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Pablo González: “Misiones puede convertir su biodiversidad en una nueva matriz productiva”

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La agricultura sostenible dejó de ser solamente una discusión sobre cómo producir sin deteriorar los recursos naturales. En Misiones empieza a plantearse como una pregunta económica de mayor escala: qué hacer con la biodiversidad, el conocimiento científico y la capacidad tecnológica para construir una nueva matriz productiva capaz de generar más valor, empleo calificado y mercados.

Esa fue una de las ideas que atravesó la segunda Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible, realizada el jueves y viernes en Posadas, y que reunió a productores, investigadores, empresas, cooperativas, estudiantes y organismos públicos de Argentina, Paraguay, Brasil y Cuba. La agenda puso en común biotecnología, bioinsumos, agroecología, financiamiento, mercados, agricultura digital e inteligencia artificial.

Entre las voces que buscaron ampliar esa discusión estuvo Pablo González, biólogo egresado de la UBA y cofundador de El Gato y la Caja, quien presentó “Futuro Vivo | Disrupción BIO para una nueva matriz productiva”. Su planteo no se limitó a incorporar tecnología al campo: propuso pensar qué ocurre cuando la propia biología se convierte en plataforma industrial.

Después de recorrer Biofábrica Misiones, González dijo haber encontrado una capacidad técnica que, a su juicio, merece ser conectada con mayor intensidad con el sistema productivo. La Cumbre había colocado precisamente esa articulación entre ciencia, tecnología y producción como uno de sus objetivos centrales.

“Misiones puede ser un jugador neurálgico” en una transformación hacia una matriz productiva de nueva generación, sostuvo durante la entrevista con Economis. Su mirada parte de una pregunta que cambia la discusión: no solamente cómo conservar la biodiversidad, sino cómo convertir ese activo natural en capacidades tecnológicas capaces de producir bienes y servicios de mayor complejidad.

De la biodiversidad como recurso a la biodiversidad como tecnología

González utiliza una expresión deliberadamente provocadora para definir su enfoque. No propone solamente “cuidar” la biodiversidad, sino ponerla en el centro del sistema productivo.

La diferencia es sustancial. En el primer enfoque, la biodiversidad aparece como algo que debe preservarse frente a la actividad económica. En el segundo, aparece como una fuente de conocimiento y de capacidades productivas que puede generar valor siempre que su utilización sea compatible con la conservación de los sistemas vivos.

La apuesta es pasar de una economía que extrae recursos naturales a otra que incorpora conocimiento sobre esos sistemas para desarrollar nuevos productos, procesos y aplicaciones industriales.

“Quiero atacar con la biodiversidad”, planteó González, al explicar que su objetivo no es una mirada conservacionista aislada, sino una estrategia capaz de convertir las ciencias de la vida en una plataforma de producción.

La idea dialoga con el concepto de bioeconomía y con una discusión global sobre la transición hacia modelos productivos que combinan biología, tecnología, datos e industria. Pero en Misiones adquiere una particularidad: la provincia dispone de una biodiversidad excepcional y, al mismo tiempo, viene construyendo instituciones orientadas a la investigación, la producción y la transferencia tecnológica.

González se mostró particularmente sorprendido por ese entramado. Durante su visita encontró, según relató, profesionales técnicos, infraestructura y capacidades que pueden funcionar como base para una etapa de mayor escala.

Su pregunta, entonces, no es si existe una capacidad tecnológica en Misiones. Es cómo llevarla “de uno a cien”.

El desafío ya no es crear capacidades, sino escalarlas

La expresión utilizada por González sintetiza uno de los problemas más complejos de cualquier política de innovación. Crear un laboratorio, desarrollar una tecnología o formar profesionales es apenas una primera etapa. El verdadero desafío económico aparece cuando ese conocimiento logra convertirse en productos, empresas, mercados y empleos.

La propia Biofábrica exhibe experiencias de transferencia que apuntan en esa dirección. Durante 2026, por ejemplo, la institución informó el envío de 200.000 plantines de banano producidos con biotecnología hacia Salta y también avanzó en nuevos desarrollos hortícolas y florícolas.

Para González, esas experiencias pueden ser el comienzo de algo más grande. Su visión apunta a una red de capacidades distribuidas que permita llevar el conocimiento desarrollado en Misiones hacia otras provincias y, eventualmente, hacia mercados internacionales.

La fórmula que propone es “de Misiones para el país, de Misiones para el mundo”.

No se trata solamente de exportar un producto terminado. La ambición está en exportar tecnología, procesos, material biológico, conocimiento y soluciones aplicables a distintos sistemas productivos.

Ahí aparece una diferencia fundamental con los modelos tradicionales de especialización productiva. En lugar de competir únicamente por volumen o costos, la estrategia busca capturar valor a partir de conocimiento difícil de replicar.

El cuello de botella está entre la ciencia y el productor

Pero la existencia de una tecnología no garantiza su adopción. La entrevista de González deja planteado un problema particularmente relevante para Misiones: la distancia que todavía puede existir entre los desarrollos tecnológicos y el productor que debe incorporarlos a su actividad cotidiana.

El propio especialista señaló que algunas soluciones desarrolladas en la provincia encontraron compradores o interesados fuera de Misiones antes de lograr una adopción significativa dentro del territorio.

Esa paradoja tiene una lectura económica. Una tecnología puede ser técnicamente competitiva y, sin embargo, no generar impacto territorial si no consigue usuarios locales, productores dispuestos a incorporarla, financiamiento para la transición y acompañamiento para reducir el riesgo inicial.

González propone una estrategia concreta: combinar difusión con demostración. No alcanza, plantea, con explicar las ventajas de una tecnología. Hay que encontrar a los primeros usuarios dispuestos a probarla, acompañarlos y conseguir resultados suficientemente visibles como para que otros productores puedan comprobar que el cambio funciona.

“Es identificar a los primeros usuarios que tengan resultados extraordinarios”, explicó.

La lógica es conocida en los procesos de innovación: los primeros adoptantes asumen mayor incertidumbre, pero si consiguen resultados verificables pueden reducir el riesgo percibido por el resto del mercado.

En una provincia donde una parte importante de la producción está en manos de pequeños productores, esa transición puede ser especialmente relevante. La innovación no puede quedar limitada a empresas con capacidad financiera para experimentar durante años. Necesita mecanismos que permitan distribuir el riesgo de adopción.

La nueva frontera: llevar lo vivo a la fábrica

Uno de los conceptos más interesantes de la exposición de González fue la comparación entre dos modelos tecnológicos.

Durante décadas, explicó, la agricultura incorporó tecnologías industriales y químicas para aumentar la productividad de grandes extensiones. El nuevo desafío podría consistir en avanzar en la dirección inversa: llevar el conocimiento de los sistemas vivos hacia los procesos industriales.

“Vi la semilla de algo nuevo: no cómo llevamos la técnica o lo químico al campo, sino cómo hacemos el paso al revés, cómo llevamos lo vivo a lo fabril”, sostuvo.

La frase resume una posible transición desde una agricultura basada principalmente en insumos hacia una bioindustria capaz de utilizar microorganismos, material vegetal, procesos biológicos y conocimiento científico para generar nuevos productos.

Eso puede abarcar desde bioinsumos y materiales hasta alimentos, principios activos, soluciones para el agro y otras aplicaciones industriales. El desafío consiste en pasar de la investigación y el desarrollo a cadenas comerciales capaces de sostener esos productos.

La Cumbre de Posadas intentó precisamente conectar esos mundos. Su programa incluyó una ronda de negocios, biotecnología vegetal, bioinsumos, sistemas regenerativos y herramientas digitales, mientras que el Laboratorio de Ideas trabajó sobre problemas concretos vinculados con suelo, agua y reciclado.

La discusión que queda después de la Cumbre

El cierre de la Cumbre incorporó además una agenda orientada a la agricultura digital, energía solar aplicada a sistemas ganaderos y de riego, inteligencia artificial, datos en tiempo real y análisis predictivo. Más de 100 jóvenes participaron del Laboratorio de Ideas, con propuestas vinculadas a suelo, agua y reciclado.

Ese componente resulta relevante porque muestra que la discusión sobre sostenibilidad no quedó restringida a productores o especialistas. También incorporó una dimensión de formación de capital humano, uno de los factores que determinarán cuánto valor puede capturar Misiones de las nuevas tecnologías.

La provincia ya cuenta con instituciones, profesionales y desarrollos tecnológicos. La pregunta siguiente es cómo conectarlos de manera sistemática con las empresas y productores, cómo financiar la adopción y cómo transformar esos conocimientos en negocios capaces de escalar.

González llegó a Posadas buscando precisamente esos nodos de innovación. Se fue con la impresión de haber encontrado una capacidad que, según su mirada, todavía no alcanzó toda su dimensión productiva.

El desafío, entonces, no es solamente hacer sostenible la agricultura existente. Es decidir qué actividades nuevas puede generar Misiones a partir de aquello que ya posee.

La biodiversidad puede ser patrimonio, atractivo turístico o reserva ambiental. Pero también puede convertirse en una fuente de conocimiento productivo. La diferencia estará en la capacidad de investigar sin destruir, transformar sin degradar y, sobre todo, conseguir que el valor económico de esa transformación quede acompañado por empleo de calidad y oportunidades para quienes producen en el territorio.

La Cumbre dejó planteada esa discusión. Y la intervención de González le puso una dimensión adicional: quizás el futuro productivo de Misiones no dependa solamente de producir mejor lo que ya produce, sino de descubrir qué productos todavía no existen y qué capacidades necesita construir para fabricarlos.

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Rafael Gómez Kosky: “La biotecnología puede acelerar la producción sin reemplazar al productor”

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La sostenibilidad agrícola dejó de ser una discusión exclusivamente ambiental. En Misiones empieza a adquirir una dimensión productiva más concreta: cómo utilizar ciencia y tecnología para producir más, reducir riesgos, preservar biodiversidad y, al mismo tiempo, sostener económicamente a quienes trabajan la tierra. Esa fue una de las discusiones que atravesó la II Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible, realizada esta semana en Posadas, y en la que la biotecnología ocupó un lugar central.

Uno de los protagonistas de ese debate fue Rafael Gómez Kosky, doctor en Biotecnología e investigador cubano con una extensa trayectoria en biotecnología vegetal. Su vínculo con Misiones no comenzó ahora. Hace más de dos décadas participó de la transferencia tecnológica y de la formación de especialistas que acompañaron el nacimiento de Biofábrica Misiones, una experiencia que luego evolucionó hacia nuevas líneas de producción, investigación y transferencia tecnológica.

Para Gómez Kosky, la discusión sobre el futuro de la agricultura debe partir de una premisa: la biotecnología no viene a reemplazar a la agricultura ni al mejoramiento genético. Es una herramienta para acelerar procesos que, mediante métodos tradicionales, pueden demandar mucho más tiempo y recursos.

“La biotecnología es una herramienta, no va a sustituir la agricultura ni va a sustituir el mejoramiento genético”, plantea el especialista. Su valor aparece cuando permite obtener material vegetal de calidad, multiplicarlo rápidamente y reducir riesgos sanitarios desde el comienzo de una campaña productiva.

Una tecnología que ya tiene veinte años de historia en Misiones

La relación entre Gómez Kosky y Misiones permite observar algo que suele perderse en las discusiones sobre innovación: la tecnología solamente adquiere valor económico cuando logra transformarse en capacidad productiva local.

El investigador recuerda que comenzó a trabajar con Argentina en 2004 y que llegó a Misiones en 2005, durante el proceso de transferencia de tecnología que dio origen a Biofábrica. Paralelamente, se desarrolló junto con la universidad una maestría en Biotecnología destinada a formar profesionales capaces de sostener ese proceso.

La transferencia, explica, no consistió solamente en entregar una tecnología. También implicó formar recursos humanos. Para una planta biotecnológica, contar con profesionales con conocimientos específicos es parte de la propia infraestructura necesaria para producir.

La experiencia atravesó dos décadas y tuvo que adaptarse. Según recuerda Gómez Kosky, inicialmente se transfirieron tecnologías vinculadas con cuatro cultivos, pero Biofábrica fue diversificando posteriormente sus líneas de producción.

Ese recorrido explica por qué el investigador considera estratégico que Misiones haya sostenido el proceso durante veinte años. La innovación, desde su perspectiva, no termina cuando se instala una tecnología: necesita capacidades, formación, producción y actualización permanente.

En septiembre, además, Biofábrica retomó formalmente su cooperación científica con Cuba mediante un convenio con BIOAZCUBA, orientado a investigación, transferencia tecnológica, intercambio de especialistas y nuevas oportunidades comerciales.

El primer eslabón: una semilla sana puede cambiar el rendimiento

Uno de los puntos centrales planteados por Gómez Kosky es menos sofisticado en apariencia, pero decisivo en términos económicos: la calidad del material inicial.

En sistemas productivos donde una enfermedad acompaña a la semilla o al material de propagación desde el comienzo, el productor puede terminar gastando más en controles y obteniendo menores rendimientos. La biotecnología permite intervenir antes, producir material vegetal de alta calidad sanitaria y multiplicarlo en tiempos considerablemente menores.

El especialista sostiene que disponer de material inicial libre de enfermedades puede generar incrementos importantes del rendimiento sin necesidad de incorporar otros insumos al proceso. En la entrevista menciona una mejora potencial del 50% en determinados casos.

La cifra debe entenderse como una referencia asociada a cultivos y condiciones específicas, no como una promesa general para cualquier producción. Pero la lógica económica es relevante: si una tecnología permite mejorar la calidad del material de partida, el productor puede aumentar productividad sin que la estrategia dependa exclusivamente de sumar superficie, fertilizantes o agroquímicos.

Ahí aparece una de las claves de la agricultura sostenible: producir más no necesariamente significa utilizar más recursos. También puede significar reducir pérdidas, mejorar la calidad genética y sanitaria del material utilizado y hacer más eficiente cada unidad de superficie.

Biodiversidad y producción: el desafío de no elegir entre una y otra

Para Misiones, la discusión tiene una particularidad adicional. La provincia combina una actividad agrícola diversificada con una elevada importancia de la biodiversidad y de los recursos naturales. En ese escenario, el desafío consiste en evitar que la búsqueda de productividad termine reduciendo la diversidad productiva.

Gómez Kosky advierte sobre los riesgos asociados a la expansión de monocultivos y plantea la necesidad de diversificar y rotar cultivos. La biotecnología puede aportar herramientas para acelerar la disponibilidad de material vegetal cuando una producción necesita incorporar otra especie o renovar un cultivo.

No se trata de aplicar la misma solución a todos los sistemas. El especialista diferencia entre especies que se reproducen mediante semillas, como soja o maíz, y otras especies de propagación agámica, donde la multiplicación in vitro puede adquirir una importancia mayor por su velocidad y capacidad de generar material uniforme.

En una provincia donde clima, suelo y biodiversidad condicionan fuertemente la producción, la diversificación deja de ser solamente una estrategia ambiental. También puede funcionar como una herramienta de gestión del riesgo productivo.

Un productor concentrado en un único cultivo queda más expuesto a una enfermedad, una alteración climática o un cambio brusco de precios. La combinación de diversificación, material vegetal de calidad y tecnologías de propagación puede ampliar el margen de maniobra.

El problema no es tener tecnología: es lograr que llegue a la chacra

Hay, sin embargo, una tensión que el propio investigador identifica y que resulta especialmente relevante para Misiones. La provincia cuenta con una herramienta tecnológica que puede transferirse a otros territorios, pero todavía tiene dificultades para lograr que los propios productores locales la incorporen en una escala mayor.

Gómez Kosky señala que Biofábrica ha transferido tecnología y productos a otras provincias argentinas y que actualmente existe una demanda importante desde fuera de Misiones. El desafío, según su mirada, es aumentar la apropiación de esas capacidades dentro de la propia provincia.

Ese punto desplaza la discusión desde el laboratorio hacia la economía real. Tener investigadores, infraestructura y conocimiento no garantiza automáticamente productividad. Hace falta que la tecnología encuentre un productor dispuesto a utilizarla, un modelo de negocios que la haga accesible, financiamiento para incorporarla y una estructura de asistencia que permita medir sus resultados.

La distancia entre desarrollar una solución y conseguir que sea utilizada masivamente suele ser uno de los mayores problemas de los sistemas de innovación. En el agro, además, el productor no puede asumir riesgos tecnológicos únicamente porque una herramienta sea científicamente prometedora. Necesita saber cuánto cuesta, cuánto puede mejorar su producción, qué riesgos reduce y en cuánto tiempo recupera la inversión.

Por eso, la apropiación tecnológica aparece como una de las próximas fronteras para Misiones. La provincia ya construyó parte de la infraestructura científica y productiva; el desafío consiste en convertir ese conocimiento acumulado en una mayor productividad dentro de sus propias chacras.

De la Biofábrica a una estrategia de desarrollo

La experiencia de las últimas dos décadas muestra que la biotecnología puede funcionar como una política productiva cuando existe continuidad entre ciencia, formación, infraestructura y producción. El caso de Biofábrica es precisamente el resultado de esa articulación.

La Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible puso esa experiencia en un escenario más amplio, al reunir producción, ciencia, empresas, cooperativas, organismos públicos e instituciones de distintos países. La agenda incluyó biotecnología, bioinsumos, agricultura orgánica, agroecología, mercados y sistemas productivos regenerativos.

Para una provincia como Misiones, la oportunidad no está solamente en producir tecnología para venderla fuera del territorio. También está en utilizarla para resolver problemas concretos de sus propias cadenas productivas.

Eso implica identificar dónde una semilla de mayor calidad puede reducir pérdidas, dónde la propagación rápida puede acelerar una reconversión productiva, dónde un bioinsumo puede disminuir costos o dónde una tecnología puede ayudar a conservar una especie sin abandonar su aprovechamiento económico.

La sostenibilidad, bajo esa mirada, deja de ser una etiqueta asociada únicamente al cuidado ambiental. Se convierte en una ecuación productiva: producir con menos riesgo, utilizar mejor los recursos, preservar la base natural y conseguir que el productor pueda apropiarse económicamente de la innovación.

Gómez Kosky vuelve a Misiones veinte años después de aquella transferencia inicial con una advertencia que funciona también como desafío. La provincia ya tiene conocimiento, infraestructura y experiencia acumulada. La próxima etapa será conseguir que esa capacidad tecnológica se transforme, cada vez más, en productividad concreta dentro de las chacras.

Porque el verdadero salto de la biotecnología no ocurre cuando una tecnología sale del laboratorio. Ocurre cuando llega al productor, funciona en condiciones reales, mejora sus resultados y puede convertirse en una herramienta sostenible para seguir produciendo.

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María Helena Irastorza: “La agricultura orgánica no es de insumos, es de procesos”

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La agricultura orgánica enfrenta un problema que excede la disponibilidad de bioinsumos: necesita conocimiento para utilizarlos, transferencia tecnológica para adaptarlos a cada producción y condiciones económicas que permitan sostener los procesos en el tiempo. Esa es una de las principales conclusiones que dejó María Helena Irastorza, ingeniera agrónoma, magíster, productora y vicepresidenta del Movimiento Argentino para la Producción Orgánica (MAPO), durante la Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible realizada en Posadas.

Irastorza llegó al encuentro con una mirada construida desde la investigación, la asistencia técnica y también desde la producción. Su planteo parte de una premisa sencilla, pero con implicancias económicas relevantes: un bioinsumo no funciona por sí solo. Requiere condiciones de aplicación, seguimiento, conocimiento sobre los microorganismos utilizados y, sobre todo, una estrategia productiva que permita que ese insumo cumpla una función dentro del sistema.

“Los productores orgánicos necesitamos herramientas para poder solventar los problemas que tenemos”, explicó. Y puso el foco en los bioinsumos y los biopreparados como instrumentos capaces de reducir costos y ampliar la autonomía del productor. Los biopreparados, en particular, permiten que el propio establecimiento pueda elaborar determinados productos a partir de protocolos y metodologías conocidas, en lugar de depender exclusivamente de la compra de insumos.

Para Irastorza, allí aparece una diferencia central respecto de la agricultura convencional basada en paquetes de productos. “La agricultura orgánica, ecológica, sostenible no es una agricultura de insumos, es una agricultura de procesos”, sostuvo.

El ejemplo que utilizó para explicar esa lógica fue el funcionamiento de los microorganismos en el suelo. No alcanza con incorporar una bacteria capaz de solubilizar fósforo. El sistema debe generar las condiciones para que esa bacteria pueda desarrollarse y cumplir su función, de modo que los nutrientes terminen disponibles para la planta.

La consecuencia es que el productor necesita comprender qué está haciendo y por qué. Compost, lombricompost, té de compost y otros recursos no deberían incorporarse simplemente como sustitutos de un producto químico. La lógica, según explicó, consiste en construir las condiciones biológicas del suelo para que los microorganismos benéficos puedan actuar sobre las raíces y mejorar la respuesta del cultivo.

El cuello de botella no es solamente el producto

Irastorza observa en Misiones una oportunidad particular por el desarrollo alcanzado por la Biofábrica, pero advierte que la disponibilidad de tecnología no resuelve por sí sola el problema productivo. El paso decisivo es lograr que esa tecnología llegue a las chacras acompañada de capacitación, ensayos y seguimiento.

“Insumo y a la vez transferencia tecnológica para que él pueda replicarlo y apropiarse de su conocimiento. Es lo más importante”, señaló.

La diferencia puede parecer técnica, pero tiene una traducción económica directa. Si un productor utiliza un microorganismo sin conocer las condiciones necesarias para conservarlo o aplicarlo, puede perder dinero y terminar descartando una herramienta que potencialmente podría ser útil.

La conservación es un ejemplo. Un bidón de un producto convencional puede tolerar determinadas condiciones de almacenamiento que no necesariamente sirven para un microorganismo vivo. Lo mismo ocurre con el agua utilizada en una aplicación. Irastorza explicó que determinadas bacterias pierden viabilidad cuando se incorporan a aguas con condiciones inadecuadas de pH.

Por eso, la transición hacia una agricultura con mayor utilización de herramientas biológicas exige modificar prácticas. “Hay que promover la toma de conciencia de que estoy manejando un insumo vivo”, explicó.

También requiere conocer las interacciones entre microorganismos. Una formulación puede ser útil individualmente y, sin embargo, generar problemas cuando se mezcla con otro organismo sin evaluar previamente su compatibilidad. Irastorza puso como ejemplo a Trichoderma, un hongo utilizado para controlar otros hongos patógenos, cuya combinación inmediata con determinadas bacterias benéficas puede generar competencia.

El conocimiento, entonces, pasa a formar parte del propio insumo.

De la prueba de laboratorio al lote productivo

Ese salto entre la tecnología disponible y su aplicación concreta es uno de los puntos donde la entrevistada ubica un desafío para el sistema argentino de innovación agropecuaria.

Irastorza cuestionó que la formación universitaria todavía no otorgue suficiente espacio específico a la producción orgánica. A su criterio, no alcanza con enseñar alternativas naturales para controlar una plaga o una enfermedad. La producción orgánica requiere comprender el funcionamiento integral del sistema.

La capacitación debería llegar también a técnicos y agentes de extensión. El objetivo es que puedan acompañar al productor en la evaluación de resultados, en la elección de herramientas y en la adaptación de las prácticas a cada cultivo.

La experiencia que relató sobre ensayos en establecimientos productivos apunta precisamente en esa dirección. En el caso de los bioinsumos, la evaluación no debería terminar con la entrega del producto. La metodología implica aplicar, observar, medir, corregir y volver a probar.

Esa dinámica también permite evitar una de las principales amenazas para la adopción tecnológica: que una mala aplicación termine desacreditando una herramienta que no fue utilizada bajo las condiciones necesarias.

“Si no lo hacemos con conocimiento, con los plazos y las dosis, el productor se desanima y dice: no me sirve, no me controló”, explicó.

La rentabilidad rápida choca con los tiempos del suelo

La principal tensión económica aparece cuando se compara el tiempo biológico de la producción con la necesidad inmediata de generar ingresos.

Irastorza conoce esa dificultad desde la experiencia propia. Junto con su esposo, también ingeniero agrónomo, adquirió una finca después de décadas vinculada a la actividad y trabajó con producción destinada a mercados internacionales. El proceso de recuperación del suelo demandó años.

Según relató, partieron de un nivel de materia orgánica de 0,6% y, mediante la incorporación progresiva de materiales y prácticas, alcanzaron 1,2% en seis años.

El dato resume una dificultad estructural: construir fertilidad, materia orgánica y actividad biológica no produce resultados instantáneos. Requiere inversión, conocimiento y continuidad. El productor, en cambio, enfrenta costos todos los meses y necesita ingresos para sostener la explotación.

Por eso Irastorza planteó la necesidad de discutir instrumentos financieros específicos. La agricultura tiene riesgos climáticos y productivos que pueden hacer difícil esperar varios años por los resultados de una transformación del sistema. “Debería haber políticas crediticias o créditos blandos para el productor”, sostuvo.

La discusión deja de ser exclusivamente ambiental. Si una práctica permite recuperar suelo, reducir determinados costos o disminuir la dependencia de insumos externos, el tiempo necesario para implementarla se convierte en una variable económica que las políticas públicas también pueden contemplar.

Un cambio que necesita escala

La entrevistada también cuestionó la idea de que la agricultura orgánica necesariamente deba permanecer vinculada a pequeñas superficies o al autoconsumo.

“Siempre se habla de agricultura orgánica, producción orgánica a baja escala como autosustento y no a escala comercial”, señaló.

Su experiencia productiva y de asesoramiento apunta a otra posibilidad: desarrollar sistemas orgánicos capaces de abastecer mercados comerciales y, al mismo tiempo, sostener la productividad en el largo plazo.

Para alcanzar esa escala, sin embargo, no alcanza con sustituir un producto químico por uno biológico. El desafío consiste en rediseñar procesos, formar técnicos, generar evidencia en campo y construir cadenas de comercialización capaces de reconocer el valor de esa producción.

En ese punto aparece otra tensión que Irastorza considera relevante: los costos relativos de los insumos. Durante la entrevista señaló que los bioinsumos enfrentan una carga de IVA mayor que la que se aplica a determinados insumos químicos, una diferencia que, según su planteo, afecta las condiciones de competencia entre ambas alternativas.

Más allá de la discusión tributaria específica, su argumento apunta a una cuestión de política productiva: si el objetivo es ampliar el uso de herramientas biológicas, las reglas económicas también forman parte del proceso de transición.

Misiones como laboratorio productivo

La provincia aparece en su diagnóstico como un territorio con capacidades que pueden ser aprovechadas. Irastorza destacó el trabajo de la Biofábrica y su posibilidad de entregar herramientas, acompañar proyectos y realizar seguimiento de ensayos junto con los productores.

Ese modelo combina tres componentes que suelen avanzar separados: tecnología, asistencia técnica y experimentación en campo.

La posibilidad de que un productor pueda probar un bioinsumo, recibir acompañamiento, medir los resultados y adaptar la aplicación cambia la naturaleza de la transferencia tecnológica. Ya no se trata solamente de vender o entregar un producto, sino de generar capacidad instalada en el establecimiento.

La experiencia también puede servir para ampliar el alcance de los bioinsumos más allá de la agricultura estrictamente orgánica. Irastorza planteó que determinadas herramientas de control biológico pueden incorporarse gradualmente en establecimientos convencionales, como una forma de reducir determinados problemas sin exigir una transformación inmediata de todo el sistema.

Mencionó, entre otros ejemplos, el uso de Trichoderma y experiencias de control biológico en cultivos extensivos. En su visión, el conocimiento de estas herramientas permite avanzar de manera progresiva, evaluando resultados y adaptando las prácticas.

El agrónomo vuelve al lote

Hay una última dimensión que atraviesa toda su propuesta: la necesidad de recuperar la observación directa como parte del trabajo técnico.

Irastorza lo resumió con una imagen concreta: el ingeniero agrónomo tiene que “ensuciarse las botas”, caminar el campo y mirar qué está ocurriendo. Incluso contó que lleva una lupa en la mochila para observar los cultivos y detectar la evolución de las poblaciones de insectos.

El ejemplo del jabón potásico muestra esa lógica. Una aplicación puede reducir una población de plagas, pero no necesariamente eliminarla por completo. La evaluación posterior permite determinar si es necesario repetir el tratamiento y en qué momento hacerlo.

La tecnología, en esa mirada, no reemplaza al técnico ni al productor. Los vuelve más capaces cuando está acompañada por conocimiento.

La misma lógica puede trasladarse a la política agropecuaria. Para que la agricultura sostenible deje de ser una declaración de principios y se convierta en una alternativa económica, necesita algo más que productos nuevos: requiere investigación aplicada, extensión, crédito, ensayos, formación profesional y mecanismos que permitan absorber los costos de transición.

La discusión que dejó la Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible en Posadas apunta justamente allí. El desafío no consiste solamente en producir con menos impacto. Consiste en construir sistemas capaces de seguir produciendo cuando cambian el clima, los precios, los costos y las condiciones de los mercados.

En esa ecuación, el bioinsumo puede ser una herramienta. Pero el activo estratégico es el conocimiento que permite utilizarlo bien, medir sus resultados y convertirlo en parte de un proceso productivo sostenible.

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Lula presenta el primer avión caza supersónico fabricado en América Latina

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El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, presentó el F-39E Gripen, el primer caza supersónico fabricado en el país, en un acto cargado de simbolismo industrial y estratégico. La ceremonia se realizó en la planta de Embraer en Gavião Peixoto, donde la aeronave es producida en colaboración con la firma sueca Saab.

El desarrollo del Gripen representa un salto cualitativo para la industria de defensa brasileña. Con capacidad para transportar hasta diez misiles y alcanzar velocidades de 2.400 kilómetros por hora, el modelo no solo fortalece el poder disuasorio del país, sino que también consolida su ambición de convertirse en un polo regional de tecnología militar avanzada.

El proyecto es fruto de un acuerdo de transferencia tecnológica firmado en 2014, durante el gobierno de Dilma Rousseff, que incluyó la compra de 36 aeronaves por 4.500 millones de dólares. De ese total, el avión presentado es el primero ensamblado en suelo brasileño, mientras que las unidades iniciales fueron fabricadas en Suecia.

La magnitud técnica del programa es notable: cada aeronave integra más de 22.500 piezas, 350 metros de tuberías y 45 kilómetros de cableado. Además, el proceso implicó adaptar el diseño a condiciones climáticas tropicales, un desafío clave para su operatividad en regiones como la Amazonia.

Más allá del componente militar, el Gripen se posiciona como un proyecto industrial estratégico. La cooperación entre Saab y Embraer permitió formar cientos de técnicos brasileños en Suecia y desarrollar una cadena de producción local que ya proyecta nuevas oportunidades de exportación.

En este contexto, Saab avanza con acuerdos en la región, como el reciente contrato con Colombia para la provisión de 17 cazas, mientras mantiene negociaciones abiertas con otros países sudamericanos. El objetivo es claro: transformar a Brasil en un hub regional de tecnología aeronáutica de defensa.

El lanzamiento se produce en un escenario global marcado por tensiones geopolíticas crecientes y un reordenamiento de las estrategias de defensa en América Latina. En ese marco, el Gripen no es solo un avión: es una declaración de autonomía tecnológica, capacidad industrial y posicionamiento estratégico en un mundo cada vez más inestable.

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