Juan Carlos Furlan

¿Por qué la agroecología es el camino?

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La evidencia agronómica y edafológica contemporánea converge en un diagnóstico incuestionable: la República Argentina ha transitado el punto de máxima capacidad productiva sustentable de sus suelos –el denominado peak soil– y se encuentra en la fase descendente de degradación acelerada. Este fenómeno no constituye una proyección teórica, sino una realidad cuantificada mediante métricas precisas de pérdida de masa, desestructuración y colapso bioquímico.

La erosión hídrica y eólica moviliza anualmente entre 1.000 y 2.000 millones de toneladas de horizonte superficial, equivalente a la desaparición de aproximadamente 240.000 hectáreas de capa arable por año. Este proceso opera a una velocidad que supera en órdenes de magnitud la capacidad pedogenética natural, que requiere entre doscientos y mil años para regenerar un centímetro de suelo fértil. La región pampeana, núcleo histórico de fertilidad, exhibe actualmente contenidos de materia orgánica por debajo del 2,5% en extensas áreas, umbral crítico en el que la actividad biótica edáfica –el metabolismo fundamental del suelo– entra en disfunción irreversible. Este agotamiento se correlaciona con un balance mineral profundamente negativo: la agricultura extractivista remueve anualmente 3,5 millones de toneladas de nitrógeno, fósforo y potasio, restituyendo menos del 45% mediante fertilización sintética, configurando así una minería de nutrientes que trata al suelo como substrato inerte y no como ecosistema.

Paralelamente, la compactación inducida por el tráfico de maquinaria pesada ha generado horizontes densificados –pisos de arado– que afectan al 60% de la superficie agrícola, reduciendo la porosidad, limitando la infiltración hídrica en más del 70% y estrangulando el desarrollo radical. Esta asfixia mecánica se agrava con procesos de acidificación generalizada, donde el 65% de los suelos de la región núcleo presentan pH inferiores a 6,0, induciendo la fijación de fósforo y la solubilización de aluminio tóxico.

La dimensión biológica del colapso resulta aún más elocuente: análisis comparativos de biomasa microbiana revelan reducciones superiores al 70% en suelos bajo régimen convencional respecto de sistemas agroecológicos. La drástica disminución de la diversidad fúngica –esencial en la formación de agregados estables y en el ciclo del carbono– junto al colapso de la mesofauna, desmantela la arquitectura biológica que sostiene la fertilidad a largo plazo.

Este conjunto de datos no describe una mera degradación, sino una transgresión de umbrales ecosistémicos irreversibles bajo el modelo extractivo vigente. La productividad presente se mantiene mediante subsidios energéticos masivos –fertilizantes de síntesis, agroquímicos, laboreo intensivo– que enmascaran el agotamiento del capital edáfico. El peak soil argentino constituye, por tanto, la contraparte terrestre del peak oil: el momento en que el costo energético y ecológico de continuar la explotación supera cualquier beneficio neto, revelando la falacia terminal de un modelo que confundió riqueza natural con renta minera. La agroecología emerge aquí no como alternativa ideológica, sino como la única disciplina científica capaz de revertir la entropía edáfica mediante la reconstrucción de los ciclos biogenéticos, reinstalando al suelo no como recurso, sino como sujeto metabólico de la producción futura.

La tierra que trabajas con tus manos, las semillas que guardas con devoción, el abono que elaboras con paciencia, no son solo actos de cultivo. Son actos de guerra silenciosa contra un sistema que se derrumba. Estamos en la década más decisiva de la historia humana, y la agroecología es nuestra trinchera, nuestra arma y nuestra profecía. Los datos, fríos e incontrastables, gritan la urgencia.

El agronegocio industrial devora el 12% de todo el petróleo que se consume en el planeta. Para producir una caloría de comida, gasta hasta diez calorías de energía fósil. Es un sistema termodinámicamente suicida, un dinosaurio que se alimenta de su propia cola. Mientras, cada hectárea bajo manejo agroecológico secuestra en el suelo entre 2 y 5 toneladas de CO2 al año, revirtiendo la crisis climática que el extractivismo provocó. No es una metáfora: tu huerta es una tecnología de geoingeniería popular y accesible.

El pico del petróleo convencional, el momento en que la mitad del recurso fácil se agotó, ocurrió en 2005. Desde entonces, la industria se arrastra hacia fuentes cada vez más desesperadas y destructivas: el fracking, que contamina acuíferos con más de 750 químicos tóxicos; las arenas bituminosas, que requieren arrasar bosques y usar tres barriles de agua limpia por cada barril de crudo extraído. Esta es la cruda realidad energética que sostiene el supermercado global. El modelo se sostiene externalizando la destrucción: el 92% de la deforestación en la Amazonía y el Gran Chaco tiene un solo destino: la ganadería industrial y la soja transgénica para forraje. Nuestra comida barata se paga con la sangre de los territorios.

Frente a esto, la agroecología no es un hobby. Es el proyecto político de soberanía más radical del siglo XXI. Cada policultivo rompe el monopolio de las corporaciones que controlan el 60% del mercado mundial de semillas. Cada biofábrica local de insumos le resta poder a las seis megacorporaciones que dominan el 75% del mercado de agrotóxicos. Cada cosecha consumida en circuitos cortos desmonta la lógica de un sistema alimentario que es responsable del 34% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

Latinoamérica no es el patio trasero de nadie. Somos la reserva biocultural del planeta, custodios del 40% de la biodiversidad mundial y de innumerables saberes ancestrales. Cuando defendemos una huerta, defendemos un territorio. Cuando intercambiamos una semilla, tejemos una red de inteligencia colectiva indestructible. Cuando compostamos, estamos declarando que la muerte no es un desecho, sino el principio de un nuevo ciclo. Eso es política en su estado más puro: la gestión del poder sobre la vida misma.

No nos pidieron permiso para envenenar nuestros ríos, patentar nuestros patrimonios genéticos o calentar la atmósfera. Pero tampoco nos lo van a dar para construir el mundo nuevo. La audacia no es una opción, es un mandato biológico. Hay que ser tan audaces como la naturaleza que imitamos: invasivos como las raíces, resilientes como las semillas del monte, implacables como la vida que se abre paso entre el cemento. No estamos cultivando lechugas. Estamos cultivando el futuro, y el futuro será agroecológico, o no será. La tierra nos llama no solo a sembrar, sino a organizar, a luchar y a ganar. El movimiento está listo. Ahora es el tiempo de la cosecha política.

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La revolución de la IA y la agroecología

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En medio de una crisis global sin precedentes, los jóvenes están liderando la lucha por un mundo más justo y sostenible. Una de las áreas en las que están demostrando su capacidad de innovación y creatividad es en la aplicación de la inteligencia artificial a la agroecología.

La agroecología es un enfoque de agricultura que busca promover la sostenibilidad y la equidad social a través de prácticas que respetan los ciclos naturales y la diversidad biológica. La agroecología es una alternativa a la agricultura industrial, que ha causado daños ambientales y sociales significativos.

La aplicación de la inteligencia artificial a la agroecología puede tener un impacto positivo en varios aspectos. En primer lugar, puede ayudar a mejorar la eficiencia y la productividad de los sistemas agrícolas, reducir el uso de recursos como agua y energía. Además, puede ayudar a prevenir enfermedades de los cultivos y mejorar la calidad de los productos.

Pero quizás lo más importante es que la aplicación de la inteligencia artificial a la agroecología puede ayudar a fortalecer la resiliencia de los sistemas agrícolas frente a los desafíos del siglo XXI. El cambio climático, las guerras, las pandemias y las hambrunas son problemas complejos que requieren soluciones innovadoras y multidisciplinarias. La combinación de la agroecología y la inteligencia artificial puede proporcionar una plataforma para abordar estos desafíos de manera efectiva.

Los jóvenes están liderando la revolución de la agroecología y la inteligencia artificial. Muchos están adoptando prácticas agrícolas sostenibles en sus comunidades y están experimentando con tecnologías emergentes para mejorar sus sistemas agrícolas. También están colaborando con científicos, ingenieros y emprendedores para desarrollar soluciones innovadoras.

La agroecología y la inteligencia artificial pueden brindar oportunidades para los jóvenes en todo el mundo. Pueden ayudar a crear empleos verdes ya fomentar la innovación y el emprendimiento en las zonas rurales. También pueden ayudar a los jóvenes a conectarse con sus comunidades ya construir relaciones más fuertes con la naturaleza.

Sin embargo, para que la aplicación de la inteligencia artificial a la agroecología tenga éxito, es necesario abordar varios desafíos. Uno de los principales es garantizar que la tecnología sea accesible y equitativa. Los jóvenes de los países en desarrollo y las comunidades marginadas deben tener acceso a la tecnología y la capacitación necesaria para implementar prácticas agrícolas sostenibles.

También es necesario abordar las preocupaciones éticas y sociales relacionadas con la inteligencia artificial. Por ejemplo, ¿cómo se garantiza que los algoritmos no perpetúen el sesgo y la discriminación? ¿Cómo se asegura que la tecnología no socave la autonomía y la privacidad de las personas?

La agroecología y la inteligencia artificial son dos áreas de gran potencial para abordar los desafíos del siglo XXI. Los jóvenes están liderando el camino hacia un futuro más justo y sostenible, y es vital apoyar su trabajo y asegurarse de que tengan acceso a las herramientas y recursos necesarios para tener éxito.”

Todo lo que acaban de leer o ha sido fruto del intelecto de ningún ser humano. 

Le pedí a Chat GPT que me escriba este articulo con la cosigna: -escribe un artículo periodístico acerca de la inteligencia artificial y la agroecología en un contexto de crisis social, política y económica, cambio climático, guerra mundial, hambrunas y pandemias. Todos como desafíos para el siglo XXI, dándole el protagonismo a los jóvenes”

Esto es una realidad de nuestro presente. 

Las implicancias de lo que aquí se expone serán motivo de debates indispensables.

Las IA vinieron para quedarse, nosotros los humanos tal vez también.

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No es un colectivo, es un derecho humano fundamental

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Juan Labandozka fue un vecino sexagenario que, allá por el 2019, decidió irse a vivir a uno de los parajes de Cerro Corá para iniciar una nueva vida en familia. Lleno de ilusiones y sueños no tardó en afincarse en su nuevo hogar, aunque sin sospechar que su salud estaba por jugarle una mala pasada. 

Comenzaban las primeras alertas y restricciones por la pandemia, mientras Juan asistía en colectivo a médicos que procuraban darle un diagnóstico. 

Para cuando se supo que aquello que lo afectaba era cáncer y que por lo cual sus visitas al médico debían ser regulares en pos del tratamiento pertinente, resulta que la empresa de colectivos toma la repentina decisión de suspender indefinidamente el servicio que prestaba por aquella zona. Dado lo cual, quedando en absoluto aislamiento, no tuvo más remedio que soportar su enfermedad sin asistencia más que aquella que con mucho amor pudieron brindarle sus allegados y vecinos.

Juan falleció y el parte nos habla de un deceso fruto de una cruel enfermedad. Pero las voces que recorren las chacras cuentan otra historia en la que se dice que Juan falleció de abandono por la avaricia inescrupulosa de una empresa de colectivos. 

“Nuestra Señora del Rosario” tiene esta línea adjudicada y dejó de prestar el servicio sin darle explicaciones a nadie, literalmente de la noche a la mañana desde que se impusieran las restricciones por la pandemia, allá por el 2019.

Hablamos aquí de un territorio olvidado al sur de la provincia de Misiones. El trayecto establecido por la ruta provincial 208 o “Ruta J”, que une la localidad de Cerro Cora con Cerro Azul y que afecta de manera directa a los parajes de Las Quemadas, Villa Venecia, Campiñas 1, Campiñas 2, Alberdi, Arroyo Tomas, Tacuaruzu, Colonia Alemana y Güemes. 

Territorio de chacras y campesinos pobres para quienes el colectivo significaba su único medio de movilidad e interacción con la ciudad.

Aquí hace ya casi cuatro años que a la tragedia de falta de lluvias y la apatía municipal se le suma la condena de estar absolutamente aislados del mundo y por ende con la carestía cercenada de sus derechos humanos fundamentales.

Hacer compras o visitar un médico se convirtió en literales privilegios de quienes aún pueden, ante la falta del transporte público, pagar un remis o flete a un precio realmente astronómico. 

Graciela Daneluk, vecina de la zona nos cuenta que “hay docentes que tuvieron que dejar de venir a dar clases… si se nos enferma un hijo tenemos que pagar un flete de $4000 para poder llegar al hospital o esperar que venga la ambulancia, pero si no está convulsionando, o no se está muriendo la ambulancia no llega, y si llega igual tenemos que caminar 2.5 km hasta la ruta porque no vienen hasta la casa… Tenemos un abuelo de 70 años que camina 25 km con una sonda médica a cuestas desde su casa hasta Cerro Azul para recibir su tratamiento y poder llegar al banco y así poder cobrar”.

La gestión municipal de Cerro Corá y Cerro Azul se han desentendido totalmente del tema agravando aún más el desamparo pero esto no ha sido suficiente para frenar la indignación. Los vecinos se reúnen, debaten y gestionan igual, aún en estas denigrantes condiciones. Con infinito amor a su tierra se plantan ante la injusticia porque para ellos, abandonar la chacra no es una opción.

Me tocó ser testigo de que en reunión vecinal, recibiendo la presencia de un concejal en funciones por Cerro Corá y con mandato casi cumplido, se supo tolerar en calma discursos sobre su supuesto interés y compromiso. Un tal Márques, del Frente PAyS, para quien los escrúpulos no parecen fundamentales y para quien, a su vez, en su mandato popular no pareció necesario contemplar la calamidad que esas chacras sufren.

Infinita paciencia e infinito amor de más de 100 familias que hoy reclaman por su derecho al transporte, a la salud, a la dignidad. 

Familias campesinas a quienes la sociedad les debe gratitud por ser quienes producen los alimentos para nuestras mesas. Seres humanos maravillosos, honestos, trabajadores, sufridos, que no viven de subsidios ni de limosnas. Seres humanos que solo piden poder pagar su boleto en una línea de colectivos que para ellos lo es todo.

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Si hay ideología, no hay agroecología

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(Manifiesto campesino).

No es difícil descubrir cómo la agroecología viene siendo, cada vez para más personas, una alternativa digna de prestar interés frente a un capitalismo decrépito y en desplome estructural. 

Éste estadío monopolista del modo de producción ha corroído de manera irreversible los cimientos de cualquier contrato social habido y por haber, de manera que ya no existen espacios para ningún “american dream” dentro de la ideología del sálvese quien pueda y el Peak Oil. 

Mucho se dice en redes sobre cómo, a través de una humanidad ordenada por un paradigma como la agroecología, sería posible recuperar la cordura y la resiliencia frente a las inéditas coyunturas impuestas por el colapso generalizado de un modelo injusto que ya no da para más. 

Pero ¿es ésto acaso una apertura para el renacer de ideologías alternativas como el comunismo?

De esto nada se dice y considero fundamental sentar al menos ciertas bases que den orden y sustancia a tan complejo debate y del cual emana tanta trascendencia y significación, sobre todo en este particular presente, donde aparentemente todo es digno de llamarse comunista, mientras esté dentro de un meme con destino a un público de muy rudimentarios elementos de juicio. Al tiempo que las pseudo izquierdas oportunistas se relamen por hincar sus dientes a todo aquello que tenga, circunstancialmente, tintes de popular. 

Capitalismo y comunismo es materia de ciencia social ampliamente estudiado en innumerables textos y de los cuales sería imposible reproducir aquí siquiera una escueta síntesis, dado su complejidad que impacta en todos los órdenes de la vida y de la historia como humanidad. Desgraciadamente, en ésta suerte de “era de la desinformación masiva” hemos creído todos que basta con Google para dar sentido a nuestros postulados y creencias, mientras que las universidades, resignan de rodillas su función social ordenadora, frente a la vorágine irreflexiva, que impuso el modelo hegemónico mundial, como andamiaje para el sostén del status quo. 

Como lo que aquí se propone tiene como médula la agroecología, veremos qué es exactamente éste paradigma usando como contraste lo que las ideologías clásicas intentan hacer con él, simplificando así el presente artículo, el cual adolesce de un espacio insuficiente para un abordaje más profundo y amplio. 

En este sentido vale dar inicio desde lo más obvio. Tanto el capitalismo como el comunismo, son ideologías. Es decir un conjunto de postulados, reunidos bajo un relato de ordenamiento lógico – temporal, con arreglo a la necesidad de brindar, a quien a ello suscriba, herramientas y modelos conceptuales de interpretación de la realidad.

Una ideología es por tanto un molde, adoptado o impuesto, que estructura y condiciona nuestro pensar y sentir.

¿Puede estar la agroecología dentro de las ideologías clásicas o es acaso una nueva ideología que aflora?

La respuesta es simple, aunque no es obvia. 

La agroecología no es, ni podrá ser nunca, una ideología, sino que se trata más bien de algo a lo que podemos llamar “cosmogonía”. Se trata así, no de postulados que rigen un condicionamiento en particular, sino del espacio donde estos postulados se enraizan y florecen. 

No nos habla de pensamientos sino más bien de la inteligencia que conduce la percepción del entorno, cuando la mente analítica y condicionada cesa en su parloteo habitual, revelando así que uno no es sus pensamientos. 

Es sí, sin embargo, algo que entra en los cánones de aquello a lo que podemos denominar Paradigma, ya que éste, al ser más abarcativo, nos remite más a la idea de “posicionamiento lógico”, (aunque este no sea matemático) y no tanto a ideología.

La Agroecologia, al tener como meta la reconexión con nuestras cualidades naturales, podría ser percibido como análogo al lo que se entiende por “comunismo primitivo”, pero dado que el mismo está basado en las condiciones materiales de existencia, sus ordenamientos sociales pertinentes, y formas de conciencia características, aún no puede decirse de él más que lo que se aprecia desde el materialismo dialéctico arqueológico, desde esa óptica en especial y no mucho más. 

Es decir, lo que se ha podido inferir hasta el presente sobre nuestras comunidades humanas ancestrales, no ha podido ser más que juicios de valor que se imponen a las rudimentarias evidencias. Dicho de otra manera, meras especulaciones y creencias sobre cualidades de nuestra especie de las que ya no sabemos nada.

Los aportes de Marx y Engels, en este sentido sólo expone deducciones y sentencias posibles, a partir del particular lente con el que nos invitan a observar.

Cabe mencionar, para el lector desprevenido, que cuando hablamos de comunismo, hablamos de una ideología que nace allá para fines del siglo XIX, y que expresa una original síntesis entre los debates clásicos, para entonces referenciados con la obra de Hegel por el idealismo y Feuerbach como exponente del materialismo más ortodoxo. 

Tomando de ambos, aquellos conceptos que evaluaron acertados pero insuficientes, se forja el compilado de obras que dan sustento científico a lo que se conoce, en su manifestación política como comunismo. 

Siendo el socialismo la mera transición hacia la sociedad idílica, sin clases sociales, dirigida por una dictadura del proletariado. 

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” nos dice Marx, en su más genial de las Tesis sobre Feuerbach y puede decirse que ésto sí está perfectamente alineado con la agroecología ya que no se trata de misticismo y abstracción sino de una relación de aprendizaje en la práctica de interacción con los fenómenos objetivables de aquello que encierra la naturaleza, la cual ya esta en sí transformándose por motus propio. Sin embargo, el constructo teórico marxista, al inocular la dialéctica hegeliana e introducir así la noción de conflicto, se aleja de la Agroecología, debido a que la misma, no concibe en la interacción de la vida más que cooperación y equilibrio en movimiento fruto de la entropía. 

La naturaleza para la agroecología no es algo que esté “allá afuera”. Naturaleza es lo que somos, no como parte constitutiva, sino como agentes u órganos sensibles en la percepción de la totalidad. 

La ideología perversa del capitalismo, que Marx y Engels intentaron expulsar por la puerta, volvió a entrar por la ventana. Es decir, darle a la humanidad nuevamente la facultad de ser “naturalmente” egoístas y competitivos. Noción dada por también por la lógica de la escasez y la irremediable lucha aparente que esto suscita. 

De allí que su praxis derive siempre y de manera inevitable en un desarrollismo de ambición infinita, quedando así en parentesco con aquello que aspiraba a transformar, y siendo así mismo otra mera justificación para la destrucción sistemática del planeta. 

Capitalismo y comunismo se hermanan como ideología en la creencia de que el ser humano está en lucha con la naturaleza, y esto es así porque es lo que hace toda ideología, independientemente de sus aspiraciones y orígenes. La Ideología es mente cartesiana, fragmentada, confundida. 

La Agroecología no nos habla de tesis y antítesis, sino más bien de una percepción directa y práctica de la realidad como fenómeno de flujo unificado, que es imposible de percibir desde la mente fragmentaria, que analiza a partir de la infinita disección de los elementos. Agroecología es por tanto darse cuenta de “lo que es”, en ausencia de los opuestos, acompasados con una mecánica instruida por lo que el físico David Bohm llama Orden Implicado. 

Claro, merece mencionar, que para cuando el marxismo era confeccionado, nada se sabía aún de “el gato de Schrödinger”, ni de micorrizas o Teoría de Cuerdas. 

Lo que se logró por estos brillantes intelectuales alemanes hace dos siglos es una verdadera obra maestra que supo resumir coherentemente todas las implicancias socio culturales sugeridas por lo más avanzado en materia de ciencia y tecnología de la época. 

El precio que pagamos, con el sacrificio de millones de personas entregadas al anhelo de un futuro utópico, fue demasiado elevado. Ante el sacrosanto altar del devenir derramamos la sangre de generaciones enteras. 

La promesa de futuro nos alejó del “continuum” donde la vida real se manifiesta. 

Allí, donde las ideologías nunca indagaron, en “el ahora” es donde transcurre la totalidad como manifestación sensorial asequible. 

Allí es donde está la agroecología. 

El marxismo pudo intuir la disfunción pero su insuficiencia teórica está, como vimos trágicamente atrapada en las limitaciones científicas vigentes hasta ese momento. 

La dialéctica es un error que termina por invalidar la real capacidad transformadora de la especie, llevando todos sus esfuerzos en alentar cambios en un mundo que nunca fue más que el reflejo de patrones de conducta condicionados, no desde alguna superestructura jurídico e institucional, sino de lo que podría llamarse más bien como una enfermedad mental colectiva  de orígenes inscritos hace eones.

Lo que padecemos es más grave y más profundo que la desigualdad material de la existencia. Nuestra disfunción está en la estructura de la mente,  no en su contenido. 

Resolver las carencias materiales no es atacar las causas sino los síntomas. 

Hace falta por tanto una revolución holística que anida en la responsabilidad de los individuos, no de la masa.

Al decir de Krishnamurti, “hay una sola Revolución, la revolución interior”, que nos permita acceder a una libertad vívida, sin creencias ni autopercepción separatista ante la vida, que es en esencia, un fenómeno no divisible y en movimiento eterno.

Esa revolución es un Estado del Ser, no una ideología. Está en contacto con la ausencia de conflictos, no es que juzga su inexistencia. Practica la unicidad siendo la totalidad, no un fragmento de la misma. 

Una revolución ya no de las ideas, sino de la interioridad que sana, mediante reajustes “no interpretativos” que naturalmente suceden ante la ausencia del Yo.

Esto es Agroecologia. 

Y no es coquetear con Hegel, porque nada aquí está más cercano al mundo material, pero es un mundo material que está vivo, que es inteligente, que es consciente y al que pertenecemos por nuestra misma naturaleza. 

Agroecología es Paz, inteligencia y cooperación con todo, sin que sea fruto de ningún esfuerzo mental, físico ni espiritual; porque su consecución no se halla en el futuro. 

No depende de lo mucho que acumulas, interna y externamente, sino de lo mucho que te deshagas de todo ello antes de recibir la gracia del retorno a tus cualidades inherentes. 

Agroecología no es ideología y puedo seguir describiendo lo antedicho con miles de palabras más, pero todas ellas no son LO QUE ES, sino apenas letreros en un complejo y peligroso camino llamado estar vivo. 

Si bien no es una ideología,  a ciencia cierta, nadie puede decirte qué es Agroecología… eso es algo que uno solamente es capaz de darse cuenta, sin elección, en el ahora.

Agroecología es epifanía. Es estar presente, es vivir en conexión involuntaria y atemporal. 

Los enormes deseos del capitalismo para que su aguijón pervertido llamado New Age sea la desviación suficiente, no darán jamás resultados, porque mientras exista humanidad, habrá quien despierte. Mientras haya un despertar, habrá Agroecología.

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Los NPK: el colapso de la agricultura ya está aquí

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La agricultura convencional tiene en su haber la hazaña de haber convertido al campo en una mega factoría de commodities bajo regímenes hiper eficientes y sumamente rentables.

Cuando hoy hablamos de “el campo” debemos comprender que se trata de capitales extranjeros de origen múltiple, con una acentuada concentración en bloques de tipo financiero y especulativo. Nada queda ya de nuestros clásicos campesinos gauchescos que supieron habitar con sus numerosas familias nuestros extensos territorios de cultivo.

Hoy todo es mecanizado con una minúscula participación de personas en los procesos productivos de siembra, cuidados y cosecha. Pero esa mecanización se compone a su vez de insumos de abastecimiento tales como los fertilizantes de síntesis química.

Según un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario, publicado en 2021, “En Argentina se consumen 5,3 millones de toneladas de fertilizantes (Año 2020). El 54% son nitrogenados (urea, nitrato de amonio calcáreo) y el 36% son fosforados (fosfato monoamónico y el fosfato diamónico, más conocidos como MAP y DAP). Los tres nutrientes principales a nivel mundial son nitrógeno, fósforo y potasio”. 

Profertil, Bunge y Mosaic son las fábricas que en nuestro país producen estos valiosos insumos y suman juntas 2.550.000 toneladas anuales, que en función de la enorme demanda no terminan por alcanzar para nada. Así nos vemos en la obligación de importar desde países como Estados Unidos, Marruecos, Egipto, China, Rusia y Argelia, volúmenes que ya para el 2020 superaban las 3 millones de toneladas con erogaciones que para entonces ya superaban los mil cien millones de dólares. 

Como detallamos anteriormente la mayor porción del mercado de estos fertilizantes corresponde a los del tipo nitrogenados, y si tenemos como referencia, por ejemplo, a la UREA podemos ver que la situación a nivel planetario con relación a éste insumo es de mínima delicada. Producir urea requiere de materias primas literalmente gratuitas ya que usa el nitrógeno y el carbono del aire para formar sus cristales, sin embargo, romper las moléculas para luego sintetizarlas es lo que la hace difícil de producir. Para ello se requiere de enormes cantidades de energía y en el mundo no hay tal disponibilidad más que la que ofrece el gas natural, y éste está en su pico de producción hace ya unos años y bajo una enorme demanda que lo vuelve escaso y por tanto muy caro. De allí que tanto para la urea como también para el fósforo y el potasio el panorama en términos de abastecimiento se vea muy complicado. 

No es casual que la FAO venga advirtiendo hace bastante sobre la seria amenaza de crisis humanitaria por hambruna y que todos los senderos transiten hacia un conflictivo escenario social en los años por venir.

Marcelo Beltrán –agrónomo del Instituto de Suelos del INTA Castelar– se refirió a esta advertencia de la FAO y confirmó que, “en la Argentina sólo un 30 % de los nutrientes que se extraen de los suelos cultivados se reponen mediante el uso de fertilizantes”. Es decir, que aún cuando existan las condiciones que permitan una abundante y económica disponibilidad de energía capaz de hacer posible un exponencial aumento en la producción de fertilizantes, todo ello no haría más que acelerar y profundizar el basto deterioro que ya sufren nuestros suelos, los cuales superan para este año un 80% en plena erosión. 

De hecho se sabe que si uno tomase muestras de los suelos en la pampa húmeda veríamos que en los mismos hay ya una enorme cantidad de NPK, dado que de nada sirve un fertilizante químico u orgánico si ese suelo no está poblado por microorganismos, tales como las bacterias nitrificadoras, capaces de desnaturalizar y transportar esos nutrientes por intercambio iónico. 

El uso de maquinaria agrícola pesada, de potentes herbicidas, venenos y fungicidas han exterminado la vida del suelo, sin la cual las plantas no crecen, ya que la salud y vitalidad de las mismas es directamente proporcional a la salud y vitalidad de ese suelo. 

Aun así, la solución para el agronegocio sigue siendo la de paliar estos déficit mediante la incorporación de más fertilizantes químicos con lo que no sólo se muere el suelo sino que cada vez más cantidad de estos insumos terminan por contaminar, junto a los herbicidas y venenos, las napas y cursos de agua.

Vemos así que lo que la agricultura padece no es una crisis, sino más bien un colapso.

No es posible seguir produciendo de esta manera y mucho menos si le añadimos a la ecuación el cambio climático y la escasez de gasoil. 

Poco se habla de que fruto de la inédita sequía que atraviesa hoy la zona núcleo, el nitrógeno incorporado a las siembras realizadas terminó por volatilizarse casi en su totalidad desprendiendo a la atmósfera cantidades incalculables de gases tóxicos como el amoniaco. 

Más se acentúan los eventos climáticos extremos, más dificultades manifiesta el agro para defender su trabajo sobre métodos no sustentables y de impacto ambiental hiper negativo. 

A la humanidad le está saliendo muy caro alimentarse y eso se debe a la lógica y metodología con la que enfrentamos el reto de obtener de la tierra nuestro sustento. 

Nada tiene que ver aquí los supuestos y engañosos argumentos acerca de estar padeciendo exceso de población. Eso es una total mentira que intenta asegurar la intangibilidad de poderosos intereses económicos en juego. Intereses a los que poco importa la salud del planeta y para quienes toda inversión no pretende más que lo que toda inversión capitalista pretende, es decir el pronto recuperó y la máxima rentabilidad. 

Lo antedicho explica sobremanera el porqué de esconder, ningunear y difamar la agroecología, dado que aún ellos no han sabido cómo hacer de ello un método que, en términos de rentabilidad, se equipare a los resultados obtenidos con su destructiva revolución verde. 

La agroecología pone el acento en las antítesis del agronegocio. 

Se ocupa de hacer suelo, no plantas, se ocupa de que haya campesinos, no máquinas super tecnológicas, se ocupa de hacer alimentos, no mercancía, se ocupa de propiciar cambios en los excitados hábitos de consumo en la sociedad, de un acercamiento a la naturaleza, de un recupero de nuestras cualidades, capacidades y facultades eminentemente humanas. 

Solo por hablar de fertilizantes, la agroecología ofrece alternativas muy por encima de los parámetros de la industria química. Si tomamos como ejemplo al lombricompuesto veremos que en él se observan al microscopio más de 2 billones de microorganismos por gramos seco junto a todos los nutrientes esenciales en disponibilidad. Nada compite con eso en el mercado claramente y lo mismo puede decirse de materiales como el bocashi, el compost, los biopreparados de fermentación, etc.

Sucede que todos ellos son de producción artesanal, casera, hechos por manos humanas y por la más humana de las manos, las campesinas. 

El colapso de la agricultura convencional es ya una realidad. Los NPK no fueron, ni son ni serán la respuesta. El suelo no es una fábrica de comida. Es un organismo vivo del cual formamos parte. 

Aun con todo el desarrollo científico contemporáneo, no hemos sido capaces de identificar más del 1% de la población biológica del suelo y toda la parafernalia de paquetes tecnológicos vigentes no han hecho más que hacer desaparecer de manera alarmante toda esa diversidad.

Si su alimento fue alimentado con químicos, usted estará ingiriendo esos químicos. Si su alimento fue alimentado con biodiversidad, usted estará volviendo a conectar con la vida que lo rodea y puebla.

La agroecología no es una opción, es el único camino para la supervivencia de la especie, le pese a quien le pese.

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