Vivir solo cuesta vida

Escribe Lucas Doroñuk

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Un submarino, 5 hombres millonarios y una odisea en busca del Titanic, los condimentos de una tragedia que denota la opulencia de los que más tienen y la excentricidad de su existencia.

La novela del sumergible “Titán” de OceanGate Expeditions llegó a su fin. El mismo se quedó sin oxígeno e implosionó, quitándole la vida a los tripulantes. Mientras tanto fue el tema que ocupó las principales tapas de los diarios mundiales, como si en el amplio océano no pasase nada más. Cierto es que cuando de millonarios se trata, la brújula mediática se mueve impaciente, generando un extendido círculo de consumo imperante.

La historia de estos 5 millonarios que querían conocer los restos del Titanic es solamente la punta del iceberg (valga la ironía), de los gastos de los nuevos ricos. En la antigüedad, los más pudientes, además de acceder a cargos de decisión, eran propietarios objetos denominados como “suntuarios”. Estos objetos no tenían tanto valor de por sí, sino que, más bien, el valor era cultural y generaba prestigio hacia quien lo portaba. Un ejemplo de esto son las telas y paños en la Edad Media. Asimismo, los ricos antiguos eran poseedores de objetos con un valor histórico incalculable. Desde joyas imperiales hasta guerras santas desatadas en busca del tan afamado Santo Grial.

Hoy, en pleno 2023, esta concepción onerosa y opulente del “más pudiente” no pasó de moda. El Titanic en el fondo del mar se transformó en un objeto suntuario. Es cierto, verlo debe ser impresionante e incalculable en término cultural, sin embargo, solo un pequeño puñado de la sociedad puede acceder a eso. ¿Y para qué? El simple hecho de decir “yo lo vi” es suficiente para desembolsar la considerable cifra de 250 mil dólares por viaje.

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Esta rancia hidalguía de los tesoreros del capital no solo se remite al fondo del mar, sino que va hacia el infinito y más allá. El turismo espacial es una de las joyas suntuarias del millonario actual. Los últimos años estuvieron signados por una suerte de carrera espacial privada, en donde los magnates tecnológicos buscaron hacer historia al propalarse por el espacio. Gente como Elon Musk y Jeff Bezos gastaron miles de millones de dólares en impulsar sus cápsulas dentro de naves para pasear afuera de la Tierra por poco más de 10 minutos. Es real el hecho de que marca un antecedente en término de geopolítica espacial, pero por otro lado solo alimenta y vanagloria el glotón accionar de quienes no saben qué hacer con su dinero. Además de la absorta contaminación hacia el planeta que todos habitamos por esos vuelos.
Si uno va a lo más mundano verá equipos deportivos absorbidos por los ricos, provocando desbalances competitivos evidentes. Tal es el caso del Manchester City, el equipo de fútbol inglés que logró su primera Champions League de la mano de un plantel multimillonario, financiado por los petro – dólares. Estas excentricidades son simples readecuaciones de los paños medievales y la búsqueda del Santo Grial. Los años pasan, pero la gente sigue siendo igual, al menos en este sistema.

Los antagonistas económicos de esta suerte de ecosistema no son los pobres, sino los desahuciados. La desdicha de no tener agua potable, de convivir con guerras y guerrillas y con la propagación de enfermedades mortales es el combo explosivo que motiva a que contingentes enormes de seres humanos se trasladen de un sitio a otro. Atravesando selvas, desiertos y hasta mares, los migrantes van, en busca de tener algún día con calma y seguridad. En el medio de ese conglomerado social, sus vidas siguen corriendo riesgo.

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El cruce de África y Asia con destino a Europa es una constante, que, sin embargo, no ocupa los titulares de los diarios mundiales, empero… son desdichados hasta en los diarios. Mientras el mundo veía en tiempo real como la Guardia Costera de Estados Unidos y la de Canadá buscaban incansablemente a 5 multimillonarios estrambóticos, al menos 79 migrantes perdieron la vida en aguas griegas. En balsas precarias, con capacidad sobrepasada, con niños y bebés, en condiciones climáticas adversas y sin ningún tipo de seguridad, lastimosamente todos los días son tragados en las aguas de los imperiosos mares y océanos sin radares, aviones sonda o robots acuáticos que los busquen.

No hace falta ir muy lejos para ver la desigualdad, pero imposible no enfocarse en este caso. El mundo asistió a un ejemplo claro de como opera la diferencia del que tiene dinero y del que no. Del otro al que el aspiracionismo busca ser, y al otro al que aspiracionismo detesta e invisibiliza, hay un mar de diferencias. Naciones Unidas en manos de la ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados) emiten acciones constantes en busca de subsanar este fenómeno, pero tiene el mismo efecto que poner una “curita” sobre un hueso roto. El sistema es el primer causante de estos hechos, en donde parece no haber culpables, ya que el anonimato todo lo tapa.

Sean guerras, crisis económicas o golpes de Estado, a fin de cuenta, “vivir solo cuesta vida”, aunque el que tiene dinero puede morir como un héroe y el que no tiene capital muere en el olvido y si sobrevive, es escupido por la indiferencia.

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