El gobierno que no quería unir al peronismo (y le está saliendo mal)

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Hay paradojas que la política fabrica sin proponérselo. Javier Milei quiere eliminar las PASO. Y consiguió que Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner volvieran a sentarse alrededor de una misma mesa.

No fue una reunión para proclamar la unidad del peronismo, ni para resolver de una vez sus diferencias. Fue algo bastante más concreto: coordinar una estrategia para impedir que el Gobierno elimine las PASO, una herramienta que distintos sectores consideran necesaria para ordenar la competencia electoral de cara a 2027. El encuentro reunió además a gobernadores y a los jefes parlamentarios de Unión por la Patria

Pero en política, a veces, el motivo de una reunión termina siendo tan importante como la reunión misma.

Y esta vez el motivo se llama Milei.

Porque la paradoja empieza a repetirse. El Gobierno toma una decisión para debilitar a su adversario y termina generando un punto de encuentro entre adversarios que, hasta hace no demasiado tiempo, tenían bastante más facilidad para encontrarse en una interna que frente a Milei.

No significa que el peronismo esté unido. Falta muchísimo para eso. Pero sí empiezan a aparecer coincidencias concretas.

Y las encuestas agregan una fotografía que conviene mirar con atención.

La ESPOP de la Universidad de San Andrés, realizada entre el 5 y el 11 de agosto, registra 61% de desaprobación del Gobierno contra 35% de aprobación. Al mismo tiempo, 69% de los consultados se declara insatisfecho con la marcha general del país.

Pero lo verdaderamente interesante aparece cuando la encuesta pregunta por 2027.

Si las elecciones fueran hoy, el peronismo obtendría 26% y La Libertad Avanza 24%. Hay, además, un enorme 20% que todavía no sabe a quién votaría.

Dos puntos no constituyen una victoria electoral. Ni siquiera permiten afirmar que exista una tendencia irreversible. Pero muestran algo que hace un tiempo parecía bastante más difícil de imaginar: el peronismo aparece, aunque sea por una diferencia mínima, por encima del oficialismo.

Hay otro dato que merece subrayarse. El peronismo conserva el 69% del voto que obtuvo Sergio Massa en la primera vuelta de 2023. LLA, en cambio, retiene el 61% de quienes votaron a Milei, pero apenas el 38% de los votantes de Patricia Bullrich.

Es decir: el problema del Gobierno no es solamente conquistar nuevos votantes. También es conservar a los que alguna vez votaron de su lado.

Mientras tanto, la sociedad parece estar hablando de otra cosa.

Los principales problemas del país, según UdeSA, son la falta de trabajo, con 39%; los bajos salarios, con 36%; la corrupción, con 34%; y la pobreza, con 30%. Y hay un dato especialmente significativo: la preocupación por la pobreza aumentó tres puntos, mientras la preocupación por la corrupción cayó cuatro.

La realidad tiene esa mala costumbre de no respetar los guiones.

Mientras el Gobierno celebra el equilibrio fiscal, la discusión social se desplaza hacia el trabajo, el salario y la pobreza. Mientras insiste con la necesidad de ordenar la política eliminando las PASO, consigue que dirigentes enfrentados se sienten juntos para defenderlas. Y mientras intenta consolidar una mayoría política, las encuestas muestran un escenario abierto, con el oficialismo sin capacidad para despegar y un electorado opositor que todavía no encontró su forma definitiva.

No es una derrota.

Es una advertencia.

Y el Gobierno parece tener una particular habilidad para producirlas.

También ocurre fuera de nuestras fronteras.

Milei decidió involucrarse cada vez más abiertamente en la política brasileña, enfrentándose con Lula y respaldando a los Bolsonaro. Ahora, una encuesta citada por La Política Online señala que ese apoyo podría estar produciendo un efecto bastante incómodo: fortalecer las posibilidades electorales de Lula.

Otra vez la paradoja.

El Presidente argentino se mete en una elección ajena para ayudar a su aliado y puede terminar haciendo exactamente lo contrario.

Adentro ocurre algo parecido.

El ajuste sobre las universidades, la ciencia y la tecnología provocó una nueva movilización federal. Y no estamos hablando solamente de una discusión presupuestaria: en la encuesta de UdeSA, ciencia, educación y salud aparecen entre las políticas públicas con niveles de insatisfacción particularmente altos.

La sociedad tampoco parece enamorada del famoso equilibrio fiscal.

Y acá aparece nuestro querido equilibrio fiscal falopa. No porque el resultado fiscal no exista, sino porque detrás del número azul aparecen cuentas que no desaparecieron por el simple hecho de no pagarlas. La deuda flotante crece, los proveedores esperan y recursos que tienen destinos específicos son retenidos para sostener el resultado.

El Excel puede cerrar.

La realidad, no siempre.

Y quizá por eso el dato más interesante de esta encuesta no sea siquiera ese empate técnico entre peronismo y LLA.

Es el 20% que todavía no sabe.

Porque ahí está la disputa que viene.

El Gobierno conserva un núcleo duro importante. La oposición todavía tiene internas, diferencias y problemas para construir una alternativa común. Nadie tiene la elección ganada.

Pero mientras Milei intenta ordenar el escenario a su conveniencia, sus propias decisiones empiezan a producir algo que no estaba en el plan: motivos concretos para que sectores enfrentados encuentren puntos de coincidencia.

No hace falta exagerar.

No hace falta anunciar la unidad del peronismo.

Alcanza con mirar la foto.

Kicillof, Massa y Máximo sentados en la misma mesa para defender las PASO. Una encuesta que coloca al peronismo apenas arriba de LLA. Otra que ubica a tres dirigentes opositores por encima de Milei en imagen positiva. Una sociedad que vuelve a señalar trabajo, salarios y pobreza como sus principales preocupaciones.

Y un Presidente que, después de diez días sin actividad pública, se prepara para reaparecer.

Quizás la política argentina todavía no esté frente a una alternativa consolidada.

Pero hay algo que empieza a cambiar.

El Gobierno que llegó prometiendo terminar con el peronismo podría estar consiguiendo, paradójicamente, que algunos peronistas vuelvan a descubrir por qué necesitan sentarse juntos.

Y eso, para un Gobierno que no quería unir al peronismo, sería una ironía bastante difícil de explicar.

Sobre todo cuando la realidad insiste en hacer lo que el relato no puede bloquear.

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