Juan Carlos Furlan

¿Hacia dónde va la agroecología?

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Creo que es de suma importancia hoy, más que nunca, ser capaces de ir haciendo el esfuerzo en pos de darle mínimo ordenamiento a la inédita multitud de pseudo debates vigentes hoy día acerca de la Agroecología, ante todo para no terminar por profundizar esta suerte de “teorema del caruncho”, en el que dado que no parece haber más remedio que el de persistir en los senderos por detrás de los acontecimientos, vamos a reducir en agroecología a todo intento por hacer de los desperdicios de la sociedad de consumo un algo útil o comestible, tal y como sucede con, por ejemplo, el arroz, que al ser víctima del almacenamiento especulativo, se llena de carunchos, los cuales a veces decimos “son al final proteína”, mientras países como Estados Unidos destinan un trillón de dólares anuales al gasto militar, y transitamos a toda marcha rumbo al iceberg motorizados por la recesión-estanflación, la compulsiva quita de liquidez, la desglobalización, el Peak Oil  etc.

Tamaña contradicción e irracional desigualdad con destino a “no tendrás nada y serás feliz”, merece abrir un paréntesis y meditar, aunque más no sea un poco, el hacia dónde se dirige todo este andamiaje de combustibles entrópicos, al que sin mayores dificultades podemos catalogar como locura. Siempre desde un palco signado por la observación y el darse cuenta de la misma naturaleza de los fenómenos en pugna. 

En primer lugar considero oportuno subrayar que el sistema alimentario mundial se ha vuelto un monstruo infernal deshumanizado y deshumanizante, no sólo por las cada vez mayores injerencias de tecnologías de automatización en sus múltiples etapas y procesos, no solo tampoco por la tragedia de hacernos perder por envenenamiento la funcionalidad de nuestro segundo cerebro alojado en los intestinos, como tampoco solo por ser responsable mayoritario del cambio climático, sino que debemos intentar ver que, en su conjunto constituye una criatura inteligente y por tanto, con vida y discernimiento propio. Una entidad que se erige con imposición autoritaria bajo la órbita de aquello que es ya independiente de nuestra voluntad. 

En este sentido, como todo ser viviente, posee necesidades objetivables, es decir, come – defeca – respira – crece, etc.

Me recuerda a las fábulas de dragones, seres que sin sentido alguno azotan las comunidades humanas destruyendolo todo sin más ambición que el de su irracional apetito destructivo. 

Merece de valentía el permanecer observando a la bestia. Pero si somos capaces de hacerlo, y de incluso procurar adentrarnos en sus sombrías madrigueras, tal vez seamos capaces de conocer un poco más, fundamentalmente al percatarnos que es, en últimas, una servil mascota del mismísimo capitalismo. 

Un monstruo que come hidrocarburos y defeca residuos cancerígenos, que inhala biodiversidad y exhala gases de efecto invernadero junto a otras nocivas partículas en deriva, ese es el sistema agroalimentario mundial. Una entidad paranormal que crece deforestando, un huésped anti vida, como el mismo cáncer, que no dejará de expandirse hasta lograr matar a su portador, en este caso, el mismo planeta tierra. 

Entendiendo así, mediante esta cruda descripción, vemos que el objeto y propósito de la Agroecología no podría jamás ser algo realmente distinto del funcional agronegocio si sus aspiraciones no van más allá de los meros remiendos de baches que promueve el esquizofrénico modelo vigente. 

Tenemos la responsabilidad de hacer que no sea así. Que no terminen siendo vestidos de seda para la mona.

El desliz está en los detalles. Allí es por donde se filtran las desviaciones. En el uso del mismo lenguaje ya que es de lo que estamos socialmente hechos, de palabras, o de historias, al decir de Galeano. Palabras que no sólo hacen a lo constituido, sino que nos mueve hacia lo constituyente y cuando hablamos de Agroecología, lo hacemos justamente usando palabras. La dificultad en este sentido anida en que el siglo XXI NO está destinado a perpetrar las mismas persecuciones de su predecesor. Vivimos hoy las profecías de Francis Fukuyama, quien allá por 1992, auguraba el fin de las luchas por ideologías, y así hoy padecemos lo que Fidel Castro advertía: “…cuando surgieron los medios masivos, se apoderaron de las mentes, y gobernaron no sólo a base de mentiras sino de reflejos condicionados… La mentira afecta el conocimiento, el reflejo condicionado afecta la capacidad de pensar, y no es lo mismo estar desinformado qué haber perdido la capacidad de pensar”. Padecemos hoy de una hiperexcitación psicópata fruto de múltiples y simultáneos estímulos que nos coloca en la cúspide del marketing, y dado que si “muestra torpeza o falta de entendimiento para comprender las cosas”, según la RAE, nos hace ser estúpidos, terminamos por volvernos discapacitados en el discernimiento propio y por tanto, predecibles, manejables, esclavos. 

La ausencia de ideologías hizo que ya no haya más lugares a salvo en nuestra interioridad que nos den un sentido de existencia y seguridad, aunque ésta no haya sido más que ilusoria. La norma es esta suerte de quiebre colectivo de conciencia desde el cual, en la ingravidez del subconsciente, un mínimo impulso basta para que esa energía nos conduzca en la dirección deseada, sin que podamos remediar el paseo con el esfuerzo de nuestras cualidades naturales. Somos cual astronautas a la deriva y así, en la soledad del espacio de nuestro universo interior, toda voluntad es menos que vana.

El regreso al planeta tierra, a la materialidad de la existencia, no es por los senderos New Age de meditación astral y el chakra raíz. Es más bien con el recupero de nuestras capacidades innatas de percepción y sensibilidad hacia los elementos, un regreso al cuerpo, a su información, a su inteligencia. Un cuerpo que es también vehículo apto para este transitar por el existir. Así, hay conciencia que habita el cuerpo, un cuerpo que toma contacto con la naturaleza y la naturaleza que abraza al hijo pródigo con la abundancia, eso señores, eso es Agroecología, un regreso a la información viva y fluyente del “orden implicado”, lo que mal llamamos conocimiento ancestral. 

Es por tanto bandera de los desposeídos, es instrumento de liberación de la especie, es un retorno a la naturaleza para volver a ser humanos, es revolución. 

Quienes, deliberadamente o no, propician que se reduzca a un mero conjunto de técnicas para hacer comida, están matando la oportunidad de revertir el rumbo hacia la sexta extinción masiva al que nos empujan con el transhumanismo. Agroecología no es un paradigma. Ahí anida el meollo de la cuestión. Esa es precisamente la piedra que mella el filo.

La historia de la ciencia, y de la humanidad en general, fue siempre la historia de las transiciones de paradigmas, mediante los cuales forzamos siempre a la naturaleza para que encaje en los mismos. Según Kuhn,

“cuando un estudiante está aprendiendo, lo que está aprendiendo es cómo incorporarse al paradigma”, de modo que nunca los seres humanos hemos podido trascender más allá del condicionamiento impuesto por nuestros patrones de conducta aprendido, y mucho menos hoy, cuando el derrumbe civilizatorio impulsa a las redes sociales por los senderos fragmentarios que decretan los algoritmos y nos brinda sesgos cognitivos frágiles basados en un etérico sentido de pertenencia. Agroecologia es en todo sentido lo opuesto a la esclavitud mental y espiritual y es también el “destino manifiesto” del campesino como clase social dirigente, al ser aún portador de las llaves hacia la terrenalidad.

Agroecología no es una teoría tampoco. La palabra teoría viene del griego “theoria”, que tiene la misma raíz que el teatro. Vivimos atravesados por la mente analítica que fragmenta la percepción y nos hace ver como separados del mundo que nos rodea. Al decir del prestigioso científico David Bohm “la fragmentación produce la costumbre casi universal de pensar que el contenido de nuestro pensamiento es una descripción del mundo tal y como es, con la realidad objetiva”. Y esto es la perpetua discusión con ES. 

Sin embargo, el hombre ha buscado siempre la totalidad física, mental y espiritual. La palabra “health” (salud) procede de la palabra anglosajona “hale” que significa “whole”, en inglés “todo”, es decir, estar saludable es estar completos y esa capacidad de percibir la totalidad. Ese “darse cuenta” de lo que uno percibe, sin el juicio de un pensamiento programado y condicionante, es Agroecologia. 

Así vemos también que tampoco es una ciencia sino que se trata más bien de una concepción epistemológica global que no atenta contra paradigmas preexistentes sino que más bien hace a una cosmogonía distinta que apuntala y exige un modo de vivir. 

La cosmogonía está más allá de los paradigmas. Hace más bien al espacio donde los paradigmas existen. No es el contenido del recipiente, sino el recipiente mismo. Algo que la humanidad aún no se pudo cuestionar. 

El colapso capitalista seguirá intentando cooptar y hacer suyo todo intento por formular un sistema de vida distinto y es inteligible que así sea. Nos corresponde trabajar con todas las fuerzas para que esta oportunidad de transformación profunda en nuestra maltrecha humanidad no se desperdicie.

Hoy “un fantasma recorre el mundo, el fantasma de la Agroecología”. Campesinos del mundo uníos. Para que logremos instaurar la cordura, ya no será la conciencia lo que determine  nuestras vidas, como tampoco lo hará el ser social, será la inteligencia que habita en todas las cosas, será la naturaleza que al fin logre conducir nuestros designios. No por casualidad una neurona vista al microscopio es idéntica, con el mismo instrumento a una muestra de micorrizas.

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Democracias y colapso

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La sociedad industrial nos ha transformado en nuestras costumbres y percepción de una manera inaudita, si prestamos atención a la magnitud, profundidad y velocidad con la que los nuevos sistemas de creencias, basados en la sociedad de consumo vinieron a sustituir las construcciones ideológicas precedentes en nuestra historia como humanidad. 

La superestructura jurídica, política e institucional vigente es el fruto de cambios revolucionarios acaecidos en sólo un par de centenios y valores tales como “la maximización de la ganancia” parecen hoy día más cercanos a nuestra cualidad natural que a un modelo impuesto por aculturación.

La burguesía, como clase social dominante y dirigente, logró impulsar el desarrollo de formidables fuerzas productivas en plan de un crecimiento indefinido y en una batalla sin tregua atizando un conflicto que el capitalismo albergó siempre en sus entrañas: el hombre versus la naturaleza. Fenómeno muy poco observado por círculos intelectuales hasta que, frente a las últimas décadas, la aparición en escena de los límites físicos del planeta puso una barrera que contempla una nueva disyuntiva histórica. 

Lo que la antropóloga e ingeniera, Yayo Herrero Lopez explica como “momento de Cambio Climático, de declive de la energía fósil y de los minerales, de pérdida de biodiversidad en el que la materialidad de la tierra se va a constituir como agente político. No vamos a poder negociar con esta materialidad y las humanidades futuras van a ser humanidades que tengan que aprender a vivir a partir de un aterrizaje forzoso de los límites físicos del planeta tierra”.

La crisis asoma como global, hegemónica y estructural dado que aún con paradigmas pseudo novedosos como el de “capitalismo del desastre”, la imposición de estos límites físicos van arriando todas las contradicciones del sistema hacia un inevitable decrecimiento, poniendo en jaque el modo de producción en un tablero sobre el cual ya no basta con la mera destrucción de fuerzas productivas en pos de apostar a un renacimiento.

Así es como se están creando las condiciones para lo que da en llamarse “ecofascismo”, un modelo que apunta a la creación de políticas autoritarias globales que permitan dar garantías de preservación de privilegios a las élites, cercano a una suerte de “feudalismo pos industrial” entendiendo que, como señala Yayo Herrero “el decrecimiento material de la economía va a hacerla funcionar con menos energía, con menos materiales, con menos agua, con menos recursos de la tierra sí o sí, por puro agotamiento, es un dato de la realidad, no es una opción…” 

De esta manera, una proposición no distópica tendría que pensar en un potente avance de restauración democrática urgente, donde al decir de Yayo, “la clave que hay que plantearle al ciudadano es cómo quiere asumir ese decrecimiento”, es decir “con o sin desigualdad”. La propia científica advierte, en este sentido, que “la salida de esta crisis es a través de una redistribución de las riquezas, sin crecimiento”. 

Es decir, sociedades que ya no busquen la realización personal sobre la persecución del éxito individual entendido como capacidad de consumo sino sobre valores de cooperación y solidaridad que se plasmen alineados con las limitaciones ecosistémicas.

Pero, ¿podemos poner en debate estas cuestiones frente a una sociedad fragmentada, colapsada, deprimida, desinteresada y apolítica? Décadas de crisis política y destrucción sistemática de órganos de participación e involucramiento, tales como los partidos políticos profundizaron dramáticamente el descreimiento y la apatía, obligando a las democracias contemporáneas a transitar por un lento proceso de adaptación en el que el vacío de ciudadanía fue reemplazado por la racionalidad de la maximización de la intención del voto. 

Como vemos, la complejidad de tamañas circunstancias, hacen de nuestro presente un conglomerado de intrincados mecanismos que componen, a su vez, una bomba de tiempo lista para detonar en cualquier momento. Más aún mientras vemos que las nuevas generaciones no vislumbran más senderos que el de miembros de la ya  inconmensurable masa de desposeídos, al tiempo que los propios sistemas educativos, fosilizados y recalcitrantes, no dejan de programarlos para un propósito que ya es menos que una quimera.

¿Cómo pueden las instituciones sortear tales dificultades, siendo que todo el andamiaje del Estado hoy es poco menos que simbólico, después de años de vaciamiento humano y financiero impulsado por el neoliberalismo? ¿Cómo pueden las democracias decir la verdad si el poder ciudadano es apenas ir a votar? ¿Cómo decir la verdad cuando el electorado se ha resignado a esperar los comicios en pos de ver “que le pueden sacar a los políticos ahora que están dulces”? ¿Cómo decir la verdad, cuando el mensaje es decrecimiento, algo que nadie quiere oír, que nadie está deseando para sí, mientras la propaganda de superfluos y absurdos artículos siguen erosionando la sensatez?

Un mapa realmente desolador que inevitablemente todos deberemos afrontar, sea por la espontánea diseminación de conflictos sociales ultra legítimos, sea por el forzoso desmantelamiento de las economías petro dependientes, sea por los desplazamientos humanitarios que fomenta el cambio climático, sea por lo que sea. La orfandad civilizatoria de 8 mil millones de personas es, a todas luces, una realidad frente a la cual no estamos preparados y no lo estaremos tampoco en la medida de que la clase política siga siendo un timorato barquito de papel sin timón ni mapa, en el torrente de aguas servidas con destino a la alcantarilla de la historia. 

Si bien no hay precedentes de todo lo expuesto en ningún libro ni en hallazgos arqueológicos, no deja de ser esperanzador un dato que Antonio Artxavala -prestigioso geólogo Español- aporta al recordarnos que las actuales democracias surgen por cambio climático. En el año 1783, el volcán Lucky en Islandia explota, mata todo el ganado y muere la mitad de la población. Durante tres años consecutivos no pudo haber buenas cosechas en Europa debido a la enorme nube de cenizas y humo que, desde Islandia emanaba dicho volcán, mueren así muchos animales, los frutales quedan apestados con hongos y se genera una hambruna brutal que afecta a Inglaterra, España y Francia. El hartazgo de la gente termina con la toma de la Bastilla.

Apuntalemos hoy, que aún hay tiempo, a un fortalecimiento de las democracias, trascendiendo los límites del mero parlamentarismo. Ocupemos los espacios del Estado con propuestas e involucramiento ciudadano. Pongamos manos a la obra en pos de un proyecto de humanidad resiliente que conduzca a la conformación de organizaciones genuinas de la gente y cuyo propósito esté signado por el empoderamiento en la resolución de sus propios problemas territoriales y que dicha labor obligue a la institucionalidad al acompañamiento. Salgamos del infantil adoctrinamiento que se nos impuso, en el que se espera de nosotros ser meros espectadores de nuestros designios. Apuntaremos verdadera ciudadanía con verdadera democracia ya que no hay condiciones en este presente para tomas de Bastilla, sino más bien para Ríos revueltos en los que privilegiados pescadores llevan hace tiempo fermentando sus carnadas desde la orilla. No se trata de prehistóricos debates entre Reformistas y Revolucionarios. Ni uno ni otro tienen cabida en este contexto. No hay reformas posibles cuando la crisis energética y la escasez de insumos estratégicos lograron entrar en escena, como tampoco hay margen para otro modelo desarrollista como el comunismo. El siglo XXI impone desafíos nunca vistos que son de tal magnitud que sólo podremos ser capaces de vislumbrar el camino al caminar. La suerte está echada y de las pocas certezas que imperan hoy, de la que seguro debemos partir, es aquella que recientemente tuvo amplio impacto en las redes: “los ricos son un lujo que ya no nos podemos permitir”.

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¿Aceptamos el colapso?

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La destrucción o ruina de un sistema o una estructura conduce por definición a lo que se concibe como colapso.

El rápido aumento en los precios de los alimentos habla de escasez de suministros como fenómeno simultáneo en todo el mundo.

Mucho se viene alertando al respecto dado que la crisis hoy está condicionada por factores inéditos y de proyección impredecible. Cambio climático, crisis energética, concentración económica y política, guerras, pestes, etc. conforman un escenario en extremo complejo y diverso el cuál podremos observar con fidelidad si somos capaces de descender desde lo macro, para poder así apreciar una totalidad que se halla compuesta por fenómenos de menor escala.

Pablo Vernengo, director ejecutivo de Economías Regionales de CAME, en entrevista exclusiva para Economis, nos cuenta que “hay un desacople” entre la naturaleza y las instituciones de nuestra sociedad. Afirma que “las plantas no tienen conciencia de cómo funciona la macroeconomía, ellas van a seguir dando mandarina, naranja, yerba y té” pero “los 235.000 pequeños productores que hoy representan el 63% de la producción de alimentos en Argentina no pueden ver más que una caída en su rentabilidad desde el año 2011”, dado lo cuál vemos “una disminución del 25% en la cantidad de productores rurales tomando en cuenta el censo de 2002”.

Según nos dice “no hablamos aquí de dejar de comprar autos, sino de comida” y que por tanto, dado la importancia del problema, el gobierno nacional debe entender que “hace falta un dólar unificado y una apuesta a la tecnificación”. Pero, ¿será ésta la salida real, definitiva, sustentable? 

Consultamos a Luis Schwarz, oriundo de Campo Viera, quien se dedica a la producción de té, con 43 hectáreas, entre propias y arrendadas. Luis nos cuenta que es cierto que literalmente “estamos trabajando a pérdida aún con el nuevo precio de $16 el kilo. Se nos recomienda que nos ayudemos incrementando la productividad sobre la base de químicos, pero quienes pudieron llegar con esfuerzo a comprar como para 500 kg de fertilizantes por hectárea, si bien lograron aumentar el volumen, esas hojas representaron menos peso, y por tanto menos dinero, con el agravante de dejar nuestros suelos aún más lastimados”. Particular resultado de una ilusoria y fantasiosa solución que promueve la industria agro química en general. 

Por su parte, Cristian Klingbeil presidente de la Asociación de Productores Agrarios de Misiones (APAM), responde a nuestras preguntas y nos brinda mayores elementos para el análisis: “Hace dos años que no hacemos números, porque si hacemos números dejamos de trabajar”. “Los prestadores de servicio habían sacado los costos allá por agosto y estaba pisando los $19, así que hoy, a Noviembre con el precio a $16 no alcanza para nada”…”tenemos la industria tealera más tecnológica del mundo, es decir tenemos los costos más bajos del mundo para procesar el té, no hay de donde ajustar en eficiencia si la salida fuese tecnológica, así si bien nuestra ruina lleva a la concentración de la actividad, el abandono de los cultivos es aún más grande, lo que se ve es cada vez más es abandono, en todo el país vienen cayendo productores”

La situación es muy delicada en todas las producciones regionales y Misiones no es la excepción, Klingbeil sostiene que “se está parando la parte forestal, la cuestión yerbatera está viniendo complicada, la cuestión tealera difícil, con el tabaco el colono busca hacer alguna diferencia pasando al Brasil, y así esto está para prenderse fuego en cualquier momento”.

Uno no puede evitar preguntarse, cuándo a la luz de tantas evidencias, podremos al fin enfrentar la idea de colapso?

Prácticamente todos los insumos de la agricultura son petróleo dependientes en un marco de inseguridad energética planetaria, todas las producciones de alimento como frutas, verduras, Yerba, té, etc están trabajando a pérdida a la espera de un dólar cuya estabilidad global se tambalea y cuyos regímenes atan a países como la Argentina a la división internacional del trabajo. Alimentos cada vez más y más afectados con pérdidas totales fruto del cambio climático con sequías y/o heladas inéditas. A todas luces, el paradigma de la sociedad de consumo está total y absolutamente agotado mientras acaricia los límites de recursos planetarios. Caricias que, desde el poder hegemónico mundial usa, peligrosamente, guantes de textura malthusiana.

Hace unos días tuve el privilegio casual de entrevistar al célebre Jairo Restrepo, en la ciudad de Posadas. En aquella oportunidad, cuando le pregunté sobre ésta particular crisis que vivimos, señalaba que “los campesinos nunca han estado en crisis, los han llevado a una crisis,  que es diferente, los han engañado. Y este paquete desarrollista que está en crisis es un modelo totalmente impositivo que pretende un orden económico en el que se logre acabar con el campesinado”, Jairo nos convocó allí a varias reflexiones tales como “el grande no está en el poder, el grande es el poder” y allí uno encuentra maneras de comprender de forma más acabada el contexto. El colapso es también institucional y esto es fácilmente apreciable en nuestro país. El gobierno nacional no es incompetente, o como sugiere por momentos Vernengo: “incomprensiblemente burocrático”, se trata más bien de estructuras institucionales vacías de forma y contenido con intencionalidad precisa de administración de intereses extranjeros y garantes de expoliación y subdesarrollo.

No existe esta suerte de “dólar entropía”. Lo que sí hay son políticas precisas de élites que, conscientes del colapso del sistema global, actúan en el afán de no perder su condición de minoría privilegiada.

El grande no está en el poder, tal y como señala Jairo, en clara alusión al poder político de las naciones en un contexto de capitalismo monopólico, por ende aspirar a que la solución de la crisis de producción de alimentos se aparezca con medidas como la de un dólar unificado, es de mínima utopía disuelta en maremotos distópicos globales.

Estaremos siendo incapaces de descolonizar la imaginación?. 

Según el Ecólogo e Ingeniero, David Holmgren, “la permacultura es una respuesta creativa de diseño a un mundo donde la disponibilidad de energía y recursos disminuye”. Es decir, los seres humanos somos muy capaces de encontrar salidas que contemplen un nuevo ordenamiento sustentable y más democrático una vez que aceptemos la verdad acerca de nuestros límites en un planeta con recursos finitos. Pero cuándo vamos a reconocer lo que está pasando? ¿Cuándo dejaremos de negar lo innegable? Cuándo vamos a reconocer que el sistema colapsó? Durante los primeros meses de 2022, según Naciones Unidas, el número de personas hambrientas en el mundo creció de 282 millones a 345 millones. 

El Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) David Beasley, afirmó recientemente que: “Nos enfrentamos a una crisis alimentaria mundial sin precedentes y todo indica que aún no hemos visto lo peor. En los últimos tres años las cifras del hambre han alcanzado repetidamente nuevos picos. Déjenme ser claro: las cosas pueden empeorar, y lo harán, a menos que haya un esfuerzo coordinado a gran escala para abordar las causas profundas de esta crisis. No podemos permitirnos otro año con cifras récord de hambre”.

En un contexto así, ¿vamos a seguir intentando sostener que nuestra yerba mate sea una excentricidad de las clases medias en Siria o Líbano, con un dólar unificado, mientras el porcentaje de hogares por debajo de la línea de la pobreza alcanzó el 27.7 % en Argentina? Evitar que nuestros pequeños productores sigan en la desgracia de trabajar a pérdida es fundamental,  pero si esto no va de la mano con una verdadera re- alineación de sistemas, que conduzca a la soberanía alimentaria, entonces solo serán nuevas soluciones que mueren antes de nacer ya que la vertiginosidad de los cambios monetarios y la inestabilidad social termina siempre por llevarse puesto los esfuerzos una y otra vez. 

Lo que falta es estrategia de autonomía y protección ciudadana urgente.

¿Podemos aún creer que se sostiene más esto? ¿Y hasta cuándo?

Citando nuevamente a Jairo, “a río revuelto, ganancias de industria química”. En su inmensa sabiduría el maestro sostiene que debemos depositar nuestra confianza en el campesino y su conocimiento ancestral, nos dice que: “en América Latina el Estado es un Estado mediocre que cumple un papel de obediencia que se basa en infundir miedo, y el miedo abunda donde no hay conocimiento y donde no hay conocimiento hay ausencia de saber, y ausencia de saber es ausencia de campesinos. Campesinos es resistencia y es biopoder en manos del pueblo y de la democracia”

Los suelos están agotados, el clima ya no es confiable, los insumos de la agricultura convencional se agotan y no dan más resultados que el incremento de la erosión y la pérdida de fertilidad, la nula rentabilidad en la producción y los sistemáticos abandonos de cultivos en un mundo hambriento, no son el colapso? Porque de reconocer el derrumbe de la civilización depende la oportunidad de redirigir los recursos y esfuerzos en pos de asegurar que al menos, en una trabajosa transición, exista un plato de comida digna en la mesa de cada ser humano, con economías abocadas a satisfacer en bioregiones, las demandas reales de su eco población. 

Si en este tránsito a la sexta extinción masiva, no somos capaces siquiera de reconocer la necesidad de corregir el rumbo, entonces  sí, en verdad estamos en problemas muy serios y las generaciones venideras serán quienes nos interroguen al respecto con toda legitimidad, ya que somos la última generación capaz de hacer algo al respecto.

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Si no hay en góndola ¿podremos producir nuestros propios alimentos?

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Se desconoce normalmente, por parte del ciudadano promedio, cómo es que llegan los alimentos a las góndolas y mucho más se ignora todo aquello que hace a la producción en sí de esos alimentos. 

Este no saber no es estricta desidia, sino que constituye en realidad una de las patas fundacionales del modo de producción vigente. La enajenación es parte indisoluble de nuestra arquitectura cognitiva contemporánea. 

Se trata de la incapacidad de tomar contacto y control sobre el mundo que nos rodea, de percibir el ambiente circundante cual si se tratase de elementos fragmentarios que, por inconexos, dejan al individuo oprimido frente a circunstancias de las cuales depende para su sustento, y sobre las cuales no tiene capacidad de interacción. Así, lo que refiere por ejemplo a nuestros alimentos, se halla cubierto por un manto de aparente misterio en cuanto a su origen, dejando una percepción fetichista, condicionada e inconsciente. 

Nuestras sociedades complejas actuales, han venido a profundizar este fenómeno, de la mano de la especialización del conocimiento, entre otros factores, haciendo así que el saber esté circunscrito a quienes se dedican a las tareas específicas en cuestión e incluso éstos mismos, aún siendo parte de las labores productivas, tampoco quedan inmunes a la discapacidad ya que su alienación los priva de librarse de la enajenación colectiva. 

Los conceptos que exponemos aquí son los que, desde las ciencias sociales, se vienen estudiando hace décadas y que conforman lo que conocemos como “sociedades de consumo”. Complejos andamiajes de producción y reproducción de patrones de conducta que se transmiten de generación en generación, cultura mediante la que organizamos nuestros vínculos con otros seres humanos y con la naturaleza en general. 

Esta forma de organización que no es el patrimonio de la herencia biológica trae aparejada una multitud de contradicciones y conflictos para la humanidad y dentro de todos ellos, el que nos interesa aquí es lo que hace a nuestros alimentos. 

Seguro que en innumerables oportunidades usted habrá escuchado ideas tales como “los alimentos tienen venenos”, “lo que comemos tiene trazos de químicos cancerígenos”, “los transgénicos están en todo lo que comemos”, etc. Vemos la gravedad de tal situación y existen campañas que se ocupan de hacerle llegar a usted estas denuncias. Sin embargo, no consiguen activar nuestras alarmas y todo pasa a formar parte de otro elemento más que nos angustia, dado lo cual, para sobrellevar la existencia frente a cosas sobre las cuales, aparentemente, no podemos hacer nada simplemente elegimos insensibilizarnos y seguir con nuestras vidas, aun cuando paradójicamente, la misma se halle bajo amenaza.

Lo central, como vemos, es este supuesto “no poder hacer nada”, que delata justamente la enajenación antes descrita y que consciente o inconscientemente delegamos a quien corresponda con criterio a la autoridad o responsabilidad pertinente. 

Una cruel “rueda de hamster” que gira al ritmo de nuestros insaciables deseos y aspiraciones individuales, todas ellas ligadas a la lógica no explícita de que cantidad de consumo es igual a calidad de vida. 

“Los alimentos no son saludables, y qué? ¿Qué podría hacer yo al respecto?” “La culpa es del gobierno corrupto que no controla!”, “Para eso yo trabajo y pago mis impuestos, no puedo estar en todo” son los comentarios más habituales al respecto. Pero nunca parece ser posible ir un poco más allá y detenernos, aunque más no sea un instante a reflexionar lo que nos pasa como individuos y como sociedad. 

La sociedad de consumo, y el capitalismo en general está en plena decadencia. La crisis energética y el cambio climático imponen, en este particular siglo XXI, nuevas condiciones para la permanencia como especie en el planeta y la enajenación ya no es sólo un constructo de esclavitud mental, sino que se trata de una traba objetiva para la simple disponibilidad del sustento.

En quienes esperamos nos resuelva y garantice los alimentos en las góndolas ya no podemos confiar. La escasez de gasoil y la sequía récord puso el reloj en cuenta regresiva al desabastecimiento total. Todos las variables implicadas señalan un rumbo inevitable hacia la hambruna planetaria. 

Aquí, el “no poder hacer nada” que nos condiciona a la impotencia estará en tensión como nunca antes se tengan registros. Cuando las tripas truenen en las más amplias mayorías, la salida difícilmente resulte ser constructiva y no violenta.

Existe, sí un fenómeno muy poco estudiado al día de hoy, al que podemos definir como “éxodo urbano”. Personas que intuyen el devenir o que simplemente ya no soportan la insalubre vida urbana y se lanzan a una nueva vida en el campo. Muchos de ellos fracasan, pero otros consiguen prosperar siendo resilientes y modificando no solo los particulares hábitos consumistas, sino también haciendo nuevos senderos de aprendizaje hacia lo colectivo, lo democrático, lo solidario, lo cooperativo.

Nuevas formas no capitalistas de interacción que forman parte también de la aventura de producir sus propios alimentos. 

Así, estas prácticas contra hegemónicas se vienen materializando poco a poco y son verdaderas innovaciones en la lucha por una vida digna de ser vivida, más allá del consumismo y la superficialidad.

Al tomar contacto con la tierra y al permitir vivir la vida acompasados con los ritmos de la naturaleza, la enajenación termina, creando experiencias de configuraciones revolucionarias de sociedad. 

La Agricultura convencional ya está agotada y sólo puede garantizar inflación y góndolas más y más vacías. Una nueva humanidad, con el suficiente desapego a la decadencia que hoy colapsa, será quién guíe los derroteros de nuestra especie con voluntad de supervivencia y del buen vivir.

La normalidad viene siendo la escasez pero no para todos. Los hay quienes al confiar en la naturaleza, están experimentando la abundancia. Una de tipo diferente, más ligada a la plenitud, la paz, la alimentación saludable y la familia unida. Humanos en la vanguardia de un proceso de adaptación por el que indefectiblemente deberemos atravesar todos si lo que deseamos es una transición pacífica y no distópica frente al complejo y dramático devenir.

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Monopolio forestal: lo quieren todo sin dejar nada

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Dentro de los más profundos basamentos de un sistema democrático representativo está la necesidad de construir mecanismos de participación ciudadana capaces de establecer un balance que tienda al equilibrio, dado fundamentalmente a las tensiones que generan los intereses minoritarios de empresas y grupos de presión corporativos. 

La forestoindustria expresa hoy un poderoso frente de desarrollo productivo en Misiones, pero poco se ha señalado que, más allá de los innumerables emprendimientos pequeños y medianos, quienes monopolizan el mercado regional pueden contarse con los dedos de una mano y cuyos capitales distan mucho de ser parte de alguna “industria nacional”. Un minúsculo grupo de empresarios que, desde su posición de privilegio, ostentan el monopolio del rubro, tanto en cultivos de pinos y eucalipto, como de su manufactura y comercialización. 

Grupos como AMAYADAP y APICOFOM, han sido capaces de imponer las reglas del mercado local mediante la autorregulación de los precios en plaza, asegurando así su posicionamiento y control frente a cualquier amenaza de competitividad. Lo cual ha venido creando una fuerte decadencia y malestar, que a todas luces es más que genuino. 

En 2020, el gobierno provincial tomó la audaz iniciativa de intervenir en el sector con la creación del INFOPRO, en el afán de imponer un precio justo que oxigene y dé nuevo impulso al sector con el estímulo de la rentabilidad. 

Una medida lógica de un Estado que comprende la necesidad de cuidar el empleo y las genuinas generaciones de riqueza, todo lo cual, en un sistema capitalista, se basa en la libre competencia no monopolista. 

El pasado jueves 13, se realizó, en el Ministerio de Cambio Climático, la Mesa Forestal Provincial, sentando en la negociación a los empresarios referentes/representantes de las empresas más importantes junto al Estado provincial. 

Más allá de las micro tensiones por particularidades específicas del sector como los que surgen del precio diferencial existente entre laminados y con destino a aserrar, por ejemplo, quedó claro que el eje ineludible de las tensiones gira en torno al malestar que ocasiona la intromisión del Estado como garante de reglas claras y de transparencia. Se dejó de manifiesto el interés empresarial por constituir una “mesa chica” en la que les permitan tener injerencia en el establecimiento de los precios, que según ellos juzgan, les estarían ocasionando pérdidas y complicaciones en sus negocios. 

¡Obvio!, Era la idea claramente. Dado que sus intereses monopólicos obstruían el normal desenvolvimiento de precios, fruto de su posición preponderante en la oferta y la demanda.

No me interesa abrir debate sobre “estatismo vs libertarios”, ya que se trata de conceptos reduccionistas e inexactos, en un contexto sumamente complejo y diverso, sino que más bien considero oportuno, la toma de posición, en un marco signado por instituciones democrático representativas. Dado lo cual surge una ineludible interrogante. En términos de representación, ¿alguien ha tomado nota que el sector primario está mayoritariamente compuesto por más de 26.000 campesinos minifudistas, y que si juntamos a todos ellos, no serían capaces de reunir siquiera un mísero dígito de los cultivos forestales que hoy concentra el sector?

Me tomé el trabajo de realizar una mini encuesta y de la misma surge una constante que puede ser resumida en las siguientes expresiones literales: 

“…no entiendo el negocio. Nunca nadie me explicó. En el sentido éste: plantar algunas hectáreas y esperar 20 años para poder vender y recién ahí cobrar algo de plata. A eso le agregas la incertidumbre del valor de la madera, que como ahora tengo entendido que vale muy poco”. 

“El pino es un ahorro que intenté, pero que no fue más que una pérdida de tiempo y de dinero, esperando vender me pasé a pan y agua”. 

“Los que nos dedicamos al té y dependemos de contratar el servicio de cosecha, hoy estamos arrancando todo con topadora y pensamos en yerba o mandioca como alternativa, el pino es negocio para los que pueden esperar. Nosotros necesitamos sobrevivir, y la mayoría no tiene más remedio que apostar al maíz o la soja que son más o menos negocio si tenés posibilidad de contrabandear”. 

“Yo tenía dos hectáreas de pino, y lo que me costó sacar los tocones y preparar el terreno para poner soja, es lo mismo que gané vendiendo el pino, y lo hago porque con dos cosechas de soja, obtengo lo que me da el pino en 20 años, y solo si podes vender a Brasil de contrabando, porque vender acá no es negocio tampoco”.  

“Quien trabaja como yo con madera, en carpintería o aserradero chico, te puede decir que el sistema hace que sea más negocio la nativa por el precio, la demanda y la misma informalidad”. 

“Hoy el valor de la madera es la suma del talado, el transporte y la manufactura, es decir los costos del producto final, no de su cultivo y cuidado, por eso no es negocio más que para los monopolios”.

Como vemos, aquí anida la verdadera discusión. La situación imperante es el fruto de décadas en las que se dejó actuar a “la mano invisible del mercado”. Monopolios que se alimentan no sólo de estas crueles imposiciones, sino también en el crecimiento indefinido sobre un territorio que aspira a la preservación de la biodiversidad. Los popes del monocultivo son una amenaza social y ambiental. ¿Cómo no alentar y celebrar la intervención del Estado?

Hablemos también de sostenibilidad en un marco climático que no hace muchos meses destruyó con feroces incendios más de media provincia de Corrientes, que no era más que puro pino y pastizal.

Hablemos de cómo esta injusticia está propiciando y estimulando la instalación de cada vez más y más hectáreas de soja transgénica con destino al contrabando.

Hablemos de cómo también se termina por excitar el apeo ilegal de nativas.

Hablemos del real impacto en el mercado laboral de estas empresas poniendo en la balanza los costos y beneficios globales que asumen los misioneros. 

Hablemos pero en serio, con verdadero espíritu democrático. Hablemos y debatamos qué quieren los misioneros para Misiones. Porque claramente, expuesto está, que lo que los monopolios quieren para sí no es más que la maximización de sus beneficios para la extracción de una riqueza que en su gran mayoría sólo drena al exterior. Lo quieren todo sin dejar nada. 

La forestoindustria es una alternativa productiva que, como cualquier otra, al estar disponiendo de nuestros recursos naturales, debe estar necesariamente, no sólo bajo la tutela y observación del Estado, sino también y de manera esencial, de todos los misioneros, ya que sin empoderarnos de nuestro patrimonio, jamás seremos testigos más que del saqueo y la expoliación sistemática.

Hablemos de la viabilidad, en este contexto, de leyes como las de Agricultura Familiar, entre tantas otras que nos enorgullecen y trazan un rumbo que democráticamente elegimos todos. 

Hablemos, pero no sobre “mesas chicas”, sino más y más amplias para que, de las riquezas de nuestro suelo, usufructuen sus genuinos herederos.

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