Lucas Doronuk

Docente, divulgador e investigador en proceso

El eje del ¿mal?

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Una sola cumbre bastó para dejar una de las imágenes del año y, por qué no, una representación fidedigna de los tiempos geopolíticos que corren. Tres hombres, tres líderes, tres mandatarios reunidos: Vladimir Putin, Xi Jinping y Kim Jong Un. Ni en la peor pesadilla de Estados Unidos parecía posible esta postal, pero ocurrió, y es clave entender hacia dónde apunta el nuevo orden mundial.

En el 80 aniversario de la victoria china contra Japón en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, y bajo un despliegue militar descomunal del “dragón rojo”, el mundo entero se paralizó al ver juntos, sonrientes y cómplices, a los mandatarios de Rusia, China y Corea del Norte. Antes se los había visto en encuentros bilaterales, pero nunca los tres al mismo tiempo. La imagen, intimidante por sí sola, es todavía más preocupante en su análisis: refleja un temor creciente para el bloque occidental.

No es casual que se hable de “bloque”, como en los años de la Guerra Fría. Todo indica que nos dirigimos hacia una nueva partición mundial, menos marcada, pero con grandes cabecillas. Estados Unidos representando a Occidente, y China, Rusia, Corea del Norte y posiblemente India alineándose como contrapeso. La cumbre tripartita en la Plaza de Tiananmen fue un gesto simbólico de confrontación al dólar y a la OTAN.

En materia económica, el gran objetivo de China sigue siendo desplazar al dólar como moneda de referencia. Sin embargo, los obstáculos son enormes y para Estados Unidos sería motivo suficiente para reaccionar con dureza. En lo militar, la señal es igual de potente: China mostró su poderío en un desfile megalómano, Rusia continúa con la guerra en Ucrania que dejó al descubierto la fragilidad bélica de Europa, y Corea del Norte, aun sin conflictos abiertos, mantiene la amenaza constante sobre Seúl y avanza en el desarrollo nuclear.

La decisión de mostrar esta unidad llega en un contexto en el que Donald Trump, con un discurso proteccionista y medidas arancelarias agresivas, agitó las alarmas en Oriente. El eje Moscú–Pekín–Pyongyang entiende que el nuevo juego global pasa por la definición de zonas de influencia, el control de mercados y la proyección militar. Aunque no sea realmente nuevo, marca el quiebre del multilateralismo y del aparente “mundo pacífico” del siglo XXI.

Las consecuencias son múltiples. América Latina no quedó ajena, con Estados Unidos desplegando buques en el Caribe y amenazando a Venezuela. En Asia, la tensión escala entre China, Rusia y Corea del Norte frente a Japón y Corea del Sur. Para Taiwán, el riesgo es terminal: si China logra consolidar alianzas y sostener su avance, la guerra en la isla será solo cuestión de tiempo.

El mayor beneficiado de esta reunión es Corea del Norte. La foto de Kim Jong Un junto a Putin y Xi Jinping lo coloca en un nivel muy por encima del valor real de su país. Esto le otorga prestigio y margen para reposicionarse diplomáticamente, incluso frente a Washington. En el primer mandato de Trump hubo un acercamiento con Pyongyang, enfriado luego bajo Joe Biden. Tal vez sea momento de retomar esos canales.

Para Trump, en cambio, la cumbre es una prueba. De manera individual, ninguno de estos países parece tener la fuerza suficiente para disputar la hegemonía global a Estados Unidos, pero juntos se convierten en dinamita. El desafío del presidente republicano es sostener esta relación sin llegar a una guerra y, sobre todo, seguir garantizando beneficios económicos para su país. Con Europa desdibujada, el peso político de Occidente recae casi por completo en sus manos, mientras del otro lado del mundo un nuevo “eje del mal” parece consolidarse, generando más incertidumbres que certezas en la Casa Blanca.

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Maduro bajo presión: el retorno del “patio trasero”

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Otro de los tantos nombres que se suman a la abultada agenda de enemigos públicos de Estados Unidos es el de Nicolás Maduro. El controvertido líder que gobierna Venezuela con mano de hierro vuelve a estar en el centro de la tormenta. Washington puso precio a su cabeza: cincuenta millones de dólares por información que conduzca a su captura, y veinticinco millones por su principal aliado, Diosdado Cabello.

Los cargos son múltiples: narcotráfico, violaciones a los derechos humanos y abuso de poder. Sin embargo, detrás de cada acusación también laten los intereses estratégicos de Estados Unidos, que nunca ha disimulado su mirada sobre los recursos venezolanos.

Desde el inicio del segundo mandato de Donald Trump, la presión sobre Caracas se ha intensificado. La Casa Blanca sostiene que Maduro encabeza una organización de narcotráfico conocida como el “Cartel de los Soles”, integrada, según las acusaciones, por altos funcionarios del chavismo. Washington no solo lo señala como un régimen corrupto, sino como un actor que combina negocios ilícitos con prácticas cercanas al terrorismo.

La respuesta de Caracas fue reforzar la alerta militar ante una posible invasión. Maduro ordenó movilizar cuatro millones y medio de milicianos, quince mil efectivos en estados fronterizos y un despliegue de buques. A esto se sumó el llamado a reservistas voluntarios. El contraste con la capacidad militar estadounidense es abrumador: destructores frente a las costas venezolanas, submarinos, aviones Poseidon y más de cuatro mil marines listos para actuar.

La comparación con Siria no parece descabellada. Una intervención militar podría convertirse en una guerra sangrienta, que la oposición celebraría como liberación, pero que podría abrir las puertas a una nueva etapa de intervencionismo directo en América Latina.

El trasfondo económico y geopolítico es evidente. Venezuela no solo controla cerca del veinte por ciento de las reservas mundiales de petróleo, sino que mantiene un diferendo con Guyana por el territorio del Esequibo, donde empresas como ExxonMobil operan con fuerte respaldo de Washington. Allí donde hay energía y petróleo, suele estar Estados Unidos.

El paralelismo histórico es inevitable. En la Guerra Fría, América Latina fue considerada el “patio trasero” de Washington, escenario de experimentos políticos y económicos. La historia de Manuel Noriega en Panamá es un espejo: acusado de narcotráfico y de desafiar a los Estados Unidos, fue derrocado en 1989 tras una invasión, capturado y condenado a cuarenta años de prisión. La pregunta es si Maduro puede terminar el mismo camino.

Hoy Venezuela se encuentra aislada. Rusia enfrenta sus propios problemas en Ucrania y busca distender con Estados Unidos. China condena la intimidación, pero no da señales de involucrarse directamente. Trump, por su parte, parece decidido a reinstalar la idea de un “patio trasero” latinoamericano, en línea con las viejas recetas del siglo XX.

Lo que está claro es que el régimen de Maduro no es un modelo transparente ni democrático. Las denuncias de corrupción y los testimonios de los millones de venezolanos que buscaron refugio en otros países lo confirman. Pero una intervención militar extranjera difícilmente sea la solución. Basta con mirar los resultados en Medio Oriente y África para entender que los pueblos terminan pagando un precio altísimo. El futuro venezolano, en cualquier escenario, se anuncia lleno de incertidumbre y sufrimiento.

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Genocidio: el eterno retorno

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“Destrucción coordinada de un grupo nacional, étnico, racial o religioso mediante la aniquilación de sus miembros, la desintegración de sus instituciones culturales, políticas o sociales, y la supresión de su identidad colectiva”, así definió Raphael Lemkin al concepto genocidio en 1944. Este abogado acentuaba parte de la propia definición al carácter no solo de la muerte o exterminio físico, sino al componente cultural y de existencia/inexistencia de grupos humanos como tal. 

Hoy, el termino genocidio parece volver a estar en boca de todos por la situación ocurrida en Gaza. 

Medio Oriente, el foco de conflicto 

Lo sucedido en Gaza actualmente conlleva a una serie de debates, muchos de ellos acalorados, y muchos de ellos también que derivan en falacias o en posturas anegadas por el propio fanatismo de las posiciones. 

La crítica principal que sobreviene hoy al gobierno de Benjamín Netanyahu es acerca de la crueldad con la cual el ejército israelí ejecuta sus ataques en suelo palestino, más allá de la presencia de Hamás como una de las facciones de organizaciones terroristas que tiene como fin primero y último la desestabilización de Israel como tal. 

Esta crueldad, plasmada en ataques constantes sobre la población civil, denota una cifra que es motivo de debate también. La única certeza es que, luego de octubre del 2023, cuando Hamás cometió la avanzada mortuoria sobre los kibutz israelíes, la contraparte de las Fuerzas de Defensa de Israel, bajo las decisiones del primer ministro, dejaron más de 60 mil muertos, entre el 60 y el 80% se trata de civiles.

Hay países y organizaciones en el mundo que aseguran que las acciones de Netanyahu en Gaza son dignas de comenzar a analizarse como genocidio. 

Si nos guiamos por la definición de Lemkin, la guerra no es suficiente para poder determinar esto, sino que hay que tener en cuenta un plan sistemático de sometimiento, algo que debe ser objeto de análisis, ya que tomarlo tan a la ligera genera un conflicto mucho más grande donde si puede estar viciada la opinión por un conflicto de intereses. 

El tema parece ser cultural/territorial. Se sabe de las pretensiones fácticas de Netanyahu de avanzar sobre el suelo gazatí, con el argumento de poder establecer la paz en ese enclave. Aunque sobrevuela el fantasma de la ocupación total, lo que podría ser catastrófico para la región, y ahondaría en el concepto de un plan de ocupación pensado desde el principio, lo que daría como resultado una complicación aún mucho más grande de esta situación. 

Hay que decir que Israel tiene la capacidad de ocupación si quisiera hacerlo. Es una potencia militar y con orden prodigio cuando se trata de hacer cumplir órdenes y objetivos, por ende no sería un impedimento de querer hacerlo. Todo esto se complejiza cuando el plano se extiende a las consecuencias que puede traer para la región. Irán, como la gran amenaza para Israel y siendo un rival casi de características históricas, al menos desde 1979 en adelante (Revolución Islámica) podría ser la primera reacción de gran escala ante semejante hecho. 

Por otra parte, una lectura más fina corresponde a otro hegemón de la región: Arabia Saudita. Si bien, el gigante musulmán puja por el poderío en la región, su postura internacional parece más moderada, aunque su potencial económico hacer que la balanza pueda inclinarse de su lado y la “causa palestina”, al menos presionando a países occidentales a que condenen el accionar israelí en Gaza. 

Una causa en el tiempo 

Yo veo al futuro repetir el pasado, dice “El tiempo no para” de Cazuza, re versionado y popularizado en Argentina por La Bersuit Vergarabat. Y así podría ser. El mundo ha sido testigo de muchos genocidios que fueron reconocidos como tales una vez que fueron consumados. Sin recurrir a los grandes ejemplos como el Holocausto o el Holodomor, situaciones asi se vivieron en Ruanda y en Bosnia, con mayor cercanía en el tiempo. El ocurrido en África fue en 1994 y el europeo entre 1992 y 1995. Todo esto pasó bajo las narices del público mundial, ya mediatizado por la televisión a color y el incipiente internet globalizador. 

No, no estoy afirmando que hay un genocidio en Gaza, pero si que hay elementos para investigar al poder político de turno, y que, se nos apegamos a la historia, esto parece ser una situación que simplemente podría ser reconocida luego de haber pasado. 

¿Por qué nadie hizo algo contundente para frenar lo ocurrido en Ruanda o en Bosnia? Tal vez porque eran partes del mundo en la periferia o sin interés real para las potencias, pese a cierto valor en recursos o de posición geopolítica. El caso de Gaza podría ser tal. Es una zona que no tiene recursos, pero sí un gran valor histórico. 

Otro tema a pensar es que ante una posible avanzada y posterior ocupación de Israel sobre Gaza podría significar la resucitación de los movimientos y de los estados de apoyo a la causa palestina. Está claro que hoy en día, organizaciones como Hamás o Hezbolá lejos están de ser representante de tal cual, sino que se mueven con intereses propios, ocupando la bandera palestina para cometer los actos mediante el terrorismo, bajo financiamiento iraní. 

Tal vez, esta situación de extrema vulnerabilidad de Gaza sirva para rearmar el posicionamiento de países árabes en la defensa de la causa palestina. 

Otro tema en cuestión. ¿Es antisemita defender la causa palestina? No. ¿Es antisemita cuestionar las decisiones políticas y militares de Israel? No. Problematizar estas cuestiones distan mucho del posicionamiento en contra del pueblo judío, aunque si es cierto que, envalentonados por el contexto, puede ser que haya antisemitas disfrazados de cordero en los movimientos. Por ende, es cuidado, en cualquiera de los casos, saber quien se encuentra a lado, sobre todo en una época donde todo parece darle la razón a Friedrich Nietzsche con su famoso eterno retorno. 

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Los dueños del mundo

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Alaska, gélida e inhóspita tierra que alberga a la cumbre de líderes más importante del siglo XXI: Vladimir Putin y Donald Trump. En un momento clave de la historia, este encuentro demuestra mucho más que la esperanza de un futuro inmediato de cierta paz en el viejo continente, sino que, además, es una clara exposición del poder real del mundo.

Alaska, ¿tierra de paz?

Ambos mandatarios se reunieron por una premisa general y es la de lograr cierto acuerdo que conlleve a una paz lo más duradera posible en Ucrania.

Bases, condiciones, territorio y, sobre todo, salvaguardar vidas, son los ejes de este encuentro. Cierto es que la guerra en Ucrania se cobró muertes a granel y una herida que difícilmente cierre en lo inmediato y es una preocupación que Trump planteó desde su plataforma preelectoral, y hoy es uno de sus desafíos de mayor trascendencia a cargo de la potencia americana.

Para Putin parece ser un momento adecuado para comenzar a establecer puentes de diálogo directo y cierta parsimonia diplomática, tras los turbulentos años de Joe Biden y el apoyo irrestricto a Zelenski en su ensimismada decisión de intentar hacerle frente al gigante ruso en el campo de batalla.

¿Qué puede resultar de esta reunión? Sin hacer futurologia y nada por el estilo, simple análisis y opinión, comienzan a alinearse las bases para establecer los acuerdos finales de intervención en Ucrania que pueda garantizar el alto al fuego. Uno habla de intervención porque todos los caminos conducen a que, de una u otra forma, el país ucraniano va a terminar bajo la determinación de alguna potencia extranjera, algo que puede dañar sensiblemente al tejido social.

La primera reacción que se puede esperar de este encuentro son los posibles términos de partición y ocupación de Ucrania. Es sabida la situación que Kiev le debe mucho dinero a Washington por haber financiado la máquina bélica desde febrero de 2022, cifra que podría rondar los 100 millones de dólares, algo imposible de pagar para un país pobre devastado por la guerra. Paralelamente a esto, EEUU ya se aseguró la creación de un Fondo de Inversión y Reconstrucción, lo que le garantiza el acceso a los recursos naturales ucranianos, entre ellos los minerales de las famosas tierras raras que tiene dicho país. Esto, de concretarse, es lisa y llanamente una ocupación territorial.

Por el lado ruso, parece fácil detectar cómo se daría la hipotética ocupación. El famoso Donbás, regiones como Zaporiyia, Donetsk, Lugansk y Jerson son disputas claras en el panorama bélico y de las cuales Rusia no pretende salir de allí. Hay que recordar que parte del argumento ruso para iniciar las hostilidades en suelo ucraniano fue la persecución a los rusoparlantes en la zona del Donbás, lo cual da una característica cultural que podría servir como fundamento para la ocupación final. Además de eso, hay fines geopolíticos que determinan el exacerbado interés ruso por el suelo ucraniano. Además de la explotación de recursos naturales y las tierras raras, la hegemonía del Mar Negro es fundamental para el Kremlin. Con esto podría garantizar la maximización de sus exportaciones durante todo el año, sin tener que llevar a millonarias inversiones para usar las gélidas aguas del norte. Es un negocio redondo para Putin.

El trasfondo del encuentro

Así como Ucrania parece ser el eje principal, dentro de otros tantos de índole geopolítico, en la cumbre Putin – Trump, también es Ucrania el invisibilizado de la situación. Parece difícil de creer, pero uno de los países beligerantes no forma parte de la mesa de situación, debate y búsqueda de salida pacífica al conflicto armado.

El mensaje es claro: Ucrania no juega en la misma liga que EEUU y Rusia. Tal y como si se tratase de una discusión futbolera en algún bodegón o café argentino, Moscú y Washington representan a los grandes y Kiev a un equipo que no se acerca ni a los puestos de clasificación a las copas.

Esta es una postura tomada por Trump desde lo discursivo pero también desde sus acciones, trazando un camino de hechos que lleva a entender que para el republicano, Ucrania es un país con quien no discute a la par y que aprovechó las oportunidades generadas por una pésima lectura geopolítica del gobierno de Joe Biden. De hecho, el tenso desplante en conjunto con declaraciones explosivas que dio en su momento Trump frente a Zelenski fueron la gráfica perfecta para demostrar cuál es el valor que le da a Ucrania.

La reacción del mundo es algo interesante de ver. Para Europa es el declive absoluto en términos de hegemonía. Demostraron una total ligereza y falta de acción ante un conflicto armado en su territorio. Pese a escritos apoyos y envíos militares a Ucrania, cuando Putin les cortó el gas y cuando Trump anunció el cese de envío de armas a Ucrania, quedó al desnudo la absoluta incompetencia en el tablero geopolítico.

Esa falsa sensación de ser la capital cosmopolita del mundo, ayudada por la industria de la mega comunicación y explotada desde la globalización, quedó muy relegada por la incontenible crisis migratoria y ahora por la evidente falta de desarrollo militar y de posicionamiento comercial, como si lo tiene EEUU, Rusia, China, India y un puñado más de países. Europa se comió el cuento de la autonomía, solo para darse cuenta que era un simple dependiente de Washington y de Moscú.

A fin de cuentas, entre toda esta bacanal de poder del encuentro entre Putin y Trump, parecen ser los ucranianos de a pie, los civiles, quienes terminan pagando todos los platos rotos. Un pueblo pujante y con esperanzas pero conducidos a una guerra que nunca iban a ganar.

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¿Nace una Gaza de Israel?

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Un plan por demás polémico tuvo aprobación y podría ponerse en marcha más temprano que tarde: la ocupación israelí de Gaza. Este proyecto impulsado por Netanyahu propone un esquema geopolítico capaz de cambiar abruptamente las relaciones internacionales en la región, incrementando la conflictividad reinante en Medio Oriente.

El fin del “sueño” palestino

Desde mediados del siglo XX, el proyecto de construcción de un Estado palestino ha mutado incesantemente: pasó de ser una lucha encarnizada, respaldada por las potencias árabes para contrarrestar a Israel, a convertirse en una mera utopía que parece desvanecerse con el paso del tiempo.

Hoy, el plan de Netanyahu expone una postura asumida hace tiempo por los sectores “ultras” israelíes: la simple apropiación de Gaza. La pregunta es, ¿por qué? ¿Qué tiene de atractivo Gaza? En términos económicos, no parece haber motivos tan evidentes como en el pasado, cuando el territorio tenía un rol clave en el comercio marítimo. Tampoco cuenta con el potencial económico que se observa en conflictos como el de Ucrania o el enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán, donde, además de las disputas históricas, emergen intereses estratégicos vinculados a oleoductos, gasoductos o tierras raras.

En el caso de Gaza, el punto es eminentemente político. Podría pensarse en una desgastada diferencia religiosa entre musulmanes y judíos, y si bien existen posiciones extremistas, la realidad es política: para Israel, es fundamental la desaparición de Hamás. Dicho de otro modo, mientras Hamás exista, Israel no tendrá paz.

Claro que esta afirmación abre un debate mucho mayor sobre quién ostenta la legitimidad: si el Estado de Israel, tras las atrocidades de la guerra en Gaza, o Hamás, responsable de repetidos actos de violencia terrorista extrema desde 2007.

Una teórica ocupación “de paso” por parte de Israel para garantizar la seguridad no parece el concepto más claro ni convincente para poner fin al conflicto, sobre todo por los efectos inmediatos que podría generar: agravar aún más la situación de un pueblo ya devastado y en ruinas, como el palestino de Gaza. Además, no puede descartarse que se convierta en otro episodio bélico que contribuya a la expansión territorial de Israel desde 1948.

Nadie niega que la tranquilidad no está garantizada para los israelíes, pero esta salida podría provocar un cataclismo político en la región.

El efecto de la “nueva Gaza”

La comunidad internacional reacciona ante la posibilidad de una ocupación israelí de este enclave palestino en guerra. La ONU, Reino Unido, España, Alemania y Turquía, entre otros países y organizaciones, han expresado su firme oposición al plan. La preocupación no se limita a preservar la vida de los palestinos que aún permanecen allí, sino también a evitar un desequilibrio absoluto —e incluso irreversible— en Medio Oriente.

Una eventual ocupación podría detonar una respuesta contundente de países árabes y musulmanes contra Israel, aumentando la conflictividad y generando un riesgo real de ataques directos o de confirmación de nuevas alianzas hostiles.

Arabia Saudita lleva tiempo promoviendo el reconocimiento del Estado palestino por parte de países europeos, muchas veces a cambio de contratos e inversiones multimillonarias. Irán, por su parte, ha sido el “histórico” defensor de Gaza y financista de grupos como Hamás y Hezbolá. Qatar también ha tenido un rol activo como mediador, intentando lograr treguas o altos el fuego duraderos, aunque solo lo ha conseguido de forma parcial.

Un desequilibrio en Medio Oriente podría tener consecuencias extremadamente negativas para la economía global, especialmente en la producción petrolera, si este escenario derivara en un sistema de alianzas hostiles o un aumento de ataques en la región. Esta es la razón por la que el asunto requiere máxima atención.

Más allá de todo esto, quien en última instancia define lo que pueda suceder es Estados Unidos. Trump es un ferviente defensor de las acciones israelíes, pero queda por ver si estará dispuesto a asumir el costo político y económico de una ocupación que podría derivar en un conflicto mayor. La no resolución de la guerra en Ucrania, la crisis arancelaria y la disputa comercial con China han puesto a prueba la política exterior de Trump, que en menos de un año de su segundo mandato ya ha debido afrontar múltiples frentes. Sumarse a la ocupación israelí de Gaza podría resultarle desgastante.

Como siempre, los que pagan la cuenta final son los ciudadanos de a pie, y no hay duda de que los gazatíes son las principales víctimas en todos los sentidos: desde la sumisión al poder de Hamás hasta los bombardeos y la posible ocupación israelí. Gaza, el lugar donde nadie quiere estar.

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