Lucas Doronuk

Docente, divulgador e investigador en proceso

Trump, ¿the lord of war?

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Donald ha hecho del fin de los conflictos mundiales parte de su prédica predominante. Desde Ucrania hasta Medio Oriente, como los casos salientes, el mandatario estadounidense busca un mundo en donde el comercio sea fluido y las guerras bajo control del Tío Sam. Aparentemente, y refrendando lo ya logrado en su primera gestión, su violencia verborrágica no es parte de la política exterior. 

Dos guerras, un objetivo 

Ucrania y Medio Oriente han servido, en tan solo algunos meses, como termómetro del manejo de conflictos que tiene el gobierno de Donald Trump. De hecho, parte de su campaña electoral se centró en ponerle un punto final a la guerra en Ucrania. 

En Europa del Este la cosa se le empantanó un poco. Si bien logró acercar las partes, esa posición del gran pacificador quedó meramente dilatada. Trump no pudo lograr hasta hoy, que Putin y Zelenski arrimen posiciones con el fin de terminar esta conflagración, aunque las conversaciones continúan y el teléfono está siempre disponible. 

Por otro lado, el interminable conflicto en Medio Oriente. La guerra en Gaza, la crisis con los hutíes en Yemen y la más reciente (o no tanto) guerra entre Israel e Irán. Lo cierto de todo esto es que la situación en esta parte del mundo será siempre la misma, gobierne quien gobierne en Estados Unidos, entendiendo dos cuestiones: el petróleo y la causa palestina. 

Ahora, más allá de todas las cuestiones o características que definen a cada conflicto, queda por preguntarse la razón por la cual Trump quiere tan insistentemente la paz. El mandatario estadounidense ve en un mundo bajo control, la posibilidad de ampliar sus ganancias. 

Muchos historiadores coinciden en que la industria armamentística fue un pilar para Estados Unidos y que la guerra se transformó en un negocio, y es realmente cierto eso, sin embargo, Trump ve un mundo que ya no acepta los conflictos bélicos como antes. 

El siglo XIX fue clave para la expansión y el crecimiento de Estados Unidos, con conflictos de por medio, el siglo XX fue signado por dos guerras mundiales y por la Guerra Fría, pero el siglo XXI ya vio a los primeros nativos de la globalización, es decir, a aquellos que nacieron, crecieron y viven en la era del mero dominio del capitalismo y donde, en Occidente, las guerras son cosas del pasado o reservado para algunos lugares del mundo. 

Esto último es algo que puede evidenciar la total sorpresa de millennials y centennials ante las guerras previamente nombradas y sobre todo, a los niveles de incomprensión de un mundo complejo. 

Dada esta situación, Donald Trump entiende que la guerra es algo que siempre existirá pero la mejor forma de asegurar su ganancia es que esté bajo control estadounidense. Si tiene la hegemonía de los conflictos, tiene la hegemonía de los mercados. 

Simplemente, Trump quiere hacer dinero. Le interesa un mundo multipolar lo menos conflictivo posible para poder continuar con sus negocios y para enfocarse en su verdadero rival, el cual vamos a nombrar más adelante. Una demostración de esto es la apresurada necesidad de declarar cualquier tipo de algo al fuego entre Irán e Israel cuando el Régimen de los Ayatolas aclaró que podría cerrar el Estrecho de Ormuz. Por esa zona pasa gran parte del petróleo y el gas que abastece al mundo. El resultado está a las claras: cuando le tocaron el bolsillo, se acordó de la paz.

China, la única “guerra” para Trump 

Siempre lo dejó claro. Jamás pretendió ocultarlo o matizarlo, sino que fue tajante al entender que su gran amenaza es China. 

No es el Estado moderno chino al mejor estilo “1984” de George Orwell, imitando a su simbólico Gran Hermano pero con la salvedad de una híper avanzada tecnología que le permite estar en cada detalle de los ciudadanos. 

Tampoco es la pretensión china de avanzar sobre Taiwán, algo que, eventualmente, va a suceder de manera bélica. Lo que le quita el sueño a Trump es la economía, y es el hecho de que China reúne las condiciones para pelear el lugar de la máxima potencia económica del mundo. 

A Trump le importa la plata, y por primera vez ve en China un digno contrincante. Ese capitalismo de Estado ha llevado al gigante rojo de Asia a la cima de la proyección de poder económico global. Desde el fin de la Unión Soviética es que Estados Unidos no tenía un digno polarizador. 

Lo que distingue a China y atemoriza a Trump es su poder de persuasión. En su forma de comercio exterior, China logró conseguir tratados y permisos de explotación con el fin de hacer obras o de promover el crecimiento y el desarrollo local, algo que Estados Unidos nunca lo entendió así, sino más bien con el pleno sometimiento de un Estado sobre el otro. 

Con la táctica china y su proyección a una economía inteligente y mega futurista, consiguió penetrar en Europa y África con vitalidad, como zonas alejadas de su influencia, además de Latinoamérica, lo que, históricamente, Washington consideró, de manera despectiva, su “patio trasero”. 

Trump además entiende que Biden perdió mucho territorio contra China en el comercio internacional, es por eso que su apuesta fuerte va por el desarrollo a gran escala de tecnología y con el fortalecimiento de la industria nacional, tomando dos conceptos: el poderío internacional de la tecnología y el fortalecimiento de la clase media de Estados Unidos. 

La geopolítica es un ajedrez, en donde cada movimiento es fundamental para el resto del juego. Trump entiende que su guerra no es con misiles sino con billetes. Ve que el último bastión del sueño americano podría derrumbarse si Estados Unidos pierde la hegemonía del mercado exterior, sin embargo, no parece estar dispuesto a mejorar su “oferta” con las periferias sino debilitar a su rival para seguir con su ofrenda de intercambio desigual. 

Si hay que definir a Trump, podría decirse que es un pacifista ensobrado. Busca el fin de los conflictos para tener el control de los mercados y usar el arma del billete para mantener el el tiempo su postura como el gran dueño del mundo.

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Irán, el gran temor de Israel

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El estallido de un conflicto eterno e inevitable entre Teherán y Tel Aviv llevó a que gran parte del mundo pusiera sus ojos en Medio Oriente otra vez. A partir de eso, circularon incertidumbres varias acerca de la potencialidad de esta disputa, con un amplio desconocimiento de la iraní, pero si hay algo que es seguro, si Israel y EEUU le prestan vital atención es porque tienen la capacidad de disputar territorio y hegemonía. Irán, desde la Revolución Islámica de 1979, se convirtió en el gran enemigo de Israel. 

La potencia de Medio Oriente 

Pese al aislamiento internacional de occidente y las sanciones impuestas, Irán logró consolidar un ejército y un armamento de temer. Con sus objetivos históricos puestos sobre Tel Aviv, las cifras iraníes son considerables. 

El ejército de Irán cuenta con 610 mil soldados activos y 350 mil reservistas, los cuales, valga la aclaración, están dispuestos a todo. Dentro de esta estructura hay una institución que resalta: las Fuerzas Quds. Esta es una unidad de élite dentro de la Guardia Revolucionaria de Irán. Cuenta con, aproximadamente, 15 mil agentes y se centra en dirigir operaciones especiales, guerra asimétrica y el manejo de la influencia bélica en el extranjero. De hecho, “Quds” significa Jerusalén o Tierra Sagrada en árabe, lo que denota la condición de resistencia hacia la presencia israelí en Medio Oriente. Esta unidad tuvo su bautismo de fuego en la guerra contra Irak entre 1980 y 1988, aumentando su poderío y especialización año tras año. 

Dentro del potencial bélico iraní, las Fuerzas Quds son las encargadas de proyectar las pretensiones hegemónicas del Régimen de los Ayatolás de manera internacional con el entrenamiento de movimientos que luchan contra Israel y los intereses estadounidenses. Entre ellos Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano, los Hutíes en Yemen y las milicias chiitas en Irak. El ideario es asestar golpes indirectos, atentados y sabotaje mediante estos grupos, resguardando la “integridad” estatal de Irán. A este grupo se le adjudicó, por ejemplo, el atentado a la AMIA en Buenos Aires en 1994. 

En cuanto al armamento, en lo terrestre y lo aéreo, Irán cuenta con artefactos un tanto antiguos y en parte obsoletos. Está equipado con tanques T-72S y Zulfiqar, como así también con vehículos blindados y artillería pesada. La Fuerza Aérea tiene aviones F-4, F-5, MiG-29 y algunos F-14 de la era del Sha Reza Pahlevi, es decir desde hace casi 50 años. 

Mejoran en términos marinos y de defensa antiaérea. Tienen submarinos de clase Kilo que son de fabricación rusa y algunos mini submarinos de fabricación local. Sus sistemas de defensa antiaérea son los Bavar-373, el mismo de corto y medio alcance. 

Sin lugar a dudas, lo que más teme Israel de Irán en cuanto al arsenal del último son los misiles y los drones. En la guerra en Ucrania se ha visto la tecnología de drones bélicos iraníes usados por Rusia, pues cuentan con una fabricación de las más imponentes de drones que pueden asestar atentados y ataques de toda índole, son justamente los Shahed-136 los más usados. 

Los misiles iraníes son de temer. Cuentan con los Shabab-3, Sejiil y Khorramshahr, todos ellos balísticos y con capacidad de destrucción masiva, inclusive trabajaron con la creación de misiles hipersónicos, algunos de ellos vistos en pruebas y hasta con lanzamientos hasta Israel. 

Sin embargo, lo que más le preocupa a Tel Aviv y Washington es el desarrollo de armas nucleares que tendría Irán. Cuentan con un enriquecimiento de uranio al 60%, cerca del 90% necesario para el desarrollo armamentístico. Entidades internacionales consideran que Irán podría tener la capacidad de crear hasta 3 o 4 armas nucleares aunque el relato oficial iraní lo niegue. El Régimen de los Ayatolas utiliza, además, la situación nuclear como un método disuasorio, lo que le permite tener mayor cintura geopolítica y disputar la hegemonía con Israel en Medio Oriente y con Arabia Saudita entre potencias islámicas. 

Irán antes de ser Irán 

La historia de Teherán hasta convertirse en el máximo rival de Israel es muy larga. En la antigüedad, Irán siempre fue conocida como Persia o el Imperio Persa, teniendo momentos de apogeo con el Imperio Aqueménida (550 – 330AC) de la mano de Ciro el Grande. Además de ellos los partos y los sasánidas también tuvieron presencia. Desde ese momento, la herencia persa empezó a pisar fuerte sobre la actualidad iraní. 

En el siglo VII, la irrupción del islam cambia las reglas de predominio político pero mantiene la identidad persa, aunque desde el siglo XVI se transformó en un bastión clave del chiismo en Medio Oriente. Desde allí hasta entrado el siglo XX, lograron resistir los embates de fuerzas de ocupación coloniales.

El fin de la Primera Guerra Mundial marcó el comienzo de un proceso de inestabilidad e incertidumbre en Persia, casi como en todo el mundo. Sin embargo, se abrió camino para el ascenso del Sha Reza Pahlevi en 1925, tras la deposición de la dinastía Qajar que manejaba el país por ese entonces. Reza Pahlevi fue el cambio abrupto en la historia iraní, de hecho, fue quien le cambió el nombre a Persia por Irán en 1935, reconociendo la multiplicidad cultural del país, siempre manteniendo la herencia persa. 

Bajo el régimen del Sha Reza Pahlevi, Irán pasó por una modernización a gran escala, incluyendo industrias y apertura a capitales extranjeros. La visión cosmopolita penetró en Irán como si fuera una sucursal de Nueva York o Los Ángeles en Medio Oriente. En Teherán afloraron las juventudes formadas y las mieles del capitalismo. El proceso que llevó adelante fue de occidentalización, manteniendo una buena relación con EEUU (casi como un títere, por el control de Washington en sus recursos) y siendo uno de los fundamentales aliados de Israel en su fundación en 1948. 

Pese a esto, había un fuerte descontento en crecimiento. Sectores populares que quedaban fuera de la repartija del capital y padecían la desigualdad, sumado al ascenso de las ideas socialistas y comunistas en pugna desde la década de los 50’s en conjunto a poblaciones con mayor formación intelectual, sumado a grupos clericales musulmanes que veían la irrupción occidental como un ataque directo a su religión y costumbres, generaron el caldo de cultivo que decantó con la caída de Reza Pahlevi. 

El Sha cae tras una revolución popular que llevó al poder al Régimen de los Ayatolas en 1979 y, poco a poco, despojó al socialismo de cualquier pretensión de poder y expresión. 

Cristalizado en el Ayatola Jomeini, la consolidación de una teocracia islámica con la aplicación de la ley de la Sharia era una realidad. Un poder de juristas islámicos sumado a la figura del Líder Supremo sembraron un sentimiento antioccidental y con la islamización como banderas. Todo esto se conjugó en un único enemigo que representaba todo lo que no toleraban los Ayatolas: Israel. 

Desde 1979, Tel Aviv se transformó en el enemigo número 1 de Teherán. Israel representa un modelo parlamentario, rodeado, prácticamente, de regímenes teocráticos y siendo la uña de Estados Unidos en Medio Oriente. Ese sentimiento de disputa filosófica y política contra Israel fue lo que motivó al crecimiento de Irán como la megapotencia que conocemos hoy en día y que pone en vilo al mundo. 

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La inevitable guerra en Medio Oriente 

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Otra vez, Israel e Irán van al conflicto directo. Misiles van, misiles vienen, daño estructural y vidas perdidas, intereses políticos y económicos con apetencias de manejo hegemónico de la zona, pero con una premisa clave: esto es algo que va a ocurrir siempre entre ambos enemigos naturales. 

Esta guerra es completamente imposible de esquivar. En el génesis político que predomina el manejo político y la construcción identitaria e ideológica de ambos está la presencia del otro como un estorbo. Esta guerra, lejos de ser por cuestiones materiales, es un pleito de características filosóficas, que no se va a zanjar ni con misiles ni con diplomacia. 

Un conflicto de nunca acabar 

Hay dos sucesos históricos en el siglo XX que nos pueden dar un pantallazo sobre el origen del conflicto y que puedan responder a la razón por la cual esta guerra puede ser apocalíptica si estalla en algún momento con total crudeza. 

Ambos procesos históricos tienen que ver con la alta política que manejan estos países. El primero de ellos es la creación del Estado de Israel en 1948. Desde ese momento, con la reubicación en la antigua Palestina de los judíos que sobrevivieron del Holocausto padecido en la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, comenzó a reconfigurarse el mapa de Medio Oriente. Con el correr de los años y anteponiendo intereses políticos y territoriales, comenzaron a gestarse guerras que sirvieron como mecanismos de ocupación y expansión de terreno para Israel. Esto fue provocando un clima de enemistad absoluta con sus vecinos, generando un estado de situación en alarma total que se da de manera constante hasta el día de hoy. 

El otro suceso es la Revolución Islámica de Irán en el año 1979. En ese momento, los Ayatolas suben al poder mediante una revuelta con amplio apoyo popular, tirando por el costado oscuro de la historia a la occidentalización forzada del Sha Reza Pahlevi e imponiendo un régimen teocrático basado en la doctrina del Corán y en la rígida interpretación de la Ley de la Sharia. Desde el vamos, la Revolución Islámica de Irán y sus consecuentes líderes políticos y religiosos marcaron a Israel como el enemigo único a vencer, exigiendo la eliminación o exterminio de dicho Estado y su gente.

Entendiendo estos procesos, la cuenta parece más clara. Israel vive en constante estado de alerta y con amenazas yihadistas de grupos armados financiados por Irán como Hezbolá, por citar uno de ellos, y por el lado de Teherán considerando la inexistencia de Israel como el único método de pacificación de Medio Oriente. Es decir, el problema es filosófico. Ambos países jamás van a lograr un acuerdo de paz porque su problema es filosófico, no material. Uno no necesita territorio del otro, sino que ambos creen en la eliminación de su enemigo, una situación que solo podría decantar en una guerra apocalíptica y que, además, es inevitable, porque a la larga o a la corta va a recrudecer. 

Mucho morbo hay con el concepto “Tercera Guerra Mundial”. Cuando explotó la conflagración en Ucrania se habló de que se podía atravesar eso, sin conocer, lógicamente, algunas de las características que podrían dar parámetros para semejante conflicto. En mi opinión, si hay una Tercera Guerra Mundial va a arrancar por Israel e Irán o por China y Taiwán. Centrándonos en Medio Oriente es algo obvio, por su incapacidad de resolver sus problemas con territorios, sino que el mundo de las ideas es el que entra en conflicto. Es inevitable, tal como el afán expansionista y la paranoia nacionalista en la Primera Guerra Mundial y el ascenso del extremismo político en el fascismo, nazismo y estalinismo en la Segunda Guerra Mundial. Estos ejemplos históricos sirven para demostrar cómo las ideas en pugna son las que propagan guerras brutales y de carácter mundial, más no un simple problema territorial, pese a que puede ser un condimento más, con Irán e Israel, la relación es irreconciliable. Además, hay que tener en cuenta que Irán es uno de los máximos productores de armas nucleares e Israel cuenta con la tecnología avanzada más imponente del mundo en lo bélico. 

Argentina en Medio Oriente 

Difícil es pensar que alguien querría comprarse un problema geopolítico de las dimensiones de Irán e Israel, pero, penosamente, nuestro país está generando (des)conexiones diplomáticas que pueden ser graves. 

El gobierno de Javier Milei se alineó en su totalidad con Israel desde el comienzo. De hecho, el mandatario jamás lo escondió. Sin embargo, en este contexto, estos apoyos pueden verse como más que simples declaraciones. 

La intención de Milei es que la embajada argentina se mude de Tel Aviv a Jerusalén en 2026, lo cual, lejos de ser una situación meramente de ubicación, es una declaración de principios geopolíticos. Con esto, lo que busca reconocer es el predominio de la ciudad sagrada bajo Israel, otorgándole el visto bueno diplomático de la hegemonía en la región. 

Esta situación, además de otros dichos de Milei lleva a que el posicionamiento con Israel pueda ser visto por sus enemigos como una amenaza, no por lo que represente Argentina en el entramado geopolítico, sino por la dinámica de mundializar el terrorismo que han demostrado los grupos y organizaciones que trabajan para Irán. 

Argentina fue epicentro de dos grandes atentados en la década de los 90’s: embajada de Israel y Amia. ¿Es momento de una alineación tan directa con Tel Aviv? Medio Oriente, como siempre, está que arde, pero pareciera ser que estamos a dos minutos de la medianoche, lo que no sería muy positivo para Argentina, rompiendo el posicionamiento histórico de neutralidad, todo en el nombre del ¿occidentalismo? Difícil de creer, pero parte de la política exterior actual de nuestro país. 

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La guerra menos pensada: Trump vs Musk

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Un pleito que sorprende, por el tono de la comunicación y por la capacidad de amplificar sus mensajes, pero no por el origen de la relación. Algo que parecía difícil de sostener en el tiempo finalmente muestra su verdadera cara: la de la enemistad cuando el poder está en juego. La disputa entre el político más importante del mundo y el hombre más rico del mundo.

Elon Musk formó parte del gobierno de Donald Trump hasta hace apenas unos días, y tras su salida, esa relación que parecía conjugar el epicentro más concentrado del poder mundial comenzó a desmoronarse. El dueño de Tesla (entre otras empresas) estuvo al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental, casi como una parodia estadounidense de la cartera dirigida por Federico Sturzenegger en Argentina. El área de Musk fue la encargada de ejecutar miles de despidos y el cierre de organismos en Estados Unidos, con el único fin de alcanzar el tan deseado equilibrio fiscal.

Cierto es que la llegada de Musk al gobierno de Trump le valió una ola de críticas a nivel mundial y boicots a sus empresas, al punto de comprometer el valor de sus acciones. En pocas palabras, el negocio no estaba cerrando. Más allá de eso, nunca se involucró demasiado en la política.

La salida del gobierno fue pacífica y todo hacía creer que la relación personal con Trump, así como los gestos públicos mutuos, se mantendrían en el tiempo. Pero el viraje fue rápido y abrupto. Elon Musk lanzó una serie de críticas directas a Donald Trump y a su nueva política fiscal, lo que provocó la ira política del mandatario y una inmediata respuesta, escalando el conflicto hasta acusaciones comprometedoras que, además, generaron un sismo interno en la política estadounidense y una incertidumbre propia de crisis institucional.

Todo comenzó con la ley presupuestaria que impulsa el presidente Trump y que espera sea aprobada lo antes posible. Dicha norma incluye la ampliación de exenciones tributarias, un mayor recorte en el gasto social y un aumento en el techo de deuda. Para Musk, es una abominación; para Trump, es grande y hermosa.

La crítica textual de Elon Musk fue la siguiente:
“Lo siento, pero ya no aguanto más. Este proyecto de ley del Congreso, enorme, escandaloso y repleto de gastos superfluos, es una abominación repugnante. Qué vergüenza para quienes lo han votado: saben que han hecho mal. Lo saben.”

La respuesta de Trump apuntó directamente a la quita de subsidios para la industria automotriz eléctrica, insinuando que esa fue la verdadera razón de la ofuscación de Musk. Literalmente, le metió el dedo en la herida. Nada peor que cuestionar subsidios ante alguien que dirigió un área encargada de recortar gastos. Trump disparó con artillería pesada y con pleno conocimiento de sus acciones.

Musk redobló la apuesta y vinculó al actual presidente con los oscuros encuentros de Jeffrey Epstein, condenado por abuso, trata y prostitución de menores. El golpe fue durísimo para Trump, abriendo la posibilidad de que la situación escale hasta el ámbito judicial en Estados Unidos.

¿Promesas incumplidas?

Más allá de los idas y vueltas y de los trending topics que derivan de este pleito, hay una cuestión que merece un análisis más profundo: el trasfondo internacional de esta pugna por el poder, entre promesas incumplidas y alianzas de cartón.

Una de las aristas menos exploradas del distanciamiento entre Trump y Musk está relacionada con la guerra en Ucrania. A primera vista puede parecer que no hay vínculo entre ambos asuntos, pero como dice el dicho: “todo tiene que ver con todo”.

Trump hizo del fin de la guerra en Ucrania una de sus principales promesas de campaña y, desde el primer minuto, trabajó en acercar posiciones para poner fin a la conflagración. Sin embargo, entre tensiones y distensiones, ese objetivo se fue diluyendo. Cabe destacar que es muy posible que Trump logre la paz en Europa del Este, incluso más que un eventual acercamiento directo entre Putin y Zelenski. Pero la espera agotó la paciencia de Musk.

El fin del conflicto y una eventual partición del territorio ucraniano delineaban una ocupación rusa por un lado y una injerencia económica estadounidense por el otro. Esta última no implicaba asentamientos, pero sí una estrategia clara: Ucrania debía comenzar a pagar los préstamos y el apoyo militar brindado por Washington. A cambio, entraba en juego la explotación de las tierras raras y minerales estratégicos del país, y allí es donde Elon Musk entraba en escena.

Entre manganeso, grafito, hierro, litio, uranio y titanio, Ucrania alberga cerca de 10 mil yacimientos de tierras raras y minerales, lo que la convierte en una de las reservas más grandes del mundo. Estos recursos son materia prima clave para la industria tecnológica y de comunicaciones.

Con este panorama, todo empieza a cuadrar. La alianza entre Trump y Musk tenía un componente económico desde el lado del magnate, y uno geopolítico desde el presidente. Musk creyó en la promesa de una resolución rápida del conflicto para que sus empresas pudieran acceder a los minerales ucranianos, potenciando al máximo sus ganancias y las de otros grandes jugadores que apoyaron a Trump, como Mark Zuckerberg y Jeff Bezos.

Para Trump, lo redituable era la estrategia geopolítica. Buscaba que las empresas aliadas crecieran, escalaran su producción y dominaran mercados, utilizándolas como arma de competencia directa frente a China en la guerra comercial.

Si lo analizamos en perspectiva, ambos tenían mucho por ganar. Trump, al reposicionar a Estados Unidos en el tablero global; Musk, al incrementar sus beneficios económicos. Sin embargo, los tiempos se estiraron, las promesas no se cumplieron, y el magnate terminó perdiendo más de lo que ganó durante su paso por el gobierno. Ante la falta de resultados, la alianza de cartón se rompió, y hoy vemos un cruce público donde ambos se reprochan abiertamente.

El poder es difícil de compartir. Se ejerce o se padece. Y cuando dos figuras de peso entran en juego, las alianzas suelen basarse más en intereses que en pactos de caballeros. Lo romántico de las promesas y las amistades es propio de quienes aún no han sido completamente corrompidos. Para Trump y Musk, como en la geopolítica misma, todo se trata de intereses.

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Annobón, ¿la provincia argentina en África?

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Como si algo le faltara a nuestro país —o como si se tratase de una potencia con peso internacional—, una pequeña nación africana le pidió ayuda a Argentina. Este tipo de gestos suelen dirigirse a Estados Unidos, Rusia o China, pero rara vez a una nación del sur global como la nuestra. Sin embargo, la amabilidad diplomática de Annobón, una isla africana que tendió la mano a la tierra de Maradona, Messi, el mate y el dulce de leche, sorprendió a propios y extraños.

Una nueva nación en África

Annobón es una pequeña isla ubicada en el Golfo de Guinea. Según el censo de 2015, cuenta con poco más de 5.000 habitantes. Se estima que esa cifra pudo haber aumentado ligeramente en la última década, salvo por el delicado contexto que atraviesa.

En 2022, su historia dio un giro tan virulento como previsible: tras años de represión, abandono y discriminación por parte del gobierno central de Guinea Ecuatorial, Annobón declaró unilateralmente su independencia. El nuevo gobierno, autoproclamado, mantuvo como presidente a Nando Palas Bahê y como primer ministro a Orlando Cartagena Lagar.

La respuesta no se hizo esperar. Teodoro Obiang, quien gobierna con puño de hierro Guinea Ecuatorial desde 1979, impuso un virtual bloqueo. Desde 2024, la isla enfrenta una crisis humanitaria: carece de energía eléctrica, agua potable y servicios básicos de comunicación como internet y telefonía. A esto se suma su dependencia casi total de la pesca y la agricultura de subsistencia.

En busca de respaldo, Annobón recurrió a organismos internacionales como las Naciones Unidas y se incorporó a la Organización de Naciones y Pueblos No Representados, con escasos resultados positivos. Fue entonces cuando miraron hacia la historia… y hacia Argentina.

Annobón y Argentina, unidos por el pasado

El primer ministro de Annobón, Orlando Cartagena Lagar, dirigió un pedido abierto de apoyo diplomático a Argentina, lo que despertó interpretaciones exageradas sobre una posible anexión, algo que, de concretarse, sería erróneo y contraproducente. La isla busca un reconocimiento simbólico a su proceso de independencia y la posibilidad de establecer lazos de cooperación humanitaria y diplomática. Tal vez sea también una jugada de marketing geopolítico, aprovechando el eco internacional que suele generar Argentina.

Pero detrás del gesto hay un dato curioso: Annobón fue parte del Virreinato del Río de la Plata. En 1778, mediante el Tratado de El Pardo, Portugal transfirió la isla a España en un intercambio de territorios que buscaba reducir tensiones en Sudamérica. Desde entonces, Annobón fue administrada por la Corona española, con sede organizativa en Buenos Aires.

La isla funcionaba como punto estratégico en el traslado de esclavos. Tras la independencia argentina en 1816, volvió a estar bajo control español hasta que, en 1968, fue incorporada al territorio de Guinea Ecuatorial, como parte de los procesos de descolonización en África.

¿Provincia argentina o delirio geopolítico?

Más allá de las bromas y memes que circularon en redes sociales, la postura argentina —si se atiende su coherencia histórica y diplomática— debería ser clara: Annobón no será una provincia ni será reconocida como Estado independiente. Las razones son evidentes.

Apoyar la independencia de Annobón debilitaría la posición argentina en el reclamo por las Islas Malvinas. Aceptar el principio de autodeterminación sin considerar la integridad territorial de los Estados abriría una grieta en la estrategia diplomática frente al Reino Unido, que utiliza ese mismo argumento para justificar su control sobre el archipiélago.

Además, respaldar a Annobón podría generar tensiones con el continente africano. Desde votos desfavorables a la Argentina en las Naciones Unidas hasta el estímulo de movimientos independentistas en otras regiones, las consecuencias diplomáticas podrían ser considerables.

Por otro lado, la posibilidad de que Argentina se transforme en un país tricontinental —con presencia en América, la Antártida y, eventualmente, África— resulta atractiva desde el punto de vista simbólico. Pero es irreal: implicaría asumir enormes costos económicos y logísticos, desde defensa y salud hasta educación y administración territorial.

Pese a todo, el gesto de Annobón tiene un valor anecdótico y simbólico notable. Refleja un vínculo histórico olvidado, una mirada inesperada hacia nuestro país y, quizás, un reconocimiento a la trayectoria diplomática argentina. En tiempos de aislamiento y repliegue global, que una nación africana pida ayuda a Argentina no deja de ser un pequeño recordatorio de que seguimos estando en el mapa.

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