Una sigilosa bomba de comodidad

Escribe Camilo Furlan

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El mundo es hoy más que nunca, cambio constante. Una inmanejable lucha de discusiones y razonamientos complejos junto a otros intrascendentes, tantos que con nuestra reducida conciencia del mundo que nos rodea, nos resulta imposible analizar o, lo que es aún peor, cuestionar una línea de pensamiento uniforme en función de una interpretación independiente de la misma.

Quizá esto no sea un problema en sí mismo, como nos gustaría creer, tal vez simplemente no estamos creados para soportar y convivir con estas problemáticas existenciales. A veces creemos que cuando entendamos por que ocurren las guerras, porque es así el mundo en el que vivimos, como funciona esto o lo otro y por qué tenemos una conciencia que cuestiona todo esto, vamos a obtener algún tipo de satisfacción. Tal y como se tratase de una recompensa subyacente de la que nadie se atreve a hablar. Zach de la Rocha, un artista reconocido, una vez dijo: “Si la ignorancia es felicidad, bórrame la sonrisa de la cara”.

Asumimos que el saber es prácticamente lo opuesto a la simplicidad e incluso a la satisfacción, uno mismo a veces se arrepiente de saber ciertas cosas, porque le atormentan en las noches adoptando la forma de un “fantasma de la duda”, el cual no se sacia si no es con un sentido u orden lógico que le logremos imponer a nuestra percepción de la realidad.

La duda es la base del método científico y su origen, es la duda lo que nos llevó a crear la humanidad de hoy y, por ende, es lo que en esencia nos hace humanos. Hoy es llevada a un perpetuo ciclo de insatisfacción y nos encamina a una sociedad temerosa de afrontar las consecuencias de sus propias decisiones.

Un algoritmo de aprendizaje automático está basado en su totalidad en el funcionamiento estrictamente matemático de una neurona, por lo que la suma de estos sistemas hace las veces de “Cerebros Artificiales” capaces de aprender de sus errores y mejorarse a sí mismos infinitamente. Un algoritmo de esta clase no se cuestiona a sí mismo el sentido de las cosas, ni mucho menos de los parámetros creados por los técnicos que le dieron “vida”. El mismo carece en absoluto de conciencia por el simple hecho de que a pesar de su pensamiento independiente al interpretar la información, este nunca dudaría de ella.

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Quizás la duda no sea solamente un factor más que podamos usar para diferenciarnos de las máquinas. Hay veces en que dudar se nos vuelve trabajoso, ¿Acaso nunca se cuestionó por que ir a clases, antes de levantarse de la cama un lunes? Tal vez la única respuesta para ello es que no hay una razón que le haga sentido absoluto en su interior y habrá concluido que seguir adelante le ayudaría a olvidar la pregunta. No cuestionar y encaminarse en la ruta más transitada y segura es extremadamente cómodo, no necesitamos saber por qué van todos hacia allá, es lo que muchos llaman “Tomar el camino fácil”.

Vivimos en un mundo dominado por las maquinas, aun cuando estas no son capaces ni de salir a la luz del todo. Las podemos ver ocultas con muchas máscaras al caminar por las ciudades, vestidas de lujo, de responsabilidad e incluso muy bien disfrazadas de rebeldía. Esperando una comida lista a una hora puntual del día, un monto de dinero depositado a su nombre y una buena oferta para perseguir la felicidad una y otra vez sin alcanzarla tal y como el burro y la zanahoria.

Decir que la inteligencia artificial nos hace cuestionarnos acerca de que nos hace humanos es, de mínima, inocente y fantasioso hoy por hoy. La duda real sería ¿Realmente nos gusta que nos traten como máquinas? Yo no puedo darle esa respuesta, pero me veo en la necesidad de demostrarle ese error por su propio bien y el de las futuras generaciones.

La inteligencia artificial hoy, es el equivalente al “descubrimiento del átomo” del siglo XX. En si es una asombrosa herramienta capaz de ayudarnos a desentrañar los más profundos misterios del universo, pero en las manos equivocadas el átomo se convirtió en la bomba atómica. Decidir que nos depara el destino depende de nuestra voluntad en función de las herramientas que se nos presenten, quizás no todos podamos modificar el funcionamiento lógico matemático de un algoritmo de aprendizaje automático, pero si podemos decidir cómo vivir y como tratar a nuestros prójimos.

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Y es en los hombros de esa simple decisión que recae el peso del destino de nuestra especie y el de muchas otras. Creer por siempre que el mundo va a cambiar cuando “Los Poderosos” hagan algo para con la adicción a las redes sociales es sentarnos en un cómodo sillón esperando el fin. El mundo empieza desde uno mismo, y es transformándose usted que trasformará el mundo que lo rodea.

Un ataque de millones de robots dotados de inteligencia artificial con las más modernas armas en mano y con intenciones de exterminar la humanidad hoy, no sería más peligroso que la manera en la que nos tratamos entre humanos corrientes. Donde declarar guerras es deporte, y mentir es el mejor pasatiempo.

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