tarjetas de crédito

Proponen refinanciar deudas familiares a una tasa máxima del 35%

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El presidente del bloque Argentina Federal, Oscar Herrera Ahuad, impulsa un Programa Nacional de Desendeudamiento Familiar y Personal para enfrentar una problemática que ya alcanza a millones de hogares. La iniciativa busca que trabajadores, jubilados y familias puedan reemplazar préstamos, tarjetas y créditos de alto costo por una única obligación, con una TNA fija máxima del 35%, cuotas fijas y un plazo mínimo de 24 meses.

El presidente del bloque Argentina Federal, el diputado nacional por Misiones Oscar Herrera Ahuad, llevó al Congreso una propuesta para colocar el endeudamiento de las familias dentro de las prioridades de la agenda nacional y avanzar desde el diagnóstico hacia una respuesta concreta: crear un mecanismo que permita refinanciar las deudas que hoy absorben una parte creciente de los ingresos de trabajadores, jubilados y hogares argentinos.

El proyecto de creación del Programa Nacional de Desendeudamiento Familiar y Personal, acompañado por los diputados Alberto Arrúa, Yamila Ruiz, Daniel Vancsik y Bernardo Biella, parte de una definición central: el sobreendeudamiento alcanzó una dimensión que ya no puede ser considerado exclusivamente un problema privado entre deudores y acreedores.

Los fundamentos advierten que cuando las cuotas consumen una proporción desmedida del ingreso, la deuda comienza a competir directamente con los recursos destinados a alimentación, vivienda, servicios, educación y salud.

Frente a esa realidad, Argentina Federal propone una intervención concreta del Estado que no consiste en eliminar las obligaciones contraídas, sino en generar condiciones para que las familias puedan pagarlas sin comprometer su subsistencia.

De muchas deudas a una cuota posible

La herramienta central consiste en permitir que las personas puedan consolidar préstamos personales, saldos de tarjetas de crédito, créditos de financieras, mutuales, cooperativas y otras obligaciones en una única operación de refinanciación.

El proyecto establece una Tasa Nominal Anual fija máxima del 35%, plazo mínimo de devolución de 24 meses y cuotas fijas. Además, elimina gastos administrativos, comisiones de otorgamiento y cargos de intermediación, permite la cancelación anticipada sin penalidades y prohíbe la capitalización de intereses moratorios y punitorios.

La diferencia es sustancial: en lugar de seguir acumulando cuotas con diferentes vencimientos, tasas y costos, el beneficiario podría ordenar esas obligaciones mediante un esquema único, regulado y diseñado específicamente para reducir la presión mensual sobre sus ingresos.

El Programa alcanzaría a personas con ingresos de hasta diez Salarios Mínimos, Vitales y Móviles cuando las obligaciones financieras representen al menos el 30% de sus ingresos netos o los de su grupo familiar.

Proteger el salario antes que naturalizar la deuda

Uno de los aspectos de mayor impacto político y social de la propuesta es la protección de trabajadores y jubilados que tienen créditos descontados directamente de sus haberes.

Para esos casos, el proyecto habilita mecanismos de sustitución de los actuales códigos de descuento por nuevas operaciones que necesariamente deberán representar una carga menor.

La iniciativa establece además un límite conceptual concreto: ninguna refinanciación podrá comprometer los ingresos indispensables para atender las necesidades esenciales del trabajador, jubilado o pensionado y de su familia.

También prevé que, iniciado formalmente el trámite para ingresar al Programa, puedan suspenderse durante un máximo de 90 días hábiles las ejecuciones judiciales vinculadas con las obligaciones alcanzadas, así como nuevos embargos o medidas cautelares sobre cuentas sueldo, prestaciones de la Seguridad Social o haberes jubilatorios.

Una respuesta frente a números que muestran el deterioro

El proyecto respalda la necesidad de una política nacional con datos incorporados en sus fundamentos. Allí se señala que la morosidad de las financiaciones destinadas a las familias pasó del 10,6% en enero de 2026 al 12,8% en mayo, mientras que determinados segmentos del crédito destinado al consumo presentan indicadores todavía más preocupantes.

La propuesta plantea que detrás de esos porcentajes existe una discusión mucho más profunda: cuánto del ingreso queda efectivamente disponible después de pagar las obligaciones financieras.

Desde esa perspectiva, el objetivo del proyecto no es promover un nuevo ciclo de créditos para consumo. Los fondos que se otorguen mediante el Programa tendrán destino exclusivo para cancelar, refinanciar o sustituir deudas existentes, incluso mediante transferencias directas a los acreedores.

El Banco Nación será invitado a participar prioritariamente, mientras que bancos públicos y privados, mutuales, cooperativas, compañías financieras y proveedores no bancarios podrán adherir bajo las condiciones fijadas por la ley.

La propuesta incorpora además exenciones de IVA sobre intereses y otros cargos correspondientes a las operaciones alcanzadas, mecanismos de transparencia sobre el Costo Financiero Total y la obligación de informar al beneficiario cuánto terminará pagando antes de asumir la refinanciación.

Con el proyecto, Herrera Ahuad y Argentina Federal buscan trasladar al Congreso una problemática que ya atraviesa la economía cotidiana de los hogares: familias que trabajan y perciben ingresos, pero encuentran una proporción cada vez mayor de esos recursos comprometida antes de poder destinarlos a sus necesidades básicas.

La iniciativa propone transformar ese diagnóstico en una política pública nacional, bajo una premisa que atraviesa sus fundamentos: recuperar la función del crédito como herramienta para resolver necesidades, evitando que se convierta en un mecanismo que comprometa la subsistencia familiar.

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Morosidad: la caída del ingreso empuja a los hogares a una deuda cada vez más difícil de pagar

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La morosidad de los hogares dejó de ser solamente un problema financiero para convertirse en una señal sobre el estado de los ingresos y la capacidad de consumo de las familias. Una encuesta de D’Alessio IROL/Berensztein presentada en la Convención Anual de IAEF muestra que el 66% de quienes no pudieron cumplir con sus obligaciones atribuye el origen del atraso a la pérdida o reducción de sus ingresos.

El dato permite observar la deuda desde otra perspectiva. El problema no aparece necesariamente porque las familias hayan incorporado un nivel extraordinario de consumo, sino porque una parte de sus ingresos dejó de alcanzar para sostener compromisos asumidos previamente. Cuando el ingreso se reduce y no consigue recuperarse, las cuotas comienzan a competir con los gastos cotidianos y la mora se transforma en una consecuencia de esa tensión.

Los datos de morosidad del sector privado no financiero muestran que el fenómeno continúa extendiéndose. Según información de la Consultora 1816, la irregularidad total pasó de 7,63% en junio a 7,73% en julio. Entre los hogares, la morosidad alcanzó el 12,94% en entidades financieras y llegó al 33,69% en entidades no financieras. En las empresas, en cambio, la tasa se ubicó en 3,61%.

La deuda se instala en el presupuesto cotidiano

La encuesta muestra que el deterioro no alcanza a todos los hogares de la misma manera. Aunque el 64% de los consultados afirmó encontrarse al día con sus obligaciones, el 15% registraba atrasos de hasta 30 días y otro 20% acumulaba demoras superiores.

La brecha también aparece cuando se observa la situación según nivel socioeconómico. En el segmento medio-bajo, el 42% de los encuestados presenta algún nivel de incumplimiento, mientras que en el nivel medio-alto el porcentaje alcanza al 33%.

La estructura de las obligaciones revela hasta dónde se desplazó el problema. Las tarjetas de crédito constituyen el principal frente de incumplimiento y fueron mencionadas por el 59% de los deudores. Pero detrás aparecen compromisos que hacen al funcionamiento básico de un hogar: el 37% registra atrasos en servicios como luz, gas, agua o telefonía y el 33% mantiene préstamos o descubiertos bancarios pendientes.

La deuda también empieza a recorrer canales por fuera del sistema financiero tradicional. El 26% reconoce atrasos con familiares, amigos o prestamistas particulares, mientras que el 18% mantiene obligaciones con billeteras digitales o plataformas de préstamos. A su vez, el 16% acumula pagos pendientes de alquiler o expensas.

La composición de la mora funciona como un mapa de prioridades. Cuando una familia deja de pagar una tarjeta, una factura de servicios, un alquiler o una deuda personal, el problema ya no queda circunscripto al sistema financiero: comienza a comprometer decisiones básicas del presupuesto mensual.

Las cuotas absorben una parte creciente del ingreso

El peso de las obligaciones financieras permite dimensionar la presión que enfrentan los hogares antes de llegar al incumplimiento. El 37% de los encuestados destina entre el 41% y el 50% de sus ingresos al pago de deudas. Otro 25% compromete entre el 31% y el 40%.

En otras palabras, para una proporción significativa de las familias, una parte sustancial del ingreso mensual ya tiene destino asignado antes de afrontar alimentos, vivienda, transporte, educación y servicios.

El fenómeno se vuelve todavía más marcado entre quienes atraviesan determinadas etapas de la vida. Un estudio del Centro de Estudios para la Ciudad (CEC) señala que el 38,4% de las personas endeudadas de entre 30 y 49 años destina más de la mitad de sus ingresos al pago de deudas.

La situación también alcanza a los adultos mayores. El 44,6% de las personas de más de 65 años tiene deudas activas y, de acuerdo con un informe publicado en julio por Provincia Microcréditos, la morosidad en ese grupo etario pasó del 4,1% al 11,4% en un año.

El problema no es solamente entrar en mora, sino poder salir

La persistencia de los atrasos encuentra un límite que aparece con claridad en la encuesta: el ingreso. El 60% de quienes tienen deudas vencidas sostiene que no puede regularizar su situación porque sus recursos no alcanzan.

Otro 16% señala que debe priorizar gastos básicos, como alimentos o vivienda, mientras que el 9% atribuye la dificultad de ponerse al día al crecimiento de la deuda generado por intereses y recargos.

Ese mecanismo puede generar un círculo difícil de romper. Una familia que no consigue cubrir una cuota posterga el pago; los intereses incrementan el monto pendiente; el nuevo saldo demanda una mayor proporción del ingreso y reduce todavía más el margen disponible para afrontar los gastos corrientes.

Por eso, el dato más relevante no está solamente en cuántos hogares presentan atrasos, sino en la razón por la cual no consiguen revertirlos. Si seis de cada diez deudores que permanecen en mora identifican la insuficiencia de ingresos como principal obstáculo, la recuperación de la regularidad financiera queda estrechamente vinculada con la capacidad de recomponer el presupuesto familiar.

La morosidad como indicador de la economía real

El avance de la mora permite leer una dimensión de la economía que no siempre aparece en los indicadores financieros tradicionales. Las familias ajustan el consumo, refinancian obligaciones, utilizan crédito para cubrir gastos corrientes y, cuando ese margen se agota, comienzan a acumular atrasos.

El resultado es una economía doméstica con menos capacidad de absorber shocks. La deuda no solo compromete ingresos futuros: también condiciona el consumo presente. Cada peso destinado a cancelar obligaciones es un peso que deja de estar disponible para otros bienes y servicios.

La evolución de la morosidad, por lo tanto, funciona como una señal de alerta sobre la capacidad de los hogares para sostener el nivel de gasto con sus ingresos actuales. Y cuando el atraso alcanza servicios esenciales, alquileres y obligaciones contraídas fuera del sistema financiero, la discusión deja de ser exclusivamente crediticia.

El desafío para las políticas de financiamiento y recuperación del consumo consiste en evitar que la deuda se convierta en una trampa. Facilitar mecanismos de regularización, contener el crecimiento de los saldos vencidos y, sobre todo, recomponer la capacidad de pago son condiciones diferentes pero vinculadas.

La fotografía actual muestra un problema que excede a quien no paga una cuota. Cuando los ingresos pierden capacidad de respuesta frente a las obligaciones y las familias comienzan a elegir qué deuda pagar y cuál postergar, la morosidad se convierte en un indicador de la fragilidad económica del hogar y, por extensión, de la capacidad de consumo de toda la economía.

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Morosidad: el Gobierno habilita nuevos mecanismos de cobro mientras crece el debate por el endeudamiento familiar

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El Gobierno nacional puso en marcha una nueva etapa en su estrategia para reducir la morosidad crediticia, con mecanismos destinados a facilitar el cobro de cuotas atrasadas por parte de bancos y fintech. La primera herramienta, denominada Cobros por Transferencia, entra en vigencia este lunes 31 de agosto y permitirá debitar una cuota pendiente desde una cuenta bancaria o billetera virtual, siempre que el usuario haya otorgado autorización expresa.

La decisión se produce en un escenario en el que la irregularidad del crédito familiar continúa en niveles elevados, aunque los últimos datos oficiales disponibles mostraron una primera señal de estabilización. Según el Banco Central de la República Argentina (BCRA), la morosidad de los préstamos personales y los saldos de tarjetas de crédito se ubicó en 12,8% en junio, apenas 0,1 puntos porcentuales por debajo de mayo. Para el conjunto del sistema financiero, la irregularidad del crédito quedó en 7,6%.

El dato adquiere otra dimensión cuando se observa la cantidad de personas involucradas. Un relevamiento elaborado con información del BCRA y de la Central de Deudores estimó en 5,91 millones las personas en situación irregular, sobre un universo de 20,96 millones de deudores.

Cómo funcionará el nuevo mecanismo

La nueva modalidad busca reducir el riesgo de incumplimiento mediante un débito directo de la cuota pendiente. El mecanismo requiere que el tomador del préstamo autorice expresamente a la entidad financiera a realizar la operación y contempla la posibilidad de revocar ese consentimiento de manera inmediata.

El diseño incorpora además límites para evitar que el mecanismo de cobranza derive en un nuevo factor de sobreendeudamiento. Las cuotas deberán ser fijas e iguales y no podrán superar el 30% de los ingresos del deudor. Cuando el crédito haya sido depositado en una cuenta de otra entidad, el prestamista podrá solicitar el débito desde esa cuenta de destino ante una demora.

La normativa también establece que el acreedor deberá informar al cliente con al menos un día de anticipación. Solo podrá realizar un intento inicial de cobro y hasta dos reintentos, previstos a las 48 y 96 horas, respectivamente.

El esquema, sin embargo, no genera consenso dentro de la industria financiera. Bancos y proveedores de crédito cuestionaron aspectos de su diseño, especialmente porque la posibilidad de cobro queda vinculada a la cuenta en la que fueron depositados los fondos. Ese condicionamiento podría limitar su utilización si el préstamo se acredita en una cuenta de una entidad competidora.

El segundo mecanismo apunta directamente al salario

El Gobierno también avanza con la ampliación del denominado código de descuento, una herramienta que permite descontar directamente del recibo de sueldo las cuotas correspondientes a determinados préstamos.

La modificación fue reglamentada en el marco del artículo 36 de la reforma laboral, aunque su implementación efectiva todavía depende de las normas complementarias que debe establecer el BCRA.

La diferencia respecto del mecanismo de Cobros por Transferencia es relevante: mientras uno busca facilitar el débito desde cuentas bancarias o billeteras, el código de descuento introduce al salario como fuente directa de repago.

En ambos casos aparece una misma lógica regulatoria: reducir el riesgo de incumplimiento y mejorar la cobrabilidad del sistema crediticio. El punto de tensión está en cómo equilibrar ese objetivo con la capacidad real de pago de los hogares.

El problema que excede a bancos y fintech

La discusión dejó de ser exclusivamente financiera. La morosidad se convirtió en un problema que atraviesa el presupuesto cotidiano de millones de familias y abrió una disputa política sobre cuál debe ser el papel del Estado frente al endeudamiento.

La Iglesia ingresó en ese debate. El presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Marcelo Colombo, pidió evitar una mirada superficial sobre la situación y cuestionó la idea de que se trate simplemente de un problema entre particulares.

“Lo que no se puede es tener una mirada superficial, ni menos decir: ‘No nos interesa o que se arreglen’”, sostuvo Colombo. El planteo apunta especialmente a los hogares que recurren al crédito para cubrir necesidades básicas y terminan acumulando compromisos que absorben una parte creciente de sus ingresos.

La preocupación también se extiende al crédito otorgado a través de billeteras virtuales. Según los datos citados en el relevamiento del CEPA, la morosidad en ese segmento alcanzó el 30,1%, por encima del pico registrado durante la pandemia de Covid-19.

La diferencia entre ambos mercados muestra uno de los principales desafíos del escenario actual: el crecimiento de las alternativas de financiamiento amplió el acceso al crédito, pero también multiplicó los canales por los que una persona puede acumular obligaciones.

El Congreso prepara una discusión sobre los hogares endeudados

El debate tendrá además una instancia parlamentaria. La oposición impulsó una sesión para el 9 de septiembre, en la que se analizarán iniciativas destinadas a atender la problemática de la morosidad.

El presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, no descartó que el oficialismo participe de la discusión y eventualmente impulse proyectos alternativos, aunque marcó como condición que cualquier solución preserve el equilibrio fiscal.

La posición oficial sostiene que la irregularidad crediticia comenzó a descender y que el Estado no debería asumir el costo fiscal de las deudas privadas. La oposición, en cambio, busca que el Congreso intervenga frente al impacto que el endeudamiento tiene sobre los ingresos familiares.

El dato objetivo es que la morosidad dejó de crecer en junio, pero continúa en niveles elevados. La discusión política se desplaza así hacia una pregunta más estructural: cómo recuperar el acceso al crédito sin convertirlo en una vía de deterioro permanente del ingreso disponible de los hogares.

La respuesta no pasa únicamente por facilitar la cobranza. También requiere que las nuevas herramientas incorporen límites de endeudamiento, información clara sobre el costo financiero y mecanismos que permitan detectar tempranamente situaciones de sobreendeudamiento. En ese punto se juega el alcance social de la regulación: mejorar la cobrabilidad del sistema sin trasladar todo el riesgo financiero a familias que ya tienen comprometida una parte significativa de sus ingresos.

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La mora de las familias preocupa a los bancos: Abappra llevó propuestas al BCRA para facilitar refinanciaciones

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La mora de familias a entidades bancarias volvió a instalarse como uno de los principales focos de tensión del sistema financiero argentino. Aunque en junio el indicador general mostró una leve mejora, el problema continúa concentrado en los hogares: el 12,8% de los créditos a las familias permanecía en situación irregular. Frente a este escenario, la Asociación de Bancos Públicos y Privados de la República Argentina (Abappra) presentó al Banco Central (BCRA) un conjunto de alternativas para facilitar soluciones tempranas a quienes enfrentan dificultades transitorias para pagar sus préstamos.

El planteo de las entidades busca intervenir antes de que un atraso puntual se transforme en un problema crediticio de mayor profundidad. Entre las propuestas aparece la posibilidad de flexibilizar la clasificación de los deudores y el registro contable de los saldos en mora, con el objetivo de mejorar las condiciones bajo las cuales los bancos pueden ofrecer refinanciaciones.

La discusión adquiere relevancia porque el deterioro del crédito familiar se produce en un contexto en el que el acceso al financiamiento sigue siendo una variable central para el consumo y la actividad económica. Para los bancos, contener la mora no implica solamente recuperar cuotas vencidas: también supone evitar que una parte creciente de los hogares quede fuera del sistema financiero formal.

Según los datos citados por Abappra, en junio la irregularidad del crédito al sector privado cayó levemente del 7,7% al 7,6%, interrumpiendo una tendencia ascendente que se había extendido durante 19 meses. Sin embargo, el comportamiento agregado oculta una diferencia significativa entre empresas y familias. En los hogares, la morosidad permaneció en 12,8%.

El deterioro resulta todavía más visible en algunos segmentos. La irregularidad de los préstamos personales pasó del 15,9% en mayo al 16,3% en junio. A esto se suma que el 12,6% de los argentinos no alcanzó a pagar siquiera el monto mínimo de sus tarjetas de crédito, de acuerdo con información del Banco Central.

El objetivo es detectar el problema antes del incumplimiento

Abappra planteó que la respuesta regulatoria debería permitir distinguir entre quienes atraviesan una dificultad transitoria y aquellos casos en los que existe un deterioro estructural de la capacidad de pago. La diferencia es relevante: una refinanciación temprana puede evitar que una deuda relativamente manejable termine acumulando intereses, punitorios y restricciones de acceso a nuevo financiamiento.

En esa línea, la asociación propuso avanzar hacia criterios homogéneos entre los distintos proveedores de crédito para evaluar la capacidad de pago, administrar la información y mejorar los estándares de transparencia. La intención es que las entidades puedan detectar señales tempranas de deterioro y ofrecer alternativas antes de que el incumplimiento se profundice.

El planteo también busca evitar que las diferencias regulatorias entre bancos y otros proveedores de crédito terminen fragmentando la información disponible sobre el endeudamiento de las familias. Una evaluación más uniforme permitiría, según la visión de las entidades, contar con una fotografía más precisa de la capacidad de pago de cada cliente.

Abappra aclaró que su propuesta no apunta a desconocer el riesgo crediticio ni a establecer una solución generalizada para los deudores. El objetivo, según la entidad, es generar mecanismos preventivos que permitan preservar la relación entre bancos y clientes y, al mismo tiempo, sostener la estabilidad del sistema financiero.

El desafío: refinanciar sin trasladar el problema hacia adelante

La flexibilización regulatoria plantea una tensión que el BCRA deberá administrar. Facilitar refinanciaciones puede evitar que los atrasos se conviertan en incobrables, pero una extensión indiscriminada de los plazos también puede postergar un problema de solvencia que finalmente reaparezca con mayor magnitud.

Por eso, la propuesta de Abappra incorpora una dimensión preventiva: mejorar la información y establecer parámetros comunes para identificar dificultades antes de que se consoliden. El desafío consiste en que una herramienta destinada a contener la mora no termine simplemente desplazando hacia adelante el incumplimiento.

La asociación recordó que mecanismos regulatorios similares para flexibilizar la clasificación de deudores y el tratamiento contable de saldos en mora ya fueron utilizados por la autoridad monetaria en otros períodos de estrés sistémico. Ahora propone evaluar nuevamente esas herramientas frente a un deterioro que, aunque muestra señales de estabilización en el agregado, mantiene una presión particularmente fuerte sobre los hogares.

En paralelo, el Congreso acumula distintos proyectos destinados a abordar el problema de la morosidad bancaria. La discusión dejó de ser exclusivamente financiera: detrás de cada indicador aparecen hogares que reducen consumo, refinancian obligaciones o directamente pierden capacidad para acceder a nuevo crédito.

Desde la perspectiva del sistema financiero, anticipar el problema puede ser más eficiente que gestionar una cartera de incobrables una vez que el deterioro ya se consolidó. Para las familias, el resultado buscado es más concreto: contar con una alternativa de refinanciación antes de que una cuota impaga termine cerrando la puerta al crédito formal.

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El consumo de los hogares creció 2% en julio, según la CAC

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El consumo de los hogares en bienes y servicios finales creció 2% en julio en comparación con el mismo mes del año pasado y avanzó 0,9% respecto de junio, según el Indicador de Consumo (IC) elaborado por la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC). El dato muestra una recuperación moderada de la demanda, aunque con diferencias marcadas entre los principales rubros de la economía.

La comparación interanual requiere, sin embargo, una lectura contextual. Julio estuvo atravesado por un efecto extraordinario asociado al Mundial, cuando la Selección Argentina llegó a la final, lo que impulsó reuniones sociales, eventos y consumos que elevaron la base de comparación frente a otros años. Por eso, el crecimiento registrado no puede interpretarse de manera aislada como una mejora uniforme de la capacidad de compra de los hogares.

La evolución de la demanda también estuvo condicionada por los precios. Durante julio se registró una nueva variación del índice de precios al consumidor cercana al 2%, después de varios meses de desaceleración observada entre fines de 2025 y comienzos de 2026. En términos interanuales, la variación llegó al 33,8%, el nivel más elevado desde agosto del año pasado.

El comportamiento sectorial confirma que la recuperación del consumo continúa siendo desigual. Indumentaria y calzado encabezaron la mejora, con una expansión interanual del 12,9%, mientras que recreación y cultura aumentaron 8,7%. Vivienda, alquileres y servicios públicos, por su parte, registraron un crecimiento estimado del 2,1%.

El contraste aparece con mayor claridad en transporte y vehículos, donde el consumo cayó 11,3% frente a julio de 2025. El dato refleja que la mejora de la demanda todavía no alcanza de la misma manera a los bienes y servicios que requieren un mayor nivel de desembolso o financiamiento.

El resto de los rubros relevados mostró en conjunto una expansión interanual del 3,1%. La fotografía general es, por lo tanto, la de un consumo que vuelve a crecer, pero todavía sin una dinámica homogénea capaz de trasladarse con la misma intensidad a todos los sectores.

El crédito constituye una de las variables centrales para explicar esa diferencia. Entre 2024 y 2025 se produjo una expansión significativa del financiamiento en términos reales, con un crecimiento marcado de las tarjetas de crédito, los préstamos personales, los prendarios y los hipotecarios. Esa mayor disponibilidad de financiamiento contribuyó a sostener decisiones de consumo e inversión de los hogares.

Durante 2026, en cambio, el comportamiento comenzó a diferenciarse. Las tarjetas de crédito y los préstamos personales y prendarios ingresaron en una etapa de retroceso leve, aunque persistente. El crédito hipotecario mantiene una trayectoria ascendente, pero con una velocidad de crecimiento más moderada.

Esta dinámica introduce una señal relevante para la evolución de la demanda interna. Si el consumo puede sostenerse con una inflación interanual todavía elevada y un crédito que comienza a perder impulso en algunos segmentos, la recuperación dependerá cada vez más de la evolución de los ingresos reales y de la capacidad de las familias para mantener su nivel de gasto sin ampliar su endeudamiento.

El dato de julio, en ese sentido, muestra una economía doméstica que recupera actividad, pero todavía selecciona dónde gastar. La mayor expansión en indumentaria y recreación convive con la contracción en vehículos y transporte, mientras el financiamiento pierde dinamismo en varios de los canales que habían acompañado la recuperación previa.

Para el comercio y los servicios, el desafío pasa por transformar ese crecimiento puntual en una tendencia más sostenida. La desaceleración de la inflación puede mejorar la previsibilidad, pero la consolidación del consumo dependerá de que esa estabilidad se traduzca en mayor poder adquisitivo y de que el crédito vuelva a funcionar como una herramienta accesible para las familias.

La señal de julio es, entonces, positiva pero todavía condicionada: el consumo crece, aunque lo hace sobre una base marcada por efectos extraordinarios y con una demanda que continúa segmentada. El próximo desafío será determinar si la mejora puede sostenerse cuando desaparezca el efecto estadístico del Mundial y en un escenario donde el crédito ya no crece al ritmo observado durante 2024 y 2025.

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