Por PETER BAKER, New York Times. Cuando el presidente Donald Trump se reúne con asistentes para hablar de política o prepararse para un discurso, puede preguntar los pros y contras de una nueva propuesta. Puede consultar acerca de su posible efecto. Puede explorar la mejor manera de enmarcar su argumento.
Sin embargo, hay algo que casi nunca hace. “Rara vez pregunta qué hicieron otros presidentes”, dijo John F. Kelly, el jefe de personal de la Casa Blanca.
Trump es el presidente número 45 de Estados Unidos, pero ha pasado gran parte de su primer año en el poder desafiando las convenciones y normas establecidas por los 44 anteriores y transformando la presidencia en maneras que alguna vez se pensaron inimaginables.
Bajo el mandato de Trump, la presidencia se ha convertido en un instrumento directo para alcanzar metas personales, de políticas y política. Ha revolucionado la manera en que los presidentes lidian con el mundo más allá de la avenida Pensilvania 1600 y se ha deshecho de la comunicación cuidadosamente modulada de los jefes del ejecutivo para darle espacio en su lugar a arranques descontrolados, desastrosos, divisorios y desdeñosos que nacen de sus instintos y agravios.
Ha mantenido un negocio extraoficial; ha atacado al FBI, a la CIA y a otras instituciones que supervisa; amenazó con utilizar su poder en contra de sus rivales, y desató una guerra contra los miembros de su propio partido e incluso de su propio gabinete. Despidió al hombre que investigaba su campaña y no ha descartado la posibilidad de despedir al que lo sucedió. Ha recurrido a instintos primitivos en torno a la raza, la religión y el género como ningún otro presidente lo ha hecho en generaciones. Además, ha blandido el sable nuclear con más ahínco de lo que se ha demostrado desde la época de Hiroshima y Nagasaki.
La presidencia ha servido de vehículo para que Trump construya y promueva su propia narrativa, una con un brío crepitante pero llena de imprecisiones, distorsiones y mentiras descaradas, de acuerdo con quienes se dedican a verificar hechos. En vez de ser una fuerza de unidad o una voz tranquilizante en una época turbulenta, la presidencia ahora es un arma más en una campaña permanente de divisiones. Los demócratas y muchos republicanos de élite se preocupan de que Trump haya acabado con la autoridad moral de la presidencia.
“Estamos viendo que la presidencia se ha transformado completa y esencialmente de una manera que no creo que hayamos visto desde antes de la guerra civil”, dijo Jeffrey A. Engel, el director del Centro para la Historia Presidencial en la Universidad Metodista del Sur y autor de When the World Seemed New acerca del presidente George H. W. Bush. “Trump argumenta que debemos cuidar a mis enemigos. De verdad que no puedo pensar en ningún precedente”.
Lo que les preocupa a las personas dentro de Washington es que ha sacudido a muchos afuera del entorno político. Trump ha hecho a un lado la mitología de una presidencia magistral alejada del pueblo para darle lugar a una accesibilidad de telerrealidad que toca fibras en partes del país aisladas por las élites. Esa indiferencia a la manera en que las cosas siempre se han hecho les ha dado energía a los principales simpatizantes de Trump, quienes celebran sus esfuerzos por destruir lo políticamente correcto, atacar a las élites petulantes y destruir un sistema egoísta que, según ellos, ha afectado a los estadounidenses comunes y corrientes.
“Las normas y convenciones son exactamente contrarias a lo que hizo campaña y, en su opinión, son la razón por la que estamos pasando por esta transición”, dijo Kelly en una entrevista. “No toma decisiones intencionalmente de lo opuesto a lo que los presidentes anteriores harían, por ejemplo. Tiene una opinión personal de lo que es mejor para Estados Unidos”.
Al acabar con la dinámica tradicional de gobierno, Trump se ha hecho el personaje dominante en la vida estadounidense aunque las encuestas muestren que también ha sido el presidente menos popular durante su primer año de la historia moderna. Está poniendo a prueba la idea de que un presidente aún puede rehacer de manera efectiva al país sin asegurar o incluso sin ir tras un mandato más amplio.
“Se trata de alguien que define la presidencia de manera muy distinta”, dijo Michael Beschloss, el historiador presidencial. “Trump básicamente está diciendo: ‘No voy a operar solamente dentro de los límites que los fundadores podrían haber esperado o que la gente pudo haber esperado durante 200 años. Voy a operar dentro de los límites de lo que es estrictamente legal y voy a tratar de empujar esos límites si puedo’”.
No solo los ha empujado. Trump ha destrozado los límites, por lo menos los que sus predecesores cuidaron. “Todos los demás parecían moverse dentro de ciertas fronteras”, dijo William M. Daley, quien trabajó para dos presidentes, primero como secretario de gabinete de Bill Clinton y después como jefe de personal en la Casa Blanca bajo el mandato de Barack Obama. “Pero este opera totalmente fuera de cualquier margen”.
En épocas recientes, la mayoría de los presidentes han buscado expandir el poder de su gobierno y Trump ha seguido esa tendencia. Al igual que Obama, frustrado por la oposición en el Congreso, utilizó de manera ambiciosa su poder ejecutivo, solo para que a veces lo frenaran las cortes, Trump ha recurrido a su autoridad presidencial para promulgar políticas arrasadoras.
Sin embargo, se ha opuesto a los límites impuestos a la presidencia como pocos lo han hecho, despotricando contra jueces, legisladores, investigadores y periodistas que lo enfurecen y expresando frustración por no poder usar al FBI como le da la gana. Su sentido del gobierno no se basa en la creación de coaliciones o en el equilibrio entre ramas iguales del gobierno. Él ejerce uno en el que decide qué es necesario y en el que el sistema debe apegarse a sus ideas.
Trump está creando precedentes que podrían durar más que su mandato. Está haciendo que la presidencia sea más auténtica y más autocrática, según el punto de vista. De cualquier manera, puede que jamás vuelva a ser lo mismo.
‘Por eso ganó’
Trump, el primer presidente que jamás trabajó en el gobierno ni el servicio militar, en repetidas ocasiones se salta los límites que sus predecesores atendieron. Cuando la alcaldesa de San Juan, Puerto Rico, se quejó de los esfuerzos federales de recuperación después de que la isla fuera arrasada por el huracán María, Trump la tachó de ser “desagradable”. Cuando no recibió la gratitud suficiente por ayudar a liberar a tres basquetbolistas universitarios estadounidenses en China, exclamó: “¡Debí dejarlos en la cárcel!”.
Acusó a Obama de intervenir las líneas telefónicas de la Torre Trump, lo llamó un “tipo malo”, una declaración que rechazó el propio Departamento de Justicia de Trump. Dijo que había “personas muy decentes en ambos bandos” cuando habló del mitin de supremacistas blancos y contramanifestantes en Charlottesville, Virginia.
Incluso en cosas pequeñas, Trump ha roto el protocolo presidencial. Los presidentes generalmente no hablan de los cambios bursátiles diarios ni de los planes de expansión corporativa, pues lo consideran inapropiado. Pero Trump con ansia anuncia aumentos en el mercado, que los convierte en un sustituto métrico de éxito dados sus bajos números en las encuestas, y se adjudica el crédito por decisiones corporativas con el gusto de un alcalde o un gobernador, ya sea en relación con sus políticas o no.
A sus simpatizantes les parece refrescante la voluntad que tiene para decir cualquier cosa y atacar a quien se le ponga en frente.
“Algo que le ha hecho al Despacho Oval y a nuestra cultura política en general es traer mucha más autenticidad de lo que la gente estaba acostumbrada con los políticos”, dijo Andy Surabian, un asesor sénior de Great America Alliance, un grupo alineado con Trump. “Sin importar lo que se piense de él desde un punto de vista ideológico, creo que, por primera vez en mi vida, tenemos a alguien en el Despacho Oval que no parece de plástico”.
“Todo el tiempo escuchamos que no es presidencial”, agregó. “Pero yo pienso: ‘Por eso ganó’”.
Otros presidentes han experimentado con la manera en que se comunicaban con el público y fueron criticados por socavar la dignidad del puesto, solo para que sus innovaciones se convirtieran en estándares para sus sucesores. Franklin D. Roosevelt instituyó las charlas hogareñas en la radio. Dwight D. Eisenhower inauguró las conferencias de prensa en televisión. John F. Kennedy permitió que los informes se transmitieran en vivo en vez de que se grabaran y editaran.
Sin embargo, esos presidentes no utilizaron sus plataformas como armas, algo que Trump sí ha hecho. Además, presidieron estructuras serias, aunque a veces engorrosas, de creación de políticas, diseñadas para fundar sus decisiones. Las decisiones de Trump, anunciadas en Twitter, a menudo parecen reacciones repentinas a algo que vio en televisión.
Los críticos afirman que Trump ha degradado la credibilidad de las principales instituciones de su gobierno.CreditTom Brenner/The New York Times
‘Es una guerra en contra de todo’
“Es una guerra contra todo. Es un pleito de bar de nunca acabar. Y se utilizan todas las ventajas posibles, cada arma disponible”, dijo Jon Meacham, quien ha escrito biografías de varios presidentes. “¿Acaso una parte del legado de Trump será un estado permanente de guerra contra la política y los medios? Odio decirlo… mi instinto me dice que sí, pero espero estar equivocado”.
“Si él se puede salir con la suya, entonces, ¿por qué no otras personas?”, preguntó Eliot A. Cohen, uno de los más duros críticos de Trump.CreditEric Thayer para The New York Times
‘Una institución duradera’
Si la presidencia poco convencional de Trump tiene éxito, podría establecer un nuevo paradigma. Si fracasa, sería una moraleja para sus sucesores.
Trump está probando una propuesta de que un presidente puede efectivamente rehacer al país sin asegurar o incluso buscar un mandato más amplio.CreditDoug Mills/The New York Times
New York Times. Tatiana Schlossberg – Desde la jirafa hasta el pangolín, miles de especies animales han tenido bajas estrepitosas en sus números, una señal de que se acerca una era irreversible de extinción masiva, alerta un nuevo estudio.
La investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences califica a la disminución en poblaciones animales como una “epidemia global” y parte de “una sexta extinción masiva en curso” causada, en buena medida, por la destrucción humana de los hábitats animales. Las cinco extinciones anteriores fueron causadas por fenómenos naturales.
Gerardo Ceballos, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, reconoció que el estudio está escrito con un tono particularmente alarmante en comparación con el estándar de los trabajos de investigación académica. “Sería poco ético en estos momentos no usar este lenguaje para atraer la atención hacia este problema”, dijo.
Ceballos enfatizó que él y los coautores, los profesores de la Universidad de Stanford Paul Ehrlich y Rodolfo Dirzo, no son alarmistas, pero que los datos científicos respaldan sus aseveraciones de que el declive en la población animal y la posible extinción masiva de especies en todo el mundo podría ser inminente, y que otros científicos han subestimado ambos hechos.
Los autores sugieren que los estimados anteriores de tasas de extinción global han sido demasiado bajos en parte porque los científicos se han enfocado demasiado en la extinción completa. Se cree que dos especies vertebradas se extinguen cada año, lo que los autores recalcan “no genera suficiente preocupación pública” y hace parecer que muchas especies no están fuertemente amenazadas o que la extinción masiva es una catástrofe lejana.
Los cálculos conservadores de científicos dicen que se han extinguido 200 especies en los últimos 100 años. La tasa “normal” de extinción registrada durante los dos millones de años pasados era de dos especies extintas cada siglo debido a la evolución y otros factores.
Sin embargo, este estudio se fija más en las poblaciones que en las extinciones: la desaparición de una población entera y la disminución en los individuos que la componen. Encontraron que es un fenómeno que sucede a nivel global, pero que las regiones tropicales –con mayor biodiversidad– han sufrido la mayor pérdida en números totales, mientras que las regiones templadas han tenido una mayor proporción de pérdida poblacional.
Los autores del estudio vieron las reducciones en un rango de especies —por factores como la degradación de su hábitat, la contaminación y el cambio climático, entre otros— y de ahí extrapolaron cuántas poblaciones se han perdido o están cerca de hacerlo, un método que también usa la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
Hallaron que un 30 por ciento de los vertebrados terrestres –mamíferos, aves, reptiles y anfibios– han presentado declives y pérdidas en las poblaciones locales. En la mayoría del mundo, las poblaciones de mamíferos han perdido el 70 por ciento de sus integrantes por la desaparición de sus hábitats.
Casos particulares que cita el estudio incluyen el del guepardo, que ya solo tiene unos 7000 especímenes; los orangutanes de Sumatra y Borneo, con menos de 5000 animales; los leones africanos, que han perdido el 43 por ciento de su población desde 1993; los pangolines han sido diezmados, y las jirafas, cuyas cuatro especies ahora tienen menos de 100.000 especímenes.
Jonathan Losos, un profesor de Biología de Harvard, dijo que no sabe si el método usado por el estudio ha sido empleado antes, pero que era un “aceptable primer intento” para estimar el declive de las especies y las bajas en su población.
Losos también indicó que es difícil estimar la población de fauna, en parte porque los científicos no siempre están de acuerdo sobre cómo se define una población. Aun así recalcó que “es un estudio muy importante y preocupante, que documenta que los problemas que tenemos respecto a la biodiversidad son más grandes de lo que se piensa”.
Ehrlich, uno de los autores y profesor en Stanford, dijo que la situación era similar a la del colapso imaginado de la humanidad por sobrepoblación que previó en su libro La explosión demográfica, excepto que el efecto de la actividad humana repercute más bien sobre el mundo animal.
“Hay solo una solución global, y es reducir la escala de la actividad humana”, dijo Ehrlich. “El crecimiento poblacional y el mayor consumo entre personas ricas está impulsando esto”.
SÃO PAULO, New York Times. — El 30 de abril, un grupo de rancheros armados con rifles y machetes atacó un asentamiento de cerca de 400 familias de la tribu gamela, en el estado de Maranhão, en el noreste de Brasil. De acuerdo con el Consejo Indigenista Misionero, un grupo de activistas, veintidós indígenas resultaron heridos, entre ellos tres niños. A muchos les dispararon por la espalda o les cortaron las muñecas.
Poco después del ataque, el Ministerio de Justicia anunció en su página web que investigaría “el incidente entre pequeños campesinos y presuntas personas indígenas” (tras unos cuantos minutos se eliminó la palabra “presuntas”).
Esto era de esperarse. Fue el tercer ataque registrado contra el pueblo gamela en tres años y parte de una ola de asaltos contra indígenas brasileños. Todas las semanas parece haber reportes de una nueva atrocidad cometida en contra de los indígenas en algún paraje remoto de Brasil. Sin embargo, ya nada parece impactar a la sociedad brasileña. Ni siquiera cuando, hace unas semanas, le dispararon en la cabeza a un bebé de un año de la tribu manchineri.
Esos ataques son parte de un patrón más amplio de abuso, marginación y falta de atención. Desde 2007, han sido asesinados 833 indígenas y 351 se han suicidado, de acuerdo con la Secretaría Especial de Salud Indígena; estas tasas son mucho más altas que el promedio nacional. Entre los niños, la tasa de mortalidad es dos veces mayor que en el resto de la población.
Según el censo, en la actualidad hay 900.000 indígenas de los entre tres y cinco millones que habitaban el país cuando llegaron los conquistadores portugueses en 1500. Las enfermedades traídas de Europa arrasaron con millones durante el primer siglo de contacto. Más tarde, se les esclavizó en plantaciones. No obstante, ahí no terminó el genocidio.
Durante el siglo pasado, decenas de miles de indígenas fueron víctimas de violaciones, tortura y asesinatos en masa, perpetrados con ayuda de una agencia gubernamental, el desaparecido Servicio de Protección al Indio. Algunas tribus fueron completamente eliminadas. Actualmente, solo el 12,5 por ciento de la tierra en Brasil sigue en manos de los indígenas.
La historia de los guaraní-kaiowá, del estado occidental de Mato Grosso del Sur, es típica de los obstáculos que enfrentan los grupos indígenas. Primero, se les expulsó de sus tierras ancestrales a finales de la década de 1940, cuando el gobierno otorgó títulos de propiedad en esa zona a campesinos y rancheros. Luego, fueron enviados a reservas sobrepobladas y a campamentos a las orillas de las carreteras.
Parecía que la situación de la tribu mejoraría en 1988, cuando Brasil adoptó una nueva constitución que reconocía los derechos de los indígenas a las tierras que tradicionalmente hubieran ocupado. Se suponía que el gobierno demarcaría esos territorios en los cinco años siguientes a la entrada en vigor de la Constitución. Llevó más tiempo del esperado: la identificación y demarcación de las tierras de los guaraní-kaiowá comenzó en 1999 y terminó en 2005. Regresaron a su territorio, pero solo durante un periodo corto. Meses después, tras una demanda por parte de los rancheros locales, un juez federal suspendió el decreto con el que sus tierras quedaban demarcadas. La tribu, de nuevo, fue desalojada.
En agosto de 2015, algunos guaraní-kaiowá decidieron volver a ocupar parte de su territorio. Acamparon en tierras ahora propiedad de los rancheros. Los terratenientes tenían otros planes: de acuerdo con los reportes, contrataron milicias armadas para que sacaran a la tribu. A Semião Vilhalva, el jefe de la tribu, le dispararon y lo mataron. Hay recuentos de tortura, violaciones y secuestro de niños. Menos de un año después, en otro ataque, mataron a otro jefe guaraní-kaiowá y les dispararon a nueve personas. Arrestaron a cinco granjeros locales por participar en el asalto, pero se les dejó en libertad tras unos cuantos meses.
Los indígenas que no son asesinados o secuestrados enfrentan otro reto: que se les borre. Puesto que muchos de ellos se han visto forzados a irse a las afueras de las ciudades y los pueblos, donde adoptan nuevas costumbres (como usar pantalones de mezclilla, andar en motocicleta y tener teléfonos celulares), deben hacer frente al estigma de ser llamados “indígenas falsos”. Poco antes del ataque de este mes en Maranhão, un senador se refirió públicamente a las familias gamelas como “seudoindígenas”.
Después del asesinato del jefe de la tribu guaraní-kaiowá, Vilhalva, el representante en Sudamérica del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Amerigo Incalcaterra, urgió al gobierno a proteger los derechos de los indígenas, incluyendo su derecho a la tierra. El gobierno brasileño retrasó la demarcación de las tierras indígenas y permitió que los pueblos indígenas sufrieran la violencia debida a los conflictos con los terratenientes, señaló. Incalcaterra convocó a las autoridades “a detener los desalojos de las comunidades guaraní-kaiowá y finalizar de manera urgente el proceso de demarcación de sus tierras”.
Eso parece cada vez menos probable. Cerca de la mitad del Congreso de Brasil tiene vínculos con cabilderos rurales. El gobierno del presidente Michel Temer es tan cercano que acaba de nombrar a Osmar Serraglio, un miembro destacado del grupo de la agroindustria, como ministro de Justicia. Temer también designó a un general del ejército como jefe interino de la Fundación Nacional del Indio, a pesar de las vigorosas protestas por parte de las comunidades originarias.
A principios de mayo, una comisión parlamentaria creada y conformada por miembros del cabildo rural emitió un informe en el que condena las actividades de “presuntos” indígenas, así como de una decena de antropólogos, unos cuantos fiscales y miembros de organizaciones de derechos indígenas, incluyendo al Consejo Indigenista Misionero.
A menos que haya un clamor público en defensa de los indígenas de Brasil, continuarán muriendo —aislados de sus tierras, oficialmente silenciados, asesinados, devastados por la desnutrición y las enfermedades— y así se concluirá su genocidio
New York Times. La montaña se alza reluciente desde una base de glaciares en el extremo más lejano de la cordillera del Karakórum. Con forma de pirámide y una conexión solemne con la eternidad, el K2 queda solamente detrás del Everest en altura… pero es más mortífero. Sus muros son vertiginosos por donde se les quiera ver.
Solo los más experimentados han intentado escalarlo, y por cada cuatro que llegan a rastras hasta su cumbre, muere uno.
Hay catorce montañas en la Tierra que superan los 8000 metros de altura; los montañistas han alcanzado la cima de 13 de ellos durante el invierno. El K2 es la excepción prohibida. Diez polacos esperan poder escalar hasta su cumbre en la próxima temporada y hacer historia.
Estos hombres tendrán la nieve hasta las rodillas en su camino hasta el campamento base que se encuentra a 5683 metros. Desde las cascadas de hielo que rodean las pendientes prácticamente verticales del K2 caen trozos del tamaño de un automóvil. Los vientos en la cima alcanzan la fuerza de un huracán y las temperaturas pueden alcanzar -26 grados centígrados.
Los escaladores podrían quedarse hasta dos meses en sus tiendas de campaña, con la esperanza de que se suavicen los vendavales por unos días. No hay margen de error: el K2 asesina de forma rutinaria a quienes quedan atrapados en sus laderas.
Quizá el distintivo de los escaladores polacos, cuya historia y cultura les han otorgado la reputación de ser los mejores escaladores del Himalaya durante el invierno, es que son prisioneros de sus sueños.
Janusz Golab es un escalador de largas extremidades cuyo pelo rizado va de aquí para allá cual aureola. Tiene 49 años, una edad que aún lo posiciona en la plenitud para ser un gran escalador, y será uno de los diez que intentarán llegar a la cima del K2 el próximo invierno. Conversamos mientras se encontraba en el ático oscuro de una cabaña ubicada en el valle de Morskie Oko en Polonia, y anudaba una cuerda morada como preparación para un ascenso de entrenamiento bajo cero en las montañas Tatra.
Escalar el K2 en invierno no es una locura cualquiera para Golab. Tiene hijos y una novia; parece estar lleno de amor por la vida. Pero resulta que disfruta los retos mortales que le plantea su existencia. Ha escalado en la Antártica, Groenlandia y el Himalaya. “El invierno es la mejor estación”, dice y se encoge de hombros. “Es más desafiante. Por supuesto que es la mejor época”.
Hay tanto que decir sobre este ascenso a la cima más hostil del planeta: una montaña de 8611 metros de altura que se encuentra en la cordillera del Karakórum, en la frontera de Pakistán y China. Hay desafíos técnicos, estratégicos y la labor de escoger un equipo de escaladores de grandes alturas. Durante meses, estos hombres vivirán y trabajarán en las peores condiciones posibles. Cada uno sabe que podría no regresar.
Cuatro escaladores harán el último tramo a la cima sin oxígeno. Todos han perdido a compañeros en ascensos.
Una historia a lo alto
Hay que tomar en cuenta la historia que recae sobre los polacos: después de la Segunda Guerra Mundial y sus masacres, los comunistas impusieron un régimen controlador. Las montañas ofrecían liberarse de todo eso.
Los polacos con ese anhelo acudían en parvadas a los picos oscuros y dentados de las montañas Tatra, las cuales se alzan en la frontera sur de Polonia con Eslovaquia. Hombres y mujeres escalaban sus muros de granito en el calor veraniego y en pleno invierno.
Los clubes de escaladores de Polonia comenzaron a estar repletos de miembros. El más famoso estaba en Katowice, un pueblo acerero ubicado a unas horas en auto de las Tatra.
El escudo de armas del club de Katowice tiene un águila y una piqueta para hielo. Todas las noches había varios escaladores que hablaban de las montañas, de la vida, de más montañas; cantaban y bebían vodka. Para ser admitido en esa época, un escalador joven tenía que demostrar su destreza técnica, dormir en una saliente conocida como vivaque, aprobar exámenes escritos y dominar la historia, el arte y la literatura del montañismo.
Krzysztof Wielicki, de 67 años y uno de los mejores escaladores del Himalaya, guiará el ascenso al K2. Credit Max Whittaker para The New York Times
Krzysztof Wielicki, un escalador de ojos azules que a sus 67 años es uno de los mejores alpinistas del Himalaya, será el guía de la expedición al K2. Es ágil, vivaz; ha escalado tres picos del Himalaya en invierno, entre ellos el Everest.
Le brillan los ojos ante una pregunta sobre su espíritu juvenil. “Escalamos aquí, allá y acullá”, recuerda. “Y si eras bueno, decían: ‘Bien, pasaste el verano en las Tatra. Ahora debes pasar el invierno’”.
Cuando los escaladores polacos de ese entonces obtuvieron el permiso para escalar los picos de Europa Occidental, descubrieron otro problema: era aterradoramente caro.
Una noche de enero, mientras estaba en el pueblo, fui a la casa de Janusz Majer, un hombre fornido de 70 años que está trabajando para obtener los 335.000 dólares de financiamiento gubernamental y privado que se necesitan para asegurar el asalto al K2. Nos acompañó su amigo y también escalador, Wojciech Dzik.
Con salami, queso y una gran cantidad de vino, hablamos de sus aventuras de montañismo. En la década de 1970, después de escalar en las Dolomitas, vieron un letrero que anunciaba capuchinos. Dzik, quien es matemático, hizo la conversión a su moneda. “¡Era la décima parte de mi salario!”, relata. “Después de eso, vivimos como Jesús, solo con pan y vino”.
Los polacos entonces recurrieron a las montañas de Asia, donde el desafío técnico era de una magnitud mayor pero los costos eran menores. Para juntar el dinero entraban a las oficinas de las fábricas en Katowice, señalaban a lo alto hacia las chimeneas industriales y ofrecían pintarlas a mitad de precio. Los gerentes de las fábricas hacían una mueca y les decían que un andamio costaba más de lo que cobraban. Entonces los escaladores respondían que lo harían al estilo alpino. En breve había ingenieros, matemáticos y electricistas haciendo rapel de sol a sol por las chimeneas.
Después se subían a camionetas viejas, todos a lo Jack Kerouac, y se iban al Hindú Kush. No llevaban equipo sofisticado, patrocinios o publicidad, solo el afán de liberarse de las restricciones de vida en Polonia. “En aquel entonces, no había problema si dejabas tu trabajo”, comenta Wielicki. “Apenas ganábamos 50 dólares al mes, así que les decíamos adiós”.
Para cuando los polacos llegaron en grandes cantidades a Asia, los escaladores de otras naciones ya habían coronado todos los picos de 8000 metros. Los polacos decidieron buscar la fama al estilo Tatra y escalaron los picos en invierno o por rutas nuevas y riesgosas.
La audacia de sus ascensos se volvió legendaria. De sus filas salió la primera mujer en alcanzar la cima del K2, Wanda Rutkiewicz, y el primer hombre en escalar tres picos gigantes en invierno, Jerzy Kukuczka. Este y un compañero escalaron el K2 en verano por una ruta tan peligrosa, incluso suicida —pasaba debajo de crestas inestables de hielo—, que nadie lo ha vuelto a intentar. Hasta el día de hoy, se le conoce como la “Línea polaca”.
En la década de 1980, Ryszard Pawlowski, un reconocido escalador polaco, solía ganar dinero pintando chimeneas para irse a sus expediciones.
Algunos escaladores eran artistas que se especializaban en ascensos libres, usando la menor cantidad de equipo posible. Otros eran genios expedicionarios que planeaban los ascensos como asaltos militares. Los periódicos polacos hacían crónicas de estos sucesos como los periódicos estadounidenses lo hacen con el béisbol.
Estar con los alpinistas polacos, viejos y jóvenes, permite escuchar historias de camellos que cargan provisiones, del coqueteo con fascinantes mujeres locales y de los negocios que hicieron con mecánicos que usan turbantes para poder sacarle más kilómetros a las camionetas destartaladas. Recuerdan comer bolas de masa hervida en Silesia, tomar vodka en los campamentos base, los vivaques a 6700 metros, los cerebros congelados y las alucinaciones (no utilizan oxígeno cuando ascienden). Siempre había otras visiones del mundo.
“Cuando estás allá arriba, de noche, puedes escuchar cómo paren los glaciares: bum, bum, bum. Dios mío”, recuerda Dzik, el matemático canoso. “Yo era solamente un pobre académico aburrido en Polonia. Era como ir al cielo”.
Otro visitante que los ha acompañado es la muerte. La tasa de mortalidad de los grandes escaladores es aterradora. Muchos se quedaron atrapados en tempestades turbulentas; murieron del mal de altura; se resbalaron y cayeron en el abismo. No hay una rama de logro atlético en la que la muerte cabalgue en tus hombros de manera tan insistente.
Habría que preguntarse si estos hombres tienen un romance con dos amantes: la vida y la muerte.
De izquierda a derecha, Marek Chmielarski, Wilku Wilczynski, Martin Koziol, Pearl Mazur y Janusz Golab, en la cabaña Morski Oko junto a las Tatra. Credit Max Whittaker para The New York Times
Wielicki, el líder de la próxima expedición, era famoso por sus ascensos en solitario de los picos del Himalaya. Su resistencia no tenía igual (para el ascenso al k2 se quedará en el campamento base, como deben hacer los líderes de las expediciones). Le pregunté si lo seducía la muerte y negó con la cabeza. Siempre ha querido vivir, incluso cuando tuvo que enfrentarse al filo de un cuchillo. Mencionó un axioma del alpinismo: un escalador joven corre más peligro, porque no sabe lo suficiente como para preocuparse. Agregó otro: un escalador viejo no debe confiarse demasiado porque domina la técnica, que puede ser un escudo frágil.
“Se necesita suerte”, dice. “Cualquiera puede cometer un error”.
Antes de ascender cuesta conciliar el sueño: un escalador se aferra a un muro que se derrumba, otro ve a un amigo que le pasa al lado mientras cae. Hay otro que siente que hay criaturas que le jalan los pies.
Ya en la montaña, los escaladores se refugian en una concentración tan pura como la del repose de un monje. La vida se convierte en detalles: meter y sacar la cuerda de los mosquetones; asegurar los crampones de las botas y buscar puntos de apoyo. Se escucha un golpe de la piqueta para hielo, después otro y otro más. Escalan rompecabezas de 8000 metros. A veces los escaladores pasan uno o dos días sin comer; en ocasiones es porque no se dan cuenta de que no lo hicieron.
Kacper Tekieli instala el rapel en las Tatra. “Quiero seguir encontrando caminos hermosos en las montañas”, dice, pero “no estoy seguro si necesito ir al K2 en invierno”. Credit Max Whittaker para The New York TimesMarek Chmielarski escalando en las Tatra. Chmielarski es parte del equipo que intentará ascender el K2 el próximo invierno. Se gana la vida pintando plataformas petroleras. Credit Max Whittaker para The New York Times
Kacper Tekieli tiene rizos oscuros y una sonrisa traviesa; es un licenciado en filosofía de 32 años con una gran pasión por la literatura sobre montañismo. Habla de la particular concentración que se necesita para alcanzar la cima de un pico del Himalaya en las fauces del invierno. El universo se encoge un par de metros. “Hay algo místico. Lo importante no es la montaña; ella está inerte. Eres tú. Es lo que descubres de ti mismo en todas esas horas de concentración”.
Sangre, sudor y estrategia
Es una tarde de enero, y seis escaladores del K2 están reunidos en un gimnasio de Varsovia bajo la mirada de Karol Hennig, un entrenador que trabaja con institutos estatales de salud. La edad de los escaladores va desde los treinta y tantos hasta los 63, y la mayoría tiene una musculatura modesta. Llenan mochilas con barras de hierro y se suben a las escaladoras. Se torturan haciendo levantamientos y dominadas en barras.
Retienen un tercio más de oxígeno que un adulto con buena condición. Después del ejercicio, su ritmo cardiaco regresa a la normalidad con la misma facilidad de un elevador que desciende de un piso a otro.
Piotr Tomala trabaja duro en una escaladora mientras carga una mochila con peso. Se espera que sea parte del ascenso al K2. Credit Max Whittaker para The New York Times
Marek Chmielarski, de 40 años, estará en el equipo del K2. Trabaja en plataformas petroleras desde el mar del Norte hasta Azerbaiyán. Le da risa cuando se le menciona la capacidad que tienen para retener el oxígeno: “Y eso que Janusz tiene de las calificaciones más bajas. Ha llegado a la cima del K2 y es el mejor escalador de Polonia”.
Los escaladores también monitorean los niveles de vitamina D y de hierro, los cuales les ayudan a prevenir la hipoxia hipobárica, el proceso mediante el cual la baja cantidad de aire priva al cuerpo del reabastecimiento de oxígeno.
Nadie sabe realmente cómo reaccionará un cuerpo en la cima del mundo. En el campamento base del K2, el aire tiene la mitad del oxígeno que al nivel del mar. A 7900 metros, los escaladores entran a la “zona de la muerte”: es muy complicado respirar y el corazón se esfuerza para bombear la sangre. Cuando los escaladores lleguen a la cima, su respiración será un jadeo veloz y superficial. Vomitarán, sufrirán de deshidratación y comenzarán a alucinar.
Lukasz Debowska practica en el club de escaladores de Katowice, el más famoso de Polonia. Credit Max Whittaker para The New York Times
Wielicki, el líder de la próxima expedición, recordó una noche en la que alcanzó algo más allá del agotamiento durante un ascenso que hizo solo al Himalaya. Se acurrucó en una diminuta tienda de campaña e hizo té para dos: él y su acompañante, cuya presencia no fue menos intensa por ser imaginaria. “Lo sentí ahí”, dice. “Y, claro, no lo estaba”.
El K2 es un solitario ubicado al norte; se encuentra a casi 1300 kilómetros al noroeste de los grandes picos del Himalaya en Nepal y está expuesto a vientos que resoplan desde el círculo polar ártico. En febrero, sus paredes son frías y el viento las golpea más que las del Everest.
Todo lo anterior vuelve primordial tener la estrategia apropiada para escalar. El estilo de montañismo preferido en la actualidad es el alpino, es decir, ir solo o con un compañero, y sin cuerdas fijas. Se premia a las rutas audaces o a la velocidad del ascenso.
En febrero, nada de esto funcionará en el K2.
Los polacos desarrollaron una maestría para el estilo de expedición preferido hace medio siglo. Se requiere de una disposición especial para minimizar al ego como parte del colectivo. Si es un equipo de diez escaladores, seis tendrán la función de abejas obreras: colocarán pitones, cuerdas y tiendas de campaña en los campamentos que se encuentran en lo alto de la montaña.
Estos hombres escalarán riscos de granito a 7620 metros, aunque el K2 amenace con provocar una lluvia de avalanchas. El equipo de la cima jalará esas cuerdas y dormirá en esas tiendas. Cuando estén a 900 metros de la cima, seguirán adelante sin oxígeno.
La manera de prepararse enciende el debate.
Adam Bielecki es un hombre alto de rastas con un entusiasmo infantil, tiene 33 años, está casado con un niño y tiene otro bebé en camino; comenzó a escalar cuando era adolescente. Desborda ambición y le irrita la vieja escuela. Bielecki prefiere enviar a los escaladores de la cima a Chile, donde es verano cuando en el hemisferio norte es invierno, a que escalen un pico andino de 6700 metros. Que se queden ahí hasta que los cuerpos se ajusten a los niveles bajos de aire y vuelen a Paquistán para llegar rápido al campamento base.
“Lo único que necesitamos son tres días de buen clima y llegaremos a la cima del K2”, afirma. “Puede ser una revolución en el montañismo de grandes alturas”.
Bielecki intentó esa estrategia durante un ascenso invernal al Nanga Parbat, una montaña de 8125 metros que se encuentra en Paquistán y se le conoce por un sobrenombre que se explica solo: “Montaña asesina”. Los escaladores llegaron aclimatados, pero descendió un frente tormentoso y no se fue.
La generación más joven de escaladores cree que la estrategia de Bielecki es una buena apuesta. Cuando le pregunté a Wielicki, se nota que la vieja leyenda no está convencida. “Se necesita tener una gran cantidad de suerte para ir desde Sudamérica y encontrar el clima de tu agrado”, dice Wielicki. Sonríe ligeramente. “No es posible depender de una gran cantidad de suerte”.
Escaladores polacos, incluido Artur Hajzer, en el Nanga Parbat durante una expedición invernal entre los años 2006 y 2007. Ese pico del Himalaya está entre los más altos del mundo y lo llaman la “Montaña asesina”. Credit Artur Hajzer, vía Janusz Majer
La muerte y la nueva generación
Las expediciones polacas al Himalaya prácticamente terminaron en 1989. Su mejor escalador, Jerzy Kukuczka, murió en una caída, y una avalancha en el Everest se llevó a otros cinco reconocidos alpinistas polacos.
El gobierno comunista colapsó. Mientras se reconstruía aquella nación herida, comenzó una época de empresarios. La vida de alpinistas vagabundos parecía frívola.
Artur Hajzer fue de los que se retiraron de manera prematura. Hajzer fue compañero del famoso Kukuczka. Después de que murió su amigo, no pudo enfrentarse a más montañas. Abrió una cadena de tiendas de alpinismo y para los amantes de los deportes al aire libre.
Pero surgió la inquietud; anhelaba el Himalaya. Creó, junto con Wielicki, un manifiesto: los alipinistas polacos que son “jóvenes, iracundos y ambiciosos” deben acoger el “sufrimiento positivo” y volver a escalar el Himalaya en invierno.
Ofrecieron entrenamiento tradicional: invierno en las Tatra, después en los Alpes y luego en el Himalaya. Su obsesión era muy polaca: conquistar el K2.
A la izquierda, Janusz Majer con Jerzy Dudala en las Tatra en la década de 1970. Escalar se volvió popular en Polonia durante la Guerra Fría como un modo de escape, al menos temporal, del control del régimen político. Credit Jacek Wiltosinski, vía Janusz Maje
Bielecki, el hombre de rastas de 33 años, buscó a Hajzer y lo convenció de que fungiera como su mentor. “Se enojaba muy rápido. Nunca se disculpaba, pero era justo”, confiesa Bielecki de su maestro. “Éramos huérfanos generacionales y él nos presentó el alpinismo en el Himalaya”.
Surgieron las tensiones generacionales. Los escaladores más jóvenes habían entrenado menos y alcanzaron la mayoría de edad en una época donde los logros individuales tenían mayor primacía. Cuando los discípulos volvían de una incursión en el Himalaya con heridas provocadas por el frío, los escaladores veteranos se burlaban del grupo de “jardín de niños”.
El éxito llegó a paso trepidante, pero también la tristeza. En el invierno de 2013, Bielecki y otros tres escaladores se dispusieron a ascender el Broad Peak, o K3, de 8051 metros. Dos quedaron exhaustos cerca de la cima y Bielecki se percató de que caería la noche y que se avecinaba un frío aplastante; dijo que tal vez debían regresar. Los demás no estuvieron de acuerdo. Bielecki y su compañero lograron regresar a sus tiendas, con heridas graves por el frío. La otra pareja no lo logró.
“Cuando estás en la cima de una montaña en invierno en el Karakórum, no hay palabras para tu estado mental”, explica Bielecki. “Estás más allá de lo que la gente llama fatiga”.
Era una decisión mortal quedarse a esperar a que llegaran los otros a una altura de 7620 metros y una temperatura de -31 grados centígrados. Se forma hielo en las fosas nasales y las gafas. El agua y el gel energético se congelan. Las manos, los pies y los brazos se entumecen. Se forma una tumba a tu alrededor. Aún así, un comité de montañismo polaco acometió a Bielecki por haber violado la hermandad de las cuerdas al dejar atrás a sus compañeros.
Las muertes en la montaña son como fichas de dominó: una sigue a la otra. Poco tiempo después, Hajzer voló al Himalaya para intentar encontrar la paz escalando. Una tormenta se enrolló como serpiente alrededor de la montaña. El veterano perdió de vista a su compañero más joven y descendió rápido para buscarlo. Perdió el equilibrio y cayó hacia su muerte. Tenía 51 años. Su cuerpo sigue estando en alguna grieta del Himalaya.
“Fue la última lección de Artur”, dijo un escalador en su funeral, el cual tuvo lugar en 2013 en la gran catedral de Katowice. “La gente muere en las montañas, hasta los mejores”.
Wielicki es el maestro que queda. Debe escoger entre sus hijos escaladores y es implacable. Para la cima debe elegir a los mejores de entre los mejores.
Está Golab, y otra opción lógica es Bielecki, quien tiene una resistencia fuera de este mundo cuando está cerca de la cima. Sin embargo, su hambre de fama es una hoguera, y eso le preocupa al viejo. Wielicki defendió al escalador joven después de las muertes en el Broad Peak, pero es claro que tiene dudas.
“Es un escalador muy bueno, pero ha escalado para él mismo”, asegura el veterano. “Tal vez sería un poco extraño que esté en nuestro equipo porque todos debemos trabajar juntos”.
Si se acerca una tormenta o si desciende la oscuridad, los escaladores deben volver, aunque la legendaria cima esté a la vista. “Si yo digo, ‘no, bajemos’, me tienen que hacer caso”, dice Wielicki. “Todos quieren ser el mejor y así es como podemos morir”.
Aunque reconoce la ambición de los jóvenes. “La lógica compite con las emociones. Todos quieren escribir su propia historia”.
¿Hasta la cima?
La expedición del K2, arriesgar todo por hacer historia, es un peso que cae de manera desigual sobre los hombros de estos hombres. Marek Chmielarski, que trabaja en las plataformas petroleras, va a ir, aunque se preocupe su esposa, quien es maestra de escuela. “Creen que estamos locos”, afirma. “Por supuesto que tienen razón”.
Golab también aceptó: “A veces me pregunto por qué lo estoy haciendo. No me gusta relacionar el nacionalismo con el montañismo, pero son mis amigos y estamos en una misión”.
Kacper Tekieli, el otro alpinista que estuvo en las Tatra en esta ocasión, podría unirse al grupo de cuatro que irán a la cima del K2. Esa montaña mítica, malhumorada y mortal lo consumió alguna vez.
“Me tenía cautivado”, explica. “Sabía que sufrir es la especialidad de los polacos”.
Tekieli trabaja de medio tiempo en un café. Aunque es de los mejores alpinistas polacos y tiene patrocinios, no le es suficiente para costear vivir y los viajes de escalar. Credit Max Whittaker para The New York Times
El verano pasado, Tekieli perdió a un amigo en el lado indio del Himalaya: vio cómo se resbalaba cuando se acercaban los rescatistas. “Estaba muy cerca cuando se cayó”, dice. Tekieli parpadea y señala hacia su anillo de bodas, el cual cuelga de una cuerda alrededor de su cuello. “Seguiré escalando, pero creo que aún no conozco el resultado” de haber presenciado eso.
¿Y el K2? Se encoge de hombros y responde: “Las montañas son muy importantes para mí: es el mundo original, un lugar apasionante. Quiero seguir encontrando caminos hermosos en las montañas”. Luego hace una pausa y añade: “No estoy seguro de si necesito ir al K2 en invierno”.
Unos días más tarde, Wielicki, la vieja leyenda, dijo que reconoce que su época de ascensos invernales podría estar por terminar. El peligro le pesa como no lo hacía hace décadas. Su esposa es adepta en el alpinismo, pero él se crispa cuando ella se acerca a una roca. Le da gusto que sus hijos no hayan heredado su pasión. Sin embargo, ¡qué montaña!
“No solo está el problema de la gente del club de Katowice, sino de la gente de Polonia. Siempre me preguntan: ‘¿Vas a ir? ¿Por qué no? Deberías escribir algo histórico. Termina tu historia’”.
La sombra de la bestia
Aquellos que se paran debajo de la sombra de ese monolito en invierno describen una sensación similar a haber llegado a un mundo extraterrestre. Todo es blanco, negro y gris, con destellos vivaces y regulares del cielo azul y del sol. El K2 se encuentra a 112 kilómetros del pueblo más cercano, al final de un sendero que se enhebra a través de los glaciares Baltoro y Godwin-Austen. Periódicamente, estos caudales de hielo devuelven los huesos de escaladores muertos.
La fortaleza del K2 es tan completa que no recibió un nombre por parte de las tribus bálticas, las cuales no supieron de su existencia durante milenios. Un geógrafo británico que estaba realizando una evaluación trigonométrica es quien le dio el nombre a la montaña.
Los montañistas polacos llegarán a finales de diciembre y se quedarán esperando días, semanas y meses con la esperanza de que los vientos incesantes no desgarren sus tiendas. Por aquí y por allá, escalarán esa montaña fantásticamente empinada y tenderán sus cuerdas en sus laderas.
Después se meterán en sacos de dormir a temperaturas de -34 a -40 grados centígrados. Actualizarán las páginas de la expedición en Facebook y enviarán correos electrónicos a sus esposas, novias e hijos. Rogarán por tener un descanso de ese clima.
¿Por qué lo escalan? le pregunté a Bielecki. “Escalar es placer y es dolor; en invierno se pierde ese equilibrio”, dice. “No hay placer en estar en el Karakórum durante el invierno. Te sientes incómodo cada minuto de cada día. Pero la gran emoción de hacer historia, de lograr lo que nadie ha logrado, es inmensa, casi espiritual”.
¿Alguien recuerda el trato con Carrier? En diciembre el presidente electo Donald Trump anunció, triunfante, que había llegado a un acuerdo con el fabricante de aires acondicionados para mantener 1100 empleos en Estados Unidos en vez de trasladarlos a México. Los medios celebraron el logro durante días.
En realidad, el número de empleos en juego se acercaba más a los 700, pero ¿quién lleva la cuenta? Cerca de 75.000 trabajadores estadounidenses son despedidos cada día hábil, así que unos cuantos cientos aquí o allá difícilmente hacen una diferencia en el panorama total.
Sin importar lo que Trump haya logrado o no con Carrier, la verdadera pregunta era si tomaría medidas para lograr una diferencia duradera.
Hasta ahora, no lo ha hecho; ni siquiera hay un esbozo ambiguo de una verdadera política trumpista en torno al empleo. Además, las corporaciones y los inversionistas parecen haber decidido que el acuerdo con Carrier fue parte de un espectáculo sin sustancia y que, a pesar de toda su retórica proteccionista, Trump es un perro que ladra pero no muerde. Después de una breve pausa, se ha retomado la decisión de trasladar la manufactura a México, mientras que el peso mexicano, cuyo valor es un barómetro de las expectativas que hay sobre las políticas comerciales estadounidenses, ha recuperado casi todas sus pérdidas posteriores a noviembre.
En otras palabras: las acciones mediáticas que conquistan un ciclo informativo o dos no sustituyen a las políticas reales y coherentes. De hecho, su efecto duradero más importante puede ser desgastar la credibilidad del gobierno. Eso trae a colación el ataque con misiles dirigidos de la semana pasada en Siria.
El ataque transformó instantáneamente la cobertura informativa del gobierno de Trump. De pronto los informes acerca de conflictos internos y deficiencias fueron remplazados por titulares sobre la tenacidad del presidente y videos de los lanzamientos de 59 Tomahawk.
Sin embargo, además de su efecto en el ciclo de noticias, ¿qué tanto se logró en realidad con el ataque? Unas horas después del ataque, aviones sirios de guerra despegaron desde la misma base de aviación y los ataques aéreos continuaron en el pueblo donde el uso de gas venenoso provocó que Trump entrara en acción. No hay duda de que las fuerzas de Assad sufrieron pérdidas reales, pero no hay motivo para creer que una acción puntual tendrá algún efecto en el transcurso de la guerra civil de Siria.
De hecho, si la acción de la semana pasada fue el fin de la historia, el efecto final bien podría ser reforzar el régimen de Asad —“¡Miren, se alzó contra una superpotencia!”— y debilitar la credibilidad estadounidense. Para lograr cualquier resultado duradero, Trump tendría que involucrarse de manera continua en Siria.
Pero ¿qué debe hacer? Esa es la gran pregunta… y la falta de buenas respuestas es la razón por la cual el presidente Barack Obama decidió no comenzar algo que nadie sabía cómo terminar. Entonces, ¿qué hemos aprendido del ataque a Siria y sus consecuencias?
No, no hemos aprendido que Trump es un líder efectivo. Ordenarle al ejército estadounidense que dispare unos misiles es fácil. Hacerlo de una manera que realmente sirva a los intereses estadounidenses es la parte difícil, y no hemos visto indicios de que Trump y sus asesores hayan resuelto esa parte. De hecho, lo que sabemos del proceso de toma de decisiones es todo menos tranquilizador. Tan solo días antes del ataque, la administración de Trump parecía mostrar falta de interés en modificar el régimen sirio.
¿Qué cambió? Las imágenes de las víctimas del gas venenoso fueron horribles, pero Siria ha sido una increíble historia de terror durante años. ¿Acaso Trump está tomando decisiones de seguridad nacional, de vida o muerte, con base en lo que ve en televisión?
Algo es seguro: la reacción de los medios al ataque a Siria demostró que muchos expertos y medios no han aprendido nada de los fracasos pasados.
Puede que a Trump le guste decir que los medios tienen un prejuicio en su contra, pero la verdad es que se han puesto a su favor. Quieren parecer equilibrados, incluso cuando no hay equilibrio; han estado desesperados por tener pretextos para ignorar las circunstancias dudosas de su elección, así como su comportamiento errático en el puesto, y ahora comienzan a tratarlo como un presidente normal.
Podríamos recordar cómo, hace un mes y medio, los expertos declaraban con entusiasmo que Trump “se convirtió en el presidente del Estados Unidos actual” porque logró leer un discurso en un teleprompter sin salirse del guion. Después comenzó a publicar mensajes en Twitter de nuevo.
Podríamos haber esperado que esa experiencia sirviera de lección. Pero no: Estados Unidos disparó misiles y una vez más Trump “se convirtió en presidente”. Aparte de todo lo demás, pensemos en los incentivos que esto crea. El gobierno de Trump ahora sabe que puede distraer a los medios acerca de sus escándalos y fracasos si bombardea algún país.
Así que esta es una pista: el verdadero liderazgo significa idear y llevar a cabo políticas continuas que hagan del mundo un lugar mejor. Los trucos publicitarios pueden generar algunos días de noticias favorables, pero terminan haciendo que Estados Unidos sea más débil, no más fuerte, porque le demuestran al mundo que tenemos un gobierno que no puede darles seguimiento.
¿Acaso alguien ha visto alguna señal, cualquiera, de que Trump esté listo para ejercer liderazgo real en ese sentido? Yo no.