Donald Trump se convierte en el primer expresidente condenado de Estados Unidos

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Por Ben ProtessJonah E. BromwichMaggie HabermanKate ChristobekJesse McKinley y William K. Rashbaum, New York Times. Donald Trump fue declarado culpable el jueves de falsificar registros comerciales para encubrir un escándalo sexual que amenazó con afectar su campaña presidencial de 2016, culminando un juicio excepcional que puso a prueba la resistencia del sistema judicial estadounidense y transformó al expresidente en un delincuente.

El veredicto de culpabilidad en Manhattan —en todos los 34 cargos— resonará en toda la nación y el mundo porque marca el comienzo de una nueva era de la política presidencial. Trump llevará la mancha del veredicto durante su tercera contienda a la Casa Blanca, ya que los votantes ahora deberán elegir entre un presidente en funciones impopular y un delincuente convicto.

Aunque antes era impensable que los estadounidenses eligieran a un delincuente como su líder, el comportamiento insurrecto de Trump deleita a sus simpatizantes mientras arrasa con las normas del país. Ahora, el hombre que se negó a aceptar su derrota electoral en 2020 ya está tratando de deslegitimar su condena, intentando afirmar la primacía de su poder político bruto sobre el Estado de derecho de la nación.

Trump mostró poca emoción dentro del juzgado al conocer su destino, cerró los ojos y movió lentamente la cabeza mientras un silencio descendía sobre la sala del tribunal. Pero cuando salió, tenía la mandíbula tensa y se dirigió a las cámaras de televisión congregadas. Declaró que el veredicto era “una desgracia” y, con expresión sombría, proclamó: “El verdadero veredicto se dará el 5 de noviembre, por el pueblo”, refiriéndose al día de las elecciones.

El juez que lideró el caso, Juan Merchan, dictará sentencia contra Trump el 11 de julio, pocos días antes de que se celebre la Convención Nacional Republicana que lo convertirá en el candidato presidencial del partido.

Alvin Bragg, el fiscal que trabajó en el caso, declinó revelar el jueves si pediría una pena de prisión. El juez podría condenar a Trump a un máximo de cuatro años de cárcel, pero el expresidente podría ser condenado a libertad condicional, y es posible que nunca vea el interior de una celda. Su apelación podría prolongarse durante meses, o incluso más tiempo, y estará en libertad haciendo campaña por la presidencia mientras espera su castigo.

Los 12 neoyorquinos que conformaron el jurado necesitaron casi 10 horas para decidir sobre un caso derivado de la primera candidatura de Trump a la Casa Blanca cuando, según los fiscales, cometió un fraude contra el pueblo estadounidense. El caso —aderezado por la intriga de los tabloides, pagos secretos y un pacto de la Oficina Oval que recordó a la era Watergate— evidenció meses de maquinaciones que engendraron un pago de dinero para silenciar a una estrella del cine porno y un complot para falsificar documentos con el fin de sepultar todo rastro de ese acuerdo.

“Culpable”, declaró 34 veces el presidente del jurado, una por cada registro comercial falso, antes de que él y sus compañeros miembros del jurado, cuyos nombres no se hicieron públicos por su seguridad, abandonaran el juzgado del bajo Manhattan.

A lo largo de semanas de testimonios, el jurado conoció a un variado elenco de personajes, entre ellos un maestro de la prensa sensacionalista, una vocera de campaña y la estrella porno Stormy Daniels. Sus testimonios desembocaron en un enfrentamiento épico entre los hombres que están en el centro del caso: Trump, un magnate inmobiliario convertido en empresario de la telerrealidad que exportó sus instintos de retórica agresiva a la política presidencial, y el testigo estrella en su contra, Michael Cohen, el otrora hombre de confianza que dejó de serle leal al exmandatario.

En los últimos días de la campaña de 2016, Cohen le pagó a Daniels 130.000 dólares para silenciar su historia de un encuentro sexual con Trump, quien luego acordó “manipular los libros” para rembolsar el monto a su hombre de confianza, según dijeron los fiscales. Los abogados defensores atacaron la credibilidad de Cohen —señalaron que en una ocasión se declaró culpable de mentir— y argumentaron que Trump nunca había falsificado ningún registro.

Pero en los argumentos finales, un fiscal señaló que Cohen había dicho sus mentiras por Trump. “Nosotros no elegimos a Michael Cohen para que sea nuestro testigo; no lo recogimos en la tienda de testigos”, afirmó el fiscal, Joshua Steinglass, quien agregó que el expresidente contrató a Cohen “porque estaba dispuesto a mentir y engañar en nombre de Trump”.

Trump, quien violó en repetidas oportunidades la orden de un juez que le prohibía atacar a Cohen y al jurado, asistió a todos los días del juicio en un juzgado que hace tiempo que perdió su majestuosidad, un armatoste decadente con paneles de madera agrietados e iluminación fluorescente amarillenta que se adaptaba muy bien a los elementos más sórdidos del caso. Allí, en el centro de un sistema judicial municipal que da cabida a todo tipo de caos, el expresidente frunció el ceño, murmuró y a menudo cerró los ojos, pasando gran parte del juicio en estado de meditación o aparentemente dormido.

Trump todavía se enfrenta a otras tres acusaciones formales en tres estados, pero como esos casos han sido retrasados, es muy probable que este haya sido su único juicio antes del día de las elecciones. Las otras acusaciones se refieren a temas más graves —Trump está acusado de mal manejo de documentos clasificados en Florida y de conspirar para subvertir la democracia en Washington y Georgia—, pero este juicio surgió del ambiente sórdido que le había hecho famoso como personaje fijo de las páginas de cotilleo de Nueva York.

La condena, una derrota humillante para un hombre que durante décadas ha vivido en zonas grises, ha sumido al cargo más alto de la nación en un nuevo abismo: Trump es el primer expresidente que pierde, o incluso enfrenta, un juicio penal.

La acusación se desarrolló en el contexto de una nación políticamente polarizada, y las reacciones al veredicto podrían reflejar esa división. Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes, calificó el veredicto de “día vergonzoso en la historia de Estados Unidos”. Por su parte, el presidente Biden instó a la gente a votar, diciendo: “Solo hay una manera de mantener a Donald Trump fuera de la Oficina Oval: en las urnas”.

Desde hace tiempo, los adversarios de Trump han esperado que una condena borre al expresidente del mapa político. Para ellos, el caso podría representar un raro momento de catarsis: el castigo para un hombre que, en su opinión, envenenó la institución de la presidencia.

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Sin embargo, nada en la Constitución impide que un delincuente ocupe la Casa Blanca. Y, para sus seguidores, Trump no solo es un hombre, sino un movimiento, y cuanto más tumulto legal soporta, más lo veneran sus partidarios.

En la campaña electoral, se espera que Trump aproveche esa imagen de ídolo forajido, y utilice su condena para presentarse como un preso político y la víctima de una cábala demócrata. Durante el juicio, presentó a los miembros del jurado como 12 liberales enfadados de su ciudad natal que se había vuelto contra él, a pesar de que participaban en una tradición tan fundamental para la democracia estadounidense que es más antigua que la propia presidencia. Además, atacó al fiscal demócrata electo que llevó el caso, Alvin L. Bragg, afirmando falsamente que era una extensión de la campaña del presidente Biden.

Los abogados de Trump aprovecharon la naturaleza novedosa del caso de Bragg. En Nueva York, la falsificación de registros comerciales es un delito menor, a menos que se falsificaran para ocultar otro delito. Para elevar los cargos a delitos graves, Bragg argumentó que Trump había falsificado los registros para ocultar una conspiración ilegal con el fin de influir en las elecciones de 2016.

La defensa argumentó que Bragg estaba estirando la ley, desplegando un estatuto estatal poco conocido en un caso relacionado con una elección federal. Argumentaron que ese enfoque podría sentar las bases para una apelación.

El abogado principal de Trump, Todd Blanche, también trató de restar importancia al caso, ridiculizando los registros falsos como meros “trozos de papel”.

Sin embargo, el veredicto es una victoria crucial en la carrera de Bragg, quien había presentado la falsificación de registros comerciales como una afrenta a Nueva York, la capital financiera del mundo.

“Nuestro trabajo consiste en seguir los hechos sin miedo ni favoritismos, y eso es lo que hemos hecho en este caso”, declaró Bragg en una rueda de prensa tras conocerse el veredicto. Luego hizo una pausa y afirmó: “Hice mi trabajo. Nosotros hicimos nuestro trabajo”. Y aunque dijo que preveía una reacción cacofónica a la condena, añadió que “la única voz que importa es la voz del jurado, y el jurado ha hablado”.

Hace cinco años, cuando Bragg anunció su candidatura a fiscal de distrito, prometió remecer el sistema de justicia penal de Manhattan. Nunca más, dijo, habría dos sistemas: uno para los ricos y otro para todos los demás. A continuación, presentó un caso difícil contra el presidente número 45 del país, acusando a Trump, como a cualquier otro acusado, del delito aparentemente inocuo de falsificación de registros comerciales.

Trump fue declarado culpable de 34 delitos graves por esa acusación, uno por cada documento que falsificó cuando le rembolsó a Cohen el pago de 130.000 dólares por el silencio de Daniels. Los registros incluyen 11 facturas que Cohen presentó, 12 entradas en el libro contable de Trump y 11 cheques enviados al otrora hombre de confianza.

Trump firmó nueve de los cheques desde la Casa Blanca: su propia firma de gran tamaño hecha con un marcador Sharpie selló su destino.

Los documentos, argumentaron los fiscales, ocultaron la naturaleza del rembolso a Cohen. No había referencias al dinero para silenciar a Daniels, solo a los gastos legales ordinarios que surgieron de un acuerdo de “retención”.

Blanche argumentó que los registros eran exactos —Cohen, después de todo, era un abogado que tenía gastos— pero los fiscales demostraron que tanto los gastos como el anticipo eran ficticios. Blanche también trató de minimizar la trama electoral, afirmando que “cada campaña en este país es una conspiración”. Pero Bragg argumentó que el pueblo estadounidense había sido víctima, pues se le había privado de información importante sobre el candidato, y que las tácticas de la campaña de 2016 de Trump no solo eran de mal gusto, sino ilegales.

Los fiscales de Bragg, al presentar escabrosos testimonios de sexo y escándalo, persuadieron al jurado de que Trump había orquestado una conspiración junto con Cohen y David Pecker, el exeditor de The National Enquirer, para comprar y sepultar historias que podrían haber puesto en peligro su candidatura. Esto comenzó con una reunión en el verano de 2015 en el edificio de Trump en el centro de Manhattan —los fiscales la llamaron “la conspiración de la Torre Trump”— y se prolongó hasta el día de las elecciones de 2016.

Pecker, testigo principal de la fiscalía, explicó de forma despreocupada a los miembros del jurado cómo los conspiradores pronto se enfrentaron a historias salaces sobre la vida sexual del candidato.

La primera procedía de un portero de un edificio de Trump, quien había oído el falso rumor de que Trump había engendrado un hijo fuera del matrimonio. Otra pertenecía a una exmodelo de Playboy quien afirmó que había tenido una aventura de un mes con Trump. Pecker compró ambas historias y nunca las publicó, una práctica conocida como “atrapar y matar”, un arte oscuro en el mundo de los tabloides de los supermercados.

Después de las elecciones, declaró Pecker, Trump lo citó en la Torre Trump. Allí, el presidente electo, que acababa de reunirse con el director del FBI, le dio las gracias a Pecker por sepultar las historias.

Se suponía que Trump debía pagarle a Pecker, y los fiscales reprodujeron una grabación subrepticia que Cohen había hecho de Trump, quien quería comprar todos los trapos sucios que The Enquirer había acumulado sobre él a lo largo de los años, en caso de que algo le sucediera al editor o a su tabloide.

“A lo mejor lo atropella un camión”, dijo Trump, ordenándole a Cohen que pagara “con dinero en efectivo”.

Pecker finalmente rechazó el pago de Trump, preocupado de que eso pudiera implicarle en un delito.

Además, no quería tener nada que ver con la compra de la tercera y más problemática historia: el relato de Daniels sobre un encuentro sexual con Trump. Daniels la estaba vendiendo en un momento vulnerable para la campaña de Trump, justo cuando el mundo escuchó una grabación en la que él se jactaba de agarrar a las mujeres por los genitales. La cinta, del plató de Access Hollywood, provocó una conmoción en la campaña, según el testimonio de Hope Hicks, su antigua portavoz.

Hicks, quien lloró en el estrado, le presentó a los miembros del jurado un vistazo tras bastidores de la campaña cuando Trump pasaba de una crisis a la siguiente. Él negó la historia de Daniels, diciendo a Hicks que era “absolutamente, inequívocamente falsa”. (Lo sigue negando, y Blanche calificó a Daniels de extorsionadora).

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Una semana después del testimonio de Hicks, Daniels se presentó para contradecir a Trump desde el estrado, ofreciendo un relato gráfico. En un testimonio fascinante, describió cómo Trump la había citado para cenar en una suite de un hotel palaciego en Lake Tahoe, Nevada, en 2006. En un momento volvió del baño y se encontró con Trump en calzoncillos y camiseta, dijo. Acto seguido, tuvieron relaciones sexuales.

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Stormy Daniels proporcionó un testimonio con detalles gráficos sobre un encuentro sexual con Trump en 2006.Credit… Jeenah Moon para The New York Times

“Me quedé mirando al techo, preguntándome cómo había llegado hasta allí”, dijo al jurado, añadiendo que el acto fue breve y que Trump no usó preservativo.

Daniels dijo que cuando le preguntó a Trump por su esposa, él le dijo que no se preocupara, que ni siquiera dormían en la misma habitación, testimonio que llevó a Trump a sacudir la cabeza con disgusto y murmurar “patrañas” a sus abogados. Su arrebato fue lo suficientemente fuerte como para provocar más tarde una reprimenda de Merchan, quien lo calificó de “desacato”.

Los abogados del expresidente, en su interrogatorio a Daniels, trataron de pintarla como una oportunista que capitalizaba una ficción, señalando que había vendido camisetas con la frase Team Stormy “Equipo Stormy”, una vela de 40 dólares de la “Patrona de los imputados” e incluso un cómic que dramatizaba su enfrentamiento con el expresidente.

“Está celebrando la acusación vendiendo cosas de su tienda, ¿verdad?”, le preguntó un abogado defensor.

“Igual que Trump”, respondió Daniels, quizá en referencia a su prolífica venta de mercancías.

Los elementos sórdidos de su testimonio tenían poco que ver con los cargos de falsificación de registros comerciales. El pago por su silencio sí. En un pasaje crucial del testimonio, Daniels confirmó que había “aceptado una oferta” de Cohen para quedarse callada.

Incluso eso no probó que Trump había falsificado registros para ocultar su rembolso a Cohen. Para eso, la fiscalía necesitaba al propio Cohen.

Durante su década como secuaz de Trump, Cohen se distinguió por su volatilidad. En el estrado, sin embargo, fue por lo general firme, y ofreció a los miembros del jurado el único vínculo directo entre el expresidente y los registros comerciales falsos.

Cohen declaró que, pocos días antes de la toma de posesión de Trump en enero de 2017, se había reunido con el presidente electo en la Torre Trump. Allí, dijo, Trump dio su bendición a una forma sencilla de ocultar el pago para saldar la deuda con Cohen: fingir que el rembolso había sido por el trabajo jurídico. El director financiero de Trump, Allen H. Weisselberg, se encargó de los detalles, pero como era habitual, declaró Cohen, “el jefe” concedió el permiso.

Durante los alegatos finales, la fiscalía trató de corroborar el relato del Cohen, presentando lo que un fiscal llamó “las pistolas humeantes” del caso: las notas manuscritas de Weisselberg sobre el reembolso. Las anotaciones aparecían en una copia del estado de cuenta bancario de Cohen, el mismo que mostraba que Cohen le había pagado a Daniels.

“¿Dijo Weisselberg delante de Trump que esos pagos mensuales serían, ya sabe, como un anticipo por servicios legales?”, le preguntó Susan Hoffinger, una de las fiscales, a Cohen.

“Sí”, respondió Cohen.

“¿Qué dijo el señorTrump en ese momento, si es que dijo algo?”, preguntó también.

“Lo aprobó”, respondió Cohen, señalando que Trump había añadido en ese momento: “Esto va a ser un infierno en Washington”.

La trama llegó hasta la Oficina Oval, donde Cohen dijo que volvió a reunirse con Trump, quien le prometió que pronto le llegaría un cheque.

Un año más tarde, tuvieron una pelea después de que el acuerdo del dinero para silenciar a Daniels salió a la luz en The Wall Street Journal, y Cohen se declaró culpable de delitos federales relacionados con el pago para silenciar a la actriz porno. Trump se lavó las manos con Cohen, quien en respuesta se puso en contra del hombre que alguna vez había idolatrado.

Durante el testimonio de Cohen, Trump llevó su campaña al juzgado, convocando a un séquito de seguidores para que se sentaran en las filas detrás de la mesa de la defensa. Entre los invitados se encontraban el presidente de la Cámara de Representantes y otros miembros del Congreso, sus hijos adultos, el actor Joe Piscopo y un exlíder de la sección neoyorquina de la banda de moteros Hells Angels.

Con Cohen en el estrado, Blanche atacó su credibilidad, destacando sus antecedentes penales, su patrón de mentiras y su obsesión por vengarse de Trump. Blanche también argumentó que Cohen se había beneficiado de su odio hacia Trump con dos libros y un lucrativo acuerdo de pódcast. El jurado escuchó un extracto del pódcast en el que el antiguo hombre de confianza sonaba casi maníaco mientras se deleitaba con la noticia de la acusación de 2023 de Trump en el caso.

“Realmente espero que este hombre termine en la cárcel”, decía Cohen, alegremente.

En el estrado, Cohen se mostró más moderado. Se dobló, pero no se quebró bajo la presión. Y cuando la fiscalía le interrogó por segunda vez, se aferró a su testimonio de que Trump había aprobado el plan para falsificar los registros.

“Cuando presentó cada una de sus 11 facturas”, preguntó Hoffinger, “¿eran fieles o falsas?”.

“Fueron falsas”, confirmó Cohen.

¿Y los talones de cheque que reflejaban un supuesto anticipo?

“Falsos”.

Blanche argumentó que Trump había firmado los cheques sin prestarles mucha atención, y que Cohen era responsable de las facturas. Pero la fiscalía destacó pruebas que retrataban a Trump como un jefe controlador y tacaño que nunca pasaría por alto ese tipo de detalles, entre ellas los propios libros de Trump, que contenían un capítulo titulado “Cómo ahorrar centavos” y el consejo “siempre cuestiona las facturas”.

La condena penal coronó un brutal tramo de derrotas legales para Trump en Nueva York. Empezó el año en un tribunal federal, donde un jurado lo declaró responsable de difamar a la escritora E. Jean Carroll cuando afirmó que no había abusado sexualmente de ella, y le ordenó pagarle más de 80 millones de dólares. Al mes siguiente, un juez concluyó que Trump había inflado fraudulentamente su patrimonio neto para conseguir acuerdos financieros favorables, y le impuso una sentencia de más de 450 millones de dólares.

Aunque esos casos supusieron devastadores golpes económicos a nivel personal, solo el juicio de Bragg podría mandar al expresidente a la cárcel, y lanzar a Estados Unidos a una era de incertidumbre.

“Esto está lejos de terminar”, declaró Trump el jueves, minutos después de su condena.

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