Pablo González: “Misiones puede convertir su biodiversidad en una nueva matriz productiva”
La agricultura sostenible dejó de ser solamente una discusión sobre cómo producir sin deteriorar los recursos naturales. En Misiones empieza a plantearse como una pregunta económica de mayor escala: qué hacer con la biodiversidad, el conocimiento científico y la capacidad tecnológica para construir una nueva matriz productiva capaz de generar más valor, empleo calificado y mercados.
Esa fue una de las ideas que atravesó la segunda Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible, realizada el jueves y viernes en Posadas, y que reunió a productores, investigadores, empresas, cooperativas, estudiantes y organismos públicos de Argentina, Paraguay, Brasil y Cuba. La agenda puso en común biotecnología, bioinsumos, agroecología, financiamiento, mercados, agricultura digital e inteligencia artificial.
Entre las voces que buscaron ampliar esa discusión estuvo Pablo González, biólogo egresado de la UBA y cofundador de El Gato y la Caja, quien presentó “Futuro Vivo | Disrupción BIO para una nueva matriz productiva”. Su planteo no se limitó a incorporar tecnología al campo: propuso pensar qué ocurre cuando la propia biología se convierte en plataforma industrial.
Después de recorrer Biofábrica Misiones, González dijo haber encontrado una capacidad técnica que, a su juicio, merece ser conectada con mayor intensidad con el sistema productivo. La Cumbre había colocado precisamente esa articulación entre ciencia, tecnología y producción como uno de sus objetivos centrales.
“Misiones puede ser un jugador neurálgico” en una transformación hacia una matriz productiva de nueva generación, sostuvo durante la entrevista con Economis. Su mirada parte de una pregunta que cambia la discusión: no solamente cómo conservar la biodiversidad, sino cómo convertir ese activo natural en capacidades tecnológicas capaces de producir bienes y servicios de mayor complejidad.
De la biodiversidad como recurso a la biodiversidad como tecnología
González utiliza una expresión deliberadamente provocadora para definir su enfoque. No propone solamente “cuidar” la biodiversidad, sino ponerla en el centro del sistema productivo.
La diferencia es sustancial. En el primer enfoque, la biodiversidad aparece como algo que debe preservarse frente a la actividad económica. En el segundo, aparece como una fuente de conocimiento y de capacidades productivas que puede generar valor siempre que su utilización sea compatible con la conservación de los sistemas vivos.
La apuesta es pasar de una economía que extrae recursos naturales a otra que incorpora conocimiento sobre esos sistemas para desarrollar nuevos productos, procesos y aplicaciones industriales.
“Quiero atacar con la biodiversidad”, planteó González, al explicar que su objetivo no es una mirada conservacionista aislada, sino una estrategia capaz de convertir las ciencias de la vida en una plataforma de producción.
La idea dialoga con el concepto de bioeconomía y con una discusión global sobre la transición hacia modelos productivos que combinan biología, tecnología, datos e industria. Pero en Misiones adquiere una particularidad: la provincia dispone de una biodiversidad excepcional y, al mismo tiempo, viene construyendo instituciones orientadas a la investigación, la producción y la transferencia tecnológica.
González se mostró particularmente sorprendido por ese entramado. Durante su visita encontró, según relató, profesionales técnicos, infraestructura y capacidades que pueden funcionar como base para una etapa de mayor escala.
Su pregunta, entonces, no es si existe una capacidad tecnológica en Misiones. Es cómo llevarla “de uno a cien”.

El desafío ya no es crear capacidades, sino escalarlas
La expresión utilizada por González sintetiza uno de los problemas más complejos de cualquier política de innovación. Crear un laboratorio, desarrollar una tecnología o formar profesionales es apenas una primera etapa. El verdadero desafío económico aparece cuando ese conocimiento logra convertirse en productos, empresas, mercados y empleos.
La propia Biofábrica exhibe experiencias de transferencia que apuntan en esa dirección. Durante 2026, por ejemplo, la institución informó el envío de 200.000 plantines de banano producidos con biotecnología hacia Salta y también avanzó en nuevos desarrollos hortícolas y florícolas.
Para González, esas experiencias pueden ser el comienzo de algo más grande. Su visión apunta a una red de capacidades distribuidas que permita llevar el conocimiento desarrollado en Misiones hacia otras provincias y, eventualmente, hacia mercados internacionales.
La fórmula que propone es “de Misiones para el país, de Misiones para el mundo”.
No se trata solamente de exportar un producto terminado. La ambición está en exportar tecnología, procesos, material biológico, conocimiento y soluciones aplicables a distintos sistemas productivos.
Ahí aparece una diferencia fundamental con los modelos tradicionales de especialización productiva. En lugar de competir únicamente por volumen o costos, la estrategia busca capturar valor a partir de conocimiento difícil de replicar.
El cuello de botella está entre la ciencia y el productor
Pero la existencia de una tecnología no garantiza su adopción. La entrevista de González deja planteado un problema particularmente relevante para Misiones: la distancia que todavía puede existir entre los desarrollos tecnológicos y el productor que debe incorporarlos a su actividad cotidiana.
El propio especialista señaló que algunas soluciones desarrolladas en la provincia encontraron compradores o interesados fuera de Misiones antes de lograr una adopción significativa dentro del territorio.
Esa paradoja tiene una lectura económica. Una tecnología puede ser técnicamente competitiva y, sin embargo, no generar impacto territorial si no consigue usuarios locales, productores dispuestos a incorporarla, financiamiento para la transición y acompañamiento para reducir el riesgo inicial.
González propone una estrategia concreta: combinar difusión con demostración. No alcanza, plantea, con explicar las ventajas de una tecnología. Hay que encontrar a los primeros usuarios dispuestos a probarla, acompañarlos y conseguir resultados suficientemente visibles como para que otros productores puedan comprobar que el cambio funciona.
“Es identificar a los primeros usuarios que tengan resultados extraordinarios”, explicó.
La lógica es conocida en los procesos de innovación: los primeros adoptantes asumen mayor incertidumbre, pero si consiguen resultados verificables pueden reducir el riesgo percibido por el resto del mercado.
En una provincia donde una parte importante de la producción está en manos de pequeños productores, esa transición puede ser especialmente relevante. La innovación no puede quedar limitada a empresas con capacidad financiera para experimentar durante años. Necesita mecanismos que permitan distribuir el riesgo de adopción.
La nueva frontera: llevar lo vivo a la fábrica
Uno de los conceptos más interesantes de la exposición de González fue la comparación entre dos modelos tecnológicos.
Durante décadas, explicó, la agricultura incorporó tecnologías industriales y químicas para aumentar la productividad de grandes extensiones. El nuevo desafío podría consistir en avanzar en la dirección inversa: llevar el conocimiento de los sistemas vivos hacia los procesos industriales.
“Vi la semilla de algo nuevo: no cómo llevamos la técnica o lo químico al campo, sino cómo hacemos el paso al revés, cómo llevamos lo vivo a lo fabril”, sostuvo.
La frase resume una posible transición desde una agricultura basada principalmente en insumos hacia una bioindustria capaz de utilizar microorganismos, material vegetal, procesos biológicos y conocimiento científico para generar nuevos productos.
Eso puede abarcar desde bioinsumos y materiales hasta alimentos, principios activos, soluciones para el agro y otras aplicaciones industriales. El desafío consiste en pasar de la investigación y el desarrollo a cadenas comerciales capaces de sostener esos productos.
La Cumbre de Posadas intentó precisamente conectar esos mundos. Su programa incluyó una ronda de negocios, biotecnología vegetal, bioinsumos, sistemas regenerativos y herramientas digitales, mientras que el Laboratorio de Ideas trabajó sobre problemas concretos vinculados con suelo, agua y reciclado.
La discusión que queda después de la Cumbre
El cierre de la Cumbre incorporó además una agenda orientada a la agricultura digital, energía solar aplicada a sistemas ganaderos y de riego, inteligencia artificial, datos en tiempo real y análisis predictivo. Más de 100 jóvenes participaron del Laboratorio de Ideas, con propuestas vinculadas a suelo, agua y reciclado.
Ese componente resulta relevante porque muestra que la discusión sobre sostenibilidad no quedó restringida a productores o especialistas. También incorporó una dimensión de formación de capital humano, uno de los factores que determinarán cuánto valor puede capturar Misiones de las nuevas tecnologías.
La provincia ya cuenta con instituciones, profesionales y desarrollos tecnológicos. La pregunta siguiente es cómo conectarlos de manera sistemática con las empresas y productores, cómo financiar la adopción y cómo transformar esos conocimientos en negocios capaces de escalar.
González llegó a Posadas buscando precisamente esos nodos de innovación. Se fue con la impresión de haber encontrado una capacidad que, según su mirada, todavía no alcanzó toda su dimensión productiva.
El desafío, entonces, no es solamente hacer sostenible la agricultura existente. Es decidir qué actividades nuevas puede generar Misiones a partir de aquello que ya posee.
La biodiversidad puede ser patrimonio, atractivo turístico o reserva ambiental. Pero también puede convertirse en una fuente de conocimiento productivo. La diferencia estará en la capacidad de investigar sin destruir, transformar sin degradar y, sobre todo, conseguir que el valor económico de esa transformación quede acompañado por empleo de calidad y oportunidades para quienes producen en el territorio.
La Cumbre dejó planteada esa discusión. Y la intervención de González le puso una dimensión adicional: quizás el futuro productivo de Misiones no dependa solamente de producir mejor lo que ya produce, sino de descubrir qué productos todavía no existen y qué capacidades necesita construir para fabricarlos.




