PRODUCTIVIDAD

El otro Mundial: qué país “gana” en educación

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En cada Copa del Mundo los países compiten por la gloria deportiva. Pero existe otro campeonato, mucho más silencioso y con consecuencias de largo plazo: el de la calidad educativa. Allí no se disputan goles, sino el capital humano que definirá la competitividad económica de las próximas décadas.

Con esa premisa, EduLab e IDESA elaboraron una comparación entre los países clasificados al Mundial 2026 utilizando los resultados de PISA 2022, la evaluación internacional que mide las competencias de estudiantes de 15 años en matemática, lectura y ciencias. El resultado deja una fotografía contundente: las potencias futbolísticas no necesariamente son las potencias educativas y, en ese segundo campeonato, Argentina juega muy lejos de los puestos de privilegio.

La economía también se juega en las aulas

El ejercicio trasciende la anécdota deportiva. Los autores recuerdan que la educación constituye una de las principales infraestructuras invisibles de cualquier economía moderna. La calidad de los aprendizajes determina la capacidad futura de un país para innovar, incorporar tecnología, aumentar la productividad y sostener procesos de crecimiento.

En otras palabras, el verdadero activo estratégico ya no son únicamente los recursos naturales ni la infraestructura física: es el conocimiento acumulado por las nuevas generaciones.

Por eso, detrás de un puntaje PISA no sólo hay una discusión pedagógica. También hay una proyección sobre el potencial económico de un país para las próximas décadas.

Japón y Corea del Sur dominan el “Mundial educativo”

Entre los 30 países clasificados al Mundial que cuentan con resultados comparables en PISA, el liderazgo pertenece con claridad a Asia.

El ranking es encabezado por:

  1. Japón: 533 puntos
  2. Corea del Sur: 523 puntos
  3. Canadá: 506 puntos

Detrás aparecen Suiza, Australia, Inglaterra, Polonia, Estados Unidos, Suecia, Bélgica, Austria y Alemania, conformando un grupo de sistemas educativos que se mantienen muy cerca o por encima del promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

El informe destaca que esos países tienen un rasgo común: utilizan las evaluaciones como herramientas permanentes de gestión y mejora, no como simples diagnósticos estadísticos.

Sudamérica queda muy relegada

La fotografía cambia drásticamente cuando aparecen los países latinoamericanos.

El mejor ubicado es Uruguay, recién en el puesto 20 del ranking de los clasificados al Mundial, con 425 puntos de promedio.

Después aparecen:

  • Catar: 422
  • México: 407
  • Colombia: 401
  • Brasil: 397
  • Argentina: 395

Los cuatro principales países latinoamericanos evaluados quedan separados por apenas doce puntos, pero todos muy lejos del promedio de la OCDE (478 puntos) y aún más de Japón, que supera a Argentina por 138 puntos.

Argentina: rezago persistente

La Argentina ocupa el puesto 25 entre los 30 países clasificados que poseen datos comparables y se ubica por debajo del promedio de la OCDE en las tres áreas evaluadas.

Los puntajes nacionales fueron:

  • Matemática: 378
  • Lectura: 401
  • Ciencias: 406
  • Promedio: 395

El informe señala que esa distancia equivale, según la metodología de PISA, a varios años de escolaridad respecto de los sistemas líderes.

Pero el problema no termina allí.

En matemática, Argentina ocupa apenas el octavo lugar dentro de América Latina, detrás de Chile, Uruguay, México, Perú, Costa Rica y Colombia, superando únicamente a Brasil entre los principales países de la región.

El promedio nacional también esconde dos Argentinas

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que advierte sobre la heterogeneidad interna del sistema educativo argentino.

Las sobremuestras realizadas en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza muestran realidades muy diferentes.

La Ciudad de Buenos Aires presenta desempeños cercanos a países europeos de la mitad superior del ranking; Córdoba supera claramente la media nacional; mientras que Mendoza prácticamente replica el promedio argentino.

El diagnóstico es claro: hablar de “la educación argentina” oculta diferencias muy significativas entre jurisdicciones.

Mucho más que un ranking

El dato más preocupante no es la posición relativa.

Según destaca el informe, menos de un tercio de los estudiantes argentinos alcanza el nivel básico en matemática, lo que implica que la mayoría llega a los 15 años sin las competencias mínimas para resolver problemas sencillos o sostener aprendizajes más complejos durante la escuela secundaria.

Esa situación tiene consecuencias económicas directas.

Una población con menores competencias básicas enfrenta mayores dificultades para acceder a empleos de calidad, adaptarse a tecnologías emergentes, mejorar su productividad y aumentar sus ingresos a lo largo de la vida laboral. El deterioro educativo termina convirtiéndose, con los años, en menor crecimiento económico y menor movilidad social.

El desafío no es medir, sino transformar

El informe concluye con una reflexión que trasciende los resultados de PISA.

Argentina participa regularmente de las evaluaciones internacionales y también cuenta con pruebas nacionales como Aprender. El problema no reside en la ausencia de diagnósticos, sino en la capacidad institucional para convertir esa evidencia en políticas sostenidas.

Entre las principales limitaciones menciona una estructura federal muy fragmentada, escaso margen para inversiones pedagógicas, una carrera docente basada principalmente en la antigüedad y debilidades en la formación inicial de los educadores.

En definitiva, el documento sostiene que la diferencia entre los países que lideran el “Mundial educativo” y aquellos que permanecen rezagados no está en cuánto conocen sobre sus problemas, sino en su capacidad para transformar ese conocimiento en mejoras concretas dentro del aula. Porque, al final, el verdadero campeonato que define el desarrollo económico comienza mucho antes del primer silbato: empieza en la escuela.

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Productividad en modo Mundial: cómo cambia la dinámica laboral cuando juega la Selección

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 En Argentina, una Copa del Mundo modifica la rutina como pocos eventos. Durante semanas, las conversaciones giran alrededor de los partidos, los grupos de WhatsApp explotan y las oficinas también entran en “modo Mundial”.

Con encuentros programados en plena jornada laboral y millones de personas pendientes de cada instancia del torneo, las empresas vuelven a enfrentarse a una escena conocida: agendas que se reorganizan, equipos que siguen cada jugada en tiempo real y oficinas que muchas veces se transforman en espacios compartidos para vivir juntos cada encuentro de la Selección, en una dinámica que inevitablemente termina adaptándose al calendario deportivo.

Lejos de representar una excepción, el fenómeno refleja una transformación más profunda en el mundo del trabajo, donde la flexibilidad y la experiencia de las personas ganan cada vez más espacio dentro de las organizaciones.

“En Argentina esta época se vive de una manera muy particular. Y este año, además, existe un componente emocional enorme alrededor de Messi y un equipo que regresa después de consagrarse campeón del mundo en 2022. Las empresas entienden cada vez más que acompañar ese fenómeno también forma parte de construir una buena experiencia laboral”, comenta Diego Kexel desde el equipo de WeWork, donde se desempeña como Gerente General de Latinoamérica.

En ese contexto, cada vez más compañías optan por dinámicas más adaptables durante eventos masivos: horarios flexibles, jornadas híbridas, home office en días clave o espacios compartidos para seguir los partidos aparecen entre las alternativas.

Esto se da en un contexto donde las dinámicas híbridas ya forman parte de la rutina de muchas compañías. Según el estudio“IA y Presencialidad: el nuevo panorama laboral”, realizado por WeWork junto a Michael Page, el 59% de los trabajadores argentinos prefiere esquemas que combinen presencialidad y trabajo remoto. El informe revela que, incluso en modelos flexibles, el principal motivo para asistir a la oficina sigue siendo la integración del equipo.

Es justamente ahí donde el Mundial adquiere un rol estratégico. Más allá de los 90 minutos de juego, muchas empresas encuentran en estos eventos la oportunidad de reforzar los lazos internos a través de experiencias compartidas difíciles de replicar en la virtualidad. Compartir un partido entre colegas o transformar la oficina en un punto de encuentro funciona como una instancia de conexión clave alrededor de una pasión compartida.

Incluso, un relevamiento reciente de Great Place To Work muestra que las expectativas de flexibilidad por parte de los trabajadores son cada vez más altas: el 80% de los empleados considera que la manera en que las empresas gestionen el Mundial influirá mucho o bastante en su experiencia laboral; el 69% asegura que su motivación aumenta cuando las compañías acompañan el clima mundialista con iniciativas internas, mientras que el 46% preferiría ver los partidos junto a su equipo si estos se juegan en horario laboral.

“Esto expone algo que las empresas ya vienen viendo hace tiempo: las personas valoran cada vez más poder compatibilizar su vida personal con el trabajo sin resignar resultados. La productividad hoy pasa más por la confianza, la autonomía y la experiencia de los equipos”, finaliza Kexel.

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Siempre ocupados, nunca productivos

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Hay una pregunta que aprendimos a no hacer.

No “¿hiciste algo útil hoy?” si no “¿estás muy ocupado?”.

Y la respuesta siempre es sí. Porque decir que no estás ocupado equivale a decir que tu tiempo no vale. Que nadie te necesita. En el mundo del trabajo moderno, la ocupación es el único indicador de valor que todos entienden sin que nadie lo explique.

El problema es que estar ocupado y ser productivo no son la misma cosa. Nunca lo fueron. Y los datos lo confirman con una claridad que debería incomodar a cualquier gerente.

Un trabajador promedio es genuinamente productivo durante 5 horas con 6 minutos de su jornada laboral de 8 horas. El resto del tiempo se destina a actividades que no generan valor: correos, redes sociales, reuniones sin agenda, charlas de pasillo digitales. Así lo establece un estudio reciente que analizó los hábitos de miles de empleados en distintos sectores. Trabajar más horas no cambia esta ecuación: solo la estira.

Y sin embargo, el presencialismo —estar, aparecer, mostrarse ocupado— sigue siendo la métrica informal más poderosa en la mayoría de las organizaciones. El que llega primero y se va último. El que tiene el calendario bloqueado hasta las siete de la tarde. El que contesta mensajes a medianoche. Ese es el que “se compromete”.

Nadie pregunta qué produjo.

Las reuniones son el síntoma más visible de este desorden. No porque sean inútiles por definición, sino porque se multiplicaron sin control y llenaron el espacio que el trabajo real necesitaba para existir.

El número de reuniones laborales se triplicó desde 2020, según datos de Microsoft. Un empleado promedio dedica actualmente 392 horas al año a reuniones — el equivalente a 16 jornadas laborales completas, según Flowtrace (2025). Y el 44% de esas reuniones se consideran improductivas, con un costo global estimado en 541 mil millones de dólares anuales para las empresas, de acuerdo con la consultora Doodle.

Pensá en la última reunión a la que fuiste sin saber exactamente para qué te habían convocado. En cuántos eran. En cuántos realmente tenían algo que decir. En cuántos minutos tardaron en llegar al punto — si es que llegaron. “Esta reunión podría haber sido un mail o un WhatsApp” es lo primero que cruza nuestras mentes apenas terminamos. 

Eso no es coordinación. Es teatro.

Un estudio de Harvard lo pone en números: el 71% de los directivos y empleados definió las reuniones de trabajo como actos improductivos e ineficientes. El 65% afirma que le impiden completar tareas pendientes. Y el 64% dice que reducen su capacidad de pensar en profundidad sobre los problemas reales de su área.

Pensemos en lo que eso significa. Las reuniones, que nacieron para resolver problemas, se convirtieron en uno de los principales obstáculos para resolverlos.

Solo el 37% de las reuniones tiene una agenda definida, según Flowtrace (2025). El 50% empieza tarde. Y el 33% se convoca de manera virtual incluso cuando la mitad de los asistentes está en la misma oficina. No es ineficiencia accidental. Es un hábito institucionalizado.

Pero el problema no son solo las reuniones. Es la cultura que las produce.

Esa cultura tiene un nombre: el culto a la ocupación. La creencia colectiva de que más horas significan más compromiso, que el calendario lleno es una señal de importancia y que tomarse tiempo para pensar sin interrupciones es, de alguna manera, sospechoso.

En ese sistema, el trabajo profundo —ese estado de concentración sostenida donde se produce lo más valioso— es el primero en desaparecer. Porque requiere bloques de tiempo sin interrupciones. Y las interrupciones son exactamente lo que el culto a la ocupación fabrica de manera constante.

Cuando un trabajador es interrumpido en medio de una tarea, necesita en promedio 23 minutos para recuperar el nivel de concentración previo, según investigaciones de la Universidad de California. Un empleado de oficina recibe entre 80 y 120 notificaciones digitales por día. Si cada interrupción cuesta 23 minutos de foco, el cálculo es devastador y casi ninguna empresa lo hace.

El resultado visible es la paradoja que todos conocemos pero pocos nombran: trabajamos más horas que nunca, tenemos más herramientas de comunicación que nunca, y sin embargo la sensación de no alcanzar, de estar siempre atrasados, de que el día termina sin haber hecho lo que importaba, también es mayor que nunca.

No es una paradoja. Es la consecuencia lógica de un sistema que mide presencia en lugar de resultado.

Algunas empresas empezaron a entenderlo. Un estudio que analizó 76 organizaciones con más de 1.000 empleados cada una descubrió que eliminar reuniones varios días a la semana aumentó la productividad en un 73%. No porque la gente trabajara más. Sino porque trabajaba mejor, con menos fragmentación y más capacidad de sostener el foco en lo que realmente importaba.

Los trabajadores híbridos —quienes combinan presencia y trabajo remoto— son los más productivos, con 5 horas y 36 minutos de trabajo efectivo diario frente a los 5 horas 6 minutos de los presenciales. La flexibilidad no destruye el rendimiento. La vigilancia constante, sí.

El culto a la ocupación tiene un costo que va más allá de la productividad. Agota. Genera la sensación permanente de correr sin avanzar. Y produce algo más difícil de medir pero igualmente real: una distancia creciente entre el tiempo que se invierte y los resultados que se generan.

Esa distancia es cara.

No en el sentido abstracto. En el sentido concreto de horas facturadas que no producen nada, de talentos que se van porque no soportan más el ruido, de decisiones que se toman en reuniones de una hora cuando una conversación de diez minutos hubiera alcanzado.

El calendario lleno no es un logro.

Es, muchas veces, el síntoma de una organización que perdió la noción de para qué trabaja.

El trabajo que importa rara vez se ve en el calendario. Ocurre en los márgenes. En los silencios. En la hora sin notificaciones que nadie agenda porque agendarla parecería poco serio.

El problema no es que estemos ocupados.

Es que confundimos la ocupación con el trabajo.

Y lo hicimos durante tanto tiempo que ya no sabemos distinguirlos.

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Esta columna forma parte de una serie sobre cómo la tecnología y la cultura laboral redefinen las decisiones cotidianas en un mundo hiperconectado.

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El BID proyecta que Argentina crecerá 3% en 2026 y superará a Brasil y México

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El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) proyectó que Argentina crecerá 3% en 2026, casi el doble del ritmo previsto para Brasil y México, en un contexto en el que América Latina y el Caribe expandirán su PBI 2,1%, en línea con su promedio histórico. El dato fue presentado este martes en Washington en el informe “Resiliencia y perspectivas de crecimiento en una economía global cambiante” y reconfigura el tablero regional: mientras México sufrió la revisión a la baja más pronunciada —0,5% el año pasado—, el organismo sostiene que Argentina “se está recuperando con fuerza” tras la recesión y crecerá 4,3% en 2025.

La señal tiene peso político. En medio de un escenario global volátil y con debates abiertos sobre reformas estructurales y disciplina fiscal, el BID coloca a la Argentina como una de las economías con mayor dinamismo proyectado. ¿Consolida eso el relato oficial sobre estabilización macro o expone la fragilidad de una recuperación que aún depende de reformas profundas?

Resiliencia macro y advertencias fiscales

El informe destaca que la región navegó la incertidumbre global con resiliencia, apoyada en marcos fiscales y monetarios que contuvieron la inflación y sostuvieron la estabilidad. El riesgo soberano promedio cayó a 209 puntos básicos a fines de 2025, frente a los 268 puntos de 2019. Además, los mercados laborales mejoraron y el desempleo descendió en la mayoría de los países entre junio de 2024 y junio de 2025.

Sin embargo, el BID introduce matices. El crecimiento sigue siendo insuficiente para cerrar brechas de ingresos, la deuda pública permanece elevada y los pagos de intereses presionan sobre las cuentas fiscales y externas. El promedio regional de deuda se ubica en 59% del PIB y podría oscilar entre 57% y 66% hacia 2028, según escenarios base y de estrés.

La economista jefe del organismo, Laura Alfaro Maykall, subrayó que acelerar el crecimiento inclusivo requerirá marcos macroeconómicos sólidos y reformas estructurales ambiciosas, junto con la capacidad de aprovechar oportunidades tecnológicas y energéticas.

En términos políticos, el mensaje es claro: la mejora en indicadores financieros no sustituye la necesidad de consolidación fiscal y aumento de productividad. La estabilidad es condición necesaria, pero no suficiente.

Ventana estratégica: minerales críticos y energía

El informe identifica una oportunidad estructural en los minerales críticos y la transición energética. América Latina concentra casi la mitad de los recursos mundiales de litio, alrededor del 35% de las reservas globales de cobre y más del 20% de las reservas de tierras raras. La demanda global de litio podría aumentar entre 470% y 800% hacia 2050.

El BID advierte, no obstante, que la riqueza natural no garantiza desarrollo sostenido. Para capitalizar esa ventaja comparativa se requieren instituciones sólidas, reglas predecibles, energía limpia y confiable, gobernanza ambiental robusta y marcos fiscales disciplinados. Es un punto que interpela directamente a los gobiernos: sin calidad institucional, la oportunidad puede diluirse.

En paralelo, el organismo remarca que la inteligencia artificial se convirtió en la habilidad digital de mayor crecimiento en la región. Las ofertas laborales que mencionan IA alcanzaron el 7% del total de vacantes hacia mediados de 2025. El desafío pasa por formación y transición hacia empleos de mayor productividad, en un contexto demográfico menos expansivo.

Correlación regional y agenda pendiente

La comparación con Brasil y México no es menor. México registró la revisión negativa más marcada, mientras Argentina aparece como economía en recuperación. Esa fotografía regional influye en flujos de inversión, percepción de riesgo y negociación política en foros multilaterales.

Al mismo tiempo, el organismo advierte que las tasas de interés globales más altas y el uso creciente de activos digitales y en moneda extranjera reconfiguran la política monetaria. Recomienda avanzar hacia una postura neutral —que no estimule ni restrinja la actividad— y desarrollar herramientas para absorber choques externos.

La conclusión implícita es que el crecimiento proyectado para Argentina en 2026 no descansa solo en el rebote cíclico. Dependerá de competencia, integración regional y desarrollo de cadenas de valor más sofisticadas. También de la capacidad de fortalecer finanzas públicas en un escenario donde la consolidación fiscal se debilitó.

El informe ofrece una señal positiva, pero condicionada. La región muestra resiliencia; el desafío es transformarla en expansión sostenida. Para Argentina, el 3% proyectado abre una ventana de oportunidad política y económica. La pregunta que queda abierta es si esa dinámica se consolidará con reformas de fondo o si quedará atada al vaivén de un entorno global cambiante.

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Lula impulsa el debate por el fin de la jornada 6×1 en Brasil y pone el foco en el bienestar laboral

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El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, abrió un debate de alto impacto económico, social e institucional al plantear públicamente la discusión sobre el fin de la denominada jornada laboral 6×1, con el objetivo de garantizar dos días de descanso semanal para los trabajadores. El anuncio, realizado a través de sus redes sociales, vincula productividad, avances tecnológicos y calidad de vida, y vuelve a instalar en la agenda regional el equilibrio entre trabajo y bienestar.

Transformaciones del mundo del trabajo y el debate por la jornada laboral

“El mundo del trabajo está en transformación”, sostuvo Lula al introducir el tema. En su mensaje, el mandatario enmarcó la discusión en un contexto global atravesado por cambios tecnológicos profundos y nuevas exigencias sobre el desempeño laboral. En ese sentido, citó al filósofo coreano Byung-Chul Han, quien caracteriza a la actualidad como una “sociedad del cansancio”, en la que la presión permanente por el rendimiento impacta directamente en el equilibrio entre la vida personal y profesional.

La referencia no es menor. El concepto de “sociedad del cansancio” apunta a un modelo productivo que, aun sin coerción directa, genera autoexigencia constante y desgaste psicosocial. Al incorporar esta mirada, el presidente brasileño introduce un componente cultural y filosófico al debate laboral, alejándolo de una discusión puramente técnica o sindical.

En este marco, Lula afirmó que en Brasil se está discutiendo el fin de la jornada 6×1, un esquema que concentra seis días de trabajo por uno de descanso. El objetivo explicitado es asegurar que el trabajador cuente con dos días de descanso semanal, una modificación que, de concretarse, implicaría una redefinición de la organización del tiempo de trabajo en amplios sectores de la economía.

Productividad, tecnología y bienestar: fundamentos del planteo presidencial

Uno de los ejes centrales del mensaje presidencial es la relación entre productividad y tecnología. Según planteó Lula, los avances tecnológicos permitieron alcanzar “niveles inimaginables de productividad”. Esta afirmación introduce un argumento clave: si la capacidad productiva aumentó de manera exponencial, el debate ya no debería centrarse únicamente en cuánto se produce, sino en cómo se distribuyen los beneficios de ese incremento.

“Es hora de pensar en el bienestar de las personas”, subrayó el mandatario, al conectar directamente innovación tecnológica con calidad de vida. El planteo sugiere que el progreso técnico abre una ventana para revisar esquemas laborales históricos que hoy podrían resultar desfasados frente a las nuevas condiciones de producción.

Desde una perspectiva económica, esta discusión interpela a empresas, sindicatos y al Estado, ya que una eventual modificación del régimen de descanso semanal tendría efectos sobre costos laborales, organización de turnos y productividad sectorial. En términos institucionales, el debate anticipa posibles reformas normativas que requerirían consensos amplios y un análisis detallado de su implementación.

Impacto y reacciones posibles

El posicionamiento público de Lula instala el tema en el centro de la agenda política brasileña y regional. Sectores vinculados al trabajo podrían interpretar la iniciativa como una señal de fortalecimiento de derechos laborales, mientras que actores empresariales podrían poner el foco en la necesidad de evaluar impactos económicos y operativos.

Más allá de las reacciones, el mensaje presidencial marca una definición política clara: el bienestar laboral pasa a ser un componente explícito de la discusión sobre desarrollo y productividad. En un contexto global de cambios acelerados en el empleo, la postura de Brasil introduce un debate que trasciende fronteras y reabre la pregunta sobre cómo compatibilizar crecimiento económico, innovación tecnológica y calidad de vida.

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