Juan Carlos Furlan

Llueve en octubre y la Pampa Seca envidia a Misiones

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Octubre lleva más de 200 mm de lluvia acumulada y las Cataratas del Iguazú no están exentas del fenómeno, habiendo aumentado más de 10 veces su caudal en los últimos días.

Parecen tan lejano aquellos días de escasez hídrica en un contexto así y los cultivos como la yerba mate reflejan una asombrosa y rápida recuperación que alientan a ver un futuro de abundancia y plena producción. 

Ahora bien, de acuerdo al registro de lluvias mensuales realizado por la Estación Experimental Agropecuaria Cerro Azul, durante octubre de 2021, las lluvias habían también alcanzado promedios de entre 200 y 250 mm, y ya para diciembre habían registrado un derrumbe que se trazó en menos de 50 mm. Dado estos antecedentes creo muy conveniente ser discretos a la hora de celebrar éstos actuales regímenes pluviales. 

En primer lugar debemos determinar qué es lo que está sucediendo en términos macro con el clima.

Según el SMN está sobre nuestro país un fenómeno conocido como “La Niña”, pero ¿qué es exactamente éste particular episodio del Cambio Climático?

Se trata de una intensificación de los vientos Alicios en el Pacifico Ecuatorial que desequilibra el tránsito de las aguas templadas en superficie del océano, dando por resultado un enfriamiento en costas como las de Perú y Ecuador. Así, la habitual humedad de ésta parte del océano deja de ingresar al continente, con el agravante de no existir tampoco una succión estable de la Bomba Biótica de Humedad Atmosférica producto de la deforestación de la Mata Atlántica. El resultado es falta de lluvias. 

Según el INTA, en Misiones, La Niña aparece por primera vez en el periodo comprendido entre los años 2004- 2012, y continúa hasta nuestros días con matices de intensidad. Este primer período que arranca en 2004 sólo puede ser percibido en base a los registros estadísticos comparables de información agro meteorológica disponibles por la institución y que datan de 1967. Gracias a esta unidad de medida podemos saber que La Niña empieza en el 2004 pero no pudo ser percibido a simple observación ya que la falta de lluvias estuvo asentada en períodos de temperaturas medias estables, es decir, la evapotranspiración no era lo suficientemente intensa para que se llegue a registrar fenómenos extremos como incendios de gran escala. 

Cosa que sí ocurrió en 2021. ¿Por qué? Porque a la escasez de precipitaciones se sumó un registro récord de temperatura de 41.4, igualando la máxima histórica de diciembre de 1985.

La combinación de inédita radiación solar con los registros de baja humedad relativa dieron por resultado un cóctel idóneo para el desastre. 

Desde abril los valores de precipitaciones se derrumbaron en la provincia, pero no se nota dado que coincide con temperaturas aún no intensas, lo cual crea este micro clima productivo promisorio. 

De acuerdo al SMN, se mantendrá el enfriamiento en el Océano Pacifico Ecuatorial, permitiendo pronosticar para noviembre y diciembre un 89% de probabilidad de que se mantenga el fenómeno de La Niña. A esto se le suma que éstas máximas en la temperatura se mantendrán como tendencia en cifras muy elevadas.

No debe creerse tampoco que el escenario se va a modificar después de diciembre, solo se señala que hasta ahí es hasta donde sabemos, dado que los pronósticos sólo remiten a un período comprendido por el lapso de tres meses.

En otras palabras, el actual clima está signado por el Cambio Climático y por ende las actuales y benditas lluvias no deben hacernos olvidar que se trata de una oportunidad para hacer los deberes en materia de reservorios, restauración de cuencas y manejo de vertientes. 

Entre diciembre de 2021 y febrero, se batieron todos los récord de los que se tienen registro, con -313.8 mm según la Estación INTA Cerro Azul. 

En suma, de mínima, cabe ser precavidos e inteligentes a la hora de programar nuestras labores culturales. Estrategias como las que brinda la agroecología en materia de cubiertas de nuestros suelos e implantación de nativas en los cuadros, no debe dejar de ser considerado como estratégicos métodos de adaptación y resiliencia. 

Es un octubre maravilloso. Eso es innegable. Si nos comparamos con la situación que padece el agronegocio en la ex “Pampa Húmeda”, donde según el mismo diario La Nación dejaba recientemente entrever que, los cultivos de trigo están siendo destinados a pastura por la falta de lluvias que arruinó completamente la cosecha y que ésta situación, como vimos con los pronósticos del SMN, no va a mejorar al parecer para la subsiguiente campaña con soja. Podemos decir así que Misiones está, en este contexto, claramente en el mejor de los mundos.

Todo lo antedicho no hace más que ratificar el hecho de que el Cambio Climático nos empuja a una transición hacia la agroecología. Una transición que demanda, entre otras cosas, la aceptación plena y consciente del imperio de un nuevo orden natural en el que nos estamos jugando la supervivencia, y en el que la provincia viene siendo un ejemplo para el mundo entero con políticas y legislación de vanguardia. 

Basta ver simplemente el mapa satelital de Misiones y comparar con los territorios vecinos, para notar con incuestionable contundencia lo bien que hemos venido haciendo las cosas en materia de conservación y producción. El desastre ambiental lo ocasiona un enemigo muy poderoso y su escala es planetaria. No podemos desde aquí hacer más que seguir cuidando nuestra biodiversidad pero será ésta siempre una batalla muy desigual. El terreno de combate no es más que éste, en el que se disputa la vida y la muerte como modelos de humanidad. Misiones eligió la vida, conservando en vez de destruir. Una elección que nos coloca en la necesidad de estar a la altura con valentía y decisión. No importa el desastre que la sociedad de consumo le haya ocasionado al planeta y no importa que el clima nos imponga estas crueles reglas de juego. No importa que el cambio climático nos amenace, nosotros, los misioneros vamos a resistir.

No es el mejor de todos los mundos, es el mejor de los mundos que pudimos construir, para nosotros y para toda la humanidad. 

Hoy, en este octubre llueve en Misiones y no es casualidad, es el fruto de aciertos en los diagnósticos políticos e institucionales. Llueve en octubre aquí y no en la zona pampeana, porque decidimos conservar. Si la Nación y el mundo nos ayudaran en esta empresa, y pudiésemos incluso ampliar nuestras reservas naturales con reforestación masiva, tal vez sea posible que no tengamos más esta amenaza constante de La Niña al menos en Misiones y que en octubre también llueva en el resto del país.

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Quality Control y Wood Wilde Web: la agricultura familiar como modelo de sociedad

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En este octubre se cumplen siete años desde que Misiones promulgó la vanguardista ley de Agricultura Familiar.

Hace poco pude compartir esta legislación con amigos concejales de Entre Ríos y créanme que para ellos, como para cualquier persona a lo largo y ancho del planeta, se trata de una conquista gigantesca y un verdadero aporte no distópico frente al colapso

La ley nos propone metas extremadamente ambiciosas. Consignas frente a las cuales debemos meditar, ya no como “problemática de sector primario” sino, dadas sus implicancias y alcance, más bien como bandera de toda la sociedad. 

Misiones tiene lujos como esta y muchas otras leyes que apuntalan una estrategia de conservación y cordura frente a la desquiciada ambición destructiva que por desgracia ha privilegiado el resto del mundo. 

Una ley que nos enorgullece (o debiera hacerlo) pero que dista mucho de ser aplicada como es debido, dado un sinnúmero de factores que hacen a nuestro particular contexto. 

Por ignorancia o interés corporativo, muchos ven en la deficiencia de aplicación de estas leyes, la prueba de su desacierto. Pero ¿a qué se deben en verdad las dificultades vigentes? 

Veamos. 

Un Estado provincial disidente, desobediente, que se declaró en abierta rebeldía contra la destrucción de la naturaleza que impera como modelo global, un Estado subversivo contra hegémonico con la irreverente audacia de promulgar leyes así, está en dificultades financieras, institucionales y humanas obvias a la hora de poner en práctica las revolucionarias implicaciones de transformación profunda pertinentes.

No puede uno ser tan ingenuo en creer que la misma lógica fragmentaria entre Sociedad y Estado que sostiene y legitima el capitalismo monopólico, será también la que pueda ser capaz de llevar adelante éste tipo de transformación. Leyes como las de Agricultura Familiar o la de Agroecología, entre otras, son instrumentos legales de un Estado distinto que busca la construcción de una sociedad también distinta. 

El Estado es una herramienta de direccionamiento colectivo. Lo que del Estado emana trastoca, moldea y edifica el andamiaje jurídico e institucional con el propósito que, desde allí, sea esa sociedad capaz de darse a sí misma patrones de comportamiento y organización consecuentes.

La ley no basta. Sólo señala un rumbo, que no puede ser alcanzado por la coerción.

El capitalismo monopolista de Estado rechaza toda participación ciudadana porque le es tóxica a la hora de ser eficaz como garante de privilegios para corporaciones, más aún en lo concerniente a las demandas de la división internacional del trabajo. Crea así leyes que propician y hacen previsible la perpetuidad del status quo de saqueo extractivista. Entonces, ¿puede un Estado provincial, dentro de un Estado nacional sostenerse en disidencia sin que esa permanencia esté fundada en un completo involucramiento y participación ciudadana?

¿Puede el mero sistema representativo dar esas garantías? La verdad es que no. Si las leyes por sí solas fueran capaces de asegurar una sociedad más justa y racional, entonces la carrera de abogacía estaría prohibida por ser promotora de “guerrilleros” y “células terroristas”.

Necesitamos entender que Misiones se propuso erradicar la estupidez del extractivismo de una manera no tradicional. Es un fenómeno aún no estudiado por las ciencias sociales, esta propuesta de asalto al poder real. Una propuesta que “se coló por la ventana” del modelo hegemónico y que puso la teoría política tradicional patas para arriba. 

Una oferta revolucionaria disruptiva que demanda participación e involucramiento ciudadano como sangre necesita el cuerpo para su puesta en práctica efectiva. Un empoderamiento del cual aún permanecemos los misioneros muy distantes.

Es que no se supone que de nuestros patrones heredados de consumismo y enajenación surja algo más que la espera de soluciones de quienes están en el poder institucional. Y es legítimo que así sea, pero no podrán ser esos sistemas de creencias y ordenamiento capaces de subsistir en una humanidad que ejercite una libertad interior alineada con la naturaleza.

La Ley de Agricultura Familiar sostiene en su Artículo 1: “Adóptase como modelo de desarrollo productivo, económico, social y ambiental a la agricultura familiar en toda su diversidad, la que es sujeto prioritario de las políticas y acciones que se ejecutan desde las diferentes áreas del gobierno provincial”.

Contemplen la significancia de lo expuesto aquí. Adoptar como modelo la Agricultura Familiar, lo que es lo mismo que decir la Agroecologia, para el desarrollo productivo, económico, social y ambiental de la provincia trae aparejado una trasformación radical de los estándares que impuso durante 200 años el consumismo y la esclavitud mental colonialista. Nos interpela a todos como responsables y co-creadores. Nos coloca en un estadío de participación indispensable. 

La Agricultura Familiar como modelo de Estado y de sociedad no puede ser algo que funcione paralelo a la lógica de modelos y sistemas de creencias antagónicos. No puede coexistir con aquello que aspira transformar. La ley podrá así, tener vigencia y plena aplicación si es que logra, la política, enamorar con el sueño de un contrato social sustentable. 

Si meditamos en profundidad la problemática, veremos que no se trata en realidad de una propuesta tan novedosa. Si bien recientemente, desde la Neurobiología Vegetal se vienen haciendo aportes que abonan la idea de ver en la naturaleza un modelo no antropocéntrico de sociedad, (lo cual es equivalente a buscar que la Agricultura Familiar sea nuestro modelo), podemos ver un capital teórico y práctico muy valioso incluso en la corriente de reestructuración productiva nacida en Japón allá por la década de los 70 del siglo pasado. Corriente que implicó profundos cambios en la organización del trabajo y que fue vulgarmente conocido como “toyotismo“.

Autores como E. Deming o K. Ishikawa, entre otros, arrojan abundante luz sobre la problemática aquí expuesta y es muy fácil ver la asombrosa coincidencia que se expone con todo lo que la ciencia del mundo natural nos mostró en su avance más reciente.

El Quality Control y el Wood Wilde Web se hermanan hoy como síntesis perfecta a la hora de pensar en la viabilidad en la implementación de la Agricultura Familiar como modelo revolucionario de sociedad. 

Una sociedad que nos merecemos soñar por el simple hecho de aceptar la responsabilidad histórica del presente al ser misioneros,  y por tanto, Guardianes de la Biodiversidad para una humanidad resilientes frente al cambio climático. 

Son estos los ineludibles desafíos que el devenir nos impone. Estar a la altura de esta responsabilidad de empoderamiento colectivo significará salvar vidas que, de otra manera, mientras sigan atrapadas en la dependencia de un capitalismo en franco derrumbe, no podrán jamás hallar posibilidades de supervivencia. 

Sembremos pues esperanza con política de verdad. 

Sembremos futuro. 

Las leyes están.

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La yerba, para salvar la humanidad

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Han traído relativo alivio a nuestros numerosos pequeños productores yerbateros los nuevos precios fijados para el próximo semestre, tanto de hoja verde como canchada, ambas  puestas en secadero. 

La falta de lluvias ocasionada por el desastre ambiental que impulsa el agronegocio en la Mata Atlántica se tradujo en pérdidas muy significativas registradas en las últimas cosechas, añadiendo incluso la pérdida de notables fracciones de cuadros con mortandad de plantas, fruto tanto del estrés hídrico como de afectaciones directas por incendios.

Es sabido que en los últimos meses, si bien se registraron algunas precipitaciones, ninguna de ellas hasta el momento ha logrado restablecer por completo la humedad del suelo en estratos que superen, en el mejor de los casos los 20 centímetros de profundidad, haciendo que la crisis del sector esté aún muy lejos de ser cosa del pasado. Mucho más si le añadimos a la ecuación la escasez de fertilizantes, los precios estratosféricos de los insumos como el glifosato, la escasez de gasoil, la desertificación del suelo rojo profundo, y la inexistencia de mano de obra disponible. 

Pero ¿Cómo llegamos a este punto?

Hagamos un poco de historia. No creo que genere controversias considerar que el actual modelo de producción de yerba mate puede perfectamente ingresar a los libros de historia como “Modelo Larangeira“. Matte Larangeira fue la empresa que, entre finales del siglo XIX y principios del XX monopolizó la extracción y comercialización de la yerba mate en un ciclo de expansión del capitalismo global sobre la región valiéndose del Estado para disciplinar la mano de obra, eliminar a sus competidores e imponer el control del poder privado sobre los espacios naturales. Modelo al que comúnmente se le asigna el epíteto “extractivista”.

Si vemos la evolución de esta producción a lo largo de la historia podremos notar que tal vez el salto más importante se produjo  al ver que la creciente escasez de plantas silvestres pudo ser compensada con la domesticación del cultivo. Pero habiendo domesticado el cultivo, ¿concluyó el extractivismo? Si bien tanto historiadores como sociólogos y antropólogos concluyen unánimemente de que el modelo de extracción finaliza a partir de este momento, es importante observar que, a la luz de tanta evidencia empírica manifiesta nos encontramos frente a la necesidad de revisar y resignificar nuestras sentencias científicas vigentes. 

Me animo a afirmar que el extractivismo o modelo Larangeira es el mismo que rige hasta hoy día, siendo que la domesticación del cultivo solamente logró darle un carácter más eficiente, al tercerizar la producción-elaboración y llevando el carácter monopólico a la comercialización a través de hipermercados y grandes cadenas de distribución de alimentos.

El extractivismo nunca terminó, porque debe este sistema ser visto no como la expoliación de los frutos del suelo, si no del suelo mismo. 

Del siglo XIX al siglo XXI solo existe la evolución de un mismo modelo, y hoy, dadas las circunstancias que imperan fruto del cambio climático y la crisis energética, la situación tiene caracteres de terminal. 

El descenso de la productividad bajo estas condiciones de producción es un fenómeno irreversible dado, como ya hemos visto, el proceso de desertificación del continente y el Peak Oil. Según estudios sobre muestras de suelo en 2022, remediar la falta de nutrientes en los yerbales de rojo profundo demanda una aplicación no inferior a las 5 toneladas de fertilizante químico por hectárea. Un disparate que solo puede ser tomado en consideración por tecnócratas y adictos a las planillas Excel.

No sólo no existe esa oferta comercial de insumos, no sólo se trataría de un costo imposible de sobrellevar, si no que fundamentalmente trasciende los límites físicos del mismo suelo. La planta alcanzaría a absorber menos del 1% de esa aplicación, mientras que la solubilización de todo lo demás pasaría a incrementar drásticamente la acidificación del suelo y una abrupta y criminal contaminación de nuestras cuencas. 

El modelo extractivista se murió, junto con el modelo capitalista, adicto al petróleo y el crecimiento indefinido en un planeta con recursos finitos.

Entendamos que lo que todas las evidencias señalan no tiene que ver con la desaparición de este formidable cultivo, sino más bien nos habla de la encrucijada tan particular en la que nos encontramos como humanidad. No puede seguir estando en discusión la viabilidad de este modelo, al igual que tampoco puede seguir siendo materia de debate cuál es la alternativa. Innumerables ensayos experimentales a lo largo y ancho de Misiones vienen demostrando que llevar nativas a nuestros yerbales, propiciar las cubiertas verdes en vez de usar herbicidas y, en general, promover la restauración de nuestros suelos propiciando la biodiversidad dejan sentado con absoluta contundencia que sin agroecología, sin prácticas culturales regenerativas el cultivo de la yerba mate está condenado a su irremediable desaparición. 

No es una novedosa alternativa productivista, sino más bien un natural discurrir en sistemas sustentables para la supervivencia tanto de los cultivos como de su consecuente permanencia del campesino en la chacra. 

Aquellos que no estén hoy dando pasos decididos hacia la agroecología en sus yerbales, están condenados a desaparecer, mientras que quienes apuesten a una producción acompasada por las nuevas reglas impuestas fruto del cambio climático y la crisis energética serán los bendecidos por una demanda y un precio que seguirá en aumento. 

En este mapa del tesoro, serán solo los resilientes quienes puedan usufructuar del tan mentado oro verde.

Un nuevo modelo en el que cientos de hectáreas de yerba ya no sea un desierto verde, si no una nueva selva para una nueva humanidad

Regenerar para salvar El cultivo 

Regenerar para sobrevivir a la crisis 

Regenerar para permanecer en la chacra 

Regenerar para frenar el cambio climático 

Regenerar para revertir el tránsito hacia la sexta extinción masiva. 

Con yerba, salvar la humanidad.

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¿Puede ser negocio la agroecología?

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Corren tiempos difíciles en múltiples frentes de nuestras sociedades complejas contemporáneas. Me arriesgo a decir que, de todos ellos, el que hace a la escasez de alimentos a nivel mundial, constituye el más dramático y desolador de todos.

Un flagelo en curso que, a pesar de la significancia e impacto humano intrínseco, no está en agenda de prácticamente ningún medio de comunicación actualmente.

Veamos algo de contexto. El 55% de la humanidad vive hoy en las ciudades, constituyendo así lo que el reconocido geólogo español, Antonio Aretxavala, llama la “Urbanosfera”. Esta esfera de civilización, signada por la cada vez más ausente población en ámbitos de ruralidad, trajo aparejado multitud de problemas que pertenecen al campo del sentido común. Por ejemplo, el hecho fáctico de que estos 4.400.000.000 de seres necesitan, entre otras cosas, poder alimentarse.

Para mediados del siglo pasado, se propuso una idea innovadora, por parte de las grandes corporaciones en pos de paliar este escenario. Una idea signada por la implementación en los cultivos de insumos químicos y venenos, a lo que tiempo después se le suma, al paquete tecnológico, el uso de semillas modificadas genéticamente. Esta mal llamada “Revolución Verde” prosperó hasta nuestros días, dándole forma y contenido a lo que conocemos como “Agronegocio”, un formidable conglomerado de empresas que se han enriquecido descomunalmente gracias a convertir el alimento en mercancía y a los granos en commodities. 

Este sistema, que en sus orígenes se propuso erradicar el hambre del planeta, no sólo no cumplió jamás esa meta sino que trajo consigo una inédita destrucción de los suelos más fértiles del planeta, haciendo que su rentabilidad creciente se base fundamentalmente, ya no en el incremento de rindes por hectárea, sino más bien en la expansión de la frontera agrícola, arrasando con todo espacio existente de montes y selvas, transformando toda la diversidad biológica, en suelo para monocultivo con base tecnológica y maquinaria pesada. Una estructura de producción fuertemente dependiente del ya escaso petróleo, no sólo por la demanda de combustible sino por necesitar del mismo para la elaboración de sus fertilizantes de síntesis química.

Nadie discute hoy día que la alimentación de nuestra especie nos está deteriorando, fruto de la desnutrición ocasionada por la desmineralización y envenenamiento crónico y es desde allí que comienza a tomar fuerza cada día más las ideas concernientes a la agroecología. 

La pregunta habitual y corriente, dado este particular entorno coyuntural, es: “pueden las chacras agroecologicas dar de comer a toda la humanidad?” O bien “¿puede ser negocio producir bajo esta forma y metodología?”

Vamos por parte.

En primer lugar es importante señalar que alimentarse no es ingerir sino nutrir. Sólo a modo de ejemplo basta con mencionar que los minerales que en la década del 50 nos brindaba una sola manzana, hoy día los podemos obtener al ingerir 25. Como vemos, el agronegocio no compite jamás con la calidad y su desmesurado volumen es, de mínima, un vil engaño apto para consumidores enajenados. La agroecología, al poner el acento en la regeneración de los suelos y la biodiversidad, asegura la presencia de nutrientes en todo lo que se produzca aún cuando el volumen de aquello sea inferior. No obstante, las reglas que imperen en un mundo que aspire a ser alimentado por la  agroecología debe sufrir inevitablemente una profunda revolución en su superestructura e infraestructura social, en virtud de establecer mercados de cercanía, educación e involucramiento ciudadano, desmantelamiento total del consumismo como eje civilizatorio y el decrecimiento económico en pos de dar por terminada las relaciones capitalistas de producción y relacionamiento territorial.

De esto último, se desprende e insinúa ya la respuesta a la pregunta acerca del “negocio” implícito para el productor en estos cambios radicales. Entendamos que Agroecología no es un conjunto de técnicas alternativas al agronegocio, sino una transformación hacia una cosmogonía distinta y no distópica. Una forma civilizatoria alterna en la que ideas como “negocio” sean ya irreconocibles. Se trata de un mundo que cambió y cuyos cambios signados por la crisis energética y el cambio climático nos imponen ser resilientes y reinventarnos desde nuestros mismos cimientos, en ausencia y orfandad de toda referencia conocida, dado que compilaciones teóricas como las que dieron vida al marxismo, por ejemplo, ya se encuentran desfasadas por anacrónicas e inviables al ser postulados de base filosófica conflictual y de estructura de aplicación pro desarrollista y petrodependiente.

La chacra agroecológica no es negocio, es futuro y supervivencia de la especie, es acción de restauración ambiental, es freno al cambio climático, es realineación con la naturaleza y su inteligencia holística.

Veremos muchos de estos puntos expuestos a lo largo de distintas presentaciones semanales en esta columna, con los argumentos y propuestas pertinentes.

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