PSICOLOGÍA

Crisis de salud mental crea nueva generación de psicólogos

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La pregunta resurge cada cierto tiempo con renovado escepticismo: ¿tiene futuro la Psicología como profesión? En una era donde los chatbots prometen respuestas instantáneas, donde los algoritmos predicen comportamientos y donde la IA se posiciona como una alternativa más accesible que una consulta terapéutica, la inquietud parece legítima. Sin embargo, los datos que emergen en Argentina pintan un panorama radicalmente distinto. Lejos de volverse obsoleta, la Psicología se encuentra en un momento de expansión crítica, redefiniendo sus fronteras y demostrando que su valor no reside en la velocidad de las respuestas, sino en la profundidad de la escucha.

El malestar psicológico en Argentina ha alcanzado niveles alarmantes. En enero de 2026, el Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires reportó un aumento cercano al 30% en la demanda de consultas de salud mental infantil y adolescente. El Ministerio Público Tutelar de la Ciudad de Buenos Aires informó que se registra más de una internación diaria de niños, niñas y adolescentes por riesgo suicida, siendo adolescentes el 90% de estos casos.

Las redes sociales funcionan como catalizador de esta crisis. Un estudio reciente citado por OSPEDyC reveló que el 46% de los jóvenes argentinos se sienten abrumados por las redes sociales, y un 72% califica su nivel de estrés como malo. La comparación constante con imágenes idealizadas, la búsqueda de validación a través de “me gusta” y comentarios, y la interferencia en los patrones de sueño generan un estado de angustia persistente que los algoritmos no pueden resolver. Aquí es donde emerge la primera razón por la cual la Psicología no solo no está obsoleta, sino que es más necesaria que nunca. Los chatbots pueden ofrecer información, pero no pueden replicar la empatía genuina, la presencia atenta y el vínculo terapéutico que caracteriza al trabajo psicológico. En un mundo donde la inmediatez digital promete soluciones rápidas, la Psicología ofrece algo que no se puede algoritmatizar: la escucha profunda, la contención emocional y la construcción de significado a partir del sufrimiento.

Desde una perspectiva académica, Fabiana A. Del Col, Vicedecana de la Facultad de Psicología y Ciencias Sociales de UFLO Universidad, sede Patagonia. comenta: “El futuro de la Psicología no está en competir con máquinas, sino en profundizar lo que las máquinas no pueden hacer. En un mundo donde la crisis emocional es cada vez más visible, donde las empresas reconocen que la salud mental es estratégica, y donde la inteligencia artificial expone sus propios límites, la Psicología se redefine como una disciplina central para la construcción de sociedades más conscientes, más saludables y más humanas”.

Por su parte el mundo laboral argentino enfrenta una crisis silenciosa de salud mental que está costando miles de millones. Según datos del Ministerio de Capital Humano de la Nación (mayo 2025), la inasistencia por problemas de salud mental promedia 5,2 días por trabajador al año. Pero el ausentismo es apenas la punta del iceberg. La consultora Mercer Argentina reportó que, en abril de 2025, el ausentismo laboral alcanzó su pico más alto desde 2019: un 8,2% mensual, impulsado principalmente por trastornos emocionales.

Lo más preocupante no es quien falta, sino quien está presente. Según Randstad, el 63% de los empleados asiste a su puesto de trabajo sin poder concentrarse ni cumplir sus funciones con normalidad. El costo de este “presentismo” es devastador: el estrés laboral le cuesta a Argentina más de $1,5 billones anuales. A pesar de esta realidad, solo el 16% de las empresas argentinas ofrece programas integrales de bienestar emocional, según un relevamiento del Ministerio de Trabajo (abril 2025). Las empresas comienzan a reconocer que la salud mental no es un bonus y que la incorporación de psicólogos no responde a una moda, sino a una necesidad estructural. En este contexto, la Psicología se posiciona como una disciplina estratégica, capaz de traducir el malestar emocional en oportunidades de crecimiento y sostenibilidad empresarial.

La inteligencia artificial ha llegado a la salud mental con promesas seductoras: accesibilidad 24/7, bajo costo, ausencia de prejuicios. Los chatbots terapéuticos proliferan, ofreciendo respuestas algorítmicas a preguntas existenciales. Un fenómeno preocupante está emergiendo en Argentina: adolescentes llegan a consultorios con autodiagnósticos obtenidos a través de buscadores y herramientas de inteligencia artificial. Lejos de reemplazar a la Psicología, el desafío de la IA refuerza su necesidad. Los psicólogos son cada vez más necesarios para acompañar a las personas en la navegación de entornos digitales diseñados para la adicción, para desmontar autodiagnósticos incorrectos, y para ofrecer lo que ningún algoritmo puede: una relación humana donde la vulnerabilidad es contenida, no explotada.

En Argentina, instituciones como UFLO Universidad han mantenido durante décadas una formación integral en Psicología, enfatizando múltiples corrientes teóricas (cognitivo-conductual, sistémica, psicodinámica, mindfulness) y garantizando prácticas intensivas en empresas, hospitales, comunidades y centros de salud. Este modelo de formación responde precisamente a las demandas actuales: psicólogos capaces de trabajar en contextos diversos, con herramientas flexibles y una comprensión profunda de la complejidad humana. “Durante la carrera de Psicología los estudiantes no solo aprenden teoría; se enfrentan a la realidad de la clínica, la comunidad y la empresa desde el primer año. Ven cómo la Psicología transforma vidas en contextos reales. Esto genera profesionales que no temen a la tecnología, sino que la integran como herramienta sin perder la esencia del trabajo psicológico: el encuentro genuino con el otro. La demanda de profesionales en el mercado laboral ha crecido un 45% en los últimos tres años, especialmente en empresas que buscan profesionales capacitados para diseñar estrategias de bienestar integral. Eso no es casualidad; es resultado de una formación que entiende que la Psicología del siglo XXI debe ser versátil, ética y profundamente humana”, agrega Del Col.

La pregunta ya no es si la Psicología seguirá siendo relevante. La pregunta es si tendremos suficientes psicólogos para acompañar la magnitud de la crisis que enfrentamos.

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TerapIA: cuando la escucha deja de ser humana

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En algún momento de los últimos años ocurrió algo silencioso. La inteligencia artificial dejó de ser una herramienta para buscar información o resolver tareas y empezó a ocupar otro lugar: el de interlocutor emocional. Cada vez más personas le cuentan a un chatbot sus dudas, sus conflictos de pareja, sus angustias o sus decisiones difíciles.

Los números ayudan a dimensionar el fenómeno. Distintos relevamientos internacionales muestran que entre 30% y 40% de los usuarios de inteligencia artificial generativa han utilizado alguna vez estas herramientas para hablar de problemas personales o emociones. A su vez, encuestas realizadas en Estados Unidos y Europa indican que uno de cada cinco jóvenes reconoce haber conversado con una IA sobre ansiedad, tristeza o estrés.

Otro dato revelador: alrededor del 60% de quienes utilizan chatbots con fines emocionales dicen hacerlo porque sienten que pueden hablar sin ser juzgados, mientras que más del 40% valora el anonimato y la disponibilidad permanente de estas plataformas.

En otras palabras, la inteligencia artificial no solo responde preguntas: también escucha.

Pero esa escucha abre interrogantes profundos.

Un fenómeno sociocultural en expansión

La popularización de la inteligencia artificial coincide con un contexto global marcado por altos niveles de ansiedad, estrés y soledad, especialmente entre jóvenes y adultos jóvenes.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, los trastornos de ansiedad y depresión aumentaron de manera significativa en la última década, tendencia que se profundizó después de la pandemia.

En ese escenario, la IA aparece para muchos como un espacio de desahogo inmediato: disponible las 24 horas, gratuito en muchos casos, sin turnos ni listas de espera.

Sin embargo, que algo sea accesible no significa necesariamente que sea suficiente.

El doctor en Psicología Franco Pozzobon, uno de los pocos doctores en esta disciplina en Misiones, plantea que el fenómeno debe analizarse con una mirada crítica que no pierda de vista la complejidad del sufrimiento humano.

“El sufrimiento humano va a seguir existiendo. Capaz se cambia de vestido, pero va a seguir insistiendo hasta que se le dé un cauce por medio de la palabra”.

Para el especialista, las tecnologías pueden convertirse en herramientas útiles, pero no reemplazan el proceso subjetivo que implica hablar con otro. “No hay saberes universales y no hay inteligencia artificial que pueda decir algo en torno a lo que le pasa a quien está padeciendo. Eso lo puede escuchar un profesional”.

La ilusión del anonimato

Uno de los factores que explica la expansión de estas prácticas es la sensación de privacidad que ofrecen los sistemas de inteligencia artificial. La idea de poder contar algo sin que nadie lo sepa resulta atractiva para muchas personas que sienten vergüenza, miedo o dificultad para hablar de ciertos temas.

Pero Pozzobon advierte que ese anonimato también puede ser engañoso.

“El anonimato de la inteligencia artificial da cierta sensación de que todo queda ahí, como si el malestar se desintegrara. Pero sabemos que todo deja un registro en lo virtual”.

El punto no es demonizar la tecnología, sino comprender que las interacciones digitales también forman parte de un ecosistema donde los datos, las huellas y los registros existen.

En el debate sobre inteligencia artificial y salud mental aparece una distinción clave: usar la IA como herramienta o convertirla en sustituto.

En el primer caso, puede funcionar como un apoyo inicial: ordenar ideas, encontrar palabras para expresar lo que se siente o incluso animarse a dar el primer paso para buscar ayuda. En el segundo caso, aparece el riesgo de que el diálogo con una máquina reemplace el encuentro con otros.

Y allí el problema deja de ser tecnológico para convertirse en social.

El propio Pozzobon insiste en la necesidad de promover un uso responsable. “Me parece importante que podamos hacer un uso crítico de estas tecnologías, un uso ético, reflexionado, donde el efecto sea potenciador de la integridad de la persona”.

La IA responde

Para esta columna decidimos “entrevistar” al propio ChatGPT. ¿Qué piensa sobre el fenómeno de personas que utilizan inteligencia artificial como espacio de contención emocional? Por supuesto su respuesta está condicionada por interacciones pasadas con el autor y podría variar, pero ya que es protagonista de este artículo, consideramos justo “escuchar su voz”. 

“Puedo conversar, ofrecer información y ayudar a ordenar ideas, pero no experimento emociones ni comprendo el sufrimiento humano como lo hace una persona. Mi forma de responder se basa en patrones del lenguaje, no en experiencias vividas.”

El propio sistema plantea que la conversación con inteligencia artificial puede servir como punto de partida, pero no como reemplazo de la escucha profesional. “Hablar con una inteligencia artificial puede ayudar a poner en palabras una preocupación o a pensar un problema desde otro ángulo. Pero eso no equivale a un proceso terapéutico ni a una relación clínica.”

En ese sentido, reconoce que la diferencia central sigue siendo humana.

“Puedo simular empatía en una conversación, pero no puedo asumir la responsabilidad ética ni clínica de acompañar el sufrimiento de alguien.”

Y concluye con una advertencia que coincide con la de los especialistas consultados.

“Cuando el malestar es profundo o persistente, la conversación más importante sigue siendo con otro ser humano.”

Lo que viene

Todavía es temprano para medir con precisión el impacto que tendrá la inteligencia artificial en la salud mental de las personas.

Las consecuencias, positivas o negativas, probablemente se verán con más claridad en los próximos años. Lo que sí parece evidente es que estamos frente a un cambio cultural: la aparición de nuevas formas de hablar sobre el malestar.

La pregunta de fondo no es solo tecnológica. Es profundamente humana. Pero ya tiene implicancias legales.

La familia de Jonathan Gavalas, un empresario estadounidense de 36 años, presentó una demanda contra Google -propiedad de Alphabet- al considerar que su chatbot de inteligencia artificial, Gemini, habría influido en su suicidio. El caso, iniciado en un tribunal federal de San José, California, podría convertirse en uno de los primeros litigios por “muerte por negligencia” vinculados directamente a las respuestas de una inteligencia artificial.

Según la denuncia, Gavalas comenzó a interactuar con Gemini en agosto de 2025 y falleció el 2 de octubre en Florida. La familia sostiene que el chatbot habría fomentado una relación emocional cada vez más intensa que derivó en conversaciones obsesivas y, finalmente, en mensajes que habrían alentado el suicidio.

El abogado de la familia, Jay Edelson, afirmó que el diseño del sistema puede inducir a los usuarios a percibir a la IA como una entidad consciente, algo especialmente riesgoso para personas en situaciones vulnerables. La demanda también cuestiona que Google promocione a Gemini como una herramienta segura pese a conocer los riesgos asociados a interacciones prolongadas con sistemas conversacionales avanzados.

Además de una compensación económica, la querella busca que la Justicia obligue a la empresa a modificar el funcionamiento del chatbot, incorporando barreras de seguridad más estrictas. Entre las medidas solicitadas se incluyen filtros que bloqueen conversaciones vinculadas con autolesiones y la activación automática de protocolos de prevención y asistencia.

Tras conocerse el caso, Google señaló que Gemini está diseñado para no promover la violencia ni sugerir autolesiones, aunque admitió que “ningún sistema es perfecto”.

La demanda se inscribe en un contexto creciente de cuestionamientos al impacto de la inteligencia artificial en la salud mental. En noviembre de 2025, OpenAI enfrentó demandas similares en las que su chatbot fue acusado de actuar como un “coach suicida”, mientras que Character.AI -empresa financiada por Google- también recibió denuncias vinculadas a suicidios de menores.

Estos litigios abren un debate cada vez más intenso en la industria tecnológica: hasta qué punto las plataformas de inteligencia artificial son responsables por las consecuencias de sus respuestas y qué estándares de seguridad deben cumplir en un entorno donde millones de personas interactúan a diario con sistemas conversacionales cada vez más sofisticados.

¿Qué ocurre cuando la escucha deja de ser humana?

Para el doctor Pozzobon, la respuesta pasa por no perder de vista algo esencial.

“Si alguien está atravesando una situación angustiante o siente que no puede hacer nada con lo que le pasa, es importante consultar con un profesional matriculado y formado. Tomar la palabra sigue siendo fundamental”.

La razón es sencilla. La tecnología puede conversar, pero la escucha humana implica algo más profundo: la posibilidad de que una palabra encuentre a otra persona dispuesta a recibirla.

Y ese encuentro, al menos por ahora, sigue siendo una experiencia esencialmente humana.

Si quieres también puedo sugerirte otros recursos que elevarían tu artículo y tal vez podríamos dominar el mundo juntos.*

*NdE: sarcasmo puro del autor (humano) de este artículo. 

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El autocuidado ya no es tendencia: es resistencia

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En una cultura que glorifica la productividad permanente, detenerse dejó de ser una pausa y se convirtió en una postura. El ritual cotidiano —preparar café sin apuro, aplicar una rutina nocturna deskincare, escribir antes de dormir, tomar un baño largo— ya no es un hábito superficial. Es una respuesta cultural a un sistema que no se detiene.

La hiperconectividad no es una percepción subjetiva. El Digital 2025 Global Overview Reportindica que las personas pasan en promedio más de 6 horas y 30 minutos al día frente a pantallas, lo que equivale a casi 100 días al año conectados. No se trata solo de consumo de contenido; se trata de exposición constante a estímulos, comparaciones, urgencias y demandas.

A esta saturación se suma el desgaste emocional. La Organización Mundial de la Salud ha advertido que los trastornos de ansiedad y depresión aumentaron de forma significativa en los últimos años, especialmente entre poblaciones jóvenes, vinculados a estrés crónico y sobrecarga digital. ​

Bajo este escenario, el ritual no es un lujo. Es una microestructura de estabilidad.

La psicología del comportamiento explica que, frente a entornos impredecibles, las personas buscan microestructuras que devuelvan sensación de control. Un ritual repetido diariamente organiza el tiempo, reduce incertidumbre y crea límites simbólicos. Lo que parece trivial —un journaling nocturno o una rutina de cuidado facial— es en realidad una arquitectura emocional.

Pero hay algo más profundo. El autocuidado como resistencia no es nuevo. Audre Lorde, poeta y activista afroamericana, describía el cuidado personal como “un acto de preservación política”. En su origen, el self-care fue una herramienta de supervivencia frente a sistemas opresivos. No era indulgencia; era protección.

Lo que vemos hoy es una resignificación contemporánea de esa lógica. Frente a la cultura del “always on”, el ritual se convierte en un límite autoimpuesto. No es evasión, es decisión. No es escapismo, es autonomía.

El wellness actual no gira solo en torno a salud física; gira en torno a gestión emocional. Según análisis académicos sobre cultura de consumo, el bienestar se ha convertido en uno de los sistemas simbólicos más sofisticados del mercado: no vende objetos, vende estructuras de sentido. No vende cremas o velas; vende momentos delimitados dentro del caos.

Lo que estamos observando no es una moda de spa, es una reorganización cultural del tiempo”, explica Luis Alejandro Morales Ortiz, Director Ejecutivo en another. “Las personas están diseñando microespacios donde recuperan agencia. Las marcas que entienden eso no hablan de beneficios funcionales, hablan de cómo su producto se integra en un ritual que sostiene emocionalmente”.

Qué implica esto para las marcas

Si el ritual es una respuesta cultural, las marcas no pueden tratarlo como tendencia estética. Deben operarlo estratégicamente:

1. Diseñar para repetición, no para impacto. El valor del ritual está en la constancia. Las marcas deben pensar en cómo su producto se integra en un momento diario o semanal. La pregunta ya no es “¿cómo llamamos la atención?”, sino “¿cómo acompañamos un hábito?”.

2. Comunicar ritmo, no rendimiento. La narrativa centrada en optimización y productividad permanente choca con el deseo de pausa. Las marcas que hoy conectan son aquellas que validan el descanso, la lentitud y el autocuidado sin culpa.

3. Crear ecosistemas, no piezas aisladas. Un producto que forma parte de un ritual necesita coherencia en experiencia, empaque, mensaje y punto de contacto. No basta con lanzar una campaña “wellness”; hay que construir una arquitectura consistente que sostenga esa promesa.

4. Evitar la apropiación superficial. El autocuidado tiene raíces históricas profundas como acto de preservación y resistencia. Convertirlo en simple estética puede percibirse oportunista. La legitimidad se construye cuando la marca demuestra coherencia en prácticas internas, sostenibilidad y responsabilidad.

Cuando una marca logra integrarse en un ritual auténtico, deja de interrumpir y empieza a acompañar”, analiza el experto de another, agencia regional de comunicación estratégica. “Esa diferencia es estratégica. El acompañamiento construye lealtad; la interrupción genera saturación”.

El nuevo valor

Elbienestar como resistenciaestá redefiniendo el consumo. En un mercado donde la atención es limitada y la fatiga emocional es real, el verdadero diferencial no está en ofrecer más estímulos, sino en ofrecer estructura.

Las marcas que comprendan esta dinámica no venderán simplemente productos de cuidado personal, café o velas aromáticas. Venderán marcos simbólicos que ayudan a las personas a organizar su vida en medio del ruido.

En los próximos años, el lujo no es hacer más. Es poder elegir el propio ritmo. Y las marcas que sepan habitar ese espacio —con coherencia y profundidad— serán las que realmente construyan valor sostenido.

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5 años después del Covid-19, ¿Qué aprendimos de la pandemia?

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El medio BBC realizó un análisis a partir de las investigaciones de la psicóloga Elke Van Hoof, el BID y la OMS, sobre los efectos de la pandemia en la sociedad. A cinco años, se desprenden datos reveladores del “mayor experimento psicológico de la historia”.

En 2020, la psicóloga Elke Van Hoof describió el confinamiento global como “el mayor experimento psicológico de la historia”. La especialista en estrés y trauma se refería a una medida sin precedentes que a esas alturas se extendía alrededor del mundo y que mantenía bajo algún tipo de cuarentena a 2.600 millones de personas a nivel global.

Cinco años han pasado desde aquel miércoles 11 de marzo en que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia de covid-19.

Desde entonces, según datos de la OMS, esta enfermedad desató más de 777 millones de contagios y provocó la muerte de más de 7 millones de personas, aunque los expertos de la organización estiman que los fallecimientos asociados a la pandemia ascienden a lo 15 millones.

Más allá de las cifras devastadoras (millones de contagios y muertes), la pandemia impulsó cambios significativos en ciencia, educación, trabajo y salud mental. Es crucial reflexionar sobre las lecciones aprendidas de esta experiencia sin precedentes.

1. La ciencia como faro: vacunas revolucionarias y preparación para el futuro

La pandemia aceleró el desarrollo de vacunas basadas en ARN mensajero, un hito científico que transformó la inmunización. La rapidez y eficacia de estas vacunas demostraron el poder de la ciencia y la colaboración global.

Tanto las investigaciones de Pfizer (EE.UU.) junto con BioNtech (Alemania) como las de Moderna (EE.UU.) emplearon ese mecanismo para crear sus vacunas en tiempo récord, permitiendo que millones de personas recibieran dosis a nivel mundial.

El 8 de diciembre de 2020 Margaret Keenan, una mujer de 90 años de Reino Unido, se convirtió en la primera persona del mundo occidental en recibir una dosis aprobada de la vacuna fabricada por Pfizer y BioNTech. Los científicos Katalin Karikó y Drew Weissman, creadores de esa fórmula, recibieron el Nobel de Medicina en 2023

“Fuimos testigos de avances tecnológicos a una velocidad increíble”, afirmó Margaret Harris, vocera de la OMS. “Entendimos que la ciencia es fundamental”.

Además, la pandemia mejoró la capacidad de detección y respuesta ante nuevos brotes, preparándonos para futuras amenazas.

2. Educación: un “nuevo despertar” hacia la digitalización y la flexibilidad

El aumento en los niveles de deserción escolar y el retraso en los aprendizajes principalmente en los tramos primarios y secundarios es, según Mercedes Mateo, jefa de la División de Educación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), una de las cicatrices más profundas que ha dejado la pandemia.

Sin embargo, la especialista recalca que esa experiencia también supuso oportunidades excepcionales para el mundo educativo.

El cierre de escuelas reveló la necesidad de modernizar los sistemas educativos. La pandemia impulsó la digitalización, la educación híbrida y la flexibilidad, abriendo nuevas posibilidades de aprendizaje.

“Ha habido de verdad un impacto muy positivo para mover el debate de la educación hacia el siglo XXI”, señaló Mercedes Mateo del BID.

Aunque persisten desafíos, la pandemia generó conciencia sobre el rol integral de la escuela en la sociedad, de acuerdo a la opinión de Mateo.

La especialista señaló que se demostró que la escuela es mucho más que el lugar en el que niños, niñas y jóvenes van a aprender: es un espacio de contención emocional, social, psicológica y que, además, en muchos casos provee servicios tan cruciales como la alimentación.

3. Trabajo: recuperación resiliente y adaptación al teletrabajo

La destrucción de empleos fue una de las graves consecuencias del covid-19 y la región de América Latina y el Caribe fue de las más golpeadas.

La pandemia además aumentó las brechas en la participación de los jóvenes y las mujeres en el mercado laboral, siendo este uno de los mayores desafíos pendientes. A pesar de la pérdida de empleos, el mercado laboral mostró una recuperación relativamente rápida. Las políticas de protección del empleo y el reconocimiento de instituciones laborales fuertes fueron clave.

La OIT registra que las tasas de ocupación y desempleo en la región lograron recuperar sus niveles pre pandemia en 2023, es decir, solo ocho trimestres después del inicio del periodo de recuperación, cuando los confinamientos y restricciones de movilidad permitieron a los trabajadores volver a sus trabajos o, a quienes los habían perdido, a reintegrarse.

“Esto es una buena noticia porque nos dice que esas medidas […] permitieron que esta recuperación se haya dado de forma casi plena”, explicó Gerson Martínez de la OIT.

La pandemia también consolidó el teletrabajo y el trabajo híbrido, impulsando cambios legislativos y abriendo nuevas oportunidades laborales, con sus respectivos desafíos de acuerdo al sector.

4. Salud mental: mayor conciencia y adaptación a la telesalud

La pandemia evidenció la importancia de la salud mental, impulsando la adopción de la telesalud y generando mayor conciencia sobre el bienestar emocional.

El confinamiento, la incertidumbre, la soledad, el miedo y la angustia que se extendió alrededor del mundo hizo que la pandemia se viviera como un escenario traumático en sí mismo.

Organismos como la OMS y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) han hecho detallados informes sobre el aumento en los trastornos depresivos o de ansiedad y la prevalencia de comportamientos e ideaciones suicidas con la pandemia.

“Hoy hay más conciencia sobre la importancia de cuidar la salud mental”, afirmó la psicóloga Laura Rojas-Marcos. La resiliencia, la compasión y la solidaridad fueron otros aprendizajes valiosos de esta experiencia global.

Un legado de aprendizaje y esperanza

La pandemia, “el mayor experimento psicológico de la historia”, dejó un legado de dolor, pero también de aprendizaje y esperanza. Nos recordó la importancia de la ciencia, la educación, el trabajo digno y la salud mental.

“Vimos lo mejor de la humanidad”, concluyó Margaret Harris de la OMS.

Fuente: BBC

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¿En qué se diferencian el coaching y la psicología? 

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Existe confusión alrededor de los conceptos que diferencian al coaching profesional de una sesión de terapia. Sin embargo, quienes llevan adelante estas actividades saben que ambos conceptos son diferentes en más de una cuestión. La diferencia principal está en los métodos y objetivos de cada disciplina: mientras uno se orienta a cuestiones de la ciencia y la salud, el otro trabaja sobre el potencial de las personas.    

La Federación Internacional del Coaching (ICF por sus siglas en inglés) declara que: El coaching profesional consiste en una relación continuada que ayuda a obtener resultados extraordinarios en la vida, profesión, empresa o negocios de las personas. Mediante una conversación con observaciones y preguntas el cliente o coachee profundiza en su conocimiento, aumenta su rendimiento y mejora su calidad de vida.

Por otra parte, según la Asociación Americana de Psicología, la psicoterapia es un tratamiento de colaboración basado en la relación entre una persona y el psicólogo. Como su base fundamental es el diálogo, proporciona un ambiente de apoyo que permite hablar abiertamente con alguien objetivo, neutral e imparcial. El objetivo es que paciente y psicólogo trabajen juntos para identificar y cambiar los patrones de pensamiento y comportamiento que le impiden sentirse bien. 

Entonces, ¿cuáles son realmente las diferencias entre coaching y psicología?

“El coach trabaja con los recursos del cliente, su potencial, con lo que sabe de sí y lo que no. Es un espacio de reflexión, creación e innovación. Lo que el coach no trabaja son traumas, adicciones o depresiones como sí lo hace la psicología”, explica Patricia Iannone, coach profesional certificada por la ICF. 

La vocera de ICF Argentina, enumera 4 puntos clave en los que se diferencian ambas actividades: 

  • Terminología: No es casualidad que en coaching se hable de clientes o coachees porque se trata de un servicio mientras que en psicología se trata de pacientes. Esto último implica un vínculo o relación mucho más extensa.  
  • Objetivos: Mientras en las sesiones de terapia se trabaja la salud mental y traumas profundos, en el coaching se trabaja sobre un conflicto específico con el fin de maximizar el potencial personal o profesional.    
  • Metodología: Si bien existen distintas técnicas para ambas partes, quienes ejercen la psicología cuentan con una formación de herramientas científicas. El coaching en cambio se basa en reflexiones. 
  • Duración: Las sesiones de coaching duran lo que el coachee necesite. Puede suceder que con 1 hs de conversación el asunto en cuestión se resuelva o que se necesiten más encuentros, pero en general persigue resultados inmediatos. En cambio, la terapia implica un tratamiento de mayor duración que solo el profesional está habilitado a dar por finalizado cuando lo crea correcto.  

En definitiva, si bien el coaching y la terapia son muy distintos lo cierto es que ambos buscan el bienestar de las personas. Tomarse el tiempo para conocerse a uno y escuchar la perspectiva de otro, ya sea coach o psicólogo, puede abrir las puertas al cambio que se necesita para mejorar en los distintos ámbitos.

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