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Caputo viaja a EE.UU. para destrabar USD 1.000 millones y redefine con el FMI la meta de reservas

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El ministro de Economía, Luis Caputo, viajará la próxima semana a Washington D.C. para participar en las reuniones de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, en un contexto donde la Argentina aún no logra cerrar la segunda revisión del acuerdo vigente. El dato central: está en juego la aprobación de un desembolso por USD 1.000 millones que impactaría directamente sobre las reservas.

La delegación argentina —integrada también por el viceministro José Luis Daza y el presidente del Banco Central, Santiago Bausili— llegará a Estados Unidos con una negociación abierta desde hace dos meses y con un punto crítico en discusión: la dificultad para transformar compras de dólares en acumulación efectiva de reservas.

La negociación: reservas en el centro del acuerdo

El eje técnico de la revisión no pasa por el frente fiscal ni monetario, sino por la dinámica de reservas. Según lo informado, el Banco Central compró cerca de USD 5.000 millones en lo que va del año, aproximadamente la mitad de la meta prevista para 2026.

Sin embargo, ese volumen no se tradujo en un fortalecimiento equivalente de las reservas netas. Parte de esos dólares fue absorbida por el Tesoro para afrontar pagos y obligaciones en moneda extranjera, lo que limita el impacto sobre el stock del BCRA.

Este punto se convirtió en el principal foco de discusión con el FMI: no se trata solo de generar divisas, sino de retenerlas.

Metas flexibles y posible “waiver”

El escenario se completa con un probable pedido de “waiver” (dispensa) por el incumplimiento de la meta de reservas en 2025. En paralelo, el Gobierno busca redefinir los objetivos futuros.

Tras la primera revisión, las metas trimestrales quedaron establecidas en niveles más bajos: reservas netas de USD -3.100 millones al cierre del primer trimestre, USD 1.600 millones para el segundo y USD 8.400 millones hacia fin de año.

Caputo plantea modificar esa lógica. Según expresó, el equipo económico propone reemplazar metas trimestrales por objetivos anuales, bajo el argumento de que el flujo de divisas depende de variables difíciles de anticipar, como el comportamiento de exportadores.

Menos rigidez y foco en la dinámica real de dólares

La negociación apunta a introducir mayor flexibilidad en el esquema de seguimiento del acuerdo. El cambio de metas implicaría reducir la presión sobre el corto plazo y trasladar la evaluación hacia un horizonte más amplio.

Al mismo tiempo, el Gobierno enfrenta restricciones externas: sin acceso pleno al mercado internacional de deuda —en un contexto donde el riesgo país se ubica en torno a los 550 puntos básicos—, la estrategia depende casi exclusivamente del superávit comercial y de la intervención en el mercado cambiario.

El FMI condiciona el ritmo del programa

El viaje de Caputo también tiene una dimensión política. La presencia conjunta con Daza y Bausili busca mostrar cohesión del equipo económico ante el FMI y los países miembros del organismo.

El Fondo, por su parte, mantiene capacidad de condicionamiento sobre el ritmo del programa económico. La aprobación del desembolso no solo implica liquidez, sino también una señal de respaldo institucional.

En ese equilibrio, la discusión sobre reservas se convierte en el punto donde se cruzan credibilidad, financiamiento y sostenibilidad del esquema cambiario.

Reservas, estabilidad y expectativas

El resultado de la negociación tiene efectos concretos sobre la economía. La acumulación de reservas es un factor clave para sostener la estabilidad cambiaria y reducir la incertidumbre financiera.

Si el desembolso se concreta, el BCRA podría fortalecer su posición, aunque el desafío estructural —retener los dólares— seguiría vigente.

Efectos indirectos sobre actividad y consumo

Para economías como Misiones, el impacto aparece por vía indirecta. La estabilidad cambiaria y la disponibilidad de divisas influyen sobre precios, costos logísticos y nivel de actividad, variables sensibles en una provincia con fuerte dependencia del comercio y las cadenas productivas regionales.

Sin datos específicos en el texto base, el efecto se vincula principalmente a la evolución macroeconómica general.

Negociación en curso y variables críticas

La segunda revisión del acuerdo sigue abierta. Entre las variables a observar se destacan la definición de nuevas metas, la eventual aprobación del “waiver” y la decisión final del FMI sobre el desembolso.

También será clave el margen que obtenga el Gobierno para flexibilizar el esquema de seguimiento sin comprometer la credibilidad del programa.

El resultado de las reuniones en Washington marcará el ritmo financiero de las próximas semanas.

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El BCRA flexibiliza el cepo, compró US$281 millones y busca sostener reservas sin perder control del dólar

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El Banco Central de la República Argentina avanzó con un paquete de medidas que reconfigura el esquema cambiario en Argentina: flexibilizó el ingreso y uso de divisas, eliminó restricciones para personas físicas y empresas, y al mismo tiempo reforzó controles para evitar maniobras especulativas. La decisión se complementó con una compra de US$ 281 millones —la mayor del año— y un cierre del dólar en torno a $1.405, en un contexto donde la acumulación de reservas se convirtió en un eje central de la política económica.

El movimiento, formalizado a través de la Comunicación A8417, expone la tensión de fondo: avanzar hacia una normalización del mercado cambiario sin perder capacidad de intervención.

Cambios en el régimen cambiario: más flexibilidad para exportadores y empresas

El núcleo de la medida apunta a modificar incentivos en el mercado de divisas. A partir de ahora, las personas humanas que exportan bienes deberán ingresar los dólares al país, pero ya no estarán obligadas a liquidarlos en pesos. El cambio equipara su tratamiento al de exportaciones de servicios y busca mejorar la competitividad externa.

En paralelo, el Central extendió los plazos para el ingreso de divisas en operaciones entre empresas vinculadas: pasaron de 60 a 180 días para montos mayores y hasta 365 días en sectores específicos como indumentaria o industrias estratégicas. Esta decisión apunta a dar mayor previsibilidad financiera en cadenas productivas con vínculos internacionales.

También se habilitó el acceso al mercado de cambios para cubrir riesgos en deudas en monedas distintas al dólar, una herramienta clave para empresas con exposición cambiaria. A su vez, se facilitaron pagos de obligaciones negociables y la cancelación de deudas intrafirma bajo esquemas de refinanciación.

En términos operativos, el paquete busca destrabar flujos financieros que estaban limitados, sin liberar completamente el mercado.

Apertura para personas físicas y nuevos controles para evitar arbitraje

Uno de los cambios más visibles impacta en el consumo: se eliminó el límite de US$ 50 por extracción de efectivo en el exterior con tarjeta, una restricción que afectaba directamente a viajeros. La medida apunta a simplificar operaciones cotidianas fuera del país.

Sin embargo, la flexibilización convive con mayores controles. El BCRA amplió el alcance de la “restricción cruzada”, un mecanismo diseñado para evitar arbitrajes entre distintos tipos de cambio financieros.

Desde ahora, quienes transfieran dólares al exterior no podrán operar con títulos en moneda extranjera durante 90 días. La medida busca bloquear estrategias especulativas entre el dólar MEP y el contado con liquidación (CCL), reforzando el control sobre los flujos financieros.

El esquema muestra un patrón claro: cada apertura viene acompañada de nuevos “candados” regulatorios.

Reservas, dólar y estrategia oficial: el equilibrio en juego

El trasfondo de las decisiones es la necesidad de fortalecer reservas. En la misma jornada en que se anunciaron los cambios, el BCRA compró US$ 281 millones, el mayor volumen en lo que va del año, acumulando cerca de US$ 5.000 millones desde el inicio del programa cambiario.

Parte de esos fondos, según lo informado, fueron utilizados por el Tesoro para afrontar vencimientos de deuda, lo que reduce el margen neto de acumulación.

El comportamiento del dólar —que cerró en torno a $1.405— refleja una dinámica contenida en el corto plazo, aunque condicionada por múltiples variables: ingreso de divisas del agro, expectativas financieras y consistencia del esquema regulatorio.

Incentivos, control y señales al mercado

Las medidas reconfiguran incentivos para distintos actores: Exportadores: ganan flexibilidad al no estar obligados a liquidar divisas, lo que puede mejorar márgenes y timing financiero. Empresas: acceden a herramientas para gestionar riesgos cambiarios y deudas, clave en un contexto de volatilidad. Personas físicas: ven simplificadas operaciones en el exterior. Mercado financiero: enfrenta mayores restricciones para arbitrajes, lo que limita estrategias especulativas.

Desde el punto de vista macroeconómico, el objetivo es doble: incentivar la oferta de dólares genuinos y evitar tensiones en los mercados paralelos.

Impacto potencial en economías exportadoras del NEA

Si bien las medidas no tienen un enfoque territorial específico, su impacto potencial alcanza a regiones exportadoras como Misiones y el NEA. Sectores vinculados a economías regionales podrían beneficiarse de la mayor flexibilidad para administrar divisas, especialmente en actividades con inserción internacional.

No obstante, el efecto dependerá de la capacidad real de exportación y de las condiciones de competitividad de cada cadena productiva.

Reservas, confianza y sostenibilidad del esquema

El nuevo paquete del BCRA refuerza una estrategia gradualista: avanzar en flexibilizaciones sin desarmar completamente los controles. La clave estará en sostener el ingreso de divisas y evitar desbordes en los tipos de cambio financieros.

Las próximas semanas estarán marcadas por tres variables: la liquidación del agro, la evolución de las reservas netas y la reacción del mercado ante el nuevo equilibrio entre apertura y regulación.

El resultado de esa combinación definirá si el esquema logra consolidarse o si vuelve a tensionarse.

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Dólar a la baja y reservas en tensión: el Gobierno gana margen, pero el frente financiero sigue abierto

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En la antesala de la liquidación de la cosecha gruesa, el Gobierno encuentra un respiro táctico en el frente cambiario: el dólar oficial cerró la semana en $1.376, con una baja del 1,2%, mientras el Banco Central sostuvo compras en el mercado. Sin embargo, detrás de esa calma aparente emerge una tensión estructural: las reservas no acompañan. El interrogante ya no es si el esquema funciona en el corto plazo, sino cuánto margen político y financiero tiene para sostenerse sin nuevas fuentes de dólares.

Estabilidad cambiaria con intervención activa

Según el informe de Ecolatina, el mercado local mostró estabilidad en las últimas ruedas, incluso en un contexto internacional volátil. El tipo de cambio operó a la baja, las tasas se mantuvieron en niveles reducidos y el BCRA continuó comprando divisas frente a una oferta creciente del agro.

La autoridad monetaria adquirió cerca de USD 4.000 millones en lo que va del año. Pero esa acumulación no se tradujo en reservas: las reservas brutas apenas subieron USD 600 millones y las netas cayeron cerca de USD 2.600 millones. El dato revela el núcleo del problema: los dólares que ingresan se diluyen en pagos de deuda, caída de depósitos en moneda extranjera y variaciones en activos como el oro.

El esquema, así, descansa sobre una lógica de flujo más que de stock. Mientras entren dólares —por exportaciones o financiamiento— el sistema se sostiene. Pero la fragilidad aparece cuando se observa el balance.

Apreciación cambiaria y señales cruzadas

La baja nominal del dólar convive con una fuerte apreciación en términos reales. El tipo de cambio real multilateral se apreció más de un 20% desde septiembre de 2025 y acumula una caída cercana al 11% en lo que va de 2026.

Esa dinámica amplía la distancia con el techo de la banda cambiaria —que pasó del 4% en diciembre a cerca del 20% actual—, pero al mismo tiempo reabre un debate clásico: competitividad versus estabilidad.

El fenómeno tiene dos motores. Por un lado, factores estructurales como el cambio en la matriz exportadora, donde energía y minería explicaron el superávit comercial de 2025. Por otro, elementos coyunturales: suba de precios internacionales, menor nivel de importaciones y expectativas de ingreso de divisas por la cosecha.

A esto se suma una demanda contenida, en un contexto donde el mercado apuesta a posicionarse en pesos ante la expectativa de mayor oferta de dólares en el corto plazo.

El frente financiero: reservas y deuda

El dato más sensible sigue siendo la dinámica de las reservas. Pese a las compras en el mercado, el BCRA no logra fortalecer su posición neta. La caída de depósitos en dólares y los compromisos de deuda erosionan cualquier acumulación.

En paralelo, el Tesoro comienza a moverse para cubrir vencimientos en moneda extranjera. La colocación de instrumentos como el AO27 y el AO28 apunta a testear la capacidad del mercado local para absorber deuda en dólares, incluso con vencimientos que exceden el actual mandato.

El desafío no es menor: el Gobierno necesita nuevas fuentes de financiamiento por fuera del circuito comercial. En ese contexto, no se descarta una eventual vuelta a los mercados internacionales, aunque con una ventana temporal acotada por el calendario electoral.

Margen táctico, presión estructural

La actual estabilidad cambiaria fortalece al Gobierno en el corto plazo. Le permite sostener tasas bajas, contener la brecha cambiaria —en torno al 3,5%— y evitar tensiones inmediatas en el mercado.

Pero esa misma estrategia condiciona el mediano plazo. La apreciación del tipo de cambio impacta sobre sectores exportadores, mientras la falta de acumulación de reservas limita la capacidad de respuesta ante shocks externos.

El equilibrio es delicado: el Gobierno gana tiempo, pero no resuelve el problema de fondo.

Entre la cosecha y el financiamiento

En los próximos meses, la liquidación del agro debería reforzar la oferta de dólares y sostener la dinámica actual. Ese flujo puede darle al BCRA una oportunidad para recomponer reservas, especialmente en un período con menores pagos de deuda hasta julio.

Sin embargo, la sostenibilidad del esquema dependerá de algo más que la cosecha. La clave estará en si el Gobierno logra transformar este alivio coyuntural en una estrategia financiera más robusta.

El mercado ya mira más allá: no sólo cuánto bajará el dólar, sino cómo se financiará la Argentina en un escenario donde los dólares comerciales podrían no alcanzar.

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El BCRA acelera compras de dólares, pero el mercado le marca un límite en bonos y riesgo país

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El Banco Central volvió a quedarse con el centro de la escena financiera este viernes 20 de marzo. Compró US$ 172 millones, el monto más alto de marzo, y extendió a 53 ruedas consecutivas la secuencia de saldo positivo en el mercado oficial. El dato, por sí solo, ya tiene densidad política: en medio de un programa económico que necesita mostrar control sobre el dólar, acumulación de reservas y menor tensión cambiaria, la autoridad monetaria logró sostener una racha que supera las oscilaciones diarias y empieza a ofrecer una señal más estructural. Pero la foto no cierra completa. Mientras el BCRA suma divisas y el dólar mayorista baja, los bonos en dólares vuelven a retroceder y el riesgo país sube a 623 puntos. La pregunta, entonces, ya no pasa solo por cuánto compra el Central, sino por cuánto de esa calma cambiaria logra convertirse en credibilidad financiera.

Una racha de 53 ruedas que fortalece al Gobierno en el frente cambiario

El saldo del viernes fue contundente. El BCRA compró US$ 172 millones, la cifra diaria más alta del mes, y acumuló US$ 485 millones en la semana. Desde enero, cuando comenzó la cuarta etapa del esquema monetario, ya suma US$ 3.783 millones en compras, un volumen que supera un tercio de la meta anual que maneja el oficialismo, estimada entre US$ 10.000 millones y US$ 17.000 millones durante 2026.

No se trata solo de una mejora operativa. La continuidad de la racha cambia el clima del mercado oficial. Son 53 jornadas consecutivas con saldo comprador, una secuencia infrecuente que refuerza la idea de una mayor oferta de dólares y de una plaza cambiaria con menos tensión que en otros tramos del programa económico. Para el equipo económico, ese dato tiene valor político concreto: le permite exhibir capacidad de intervención sin necesidad de convalidar una corrección brusca del tipo de cambio y sostener el discurso de normalización del frente externo.

El dólar mayorista acompañó esa señal. Bajó $4 y cerró en $1.390,50, el valor más bajo del último mes. En la semana retrocedió $9,50, equivalente a 0,7%. El volumen operado en el segmento contado alcanzó US$ 357,5 millones, otra referencia de un mercado abastecido. Además, el techo del régimen cambiario quedó en $1.638,52, de modo que el oficial terminó 17,8% por debajo de ese nivel. Esa distancia le da margen al Gobierno: puede seguir comprando divisas mientras sostiene una narrativa de estabilidad sin que el tipo de cambio se convierta, por ahora, en el principal foco de incertidumbre.

Las reservas suben en el día, pero el saldo semanal reabre una tensión de fondo

La mejora del viernes permitió cortar una racha de siete ruedas consecutivas de caída en las reservas brutas. Las reservas internacionales cerraron en US$ 43.808 millones, con una suba diaria de US$ 106 millones frente a la rueda previa. A primera vista, el dato parece coherente con la secuencia compradora del Central. Sin embargo, la dinámica más amplia obliga a una lectura menos lineal.

En la semana, las reservas acumularon una baja de US$ 1.851 millones. Y ahí aparece una de las claves del momento financiero: el Banco Central compra dólares en el mercado, pero esa acumulación no se traslada de manera automática al stock de reservas. Los pagos de deuda, los movimientos de valuación de activos y las necesidades financieras del Tesoro siguen condicionando la capacidad de transformar compras en recomposición efectiva del balance.

Ese contraste es políticamente sensible. A fines del mes pasado, las reservas habían alcanzado US$ 46.905 millones, el nivel más alto en seis años. El retroceso posterior no borra la mejora previa, pero sí recuerda que la acumulación todavía convive con exigencias financieras fuertes. En otras palabras, el Gobierno puede mostrar que el BCRA compra, aunque todavía no puede presentar una estabilización definitiva del frente externo. La reconstrucción existe, pero no avanza en línea recta.

El mercado le reconoce calma al dólar, no todavía a la deuda

La otra mitad de la rueda financiera mostró un tono menos complaciente. Mientras el mercado cambiario mantuvo la calma, la renta fija soberana volvió a marcar cautela. Los bonos en dólares operaron con bajas generalizadas, tanto en su cotización cable como en pesos. Entre los principales títulos se observaron retrocesos de 1% en AL41D, 1% en GD35D, 1,3% en AL35D y 0,9% en GD46D. En la pantalla en pesos, las caídas también fueron amplias: AL41 cedió 1,5%, AE38 0,8%, AL35 0,6% y GD46 0,5%.

El deterioro no se limita al movimiento intradiario. En el balance mensual, varios bonos de la curva larga siguen acumulando pérdidas relevantes. GD46 baja 5,1% en el mes, AL41 retrocede 5%, AL35 pierde 3,8% y GD35 cae 3,5%. El riesgo país, en ese marco, subió 3,5% hasta 623 puntos y ya acumula un alza de 8,9% en el mes y de 9,1% en el año.

Ese comportamiento funciona como una advertencia política y financiera. El Gobierno logró ordenar, al menos parcialmente, el mercado oficial de cambios. Pero la deuda soberana todavía no valida de manera plena esa mejora. La señal es clara: el dólar no mete ruido, aunque el crédito argentino sigue sin recuperar una trayectoria consistente. El mercado distingue entre la administración táctica del corto plazo y la consolidación estructural del programa.

Acciones con sostén parcial: energía firme, mercado selectivo

La Bolsa local mostró otra lectura intermedia. El Merval avanzó 0,4% hasta 2.779.276,36 puntos y el Merval en dólares subió 0,1% hasta 1.885,97 puntos. En el balance mensual, el índice acumula una mejora de 5,2% en pesos y de 4,2% en dólares. Sin embargo, la suba no fue homogénea ni reflejó una mejora general del apetito por riesgo argentino.

YPF volvió a concentrar la atención. Trepó 3% en pesos y encabezó la rueda local. También avanzaron Metrogas con 2,2%, TGN con 1,7%, Transener con 1,3%, Banco Macro con 0,7%, Galicia con 0,8% y Pampa Energía con 0,3%. Del lado de las bajas aparecieron Central Puerto con 2,8%, IRSA con 2,4%, Supervielle con 1,6% y Cresud con 1,3%.

La operatoria en ADR replicó esa dispersión. YPF ganó 2,7%, acompañada por Ternium, Globant, Banco Macro y Galicia, mientras IRSA cayó 3,5%, Central Puerto 3,4% y Corporación América 2,7%. La energía sigue funcionando como refugio relativo dentro del equity argentino. YPF acumula un alza de 19,1% en el último mes, mientras Pampa sube 11,1%, Edenor 13,1% y TGS 9,3%. En cambio, parte del segmento financiero todavía corre desde atrás, con retrocesos mensuales de 7,1% en Macro, 8,1% en Supervielle y 5,1% en BBVA.

La conclusión de mercado no es lineal: hay sostén selectivo, no entusiasmo generalizado. Algunos papeles energéticos contienen al índice, pero la mejora no alcanza para construir una lectura expansiva sobre todos los activos locales.

La correlación de fuerzas dentro del programa económico

En términos de poder económico, la rueda dejó un dato favorable para el Gobierno y otro que lo obliga a administrar expectativas. El punto a favor es que el BCRA refuerza su lugar como pieza ordenadora del corto plazo. La racha compradora, la baja del dólar mayorista y la relativa estabilidad de las cotizaciones paralelas le dan al equipo económico una base para sostener la gobernabilidad cambiaria, que sigue siendo uno de los activos más relevantes del programa.

Las tasas de referencia acompañan ese escenario: la TAMAR se ubicó en 26,56% TNA y la BADLAR en 26,25% TNA, dentro de un esquema que por ahora no muestra desborde en la plaza monetaria. El dólar minorista promedio vendedor cerró en $1.414,017, el MEP operó en $1.422,45, el CCL en $1.473,66 y el dólar cripto rondó los $1.474,16, prácticamente alineado con el contado con liquidación. El mercado cambiario, en síntesis, sigue sin convertirse en el canal principal de estrés.

El punto que condiciona es otro: la deuda no acompaña con la misma convicción. Y eso limita la capacidad oficial para transformar la estabilidad táctica en mejora integral de financiamiento. La suba del riesgo país a 623 puntos resume esa tensión. Aunque el dólar permanezca bajo control y el Central compre, el mercado todavía exige algo más para convalidar una compresión sostenida de spreads y una recuperación plena de los bonos.

Un movimiento importante, pero no definitivo

Lo que ocurrió este viernes tiene peso político real. El Banco Central logró el mayor saldo comprador de marzo, reforzó una racha de 53 ruedas y volvió a darle aire a la estrategia oficial sobre el frente cambiario. Ese resultado no es menor en un año en el que la acumulación de reservas funciona como una de las variables críticas para medir la consistencia del programa.

Pero el mismo día también dejó expuesta la otra cara del tablero. Las reservas repuntaron en la jornada, aunque cerraron una semana de fuerte caída. Los bonos no reaccionaron. El riesgo país volvió a subir. Y la Bolsa mostró una mejora apoyada en pocos nombres, no una suba amplia del mercado.

La escena, entonces, no ofrece una validación cerrada sino una señal partida. El Gobierno consolidó una posición en el mercado oficial y ganó margen para sostener la calma cambiaria. Lo que todavía no consiguió es que esa fortaleza táctica se derrame con la misma intensidad sobre toda la estructura financiera. En las próximas semanas habrá que mirar si la secuencia compradora del BCRA logra sostenerse, si las reservas vuelven a tomar una trayectoria ascendente más limpia y, sobre todo, si la deuda empieza a acompañar. Ahí se juega una parte decisiva del crédito político del programa económico.

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Caputo desafía a los mercados y relativiza el riesgo país: “No se arregla con reservas ni con un bono de USD 1.000 millones”

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El ministro defendió la estrategia del Gobierno y marcó límites a la presión financiera.

En Córdoba, ante empresarios reunidos en la Fundación Mediterránea, el ministro de Economía, Luis Caputo, expuso una tensión que atraviesa hoy al Gobierno: pese a la compra acelerada de reservas, el riesgo país se mantiene cerca de los 600 puntos básicos. Y lejos de anunciar un giro, eligió confrontar con el diagnóstico de los analistas. “Es más difícil de lo que se cree”, dijo, en un mensaje que buscó ordenar expectativas dentro y fuera del mercado.

El dato no es menor. El Ejecutivo incrementó las compras de divisas por encima del compromiso asumido con el Fondo Monetario Internacional —pasó de un 5% del volumen diario acordado a algo más del 30%—, pero esa señal no se tradujo en una baja sustancial del indicador que mide el costo del financiamiento externo. La pregunta que dejó flotando Caputo es si el mercado exige algo más estructural que acumulación de dólares o si, directamente, el acceso al crédito sigue condicionado por factores políticos y externos.

Reservas, acceso al mercado y el debate sobre la colocación internacional

Caputo apuntó contra quienes, semanas atrás, reclamaban mayor intervención del Banco Central para fortalecer reservas como condición para reducir el riesgo país. Ahora, sostuvo, esos mismos sectores proponen una colocación internacional, aunque sea por USD 1.000 millones, como gesto para validar acceso al mercado.

El ministro rechazó esa alternativa. “Esas son cosas coyunturales que no cambian nada”, afirmó. Según su lectura, el mercado no necesita demostraciones simbólicas de acceso, porque “lo único que sabe es si un país tiene acceso o no”. La diferencia, agregó, puede estar en la tasa, no en la posibilidad técnica de emitir deuda.

La definición tiene peso político. Implica que el Gobierno no se moverá por presión de corto plazo y que priorizará el equilibrio fiscal y la acumulación de reservas por sobre señales financieras que puedan interpretarse como concesiones.

El funcionario insistió en que la estrategia de compra de divisas continuará y que se ejecuta “sin afectar el precio”, considerando la profundidad del mercado. El mensaje apunta a despejar temores de distorsiones cambiarias, pero también a sostener la idea de que la política económica tiene coherencia interna más allá de la volatilidad externa, hoy atravesada por el conflicto en Medio Oriente.

Equilibrio fiscal como eje de poder

Caputo encuadró el debate financiero dentro de una narrativa más amplia: orden macroeconómico, reducción del gasto y eliminación del déficit. Aseguró que el Gobierno bajó el gasto 30% en términos reales y corrigió cinco puntos de déficit fiscal en un mes, sin recurrir a default ni a mecanismos extraordinarios.

En términos políticos, el mensaje es claro. El oficialismo busca consolidar el equilibrio fiscal como activo de poder, no solo como herramienta técnica. “El compromiso fiscal es indeclinable”, afirmó el ministro, y lo presentó como “el escudo más importante ante cualquier shock externo”.

Esa postura redefine la correlación de fuerzas con el mercado. Si el Gobierno mantiene superávit y disciplina fiscal, el riesgo país deja de ser —según esta lógica— un indicador exclusivamente interno y pasa a estar más vinculado a percepciones estructurales y al contexto global.

También defendió la continuidad de reformas y la baja de impuestos, condicionadas al crecimiento de la recaudación y la formalización del empleo. En ese marco, mencionó la creación del Fondo de Asistencia Laboral (FAL) y la reducción de aportes patronales de 18 a 2 puntos, con el objetivo de transparentar costos y reducir litigiosidad.

Crecimiento, crédito y el desafío estructural

El ministro vinculó el problema del riesgo país con una debilidad más profunda: la falta de crédito y de mercado de capitales. Recordó que cuando el Gobierno asumió, el crédito al sector privado representaba apenas el 3% del PBI, frente a niveles superiores al 30% en economías comparables.

Para Caputo, el ahorro existe pero permanece fuera del sistema financiero. Sin crédito interno y con dependencia histórica del financiamiento externo, la baja del riesgo país no depende solo de decisiones puntuales, sino de reconstruir confianza de largo plazo.

Esa definición introduce un matiz estratégico. Si el problema es estructural, la solución no será inmediata. Y si el mercado exige pruebas adicionales, el Gobierno parece dispuesto a sostener el rumbo antes que modificar la hoja de ruta.

Un indicador bajo presión y un Gobierno que no cede

La exposición en la Fundación Mediterránea funcionó como mensaje político. Caputo no anunció cambios. Tampoco negó la dificultad. Admitió que el proceso es “más difícil de lo que se cree”, pero reafirmó la continuidad del esquema fiscal, la acumulación de reservas y la agenda de reformas.

El riesgo país cerca de los 600 puntos básicos refleja que la discusión sigue abierta. La clave estará en si el equilibrio fiscal y la acumulación sostenida de divisas logran alterar la percepción de acceso al crédito o si el mercado demanda un hito adicional.

Por ahora, el Gobierno elige resistir la presión coyuntural. El termómetro financiero no acompaña, pero la estrategia no se mueve. En las próximas semanas, la evolución del contexto internacional y la reacción de los inversores marcarán si la apuesta consolida autoridad o reabre el debate interno sobre cómo acelerar la baja del costo argentino.

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