PRODUCCIÓN ORGANICA

María Helena Irastorza: “La agricultura orgánica no es de insumos, es de procesos”

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La agricultura orgánica enfrenta un problema que excede la disponibilidad de bioinsumos: necesita conocimiento para utilizarlos, transferencia tecnológica para adaptarlos a cada producción y condiciones económicas que permitan sostener los procesos en el tiempo. Esa es una de las principales conclusiones que dejó María Helena Irastorza, ingeniera agrónoma, magíster, productora y vicepresidenta del Movimiento Argentino para la Producción Orgánica (MAPO), durante la Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible realizada en Posadas.

Irastorza llegó al encuentro con una mirada construida desde la investigación, la asistencia técnica y también desde la producción. Su planteo parte de una premisa sencilla, pero con implicancias económicas relevantes: un bioinsumo no funciona por sí solo. Requiere condiciones de aplicación, seguimiento, conocimiento sobre los microorganismos utilizados y, sobre todo, una estrategia productiva que permita que ese insumo cumpla una función dentro del sistema.

“Los productores orgánicos necesitamos herramientas para poder solventar los problemas que tenemos”, explicó. Y puso el foco en los bioinsumos y los biopreparados como instrumentos capaces de reducir costos y ampliar la autonomía del productor. Los biopreparados, en particular, permiten que el propio establecimiento pueda elaborar determinados productos a partir de protocolos y metodologías conocidas, en lugar de depender exclusivamente de la compra de insumos.

Para Irastorza, allí aparece una diferencia central respecto de la agricultura convencional basada en paquetes de productos. “La agricultura orgánica, ecológica, sostenible no es una agricultura de insumos, es una agricultura de procesos”, sostuvo.

El ejemplo que utilizó para explicar esa lógica fue el funcionamiento de los microorganismos en el suelo. No alcanza con incorporar una bacteria capaz de solubilizar fósforo. El sistema debe generar las condiciones para que esa bacteria pueda desarrollarse y cumplir su función, de modo que los nutrientes terminen disponibles para la planta.

La consecuencia es que el productor necesita comprender qué está haciendo y por qué. Compost, lombricompost, té de compost y otros recursos no deberían incorporarse simplemente como sustitutos de un producto químico. La lógica, según explicó, consiste en construir las condiciones biológicas del suelo para que los microorganismos benéficos puedan actuar sobre las raíces y mejorar la respuesta del cultivo.

El cuello de botella no es solamente el producto

Irastorza observa en Misiones una oportunidad particular por el desarrollo alcanzado por la Biofábrica, pero advierte que la disponibilidad de tecnología no resuelve por sí sola el problema productivo. El paso decisivo es lograr que esa tecnología llegue a las chacras acompañada de capacitación, ensayos y seguimiento.

“Insumo y a la vez transferencia tecnológica para que él pueda replicarlo y apropiarse de su conocimiento. Es lo más importante”, señaló.

La diferencia puede parecer técnica, pero tiene una traducción económica directa. Si un productor utiliza un microorganismo sin conocer las condiciones necesarias para conservarlo o aplicarlo, puede perder dinero y terminar descartando una herramienta que potencialmente podría ser útil.

La conservación es un ejemplo. Un bidón de un producto convencional puede tolerar determinadas condiciones de almacenamiento que no necesariamente sirven para un microorganismo vivo. Lo mismo ocurre con el agua utilizada en una aplicación. Irastorza explicó que determinadas bacterias pierden viabilidad cuando se incorporan a aguas con condiciones inadecuadas de pH.

Por eso, la transición hacia una agricultura con mayor utilización de herramientas biológicas exige modificar prácticas. “Hay que promover la toma de conciencia de que estoy manejando un insumo vivo”, explicó.

También requiere conocer las interacciones entre microorganismos. Una formulación puede ser útil individualmente y, sin embargo, generar problemas cuando se mezcla con otro organismo sin evaluar previamente su compatibilidad. Irastorza puso como ejemplo a Trichoderma, un hongo utilizado para controlar otros hongos patógenos, cuya combinación inmediata con determinadas bacterias benéficas puede generar competencia.

El conocimiento, entonces, pasa a formar parte del propio insumo.

De la prueba de laboratorio al lote productivo

Ese salto entre la tecnología disponible y su aplicación concreta es uno de los puntos donde la entrevistada ubica un desafío para el sistema argentino de innovación agropecuaria.

Irastorza cuestionó que la formación universitaria todavía no otorgue suficiente espacio específico a la producción orgánica. A su criterio, no alcanza con enseñar alternativas naturales para controlar una plaga o una enfermedad. La producción orgánica requiere comprender el funcionamiento integral del sistema.

La capacitación debería llegar también a técnicos y agentes de extensión. El objetivo es que puedan acompañar al productor en la evaluación de resultados, en la elección de herramientas y en la adaptación de las prácticas a cada cultivo.

La experiencia que relató sobre ensayos en establecimientos productivos apunta precisamente en esa dirección. En el caso de los bioinsumos, la evaluación no debería terminar con la entrega del producto. La metodología implica aplicar, observar, medir, corregir y volver a probar.

Esa dinámica también permite evitar una de las principales amenazas para la adopción tecnológica: que una mala aplicación termine desacreditando una herramienta que no fue utilizada bajo las condiciones necesarias.

“Si no lo hacemos con conocimiento, con los plazos y las dosis, el productor se desanima y dice: no me sirve, no me controló”, explicó.

La rentabilidad rápida choca con los tiempos del suelo

La principal tensión económica aparece cuando se compara el tiempo biológico de la producción con la necesidad inmediata de generar ingresos.

Irastorza conoce esa dificultad desde la experiencia propia. Junto con su esposo, también ingeniero agrónomo, adquirió una finca después de décadas vinculada a la actividad y trabajó con producción destinada a mercados internacionales. El proceso de recuperación del suelo demandó años.

Según relató, partieron de un nivel de materia orgánica de 0,6% y, mediante la incorporación progresiva de materiales y prácticas, alcanzaron 1,2% en seis años.

El dato resume una dificultad estructural: construir fertilidad, materia orgánica y actividad biológica no produce resultados instantáneos. Requiere inversión, conocimiento y continuidad. El productor, en cambio, enfrenta costos todos los meses y necesita ingresos para sostener la explotación.

Por eso Irastorza planteó la necesidad de discutir instrumentos financieros específicos. La agricultura tiene riesgos climáticos y productivos que pueden hacer difícil esperar varios años por los resultados de una transformación del sistema. “Debería haber políticas crediticias o créditos blandos para el productor”, sostuvo.

La discusión deja de ser exclusivamente ambiental. Si una práctica permite recuperar suelo, reducir determinados costos o disminuir la dependencia de insumos externos, el tiempo necesario para implementarla se convierte en una variable económica que las políticas públicas también pueden contemplar.

Un cambio que necesita escala

La entrevistada también cuestionó la idea de que la agricultura orgánica necesariamente deba permanecer vinculada a pequeñas superficies o al autoconsumo.

“Siempre se habla de agricultura orgánica, producción orgánica a baja escala como autosustento y no a escala comercial”, señaló.

Su experiencia productiva y de asesoramiento apunta a otra posibilidad: desarrollar sistemas orgánicos capaces de abastecer mercados comerciales y, al mismo tiempo, sostener la productividad en el largo plazo.

Para alcanzar esa escala, sin embargo, no alcanza con sustituir un producto químico por uno biológico. El desafío consiste en rediseñar procesos, formar técnicos, generar evidencia en campo y construir cadenas de comercialización capaces de reconocer el valor de esa producción.

En ese punto aparece otra tensión que Irastorza considera relevante: los costos relativos de los insumos. Durante la entrevista señaló que los bioinsumos enfrentan una carga de IVA mayor que la que se aplica a determinados insumos químicos, una diferencia que, según su planteo, afecta las condiciones de competencia entre ambas alternativas.

Más allá de la discusión tributaria específica, su argumento apunta a una cuestión de política productiva: si el objetivo es ampliar el uso de herramientas biológicas, las reglas económicas también forman parte del proceso de transición.

Misiones como laboratorio productivo

La provincia aparece en su diagnóstico como un territorio con capacidades que pueden ser aprovechadas. Irastorza destacó el trabajo de la Biofábrica y su posibilidad de entregar herramientas, acompañar proyectos y realizar seguimiento de ensayos junto con los productores.

Ese modelo combina tres componentes que suelen avanzar separados: tecnología, asistencia técnica y experimentación en campo.

La posibilidad de que un productor pueda probar un bioinsumo, recibir acompañamiento, medir los resultados y adaptar la aplicación cambia la naturaleza de la transferencia tecnológica. Ya no se trata solamente de vender o entregar un producto, sino de generar capacidad instalada en el establecimiento.

La experiencia también puede servir para ampliar el alcance de los bioinsumos más allá de la agricultura estrictamente orgánica. Irastorza planteó que determinadas herramientas de control biológico pueden incorporarse gradualmente en establecimientos convencionales, como una forma de reducir determinados problemas sin exigir una transformación inmediata de todo el sistema.

Mencionó, entre otros ejemplos, el uso de Trichoderma y experiencias de control biológico en cultivos extensivos. En su visión, el conocimiento de estas herramientas permite avanzar de manera progresiva, evaluando resultados y adaptando las prácticas.

El agrónomo vuelve al lote

Hay una última dimensión que atraviesa toda su propuesta: la necesidad de recuperar la observación directa como parte del trabajo técnico.

Irastorza lo resumió con una imagen concreta: el ingeniero agrónomo tiene que “ensuciarse las botas”, caminar el campo y mirar qué está ocurriendo. Incluso contó que lleva una lupa en la mochila para observar los cultivos y detectar la evolución de las poblaciones de insectos.

El ejemplo del jabón potásico muestra esa lógica. Una aplicación puede reducir una población de plagas, pero no necesariamente eliminarla por completo. La evaluación posterior permite determinar si es necesario repetir el tratamiento y en qué momento hacerlo.

La tecnología, en esa mirada, no reemplaza al técnico ni al productor. Los vuelve más capaces cuando está acompañada por conocimiento.

La misma lógica puede trasladarse a la política agropecuaria. Para que la agricultura sostenible deje de ser una declaración de principios y se convierta en una alternativa económica, necesita algo más que productos nuevos: requiere investigación aplicada, extensión, crédito, ensayos, formación profesional y mecanismos que permitan absorber los costos de transición.

La discusión que dejó la Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible en Posadas apunta justamente allí. El desafío no consiste solamente en producir con menos impacto. Consiste en construir sistemas capaces de seguir produciendo cuando cambian el clima, los precios, los costos y las condiciones de los mercados.

En esa ecuación, el bioinsumo puede ser una herramienta. Pero el activo estratégico es el conocimiento que permite utilizarlo bien, medir sus resultados y convertirlo en parte de un proceso productivo sostenible.

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De San Ignacio al mundo: I Love Mate fue elegida como la mejor yerba argentina en Caminos y Sabores

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La industria yerbatera misionera sumó un nuevo reconocimiento nacional con impacto comercial y estratégico. La marca I Love Mate, elaborada en San Ignacio, fue distinguida como la mejor yerba argentina en la categoría yerba mate con palo durante la feria Caminos y Sabores, uno de los principales encuentros gastronómicos del país. El galardón no solo premia la calidad del producto, sino que también posiciona a Misiones como un referente en innovación, diferenciación y sustentabilidad dentro de una cadena productiva que busca cada vez más competir por valor agregado y no únicamente por volumen.

La premiación tuvo una particular relevancia porque surgió de una cata a ciegas, sin identificación de las marcas participantes, evaluada por un jurado integrado por sommeliers, chefs, ingenieros en alimentos y especialistas coordinados por la reconocida crítica gastronómica Betty Coste. El proceso eliminó cualquier sesgo comercial y puso el foco exclusivamente sobre las cualidades sensoriales del producto.

Todavía sigo muy emocionada por este honor. Nos llena de orgullo haber sido reconocidos como la mejor yerba argentina“, expresó Yamila Cámpora, propietaria de I Love Mate, al regresar de Buenos Aires. La empresaria destacó que la sorpresa fue total porque los participantes desconocían tanto la identidad de los competidores como la composición final del jurado.

El reconocimiento adquiere un valor adicional por el contexto que atraviesa la actividad yerbatera. En momentos en que buena parte del debate sectorial gira alrededor del precio de la hoja verde y de la rentabilidad primaria, la experiencia de I Love Mate muestra otra dimensión de la competitividad: la construcción de marcas capaces de capturar mayor valor en el mercado nacional e internacional mediante diferenciación, identidad y calidad.

Un modelo basado en innovación y origen

La yerba premiada se produce en la Colonia Santo Domingo Savio, en San Ignacio, donde una familia con cuatro generaciones de tradición yerbatera desarrolla una producción orgánica pionera en la provincia.

Uno de los principales factores diferenciales es el sistema de secado sin humo, desarrollado por Juan Kraus, referente de la familia y considerado el creador del primer sistema de este tipo. Esa innovación tecnológica permite preservar el perfil natural de la hoja y constituye la base del carácter distintivo de la marca.

Aunque la materia prima proviene del establecimiento familiar, Cámpora explicó que I Love Mate desarrolló un perfil propio junto a un maestro yerbatero para obtener características organolépticas específicas.

Buscamos un sabor limpio, sin humo, suave, herbal y que mantenga su intensidad durante toda la mateada“, describió. Esa combinación fue precisamente uno de los atributos que sorprendió al jurado durante la degustación.

Del emprendimiento familiar a una marca exportadora

La historia de I Love Mate comenzó de manera artesanal. La idea surgió, según relató Cámpora, por iniciativa de su hija, quien siendo apenas una niña propuso crear una marca propia y comenzó a dibujar corazones junto a un mate, imagen que terminaría convirtiéndose en el logotipo definitivo.

Durante los primeros años las etiquetas eran colocadas manualmente y la comercialización se limitaba al entorno cercano. Seis años después la empresa renovó completamente su identidad visual y comenzó una etapa de profesionalización que hoy encuentra un punto de inflexión con este reconocimiento nacional.

Actualmente la firma comercializa sus productos en supermercados, estaciones de servicio, panaderías y a través de canales digitales, mientras avanza en la reorganización de su red de distribuidores.

La estrategia comercial también tiene un fuerte componente internacional. La empresa ya exporta a seis países, motivo por el cual eligió un nombre en inglés que facilite el reconocimiento de la marca entre consumidores extranjeros y el turismo internacional.

Sustentabilidad como ventaja competitiva

La diferenciación no se limita al producto. La empresa incorporó prácticas de producción sustentable mediante el uso de energía solar, secaderos alimentados a gas y procesos orientados a minimizar el impacto ambiental.

Ese posicionamiento responde a una demanda creciente de consumidores que valoran alimentos elaborados bajo estándares ambientales y de producción responsable, especialmente en mercados externos donde estos atributos suelen traducirse en mejores precios y mayor competitividad.

La experiencia de I Love Mate refleja además un cambio de paradigma dentro de la cadena yerbatera misionera. Mientras el negocio tradicional continúa concentrado en la producción de materia prima, un número creciente de emprendimientos apuesta a desarrollar marcas propias, construir identidad comercial y competir en segmentos premium.

En ese escenario, el premio obtenido en Caminos y Sabores trasciende el reconocimiento individual. Representa una señal de que la innovación tecnológica, la sustentabilidad y la diferenciación comercial pueden convertirse en herramientas concretas para ampliar mercados, fortalecer las exportaciones y aumentar el valor capturado por la producción misionera.

Todos los ganadores de Experiencias del Sabor

Yerba mate con palo: I Love Mate

La yerba I Love Mate obtuvo el premio en la categoría Yerba Mate con Palo. Yamila María Campora recibió la distinción con emoción y contó que la marca nació junto a su hija Jazmín “entre viajes y mateadas”. Además, destacó el espacio que brinda la feria para visibilizar a los pequeños productores de todo el país.

Miel de abeja: Praderas Neuquinas

El reconocimiento a la Mejor Miel de Abeja fue para Praderas Neuquinas. Agostina Farías celebró el premio obtenido por este emprendimiento patagónico, que comenzó elaborando aceite de oliva y recientemente incorporó la producción de miel.

La mejor miel de abieja es patagónica (Foto: Praderas neuquinas)
La mejor miel de abieja es patagónica (Foto: Praderas neuquinas)

Queso de vaca pasta semidura: Fermier

Fermier volvió a quedarse con el premio al Mejor Queso de Vaca Pasta Semidura. Daniel Santamaría definió la distinción como “un reconocimiento a lo artesanal” y destacó que Caminos y Sabores permite que productores de todo el país puedan mostrar sus elaboraciones y fortalecer la cultura quesera.

Salame picado grueso: Cagnoli

El mejor Salame Picado Grueso fue para Cagnoli. Lucio Rancez, embajador de la marca, recibió el premio en nombre de la familia y aseguró que representa “la tenacidad, el trabajo y la historia” de una pyme familiar. Además, recordó que el producto ganador obtuvo en 2011 la Denominación de Origen, por lo que definió al reconocimiento como “un premio para Tandil”.

Dulce de leche familiar: Dulce de Leche & Co.

Dulce de Leche & Co. obtuvo por tercera vez el premio al Mejor Dulce de Leche Familiar. Luis González afirmó que, pese a los reconocimientos anteriores, la emoción sigue siendo la misma y contó que la empresa, que emplea a 50 personas, avanza con una planta de producción para ingresar al mercado brasileño. “Nuestra misión es llevar el dulce de leche al mundo”, resumió.

EL mejor dulce de leche familiar de Caminos y Sabores.
EL mejor dulce de leche familiar de Caminos y Sabores.

Aceite de oliva virgen extra: Familia Saleme

Desde San Juan, Familia Saleme fue distinguida con el premio al Mejor Aceite de Oliva Virgen Extra. Sus representantes destacaron que se trata de un aceite certificado libre de gluten y con indicación geográfica, y aseguraron que el objetivo es seguir posicionando al aceite de oliva sanjuanino en todo el país.

Gin argentino: Eternal

El premio al Mejor Gin Argentino quedó en manos de Eternal, una destilería familiar de Potrero de los Funes, San Luis. Mariela Thimental celebró el reconocimiento y destacó que, pese al tamaño del emprendimiento, la empresa cuenta con la certificación Marca País, sello Kosher, 66 medallas nacionales e internacionales y fue elegida como la Mejor Destilería de Argentina en 2023 y 2025.

Los mejores alfajores del país

Otra de las grandes atracciones de la feria fue la entrega de la Copa Alfajor Argentino, el certamen que distingue a las mejores elaboraciones del país. En esta edición se incorporó por primera vez la categoría Alfajor de Autor, destinada a reconocer propuestas innovadoras.

También se eligieron los mejores alfajores del país (Foto: caminosysabores)
También se eligieron los mejores alfajores del país (Foto: caminosysabores)

Tres productores levantaron la copa en sus respectivas categorías.

Mejor Alfajor Estilo Marplatense Negro: Manjares de Merlo

El premio quedó en manos de Manjares de Merlo, de la provincia de San Luis. Su alfajor combina una tapa elaborada con masa tipo Oreo, dulce de leche y cobertura de chocolate semiamargo.

Noelia Masaglia recibió el reconocimiento entre aplausos y celebró que el premio “representa el esfuerzo, la dedicación y la pasión” con la que trabajan. Además, destacó que el emprendimiento genera trabajo para unas 30 familias.

Mejor Alfajor de Chocolate con Cobertura Blanca: Punto & Coma

El emprendimiento Punto & Coma, de Ramallo (Buenos Aires), ganó gracias a un alfajor elaborado con galleta de cacao intenso, mermelada casera de frambuesa, ganache de chocolate semiamargo y cobertura de chocolate blanco.

Soledad Gallego, creadora de la marca junto a su marido José, aseguró que el reconocimiento es “un mimo” para el trabajo que realizan diariamente.

Mejor Alfajor de Autor: Dulce de Leche & Co.

La flamante categoría Alfajor de Autor tuvo como ganador a Dulce de Leche & Co.. La receta, creada por la maestra alfajorera Damaris Díaz, combina masa de cacao, un anillo de dulce de leche, corazón crocante de coco y cobertura de chocolate semiamargo.

Al recibir el premio, Díaz aseguró que el reconocimiento es “un orgullo enorme” y una valoración al trabajo que realiza todos los días.

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Nueva alianza entre Misiones y la OIA fortalece la capacitación y certificación orgánica

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El Ministerio del Agro y la Producción de Misiones firmó este miércoles en Buenos Aires un convenio de cooperación con la Organización Internacional Agropecuaria (OIA), una de las entidades más reconocidas en certificación orgánica del país y del exterior. El acuerdo profundiza la agenda provincial iniciada en 2021 para acompañar la transición orgánica y ampliar la asistencia técnica, la formación y las herramientas para productores.

Un acuerdo estratégico para consolidar la transición orgánica

El Ministerio del Agro y la Producción de Misiones suscribió este miércoles un convenio de cooperación con la Organización Internacional Agropecuaria (OIA), en un encuentro encabezado por el ministro Facundo López Sartori y por el presidente de la entidad, Pedro A. Landa. La firma se concretó en la Ciudad de Buenos Aires y refuerza una línea de trabajo iniciada en 2021, orientada a expandir la producción orgánica en toda la provincia.

El acuerdo establece acciones conjuntas para desarrollar capacitaciones, producir materiales de sensibilización y diseñar contenidos técnicos destinados a facilitar el acceso a la certificación orgánica. Además, contempla el acompañamiento institucional para productores que buscan integrarse a mercados con mayores exigencias de trazabilidad, sostenibilidad y cumplimiento normativo.

La alianza se inscribe en la estrategia provincial de democratizar el acceso a la producción orgánica, un enfoque que combina asistencia técnica, formación e innovación, y que en los últimos años permitió posicionar a Misiones como una provincia de referencia en políticas de sostenibilidad productiva.

Reconocimiento nacional y articulación técnica con proyección internacional

La firma del convenio adquiere un valor adicional por la trayectoria de Pedro A. Landa, quien en 2024 fue distinguido como Embajador de la Producción Orgánica Argentina. Su labor histórica en certificación, cooperación internacional y promoción del sector –con aportes en MAPO, CACER y numerosos proyectos en Argentina y otros países– otorga a esta alianza un peso técnico significativo.

Durante el encuentro, López Sartori destacó que el acuerdo “representa un paso concreto para profundizar una política pública que Misiones viene sosteniendo con coherencia: democratizar el acceso a la producción orgánica y ofrecer a nuestros productores herramientas que reduzcan incertidumbre y abran nuevas oportunidades”.

Landa, por su parte, subrayó que “hacía tiempo que buscábamos concretar un acuerdo de trabajo con Misiones, porque es una provincia que viene impulsando la producción orgánica con mucha constancia”.

La subsecretaria de Desarrollo y Producción Vegetal, Luciana Imbrogno, señaló que la articulación “permite sumar metodologías validadas, rigor técnico y una mirada integral sobre los procesos de certificación”, reforzando la formación de productores, técnicos y profesionales.

El convenio complementa, además, el reciente reconocimiento obtenido por Misiones en los Premios Argentina Orgánica, donde la provincia fue distinguida por su labor sostenida de promoción de la producción orgánica.

Más herramientas, más capacitación y un modelo productivo sostenible

Con esta alianza, el Ministerio del Agro ratifica su compromiso de fortalecer la transición orgánica, potenciar la competitividad y promover un modelo productivo que combine innovación, cuidado ambiental y más oportunidades para las familias rurales misioneras.

La continuidad de esta estrategia, sumada al acompañamiento técnico de la OIA, permitirá robustecer los procesos de certificación, mejorar las capacidades locales y consolidar a Misiones como un actor clave en la agenda nacional de producción orgánica.

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Reglamentan ley que otorga beneficios fiscales a la producción orgánica en economías regionales

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El Gobierno reglamentó hoy la Ley 27.734, que fue sancionada por el Senado a fines de septiembre último y que crea un régimen de promoción a la producción y elaboración de productos orgánicos por un plazo de diez años, con beneficios impositivos y un certificado de crédito fiscal por un monto equivalente al 50% de las contribuciones patronales, entre otros puntos.

El texto, reglamentado a través del Decreto 519/2023 publicado hoy en el Boletín Oficial, establece que los productores orgánicos que adhieran al régimen podrán convertir en un bono de crédito fiscal intransferible el 50% de la totalidad de las contribuciones patronales que hayan abonado sobre la nómina salarial.

Esos bonos podrán ser utilizados para cancelar impuestos nacionales y sus anticipos, como así tributos aduaneros.

No serán válidos para cancelar el impuesto a las Ganancias, deudas anteriores a la incorporación al régimen ni para cancelar deudas de terceros, aclara la normativa.

Los adherentes al régimen también tendrán una reducción de 50% en el monto total del impuesto a las Ganancias determinado en cada ejercicio respecto de las actividades productivas y de elaboración abarcadas, que será válida para los ejercicios fiscales posteriores a la fecha al ingreso al régimen.

Quienes realicen otras actividades – más allá de la de alimentos orgánicos- deberán llevar la contabilidad de manera tal que se puedan evaluar las mismas de forma separada, respetando criterios objetivos de reparto en el caso de que haya gastos compartidos.

La ley señala que podrán ser beneficiarios quienes acrediten al menos un año de permanencia en la actividad y cuyos montos de facturación no superen los parámetros establecidos para las empresas medianas tramo I.

Podrán acceder las personas y firmas alcanzadas por ley de Producción Ecológica, Biológica u Orgánica, es decir, el régimen incluye tanto a los productores de productos orgánicos como a los elaboradores, que industrializan posteriormente la materia prima, transformándola o simplemente fraccionándola.

Respecto al financiamiento, establece que la Jefatura de Gabinete, durante el primer año, tendrá la facultad de modificar el Presupuesto para asignar una suma equivalente a 12.500 módulos que en la actualidad ascienden a $ 100 millones.

El Fondo de Promoción del Producto Orgánico, que se utilizará para financiar el esquema, estará integrado por los recursos asignados anualmente por la Ley de Presupuesto, ingresos por donaciones, y fondos de organismos internacionales u organizaciones no gubernamentales.

Además del régimen, dicho fondo podrá financiar programas de asistencia técnica o financiera para aumentar el número de productores primarios en las distintas regiones del país, proyectos de investigación y desarrollo – con especial foco en la mejora de semillas y el agregado de valor-, programas de asistencia para productores de menor escala y para constituir nuevos emprendimientos; la conversión de áreas periurbanas a producción orgánica, y programas educativos en la escuela, entre otros puntos.

Del mismo modo, financiará la promoción comercial en el mercado interno de productos orgánicos – con la posibilidad de espacios específicos en los canales comerciales- y programas de incentivos a empresas para desarrollar tecnologías productivas y de TIC.

Para adherir al régimen, los beneficiarios se tendrán que inscribir en un registro que será instrumentado por la Secretaría de Agricultura en la modalidad que eventualmente establezca, presentando con la solicitud la constancia de certificación de productos orgánicos emitida por una entidad autorizada por el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), y una copia del CUIT y de la inscripción ante la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), que comprobará que el inscripto esté al día con el cumplimiento de cargas laborales y previsionales.

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“Más allá del impacto ambiental, también es importante la sustentabilidad económica y pensar en el contexto social”

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AAS – Domaine Bousquet 25 años de agricultura orgánica certificada

Aunque su familia ya se dedicaba a la vitivinicultura, el camino profesional de Anne Bousquet empezó en una rama distinta: la de la economía. En 2005, sin embargo, comenzó a ponerse en marcha un mecanismo que, casi sin que se diera cuenta, la terminaría sumergiendo en la pasión familiar: su padre ya había fundado Domaine Bousquet en Argentina y necesitaba ayuda. 

“Con mi marido, Labid Al Ameri, nos estábamos mudando de Boston a Bruselas. Me acababan de ascender en la compañía en la que trabajaba a cargo del análisis y proyecciones para la industria europea de envases de papel y Labid trabajaba en finanzas con la posibilidad de traslado”, recuerda Anne. “En ese momento, mi padre estaba a punto de tener la primera cosecha comercial de Domaine Bousquet y convocó primero a Labid para que lo ayude a venderla. Era un desafió, nunca había vendido una botella, pero como nos sentíamos parte del proyecto como familia, decidimos invertir parte de nuestros ahorros personales en el primer container de Domaine Bousquet y almacenarlo en una bodega en Amberes, Bélgica”. 

La movida tuvo tanto éxito que Labid se entusiasmó y terminó incorporándose a Domaine Bousquet como Director Comercial. Y tres años después, Anne decidió seguir sus pasos: con Eva, su hija, cumpliendo su primer año, se mudó a Tupungato, Mendoza. 

“Fue un shock, yo no hablaba español. Y una nueva vida que se convirtió en nuestra pasión. Dos años más tarde mi padre se retiró, conservó 40 hectáreas y nos vendió la superficie restante junto con la bodega. Con Labid y mi hermano Guillaume, que vive en Burdeos y es encargado de parte de las ventas europeas de Domaine Bousquet, somos socios.  

-¿Cómo fue trabajar en Gualtallary en aquel entonces, cuando aún no era el terroir super codiciado que es hoy?

-Cuando la bodega comenzó fue difícil. Gualtallary era un territorio virgen: extensiones semi-desiertas, sin plantaciones, sin agua, sin electricidad y al que solo se podía acceder por medio de un único camino de tierra. 

Los lugareños descartaban el área por considerarla demasiado fría para el cultivo de uvas. Mi padre, en cambio, sintió que había encontrado la perfecta combinación entre su patria francesa (con baja acidez y clima cálido) y el Nuevo Mundo (soleado, con elevada acidez natural y un gran potencial para vinos relativamente frutales). 

Tupungato era apenas un pueblo. La industria del vino ha transformado la economía de Tupungato y nosotros estuvimos allí primero: es uno de los logros que más me enorgullecen. Decidimos acompañar el crecimiento y desenvolvimiento de esa comunidad que es nuestra comunidad. Actualmente el 80% de nuestros empleados son tupungatinos.

Mi padre, con toda su experiencia en los viñedos de mi familia en Francia, supo entender y aprovechar la singular importancia del agua. El agua no llega fácilmente a Gualtallary, así que lo primero que hicimos en 1998 fue cavar un pozo de 150 metros. Una decisión fundamental ya que nos permite administrar el riego según la necesidad. La experiencia de tradición vitivinícola francesa, donde el clima es tan diferente al de Mendoza, fue una gran herramienta a la hora de tomar decisiones. 

En el 2023, Domaine Bousquet cumplió un cuarto de siglo de agricultura orgánica certificada. El punto de partida estuvo íntimamente relacionado con las condiciones climáticas y de suelo de Gualtallary, ideales para el cultivo orgánico de vides ya que contribuyen a la sanidad de las uvas. 

“Creo que ni siquiera se tomó la decisión de ser orgánicos, fue algo que entendimos y fue natural, que no se dudó”, explica Anne. “Nunca hemos utilizados productos de síntesis química en nuestros suelos. No lo concebimos como una estrategia comercial, porque en ese momento no había demanda de orgánicos”. 

Actualmente, el compromiso de Domaine Bousquet como empresa va más allá de la agricultura orgánica: es también una bodega regenerativa, biodinámica, sustentable y sostenible. “Lo enumero así porque es una progresión y siempre hay una nueva instancia superadora”, señala Anne. “Más allá́ del impacto ambiental, también es importante la sustentabilidad económica y pensar en el contexto social que rodea a cada organización. Siempre podemos ser más sustentables. No sólo en términos de medioambiente, también en términos socioeconómicos. Y confirmando lo que somos, recibimos la certificación B Corp que significó un gran orgullo y reconocimiento a nuestros 25 años de compromiso a una economía sostenible para las personas y el medioambiente”. 

-¿Qué importancia tienen las certificaciones al momento de elaborar y comercializar vinos orgánicos y sustentables?

-Las certificaciones son muy importantes. Son garantías de procesos, que se cumplen siguiendo normativas de calidad, y el consumidor tiene que saber que, si está certificado, se está haciendo. 

Muchas veces escuchamos, por ejemplo en ferias, que hay bodegas que dicen que son orgánicas porque el clima en Argentina permite trabajar de esta manera, pero eso no habla del trabajo a conciencia. Algo que repito siempre es que estar certificados es la diferencia entre “estar saliendo” y “estar casados”.

-¿De qué manera la vitivinicultura orgánica se refleja en el perfil final de los vinos?

La viticultura orgánica da como resultado vinos de mayor concentración, con mayor expresión de la fruta y del terruño del cual provienen.

En este momento estamos trabajando con prácticas regenerativas, un paso más de la viticultura orgánica. La viticultura regenerativa intenta recuperar e incrementar la salud de los suelos y el resultado es la obtención de más plantas sanas, y por lo tanto, uvas más sanas que producen buena levadura y, en consecuencia, una buena fermentación. Así evitamos la necesidad de realizar correcciones durante la elaboración del vino. Lógicamente, la expresión del vino es sorprendente.

-¿Cuáles son las respuestas que la viticultura orgánica tiene frente al cambio climático?

-La industria del vino  en general no puede quedar ajena a tomar medidas para cuidar el futuro. Cuando uno está trabajando cerca de la tierra, ve desde el origen los problemas que está causando el cambio climático, y cómo repercuten en nuestra materia prima. Y, en consecuencia, en nuestra producción no hay manera de no tomar conciencia de que algo hay que hacer. 

Nuestra respuesta como bodega comprometida es, como dije antes, buscar siempre aplicar para ser más sustentables y sostenibles. Trabajar en la concientización de que cada uno, desde su lugar, puede aportar y poner su granito de arena.

Desde 2021 somos uno de los miembros fundadores de Sustainable Wine Roundtable (SWR), una coalición global formada por diferentes actores de la industria vitivinícola -bodegas, productores, distribuidores, minoristas, industrias auxiliares y comunicación y más- unidos para que el sector sea un líder en sustentabilidad a nivel mundial, y así fortalecer la acción a medida que aumentan los desafíos y consecuencias en torno al cambio climático.

Fuente Asociación Argentina de Sommeliers (AAS)

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