Un trastorno invisible

Escribe Verónica Maggio* – El Trastorno del Desarrollo del Lenguaje (TDL) se caracteriza por la dificultad para comprender y/o expresar el lenguaje, contando con la intención de comunicarse. Su frecuencia de aparición a nivel mundial es de 2 a 7 niños cada 100, según el Consorcio Anglosajón CATALISE, especializado en el estudio de esta dificultad.

Según el experto catalán Llorenc Andreau Barrachina, el TDL parece no solo circunscribirse al déficit en el desempeño lingüístico, sino que suele estar asociado a problemas de conducta, de socialización, de atención y de aprendizaje. Ahora bien, ¿cómo es el desarrollo del lenguaje en un niño y cómo se puede detectar este trastorno?

El proceso de adquisición del lenguaje básico se inicia en el nacimiento y se completa alrededor de los 6 años.

En el desarrollo típico, las primeras palabras se adquieren alrededor de los 18 meses, y a los 2 años los niños ya pueden combinar dos palabras. Además, en esa etapa de la vida, logran aprender nueve palabras nuevas al día. Con 3 años, pueden armar frases con artículos y verbos conjugados; a los 4 construyen frases completas, pueden empezar a sostener pequeñas conversaciones y a contar, por ejemplo, qué hicieron en el jardín de infantes.

Según la investigadora estadounidense Catherine Lord, un niño de 6 años cuenta con un vocabulario de alrededor de 2.500 palabras, pero en la vida adulta podemos alcanzar un léxico que se conforme de 60.000 a 120.000 palabras. Este dato nos aporta información muy importante: la primera, es que el lenguaje se desarrolla a lo largo de toda la vida y, la segunda, que se trata de la principal herramienta para acceder al conocimiento.

¿Cómo vive un niño que padece trastorno del lenguaje?

Un niño con TDL inicia el proceso de adquisición del lenguaje de modo tardío y los hitos descriptos suelen seguir de modo muy desfasado. En muchas ocasiones les cuesta comprender y hablar, y en otros casos comprenden, pero se dificulta la expresión. Para ponerlo en un ejemplo, un niño en esta situación es similar a un adulto en un sitio en donde no conoce el idioma y no comprende lo que le dicen; son ocasiones en las que, para entender, es habitual prestar atención a las situaciones, al contexto, a los gestos y a algunas palabras claves. Se podría decir que “un niño con TDL es como un extranjero en su nuevo país”.

“El trastorno invisible”, así bautizó la catedrática española Elvira Mendoza Lara a esta dificultad. Cuando llega a alterar la expresión, las manifestaciones pueden ser de distinto tipo: algunos niños hablan mucho y no se les entiende, otros utilizan palabras sueltas o solo partes de palabras, otros hablan poco y usan frases telegráficas, algunos se olvidan las palabras y, finalmente, otros que usan muchas palabras, saben armar frases, pronuncian bien, pero no logran narrar con coherencia: se desorganizan y no pueden sintetizar las ideas.

Evidentemente, los síntomas del TDL son muy variables y los cuadros son dinámicos a lo largo de los años. Un niño puede tener ausencia del lenguaje a los 3 años, hablar mucho y mal a los 4, y a los 7 u 8 puede expresarse bien desde el punto de vista de la forma, pero con fallas en la organización y en la coherencia.

¿Cuáles son las causas de su aparición?

El TDL se presenta como un cuadro caracterizado por la falta de habilidad personal para adquirir el lenguaje, pero -más allá del componente individual que posee- el entorno familiar también puede colaborar o perjudicar las condiciones de estos niños.

El lenguaje es de hecho una habilidad que se desarrolla por la interacción de dos factores: por un lado, la habilidad personal de cada sujeto y, por el otro, la estimulación medioambiental. Para que un niño hable, su entorno debe hablarle y, si cuenta con una inhabilidad, ese entorno debe comunicarse ajustando el discurso y la forma a las posibilidades de ese niño.

El factor “pandemia”

Durante el período de la pandemia, se observó una notable baja en la tasa de estimulación ambiental. El hecho de no poder asistir al colegio, el uso excesivo de dispositivos electrónicos, la falta de contacto social y la imposibilidad de asistir a las terapias presencialmente, hicieron que estos niños se vieran perjudicados. Además, otros chicos sin diagnóstico de TDL sufrieron retrasos en la adquisición del lenguaje por causas también de baja estimulación y un uso excesivo de artefactos digitales.

La Organización Mundial de la Salud desaconseja enfáticamente  el uso de dispositivos electrónicos a niños menores de 5 años y recomienda el uso limitado en niños mayores de esa edad, en pos de evitar consecuencias negativas sobre la comunicación, la atención, la conducta y la socialización.

La importancia de prestar atención a la detección del TDL, radica en que suele tener consecuencias sobre la atención y la socialización con pares, y generar dificultades en el aprendizaje de la lectoescritura en los primeros años del colegio y alteraciones en la comprensión lectora en etapas avanzadas de la escolaridad.

*Verónica Maggio – Directora de la Diplomatura en Trastornos del Lenguaje Infantil desde una perspectiva Neurolingüística de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.

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