Día: 19 septiembre, 2026

¿Qué convierte a una empresa en una marca ciudadana?

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Una empresa puede vender millones de productos en una ciudad y seguir siendo una desconocida para quienes viven en ella. Puede generar empleos, pagar impuestos y tener miles de clientes sin haber construido necesariamente una relación con el territorio que hace posible su operación.

Esa distancia empieza a importar.

Movilidad, residuos, espacio público, turismo o desarrollo económico son desafíos que atraviesan simultáneamente la vida ciudadana y la actividad empresarial. En ese punto surge una nueva generación de marcas ciudadanas: organizaciones que dejan de observar una comunidad únicamente como mercado y empiezan a reconocerse como uno de los actores que forman parte de ella.

No significa sustituir las responsabilidades del Estado ni convertir cada problema social en una causa corporativa. Significa identificar dónde las capacidades de una compañía pueden encontrarse con una necesidad real del territorio y producir valor para ambos.

De estar presente a formar parte

La participación ofrece una pista sobre por qué esta evolución importa. La Encuesta de la OCDE sobre los determinantes de la confianza en América Latina y el Caribe encontró una diferencia de 45 puntos porcentuales entre quienes sienten que personas como ellas tienen voz en las decisiones y quienes consideran que no: 66% del primer grupo confía en el gobierno nacional, frente a 21% del segundo.

Aunque el estudio analiza instituciones públicas y no empresas, expone un principio relevante para cualquier organización que comparte un territorio con otros: sentir que la propia voz cuenta está estrechamente relacionado con la confianza.

Para Joel Sebastián, Client Services VP de la agencia regional another, el cambio obliga a mirar más allá de la relación tradicional entre marca y consumidor:

Una compañía puede tener consumidores que la aman y, al mismo tiempo, una comunidad que no siente ningún vínculo con ella. Esa distancia suele permanecer invisible mientras todo funciona. El verdadero desafío empieza cuando la empresa quiere crecer, transformar una operación o tomar una decisión que modifica la vida alrededor. Las marcas con mayor visión serán las que entiendan que también necesitan construir una relación con las personas cuando no están comprando”.

Esta mirada cambia la pregunta. Ya no es únicamente qué puede hacer una marca por una comunidad, sino qué puede construir con ella.

Esa lógica también está entrando en la forma de abordar los desafíos de las ciudades. El Panorama de la Gestión Pública en América Latina y el Caribe de CEPAL plantea que los ecosistemas colaborativos, con participación de ciudadanía, academia, sector privado y sociedad civil, son fundamentales para desarrollar soluciones legítimas, robustas y sostenibles frente a problemas complejos.

Para las empresas, la lectura es relevante: movilidad, espacio público, economía circular o turismo sostenible difícilmente pueden abordarse desde una iniciativa unilateral. La oportunidad de una marca ciudadana está en aportar capacidades a soluciones construidas entre distintos actores, incorporando las necesidades y conocimientos del territorio desde su concepción.

Del impacto a la legitimidad

Hacer algo positivo tampoco garantiza automáticamente confianza. Entre una iniciativa y una relación sostenible existe un paso fundamental: demostrar qué cambió y mantener la conversación abierta.

La Encuesta de la OCDE sobre conducta empresarial responsable en América Latina y el Caribe, con respuestas de 526 empresas de 26 países y 13 sectores, muestra que más de la mitad monitorea la implementación y efectividad de sus procesos de debida diligencia. Sin embargo, tres de cada cinco compañías encuestadas no divulgan públicamente información sobre esos procesos.

Ahí la comunicación estratégica y los Asuntos Públicos adquieren una función más profunda. No se trata de fabricar una narrativa alrededor del impacto, sino de convertir acciones verificables en relaciones comprensibles para comunidades, autoridades y otros grupos de interés, manteniendo interlocución incluso cuando sus prioridades no coinciden.

Y es precisamente en el desacuerdo donde el experto de la agencia de comunicación estratégica another identifica una de las mayores pruebas de madurez reputacional:

Una reputación fuerte no es aquella que consigue que todos estén de acuerdo con la empresa. Es la que permite que, cuando aparece una decisión difícil, todavía exista confianza suficiente para conversar. Esa capacidad no se improvisa desde un war room ni se compra con una campaña. Se construye en los años tranquilos, cuando nadie está mirando, a través de decisiones consistentes que demuestran qué tipo de vecino decidió ser una compañía”.

La licencia social para operar empieza mucho antes de solicitar un permiso o enfrentar una controversia. Se acumula en cada interacción donde una organización demuestra que comprende el lugar que ocupa dentro de un ecosistema mayor.

Ese puede ser el verdadero salto de las marcas ciudadanas: dejar de preguntarse solamente cuánto valor pueden extraer de un territorio y empezar a demostrar qué valor permanece en él gracias a su presencia.

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Rafael Gómez Kosky: “La biotecnología puede acelerar la producción sin reemplazar al productor”

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La sostenibilidad agrícola dejó de ser una discusión exclusivamente ambiental. En Misiones empieza a adquirir una dimensión productiva más concreta: cómo utilizar ciencia y tecnología para producir más, reducir riesgos, preservar biodiversidad y, al mismo tiempo, sostener económicamente a quienes trabajan la tierra. Esa fue una de las discusiones que atravesó la II Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible, realizada esta semana en Posadas, y en la que la biotecnología ocupó un lugar central.

Uno de los protagonistas de ese debate fue Rafael Gómez Kosky, doctor en Biotecnología e investigador cubano con una extensa trayectoria en biotecnología vegetal. Su vínculo con Misiones no comenzó ahora. Hace más de dos décadas participó de la transferencia tecnológica y de la formación de especialistas que acompañaron el nacimiento de Biofábrica Misiones, una experiencia que luego evolucionó hacia nuevas líneas de producción, investigación y transferencia tecnológica.

Para Gómez Kosky, la discusión sobre el futuro de la agricultura debe partir de una premisa: la biotecnología no viene a reemplazar a la agricultura ni al mejoramiento genético. Es una herramienta para acelerar procesos que, mediante métodos tradicionales, pueden demandar mucho más tiempo y recursos.

“La biotecnología es una herramienta, no va a sustituir la agricultura ni va a sustituir el mejoramiento genético”, plantea el especialista. Su valor aparece cuando permite obtener material vegetal de calidad, multiplicarlo rápidamente y reducir riesgos sanitarios desde el comienzo de una campaña productiva.

Una tecnología que ya tiene veinte años de historia en Misiones

La relación entre Gómez Kosky y Misiones permite observar algo que suele perderse en las discusiones sobre innovación: la tecnología solamente adquiere valor económico cuando logra transformarse en capacidad productiva local.

El investigador recuerda que comenzó a trabajar con Argentina en 2004 y que llegó a Misiones en 2005, durante el proceso de transferencia de tecnología que dio origen a Biofábrica. Paralelamente, se desarrolló junto con la universidad una maestría en Biotecnología destinada a formar profesionales capaces de sostener ese proceso.

La transferencia, explica, no consistió solamente en entregar una tecnología. También implicó formar recursos humanos. Para una planta biotecnológica, contar con profesionales con conocimientos específicos es parte de la propia infraestructura necesaria para producir.

La experiencia atravesó dos décadas y tuvo que adaptarse. Según recuerda Gómez Kosky, inicialmente se transfirieron tecnologías vinculadas con cuatro cultivos, pero Biofábrica fue diversificando posteriormente sus líneas de producción.

Ese recorrido explica por qué el investigador considera estratégico que Misiones haya sostenido el proceso durante veinte años. La innovación, desde su perspectiva, no termina cuando se instala una tecnología: necesita capacidades, formación, producción y actualización permanente.

En septiembre, además, Biofábrica retomó formalmente su cooperación científica con Cuba mediante un convenio con BIOAZCUBA, orientado a investigación, transferencia tecnológica, intercambio de especialistas y nuevas oportunidades comerciales.

El primer eslabón: una semilla sana puede cambiar el rendimiento

Uno de los puntos centrales planteados por Gómez Kosky es menos sofisticado en apariencia, pero decisivo en términos económicos: la calidad del material inicial.

En sistemas productivos donde una enfermedad acompaña a la semilla o al material de propagación desde el comienzo, el productor puede terminar gastando más en controles y obteniendo menores rendimientos. La biotecnología permite intervenir antes, producir material vegetal de alta calidad sanitaria y multiplicarlo en tiempos considerablemente menores.

El especialista sostiene que disponer de material inicial libre de enfermedades puede generar incrementos importantes del rendimiento sin necesidad de incorporar otros insumos al proceso. En la entrevista menciona una mejora potencial del 50% en determinados casos.

La cifra debe entenderse como una referencia asociada a cultivos y condiciones específicas, no como una promesa general para cualquier producción. Pero la lógica económica es relevante: si una tecnología permite mejorar la calidad del material de partida, el productor puede aumentar productividad sin que la estrategia dependa exclusivamente de sumar superficie, fertilizantes o agroquímicos.

Ahí aparece una de las claves de la agricultura sostenible: producir más no necesariamente significa utilizar más recursos. También puede significar reducir pérdidas, mejorar la calidad genética y sanitaria del material utilizado y hacer más eficiente cada unidad de superficie.

Biodiversidad y producción: el desafío de no elegir entre una y otra

Para Misiones, la discusión tiene una particularidad adicional. La provincia combina una actividad agrícola diversificada con una elevada importancia de la biodiversidad y de los recursos naturales. En ese escenario, el desafío consiste en evitar que la búsqueda de productividad termine reduciendo la diversidad productiva.

Gómez Kosky advierte sobre los riesgos asociados a la expansión de monocultivos y plantea la necesidad de diversificar y rotar cultivos. La biotecnología puede aportar herramientas para acelerar la disponibilidad de material vegetal cuando una producción necesita incorporar otra especie o renovar un cultivo.

No se trata de aplicar la misma solución a todos los sistemas. El especialista diferencia entre especies que se reproducen mediante semillas, como soja o maíz, y otras especies de propagación agámica, donde la multiplicación in vitro puede adquirir una importancia mayor por su velocidad y capacidad de generar material uniforme.

En una provincia donde clima, suelo y biodiversidad condicionan fuertemente la producción, la diversificación deja de ser solamente una estrategia ambiental. También puede funcionar como una herramienta de gestión del riesgo productivo.

Un productor concentrado en un único cultivo queda más expuesto a una enfermedad, una alteración climática o un cambio brusco de precios. La combinación de diversificación, material vegetal de calidad y tecnologías de propagación puede ampliar el margen de maniobra.

El problema no es tener tecnología: es lograr que llegue a la chacra

Hay, sin embargo, una tensión que el propio investigador identifica y que resulta especialmente relevante para Misiones. La provincia cuenta con una herramienta tecnológica que puede transferirse a otros territorios, pero todavía tiene dificultades para lograr que los propios productores locales la incorporen en una escala mayor.

Gómez Kosky señala que Biofábrica ha transferido tecnología y productos a otras provincias argentinas y que actualmente existe una demanda importante desde fuera de Misiones. El desafío, según su mirada, es aumentar la apropiación de esas capacidades dentro de la propia provincia.

Ese punto desplaza la discusión desde el laboratorio hacia la economía real. Tener investigadores, infraestructura y conocimiento no garantiza automáticamente productividad. Hace falta que la tecnología encuentre un productor dispuesto a utilizarla, un modelo de negocios que la haga accesible, financiamiento para incorporarla y una estructura de asistencia que permita medir sus resultados.

La distancia entre desarrollar una solución y conseguir que sea utilizada masivamente suele ser uno de los mayores problemas de los sistemas de innovación. En el agro, además, el productor no puede asumir riesgos tecnológicos únicamente porque una herramienta sea científicamente prometedora. Necesita saber cuánto cuesta, cuánto puede mejorar su producción, qué riesgos reduce y en cuánto tiempo recupera la inversión.

Por eso, la apropiación tecnológica aparece como una de las próximas fronteras para Misiones. La provincia ya construyó parte de la infraestructura científica y productiva; el desafío consiste en convertir ese conocimiento acumulado en una mayor productividad dentro de sus propias chacras.

De la Biofábrica a una estrategia de desarrollo

La experiencia de las últimas dos décadas muestra que la biotecnología puede funcionar como una política productiva cuando existe continuidad entre ciencia, formación, infraestructura y producción. El caso de Biofábrica es precisamente el resultado de esa articulación.

La Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible puso esa experiencia en un escenario más amplio, al reunir producción, ciencia, empresas, cooperativas, organismos públicos e instituciones de distintos países. La agenda incluyó biotecnología, bioinsumos, agricultura orgánica, agroecología, mercados y sistemas productivos regenerativos.

Para una provincia como Misiones, la oportunidad no está solamente en producir tecnología para venderla fuera del territorio. También está en utilizarla para resolver problemas concretos de sus propias cadenas productivas.

Eso implica identificar dónde una semilla de mayor calidad puede reducir pérdidas, dónde la propagación rápida puede acelerar una reconversión productiva, dónde un bioinsumo puede disminuir costos o dónde una tecnología puede ayudar a conservar una especie sin abandonar su aprovechamiento económico.

La sostenibilidad, bajo esa mirada, deja de ser una etiqueta asociada únicamente al cuidado ambiental. Se convierte en una ecuación productiva: producir con menos riesgo, utilizar mejor los recursos, preservar la base natural y conseguir que el productor pueda apropiarse económicamente de la innovación.

Gómez Kosky vuelve a Misiones veinte años después de aquella transferencia inicial con una advertencia que funciona también como desafío. La provincia ya tiene conocimiento, infraestructura y experiencia acumulada. La próxima etapa será conseguir que esa capacidad tecnológica se transforme, cada vez más, en productividad concreta dentro de las chacras.

Porque el verdadero salto de la biotecnología no ocurre cuando una tecnología sale del laboratorio. Ocurre cuando llega al productor, funciona en condiciones reales, mejora sus resultados y puede convertirse en una herramienta sostenible para seguir produciendo.

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