Una película de espías (rusos)
Periodistas bajo sospecha y un guión que ya vimos (y sabemos cómo termina)
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En la Argentina de Javier Milei, la realidad volvió a dar un giro inesperado: ahora el centro de la escena lo ocupan los “espías rusos”. Una trama con todos los condimentos —intriga internacional, amenazas difusas y enemigos invisibles— que irrumpe, sugestivamente, cuando las preguntas incómodas empiezan a acumularse.
La historia no salió de un guionista de streaming, sino de una conferencia oficial. El encargado de ponerle voz y forma fue Manuel Adorni, hoy jefe de Gabinete, que en junio de 2025, cuando era vocero presidencial, anunció en conferencia que la SIDE había detectado una supuesta red de espías rusos en Argentina y dio detalles sobre personas y una organización vinculada a operaciones de desinformación. Adorni tomó los micrófonos para anunciar la detección de una supuesta red vinculada a operaciones extranjeras. Desde entonces, el relato quedó instalado: hay una amenaza, viene de afuera y merece toda la atención.
Pero mientras la ficción escala, la realidad se vuelve cada vez más concreta.
Periodistas como Nancy Pazos, Roberto Navarro o Ari Lijalad fueron señalados o deslegitimados públicamente desde el propio oficialismo. Medios como Página/12 o El Destape o C5N aparecen sistemáticamente en la mira, en un esquema donde la crítica se transforma rápidamente en sospecha.
A eso se suma un deterioro cada vez más visible de las condiciones para ejercer el periodismo: conferencias sin repreguntas reales, acceso restringido a la información y una narrativa oficial que convierte a quien pregunta en adversario.
Pero el punto de quiebre ya no es discursivo. Es institucional.
En la Casa Rosada, se registraron restricciones en el ingreso de periodistas de determinados medios. Y ahora, el cerco se amplía: bajo la presidencia de Martín Menem, también se avanzó en limitar el acceso de periodistas a la Cámara de Diputados, un espacio que, por definición, debería garantizar publicidad y transparencia.
No es un detalle menor. Es un patrón.
Mientras tanto, el propio Javier Milei despliega otra dimensión del mismo fenómeno: la saturación digital. Más de mil publicaciones en X durante el último fin de semana —entre posteos propios y republicaciones— muchas de ellas dirigidas a periodistas, con descalificaciones, agravios e incluso tonos intimidatorios.
No hace falta ningún servicio de inteligencia extranjero para entender el mecanismo. Es mucho más simple, y más efectivo: instalar agenda, disciplinar voces y construir enemigos internos.
La escena remite inevitablemente a la séptima temporada de Homeland, donde la paranoia estatal y la construcción de amenazas externas funcionan como excusa para avanzar sobre libertades internas. Pero también abre otra referencia, menos ficcional y más inquietante: Cambridge Analytica.
Porque si algo dejó al descubierto ese escándalo global fue la capacidad de combinar datos, segmentación y saturación de mensajes para construir climas de época, enemigos políticos y narrativas polarizantes. En aquel caso, con campañas dirigidas, operaciones digitales y una clara orientación ideológica.
En esta versión local, el dispositivo parece más rudimentario pero no menos efectivo: un flujo constante de mensajes desde el poder, amplificado por redes y cuentas afines, donde el periodismo crítico deja de ser un actor legítimo para convertirse en blanco.
El resultado es un ecosistema donde la presión no viene solo desde arriba, sino también desde una masa digital movilizada, que replica, amplifica y muchas veces escala la agresión.
Y ahí es donde la ironía inicial se empieza a quedar corta.
Porque al final, no se trata de espías rusos. Ni siquiera de una narrativa exagerada.
Se trata de algo bastante más tangible: un poder político que señala, restringe y hostiga a quienes investigan o preguntan.
Se trata de periodistas a los que se les limita el ingreso a espacios públicos, mientras se los expone en redes desde la máxima autoridad del país.
Se trata de un clima donde informar tiene costo.
Y se trata, sobre todo, de una pregunta que ya no admite ironías:
¿Qué pasa con la democracia cuando el poder necesita inventar enemigos externos para justificar el silenciamiento interno?
Porque cuando preguntar molesta más que espiar, el problema nunca fueron los espías.
