course. Las inundaciones hicieron estragos en el cementerio y dejaron un rastro de cruces de concreto. ¿Y el hospital de cien camas que diseñó el aclamado arquitecto de Detroit Albert Kahn? Lo destruyeron los saqueadores.

Dado el nivel de deterioro y decrepitud que hay en este pueblo, fundado en 1928 por el empresario industrial Henry Ford en lo más profundo de la cuenca del río Amazonas, uno no esperaría toparse con las casas imponentes y bien preservadas en Palm Avenue. Sin embargo, ahí estaban, gracias a los ocupantes ilegales.

“Esta calle fue el paraíso de los saqueadores: los ladrones se llevaron los muebles, las perillas de las puertas, cualquier cosa que dejaran los estadounidenses”, señaló Expedito Duarte de Brito, un lechero jubilado de 71 años que vive en una de las casas construidas para los directivos de Ford, las cuales se ubican en lo que se planeó como un pueblo utópico rodeado de plantaciones. “Pensé: ‘Si yo no habito este pedazo de historia, será una ruina más de Fordlândia’”.

En más de una década como reportero en América Latina, he realizado una gran cantidad de viajes al Amazonas: me atraían una y otra vez sus ríos vastos, los cielos gloriosos, las ciudades prósperas, las civilizaciones perdidas y las historias de arrogancia que consumió la naturaleza. Sin embargo, por algún motivo nunca había llegado a Fordlândia.

Resolví esa situación este año cuando abordé una barcaza en Santarém, un puesto de avanzada ubicado en la confluencia de los ríos Amazonas y Tapajós, y realicé el viaje de seis horas al lugar en el que Ford, uno de los hombres más ricos del mundo, intentó convertir una huella colosal de selva brasileña en una tierra de la fantasía del Medio Oeste estadounidense.

Exploré el lugar a pie. Me paseé por las ruinas y hablé con los buscadores de oro, los agricultores y los descendientes de los trabajadores de la plantación que viven aquí. Lejos de ser una ciudad perdida, Fordlândia es el hogar de cerca de 2000 personas, algunas de las cuales viven en estructuras derruidas que se construyeron hace casi un siglo.

Ford, el fabricante de automóviles considerado uno de los fundadores de los métodos de producción industrial de Estados Unidos, trazó su plan para Fordlândia con el fin de tener su propia producción de caucho, el cual se utilizaba en la fabricación de neumáticos y partes de autos como válvulas, mangueras y tapones.

Al hacerlo, se introdujo en una industria que fue moldeada por el imperialismo y supuestos pretextos botánicos. Brasil era el hogar del Hevea brasiliensis, el codiciado árbol del caucho, y la cuenca del Amazonas había estado en auge de 1879 a 1912 cuando las industrias de Estados Unidos y Europa coparon la demanda por ese producto.

No obstante, para desgracia de los líderes brasileños, Henry Wickham, un botánico y explorador británico, extrajo en secreto semillas de Hevea brasiliensis de Santarém, con lo cual proporcionó el suministro genético para plantaciones de caucho en las colonias británicas, holandesas y francesas que estaban en Asia.

Fordlândia ahora es el hogar de cerca de 2000 personas, muchas de las cuales viven en las estructuras originales. Credit Bryan Denton para The New York Times
Fordlândia ahora es el hogar de cerca de 2000 personas, muchas de las cuales viven en las estructuras originales. Credit Bryan Denton para The New York Times

Estas labores al otro lado del mundo devastaron la economía brasileña del caucho. Sin embargo, Ford detestaba depender de los europeos, porque temía que hubiera una propuesta de Winston Churchill de crear un cartel del caucho. Por lo tanto, en un movimiento que satisfizo a los funcionarios brasileños, adquirió una gran extensión de terreno en el Amazonas.

Desde un inicio, la ineptitud y la tragedia plagaron la empresa, y el historiador Greg Grandin las documentó meticulosamente en un libro que leí mientras el bote llegaba a Tapajós. Los hombres de Ford hicieron caso omiso a los expertos que pudieron aconsejarles sobre agricultura tropical y plantaron semillas de valor dudoso, lo cual provocó que las plagas destruyeran la plantación.

A pesar de sufrir este tipo de reveses, Ford construyó un pueblo al estilo de Estados Unidos, para que lo habitaran brasileños que quisieran moldearse a lo que Ford consideraba valores estadounidenses.

 

Lápidas viejas de la época de Ford tumbadas en el piso después de años de inundaciones y erosión Credit Bryan Denton para The New York Times

Los empleados se instalaron en búngalos hechos de tabla de chilla —diseñados en Michigan, por supuesto—, algunos de los cuales siguen en pie. Los faroles iluminaban las aceras de concreto. Porciones de estas veredas aún se encuentran en el pueblo, cerca de tomas de agua de color rojo, bajo la sombra de salones de baile deteriorados y almacenes derruidos.

“Resulta que Detroit no es el único lugar en el que Ford produjo ruinas”, dijo Guilherme Lisboa, de 67 años, el dueño de un pequeño hostal llamado “Pousada Americana”.

Además de producir caucho, era evidente que Ford, abstemio declarado, antisemita y escéptico de la era del jazz, quería que la vida en la selva fuera más transformadora. Sus gerentes estadounidenses prohibieron el consumo de alcohol mientras promovían la jardinería, bailar la cuadrilla y leer la poesía de Emerson y de Longfellow.

Hay árboles que crecen en los almacenes abandonados de Fordlândia Credit Bryan Denton para The New York Times
Hay árboles que crecen en los almacenes abandonados de Fordlândia Credit Bryan Denton para The New York Times

La búsqueda de la utopía de Ford iba aún más allá: los llamados “escuadrones sanitarios” que operaban por todo el lugar mataban perros callejeros, desaguaban charcos en los que se podían multiplicar los mosquitos que transmitían la malaria y revisaban si los empleados tenían enfermedades venéreas.

 

“Con la certeza de un propósito y de una falta de curiosidad acerca del mundo que parece demasiado familiar, Ford rechazó deliberadamente los consejos de los expertos y se dispuso a convertir al Amazonas en el Medio Oeste de su imaginación”, escribió el historiador Grandin en su narración sobre el pueblo.

Estos días, las ruinas de Fordlândia son el testimonio de la locura que implica intentar que la selva se someta a la voluntad del hombre.

En la búsqueda para promover el automóvil como una forma de recreación, junto con el campo de golf, las canchas de tenis, el cine y las piscinas, los gerentes diseñaron cerca de 50 kilómetros de caminos alrededor de Fordlândia. Sin embargo, prácticamente no hay autos en los caminos fangosos del pueblo, ya que los eclipsaron las motocicletas que se encuentran en los pueblos que se ubican a lo largo del Amazonas.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, era evidente que cultivar árboles de caucho en Fordlândia no sería rentable debido a las plagas, la competencia del caucho sintético y las plantaciones asiáticas recién liberadas de la dominación japonesa.

Después de que Ford devolviera el pueblo al gobierno de Brasil en 1945, los funcionarios transfirieron Fordlândia de una agencia pública a otra, en gran parte para que se realizaran experimentos infructuosos de agricultura tropical. El pueblo entró en un aparente estado de deterioro perpetuo.

Pasajeros que esperan un bote observan la estación estadounidense de bombeo de agua. Credit Bryan Denton para The New York Times

“No pasa nada aquí, y así me gusta”, señaló Joaquim Pereira da Silva, un agricultor de 73 años originario del estado de Minas Gerais, quien llegó a Fordlândia en 1997 siguiendo sus sueños. Ahora vive en Palm Avenue en una antigua casa estadounidense que le compró por 20.000 reales (casi 6670 dólares) a un ocupante ilegal que la arregló.

“Los estadounidenses no sabían nada sobre el caucho, pero sabían construir cosas que perduran”, agregó.

Hay algo en esta utopía fallida que toca las fibras sensibles de académicos y artistas en otras partes del mundo. Fordlândia inspiró el álbum de 2008 del compositor islandés Johann Johannson y una novela de 1997 de Eduardo Sguiglia sobre un aventurero argentino que viaja aquí para reclutar trabajadores de la plantación.

Un agricultor local ahora habita un búngalo construido por estadounidenses que alguna vez albergó a los ejecutivos de Ford. Credit Bryan Denton para The New York Times

Algunos descendientes de los trabajadores que se establecieron en Fordlândia, junto con migrantes nuevos de otras partes de Brasil, tienen terrenos pequeños donde pasta el ganado de cebú. Hay otras personas que plantan yucas en zonas en las que hace décadas se cortaron árboles de caucho. Muchos otros sobreviven gracias a pequeños pagos o pensiones de seguridad social.

También hay residentes como Eduardo Silva dos Santos, quien nació hace 66 años en el hospital que concibió Kahn, el arquitecto que diseñó gran parte del Detroit del siglo XX. Dos Santos ahora vive en una casa pequeña cerca de las ruinas del hospital.

A partir de los materiales que obtuvo hurgando entre las cosas que dejaron los estadounidenses, hizo una linterna para pescar con partes de autos viejos y un molinillo de especias con maquinaria que había sido desechada. Dos Santos ofrece opiniones diversas sobre Fordlândia bajo la administración estadounidense, y qué fue para él crecer en los años posteriores a que Ford vaciara el pueblo.

Pisos y muebles de madera adornan el llamado American Club. Credit Bryan Denton para The New York Times

“En la época de Ford este lugar estaba limpio; en el pueblo no había insectos ni animales ni selva”, dijo dos Santos, uno de los once niños que nacieron en una de las familias que dependían de la plantación de caucho.

“Mi padre trabajó para ellos, y hacía lo que le ordenaban. Los trabajadores eran como perros: obedecían”, indicó. No obstante, para desagrado de Ford, no obedecían siempre.

Los gerentes intentaron imponer la prohibición de alcohol, pero los trabajadores simplemente se subían a los botes y se iban a la llamada “isla de la inocencia”, la cual estaba cerca del pueblo y contaba con bares y prostíbulos. Y en 1930, los trabajadores se hartaron de ir al comedor a seguir la dieta de avena, duraznos enlatados y arroz integral que dispuso Ford, y desataron un disturbio a gran escala.

Destruyeron los relojes para fichar, cortaron la electricidad de la plantación y cantaron “Brasil para los brasileños; matemos a todos los estadounidenses”, con lo cual lograron que algunos de los gerentes huyeran hacia la selva.

Una toma de agua de la época de Ford frente al río Tapajós Credit Bryan Denton para The New York Times

El Amazonas mostró sus propios retos a los estadounidenses. Algunos no pudieron adaptarse a las condiciones y sufrieron colapsos nerviosos. Uno se ahogó cuando lo agarró una tormenta mientras viajaba en el río Tapajós. Otro gerente se fue después de que murieran tres de sus hijos a causa de las fiebres tropicales.

Ford podría haber evitado estas tragedias y la terrible gestión de la plantación si hubiera buscado consejo de los especialistas o de académicos para cuidar los árboles de caucho, o sobre la capacidad del Amazonas para frustrar empresas ostentosas.

Sin embargo, parecía que Ford tenía una aversión a aprender del pasado.

“La historia es un disparate”, comentó a The New York Times en 1921. “¿De qué sirve saber cuántas cometas volaron los griegos antiguos?”.

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