A 50 años del Golpe de Estado: La memoria en disputa frente al negacionismo

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A medio siglo del golpe cívico-militar, la Argentina no solo recuerda: enfrenta una disputa abierta por el sentido de su historia y de su presente.

El 24 de marzo de 1976 no fue un hecho aislado ni un “error”. Fue un plan sistemático de exterminio al servicio de un proyecto económico que necesitó del terror para disciplinar a la sociedad y garantizar privilegios para unos pocos. Treinta mil desaparecidas y desaparecidos son la evidencia brutal de ese modelo.

Hoy, a 50 años, ese mismo entramado de poder intenta avanzar sobre uno de los consensos más profundos de la democracia argentina. El negacionismo ya no es marginal: se expresa desde el gobierno, se legitima en discursos oficiales y busca relativizar el terrorismo de Estado bajo la excusa de “revisar la historia”.

Pero esa ofensiva no se limita a lo discursivo. También se traduce en decisiones concretas: el desfinanciamiento y vaciamiento de políticas públicas de memoria, el debilitamiento de programas de derechos humanos, el abandono de sitios donde funcionaron centros clandestinos y las señales que ponen en riesgo la continuidad de los procesos de verdad y justicia. Sin esas herramientas, la memoria corre el riesgo de ser reducida a un gesto vacío.

Sin embargo, la sociedad argentina vuelve a marcar un límite. No solo en las calles, sino también en la opinión pública: distintas encuestas muestran que el consenso en torno a la condena al terrorismo de Estado se mantiene firme y que los intentos de relativizarlo no encuentran respaldo mayoritario. Lejos de consolidarse, el discurso negacionista choca con una memoria social profundamente arraigada.

Esa memoria se expresa, se multiplica y se hace cuerpo en cada rincón del país. También en los espacios más populares. Como en Club Atlético Banfield, donde recientemente se rindió homenaje a sus hinchas detenidos-desaparecidos por la dictadura. Un gesto que no es sólo recuerdo: es una toma de posición frente al intento de borrar, relativizar o silenciar.

Y también en las calles: marchas de antorchas en La Boca y San Telmo, donde la memoria volvió a iluminar la noche. O en todo el país, donde miles de mujeres bordaron pañuelos con los nombres de las y los desaparecidos, tejiendo memoria colectiva, identidad y resistencia.

Porque la dictadura no solo persiguió militantes: persiguió trabajadores, estudiantes, profesionales, vecinos, hinchas. Persiguió pueblo.

Frente a eso, la lucha de las Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas de Plaza de Mayo sigue siendo faro. Y la búsqueda de las nietas y los nietos apropiados continúa, porque cada identidad recuperada es una derrota del terror y una victoria de la verdad.

Y hay algo que empieza a quedar claro: lejos de imponer un nuevo sentido común, el intento de instalar el negacionismo encuentra límites en la sociedad. Cada acto de memoria, cada movilización, cada homenaje —en las canchas, en los barrios, en las plazas— expresa que esa batalla cultural no está ganada por el poder, sino en disputa. Y, cada vez más, es un síntoma de que la están perdiendo.

A 50 años, la memoria no es un ritual: es una trinchera.

Nunca Más no es una consigna vacía. Es un límite político y moral que la Argentina decidió construir —y que hoy más que nunca hay que sostener.

Porque la memoria no es sólo pasado: es acción presente.

Es en la calle, en la organización y en la lucha colectiva donde se defiende.

A 50 años, más que nunca: memoria, verdad y justicia… y el pueblo en movimiento para que el Nunca Más sea para siempre.

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