OBISPO DE POSADAS

Una espiritualidad misionera

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 22° domingo durante el año [28 de agosto de 2022]

La Palabra de Dios de este domingo retoma el tema del banquete del Reino (cf Lc 14, 1. 7-14). Ya el domingo pasado el Evangelio nos decía: «Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos» (Lc 13,29-30).

No se trata solo de una mirada al Reino escatológico que vendrá al final de los tiempos, sino de mirar con apertura de corazón nuestra vida y nuestras relaciones. En este domingo leemos: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!» (Lc 14, 12-14).

Nuestra vida cristiana no puede acomodarse a un estilo individualista y mercantilista que muchas veces se nos propone, donde lo que importa es solo el propio bienestar, aunque sea a costa de los demás. Por el contrario, un discípulo y misionero de Jesucristo debe estar abierto a los demás, especialmente a los más pobres, a los que sufren, a los que están alejados. Nuestro estilo de vida, lejos de una vivencia intimista de la fe, tendría que ser una invitación permanente hacia los demás para que se sumen al gran banquete del Reino. Este es el camino que queremos ir asumiendo en nuestra Diócesis y que venimos recorriendo orientados por nuestro Sínodo Diocesano, y el propósito renovado en nuestra última Asamblea de junio, donde buscamos implementar la temática sobre la juventud.

La Iglesia desde sus inicios realizó una apertura misionera a todos los pueblos y el mismo Apóstol San Pablo se llamaba a sí mismo «Apóstol de los paganos» (cfr. Rom. 11,13). Creo conveniente señalar que la Palabra de Dios y la tradición de la Iglesia, nos permiten profundizar en este rasgo esencial para nuestra época, la de ser una Iglesia que teniendo clara su identidad, sea abierta, y a nosotros como cristianos, que integremos este rasgo tanto en la espiritualidad, como en nuestro estilo evangelizador.

Cuando hablamos de una Iglesia abierta que quiere comunicar los tesoros de la revelación, no debemos confundirnos con algunos males de la época, que creen que ser abiertos es ser relativistas. Ser abiertos es amar, dialogar, escuchar, cambiar, aportar, aprender y recuperar, sin perder la propia identidad. Ser abiertos no es mezclar todo, como una especie de sincretismo o de mezcla del bien y del mal, de valores y antivalores. ¿Cuáles son los tesoros de la Iglesia? Los tesoros son los que la Iglesia debe cuidar a través de la historia, lo revelado por el Señor, lo que Él nos comunicó y las enseñanzas de la Iglesia, que van acompañando con el Espíritu Santo la historia, para que ésta sea nuestra historia de Salvación. Los tesoros de la Iglesia son los pobres y excluidos que en nuestras opciones son la garantía que estamos en la búsqueda de practicar el Evangelio.

Alimentados en el banquete eucarístico, como nos señala el Evangelio de este domingo, debemos salir al encuentro de todos, como discípulos y misioneros, invitando especialmente «a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos…».

En el texto de conclusión de Aparecida nos señala: «No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, de verdad y de amor, de alegría y de esperanza!

No podemos quedarnos tranquilos en la espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte» (DA 548).

Que la Palabra de este domingo, y cada Misa en donde Cristo se dona por amor, nos permitan tener una espiritualidad misionera.

Un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Artesanos de la Paz

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 20° domingo durante el año [14 de agosto de 2022]

Jesús es el Príncipe de la paz. En Él descubrimos la altísima vocación de todo cristiano a trabajar incansablemente por la paz. Sin embargo, el Evangelio de este domingo puede parecernos algo extraño ya que Jesús dice a sus discípulos: «¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división». Con esta expresión Cristo nos enseña que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. De hecho, si prestamos atención, en cada misa recordamos las palabras de Jesús: «la paz les dejo, mi paz les doy». Pero el texto del Evangelio de Juan continúa diciendo: «pero no como la da el mundo». Por eso, tendremos que entender que la paz que nos propone Jesús se aleja de la falsa paz de la indiferencia del mundo y, por el contrario, es fruto de una lucha constante contra el mal.

La pandemia que hemos padecido parecía traer consigo la renovada enseñanza de que solos no podemos, de que el «sálvese quien pueda» no funciona, porque «estamos todos en la misma barca». Y, sin embargo, la palabra guerra se hizo nuevamente actual y todavía nos llegan noticias del sufrimiento del pueblo ucraniano. Y la violencia y el odio siguen apareciendo en muchos rincones del planeta. Necesitamos la paz.

Nuestra oración por la paz debe ser constante. Y junto con la oración, debe estar el esfuerzo cotidiano por construir esa paz tan necesaria. La paz no es solo resultado de los acuerdos internacionales, sino que hay una responsabilidad personal que todos debemos asumir.

Todos, y más aun los bautizados, tenemos la hermosa misión de ser «artesanos de la paz». Lamentablemente constatamos también con frecuencia que en nuestra sociedad se impone muchas veces una cultura que se caracteriza «por la autorreferencia del individuo, que conduce a la indiferencia por el otro, a quien no necesita ni del que tampoco se siente responsable. Se prefiere vivir día a día, sin programas a largo plazo ni apegos personales, familiares y comunitarios. Las relaciones humanas se consideran objetos de consumo, llevando a relaciones afectivas sin compromiso responsable y definitivo». (cfr. DA 46)

La indiferencia nos adormece y nos lleva a contentarnos con una falsa paz que es necesario superar. El Papa Francisco en la Exhortación sobre la santidad «Gaudete et exsultate» nos advierte sobre las dificultades que tendremos que superar para ser auténticos hombres y mujeres de paz: «No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie, sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la vida, a los que tienen otros intereses. Es duro y requiere una gran amplitud de mente y de corazón, ya que no se trata de un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz, ni de un proyecto de unos pocos para unos pocos. Tampoco pretende ignorar o disimular los conflictos, sino aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad». (GE 89)

Si queremos seguir a Jesús el Señor, y ser verdaderos discípulos y misioneros suyos tenemos que comprometernos con la realidad. Esto probablemente signifique salir de nuestras zonas de confort y someternos a incomprensiones y cruces. Pero tenemos siempre la certeza pascual del amor de Dios que nos acompaña y nos da las fuerzas que necesitamos para convertirnos en «instrumentos de su paz», según la conocida expresión de san Francisco de Asís. No de una paz inconsistente y aparente, sino real, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo diario por vencer el mal con el bien.

Un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Pan para compartir

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo [19 de junio de 2022]

Este domingo celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor, el «Corpus Christi». Después de la dura experiencia de la pandemia que nos impidió celebrar con el fervor del encuentro comunitario y la tradicional procesión, este año queremos darle una especial significación y relevancia a la Eucaristía como centro de la vida cristiana. En todas las comunidades de nuestra Diócesis celebramos esta liturgia del Corpus, adorando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, el Señor.

En la zona de Posadas y Garupá, hemos suspendido todas las misas del sábado por la tarde, para celebrar la misa juntos a las 16 horas en el Anfiteatro «Manuel Antonio Ramírez» de Posadas y posteriormente el recorrido por las calles de nuestra ciudad, hasta llegar a la Catedral. En cada parroquia de los distintos pueblos y ciudades de la Diócesis se significará de una manera especial este acontecimiento. Es importante recordar cómo San Roque González y los misioneros de las reducciones guaraníes celebraban el Corpus en nuestra tierra. Particularmente tenemos en la memoria agradecida la fundación de la Reducción de Corpus hace 400 años. En 1622, los padres Pedro Romero y Diego de Boroa fundaron este pueblo primeramente en la banda occidental del río Paraná. Los indígenas tenían una gran devoción al Cuerpo y a la Sangre del Señor. Mientras se realizaba la procesión, las comunidades indígenas traían sus instrumentos de trabajo, plantas, ramas y animales para que fueran bendecidos con el Corpus Christi.

El texto de este domingo (Lc 9,11b-17), nos relata la multiplicación de los panes, y nos permite profundizar en este misterio central de la fe de los católicos, que es el sacramento de la Eucaristía. La Misa, es donde recibimos el Pan de la Palabra y el Pan del Cuerpo y la Sangre del Señor. Por eso en la lectura que leemos este fin de semana, el Apóstol San Pablo, nos dice: «Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”.» (1 Cor 11,23-26).

La Eucaristía es el momento culminante del amor, de la donación Pascual de Jesucristo. Es aquello que expresa la necesidad de vivir en la caridad y sobre todo practicarla. «Del don de amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra responsabilidad especial de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna. Especialmente en nuestro tiempo, en el que la globalización nos hace cada vez más dependientes unos de otros, el cristianismo puede y debe hacer que esta unidad no se construya sin Dios, es decir, sin el amor verdadero, ya que se dejaría espacio a la confusión, al individualismo, a los atropellos de todos contra todos. El Evangelio desde siempre mira a la unidad de la familia humana, una unidad que no se impone desde fuera, ni por intereses ideológicos o económicos, sino a partir del sentido de responsabilidad de los unos hacia los otros, porque nos reconocemos miembros de un mismo cuerpo, del cuerpo de Cristo, porque hemos aprendido y aprendemos constantemente del Sacramento del altar que el gesto de compartir, el amor, es el camino de la verdadera justicia». (cf. Benedicto XVI, Homilía 2011)

La caridad es el fundamento del amor solidario tan necesario como aspecto de la espiritualidad de todo cristiano, y que nos lleva a privilegiar a los más pobres en el corazón de los cristianos que van madurando su fe. Necesariamente nos cuestiona el pedido que Jesús le hace a los Apóstoles, en el texto del Evangelio de este domingo: «Denles ustedes de comer».

En este Corpus celebramos el don de este alimento que da Vida. Y queremos rezar especialmente para que, como argentinos, valoremos siempre este don inestimable de la Vida que Dios nos da. ¡Cristo vive! y viene a darnos la Vida verdadera. Es necesario que defendamos toda vida, no sólo con eslóganes simpáticos, sino, sobre todo, con una caridad operante. Esto implica nuestra responsabilidad cristiana que, desde la caridad, nos impulsa a ocuparnos de aquellos que padecen distintos tipos de exclusión, queriendo que replique en nuestro corazón el mandato del Señor: «que amemos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos». Por eso, queremos tener presente especialmente en esta celebración a los niños por nacer, a los más pobres y sufrientes, a los que padecen el flagelo de las drogas y a todos los que experimentan formas de violencia y marginación. Queremos poner en el corazón de Jesús también a los niños desnutridos, a los adolescentes y jóvenes con adicciones que son víctimas de estructuras de corrupción.

En la celebración del Corpus, en la Eucaristía celebrada, comprendemos con hondura que el Amor donado, es aquello que nos plenifica, humaniza, y presenta la verdadera felicidad.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Diálogo y comunicación en la diversidad

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para la solemnidad de la Santísima Trinidad [12 de junio de 2022]

En este domingo celebramos a la Santísima Trinidad. Si hay algo esencial de nuestra fe como cristianos es creer que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creemos en la Trinidad por la Revelación que Jesucristo el señor realizó y que tenemos en los textos de la Palabra de Dios.

El texto bíblico de este domingo (Jn 16,12-15) nos ayuda a profundizar la Revelación trinitaria hecha por Jesucristo del Padre y del Espíritu Santo: «Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes».

Es importante que comprendamos la significación que tiene para nuestra vida esta verdad que confesamos los cristianos. Nuestra época va relativizando todo, y a veces, hasta lo revelado por Jesucristo. Algunos dirán que reflexionar sobre esto de la Trinidad no tiene ninguna importancia ni implicancia en la realidad. Y, sin embargo, la confesión en el Dios Uno y Trino no es accidental a la fe y tiene consecuencias bien concretas en nuestra espiritualidad, en la manera de vivir y de concebir el mundo. Nos ilumina en nuestros días donde las grietas y divisiones hacen tanto daño a nuestra Patria. En la vida de la comunidad eclesial necesitamos profundizar sobre la dimensión comunitaria y social de la fe. El diálogo y la comunión en la diversidad es un instrumento fundamental de la convivencia humana, social y política.

El Papa Francisco en «Evangelii gaudium» nos ayuda a entender cómo la confesión de fe en la Santísima Trinidad está ligada estrechamente al compromiso social: «Confesar a un Padre que ama infinitamente a cada ser humano implica descubrir que con ello le confiere una dignidad infinita. Confesar que el Hijo de Dios asumió nuestra carne humana significa que cada persona humana ha sido elevada al corazón mismo de Dios. Confesar que Jesús dio su sangre por nosotros nos impide conservar alguna duda acerca del amor sin límites que ennoblece a todo ser humano. Su redención tiene un sentido social porque Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres.

Confesar que el Espíritu Santo actúa en todos implica reconocer que Él procura penetrar toda situación humana y todos los vínculos sociales: El Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de una mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables. La evangelización procura cooperar también con esa acción liberadora del Espíritu.

El misterio mismo de la Trinidad nos recuerda que fuimos hechos a imagen de esa comunión divina, por lo cual no podemos realizarnos ni salvarnos solos. Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora. La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás». (EG 178)

Esta exigencia de la comunión en la diversidad contrasta sin embargo con el escándalo de las divisiones y grietas, odios, estrategias totalmente vaciadas de ideales y valores, y posicionamientos sin ninguna responsabilidad ciudadana. Debemos denunciar también la mediocridad, y plantear la necesidad del aporte cristiano y de la gente de recta conciencia que se preocupe por priorizar el bien común por encima del triste escenario del mero posicionamiento de poder que muchas veces se va instalando no solo en ambientes sociales y políticos, sino también en nuestras comunidades eclesiales. Esto será clave para que podamos pensar en una sociedad con esperanza.

Desde este domingo en que celebramos la Trinidad, Dios Uno y Trino que es Amor, tenemos que plantearnos con seriedad la convivencia eclesial y social para que el diálogo que nos ayuda a hacer propuestas superadoras de las clásicas coyunturas y el respeto a la dignidad humana sean claves del futuro en nuestra Patria.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Fe personal y comunitaria

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para la solemnidad de Pentecostés [05 de junio de 2022]

En este domingo estamos celebrando la gran Solemnidad de Pentecostés. El Evangelio de San Juan (20,19-23), nos muestra a Jesucristo resucitado, enviando a sus Apóstoles: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» (Jn 20,21). Y les otorga el poder para ejercer el ministerio de perdonar y retener los pecados, que los sacerdotes ejercen en el Sacramento de la confesión: «Al decirles esto sopló sobre ellos y añadió: reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan» (Jn 20,22-23).

Es bueno recordar que estos hombres eran como nosotros. Los relatos que nos narran los textos bíblicos no los muestran como un grupo de perfectos. Pedro, cuando es elegido, se reconoce como pecador y, en el contexto de la Pasión de Jesús, lo niega tres veces. Juan y Santiago pretendían los mejores lugares, provocando los celos de los otros discípulos. Estos hombres y algunos otros discípulos, junto a María, estaban orando en el «cenáculo», en la mañana de Pentecostés, cuando el Paráclito prometido, el Espíritu Santo, descendió sobre ellos (Hch 2). En esa mañana nació la Iglesia. El Espíritu Santo prometido va acompañándola y lo hará hasta el final de los tiempos. En esta reflexión de Pentecostés quiero especialmente tener presente a la Iglesia. Los cristianos, por el bautismo, somos parte de la Iglesia. Nuestra fe en Jesucristo el Señor tiene, por un lado, una dimensión de compromiso personal, y por otro, una dimensión comunitaria, eclesial.

Es importante decir esto porque en nuestro tiempo el individualismo es muy fuerte. No faltan aquellos que se manifiestan católicos cuando, en realidad, sus criterios, opciones y modo de vida no son compatibles ni están en comunión con la Iglesia. Sin la referencia comunitaria-eclesial, terminamos acomodando la Palabra de Dios, a nuestra medida, gustos o propias ideologías.

Todos los cristianos estamos llamados a vivir nuestra fe en comunidad, en la Iglesia. Porque Dios no nos llama a una santidad individualista, aislados de los demás. La Trinidad nos invita a una santidad comunitaria y a una misión compartida. Es en la comunidad de la Iglesia donde formamos nuestra fe y nos animamos entre los cristianos en las dificultades.

La experiencia comunitaria y eclesial es parte de un proceso de maduración de nuestra fe. En ese caminar vamos formando nuestra conciencia y nos hacemos responsables más profundamente del compromiso con Jesucristo, el Señor. Sin esta dimensión comunitaria de la fe, difícilmente podremos asumir una espiritualidad y compromiso cristiano en nuestra manera de pensar, criterios de juicio y normas de acción.

El Papa Francisco nos dice que «en Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente. Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma. Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios» (EG 259)

Hace casi dos mil años desde aquel Pentecostés que la Iglesia sigue anunciando a Jesucristo por la fuerza del Espíritu Santo que la anima. Nosotros estamos llamados a ser los testigos en este inicio de milenio. Sabemos que esto no es fácil por la complejidad de nuestro tiempo, pero no es poco contar con la certeza de que el Espíritu nos acompaña y seguirá acompañándonos hasta el final de los tiempos.

Hasta el próximo domingo y ¡Feliz Pentecostés!. Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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