Día: 18 septiembre, 2026

Media sanción a la nueva Ley de Biocombustibles

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Parlamentario – Las dudas que persistían en el inicio de esta jornada finalmente fueron despejadas y el Senado, tras un extenso debate en el recinto, pudo avanzar con la media sanción de la nueva Ley de Biocombustibles. El texto resultó aprobado en general a las 22.17 por 41 votos a favor y 25 en contra. A continuación, se procedió a la votación en particular, donde se realizaron una serie de modificaciones que habían sido consensuadas entre el oficialismo y la oposición dialoguista.

En rigor, durante el debate hubo varios senadores de la oposición que sugirieron ir a un cuarto intermedio para acordar modificaciones. Desde el bloque Justicialista, que esbozó fuertes cuestionamientos -aunque no unánimes- y votó en contra, el primero fue el entrerriano Adan Bahl; luego, hubo varios que sugirieron lo mismo, y con énfasis, en su discurso de cierre, lo pidió José Mayans. Al punto tal que si los cambios que sugería se aceptaban, llegarían a una aprobación unánime, aseguró. Antes de la votación hubo una insistencia en ese sentido, por parte del radical Maximiliano Abad y el propio Mayans, que incluso aseguró que sería de 10 minutos. Pero la moción fue rechazada por 41 votos contra 25.

El texto finalmente aprobado es muy diferente al planteado originalmente por el oficialismo, conforme se aceptaron aportes del conjunto de iniciativas que había y que venían debatiéndose desde el año pasado. Los expedientes impulsados fueron de la jefa del bloque libertario Patricia Bullrich; la salteña Flavia Royón (Primero Los Salteños); Beatriz Ávila (Independencia); José Carambia y Natalia Gadano (Moveré Santa Cruz); Alejandra Vigo y Carlos Espínola (Provincias Unidas); Carlos Arce y Sonia Rojas Decut (Movimiento por Misiones); y Jorge Capitanich (Justicialista).

Si bien no se aceptó, como dijimos, ir a un cuarto intermedio, sí se votaron modificaciones durante la votación en particular, que fueron expresadas por el neuquino de La Libertad Avanza Pablo Cervi.

Qué dice el proyecto

El nuevo régimen de biocombustibles prevé una vigencia de 15 años. Actualmente, el marco regulatorio votado en 2021 cuenta con una vigencia hasta 2030. También habilita que las empresas no integradas puedan formar parte de un grupo económico que pasará a competir dentro del segmento abierto del mercado.

Propone, además, la liberación del 3% reservado para las empresas no integradas que no formen parte de esos grupos. Incorporado en las conversaciones finales, cada nuevo entendimiento contempla el diferencial por distancia reclamado por La Pampa y San Luis, modificación que apunta a compensar la desventaja de las plantas ubicadas en el interior frente a las grandes empresas integradas.

De esta manera, se establece el corte obligatorio de biodiésel para gasoil del 5%(vigente) al 7,5% y fija el incremento en 10% un año después de la sanción. Respecto al corte de bioetanol para la confección de nafta, dispone el mantenimiento en 12% y, transcurrido un año desde la promulgación ley, llevarlo al 15%.

Asimismo, quedó fijado que el porcentaje de las empresas no integradas se va a reducir al 5,5% en el 2029; al 5% en el 2030; y al 3% en el 2031. Pero quedó establecido que desde el 2032, el 7% se podrá comercializar entre todas las firmas, artículo que generó la resistencia de los senadores aliados de las provincias del centro. Finalmente, quedó establecido que las empresas no integradas tendrán un piso mínimo a partir del 1° de enero de 2031 hasta 2036 que será del 4%, con lo cual tendrán una porción del mercado garantizada.

La autoridad de aplicación será la Secretaría de Energía, quien podrá “modificar excepcionalmente y mediante resolución fundada el referido porcentaje obligatorio, en función de asegurar el abastecimiento de la demanda ante situaciones comprobadas de escasez que afecten el mercado interno o por cuestiones técnicas y/o de calidad”. “En ningún caso una reducción excepcional podrá extenderse por un plazo mayor a 90 días”, agrega.

Otro de los artículos indicar que “a los fines de garantizar la competencia, la participación por empresa elaboradora no excederá 20% del total de la cantidad anual de bioetanol comercializado en el corte obligatorio durante el año calendario correspondiente”.

A su vez, se faculta a las provincias y la Ciudad a “establecer regímenes de fomento propios habilitando nuevas bocas de expendio que favorezcan la comercialización de manera opcional e incremental de cortes superiores a los mínimos obligatorios”.

Por otra parte, se permite la libre importación de biocombustibles para ser utilizados en mezclas superiores al corte obligatorio y en los casos en los que hubiese faltante de oferta para satisfacer la demanda del corte obligatorio. No obstante, se aclara que “los biocombustibles destinados al cumplimiento del porcentaje de mezcla obligatoria con combustibles fósiles deberán haber sido elaborados en plantas habilitadas instaladas en la República Argentina y a partir de materias primas de origen nacional”.

En el dictamen también se contempla que “a los fines del cumplimiento mensual de la mezcla obligatoria, se deberá instrumentar un sistema de subastas en un Mercado Electrónico que concentre la comercialización de manera única, transparente y de acceso público, operado por un organismo independiente con experiencia comprobada en negociación de productos energéticos, agropecuarios, financieros u otros, y bajo estándares internacionales de comercio”.

Voces en el recinto

Miembro informante fue la senadora salteña Flavia Royón, quien definió al proyecto puesto a consideración como “un paso adelante para el futuro energético productivo y federal de nuestro país”. El mismo, dijo, “busca agregar valor en el interior de nuestro país, potenciar cadenas de valor de nuestros granos, atraer inversiones y desarrollar fuentes de trabajo en el interior”.

La senadora de Primero los Salteños sostuvo que el proyecto propone un marco integral nuevo para una industria que nuestro país conoce, que ya ha invertido y que necesita reglas nuevas que le permitan crecer”.

Recordó que el tema demandó un proceso largo de construcción legislativa, en el que las comisiones consideraron siete proyectos de distintos espacios, en el que se buscó “compatibilizar todas estas iniciativas y ordenar sus aportes. Esta diversidad de antecedentes muestra el interés que hay en las distintas regiones, en los distintos espacios, sobre la materia de los biocombustibles”.

“Este dictamen puede resumirse en una idea: preservar y dar previsibilidad a las capacidades productivas existentes, pero al mismo tiempo crear una transición hacia un marco más competitivo, más transparente y abierto a nuevas tecnologías -agregó-. Vamos a pasar de un esquema mucho más regulado, donde el Estado determina quién produce, cuánto produce y a qué precio produce, para ir a un esquema más mercado, porque levanta los cortes, y a un esquema más competitivo, donde sean el mercado y la competitividad las que fijen los precios”.

Flavia Royón precisó que “el proyecto aumenta gradualmente los cortes obligatorios. En el caso del biodiesel, pasa del 7,5 al 10% a partir de los 12 meses, y en el caso del bioetanol, pasa del 12% al 15 a partir de los 12 meses”.

“Pero este dictamen no solo aumenta los cortes, sino también regula cómo se abastecen esos cortes, sino también comercializan estos proyectos y cómo se garantiza una transición ordenada”, puntualizó. Señaló a continuación que “en el caso del bioetanol, se preserva durante la vigencia de la ley la participación de un 6% proveniente de la caña de azúcar, un 6% proveniente del maíz, mientras que el volumen incremental del otro 3% necesario para alcanzar el corte total queda abierto a distintas materias primas admitidas por el régimen”.

En el caso del biodiesel, continuó, también se levanta el corte del 7,5 al 10%, se establece un período de transición hasta el 2036, y eso asegura que la apertura no va a ser abrupta. Es un esquema que progresivamente reduce la porción reservada a empresas no integradas y amplía gradualmente la competencia en el sector.

Tras detallar todos los artículos que tiene la norma, sostuvo que “llegamos a un dictamen que equilibra y pone a la Argentina en condiciones de lograr otro nivel y otro marco de competitividad para el desarrollo de los biocombustibles en nuestro país”.

El senador puntano Fernando Salino, titular de Justicia Social Federal, desplegó una serie de críticas contra esta nueva Ley de Biocombustibles y señaló que “está mal defienda la autoridad de aplicación”. También sostuvo que “no podemos permitir todas las cosas que este proyecto delega en la reglamentación”.

En un recinto semivacío por las discusiones detrás del telón, Salino criticó que “nadie sabe explicar el corte que lleva del 10% al 15%”, y reiteró: “Hay muchas cosas que quisiéramos corregir. No podemos permitir todas las cosas que este proyecto delega en la reglamentación y que deberían de ser contenidas en la propia ley”.

El legislador entrerriano Adán Bahl expresó sus disidencias porque “no se da la previsibilidad a los inversores, se están cambiando las reglas de juego y las condiciones de inversión”, y cuestionó: “Tenemos que darles la seguridad jurídica a las empresas y en esta ley le damos una respuesta contraria”.

Así, aclaró que con el bioetanol está de acuerdo con el corte, pero no con el biodiesel y la solución es “no cambiarles las condiciones a las empresas del interior de las provincias”. En tanto, adelantó que pedirá una moción de orden “a ver si podemos, en un pequeño cuarto intermedio, buscar un punto de convergencia para una alternativa para que, tanto las empresas grandes y pequeñas empresas, puedan seguir trabajando y seguir sosteniendo los puestos de trabajo”.

En el cierre del debate, el jefe del bloque Justicialista, el formoseño José Mayans, consideró que se trata de un tema “interesante” y recordó que cuando se inició todo “había muchas dudas de si iba a funcionar. Por eso se habló de una mezcla del 5% en cuanto al biodiesel”.

“La ley vigente demostró que funcionó hasta hoy, pero hubo inconvenientes porque en el caso del biodiesel la Argentina produce unas 900 mil toneladas, genera casi 2 mil puestos de trabajo y 8 mil en forma indirecta. Las grandes aceiteras llegaron a exportar un récord en 2017, pero después llegaron los problemas de los aranceles que pusieron Estados Unidos y Europa, pusieron trabas y se cayó el sistema”, comentó.

Mayans cuestionó la iniciativa porque “busca desregular las empresas para el libre mercado”, y comparó: “En el bioetanol estamos todos contentos y de acuerdo”, y recordó que en el gobierno kirchnerista empezó la industria de los biocombustibles que “fue una discusión permanente”.

En esa línea, el formoseño señaló que “tenemos que construir un país con economía pareja” y alertó: “Perdimos 30 mil PyMES en esta gestión, ¿hace falta perder más? Si la ley nuestra sigue funcionando, no veo por qué tanto apuro. Decíamos el 15% y se sostiene el 7.5% para las pequeñas, pero no quieren. Esta ley rompe la previsibilidad”, y solicitó pasar a un cuarto intermedio para “ajustar las cosas” y poder votar así por unanimidad, pero “nos ponemos del lado de las pequeñas empresas”.

Al final del debate, Patricia Bullrich sostuvo que “en el bioetanol estamos dando un salto concreto, pero no hay un aumento de precio porque tiene el mismo precio que el combustible fósil. En consecuencia, ahí el corte obligatorio que es del 12% va a pasar al 15, y podemos proteger la diversidad productiva que construyó esta industria en el marco de una industria que no le aumenta el combustible al consumidor”.

En un pasaje de su discurso, señaló que “tenemos también un mercado que plantea una regla antimonopólica, que ninguna empresa puede superar el 20% del bioetanol comercializado para el corte obligatorio. Por eso es que se buscan más jugadores y más competencia”.

Señaló que “el corte obligatorio era de 5, ahora está en un 7,5, y a los 12 meses va a aumentar a 10, así que le estamos dando un margen importante. Y se prevé un sendero previsible”.

En ese marco Bullrich pidió: “Piensen que estamos en un momento difícil; Argentina prácticamente no ha aumentado las naftas en un momento del mundo en que las naftas están produciendo una gran inflación”, y remarcó que YPF no ha aumentado el precio de los combustibles en los últimos meses.

“Entonces estamos planteando una transición mucho más larga; estamos hablando de 2036, después el resto del mercado se va a ir abriendo a una transición libre”, planteó.

Más adelante aclaró: “No estamos diciéndole a una PyME que mañana se arregle sola, no es así, le estamos dando tiempo le estamos dando volumen, le estamos dando previsibilidad para competir en el mercado que viene, no la estamos dejando tirada”.

Sobre el final, Bullrich reconoció que “hemos tenido intereses muy distintos y hemos logrado llegar a un acuerdo. Por eso nos gustaría que se sumen”, les dijo a los senadores que habían exteriorizado críticas al proyecto. Y recordó que “Santa Fe tiene una realidad; Córdoba tiene otra realidad; Tucumán, Salta y Jujuy tienen la suya; Buenos Aires, La Pampa y San Luis también tienen otras particularidades y era lógico que cada provincia defendiera su sector. Pero el trabajo del Senado no consiste en negar esas diferencias. Construir esta ley nacional es a partir de ellas, por eso este dictamen fue cambiando”.

En otro pasaje aseguró que “esto es win-win, no hay perdedores”.

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María Helena Irastorza: “La agricultura orgánica no es de insumos, es de procesos”

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La agricultura orgánica enfrenta un problema que excede la disponibilidad de bioinsumos: necesita conocimiento para utilizarlos, transferencia tecnológica para adaptarlos a cada producción y condiciones económicas que permitan sostener los procesos en el tiempo. Esa es una de las principales conclusiones que dejó María Helena Irastorza, ingeniera agrónoma, magíster, productora y vicepresidenta del Movimiento Argentino para la Producción Orgánica (MAPO), durante la Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible realizada en Posadas.

Irastorza llegó al encuentro con una mirada construida desde la investigación, la asistencia técnica y también desde la producción. Su planteo parte de una premisa sencilla, pero con implicancias económicas relevantes: un bioinsumo no funciona por sí solo. Requiere condiciones de aplicación, seguimiento, conocimiento sobre los microorganismos utilizados y, sobre todo, una estrategia productiva que permita que ese insumo cumpla una función dentro del sistema.

“Los productores orgánicos necesitamos herramientas para poder solventar los problemas que tenemos”, explicó. Y puso el foco en los bioinsumos y los biopreparados como instrumentos capaces de reducir costos y ampliar la autonomía del productor. Los biopreparados, en particular, permiten que el propio establecimiento pueda elaborar determinados productos a partir de protocolos y metodologías conocidas, en lugar de depender exclusivamente de la compra de insumos.

Para Irastorza, allí aparece una diferencia central respecto de la agricultura convencional basada en paquetes de productos. “La agricultura orgánica, ecológica, sostenible no es una agricultura de insumos, es una agricultura de procesos”, sostuvo.

El ejemplo que utilizó para explicar esa lógica fue el funcionamiento de los microorganismos en el suelo. No alcanza con incorporar una bacteria capaz de solubilizar fósforo. El sistema debe generar las condiciones para que esa bacteria pueda desarrollarse y cumplir su función, de modo que los nutrientes terminen disponibles para la planta.

La consecuencia es que el productor necesita comprender qué está haciendo y por qué. Compost, lombricompost, té de compost y otros recursos no deberían incorporarse simplemente como sustitutos de un producto químico. La lógica, según explicó, consiste en construir las condiciones biológicas del suelo para que los microorganismos benéficos puedan actuar sobre las raíces y mejorar la respuesta del cultivo.

El cuello de botella no es solamente el producto

Irastorza observa en Misiones una oportunidad particular por el desarrollo alcanzado por la Biofábrica, pero advierte que la disponibilidad de tecnología no resuelve por sí sola el problema productivo. El paso decisivo es lograr que esa tecnología llegue a las chacras acompañada de capacitación, ensayos y seguimiento.

“Insumo y a la vez transferencia tecnológica para que él pueda replicarlo y apropiarse de su conocimiento. Es lo más importante”, señaló.

La diferencia puede parecer técnica, pero tiene una traducción económica directa. Si un productor utiliza un microorganismo sin conocer las condiciones necesarias para conservarlo o aplicarlo, puede perder dinero y terminar descartando una herramienta que potencialmente podría ser útil.

La conservación es un ejemplo. Un bidón de un producto convencional puede tolerar determinadas condiciones de almacenamiento que no necesariamente sirven para un microorganismo vivo. Lo mismo ocurre con el agua utilizada en una aplicación. Irastorza explicó que determinadas bacterias pierden viabilidad cuando se incorporan a aguas con condiciones inadecuadas de pH.

Por eso, la transición hacia una agricultura con mayor utilización de herramientas biológicas exige modificar prácticas. “Hay que promover la toma de conciencia de que estoy manejando un insumo vivo”, explicó.

También requiere conocer las interacciones entre microorganismos. Una formulación puede ser útil individualmente y, sin embargo, generar problemas cuando se mezcla con otro organismo sin evaluar previamente su compatibilidad. Irastorza puso como ejemplo a Trichoderma, un hongo utilizado para controlar otros hongos patógenos, cuya combinación inmediata con determinadas bacterias benéficas puede generar competencia.

El conocimiento, entonces, pasa a formar parte del propio insumo.

De la prueba de laboratorio al lote productivo

Ese salto entre la tecnología disponible y su aplicación concreta es uno de los puntos donde la entrevistada ubica un desafío para el sistema argentino de innovación agropecuaria.

Irastorza cuestionó que la formación universitaria todavía no otorgue suficiente espacio específico a la producción orgánica. A su criterio, no alcanza con enseñar alternativas naturales para controlar una plaga o una enfermedad. La producción orgánica requiere comprender el funcionamiento integral del sistema.

La capacitación debería llegar también a técnicos y agentes de extensión. El objetivo es que puedan acompañar al productor en la evaluación de resultados, en la elección de herramientas y en la adaptación de las prácticas a cada cultivo.

La experiencia que relató sobre ensayos en establecimientos productivos apunta precisamente en esa dirección. En el caso de los bioinsumos, la evaluación no debería terminar con la entrega del producto. La metodología implica aplicar, observar, medir, corregir y volver a probar.

Esa dinámica también permite evitar una de las principales amenazas para la adopción tecnológica: que una mala aplicación termine desacreditando una herramienta que no fue utilizada bajo las condiciones necesarias.

“Si no lo hacemos con conocimiento, con los plazos y las dosis, el productor se desanima y dice: no me sirve, no me controló”, explicó.

La rentabilidad rápida choca con los tiempos del suelo

La principal tensión económica aparece cuando se compara el tiempo biológico de la producción con la necesidad inmediata de generar ingresos.

Irastorza conoce esa dificultad desde la experiencia propia. Junto con su esposo, también ingeniero agrónomo, adquirió una finca después de décadas vinculada a la actividad y trabajó con producción destinada a mercados internacionales. El proceso de recuperación del suelo demandó años.

Según relató, partieron de un nivel de materia orgánica de 0,6% y, mediante la incorporación progresiva de materiales y prácticas, alcanzaron 1,2% en seis años.

El dato resume una dificultad estructural: construir fertilidad, materia orgánica y actividad biológica no produce resultados instantáneos. Requiere inversión, conocimiento y continuidad. El productor, en cambio, enfrenta costos todos los meses y necesita ingresos para sostener la explotación.

Por eso Irastorza planteó la necesidad de discutir instrumentos financieros específicos. La agricultura tiene riesgos climáticos y productivos que pueden hacer difícil esperar varios años por los resultados de una transformación del sistema. “Debería haber políticas crediticias o créditos blandos para el productor”, sostuvo.

La discusión deja de ser exclusivamente ambiental. Si una práctica permite recuperar suelo, reducir determinados costos o disminuir la dependencia de insumos externos, el tiempo necesario para implementarla se convierte en una variable económica que las políticas públicas también pueden contemplar.

Un cambio que necesita escala

La entrevistada también cuestionó la idea de que la agricultura orgánica necesariamente deba permanecer vinculada a pequeñas superficies o al autoconsumo.

“Siempre se habla de agricultura orgánica, producción orgánica a baja escala como autosustento y no a escala comercial”, señaló.

Su experiencia productiva y de asesoramiento apunta a otra posibilidad: desarrollar sistemas orgánicos capaces de abastecer mercados comerciales y, al mismo tiempo, sostener la productividad en el largo plazo.

Para alcanzar esa escala, sin embargo, no alcanza con sustituir un producto químico por uno biológico. El desafío consiste en rediseñar procesos, formar técnicos, generar evidencia en campo y construir cadenas de comercialización capaces de reconocer el valor de esa producción.

En ese punto aparece otra tensión que Irastorza considera relevante: los costos relativos de los insumos. Durante la entrevista señaló que los bioinsumos enfrentan una carga de IVA mayor que la que se aplica a determinados insumos químicos, una diferencia que, según su planteo, afecta las condiciones de competencia entre ambas alternativas.

Más allá de la discusión tributaria específica, su argumento apunta a una cuestión de política productiva: si el objetivo es ampliar el uso de herramientas biológicas, las reglas económicas también forman parte del proceso de transición.

Misiones como laboratorio productivo

La provincia aparece en su diagnóstico como un territorio con capacidades que pueden ser aprovechadas. Irastorza destacó el trabajo de la Biofábrica y su posibilidad de entregar herramientas, acompañar proyectos y realizar seguimiento de ensayos junto con los productores.

Ese modelo combina tres componentes que suelen avanzar separados: tecnología, asistencia técnica y experimentación en campo.

La posibilidad de que un productor pueda probar un bioinsumo, recibir acompañamiento, medir los resultados y adaptar la aplicación cambia la naturaleza de la transferencia tecnológica. Ya no se trata solamente de vender o entregar un producto, sino de generar capacidad instalada en el establecimiento.

La experiencia también puede servir para ampliar el alcance de los bioinsumos más allá de la agricultura estrictamente orgánica. Irastorza planteó que determinadas herramientas de control biológico pueden incorporarse gradualmente en establecimientos convencionales, como una forma de reducir determinados problemas sin exigir una transformación inmediata de todo el sistema.

Mencionó, entre otros ejemplos, el uso de Trichoderma y experiencias de control biológico en cultivos extensivos. En su visión, el conocimiento de estas herramientas permite avanzar de manera progresiva, evaluando resultados y adaptando las prácticas.

El agrónomo vuelve al lote

Hay una última dimensión que atraviesa toda su propuesta: la necesidad de recuperar la observación directa como parte del trabajo técnico.

Irastorza lo resumió con una imagen concreta: el ingeniero agrónomo tiene que “ensuciarse las botas”, caminar el campo y mirar qué está ocurriendo. Incluso contó que lleva una lupa en la mochila para observar los cultivos y detectar la evolución de las poblaciones de insectos.

El ejemplo del jabón potásico muestra esa lógica. Una aplicación puede reducir una población de plagas, pero no necesariamente eliminarla por completo. La evaluación posterior permite determinar si es necesario repetir el tratamiento y en qué momento hacerlo.

La tecnología, en esa mirada, no reemplaza al técnico ni al productor. Los vuelve más capaces cuando está acompañada por conocimiento.

La misma lógica puede trasladarse a la política agropecuaria. Para que la agricultura sostenible deje de ser una declaración de principios y se convierta en una alternativa económica, necesita algo más que productos nuevos: requiere investigación aplicada, extensión, crédito, ensayos, formación profesional y mecanismos que permitan absorber los costos de transición.

La discusión que dejó la Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible en Posadas apunta justamente allí. El desafío no consiste solamente en producir con menos impacto. Consiste en construir sistemas capaces de seguir produciendo cuando cambian el clima, los precios, los costos y las condiciones de los mercados.

En esa ecuación, el bioinsumo puede ser una herramienta. Pero el activo estratégico es el conocimiento que permite utilizarlo bien, medir sus resultados y convertirlo en parte de un proceso productivo sostenible.

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