El ajedrez del equilibrio fiscal en Misiones
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Hace apenas unas horas, Misiones dio a conocer los datos de la ejecución presupuestaria correspondientes al segundo trimestre de 2026, que dejan como resultado general la obtención del equilibrio fiscal en un contexto altamente desafiante para las cuentas provinciales.
Entre enero y junio, Misiones registró ingresos totales por $2.152.608 millones (o $2,15 billones), que cayeron 8,6% real contra igual período de 2025. Esa baja equivale a una pérdida de recursos para la provincia, medida en pesos constantes a precios de junio de 2026, de $214.885 millones.
A su vez, los gastos totales alcanzaron los $2.151.684 millones (o $2,15 billones), con un retroceso de 6,4% real, equivalente a un recorte del gasto público de $156.943 millones a precios de junio.
A simple vista, aparecen dos cuestiones centrales. En primer lugar, el equilibrio fiscal: el resultado financiero fue de $924 millones positivos, equivalente al 0,0% de los ingresos. Algo más holgado fue el resultado primario (previo al pago de intereses de la deuda), que alcanzó los $4.806 millones, aunque representa apenas el 0,2% de los ingresos. En segundo lugar, el gasto cayó en menor medida que los ingresos, por lo que el ajuste no fue lineal respecto de la evolución de los recursos. En ese marco, resulta necesario observar qué ocurrió con cada uno de sus componentes.
Empecemos por los ingresos. Los ingresos corrientes cayeron 8,6% y explicaron el 99,5% de los recursos totales de la provincia. Dentro de estos, los ingresos tributarios, es decir, aquellos derivados de impuestos retrocedieron con mayor fuerza (-10,2%), arrastrados principalmente por los impuestos provinciales, cuya baja llegó al 20,9%, mientras que los de origen nacional cayeron 4,4%. En conjunto, los recursos tributarios registraron una pérdida de $207.122 millones, equivalente al 96% del total de recursos que perdió la provincia durante el período.
También sufrieron bajas las contribuciones de la seguridad social (-13,6% y – $49.083 millones a precios actuales), los no tributarios (-0,3%) y las rentas de la propiedad (-66,7%); por el contrario, las transferencias corrientes crecieron 135,5% aportando un excedente de $ 48.249 millones, claramente insuficiente para torcer el resultado general. Por el lado de los ingresos de capital, explican solo el 0,5% del total y cayeron 3,3% interanual real, aportando una pérdida muy menor con relación a los otros componentes del gasto (pérdida de $ 368 millones a precios actuales).
Hecho este detalle, ¿cómo se explica entonces la fuerte baja de los ingresos provinciales? La respuesta es clara: la actividad económica. En los tributos provinciales, la caída se explicó casi en su totalidad por la menor recaudación de Ingresos Brutos, una de las más fuertes del país. En los recursos de origen nacional, el principal impacto vino por la coparticipación, fuertemente condicionada por el menor desempeño del IVA. En definitiva, el 96% de la pérdida de recursos de la provincia se concentró en estos dos conceptos, reflejando el desafiante escenario que enfrenta la caja provincial.
Ahora bien, si vemos el otro costado de la situación: ¿Cómo se administró la caída de los recursos? Mediante una redistribución del gasto público total, que cayó también pero en un nivel inferior al de los ingresos. La merma del gasto total fue del 6,4% real interanual, equivalente a un recorte del gasto público de $ 156.943 millones medido a precios de junio del corriente.
El 94,5% del gasto misionero fueron erogaciones corrientes, que retrocedieron 6,9% (-$ 159.526 millones reales). Si bien la mayoría de sus componentes siguieron la tendencia a la baja, no fueron todos. El gasto en personal mermó 9,1% y explicó casi la mitad del recorte total de los gastos corrientes; los bienes de consumo cayeron en 3,6% y las prestaciones de la seguridad social -7,8%. Por su parte, las transferencias corrientes marcaron -7,0% aunque dentro de las mismas hay dispares desempeños: los envíos al sector privado crecen 10% pero al sector público caen 16,5%, en parte explicado por la caída en la coparticipación municipal (-17,4%) parcialmente compensada por mayores envíos corrientes a municipios fuera de la copa (+20,5%, aunque desde niveles muy bajos).
Lo novedoso aparece en el gasto de capital. En un contexto de caída de ingresos, donde habitualmente la inversión es uno de los primeros componentes en ajustarse, Misiones tomó el camino inverso. El gasto de capital creció 2,1%, pero con una marcada recomposición interna.
La inversión real directa, lo que comúnmente llamamos obra pública (y que explica el 72% del gasto de capital total) creció en 53,7%, ampliando su gasto a nivel interanual en un equivalente a $ 31.272 millones a precios de hoy. Se trata de una suba de muy importante magnitud que cobra mayor relevancia por el contexto.
Pero si el principal componente del gasto de capital creció más de 50%, ¿por qué el gasto de capital total aumentó apenas 2%? La explicación está en los restantes componentes: la inversión financiera cayó 48,4% y las transferencias de capital retrocedieron 34,9%. También aquí hubo diferencias significativas: los envíos al sector privado crecieron 29,5%, los fondos de capital destinados a municipios aumentaron 22,7%, mientras que las transferencias al resto del sector público desaparecieron en su totalidad.
¿Qué muestra, en definitiva, esta composición? Que el gasto de capital fue reorientado hacia la ejecución de obra pública, la asistencia financiera a los municipios para inversión y el apoyo al sector privado, mientras se redujeron los recursos destinados a otros organismos del Estado y la inversión financiera. La decisión parece haber sido concentrar los recursos disponibles en aquellos componentes con mayor capacidad de impacto sobre la dinámica económica interna.
Si se resume la estrategia fiscal del primer semestre, puede decirse que Misiones logró sostener el equilibrio no solamente mediante una reducción del gasto, sino también a través de una redistribución de sus partidas. El gasto corriente absorbió buena parte del ajuste, mientras que se preservó e incluso incrementó la inversión real directa. De haberse aplicado un ajuste uniforme sobre todos los componentes, el gasto total probablemente habría caído en línea con los ingresos o incluso por encima de ellos.
Misiones logró esa readecuación de sus cuentas aun sosteniendo el equilibrio fiscal, lo cual es destacable y cobra mayor relevancia al mirar al mediano plazo: el gasto de personal tuvo una merma significativa en este periodo, pero para el tercer trimestre tendrá otra dinámica dada la aplicación de la pauta salarial acordada. Así, el reordenamiento de las partidas priorizó primero la dinámica interna vía aumento de inversión pública para luego, con cierto margen fiscal, poder avanzar hacia el recupero de otros componentes del gasto corriente que requiere mejoras para dinamizar la actividad interna.
El problema, sin embargo, está menos en el gasto que en los ingresos. La provincia puede decidir qué partidas priorizar, cuáles ajustar y cuáles sostener, pero existe un límite concreto para esa ingeniería fiscal cuando los recursos tributarios continúan cayendo.
El equilibrio fiscal conseguido por Misiones durante el primer semestre es, por lo tanto, más una muestra de capacidad de administración que de holgura fiscal. La provincia logró sostener las cuentas ordenadas en un escenario de menores recursos, pero lo hizo utilizando el margen disponible para preservar la inversión y contener el impacto sobre la actividad. El desafío hacia adelante será mucho mayor: si la economía y la recaudación no recuperan dinamismo, cada vez habrá menos espacio para sostener simultáneamente equilibrio fiscal, inversión pública y recuperación del gasto corriente. En épocas de vacas flacas, el verdadero desafío no es solamente gastar menos, sino decidir qué no se puede dejar de financiar.
