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Guerra en Irán: cómo Trump decidió atacar tras una presentación de Netanyahu que no creyó ni la CIA

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Según reconstruyó The New York Times en un extenso informe basado en fuentes directas y en la investigación para un libro próximo a publicarse, la decisión de Donald Trump de sumarse a Israel en un ataque contra Irán tuvo un punto de inflexión claro: una presentación altamente confidencial del primer ministro Benjamin Netanyahu en la Sala de Crisis de la Casa Blanca, el 11 de febrero de 2026.

Aquella exposición no solo delineó un escenario de oportunidad estratégica -con Irán debilitado y vulnerable-, sino que también reforzó una coincidencia profunda entre ambos líderes: la necesidad de desmantelar el poder militar iraní y frenar definitivamente su proyección nuclear.

El informe del diario estadounidense revela una dinámica interna marcada por el contraste entre el impulso del presidente y las advertencias de su propio equipo. Mientras Netanyahu planteaba una operación con alta probabilidad de éxito -incluyendo la destrucción del programa de misiles iraní y la posibilidad de un colapso del régimen-, los servicios de inteligencia estadounidenses ofrecían una visión mucho más cautelosa.

La CIA consideró que solo una parte del plan era viable: debilitar la capacidad militar iraní. En cambio, calificó como “farsesco” el escenario de cambio de régimen impulsado por Israel. El propio John Ratcliffe, jefe de la CIA desconfió del israelí. Marco Rubio tradujo: “In other words, it’s bullshit.” El general Caine añadió: “Es el procedimiento estándar de los israelíes. Sobrevenden, y sus planes no siempre están bien desarrollados.” Trump lo oyó. Y aun así dijo que sí.

Aun así, Trump avanzó con una lógica propia. Para el presidente, la posibilidad de eliminar a la cúpula del poder iraní y neutralizar su capacidad ofensiva era suficiente. El resto -incluido el futuro político de Irán- quedaba fuera del cálculo central.

El proceso de decisión dejó al descubierto tensiones dentro del núcleo más cercano al presidente. El vicepresidente JD Vance fue el principal opositor a la guerra, alertando sobre sus costos económicos, su impacto geopolítico y el riesgo de desestabilización regional.

Desde una perspectiva estratégica, Vance advirtió que un conflicto de gran escala podría agotar los recursos militares de Estados Unidos y debilitar su capacidad frente a otros escenarios globales.

El jefe del Estado Mayor, general Dan Caine, también planteó objeciones técnicas: desde la dificultad de sostener el abastecimiento de armamento hasta el riesgo crítico de una interrupción en el estrecho de Ormuz, uno de los principales corredores energéticos del mundo.

Sin embargo, esas advertencias no lograron modificar la percepción del presidente. Trump, respaldado por su experiencia previa y por una creciente confianza en el poder militar estadounidense, interpretó que el conflicto sería breve, contenido y decisivo.

Uno de los elementos más relevantes que destaca The New York Times es la sintonía estratégica entre Trump y Netanyahu. Lejos de ser una influencia circunstancial, el alineamiento entre ambos líderes se consolidó durante meses.

Netanyahu insistió en una idea central: el mayor riesgo no era actuar, sino no hacerlo. Postergar un ataque permitiría a Irán fortalecer su capacidad militar y consolidar su programa nuclear, elevando exponencialmente el costo de una intervención futura.

Ese argumento encontró terreno fértil en la visión de Trump, quien considera a Irán como una amenaza estructural para la seguridad global y para los intereses de Estados Unidos.

La decisión se terminó de sellar el 26 de febrero, en una última reunión en la Sala de Crisis. Con todas las posiciones expuestas y sin margen para nuevas deliberaciones, Trump pidió avanzar.

“I think we need to do it”, dijo el presidente, según la reconstrucción del medio estadounidense.

Al día siguiente, desde el Air Force One, firmó la orden definitiva:

“Operation Epic Fury is approved. No aborts. Good luck”.

Más allá de la decisión militar, el trasfondo de esta historia es profundamente económico y geopolítico. Un eventual conflicto en el Golfo Pérsico implica riesgos directos sobre el mercado energético global, la estabilidad financiera internacional y el precio de los combustibles.

El estrecho de Ormuz —clave para el tránsito de petróleo y gas— aparece como el principal punto crítico. Su eventual bloqueo podría disparar los precios internacionales y generar un shock inflacionario de alcance global.

En ese contexto, la decisión de Trump no solo redefine el tablero militar en Medio Oriente: también reconfigura las expectativas económicas globales en un momento de alta fragilidad.

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Trump busca influir en la sucesión del poder en Irán tras la muerte de Jameneí

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que quiere participar en el proceso que definirá al próximo líder supremo de Irán, tras la muerte de Alí Jameneí durante los bombardeos estadounidenses e israelíes que marcaron el inicio de la guerra el pasado sábado. En declaraciones al medio digital Axios, el mandatario consideró “inaceptable” que el cargo recaiga en Mojtaba Jameneí, hijo del fallecido líder, a quien hoy se señala como el sucesor más probable.

La afirmación introduce un nuevo elemento de presión externa sobre un proceso institucional interno que, según la Constitución iraní, debe resolverse mediante la Asamblea de Expertos, un órgano compuesto por 88 clérigos elegidos cada cuatro años y encargado de designar al líder supremo por mayoría simple.

La intervención discursiva de Trump abre una tensión inmediata: ¿se trata de una señal de estrategia geopolítica para condicionar la transición iraní o de una declaración que busca influir políticamente en un proceso que formalmente está blindado por el sistema institucional de Teherán?

El proceso institucional iraní y el nombre que concentra expectativas

El liderazgo supremo en Irán representa la autoridad política y religiosa más alta del país. La Constitución establece que la Asamblea de Expertos debe designar al sucesor cuando el cargo queda vacante, un procedimiento que combina legitimidad electoral indirecta con el peso del establishment clerical.

En ese contexto, Mojtaba Jameneí, de 56 años, aparece como el nombre con mayor proyección en los últimos días. Distintas referencias políticas lo ubican como una figura con influencia dentro del sistema político iraní y con vínculos con la Guardia Revolucionaria, un actor central en el entramado de poder del país.

Trump cuestionó abiertamente esa posibilidad. En su conversación con Axios sostuvo que la eventual llegada del hijo de Jameneí implicaría continuidad en la línea política del líder fallecido, un escenario que —según su lectura— podría reactivar el conflicto militar con Washington en el futuro.

El presidente estadounidense planteó además que el nuevo liderazgo iraní debería orientarse a “armonía y paz”, una definición que deja entrever la expectativa de que la sucesión produzca un cambio en la relación entre Teherán y Estados Unidos.

La referencia a Venezuela y la proyección de influencia externa

Trump comparó su intención de intervenir políticamente en la transición iraní con lo ocurrido en Venezuela, donde —según explicó— impulsó la designación de Delcy Rodríguez como figura central del Gobierno interino tras la captura del expresidente Nicolás Maduro durante una operación militar realizada en enero.

Ese antecedente forma parte del marco discursivo con el que la Casa Blanca intenta mostrar capacidad de influencia en escenarios de crisis política internacional. Al trasladar esa lógica a Irán, el mensaje adquiere una dimensión estratégica: sugiere que Washington no pretende limitarse al plano militar o diplomático, sino también condicionar la arquitectura política que emerja tras la guerra.

Sin embargo, el sistema político iraní presenta una estructura institucional y religiosa mucho más cerrada, donde los procesos de designación del liderazgo responden principalmente al equilibrio interno entre clérigos y estructuras de poder vinculadas al Estado.

Un proceso de sucesión bajo presión internacional

La sucesión en Irán se desarrolla ahora en un contexto extraordinario: la muerte del líder supremo en medio de una guerra que involucra a Estados Unidos e Israel. Esa situación agrega presión política sobre el órgano encargado de definir el reemplazo.

La Asamblea de Expertos deberá resolver la transición mientras el país atraviesa un escenario de conflicto externo y de reorganización interna del poder. En ese marco, el nombre de Mojtaba Jameneí concentra atención tanto dentro como fuera del país.

Las declaraciones de Trump introducen una variable adicional: la posibilidad de que Washington intente influir en el resultado político de esa transición, aun cuando el mecanismo constitucional iraní no contemple participación externa.

La incógnita sobre el rumbo político de Irán

El proceso de sucesión del liderazgo supremo definirá mucho más que un nombre. De esa decisión dependerá la orientación política del país en un momento en el que el conflicto militar y la presión internacional condicionan el escenario interno.

Si la Asamblea de Expertos confirma a un dirigente cercano al liderazgo anterior, la continuidad institucional podría imponerse sobre cualquier expectativa de cambio. Si emerge una figura distinta, el tablero regional podría reconfigurarse.

Por ahora, la única certeza es que la transición iraní dejó de ser un asunto exclusivamente doméstico. La guerra y las declaraciones de Washington colocaron la sucesión en el centro de una disputa geopolítica que todavía está lejos de cerrarse.

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