Lucas Doronuk

Docente, divulgador e investigador en proceso

¿Paz o circo?: El triste caso de Gaza

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Después de meses de insistencia por parte de la administración de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, el alto al fuego duradero —al menos en los papeles— parece ser una realidad en el enclave palestino. Sin embargo, surgen interrogantes inevitables: ¿qué se esconde detrás de este acuerdo? Y, sobre todo, ¿es real o meramente mediático?

Dos años de infierno

Casi con precisión de cronómetro, Hamás e Israel acordaron un alto al fuego en Gaza, apenas dos años después del inicio de la conflagración que siguió al devastador ataque de la organización terrorista con base en Gaza contra los kibutz israelíes.
Las esperanzas comenzaron a resurgir en movimientos sociales de todo el mundo, y una tenue sonrisa se dibujó en los rostros de miles de palestinos que caminan lentamente hacia los restos de lo que alguna vez fue su hogar, hoy reducido a escombros.

Mientras tanto, dentro de los Estados Unidos crecía la presión para acelerar un acuerdo en Medio Oriente, ante la sensación de que Israel comenzaba a desbordar los márgenes del control diplomático de Washington.
Si bien el gobierno de Trump había asumido con la promesa electoral de contener los conflictos bélicos heredados de la administración Biden, en el caso de Gaza la intervención fue especialmente insistente.
Más allá de la guerra en Ucrania, la cuestión de Medio Oriente se volvió prioritaria debido a las acciones cada vez más desmedidas de un Netanyahu fuera de control. No es novedad que Estados Unidos e Israel mantienen una alianza estrecha desde la fundación del Estado israelí, pero las decisiones del primer ministro comenzaron a sobrepasar incluso los intereses estratégicos de su aliado histórico.

Es ingenuo creer en la supuesta benevolencia del poderoso frente al oprimido: la historia es otra. Dos hechos específicos motivaron la presión de Washington. En primer lugar, el ataque directo de Israel contra miembros de Hamás en Qatar, un socio clave de los Estados Unidos en la región. La posibilidad de una escalada que involucrara a Doha amenazaba con desestabilizar el equilibrio de alianzas en Medio Oriente y reabrir un conflicto árabe-israelí al estilo de la década de 1960. Si eso ocurriera, el dominio estadounidense en la región —y en especial sus intereses petroleros— se verían comprometidos, provocando un aumento del precio de los combustibles y, con ello, una potencial crisis económica. En el contexto de una guerra comercial con China, ese escenario sería un golpe directo al sistema internacional.

Además de las razones geopolíticas, existió un factor cultural y humanitario que impulsó a Trump a apurar el alto al fuego: la creciente condena internacional por las atrocidades cometidas en Gaza. Los miles de civiles muertos —entre ellos mujeres y niños—, los desplazamientos forzados y la obstrucción de la ayuda humanitaria convirtieron el conflicto en un símbolo del horror contemporáneo.

En numerosos países, especialmente musulmanes y árabes, se multiplicaron las manifestaciones masivas, que pronto se replicaron en Occidente. Reino Unido, Italia, España, Francia, Australia y los propios Estados Unidos fueron escenario de marchas multitudinarias que denunciaron el accionar del gobierno de Netanyahu sobre Gaza.
Aun cuando las investigaciones internacionales siguen su curso, los hechos exhiben una violencia sistemática y sostenida contra la población palestina. Washington comprendió que, más allá de la retórica, la presión internacional podía volverse insoportable: financiar al aliado implicaba asumir parte de su responsabilidad.

Por estas razones, Trump aceleró las negociaciones para alcanzar un principio de acuerdo en Gaza. No lo hizo por convicción pacifista, sino por conveniencia política y geoestratégica.

Una paz frágil

Detrás de los titulares optimistas, la realidad se impone: este acuerdo no pacifica Medio Oriente. La conflictividad seguirá latente, alimentada por las incertidumbres sobre la reconstrucción de Gaza, la delimitación fronteriza, la presencia militar israelí y el papel de la Autoridad Nacional Palestina.
Si la comunidad internacional pretende respaldar a la Autoridad Palestina, deberá comprometer financiamiento para reconstruir el enclave y garantizar el cumplimiento de las promesas israelíes. Nada asegura que, tras la devolución de rehenes y los cuerpos de quienes murieron en cautiverio, el gobierno de Netanyahu no mantenga fuerzas militares en las zonas aledañas a Gaza.

El otro problema es histórico. Medio Oriente difícilmente alcance estabilidad mientras coexistan Israel e Irán: dos países con modelos políticos y religiosos opuestos, que niegan la legitimidad del otro. Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán asumió la causa palestina como propia, transformando la región en un tablero geopolítico de tensiones permanentes.

No es cierto que “Medio Oriente siempre fue un caos”. Hubo períodos de coexistencia y de relativa estabilidad. Pero mientras persistan las actuales condiciones de enfrentamiento —y la presencia activa de Estados Unidos—, la región seguirá siendo un polvorín.
Hoy Gaza respira, pero nada garantiza que mañana no vuelva a estallar un nuevo conflicto. Y si eso ocurre, los protagonistas volverán a ser los mismos del triángulo bélico que define el destino de la región: Estados Unidos, Israel e Irán.

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No hay plata for export

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Una de las tantas frases que catapultó al estrellato en los titulares de los medios internacionales al actual presidente Javier Milei, parece ser que no sólo resonó sino que caló hondo en las tierras de un aparente aliado político. Donald Trump tomó con un guante los dichos de Milei y parece demostrar poco a poco que está dispuesto a mostrar gestos de reformas estatales por las buenas o las malas. La motosierra de Elon Musk se fue pero la decisión de Trump sigue siendo la misma, sobre todo porque es una decisión política, no económica. 

Shutdown e incertidumbre 

El sistema estadounidense tiene un curioso sistema electoral, y sobre todo cuando se trata del tratamiento del presupuesto, en una evidente contraposición a la realidad argentina. Si las cámaras no se ponen de acuerdo y no se dan los votos necesarios, el ejecutivo entra en un shutdown o en un cierre de gobierno. Esto no significa que el gobierno tambalea o que procede a hacer cambios profundos en nombres de funcionarios ni tampoco a un llamado anticipado a elecciones, es sólo una crisis. Decir “sólo” es irónico. El shutdown es, literalmente, la paralización de las funciones del Estado, en pos de no haber alcanzado un acuerdo en común para el presupuesto del año venidero. 

Esta situación en la que se encuentra actualmente Estados Unidos se ha repetido durante 21 veces en su historia, al menos desde la aplicación de este sistema en la década de los 70. Estás 21 veces contemplan la crisis actual. La que más tiempo duró fue de 35 días entre diciembre de 2018 y enero de 2019, bajo la primera presidencia de Trump. Coincidencias si las hay. 

El funcionamiento de las partes esenciales del gobierno federal trae a colación el cese temporal de trabajo de al menos 800 mil personas. Estás no cobran su sueldo hasta que el país no salga del cierre de gobierno. Además de eso, se interrumpen los servicios en lugares como parques nacionales, atracciones como el museo Smithsoniano y monumentos y sitios tales como la Casa Blanca o el Capitolio. Además de ello, entes burocráticos que realizan controles como la FDA o el visado y demás departamentos también se ven afectados. Cabe destacar que la pérdida de productividad por un shutdown es de miles de millones por día, comprendiendo retrasos en pagos, suspensión de vuelos en aeropuertos y programas como préstamos estudiantiles. Literalmente es un golpe a la economía. 

Hasta ahora, la radiografía del shutdown, producto de falta de consenso partidario, no arroja indicio alguno que lo relacione con el famoso “no hay plata”. Sin embargo, la situación cambia de consideración cuando se filtra la información de supuestos pedidos de la Casa Blanca para preparar órdenes de despidos y cierre en distintas entidades u organismos del Estado estadounidense. Esta filtración por parte de medios internacionales ha puesto los pelos de punta a parte del sistema, entendiendo al shutdown no solo como el desenlace de un conflicto partidario en el Congreso, sino como el aprovechamiento para ejecutar un recorte pronunciado en el Estado. 

“No hay plata” pronunciaba Milei cuando recién había asumido y su popularidad brotaba a cada paso que daba, ¿y si ahora es Trump quien se está preparando para el ajuste? No es una novedad que al mandatario estadounidense le seduce la idea de achicar lo máximo posible a los gastos del Estado, no tanto inclusive para ganar dinero, sino para marcar un campo de batalla contra la idiosincrasia demócrata de la multiplicidad de organismos, los cuales, además de toda crítica válida hacia la burocracia, expresa representatividad para varios sectores sociales. De hecho, aunque en los papeles está asegurado, el mayor temor es comenzar a perder terreno en espacios como la seguridad social y la salud. De por si, esos paradigmas en EEUU suelen ser foco de discusión, si poco a poco pierden financiamiento, el país podría estar a las puertas de una profundización de la desigualdad y el acceso a oportunidades. ¿Un modelo Milei en EEUU? 

El fenómeno barrial 

Milei constantemente pretende generar la idea de que su figura tiene proyección internacional y, si tomamos como parámetro lo antes analizado de Trump y el shutdown, pareciera ser que sí, aunque en realidad forma parte de algo más grande. Hay un fenómeno global que muestra cierta predilección por líderes a los que no les interesa las formas sino la resolución. Hay una crisis evidente de la democracia liberal tal y como se la conocía al menos desde mediados del siglo XX que es digna de prestar atención. 

En la actualidad parece ser que hay un desgaste de los modelos democráticos con sus instituciones y un evidente hartazgo poblacional ante las fallas o grietas que presenta este sistema, ampliado por discursos que lo envalentonan. La constante necesidad de hablar de un Estado grande o un Estado chico, la cantidad de empleados, la funcionalidad de los organismos, el dinero que se destina a cada sector y la falta de compromiso de partidos tradicionales, está generando a nivel mundial una complicidad para aceptar a líderes cada vez con tintes más autoritarios. Y si, es cierto, el “no hay plata” no fue una explicación económica, fue una declaración de principios sobre cómo imponer por sobre consensuar. En una sociedad del hartazgo, dar meras esperanzas de estabilización económica y hablar con el lenguaje de los vecinos de a pie es suficiente para ganarse el voto y ahí es donde la democracia empieza a perder absoluta validez. Lo que lleva a la pregunta, ¿Vale una democracia que solo promete o un autoritarismo que intenta “resolver”? Aunque claro, detrás de esa “resolución”, siempre hay intereses y siempre está el lobby, esperando con el cuchillo y el tenedor en las manos. 

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Mister President, gud blis iu

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Hay quienes afirman que quienes no aman a su patria la condenan a nunca crecer, y no parece una idea tan alejada de la realidad. Más allá de la romántica semántica del sentir nacional, es cierto que el camino hacia el crecimiento y desarrollo económico que culmina con la formación de potencias nace desde el posicionamiento. Hoy Argentina está volviendo a mostrar un alineamiento absoluto con Estados Unidos, algo que parece poner en segundo término a los intereses nacionales, sobre todo los de largo plazo. 

Buenos Aires – Washington, sin escalas 

Decir que Milei es un ferviente admirador de Estados Unidos y particularmente de Donald Trump no es una novedad, de hecho, a cada paso en política exterior, es más notoria la cercanía política. Ciertamente a Estados Unidos no le importa demasiado Argentina, no tenemos mucho que ofrecerles más que algún voto en la ONU… siempre y cuando no hablemos de recursos. 

Recién a final del siglo XIX es que comenzaron a aceitarse las relaciones bilaterales con el comercio internacional, principalmente de carne y trigo desde nuestro país hacia el norte, además de la senda inversión en ferrocarriles, no dejando pasar por alto la famosa “importación” de maestras de Estados Unidos bajo el mandato de Sarmiento.

Ya a principios del siglo XX, la batalla en los frigoríficos argentinos era entre Estados Unidos y Reino Unido, y de hecho, este último ganaría la pulseada por la economía nacional debido al nefasto pacto Roca-Runciman en 1933 que le concedía prácticamente el monopolio del comercio argentino a cambio de mantener la compra de carne. 

Con la llegada de Juan Domingo Perón la relación se tensó bastante, sobre todo por la famosa “Tercera Posición” del entonces presidente argentino que no se alineaba ni con Estados Unidos ni con la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, en pleno contexto de Guerra Fría. 

De hecho, como dato de color, tras la caída de Perón en 1955 por el bombardeo a Plaza de Mayo, un puñado de años después, Argentina ingresa al Fondo Monetario Internacional, un ente multilateral con evidente influencia estadounidense. 

Los dos tres momentos de mayor cercanía entre Estados Unidos y Argentina se dan en la última dictadura cívico-militar con la adopción de políticas “neoliberales” y la doctrina de los Chicago Boys. Después, el menemismo y los 90’s con la Convertibilidad y la cercanía diplomática en la ONU y en conflictos de extranjeros como la Guerra del Golfo, a tal punto de ser considerado como un aliado extra-OTAN. Finalmente, el macrismo representó un punto de cercanía entre Washington y Buenos Aires, sobre todo en materia comercial y lucha contra el narcotráfico. 

¿Qué tienen en común estos gobiernos? La falta de concepción nacional en el desarrollo, el debilitamiento de la industria nacional y el endeudamiento. No se trata de vanagloriar al kirchnerismo por su política exterior, que demostró cercanía a regímenes como el ruso, el chino o el iraní, sino qué lugar ocupa la nación propia a la hora de representar intereses. Si hay algo que está claro es que aquel que se arrastró por Estados Unidos nunca tuvo un final feliz. 

Make Milei Great Again 

¿Que puede ofrecer nuestro país para que Estados Unidos nos dé tanto respaldo?  Si bien no hay una respuesta única, sí hay una tesitura que se desprende de las experiencias paralelas y previas que tiene el Tio Sam con otras zonas del mundo: endeudamiento y ocupación. 

Difícilmente en el corto plazo Argentina tenga cómo devolverle al Tesoro de Estados Unidos si se ejecuta un swap o un préstamo, debido a la propia dinámica del mercado y de las condiciones estructurales de nuestra economía. Sin embargo, hay algo que Argentina tiene y a Estados Unidos le importa mucho: recursos naturales y minerales. 

Por dónde se mire en un mapa, Argentina goza de una riqueza absoluta con minerales como litio y cobre, por nombrar algunos de ellos, como así también extensas tierras y ecúmenes en cuántas regiones se observe. En el caso del litio, es menester aclarar que Argentina forma parte del triángulo de este mineral, compuesto además por Chile y Bolivia, detentando alrededor del 70% de la producción mundial, lo cual lo hace un punto de vital atracción para las potencias. 

Por otro lado, algo que podría interesar al Tío Sam es el posicionamiento geopolítico de Argentina. Nuestro país goza de un territorio extenso, en donde la instalación de bases militares y de investigación podrían ser claves para la inteligencia y operatividad de Estados Unidos. 

Sin ir más lejos, la Triple Frontera es un eterno lugar de interés y, además, de profunda utilidad geopolítica por su cercanía con Paraguay y Brasil, comprendiendo el comercio internacional y el delito transnacional fronterizo. 

Es también importante dedicar palabras al cipayismo rojo. Mucho se critica la postura libertaria en cuanto a relaciones carnales con Estados Unidos mantenga, sin embargo, es igual de grave aquellos que se casan con China. 

El gigante rojo es la otra gran potencia global con intereses en la República Argentina. Creer que China es más “bueno” que Estados Unidos es ingenuo. En términos de capital, es imposible establecer una diferencia en cuanto a relación de intercambio desigual. Tanto China como Estados Unidos buscan sacar provecho de Argentina por el mínimo esfuerzo o retribución posible. Aquellos quienes creen que uno es mejor que otro sólo afirma una falta de compromiso nacional, sea de izquierda como de derecha. 

“Si ellos son la patria, yo soy extranjero”, dice la canción Botas Locas de Sui Generis. Hoy parece más real que nunca. Quienes no tengan aspiraciones de defender a la patria que los vio nacer para embanderarse por un puñado de monedas, nunca verá los frutos del desarrollo. 

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El pueblo unido… en Discord

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Los guionistas de ciencia ficción suelen imaginar el futuro de la humanidad dominado por la tecnología, la IA y robots peligrosos. Desde la Metrópolis de Fritz Lang a Terminator, Matrix y Black Mirror. Pero no hay que esperar demasiado. En el presente, la tecnología comienza a moldear movimientos políticos, como lo demostró la irrupción  de líderes como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Javier Milei, impulsados por las interacciones en redes sociales y discursos rupturistas. Pero nunca, como hasta ahora, se ha visto que directamente, la tecnología reemplace mecanismos democráticos tan simples como ir a votar. Hasta ahora. 

Aunque la tecnología está incorporada al día a día, parece que gran parte de la población se está quedando atrás en la toma de decisiones sobre su propio futuro. La política, ni lerda ni perezosa, sabe muy bien que su incorporación es necesaria aunque aparecen casos extremos. 

Los casos de Nepal y AlbanIA 

La inteligencia artificial arremetió en nuestras vidas como un toro embravecido contra su verdugo en una plaza. Hoy en día está en cada paso del ser humano, desde el diseño de imágenes falsas hasta en la ayuda constante en niveles educativos. Estos ejemplos son para demostrar su impacto en la cotidianidad. 

Albania dio un paso más allá. En criollo, los albanos se pasaron dos paradas por lo menos. No tuvieron la mejor idea que nombrar una inteligencia artificial como ministro, con todas las polémicas que eso conlleva. 

Diella, el nombre que recibe la ministrIA de Albania, está encargada del área de licitaciones para obras públicas. Su rol principal es el de ejecutar con mayor y mejor precisión, e imparcialidad las decisiones a la hora de elegir empresas e individuos con los cuales pueda trabajar el Estado. Diella dio un discurso en el parlamento y la respuesta fue obvia: todo terminó a las piñas

Si bien esta IA ya tenía funcionamiento como asistente virtual en eAlbania, su “nombramiento” ministerial causó indignación y repudio en la oposición y en parte de la población, sobre todo por la posible manipulación de sus decisiones. Si bien es ficticio su ministerio, ya que la constitución albanesa exige tener ministros humanos (como si fuera imposible no serlo), su aparición resultó digna de un análisis más grande como ciudadanos globales. 

Nepal es otro caso digno de reflexionar sobre el punto tecnológico en el que estamos. Este país pasó por un desmadre total que decantó en la renuncia del primer ministro Sharma Oli y todo su gabinete. ¿El motivo? Prohibir o restringir más de 25 apps -Facebook, Instagram, WhatsApp y WeChat,  entre otras, por no haberse registrado en el país-. Esta fue la simple excusa para movilizarse tras años de evidente corrupción y nepotismo en el estado nepalí. Tras intensas jornadas de brutalidad y caos en las calles que dejaron más de 50 muertos, se logró la caída total del gobierno. 

Desde 2008, Nepal tuvo 14 primeros ministros en 17 años. Un promedio de 450 días por gobierno.

Los nepalíes formaron un servidor en la famosa plataforma gaming Discord, llamada “Hami Nepal” con más de 130 mil miembros. Allí deliberaron y debatieron acerca de posibles nombres para suceder al caído presidente. Lograron crear canales de difusión, verificación de hechos y discusiones, simulando una suerte de elección que terminó en la designación de Sushila Karki, ex presidente jueza de la Corte Suprema. Lo más llamativo es que esto fue avalado oficialmente, y esta mujer asumió el 12 de septiembre con el encargo de estabilizar el país y armar la transición a las elecciones de marzo del año que viene. Esta fue la primera experiencia en donde se elige a un mandatario vía una app gaming

La generación Z sacó del poder al gobierno por vetar apps y terminó utilizando una plataforma gaming para elegir al nuevo mandatario. El poder joven es algo que no pierde vigencia. 

La real utopía actual 

Black Mirror es una popular serie que demuestra cómo sería el mundo en pantallazos de múltiples posibles futuros dominados por la tecnología. Ni ellos fueron tan lejos como Albania y Nepal. 

Habrá que empezar a pensar hasta dónde llegan los límites de la tecnología y dónde se separa de lo humano. 

¿Es realmente posible limitar a la tecnología? Nepal supo demostrar que genuinamente es un arma para poder organizarse en pos del bien común, y Albania parece demostrar que es una excusa para no atacar directamente a la corrupción que afecta a su país. 

Hasta dónde llega la flacidez mental humana que empodera a una inteligencia artificial. Albania, en vez de atacar a la corrupción y condenar a los corruptos que abusan del Estado, termina recurriendo a una IA. Literalmente están aceptando que no pueden frenar la corrupción y que solo algo que es externo a lo humano y, en los papeles, “incorruptible” puede servir como mediador en este asunto. Suena como a una burda tomada de pelo al pueblo albanés. ¿Qué diría el mariscal Tito si estuviera vivo? De seguro que sentiría una decepción por la falta de valentía para combatir a los males nacionales. 

Nepal es la contracara. Expuso la falta de organización y el exceso de burocracia en el cual está inmerso e intoxicado el Estado nepalí y su poder político. La propia voluntad del pueblo ha servido como el motor electoral de manera virtual, demostrando una vez más que “el pueblo unido jamás será vencido”.

Todo este tema de la tecnología y la política desnuda otro tema: la desigualdad. Si nos mudamos automáticamente a un sistema electoral y de funcionamiento político totalmente virtual, sin el acompañamiento y el compromiso estatal – empresarial de sumar a la población, las decisiones importantes y las elecciones pasarán a ser monopolio de unos pocos. No solo de los jóvenes, por ser los más avezados en uso tecnológico sino aquellos que tendrán más acceso a estas herramientas, profundizando la diferencia entre ricos y pobres. A fin de cuentas, no importa que tantas nuevas tecnologías existan, sino que el debate es el mismo, quien puede acceder y de qué manera a ellos.

Hasta la vista, Baby!

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Bolsonaro condenado: el fin de un ciclo y la incógnita de la derecha regional

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Crónica de una caída del poder con una consecuente y coherente condena. Jair Bolsonaro, quien supo ser la voz de las masas derechistas latinoamericanas, hoy se ve acorralado por las demandas judiciales que lo señalan como cabecilla de un intento de golpe de Estado en Brasil. Suficiente para sacarlo de combate, pero ¿alcanzará para sofocar a la derecha?

Carnaval de Brasil

Tal y como se anticipaba en las últimas semanas, el veredicto final del principal tribunal brasileño fue contundente: 27 años de prisión para Bolsonaro. Una pena que parece excesiva para sus seguidores y la defensa del ex presidente, aunque justa para una parte importante de la sociedad brasileña y, por qué no, para los observadores internacionales que siguen minuto a minuto la situación.

La acusación: orquestar un golpe de Estado fallido. El asalto a la sede de los tres poderes en el Planalto, el 8 de enero de 2023, buscaba interrumpir el proceso de ascenso al poder de Luiz Inácio Lula da Silva, quien había derrotado a Bolsonaro en las urnas. Ese hecho deriva hoy en la condena y en su paulatina despedida del escenario político.

¿Victoria de Lula? ¿Derrota de la derecha? Ni lo uno ni lo otro, o un poco de ambas cosas. La condena allana el camino para que Lula gobierne con mayor tranquilidad desde lo institucional, aunque difícilmente eso se traduzca en paz social. Bolsonaro ha contado con un amplio respaldo en las calles, donde miles piden su liberación o la suspensión de las causas judiciales. Con Bolsonaro condenado, la derecha buscará nuevos líderes. Algunos podrían surgir de su propio círculo íntimo, dispuestos a tomar el fierro caliente.

La derrota de la derecha como movimiento tampoco puede interpretarse de manera absoluta. El ejemplo argentino sirve como espejo: Cristina Fernández de Kirchner, condenada en causas judiciales, encontró en esa condición un punto de reorganización para el peronismo desde las bases. Sin una figura clara, la condena a Bolsonaro abre la puerta a un proceso similar de reconfiguración para la derecha brasileña.

Además, es improbable que Bolsonaro cumpla condena en una cárcel común. Apelará a todas las instancias posibles, incluso internacionales, lo que puede prolongar el desenlace por meses o años. En caso de cárcel efectiva, probablemente sea en un cuartel militar, dada su trayectoria, o en una unidad con la seguridad adecuada para un ex presidente. A esto se suma su edad avanzada y su deteriorado estado de salud, factores que también incidirán en el proceso.

Sensaciones mundiales

La noticia recorrió el mundo. En Estados Unidos, Donald Trump perdió un aliado clave en su estrategia para América Latina, aunque sorprendió su declaración en pasado: “era un buen hombre”. ¿Tan rápido le soltó la mano?

En América Latina, la condena reavivó debates sobre la doble vara: Bolsonaro es condenado por una intentona golpista, mientras Nicolás Maduro continúa señalado como dictador sin que haya avances similares. En ambos casos, la vigencia del Estado de derecho queda en entredicho.

A escala regional, la condena a Bolsonaro envía un mensaje contra los populismos extremistas que buscan instalarse en el poder por la fuerza. América Latina ofrece ejemplos de debilidad institucional: Venezuela como dictadura consolidada, Cuba y Nicaragua en la misma senda, Perú atrapado en la inestabilidad, Bolivia con dificultades para consolidar el orden, y El Salvador entregando por voto popular un poder casi absoluto a Nayib Bukele.

No se trata de una tendencia pasajera: la fragilidad democrática parece un rasgo estructural de la región cuando se baja la guardia. Por eso, el caso Bolsonaro debe leerse como un llamado de atención. América Latina debe redoblar los esfuerzos para sostener sistemas democráticos genuinos y dejar atrás los fantasmas autoritarios que aún la acechan.

La región goza de un privilegio que en otros continentes parece lejano: paz social. Europa, Asia y África arrastran conflictos bélicos interminables. En el Cono Sur, más allá de los problemas vinculados al narcotráfico, esa paz es un valor inquebrantable. Cuando alguien intenta quebrarla, como Bolsonaro, la condena se convierte en un recordatorio de que la democracia, aun con todas sus imperfecciones, sigue siendo el marco institucional que garantiza estabilidad.

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