Lucas Doronuk

Docente, divulgador e investigador en proceso

Palestina, la presea de Medio Oriente

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Mucho se habla de la conflictividad de Israel con el resto de sus vecinos, y todo eso tiene una explicación o al menos conducen todos los caminos a Palestina. Una causa reconvertida en diversas guerras y el flagelo de un pueblo que no cesa. Hoy, en pleno frente de guerra, parece ser que todos desean a Palestina pero no a los palestinos.

Palestina, ayer y hoy

Esta zona fue históricamente ataviada de cambios constantes que fueron desde lo demográfico hasta lo cruentamente bélico. Entre el Mediterráneo y el Río Jordán, este sector geográfico fue territorio de diversa ocupación de pueblos en la Antigüedad. Para tomar más dimensión de la importancia de Palestina, cananeos y filisteos fueron depositarios de la utilización de estas polémicas tierras. De hecho, si nos trasladamos al siglo I, el mismísimo Jesucristo nació y vivió en Palestina. Este último dato sirve como para tomar magnitud de los hechos acontecidos allí.

En ese dinámico siglo I fue territorio dependiente del Imperio Romano, y fue allí también donde se dio una diáspora judía ubicada en varios pueblos.

Tras la ocupación romana, varias instituciones políticas, religiosas y étnicas tuvieron el monopolio de las tierras palestinas, entre ellos bizantinos, islámicos, cruzados, mamelucos y otomanos. Estos últimos la detentaron hasta fines de la Primera Guerra Mundial, en donde a partir de la derrota la Triple Alianza o Potencias Centrales. Una de las tantas cosas que cambiaron tras eso fue la disolución de los grandes imperios mundiales, entre ellos el Otomano.

Como ganador, Reino Unido fue quien se hizo cargo de la entonces Palestina, allanando el camino para lo que se había entendido como la Declaración Balfour en 1917, reconociendo un “hogar judío”, en consonancia con el crecimiento del sionismo o Movimiento Nacional Judío desde finales del siglo XIX.

En ese sentido, los británicos obviaron toda promesa independentista árabe y, tras el Holocausto y el fin de la Segunda Guerra Mundial, fueron quienes allanaron parte del camino para la conformación del Estado de Israel, con el plan de Partición de por medio, ubicando a judíos de un lado y a palestinos del otro, siendo la gran génesis del actual conflicto. Este hecho ocurrido entre 1947 y 1948 fue el puntapié para posteriores guerras en la región como la Guerra de los Seis Días, la Guerra de Yom Kipur, las intifadas y hasta la actual guerra en Gaza, generando un primario conflicto Árabe – Israelí, el cual mutó a un Palestino – Israelí, y donde hoy, más que una causa, parece una excusa de medición de poder geopolítico en la región.

La “querida” Palestina

Actualmente, este pueblo parece ser tenido en cuenta como una simple moneda de cambio en el cruel entramado geopolítico. Las últimas actualizaciones hablan de un voluntario reconocimiento del Estado Palestino por parte de iconicos aliados de Israel, tales como Reino Unido y Francia. Sumado a otros países occidentales, la toma de posición a favor del reconocimiento palestino no es ni bien intencionado ni tampoco azaroso, sino que movido por un complejo esquema de intereses.

Conocida es la situación por disputa de la hegemonía de Medio Oriente, la misma tiene a varios actores en dicha puja. Israel, Irán, Turquía y Arabia Saudita son quienes pican en punto para ser quienes se hagan del dominio completo de esta zona. Esto incluye lo económico, los recursos y lo militar.

Poniéndolo en un plano mayor, quien se encuentra detrás de la operación “bancamos a Palestina” es Arabia Saudita. Pese a la histórica disputa con Irán, la Casa Saud parece ser quien está maniobrando para que países occidentales hagan pública su postura de aceptar un Estado Palestino. Irán fue quien, desde la Revolución Islámica de 1979, utilizó la causa palestina como uno de sus motores de lucha constante contra Israel, pero es Arabia Saudita quien con el fino arte de la diplomacia lo está logrando.

Riad es uno de los depositarios más grandes de reservas de petróleo del mundo, y en este contexto de híper consumo es fácil detectar que, quien tiene los recursos, es quien genera influencia y maniobra el poder. De esta forma, Arabia Saudita ejerció su “efecto petromonarquía”, poniendo como condición para mantener acuerdos bilaterales e inversiones futuras, el hecho de que reconozcan a Palestina como un Estado.

La pregunta es ¿por qué ahora? Todo parece indicar que los saudíes, en clave geopolítica, están “oliendo la sangre” de Israel e Irán. Ambos estados en función al conflicto por Gaza y el territorio palestino, y es justamente la actual guerra en dicho enclave la cual desgastó la imagen de ambos. Si uno ve la situación de Israel, son muchos los países y organizaciones que cuestionan severamente el accionar de las FDI en suelo gazatí, incluyendo la acusación de cometer genocidio contra el pueblo palestino.

Por el lado de Irán, el desgaste parece venir de la propia inacción de Teherán antes un inminente conflicto directo con Tel Aviv. Parece ser que la guerra indirecta con sus organizaciones como Hamás, Hezbolá y los Hutíes comenzó a generar cierto hartazgo por la inexorable inestabilidad de la zona. Además, es aprovechable para darle una estocada y sacar ventaja contra su eterno rival dentro del mundo del islam. Cabe recordar que Irán y Arabia Saudita son hegemones que representan a las dos grandes facciones del islam, los chiitas y los sunitas.

¿Y los palestinos? Bien, gracias. Parece ser que en la idealidad de un mundo post globalización, su identidad histórica es simple moneda de cambio y una bandera que se va a izar hasta conseguir los resultados esperados, mientras tanto niños y mujeres siguen siendo víctimas de los cruentos ataques actuales de Israel bajo el mandato de Netanyahu, paralelamente al estado de opresión de Hamás en Gaza desde 2007. Un conflicto que tiene de todo, menos a las voces de Palestina. 

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Ozzy Osbourne: héroe del metal y villano del poder 

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Tras una dolorosa lucha contra el Parkinson y múltiples complicaciones derivadas de cirugías en la columna, el Príncipe de las Tinieblas falleció a los 76 años. El mundo del rock y el metal lo despidió con dolor, sabiendo que uno de sus padrinos dejaba el plano físico pero pasaba a la eternidad con su inmensa obra con Black Sabbath y su etapa solista. Sin embargo, la vida de Ozzy también estuvo signada por odiadores seriales, problemas con la ley y sociedades moralistas que nunca estuvieron preparadas para su estrafalaria irrupción en los escenarios. 

El héroe de la clase trabajadora 

Ozzy Osbourne y todos los muchachos de Black Sabbath (Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward) fueron oriundos de Birmingham y con un claro arraigo en el sector obrero de la ciudad. Ozzy, hijo de laburantes siempre tuvo que arreglárselas para salir adelante, hasta la gran (y visionaria) inversión de su padre para comprarle un equipo de sonido con el que el Príncipe de las Tinieblas empezó a cantar. Tony Iommi, el guitarrista de Sabbath e ideólogo del sonido del heavy metal laburó en el sector industrial, donde se cortó accidentalmente un fragmento de sus dedos. Construyó su propia prótesis y en determinado momento bajó el tono de afinación en Black Sabbath para poder tocar más cómodo, sin saber que estaba creando el sonido primigenio del poderosísimo heavy metal. Desde sus albores, su cercanía al pueblo trabajador estuvo presente. 

El retiro de Sabbath y Ozzy es propio del común denominador de la gente y del “laburante”. Su último show fue acompañado de las bandas a las cuales abrieron camino, tocando en su ciudad natal y en la cancha del equipo de fútbol del cual son hinchas (Aston Villa). Fueron, sin darse cuenta quizás, la primera gran banda de barrio en el mundo. 

Sin intentar caer la prerrogativa propia del capitalismo liberal, la figura de don Osbourne fue un faro que inspiró a jóvenes (y hoy no tan jóvenes) en todo el mundo. Desde como un pibe de barrio en Inglaterra pudo dominar el mundo hasta como con tan poco pero con el espíritu rebelde se puede conquistar los mercados, lugares que generalmente están reservados para los más pudientes. Pese a sus millones, Ozzy Osbourne nunca dejó de ser un héroe de la clase trabajadora quien cantó contra las injusticias de la guerra como en War Pigs o Children of the Grave, lo que le valió severas críticas por la Guerra de Vietnam, conflicto donde EEUU mandó a morir a los hijos de los pobres, cosa que también retrata bien Creedence en Fortunate Son. Ozzy tampoco temió cantar sobre los peligros de la Guerra Fría y un cataclismo nuclear como en Electric Funeral o Hands of Doom. Todo esto le valió la crítica fácil del arco político sumergido en el mundo bipolar del siglo XX. 

El Príncipe de las censuras  

“El vino está bien pero el whisky es más rápido”, así arranca la canción Suicide Solution del disco Blizzard of Ozz del grandísimo Ozzy Osbourne, publicado en 1980. Sin embargo, esta canción que hablaba de los peligros del alcoholismo inspirada en la muerte de Bon Scott, quien supo ser la voz de AC/DC, le valió un juicio mediático y una severa crítica moral. 

En octubre de 1984, John Daniel McCollum, un joven de 19 años de Indio, California, se suicidó de un disparo mientras escuchaba la canción Suicide Solution. Sus padres demandaron a Osbourne y a CBS Records en 1985, alegando que la letra de la canción incitó a su hijo al suicidio, señalando supuestos mensajes ocultos que instaban a “tomar el arma y disparar”. En 1986, el tribunal a cargo desestimó la demanda, citando la protección de la libertad de expresión bajo la Primera Enmienda. El caso destacó el debate sobre la influencia de la música en la juventud y la censura, pero no se probó ninguna responsabilidad de Osbourne en la tragedia.

Esto abrió el camino a un pleito moral que arrancó en EEUU y se extendió a todo el mundo. Acusaciones de satanismo, sectas, suicidios, comportamiento inmoral y sexualidad desenfrenada cayeron como meteoritos sobre diversas bandas de heavy metal y hard rock. 

En la década de 1980, en Estados Unidos explotó el movimiento “Satanic Panic” encausado por iglesias y pastores a lo largo y ancho de todo el país y apoyado por los medios de comunicación. Su lógica era demonizar al heavy metal y el hard rock y culparlos de ser la punta de lanza de la desidia de los adolescentes, pasándose por encima y obviando los vejámenes a los cuales los sometió el sistema político, las guerras y la política económica de Reagan. 

Esta histeria colectiva tuvo su connivencia política con el PMRC (Parental Music Resource Center), formada y dirigida por esposas de funcionarios de EEUU, entre ellas Tipper Gore, esposa del ex vicepresidente Al Gore. Esta asociación tuvo la tarea de intentar prohibir todo lo posible, incluyendo su único logro con la etiqueta del “Parental Advisory”. Ozzy Osbourne fue carne de cañón para los poderosos moralistas de Estados Unidos, y no sólo por ser apuntado como “satánico” (lo cuales es incorrecto debido a la fé cristiana de Ozzy) sino más bien por criticar aquello que le daba de comer a EEUU y que pronunciaba la disparidad con los países pobres y sometidos: la guerra. 

Otra anécdota que demostraba la batalla cultural a la que sometió Ozzy Osbourne a Occidente fue su conflicto con Jimmy Swaggart. Este fue un televangelista pentecostal, el cual gracias a la animosidad del Satanic Panic, disparó acusaciones graves contra el Príncipe de las Tinieblas, calificando a su música como “basura degenerada y pornografía”. Lo curioso del asunto fue la fría venganza de Ozzy, ya que luego de un escándalo del pastor en donde se lo había descubierto públicamente con una prostituta, el ex cantante de Black Sabbath arremetió con una canción dedicada a él llamada Miracle Man, publicada en 1988 en el disco No Rest for the Wicked. En dicha obra lo llamaba “Jimmy Sinner” (Jimmy Pecador) en tono irónico con un videoclip a la altura de su excentricidad. 

Esto fue Ozzy Osbourne. Cantante, fanático de los Beatles, creador de una estética oscura pero profundamente espiritual, políticamente incorrecto, ahogado en excesos, gracioso y ocurrente, hijo de obreros y el “Prince of fucking Darkness”. Lo llora su familia y sus fans en todo el mundo, mientras que el poder desea que no vuelva a existir alguien que los incomode tanto como él siempre lo hizo. 

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El club de los presodentes

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Un fenómeno poco común viene asolando desde hace algunos años a América Latina, aunque con mayor intensidad en Sudamérica: la reiterada resolución judicial de encarcelar o al menos procesar a distintos expresidentes. Todos ellos ya fuera del poder, pero en una dinámica que refleja con nitidez las complejidades que atraviesa la política regional. ¿Se trata de una lucha legítima contra la corrupción o de una utilización política del sistema judicial?

El disparador más reciente de este análisis es la medida cautelar dictada contra Jair Bolsonaro. El expresidente de Brasil está imputado como presunto instigador de un intento de golpe de Estado contra la gestión recién asumida de Luiz Inácio Lula da Silva, a través del asalto a las sedes de los tres poderes en el Planalto. La justicia ordenó colocarle una tobillera electrónica y le prohibió el uso de redes sociales.

Irónicamente, su contraparte política es el actual mandatario brasileño: Lula da Silva. Su historia judicial representa un caso de redención institucional. Condenado en 2017 por corrupción en el marco del caso Lava Jato, cumplió casi 600 días de prisión hasta que el Supremo Tribunal Federal anuló las sentencias en 2021, debido a irregularidades procesales. Libre y rehabilitado, Lula regresó al poder en 2023 para disputar la presidencia justamente contra Bolsonaro.

En Argentina, el caso más emblemático es el de Cristina Fernández de Kirchner. Expresidenta y exvicepresidenta, fue condenada a seis años de prisión por administración fraudulenta en la causa Vialidad, vinculada a la obra pública en Santa Cruz. La sentencia incluyó inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos, lo que muchos consideran una forma de proscripción, más allá de la validez de los cargos que se le imputan. Si bien la causa presenta inconsistencias, sectores conservadores, macristas y libertarios celebraron el fallo. No obstante, Cristina mantiene su peso político y simbólico, desde el balcón o desde la palabra.

Otros líderes sudamericanos también enfrentaron procesos judiciales o terminaron tras las rejas: Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Pedro Castillo en Perú.

Morales fue acusado de fraude electoral y enfrenta causas por estupro y trata de personas. Esta situación derivó en su inhabilitación como candidato y en un fuerte rechazo por parte de sus seguidores, con manifestaciones y focos de insurrección en varias regiones del país.

En Ecuador, Rafael Correa también fue condenado por corrupción, acusado de liderar una red en el caso “Sobornos”. Desde su exilio en Europa, sigue proclamando su inocencia.

El caso de Pedro Castillo en Perú es paradigmático por la propia dinámica institucional de su país. Fue acusado de intentar un autogolpe de Estado tras anunciar el cierre del Congreso. La historia reciente de Perú muestra una secuencia de expresidentes con serios problemas judiciales. Alejandro Toledo fue detenido con prisión preventiva por el caso Odebrecht y luego extraditado a Estados Unidos. Por su parte, Alberto Fujimori, condenado por delitos de lesa humanidad, fue liberado en 2023, a pesar de la gravedad de las causas que pesan sobre él.

Perú se presenta, sin exagerar, como un laboratorio donde lo judicial y lo político se mezclan en una danza de intereses en torno al poder. Salvo en el caso del fujimorismo -construcción autoritaria y centralizada-, lo institucional aparece como un elemento secundario en la balanza de decisiones políticas peruanas.

Todos expresidentes, todos líderes que ocuparon el máximo cargo de sus países y que terminaron debilitados ante un sistema que los excede. A veces, los nombres no alcanzan para el establishment.

El fenómeno judicial

Hay un patrón que se repite: la mayoría de estos líderes enfrentan causas por corrupción. Esta palabra parece ser la que más indignación despierta en el pueblo latinoamericano, al punto de provocar un rechazo generalizado hacia la clase política. Pero, ¿por qué la corrupción es siempre el eje acusatorio? Quizás porque es un concepto maleable. Los relatos públicos moldean los hechos para encuadrarlos como casos indignantes… o no. Un ejemplo: el escándalo por el caso Libra en la gestión presidencial actual en Argentina no genera el mismo revuelo mediático que las causas de CFK, aunque ambas involucran cuestiones graves.

La acusación de corrupción funciona como un puñal simbólico en la espalda del votante. La sensación de traición es crucial para que sectores moderados, medios de comunicación y figuras del “centro político” puedan reconfigurar sus apoyos de cara a la próxima elección, manteniendo así la maquinaria electoral activa.

Más allá de delitos más severos como sedición, intento de golpe de Estado o violaciones a los derechos humanos, la corrupción opera como un método de disciplinamiento político. El caso Lula–Bolsonaro expone con claridad ese juego de espejos: persecución, redención, revancha. Un péndulo que balancea sentencias y candidaturas.

El término lawfare -la judicialización con fines políticos- ha cobrado fuerza como explicación de estos procesos. Pero más allá de su validez conceptual, lo más interesante es el papel de los medios de comunicación en la construcción de estos relatos. Las narrativas moldean la percepción pública, y la indignación selectiva cumple una función central en ese dispositivo.

Todo este fenómeno excede los casos individuales. Se trata de una lógica instalada en Sudamérica: la lucha política trasladada al ámbito judicial. Un vicio de la región, donde las causas penales terminan siendo, muchas veces, la prolongación del conflicto político por otros medios.

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El veneno del discurso actual

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A través de una serie de cuestionamientos de público conocimiento, se supo que Grok, la famosa IA que incorporó X (antiguamente Twitter), comenzó a disparar comentarios y respuestas que muchos usuarios los caratularon de racistas y antisemitas. Eso, sin lugar a dudas abrió el debate puesto en lo digital y en la penetración política en un ámbito extenso y de difícil control. 

El anonimato y el comentario fácil 

Las palabras van y vienen como balas cargadas de odio, resentimiento y necesidad de destrucción en la era digital. Esconderse detrás de un perfil que puede ser tan real como falso parece ser una gran arma que, políticamente, tiene efectividad. Sin embargo, parece ser un síntoma de época que responde a algo más abarcativo, inclusive de explicación geopolítica. 

El tema de la IA es un fiel reflejo de los seres humanos, por ahora al menos. Esos buscadores o chatbots que se hicieron tan conocidos en los últimos tiempos no son “racistas” o “antisemitas”. En todo caso, los usuarios de los mismos son los que le cargan esa connotación. 

No es una novedad entender y ver qué la era digital le dio un refugio a aquellos quienes en la vida real no podrían ni por asomo emitir comentario alguno en la vía pública, como sí lo hacen en redes sociales. 

La IA y esos comentarios polémicos son simples reflejos de aquello que aún prolifera. Algunos le llaman discursos de odio, otros lo maquillan como libertad de expresión. Sea como sea, hay una explicación mayor para este suceso y es meramente político. 

A lo largo de los años y las etapas históricas, los conceptos del bien y del mal fueron mutando. Fácilmente podemos decir que aquello que se aplaudía o estaba naturalizado hace más de 200 años, cómo la esclavitud en Buenos Aires, hoy en día no sólo es “mal visto” sino que es duramente penado. 

A través de este argumento lo que se busca explicitar es el hecho de que los discursos de odio simplemente se van resignificando con el tiempo y encuentran en los recovecos de la era digital, un lugar “seguro” para seguir operando. 

Entre relatos y gobiernos 

A nivel global, esta situación se va ampliando y es claro que hay una explicación geopolítica o de síntoma de época. Los gobiernos mundiales se hicieron eco de la importancia de las plataformas digitales para amplificar sus idearios y grandes avances como la IA no quedan afuera. Sin embargo, hay un síntoma de época en el que es preciso detenerse. 

En todo el mundo, comenzó a gestarse una radicalización de los discursos políticos. Muchos afirman que es un concepto puro de la derecha pero hay expresiones de izquierda que han “pecado” de progresistas y magnificaron una grieta inevitable en todas partes.

La tendencia a los comentarios y los discursos radicalizados han inundado el mundo pero, lógicamente, todo lo que pasa en EEUU tiene un tratamiento especial. La irrupción de Trump en la vida política estadounidense fue un cambio de época. De hecho, va por su segunda presidencia, lo que denota todo un éxito en su carrera. 

Lo llanamente importante es que Trump supo construir su capital electoral y político a base de un lenguaje simple, de acceso a todo público pero con decididos tonos de polarización y descalificación. De hecho, la construcción de un colectivo imaginario como enemigo único le sirvió y mucho (migrantes = delincuentes, pandilleros y narcos). Esta simplicidad y nueva forma de una política mucho más agresiva se repitió y se repite en muchos países y con varios líderes y partidos. España tiene a VOX, Alemania a AfP, Italia a Georgia Meloni y Argentina a Javier Milei. Todos, desde sus posturas y particulares han hecho de la violencia verbal su modo de impartir política y de ganar adeptos. Es obvio, los adeptos y las ideas, no paran de circular en redes sociales. ¿Son los culpables de esta proliferación en redes? ¿Son quiénes tienen que tomar cartas en el asunto? Interrogantes de difícil respuesta. 

El morbo geopolítico 

Los conflictos a nivel mundial se vieron reflejados en el interés de la gente dentro de redes sociales. Es inevitable pensar que conflagraciones como las de Medio Oriente o Ucrania, como así también otros fenómenos sociopolíticos como las migraciones en América Latina, no tengan un impacto y no sirvan como disparadores para ser formadores de opinión. 

El conflicto palestino – israelí en su faceta de la guerra en Gaza, comenzada en octubre de 2023, ha tenido un correlato interesante en cuanto a opiniones y versiones encontradas. Por un lado, hay una fuerte denuncia de que el antisemitismo ha crecido mucho, amparado en la defensa de la causa palestina. Según la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas), en el país creció un 12% los incidentes relacionados al antisemitismo entre 2023 y 2024, un dato difícil de ignorar. 

La otra parte de la campaña aclara que no hay el mismo tratamiento noticioso para los crímenes que comete Israel en Gaza como si en otros lugares y con otras naciones involucradas. Asimismo, la palabra “genocidio” volvió al ruedo cuando se habla de Gaza. Las redes sociales son grandes amplificadores de esto. 

Con la guerra en Ucrania pasa algo símil. Quienes defienden a ultranza a Kiev denominando a Putin como un vil dictador por un lado, y por otro lado a quienes justifican la avanzada rusa sobre Ucrania, siendo que cuestionan otras situaciones similares en otras partes del mundo. Parece ser que todo es dependiendo de quien lo mire, es básicamente eso lo que absorbe una IA y es lo que abunda en redes sociales. 

Tomarse el trabajo de intentar entender el mundo digital es también una forma de intentar ver cómo se está configurando el mundo. Realidades individuales que responden a tendencias y van comprendiendo el sistema en base a sus ópticas. No parece muy disímil a otras épocas de la historia donde todo se construía con un manifiesto o un libro sagrado. El eterno devenir de la historia vuelve a aparecer como si fuera una regla eterna de nuestro mundo, donde la tolerancia es selectiva y el que triunfa es el más alto alza su voz. 

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Argentina, ¿potencia militar?

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Para el gobierno de Javier Milei, el rearme y el reposicionamiento del Ejército argentino pareciera ser una premisa de primer orden. Desde la inversión hasta la exposición pública demuestran el rol activo actual y la consideración del jefe de Estado, sin embargo, ¿nuestro ejército tiene desafíos geopolíticos?

Ejército versión 2.5 

Una noticia dividió las aguas en Argentina durante los últimos días. El Gobierno nacional decidió adquirir material bélico de primer orden. El arribo de 207 blindados Stryker de Estados Unidos se suma a los cazabombarderos F-16 comprados a Dinamarca y los aviones P-3 Orión de Noruega. Contempla el gobierno de Milei la adquisición de submarinos franceses y alemanes, todo esto junto a la posibilidad de incorporar helicópteros, vehículos blindados y la necesaria modernización de las instalaciones militares de nuestro país. 

A esta situación se le puede agregar un cambio importante en el financiamiento de Defensa. Para el presupuesto de 2025, esta área se llevó 6.200 millones de dólares, un valor que duplica a lo expuesto en el presupuesto de 2024, que redondeaba los 3 mil millones de dólares. Cabe destacar que el aumento en el presupuesto a defensa significa el 0,31% del PBI. 

Si bien la cifra parece baja, la realidad es que para un país con un Ejército desvencijado como el argentino, es un cambio realmente significativo. 

Otra de las cuestiones que han gozado de un giro importante en la era Milei es el de aumentos salariales del 5% en 2024 y ajustes retroactivos en 2025. 

Además, el Servicio Militar Voluntario se amplió para jóvenes de 18 a 28 años, trayendo a debate a nivel público la presencia del Servicio Militar Obligatorio en Argentina, algo que no funciona más desde 1994 con el polémico caso del soldado Carrasco. 

Todo este ensamble y generación de una estructura más fortificada del ejército parece ser propia de un país que se prepara para una guerra. Sin embargo, no siempre una guerra debe ser el propósito de un ejército, sino el cuidado de las fronteras, y allí es donde el ejército tiene mucho trabajo. A esto se le agregan dos tendencias, una interna y otra externa. 

El gobierno de Milei goza de un amplio apoyo de las fuerzas por la figura de la vicepresidente Victoria Villarruel, por cuestiones familiares y también por dichos, algunos polémicos con tildes negacionistas relacionado a la última Dictadura Cívico Militar. 

Asimismo, el gobierno de Milei ha traído a debate la cifra de los desaparecidos y la construcción de la “historia completa”, aduciendo una falta de “objetividad” en el relato y análisis de los hechos de lo ocurrido entre 1976 y 1983. 

Pese a que la construcción del conocimiento histórico es algo sujeto a análisis y es totalmente dinámico, estas tesis pregonadas desde comunicadores pro Milei y desde el propio seno del gobierno, han caído bien en parte de la “familia” militar, sobre todo luego de una era de total revisionismo bajo el kirchnerismo. 

La otra situación es parte de una decisión en el marco de la política exterior argentina. Milei se alió por completo con Estados Unidos y la OTAN. Esta toma de posición tiene un relieve particular en cuanto a la adquisición del armamento occidental y una especie de guiño o tributo hacia las potencias a las cuales piensa el gobierno nacional que debe asemejarse, lejos de la discusión de que si algún día podría sentarse en la mesa y debatir mano a mano con Estados Unidos, pero es parte de la construcción del relato. 

Geopolítica nacional   

Más allá de cuestiones de debate ideológico, hay una realidad inescrutable, y es que Argentina tiene un amplio territorio que debe ser protegido de cualquier tipo de amenaza. 

Los desafíos geopolíticos de Argentina son variopintos, pero los más importante uno podría resumirlos en la plataforma antártica y marítima, los conflictos transfronterizos y el narcotráfico. 

La situación de la protección de nuestro territorio marítimo y de la Antártida no se remite solamente a la cuestión Malvinas, la cual es bandera y estirpe de la geopolítica nacional, sino también al cuidado de la depredación de la fauna marina en territorio argentino y de la protección de las bases en la Antártida. La zona del sur austral es fundamental para nuestro país, porque nos da la perspectiva de ser un país intercontinental, además de tener la capacidad de explotar los recursos naturales de la manera más efectiva para los intereses nacionales. Con el avance imperante de la tecnología, tal vez pueda haber lugar para nuevos descubrimientos de recursos en zonas marítimas de Argentina. Todo esto en paralelo a la loable defensa legítima de las Malvinas Argentinas. 

El otro desafío son los conflictos transfronterizos. Aquí hay vital atención con la frontera con Chile. Puntos calientes en la Patagonia donde hasta el día de hoy existe cierta rispidez, sin olvidarse jamás del conflicto por el Canal de Beagle en donde casi estalla una guerra entre Argentina y Chile entre 1971 y 1984.

Además de la frontera sureña, el norte tiene un punto de contacto fuerte. Entre Jujuy y Salta, la frontera con Bolivia corresponde a 742 km con una sangría en cuanto al contrabando y la ocupación territorial indebida. El gobierno actual puso un límite importante en cuanto a la extensión de un alambrado militarizado, al mejor estilo Trump con México. La dinámica económica de frontera conlleva muchas veces a casos de contrabando que pueden ser severamente castigados, además de la situación migratoria que es una preocupación para la gestión Milei, con un debate grande acerca de la atención sanitaria gratuita y pública de extranjeros en Argentina, cómo así también la educación de mismo carácter. 

El mayor flagelo de un conflicto geopolítico en Argentina y que es un desafío para el ejército es el narcotráfico. Esta actividad ilícita es un crimen transfronterizo, en donde ninguna de las fronteras argentinas se encuentra exenta de ser vulnerada por estados mecanismos que tanto daño traen a las sociedades. Hay que entender que el narcotráfico maneja zonas de influencia a nivel internacional, generando un poder paralelo a los Estados, y que si no se controla con la efectividad necesaria, puede derivar en un problema de legitimidad total. Solo basta ver a Colombia y a Ecuador. 

Como un bis se podría agregar la amenaza terrorista. Quizás en un contexto de tensiones fuertes en Medio Oriente y con el posicionamiento total de Argentina a favor de Israel, el ejército debe prestar total atención a cualquier tipo de actitud que pueda derivar en algún atentado, entendiendo los antecedentes de la embajada de Israel y de la AMIA en la década de 1990. 

Sea como sea, es indudable que el ejército argentino está pasando por un refresh, y que es algo que, si uno planifica a largo plazo en ser una potencia, no se puede negar. No hay proyección de poder económico y político sin el militar, sino hay que ver ejemplos en el mundo, sin ir a Estados Unidos o Rusia, sino simplemente a Brasil. Para ser potencia hay que tener un robustecido sistema de defensa, lo que no signifique que la misma sea para vulnerar al pueblo al que deben cuidar. Un ejército sanmartiniano en pos del ciudadano argentino sería el marco ideal, en una reestructuración a largo plazo que no comprenda los ciclos presidenciales sino como una política de Estado duradera. 

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