Juan Carlos Furlan

Los NPK: el colapso de la agricultura ya está aquí

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La agricultura convencional tiene en su haber la hazaña de haber convertido al campo en una mega factoría de commodities bajo regímenes hiper eficientes y sumamente rentables.

Cuando hoy hablamos de “el campo” debemos comprender que se trata de capitales extranjeros de origen múltiple, con una acentuada concentración en bloques de tipo financiero y especulativo. Nada queda ya de nuestros clásicos campesinos gauchescos que supieron habitar con sus numerosas familias nuestros extensos territorios de cultivo.

Hoy todo es mecanizado con una minúscula participación de personas en los procesos productivos de siembra, cuidados y cosecha. Pero esa mecanización se compone a su vez de insumos de abastecimiento tales como los fertilizantes de síntesis química.

Según un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario, publicado en 2021, “En Argentina se consumen 5,3 millones de toneladas de fertilizantes (Año 2020). El 54% son nitrogenados (urea, nitrato de amonio calcáreo) y el 36% son fosforados (fosfato monoamónico y el fosfato diamónico, más conocidos como MAP y DAP). Los tres nutrientes principales a nivel mundial son nitrógeno, fósforo y potasio”. 

Profertil, Bunge y Mosaic son las fábricas que en nuestro país producen estos valiosos insumos y suman juntas 2.550.000 toneladas anuales, que en función de la enorme demanda no terminan por alcanzar para nada. Así nos vemos en la obligación de importar desde países como Estados Unidos, Marruecos, Egipto, China, Rusia y Argelia, volúmenes que ya para el 2020 superaban las 3 millones de toneladas con erogaciones que para entonces ya superaban los mil cien millones de dólares. 

Como detallamos anteriormente la mayor porción del mercado de estos fertilizantes corresponde a los del tipo nitrogenados, y si tenemos como referencia, por ejemplo, a la UREA podemos ver que la situación a nivel planetario con relación a éste insumo es de mínima delicada. Producir urea requiere de materias primas literalmente gratuitas ya que usa el nitrógeno y el carbono del aire para formar sus cristales, sin embargo, romper las moléculas para luego sintetizarlas es lo que la hace difícil de producir. Para ello se requiere de enormes cantidades de energía y en el mundo no hay tal disponibilidad más que la que ofrece el gas natural, y éste está en su pico de producción hace ya unos años y bajo una enorme demanda que lo vuelve escaso y por tanto muy caro. De allí que tanto para la urea como también para el fósforo y el potasio el panorama en términos de abastecimiento se vea muy complicado. 

No es casual que la FAO venga advirtiendo hace bastante sobre la seria amenaza de crisis humanitaria por hambruna y que todos los senderos transiten hacia un conflictivo escenario social en los años por venir.

Marcelo Beltrán –agrónomo del Instituto de Suelos del INTA Castelar– se refirió a esta advertencia de la FAO y confirmó que, “en la Argentina sólo un 30 % de los nutrientes que se extraen de los suelos cultivados se reponen mediante el uso de fertilizantes”. Es decir, que aún cuando existan las condiciones que permitan una abundante y económica disponibilidad de energía capaz de hacer posible un exponencial aumento en la producción de fertilizantes, todo ello no haría más que acelerar y profundizar el basto deterioro que ya sufren nuestros suelos, los cuales superan para este año un 80% en plena erosión. 

De hecho se sabe que si uno tomase muestras de los suelos en la pampa húmeda veríamos que en los mismos hay ya una enorme cantidad de NPK, dado que de nada sirve un fertilizante químico u orgánico si ese suelo no está poblado por microorganismos, tales como las bacterias nitrificadoras, capaces de desnaturalizar y transportar esos nutrientes por intercambio iónico. 

El uso de maquinaria agrícola pesada, de potentes herbicidas, venenos y fungicidas han exterminado la vida del suelo, sin la cual las plantas no crecen, ya que la salud y vitalidad de las mismas es directamente proporcional a la salud y vitalidad de ese suelo. 

Aun así, la solución para el agronegocio sigue siendo la de paliar estos déficit mediante la incorporación de más fertilizantes químicos con lo que no sólo se muere el suelo sino que cada vez más cantidad de estos insumos terminan por contaminar, junto a los herbicidas y venenos, las napas y cursos de agua.

Vemos así que lo que la agricultura padece no es una crisis, sino más bien un colapso.

No es posible seguir produciendo de esta manera y mucho menos si le añadimos a la ecuación el cambio climático y la escasez de gasoil. 

Poco se habla de que fruto de la inédita sequía que atraviesa hoy la zona núcleo, el nitrógeno incorporado a las siembras realizadas terminó por volatilizarse casi en su totalidad desprendiendo a la atmósfera cantidades incalculables de gases tóxicos como el amoniaco. 

Más se acentúan los eventos climáticos extremos, más dificultades manifiesta el agro para defender su trabajo sobre métodos no sustentables y de impacto ambiental hiper negativo. 

A la humanidad le está saliendo muy caro alimentarse y eso se debe a la lógica y metodología con la que enfrentamos el reto de obtener de la tierra nuestro sustento. 

Nada tiene que ver aquí los supuestos y engañosos argumentos acerca de estar padeciendo exceso de población. Eso es una total mentira que intenta asegurar la intangibilidad de poderosos intereses económicos en juego. Intereses a los que poco importa la salud del planeta y para quienes toda inversión no pretende más que lo que toda inversión capitalista pretende, es decir el pronto recuperó y la máxima rentabilidad. 

Lo antedicho explica sobremanera el porqué de esconder, ningunear y difamar la agroecología, dado que aún ellos no han sabido cómo hacer de ello un método que, en términos de rentabilidad, se equipare a los resultados obtenidos con su destructiva revolución verde. 

La agroecología pone el acento en las antítesis del agronegocio. 

Se ocupa de hacer suelo, no plantas, se ocupa de que haya campesinos, no máquinas super tecnológicas, se ocupa de hacer alimentos, no mercancía, se ocupa de propiciar cambios en los excitados hábitos de consumo en la sociedad, de un acercamiento a la naturaleza, de un recupero de nuestras cualidades, capacidades y facultades eminentemente humanas. 

Solo por hablar de fertilizantes, la agroecología ofrece alternativas muy por encima de los parámetros de la industria química. Si tomamos como ejemplo al lombricompuesto veremos que en él se observan al microscopio más de 2 billones de microorganismos por gramos seco junto a todos los nutrientes esenciales en disponibilidad. Nada compite con eso en el mercado claramente y lo mismo puede decirse de materiales como el bocashi, el compost, los biopreparados de fermentación, etc.

Sucede que todos ellos son de producción artesanal, casera, hechos por manos humanas y por la más humana de las manos, las campesinas. 

El colapso de la agricultura convencional es ya una realidad. Los NPK no fueron, ni son ni serán la respuesta. El suelo no es una fábrica de comida. Es un organismo vivo del cual formamos parte. 

Aun con todo el desarrollo científico contemporáneo, no hemos sido capaces de identificar más del 1% de la población biológica del suelo y toda la parafernalia de paquetes tecnológicos vigentes no han hecho más que hacer desaparecer de manera alarmante toda esa diversidad.

Si su alimento fue alimentado con químicos, usted estará ingiriendo esos químicos. Si su alimento fue alimentado con biodiversidad, usted estará volviendo a conectar con la vida que lo rodea y puebla.

La agroecología no es una opción, es el único camino para la supervivencia de la especie, le pese a quien le pese.

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Sin agroecología ya no habrá ni pan

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No son muchos los argumentos que aún les quedan a las multinacionales del agro para defender su posición dominante en materia de producción de alimentos. Sostienen, entre sus banderas más preciadas, que solo es a través de sus nocivas prácticas que puede lograrse garantías de abastecimiento para la seguridad alimentaria de la humanidad.

Las experiencias, que a lo largo y ancho del planeta se vienen haciendo con metodologías alternativas, no tienen aún la capacidad de constituir la unidad ideológica capaz de hacerle frente a los poderosos intereses económicos en juego, y la propaganda en sus múltiples expresiones, no permite tampoco se infiltren en los productores más que aquello que hace a la defensa de sus intereses corporativos y monopólicos.

Hablamos de empresas con dimensiones difíciles de imaginar. Archer Daniel Midland (ADM), BUNGE, CARGILL y Louis Dreyfus son las mayores multinacionales para la producción, procesamiento y manufactura del mundo. Gigantes que controlan el 80 por ciento del volumen comercial mundial de alimentos, y de los cuales los primeros tres son de Estados Unidos y la última de Francia. Las cuatro firmas mostraron en 2021 ingresos de casi 330 mil millones de dólares en total solo para ese año.

Pequeños, medianos y grandes productores agrícolas dependen directa o indirectamente de estas empresas multinacionales para el crédito, las semillas, la maquinaria, los fertilizantes, los pesticidas y la comercialización. Lo controlan todo y de esta manera se aseguran que, a pesar de que han destruido ya casi el 90 por ciento de los mejores suelos del mundo, que han sido responsables significativamente de la destrucción del clima, que tienen en sus espaldas la demanda de millones de personas hoy con serias afecciones de salud fruto de consumir sus mercancías; a pesar de todo esto y muchas otras atrocidades contra la humanidad que aún se investigan, siguen ostentando su cómodo privilegio de ser en quienes depositamos la confianza de garantizar el sustento de nuestras familias. 

Garantías ya inexistentes en absoluto, no solo por el cambio climático, sino fundamentalmente a partir de las recientes coyunturas geopolíticas globales, de crisis energética y guerra, que dejan incapaz al mercado de abastecer con los insumos básicos para el campo, en especial lo concerniente a los fertilizantes de síntesis química.

Los precios de la urea por ejemplo, se han triplicado así, en los últimos 12 meses haciendo que las cotizaciones nominales de los precios en el Mar Negro, pasaran de 245 USD por tonelada en noviembre de 2020 a 901 en noviembre de 2021. 

Hoy se vive un serio riesgo de hambruna planetaria y la agroecología cobra así una relevancia inédita para cualquiera, ya que independientemente del lobby feroz existente los números ya no cierran para nadie.

¿No hay realmente más opciones en materia de producción de alimentos?

¿Hay algún país que esté acaso intentando hacer las cosas de otra manera?

En abril del año pasado, se publicó en la Revista Cuba Debate, un artículo muy completo acerca de la situación de ese país en relación a los avances logrados en materia de agroecología. Lamentablemente pasó desapercibido para muchos, en especial para aquellos empeñados en negar el potencial que tienen las metodologías orientadas a sustituir los dañinos insumos y prácticas culturales del agronegocio.

Allí se detalla que “…ante la contundente carencia de recursos de importación como los fertilizantes químicos que no llegan, quienes soportan la tremenda responsabilidad de sacarle mayor provecho a la tierra para producir alimentos han de buscar alternativas, con la mirada puesta en los saberes ancestrales y la ciencia del momento”. 

Los problemas de abastecimiento de insumos en un país que padece el bloqueo económico más largo de la historia hacen de Cuba el ejemplo perfecto para mostrar cómo, fruto de la carestía y a pesar de ella, es posible propiciar formas sustentables de producción. “El año anterior -continúa el citado artículo- fue muy crítico: se recibió apenas un 10% del volumen de fertilizantes (químicos) previsto. Y en 2022 no hemos recibido un solo gramo para las más de 1.780 hectáreas que sembramos de diferentes cultivos… Se trazó una estrategia para proteger la mayor cantidad de tierra con sustancias orgánicas, a partir de prácticas que nunca debieron descuidarse”.

El precio que este país debió pagar por adherir hace décadas al Agronegocio no difiere en nada al que se suscitó también en toda la región. “Erosión, cambio de carbono orgánico, salinización y sodificación, desequilibrio de nutrientes, pérdida de biodiversidad del suelo, compactación, anegamientos, acidificación y contaminación son algunas de las amenazas en Latinoamérica y la región caribeña. Ante esa realidad insistimos en la agroecología, como alternativa centrada en el ser humano y no en el capital”. Para los ingenieros cubanos se trata de sensatez, “la agroecología no puede ser nuestro plan B frente a una contingencia, sino convertirse en el plan A, para desarrollarnos y ser cada vez más soberanos económicamente. Si un producto orgánico me garantiza un rendimiento igual al del químico, el sentido común indica que debería preferirlo”. Perfecta síntesis de la odisea que se vive hoy en la mayor de las Antillas.

La pregunta inmediata que a todos nos surge tiene que ver con que, más allá de las buenas intenciones, ¿es realmente posible en términos de rendimiento productivo apelar a la agroecología?

Veamos los números que se muestran como evidencia: “…Uno de los agricultores implicados en esta iniciativa, en 2022 obtendrá unas 20 ton de papa por ha, luego de aplicar materia orgánica, caldo sulfocálcico, microorganismos eficientes y biochar (carbón vegetal impregnado de microorganismos), una práctica ancestral que tiene su origen en la Amazonía”.

“Hemos estudiado los niveles de sustitución del producto orgánico sobre el químico, en condiciones de riego y de secano. En nuestro país, obtener 20 ton de yuca (mandioca) por ha hoy se considera una buena producción. Con químicos se pueden cosechar 25, si se atiende bien, y con el fertilizante orgánico logramos 35.

“…en los bancos de semilla de caña, estamos empleando el lixiviado de lombriz con asperjadoras, y ha dado una respuesta positiva: el año pasado le echamos a un campo; lo estimamos a 300 toneladas, y el real fueron 1800. Si pudiéramos aplicar este producto a toda la caña, sería magnífico; el problema es cómo extender la producción del lixiviado, para darle al menos dos pases al cultivo.”

Puede que para usted los números precedentes no tengan mayor relevancia, pero créame que se tratan de datos muy significativos, ya que se trata de una verdadera política de Estado con verdadera aspiración de soberanía. 

Aquí, al sur del continente, en estas tierras con amplias extensiones de cultivos commodities nos quieren hacer creer que el campo, es incapaz de adoptar la Agroecología dado ante todo su inmensidad de extensión, y claro está que, al haberse convertido las prácticas sustentables en fenómenos insignificantes de muy pequeña escala, estos no pueden competir como oferta real de alimentos más que en un reducido segmento del mercado.

Pero, ¿hasta cuándo se supone que podremos seguir así?

Hoy en Argentina, la cosecha de maíz ya se considera totalmente perdida, tal y como sucedió con la campaña de trigo precedente. Se espera que al menos algunas precipitaciones den aliento para la siembra de soja pero dado la falta de fertilizantes químicos nadie puede asegurar que los rindes dejen algo más que solo perdidas. 

Más allá de la experiencia cubana, podemos ver que las experiencias en materia de agroecología en nuestro país son aún dispersas y carentes de difusión. Los Estados provinciales, que a excepción de Misiones, se negaron durante décadas a prever este conflictivo escenario, no atinan más que a permanecer expectantes y temerosos de un muy posible estallido social fruto del hambre. 

Nuestro país no es capaz de garantizar de ninguna manera hoy ni siquiera el pan en la mesa de los argentinos y esto se debe sencillamente a que no se han propiciado experiencias de cultivo a escala de trigo con prácticas e insumos agroecológicos, aun cuando estas experiencias ya existan como emprendimientos aislados y pequeños de aventureros amigos del ambiente y de la tierra, experiencias sin acompañamiento oficial de casi nadie y obviamente sin capital más que el escaso propio. 

La reciente incorporación de un ex Ceo de Syngenta como asesor presidencial no hace más que poner en evidencia la absoluta complicidad del Estado Nacional con la mafia agro industrial genocida, que a su vez ve con expectativa e interés las inminentes góndolas vacías, en pos de sacarle provecho como oportunidad para el impulso de sus nuevos paquetes tecnológicos hiper contaminantes y venenosos como lo son el glufosinato de amonio y los transgénicos del tipo HB4.

Uno puede tener los juicios que crea conveniente para con la historia de un pueblo como el de Cuba, pero aún así no debemos olvidar que para los expertos internacionales, este país es hace mucho un verdadero faro para el movimiento agroecológico y su experiencia como pueblo nos muestra con claridad senderos firmes en un camino difícil pero inevitable. 

Podemos enfrentar y salir victoriosos de la miseria a la que nos somete el capital monopólico, en tanto y en cuanto seamos capaces de reconocer al fin que este modelo que hoy colapsa nos obliga a todos a madurar como sociedad. El paternal contrato social que hemos firmado con quienes han convertido a la alimentación en un negocio debe ser rápidamente sustituido por una humanidad verdaderamente soberana, es decir involucrada y empoderada de por lo menos, su propia alimentación.  

La absoluta entrega de nuestra soberanía alimentaria a empresas multinacionales del agronegocio es una realidad muy triste que debemos aceptar. No valen aquí las declaraciones de interés ni las maquinaciones político partidarias. Deben los Estados tomar posición y acción práctica inmediata en pos de erradicar de una vez y para siempre toda conciliación con intereses en hacer del sufrimiento y la escasez la nueva normalidad.  La agroecología no es una opción en Argentina para que las clases medias puedan darse el lujo de comprar un tomate sin veneno, en este particular siglo naciente, de lo que hablamos es de que sin la agroecología como paradigma dominante, la inanición y sus secuelas sanitarias vendrán a constituirse como la nueva realidad a la que deberás acostumbrarte. 

Si un país en extrema pobreza como Cuba pudo hacer los avances que hizo, cuánto más podría esperarse de un país como Argentina? Por su historia, tradición, infraestructura, capital humano y tecnología, ¿a qué temer?

Hay un solo impedimento hoy para emprender un verdadero camino de soberanía y es el de reconocer como enemigo público al agronegocio criminal. Hagamos que la tierra vuelva a ser de quien la respeta y ama de verdad. Hagamos que la Agroecología crezca en todo el país.

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Volver a la naturaleza para volver a ser humanos

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La urbanidad, como constructo de arquitectura social y cultural, es el fruto de una muy amplia red de cooperación y de trabajo mancomunado que requirió desde siempre mucha organización. 

Ideas que han podido ser plasmadas en la materia al transformarse en producto tangible como cemento, tornillos, acero, cables, asfalto, etc. 

Parece una obviedad pero resulta que la constante especialización del trabajo, la permanente tecnificación de la industria, la educación convencional, entre otros factores que hacen al actual modo de producción y sus sociedades complejas, promueve el trastorno de la alienación, fruto del cual nos percibimos como entes separados de los objetos y la naturaleza. 

Toda la red de manos de obra que permitió a los materiales de construcción y cotidianos suministros llegar a su destino desaparece por completo ante nuestros ojos y se manifiesta así como entidad ajena y “extra – terrestre”.

Lo antes descrito corresponde a un fenómeno ampliamente estudiado en Ciencias Sociales y explica las raíces profundas que hacen a la discapacidad que tenemos para superar las deshumanizantes rutinas que nos adormecen y condicionan en el diario vivir. 

La ciudad es nuestra obra maestra cultural en un sendero que desde el año 3.000 a/C no ha parado de crecer y evolucionar hacia formas cada vez más complejas de producción y reproducción de la vida en entornos artificiales. 

No obstante, el 99% de nuestra historia, es decir aquello que bajo la órbita de la evolución natural, nos hizo seres humanos fue dado en entornos de organización  dentro de ecosistemas naturales con tribus nómadas sin jerarquía ni estratificación, más que aquellas que muy específicas circunstancias podían ocasionalmente exigir y de manera temporal muy breve.

Dos millones y medio de años fueron los que la naturaleza requirió para hacernos parte del reino animal en armonía con el entorno y desde el día que aprendimos a domesticar una semilla (7.000 a/C), no hemos podido dejar de perder esa función de equilibrio participante.

El licenciado madrileño, Jesús García Barcala expresa al respecto que:

“Ningún ser vivo está programado por la naturaleza para proteger su entorno conscientemente. Plantas y animales nacen, crecen, se reproducen y mueren sin ningún objetivo aparte del de su propia supervivencia, y nuestros antepasados prehumanos no eran diferentes. Un Australopithecus Afarensis como la célebre Lucy tomaba un fruto de un árbol, comía hasta saciarse, y seguramente tiraba el resto a una distancia no más larga que la que le permitiría la fuerza de sus brazos. Neandertales y Erectus cazarían lo que pudieran sin pensar jamás en la posibilidad de que alguna especie pudiese extinguirse, como le sucedió después a los mamuts debido a la caza masiva por Homo sapiens apenas hace una decena de miles de años. En todo caso, hasta aquellos días, el reducido número de humanos sobre la Tierra limitó el daño y permitió a la naturaleza repararlo a un ritmo más alto del que se producía. Todo cambió con la aparición de la agricultura… Muy pronto los hombres se vieron en la necesidad de robarle terreno a los bosques, ya fuese talándolos o quemándolos, y de transportar el agua a través de acequias o canales… Nuestros ancestros probablemente tenían la excusa de desconocer los daños que provocaban, nosotros no tenemos ese lujo”

Percibimos una potente connotación pesimista en estas líneas expuestas por el historicismo clásico dejando entrever que la destrucción del medio ambiente aparentemente no es otra cosa más que el resultado de nuestra propia naturaleza, pero ¿qué sabemos en verdad acerca de esas cualidades naturales si es el mismo ser disfuncional quien, desde sus propios condicionamientos se proyecta y observa el pasado? ¿Podemos en verdad saber lo que fuimos sin estar atados a lo que somos?

¿Qué es esto que somos a fin de cuentas?

El neurocientífico Agustín Ibáñez sostiene que: “el ser humano es un ser social, lo que nos hace humanos es la capacidad de entender la mente del otro, pensar en conjunto y empatizar con el otro, eso nos distingue de todas las otras especies sociales, por lo que el cerebro humano está capacitado para hacer grandes cosas, en conjunto, gobernar, construir etc.

Somos seres tremendamente sociales, estamos hiper especializados para capturar lo que los otros piensan y sienten, porque el cerebro está cableado para eso”

Vemos que no está en la descripción precedente nuestro apetito por la destrucción sistemática e impulsiva, que la destrucción de la vida en el planeta no es el resultado obvio de nuestra permanencia en él. El mismo Wikipedia asegura que somos: un “primate caracterizado por el desarrollo de su capacidad intelectual, abstracción, introspección y comunicación de gran complejidad. Seres eminentemente sociales, formando complejas redes asociativas, incluyendo sofisticados sistemas de parentesco”.

Ser humanos es ser capaz de transformar el mundo como resultado de nuestra cualidad cooperativa. Eso es lo único que puede concluirse de lo expuesto. Y las evidencias dejan bien en claro que es lo que hemos venido haciendo de manera constante. Aunque, al tener que padecer tan arraigada la cárcel que representa nuestra enajenación y alienación de la vida, esas transformaciones nos condujeron irremediablemente a la sexta extinción masiva. 

Me arriesgo a sostener que nuestra especie padece simplemente de una enfermedad mental muy emparentada con la esquizofrenia. Porque alteraciones de la personalidad, alucinaciones y pérdida del contacto con la realidad describen a la perfección el conjunto de actitudes, hoy naturalizadas aunque las mismas, de naturales no tengan nada.

Vivimos una encrucijada inédita con el cambio climático y más que nunca la naturaleza reclama que pongamos en acción las habilidades que ella forjó en nosotros. La vida nos está reclutando a un viaje de retorno a nuestra re humanización pero ya no como entes de equilibrio inconsciente tal y como sucedió con nuestros ancestros, sino desde un lugar de participación despierta y por ende colectiva y planificada.

Sin ese salto cualitativo la supervivencia se torna un suplicio paulatino de acostumbramiento a la sentencia irremediable de la desaparición. 

Volver a la naturaleza para volver a ser humanos es el desafío del milenio y éste debe dar por tierra al individualismo egoísta y a la existencia de ser meros consumidores explotados. No hay ya más convivencia posible entre humanidad y capitalismo. El planeta concluyó su amorosa espera paciente.

Las condiciones para revertir el actual estado de cosas están bien dadas y hacen a nuestras condiciones y cualidades naturales. 

Lo que hoy somos no es lo que la evolución de la vida esperó como resultado de su accionar. No somos un experimento fallido de la evolución. Somos sapiens que han usado el regalo de la autodeterminación para construir caminos de despilfarro. 

¿Conoce usted la parábola del hijo pródigo?

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La Niña está embarazada de transhumanismo

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El cambio  climático  se impone como un fenómeno multidimensional y complejo a un ritmo de transformaciones climáticas severas cuya velocidad no tiene precedentes.

Independientemente de los enormes avances existentes en materia de ciencia y tecnología, la ciencia en sí, como conjunto de modelos y procedimientos de observación que requieren compilación de datos, contrastación, hipótesis, ensayos, etc., no ha experimentado mayores cambios de los existentes hace un siglo. Instrumentales de precisión, imágenes satelitales, sofisticados sensores y complejos software han ayudado y mucho a la hora de reunir evidencias en pos de acreditar alguna hipótesis, sin embargo esto es apenas una fracción del método científico, ya que los datos en sí no prueban nada, si no están conforme a una hipótesis que avale alguna teoría de investigación que, luego deberá ser consensuada por la comunidad científica. Consenso que desgraciadamente está articulado, administrado y financiado por poderosos intereses económicos que han convertido a la ciencia en un mero engranaje de su compleja mercadotecnia. La ciencia necesita muchos años para probar una teoría y la vertiginosidad de los cambios en materia de meteorología han venido a dejar en este incierto siglo XXI una suerte de vacío teórico en el que se conjugan diferentes elementos. El “fenómeno de el niño y la niña” aparece por primera vez a los ojos de los científicos a finales del año 1989, y desde entonces se pudo saber que se trataba de un fenómeno aparentemente natural, en el que, fruto de las variaciones en la temperatura en la superficie del agua del Pacifico Ecuatorial se manifestaron excesos o escasez de lluvias en un proceso cíclico e intercalado en períodos estimados entre 5 a 7 años. Este fenómeno “natural” aún estaba bajo investigación cuando, décadas atrás, el cambio climático irrumpe en el escenario, de manera que a falta de una nomenclatura  mejor, a los excesos de lluvia se siguió llamando “el niño” y a las sequías “la niña”, aun cuando las nuevas características de los fenómenos no terminaban de corresponderse con los estudios originales. 

Podemos decir que lo único que queda de la teoría original es que aún parecen responder los fenómenos actuales a las variaciones de temperatura ocasionadas por los vientos Alisios en el Océano Pacifico. Sin embargo, las ciencias meteorológicas clásicas aún se aferran casi con exclusividad a los datos provenientes de los gradientes de temperatura, siendo que existen innumerables estudios que apuntan a la necesidad de tomar en cuenta una multitud de otros fenómenos simultáneos en el afán de llegar a comprender lo que sucede.

Gabrielle Lipton, investigador del Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR), advierte que “Para entender el ciclo del agua, se pueden pensar en varios niveles. Están los diagramas colgados en las escuelas primarias que muestran cómo el agua del océano se evapora formando nubes y luego vuelve a caer a la tierra. Un nivel más arriba, está la comprensión general que toma en cuenta la evaporación de los árboles, los patrones de viento y otros fenómenos similares.

Luego, están los enfoques sumamente técnicos que observan una gran variedad de minucias y contingencias: los flujos de savia nocturna, las emisiones de isopreno, las partículas de nucleación de hielo liberadas por las hojas en descomposición, e incluso las fases de la luna”.

Claramente, hablar de una  segunda y hasta tercera niña no tiene ningún sustento en el plano teórico, y mucho menos de consenso en la comunidad científica, en tanto y en cuanto todos los análisis se restringen a las variaciones de temperatura. La dolorosa verdad es que como humanidad no estamos entendiendo qué es esto a lo que hemos dado en llamar cambio climático, a qué responde, y cómo nos afecta.

Dado esta suerte de vacío teórico por falta de consenso, lo que domina en materia de pronósticos del tiempo está hoy día bajo la órbita de organismos supranacionales tales como “Climate Prediction Center”, o la “National Oceanic and Atmospheric Administration” (NOAA), ambas, agencias del gobierno de los Estados Unidos. 

Prácticamente todos los países del mundo adecuan y circunscriben sus predicciones sobre los informes que dichas agencias emiten. Tal es, por ende, el caso de nuestro Servicio Meteorológico Nacional.

Todo análisis y proyección de dicho organismo, dista mucho de ser soberano, fruto de que, como vimos, no sólo estamos bajo total dependencia de agencias de gobiernos extranjeros con enormes intereses económicos en nuestra región, sino que las mismas 

 se rigen, a su vez, sobre modelos de análisis no consensuados por la comunidad científica internacional, dado entre otras cosas a que no toman en consideración más que los muy cuestionables gradientes de temperatura en el océano, frente a los cuales no queda más que la mera expectación impotente.

La Teoría de la Bomba

Biótica de Humedad Atmosférica (BPT por sus siglas del inglés: Biotic Pump Theory), es una hipótesis que Anastassia Makarieva y Víctor Gorshkov, del Instituto de Física Nuclear de San Petersburgo, propusieron en 2006 y argumenta que el mayor impulsor de los vientos es la capacidad de los bosques para condensar la humedad, en lugar de la temperatura. Se plantea como la consecuencia de una interacción particular de cuatro conocidas leyes físicas:

la ley de Clausius-Clapeyron,

la ley de los gases ideales,

la ley de la gravitación

la ley de conservación de la energía.

A través de la transpiración, las plantas sueltan vapor de agua en la atmósfera. A medida que el vapor se eleva, se encuentra con capas de aire frío y se condensa en gotas formando nubes. En el paso de gas a líquido, disminuye el volumen de agua dejando un vacío en el aire, con lo cual reduce su presión. Esto provoca que el aire por debajo en donde la presión es relativamente alta, sea aspirado, arrastrando con ella el aire más húmedo del océano o de la superficie forestal. Una bomba que produce vapor, modificando la presión atmosférica y que al final, genera la lluvia. 

La BPT, contradice los parámetros que imponen las agencias de los Estados Unidos y está dentro de las teorías con mayor consenso a nivel científico mundial dado que todos los datos compilados hasta el presente lo avalan.

Esto tiene una significación enorme, ya que al poner el eje en la deforestación para explicar nuestro presente, en vez de los gradientes de temperatura en el océano, queda a la vista la importancia de darle prestigio y preponderancia a los servicios meteorológicos nacionales a nivel continental y hacer de ellos verdaderos abanderados de planes y estrategias para mitigar y hasta revertir el cambio climático. Son las agencias de cada Estado las responsables de apuntalar, sobre la base de investigación en territorio, respuestas útiles, realizables y certeras, al tiempo que dicha encomienda soberana ya no podría estar sobre la aceptación genuflexa de modelos impuestos por intereses foráneos.

No es un mero debate teórico lo que aquí se expone, sino que se trata, como vemos, de un elemento central en el plano de la geopolítica de dominación planetaria. 

Hablar de segunda y tercera Niña hoy es anti científico, anacrónico y apátrida. En otras palabras, no hay posibilidad de hacer absolutamente nada frente al cambio climático sin soberanía meteorológica.

Si nos detenemos a ver qué pronósticos ofrecen las agencias de los Estados Unidos respecto a La Niña, podemos apreciar que se habla de que ésta llegaría a su fin recién para otoño de 2023 y hasta entonces no habría nada que hacer más que ser testigo del derrumbe económico y productivo del país con las pérdidas que ya hoy carecen de precedentes. 

Pero, realmente no podemos hacer nada?

Las lluvias escasean sólo por la dirección de los vientos Alisios del Pacifico Ecuatorial según NOAA, pero  por qué la humedad del Océano entra o deja de entrar al continente no está explicado en los modelos convencionales. Si la teoría de las Agencias de Estados Unidos es correcta, entonces sólo debería llover, y de manera descomunal, en las costas de Colombia, Ecuador y Perú. Estas agencias descuidan intencionalmente los Ríos Voladores que hoy se hallan quietos al interrumpirse la succión de la Bomba Biótica, y que por ende coloca a Sudamérica en franco proceso de desertificación. 

La Mata Atlántica es quien garantiza las lluvias hasta Tierra del Fuego (hoy bajo asedio de incendios incontrolables) y se estima que, si pudiésemos frenar hoy la expansión de la frontera agrícola, la selva y la consecuente Bomba Biótica, tardaría no menos de 500 años en reponerse.

No obstante, esto sería así, sin que hagamos nada. Con los estudios pertinentes y la planificación consecuente, realizada por equipos conformados por investigadores meteorológicos nacionales sería posible saber con precisión, dónde, cómo y cuándo reforestar, tal y como ya se está haciendo, por ejemplo, en África para frenar la expansión del Sahara, o en China para frenar las tormentas de arena que azotan Pekín. 

El cambio climático se puede frenar y hasta revertir pero con soberanía verdadera y, en este milenio, sin autonomía de investigación meteorológica no habrá lugar para planificar nada más que la distribución de ansiolíticos a granel.

El fenómeno de La Niña es un invento norteamericano para montarse en un futuro de tierra arrasada sobre el cual asegurarse la venta de paquetes tecnológicos  transgénicos y carne impresa en sus laboratorios.

La Niña está embarazada de transhumanismo colonial posmoderno y se espera de Latinoamérica un neo fascismo ecologista en el que tendremos la culpa de todo, porque no separamos la basura en casa.

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Misiones, ejemplo de resistencia y sustentabilidad

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En toda percepción de la realidad, opera en uno aquello a lo que da en llamarse “unidad de medida”. Conocemos, aprendemos, experimentamos, juzgamos y valoramos el entorno y su información sobre nuestro sistema cognitivo, el cuál opera fundamentalmente por medio de la comparación. 

Esta particularidad de la especie humana nos ayuda y condiciona permanentemente, seamos conscientes de ello o no.

Sé así, que ésto o aquello es bueno o malo siempre en relación a un punto de anclaje sobre el cual edifique mis preferencias y decisiones. 

Entonces, ¿Cómo sabemos que la Agroecología es algo bueno? ¿Cómo juzgar las decisiones políticas de nuestra Provincia en favor de los pequeños campesinos?

Es de dominio público aquello que refiere a la necesidad de alimentarnos de manera más saludable y que muchas veces, la alimentación convencional, que deviene de la agricultura convencional remite a peligro por toxicidad y prácticas cuestionables para con la naturaleza. Pero, ¿sabemos los misioneros lo que sucedió en otras provincias, en las que se les ha abierto la puerta de par en par al agronegocio? ¿Tenemos los misioneros una unidad de medida?

A tal efecto me tomé el trabajo de entrevistar a Ruben Eduardo Schlotthauer, de Colonia Lucienville, Basavilbaso, Entre Ríos.

Ruben, o Tito para los amigos, es Agroecologo y vive en su chacra hace varios años en donde enseña a vivir en armonía con la naturaleza y en paz con el medio ambiente. Pero ¿cuál es la situación que se vive en esa provincia hoy día?

“Estamos en un colapso total -nos dice- la naturaleza, la política, la justicia, todos son efectos de una misma causa y los resultados están a la vista, sufrimos un ecocidio donde perdimos todos… estamos en una provincia en la que se secan los arroyos que ya estaban contaminados con agrotóxicos y también se secan las napas y todavía hay gente que no toma dimensión de lo que se ha hecho y eso que hace más de 15 años que venimos denunciando esto con evidencias científicas”.

Eso es Entre Ríos hoy, una provincia arrasada por el agronegocio. 

Pero ¿qué pasaba con Misiones para ese entonces?

Veamos, para mediados de la década de los 90, mientras que en provincias como Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires y Entre Ríos empezaba a propagarse el uso de herbicidas y los cóctel de agrotóxicos y OGM, en nuestra Provincia se atestiguaba la aparición de las primeras ferias francas de pequeños campesinos organizados y en defensa de su lugar y de su producción. Más adelante, con el arribo del nuevo milenio, mientras que en aquellas provincias donde se celebraba el agronegocio y los campesinos eran obligados a vender o arrendar y mudarse a los pueblos, aquí se promulgada la “Ley de Arraigo y Colonización” en 2.004. Abiertamente en sentido opuesto a lo que se imponía como modelo productivo nacional, Misiones tenía ya para el 2015, la “Ley de Desarrollo, Promoción de la Feria Franca y Mercado Zonal Concentrador”(2010), la “Ley de Alimentos Artesanales” (2011), la “Ley de Fomento a la Producción Agroecológica Misionera” (2014), y la “Ley de Agricultura Familiar” (2015).

Una batería descomunal de conquistas legislativas que plantaron bandera frente al avance voraz de una agricultura criminal que se relamía por hincar sus despiadados dientes en nuestros montes y selva. 

Un modelo de desarrollo propio que apostaba al pequeño campesino minifundista, mientras que en el mundo los dólares de la soja transgénica hacía que en los campos ya no quede nadie y se fumigaba hasta en las escuelas. Un modelo misionerista, subversivo, que apostaba con convicción a la sensatez, a sabiendas del precio que tenía el quedar al margen del supuesto desarrollo que prometían las empresas criminales como Bayer-Monsanto y sus voceros y lobbistas bien pagos. Aquí se decía que no.

Aquí se sostenía que no es progreso la destrucción de la naturaleza y la agricultura sin campesinos. Mientras se imponía la expansión de la frontera agrícola, los latifundios, y la dispersión a mansalva de agrotóxicos aquí se tomaba otro rumbo.

¿Podemos entender la dimensión de tamaña decisión política? Se trató de proceder sobre caminos sin brújula, sobre senderos inexplorados y con recursos propios, dado que al no formar parte del “club”, nuestra situación económica no podría tener más que serias dificultades. 

Pero no quedó todo allí. 

Redoblando la apuesta y de manera desafiante, aquí no se dejó de legislar en el mismo sentido. 

Para 2018, se sanciona la “Ley de Programa Provincial de Huertas Escolares”, en 2019, la “Ley de Emergencia Alimentaria” y la “Ley de Creación del Programa de Soberanía Alimentaria Provincial”, en 2020, la “Ley de Sala de Faena Artesanal para Agricultores Familiares” y la “Ley de Protección de Semillas Nativas y Criollas”, para el 2021, la “Ley de Agricultura Urbana” y para 2022, la “Ley de Sistema Provincial de Manejo Sustentable de Abejas Nativas”, la “Ley de Impulso y Desarrollo de la Actividad Frutícola”, la “Ley de Parques Productivos Sustentables para la Producción Agroecológica”, la “Ley para el Día Provincial de la Soberanía Alimentaria”, la “Ley para el Programa de Utilización del Polvo de Roca Basáltica”, la “Ley para el Desarrollo Comunitario y Fortalecimiento Productivo de las Comunidades Guaraníes”, la “Ley del Programa para Agricultura Inteligente Bajo Cubierta”.

¿Saben cuantas legislaciones de promoción de la Agroecología han tenido en las últimas décadas en la región de Pampa Húmeda? 

Literalmente nada en absoluto. 

Nuestro querido amigo Tito nos cuenta que el daño sufrido en Entre Ríos es irreparable. Millones de especies que se han perdido para siempre. El agronegocio trajo la fiebre por el desmonte y hoy todos están trabajando a pérdida, hace tres o cuatro años que el gobierno tiene que venir subsidiando todo para que se puedan levantar las cosechas, los rendimientos han caído muchísimo, y lo poco que se obtiene es para blanquear dinero ilegal. Buscando la pepita de oro se perdió todo”

El testimonio de Tito es la fiel descripción de lo que sucede hoy con aquel tan mentado progreso al que nos empujaban y presionaba el agronegocio. Hoy todo es ruina, contaminación y devastación ecológica en la Pampa húmeda. Sin campesinos, sin semillas propias, sin la cultura ancestral, sin clima apropiado, sin vida en los suelos, sin nada.

El proyecto desarrollista de la destrucción fracasó rotundamente y deja tras de sí un triste rastro de población envenenada y célebres récord como el que goza Entre Ríos hoy al ser la provincia más fumigada del mundo. Y todo para qué? Montañas de dólares que jamás quedan en el territorio, enriquecimiento de pool de siembras y Multinacionales del sector, que no han hecho más que empobrecer dramáticamente la vida y la salud de sus pobladores.

Hoy somos en Misiones un ejemplo de cómo apostar al cuidado de la naturaleza y la Agricultura familiar es siempre la decisión inteligente. De cómo los dólares a cambio de la diversidad biológica nunca es buen negocio para los legítimos dueños de los recursos naturales. Somos ejemplo de sustentabilidad. 

No porque aquí está todo bien, ya que nos toca ser parte del padecimiento global que el agronegocio le hizo también al clima, y nos toca seguir remando en esta suerte de isla verde que eligió verse así misma destacada en las imágenes satelitales.

Solo se ama y valora lo que se conoce. Expongo aquí todos estos argumentos porque no nos podemos dar el lujo de no defender nuestras conquistas y menos aún si eso es fruto de no tener una unidad de medida. 

Mientras tanto, luchadores incansables y heroicos como Tito seguirán en su épica lucha ganándose el mayor de nuestros respetos.

Me quedo en este final con una de sus sentencias: “pude conservar 6 hectáreas de Monte y es la herencia que les dejo a mis hijos ya que con las especies que se pudieron conservar ahí les dejo algo de valor incalculable. Estas seis hectáreas son también un beneficio para la humanidad porque conservan las semillas de nuestros pastos naturales”.

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