UNIVERSIDAD AUSTRAL

Ataques en Qatar e Irán sacuden el mercado del gas y colocan a Vaca Muerta en un nuevo mapa estratégico

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Los ataques a infraestructura energética en Qatar e Irán empezaron a producir algo más serio que un rebote de precios: reordenaron, al menos de manera incipiente, la conversación global sobre quién puede garantizar oferta de gas en un mundo atravesado por guerras, cuellos de botella logísticos y una transición energética todavía incompleta. En ese nuevo tablero, el dato político no es solo que el Brent haya superado los US$119 intradiarios o que el gas europeo haya tocado máximos de varios años. Lo central es que el conflicto alcanzó activos sensibles del sistema exportador de gas natural licuado y abrió una pregunta de fondo sobre abastecimiento, no únicamente sobre cotización. En ese escenario, Vaca Muerta empieza a ser leída como algo más que una promesa productiva argentina: aparece como una plataforma potencial en una geografía alejada de los focos de guerra, con capacidad de ganar valor estratégico si la crisis se prolonga.

Ras Laffan, Qatar e Irán: cuando el riesgo deja de ser financiero y pasa a ser físico

La alarma creció a partir del ataque a Ras Laffan Industrial City, en Qatar, señalado como el principal nodo exportador de GNL del mundo y sede de instalaciones clave como la planta Pearl GTL. La referencia no es menor. Si el conflicto alcanza ese tipo de infraestructura, ya no se discute solo la volatilidad habitual de los mercados energéticos frente a una escalada bélica. Lo que entra en juego es la integridad de una red que sostiene buena parte del abastecimiento internacional de gas.

Roberto Carnicer, director del Instituto de Energía de la Universidad Austral, planteó esa diferencia con claridad. Según explicó, “la reacción de los mercados no puede interpretarse como un simple sobresalto geopolítico” porque lo que empieza a descontarse es una posible restricción física de oferta, en particular en gas. La observación importa porque marca un cambio de fase: cuando la amenaza deja de estar asociada únicamente al nerviosismo inversor y empieza a vincularse con la capacidad material de producir y exportar, el problema deja de ser transitorio.

En ese punto, el gas aparece más expuesto que el petróleo. Carnicer sostuvo que el petróleo conserva un mercado más flexible y mayor margen para redireccionar cargamentos, mientras que el gas depende de una cadena de infraestructura mucho más rígida. Esa diferencia técnica tiene traducción política y económica inmediata: si se afecta una gran planta exportadora de GNL, la tensión puede pasar rápidamente de los precios al abastecimiento.

El mercado ya reaccionó, pero el problema puede ser más profundo

La primera reacción fue visible. El Brent superó los US$119 intradiarios, el gas europeo escaló a máximos de varios años y el mercado estadounidense también registró subas. Sin embargo, el texto base sugiere que esa respuesta puede ser apenas la superficie de un problema más complejo.

Carnicer advirtió sobre un posible escenario de escasez si las interrupciones se prolongan. La definición es relevante porque no plantea solo una crisis de costos, sino un cuello de botella más severo. “Cuando el cuello de botella es material, la sustitución es más lenta, más cara y más incompleta”, señaló. Eso implica que, aun con mercados dispuestos a pagar más, la reposición de oferta no necesariamente será rápida ni suficiente.

Esa tensión modifica el marco en el que se moverán gobiernos, empresas y grandes consumidores. Ya no se trata solo de absorber una suba coyuntural en los valores de la energía. Lo que aparece es la posibilidad de una competencia más intensa por cargamentos en el mercado spot, presión sobre la generación eléctrica y márgenes más estrechos para los países que dependen del GNL importado para sostener su matriz.

La comparación con Europa muestra que esta vez el problema puede ser más severo

El paralelo con la crisis energética europea tras la guerra entre Rusia y Ucrania ayuda a dimensionar el problema, pero también marca una diferencia importante. Carnicer recordó que, en aquel caso, el gas existía, aunque se había roto la relación política y comercial entre las partes. En la crisis actual, en cambio, el riesgo potencialmente más grave reside en la afectación de la capacidad física de producir y exportar.

Ese matiz cambia la naturaleza del desafío. Cuando lo que se deteriora es la infraestructura crítica, las alternativas tardan más en aparecer y el costo de reemplazo crece. De allí surge una lectura más amplia sobre seguridad energética global: la concentración de oferta en pocos nodos y regiones expone al sistema a shocks de magnitud cuando alguno de esos centros entra en zona de guerra o amenaza permanente.

En otras palabras, el conflicto en Medio Oriente no solo impacta por su escala actual, sino porque desnuda una debilidad estructural del mercado mundial del gas. La arquitectura energética global sigue dependiendo de polos muy concentrados, y esa dependencia se vuelve más costosa cada vez que la geopolítica atraviesa el corazón mismo de la infraestructura.

Vaca Muerta gana centralidad en un tablero que exige diversificación

Es allí donde aparece Vaca Muerta. No como reemplazo inmediato de Qatar, algo que el propio Carnicer descartó, sino como una pieza que podría ganar peso dentro de una arquitectura energética más equilibrada. El especialista sostuvo que el yacimiento argentino adquiere valor estratégico por su escala, su productividad y, sobre todo, por estar ubicado lejos de los principales focos de conflicto.

La clave de esa afirmación no está solo en el potencial geológico. Está en la geografía y en el contexto. Si el mercado internacional empieza a internalizar que la infraestructura del Golfo puede convertirse en blanco recurrente, entonces toda nueva plataforma exportadora ubicada fuera de esa región mejora su posicionamiento estratégico. Dicho de otro modo, el valor de Vaca Muerta no depende únicamente de lo que produce, sino también de dónde está y de qué riesgo evita.

Ese cambio de percepción puede tener consecuencias concretas. Los proyectos de exportación de GNL en desarrollo en Argentina pasan a ser observados bajo otra lógica. Ya no solo como iniciativas de largo plazo para monetizar recursos, sino como parte de una discusión más amplia sobre confiabilidad del suministro y diversificación global de proveedores.

Qué implica para Argentina: oportunidad, pero también exigencia

La oportunidad existe, aunque el texto base también pone un límite a cualquier sobreactuación. Carnicer remarcó que Vaca Muerta no puede reemplazar en el corto plazo el volumen de Qatar. Esa precisión importa porque evita convertir una ventana estratégica en una ilusión desmedida. El reposicionamiento argentino, si ocurre, será gradual y dependerá de que los proyectos de exportación avancen con escala y consistencia.

Aun así, el nuevo contexto le agrega densidad política a la agenda energética local. Si el mercado global empieza a premiar diversificación geográfica y proveedores confiables, entonces la discusión sobre infraestructura, capacidad exportadora y desarrollo de GNL deja de ser solo un tema sectorial. Se convierte en una cuestión de inserción internacional y de oportunidad económica en un momento en que la seguridad energética vuelve al centro del debate global.

También cambia el tipo de competencia. La carrera ya no será únicamente por costos o productividad. Será por confiabilidad, estabilidad de oferta y capacidad de construir plataformas exportadoras en territorios menos expuestos a la disrupción bélica. En esa liga, Vaca Muerta puede ganar protagonismo si logra transformar su ventaja de recurso en capacidad concreta de abastecimiento.

Un sistema energético más vulnerable de lo que parecía

El trasfondo de todo esto es menos coyuntural de lo que sugieren los movimientos diarios del Brent o del gas europeo. Lo que dejan al descubierto los ataques en Qatar e Irán es una fragilidad de diseño. Hay demasiada oferta crítica concentrada en pocos nodos, y eso convierte a cada episodio militar en una amenaza sistémica.

Carnicer lo resumió al advertir que la seguridad energética del siglo XXI requerirá no solo más energías limpias, sino también mayor diversidad de proveedores confiables. La frase no discute la transición energética; la complejiza. Porque incluso en una matriz en transformación, el gas sigue siendo un insumo clave para generación eléctrica, industria y respaldo del sistema.

Por eso, el golpe sobre la infraestructura del Golfo no se lee solo como un evento regional. Funciona como una señal para gobiernos, mercados y empresas sobre el tipo de vulnerabilidades que seguirán marcando la agenda energética internacional.

Lo que habrá que mirar en las próximas semanas

En el corto plazo, habrá que seguir dos variables. La primera es la duración y profundidad de las interrupciones sobre la infraestructura energética atacada en Qatar e Irán. La segunda, cómo se reacomodan los compradores de GNL en un mercado spot que podría volverse más competitivo y más caro.

En paralelo, empezará a tomar forma otra discusión: si la crisis acelera decisiones de inversión en nuevos polos exportadores fuera del Golfo. Allí Vaca Muerta puede empezar a ser mencionada con mayor frecuencia, no como solución inmediata, sino como parte de una estrategia internacional de diversificación.

La oportunidad está abierta, pero todavía no cerró en forma de ventaja consolidada. Dependerá menos del impacto retórico del conflicto y más de la capacidad de transformar una ventana geopolítica en estructura exportadora real.

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Argentina supera el promedio mundial de bienestar en 10 de 12 indicadores, según un estudio 

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Un estudio internacional basado en datos representativos de la población adulta argentina revela que el país se ubica por encima del promedio global en 10 de los 12 indicadores del Secure Flourishing Index (Índice de Florecimiento Seguro), una herramienta que mide el bienestar humano desde una perspectiva multidimensional.

Los resultados surgen del Global Flourishing Study, la mayor investigación longitudinal sobre bienestar realizada hasta el momento, que releva a más de 200.000 personas en 22 países. El capítulo argentino, liderado por investigadores de la Universidad Austral en colaboración con equipos de Harvard University y Baylor University, fue publicado recientemente en la revista académica International Journal of Wellbeing.

El informe muestra que los adultos argentinos presentan niveles superiores al promedio internacional en dimensiones vinculadas al bienestar psicológico, las relaciones sociales y el carácter prosocial. Sin embargo, el país queda rezagado en dos variables clave: estabilidad económica y condiciones materiales, lo que refleja mayores niveles de preocupación por los ingresos y la seguridad financiera.

Cómo se mide el florecimiento

El estudio releva a más de 200.000 personas en 22 países, con una muestra de 6.724 participantes en Argentina durante su primera ola (2022-2023). El diseño contempla un seguimiento longitudinal hasta 2027.

El Secure Flourishing Index evalúa cinco grandes dimensiones del bienestar:

  • Bienestar psicológico: felicidad, propósito y salud mental autopercibida
  • Bienestar social: calidad de vínculos y conexión interpersonal
  • Conductas prosociales: promoción del bien común y autocontrol
  • Salud física: estado de salud percibido
  • Resultados socioeconómicos: preocupaciones financieras y materiales

Este enfoque permite analizar no solo el bienestar actual, sino también su sostenibilidad en el tiempo.

La paradoja argentina

El estudio identifica un patrón distintivo: altos niveles de bienestar en dimensiones personales y sociales que conviven con fragilidad económica.

“Nuestro estudio muestra que el florecimiento de los adultos en Argentina se ubica por encima del promedio global en bienestar psicológico, social y en conductas prosociales”, explicó Claudia Vanney, investigadora de la Universidad Austral.

“Paradójicamente, los indicadores socioeconómicos están muy por debajo del promedio. Esto sugiere que otros factores del contexto argentino podrían compensar parcialmente estas limitaciones”, agregó.

Entre esos factores, el estudio menciona la ausencia de conflictos armados o desastres naturales de gran magnitud, el acceso a educación y salud pública, la cercanía con entornos naturales y, especialmente, la influencia de la religión.

Religiosidad y bienestar

Uno de los hallazgos más relevantes es la asociación entre religiosidad y mayores niveles de florecimiento.

Según el estudio, los adultos que se identifican como cristianos presentan niveles más altos de bienestar integral en comparación con personas no religiosas con características demográficas similares. Además, la frecuencia de asistencia a servicios religiosos se correlaciona con mayores niveles de florecimiento.

Un aporte para la agenda pública

La investigación, firmada por un equipo internacional de especialistas, aporta evidencia empírica clave para el monitoreo del bienestar a nivel poblacional y abre nuevas líneas de análisis sobre los factores que sostienen el florecimiento humano en contextos socioeconómicos complejos.

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La economía argentina podría dar un salto productivo en diez años y sin retenciones

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En un contexto en el que la economía argentina necesita consolidar generación genuina de divisas y crecimiento sostenido, un nuevo informe elaborado por el Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral y el IAE Business School plantea que el sector agroindustrial podría expandirse un 90% en la próxima década si se eliminan los derechos de exportación y se corrigen los principales cuellos de botella estructurales.

Según el estudio, realizado en conjunto con la Bolsa de Comercio de Rosario bajo el modelo Agmemod, la producción podría alcanzar 251 millones de toneladas en diez años, impulsando una expansión significativa del PBI y de las exportaciones.

Actualmente, el complejo agroindustrial aporta el 23% del Producto Bruto Interno y genera el 60% de las exportaciones totales del país. Solo los complejos oleaginosos y cerealeros explican el 45% de las divisas que ingresan a la economía argentina.

“Argentina cuenta con una base productiva agroindustrial extraordinaria, pero su potencial está condicionado por factores macroeconómicos que limitan la inversión y el crecimiento”, señala Guillermo D’Andrea, profesor del IAE Business School.

Para la campaña 2025/26 se estima que habrá 27,7 millones de toneladas en cosecha fina, con ingresos superiores a 4.500 millones de dólares, y 154 millones de toneladas en cosecha gruesa, con un ingreso estimado de entre 32.000 y 37.000 millones de dólares.

En las últimas tres décadas, la producción se triplicó mientras el área sembrada sólo se duplicó, impulsada por biotecnología, agricultura de precisión, digitalización y mejoras logísticas.

El costo macroeconómico de la presión fiscal

El informe advierte que la presión sobre la renta agrícola alcanza el 55,5% y llegó al 63,6% en junio de 2025 al ponderar cultivos clave como soja, maíz, trigo y girasol.

En contraste, los productores de la Unión Europea reciben apoyos equivalentes al 16%, en China al 13% y en Estados Unidos al 7%. En Brasil, el respaldo promedio al sector ronda el 0,5% del PBI.

Entre 1997 y 2023, Argentina extrajo del sector recursos equivalentes al -1,6% del PBI anual.

“La presión fiscal actual reduce fuertemente los incentivos a invertir y adoptar tecnología en el agro. Corregir ese esquema impositivo es clave para liberar el potencial productivo del sector”, explica Daniel Mamone, investigador del IAE Business School.

“Eliminando las retenciones y mejorando infraestructura y adopción tecnológica, el agro podría convertirse en el principal motor estructural del crecimiento argentino”, sostiene Bernardo Piazzardi, investigador del Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral.

Al respecto de la infraestructura e inversión, ahí se presenta otro cuello de botella. El 90% del transporte de granos se realiza por camión y solo el 10% por tren. De los 640.000 km de red vial, el 62% corresponde a caminos municipales, mayormente sin pavimentar. Apenas el 6% son rutas nacionales y solo 3.200 km son autopistas o autovías.

El sector aportó 28.686 millones de dólares en tributos en 2023. Mantener en condiciones adecuadas la red vial demandaría entre 3.200 y 6.500 millones de dólares anuales, equivalente a apenas el 17% de su aporte tributario.

“Si se corrigen los déficits de infraestructura y se incentiva la inversión tecnológica, el agro puede convertirse en un vector central de crecimiento para toda la economía”, afirma Ernesto Ruete Güemes, investigador del IAE Business School.

En paralelo, el parque de maquinaria presenta atraso tecnológico: el 73% de los tractores y el 46% de las cosechadoras superan los 15 años de antigüedad. Mientras la productividad total de factores cayó 6% en Argentina en los últimos 20 años, en Brasil creció 45%.

A pesar de todas las trabas, la última encuesta AgBarometer Austral, conocida como el índice de confianza del campo que elabora el Centro de Agronegocios y Alimentos, indica que el 80% de los productores estaría dispuesto a modernizar su maquinaria si mejoran las condiciones de rentabilidad y financiamiento.

Según el estudio, la modernización tecnológica no es consecuencia del crecimiento, sino condición previa para impulsarlo.

El potencial impacto en la economía argentina

Bajo un escenario de eliminación de retenciones, mejora de infraestructura, adopción tecnológica y expansión de 6,5 millones de hectáreas adicionales, el sector podría crecer 90% en diez años.

En ese contexto, la producción podría alcanzar 251 millones de toneladas, lo que aumentaría significativamente su participación en el PBIaceleraría la generación de divisas para la economía argentina y permitiría financiar la reconstrucción integral de la red vial en apenas tres años.

La clave no es sólo sectorial sino macroeconómica. “Reemplazar la lógica extractiva por una estrategia de inversión y productividad permitiría transformar al agro en el eje estructural del crecimiento argentino”, concluye Piazzardi.

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El mercado eléctrico argentino entra en su fase decisiva

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Argentina atraviesa una etapa clave en la transformación de su sistema eléctrico. Las nuevas reglas que comienzan a implementarse buscan reintroducir señales económicas, ordenar incentivos y atraer inversión privada, sin alterar los compromisos contractuales vigentes. Se trata de una transición estructural que podría redefinir el funcionamiento del mercado energético en los próximos años.

El tema fue analizado en el webinar “Mercado Eléctrico: ¿qué hay de nuevo?”, organizado por el Instituto de Energía de la Universidad Austral, realizado en el marco de la presentación de la nueva Diplomatura en Sector Eléctrico que impulsa la institución.  El encuentro fue moderado por Oscar Medina y contó con la participación de las especialistas María Fernanda Martínez y Nadia Sager, quienes analizaron el proceso de cambios que atraviesa el sector en el marco de la nueva normativa energética.

Durante el encuentro se explicó que el país se encuentra en una etapa de “normalización adaptada”. El proceso no implica romper con los contratos existentes, pero sí modificar de manera significativa la lógica de funcionamiento del sistema eléctrico, con el objetivo de recuperar señales de mercado y mejorar la eficiencia del sector.

Los mercados eléctricos modernos -con Europa como referencia conceptual- distinguen claramente entre actividades competitivas, como la generación y la comercialización de energía, y aquellas que constituyen monopolios naturales, como el transporte y la distribución. Mientras las primeras pueden operar bajo esquemas de competencia, las segundas continúan bajo regulación estatal.

Este modelo se apoya en dos pilares fundamentalescontratos de largo plazo que permitan financiar inversiones y un mercado spot que funcione como señal coyuntural de escasez o abundancia. En la experiencia internacional, ningún sistema eléctrico se sostiene únicamente con precios diarios para expandir su capacidad. Los contratos de abastecimiento, como los PPA, son considerados una condición necesaria para que los proyectos energéticos puedan financiarse de manera sostenible.

En el caso argentino, el mercado comienza a volver gradualmente a una lógica marginalista, aunque con un esquema de “costo marginal adaptado”. Actualmente, el precio spot proyectado ronda los 50 dólares por MWh, un valor inferior al de años anteriores. Esta situación genera una tensión en el sistema: mientras la demanda observa precios relativamente bajos y posterga la firma de contratos, los generadores requieren valores más altos para justificar nuevas inversiones.

Según los especialistas, esta brecha constituye uno de los principales desafíos de la transición energética. Si las señales económicas no se alinean adecuadamente, el riesgo no es inmediato, pero sí estructural: una menor inversión en generación que podría traducirse en tensiones de abastecimiento hacia el final de la década.

En cambio, si el proceso logra consolidarse, Argentina podría avanzar hacia un mercado eléctrico más competitivo y transparente, con la participación de nuevos actores -como comercializadores, sistemas de almacenamiento y grandes usuarios más activos- y con distribuidoras que asuman un rol más dinámico dentro del sistema.

Otro punto relevante del proceso es el papel de la CAMMESA. Durante la transición, el organismo mantiene funciones contractuales y de administración, aunque el objetivo de mediano plazo es que recupere principalmente su rol técnico-operativo como entidad responsable del despacho eléctrico, reduciendo su papel como gestor comercial centralizado.

La experiencia internacional muestra que ningún marco regulatorio permanece inalterado. Incluso Europa debió introducir ajustes tras la crisis energética provocada por la guerra en Ucrania. Sin embargo, el principio general se mantienecompetencia en la generación, regulación en las redes, contratos para financiar la expansión y precios que reflejen los costos reales del sistema.

En este contexto, el período de transición entre 2026 y 2029 será determinante para el futuro del sector eléctrico argentino. Lo que hoy aparece como un ajuste técnico podría convertirse, en la práctica, en una redefinición estructural del sistema energético del país.

El mercado ya comenzó a moverse. Ahora resta que las señales terminen de alinearse.

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La guerra del petróleo: qué puede ganar Argentina en medio de la crisis global

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En la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, el presidente Javier Milei volvió a colocar a la energía como uno de los ejes estratégicos para el crecimiento económico y la inserción internacional del país. El mensaje se dio en un contexto global atravesado por una fuerte tensión geopolítica, con Estados Unidos, Israel e Irán en el centro de un conflicto que ya genera impactos potenciales sobre la producción, la logística y los precios internacionales del petróleo y el gas.

En ese escenario, Roberto Carnicer, director del Instituto de Energía de la Universidad Austral, trazó un diagnóstico que combina la transformación estructural del sector energético argentino con las oportunidades que podrían abrirse en un mercado mundial más volátil y fragmentado.

Energía como “ordenador” económico

Para Carnicer, la energía dejó de ser un factor defensivo —históricamente asociado al déficit externo— para convertirse en un “ordenador económico” de la Argentina.

“Solo en hidrocarburos, el año pasado se registró un saldo positivo cercano a los 5.000 millones de dólares, frente a una historia acumulada entre 2010 y 2023 de unos 40.000 millones de dólares negativos”, subrayó. El cambio de signo en la balanza energética, en un país acostumbrado a importar gas y combustibles, marca un punto de inflexión estructural.

En esa línea, señaló que tanto la energía como la minería “aparecen como factores de enorme trascendencia” para fortalecer la balanza comercial y el desarrollo productivo. No se trata solo de exportaciones, sino también de encadenamientos industriales, infraestructura y empleo calificado.

Nueva geografía de la riqueza

Carnicer también puso el foco en la dimensión federal del proceso. La localización de los recursos energéticos —desde Vaca Muerta hasta el litio del norte— impacta en la distribución territorial de la riqueza y favorece a provincias históricamente relegadas como Catamarca, Jujuy, Salta, San Juan o Santa Cruz.

En esa misma lógica interpretó la decisión de localizar puertos de exportación en Río Negro en lugar de concentrarlos en la provincia de Buenos Aires: una señal de ampliación territorial de los beneficios que genera el desarrollo de Vaca Muerta.

El especialista destacó además el papel del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), al que calificó como “imprescindible” para recuperar credibilidad tras años de inseguridad jurídica y leyes de emergencia económica. “Una ley que garantice que esas condiciones no volverán a repetirse es un reaseguro fundamental para atraer inversiones y sostener el crecimiento del sector energético”, afirmó.

Reactivar el plan nuclear y diversificar la matriz

Otro eje central del análisis fue la energía nuclear. Según Carnicer, la Argentina cuenta con capacidades intelectuales y tecnológicas que quedaron relegadas durante décadas, en parte porque el mundo también desplazó esta fuente.

Hoy, con el impulso a los reactores modulares de pequeña potencia en Estados Unidos y Europa —con Francia como referencia—, el escenario vuelve a abrirse. “Debemos ser pragmáticos y diversificar la matriz energética”, sostuvo, en línea con una estrategia que combine hidrocarburos, renovables y nuclear.

En materia tarifaria, explicó que la desactualización acumulada obligó a realizar ajustes para alcanzar una “tarifa justa y razonable”, recordando que la tarifa no es el precio de la energía sino el costo de transportarla y distribuirla. Según su mirada, el esquema de actualización mensual busca recomponer el atraso sin provocar un shock brusco en los usuarios.

Guerra, logística y reposicionamiento global

El conflicto que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán introduce un factor de incertidumbre adicional. “Los conflictos bélicos generan cambios logísticos fulminantes en el abastecimiento energético mundial”, advirtió Carnicer, recordando lo ocurrido tras la invasión rusa a Ucrania.

Cuando este tipo de guerras se prolongan, modifican la logística global, encarecen el transporte marítimo y alteran la productividad energética. Un punto sensible es el rol de Qatar como uno de los mayores exportadores de Gas Natural Licuado (GNL), en competencia con Australia y Estados Unidos. Cualquier afectación en su producción tendría un impacto fuerte sobre el abastecimiento global.

En ese contexto, Estados Unidos aparece como proveedor alternativo fortalecido, pero otros países con capacidad exportadora también podrían ganar posicionamiento.

Ventana de oportunidad para el GNL argentino

Carnicer destacó que la Argentina tiene proyectos de exportación de GNL previstos a partir de 2027. Si se aceleran los tiempos, el país podría aprovechar mejor un mercado internacional tensionado y con precios más altos.

La producción de petróleo también muestra un salto significativo: hoy supera los 900.000 barriles diarios, frente a los alrededor de 500.000 de hace apenas tres años. “Aunque surge de una situación internacional muy desagradable como es una guerra, los precios más altos del crudo favorecen a países productores como Argentina”, explicó.

No obstante, advirtió que el factor decisivo será la confiabilidad interna. “Si Argentina mantiene un comportamiento doméstico confiable y evita políticas como cortar exportaciones o incumplir contratos, puede posicionarse como un proveedor energético seguro para el mundo.”

En un escenario global marcado por la volatilidad en Europa y Medio Oriente, el especialista concluye que el país puede consolidarse como un centro de producción y exportación de energía libre de conflictos bélicos. No es casual, sostuvo, que los contratos de exportación de GNL en negociación estén orientados a países como Alemania, en el marco de proyectos como el que impulsa Southern Energy con horizonte en 2027.

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