João Inácio Laufer, alcalde de Quatro Pontes, donde Bolsonaro ganó por el 80%, posa en el Ayuntamiento.

João Inácio Laufer, alcalde de Quatro Pontes, donde Bolsonaro ganó por el 80%, posa en el Ayuntamiento.

La frontera con Misiones, el rincón más bolsonarista de Brasil

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Escribe Naiara Galarraga Gortázar, El País. El fenómeno Bolsonaro le ha dado a la señora Ivette Izabel Krüger una especie de segunda juventud a los sesenta años. Está entregada a la causa, que para ella significa patria y disciplina. “Cuando era pequeña, aquí las autoridades eran el cura y el profesor, y los respetábamos. Quiero que eso vuelva”, explica entusiasmada de tener a un militar en la jefatura del Estado. La mera posibilidad de que la izquierda venza en las urnas al líder ultraderechista y regrese al poder en Brasil la agita. “Estoy tan enfadada que iría incluso a una guerra para salvar a mi país. Lo juro por Dios, porque no podemos perder Brasil a manos de la izquierda”, dice exaltada. Krüger, comerciante, está en campaña para que el presidente Jair Bolsonaro, de 67 años, sea reelegido. Pocos quedan por convencer en su pueblo, Quatro Pontes. Bolsonaro arrasó aquí con un 80,3%, la tercera ciudad brasileña que votó con más entusiasmo al antiguo capitán del Ejército.

Con los municipios vecinos de Nova Santa Rosa (segunda con 82%) y Mercedes (quinta con 78%), forma el rincón más bolsonarista del país, en el estado de Paraná, en la frontera con Misiones. Fueron creadas hace pocas décadas por colonos hijos o nietos de alemanes pobrísimos atraídos por la promesa de un pedazo de tierra a desbravar y un futuro mejor. Estos espléndidos cultivos eran frondosos bosques.

Trabajaron duro. Y les ha ido bien en esta zona cercana a las Cataratas del Iguazú y a la frontera con Paraguay y Argentina.

La comerciante Ivette Izabel Kruger, fervorosa bolsonarista, posa en su tienda de Quatro Pontes este jueves. Tras ella, un poster a favor de la emancipación del sur de Brasil. (Fotos Avener Prado)

Este es un Brasil que no parece Brasil. Con 4.000 vecinos, Quatro Pontes es una ciudad coqueta, con vecinos blancos de ojos claros que viven del sector agropecuario en casitas de colores sin verjas, buenos servicios, limpísima, con un Ayuntamiento que imita a una construcción alpina, una plaza cubierta donde se celebran fiestas sin alcohol y familias conservadoras muy apegadas a la tradición y la fe, sean católicas o protestantes. Gente de bien, como diría Bolsonaro.

Trabajadores agradecidos al presidente porque los escucha y mima a su sector, que genera un tercio del PIB nacional. Familias que temen perder el bienestar alcanzado con tanto esfuerzo. Sus inquietudes suenan similares a las de las clases medias empobrecidas de Estados Unidos o Europa, que se sienten amenazadas por la globalización y los inmigrantes.

En sintonía con Bolsonaro, desconfían de las encuestas. Es más, muchos estaban convencidos de que sentenciaría las elecciones con una victoria en la primera vuelta. Aunque los sondeos subestimaron a Bolsonaro, su 43% le obliga a jugarse la Presidencia el día 30 con el favorito, el aquí innombrable Luiz Inácio Lula da Silva, que logró el 48% y a los 76 años busca un tercer mandato.

En estas tierras, todos están muy acostumbrados a deletrear sus apellidos, muchos impronunciables: Marzinkowski, Schweich, Buchholtz, Fucks, Prosbs, Mittanck, Arend… Y los consultados se dicen partidarios, con más o menos intensidad, de que el presidente acepte una hipotética derrota, aunque alguno añade “siempre que sea justa”. Coinciden en que el disgusto sería descomunal. Y abocaría su patria a un futuro catastrófico.

Les preocupa que vuelvan los sin tierras o que algunas zonas sean reservadas para los indígenas. Pero ha calado hondo el temor a que la gran potencia latinoamericana siga la estela de Venezuela o Argentina. Y causa escalofríos. “Mire cómo está Argentina, que era muy fuerte. Cuando yo era pequeño, los turistas argentinos venían a derrochar. Ahora, es a la inversa. Tienen impuestos muy altos, muchas tierras abandonadas…”, cuenta Renato Smaniotto, de 39 años, en el sindicato rural de Nova Santa Rosa. ¿Conoce algún votante del Partido de los Trabajadores? El pequeño empresario agropecuario piensa un instante: “Así a bote pronto, no se me ocurre. Quien vota al PT aquí calla”.

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El panadero Waldinei, de 55 años, tampoco sabe de ningún petista entre su clientela. Está convencido que todos los partidos tienen sus corruptelas, lo que le enerva es que el Partido de los Trabajadores “lo hiciera con descaro y a gran escala”. Los detesta. “Votar por el PT sería como decirles a mis hijos, ‘puedes robar, puedes abortar”.

Y, aunque sólo alguno lo expresa abiertamente, subyace un cierto racismo y clasismo hacia los compatriotas del nordeste, tierra de gentes pobres, mestizas o negras, que votan por Lula con el mismo entusiasmo que ellos por Bolsonaro. No pocos locales quisieran que el sur fuera un país independiente. “Es que no trabajan, aceptan que nada cambie… Podrían esforzarse como nosotros”, apunta la señora Krüger, que expresa opiniones más radicales que sus vecinos. Todos son firmes creyentes de que el esfuerzo personal por sí mismo es la llave a la prosperidad. Cuanto menos Estado, mejor para todos.

Milton Becker, de 72 años, posee una de las mayores empresas de Quatro Pontes, una granja con 80 empleados que atienden a 5.000 cerdos. Empezó en el negocio hace medio siglo con 10 crías. “La izquierda es socialista, defiende ayudar a las personas pero no a través de la producción”, dice el empresario. “Sería más digno que produjeran, no incentivar ayudas sin nada a cambio”, añade. Y repite uno de los eslóganes de su candidato: “Nuestra economía va a crecer más que la de China gracias al trabajo de Bolsonaro”. Además de rezar por el triunfo, busca abstencionistas a los que convencer.

El empresario Milton Becker, votante de Bolsonaro, posa este viernes en la granja donde cría unos 5.000 cerdos . Es una de las mayores compañías de Quatro Pontes.

Es opinión extendida que, si al presidente de ultraderecha no le ha ido mejor hasta ahora, es porque todos, es decir, la oposición, la prensa, las encuestas y el Tribunal Supremo están contra él. Las 24 horas del día buscando escándalos con los que dañarle. Como todo bolsonarista que se precie, repiten que el tipo no es perfecto pero sí la mejor opción.

Pese a la calidad de vida de la que disfrutan, la demanda de mano de obra supera a la oferta. No es fácil conseguir trabajadores. “Aquí solo pasa hambre quien no trabaja, siempre hay faena para un jornalero”, explica el camionero Geraldo Schadeck, de 70 años “Empecé a trabajar en la huerta a los ocho años, por eso no me volví un delincuente”, asegura mientras extiende orgulloso sus manos fuertes y callosas. “El temor es el comunismo”, dice mientras echa la tarde conversando en la peluquería. Llueve a cántaros para alegría de los locales en pleno plantío de la soja.

Estas ciudades están libres de dos de los grandes males de Brasil. La inseguridad ciudadana y la desigualdad, como muestra que no existan colegios privados, cosa rarísima en Brasil; todos estudian en la escuela pública. Hace unos años aún era frecuente que los niños llegaran al colegio sin hablar portugués porque eran criados en alemán. El gran icono de este Brasil que celebra una Oktoberfest tropical es la modelo Gisele Bündchen, probablemente la brasileña más famosa del planeta.

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Bolsonaro ha supuesto grandes beneficios a Quatro Pontes, recalca el alcalde, João Inácio Laufer, de 51 años. La nueva conexión por carretera con Sinop, el corazón de la industria de la soja, atrae inversiones, los impuestos bajaron algo, los empresarios tienen facilidades para comprar maquinaria… y pronto inaugurarán una residencia de ancianos. “Nuestro pueblo le ha votado porque ven que el país crece, incluso con la pandemia y la crisis hídrica”.

Proliferan entre los bolsonaristas más fieles los que perdonan a Bolsonaro casi todos sus pecados, incluso la gestión negligente de la pandemia y el retraso en comprar vacunas.

Pero, incluso en el núcleo duro, el perfil no es tan homogéneo como muchos creen dentro y fuera de Brasil. Por ejemplo, André Henrique Matos, de 34 años, propietario de un club de tiro con casi 500 socios en Cascavel, la principal ciudad de la zona. Adora el estilo Bolsonaro: “Su modo grosero le hace genuino, distinto a todos los políticos”, dice Matos, que abandonó la militancia comunista de su juventud al convertirse en empresario y sentirse robado con los impuestos que paga. El negocio va magníficamente gracias a las facilidades de Bolsonaro para vender armas.

André Henrique Matos, propietario de un club de tiro en la ciudad de Cascavel y seguidor de Bolsonaro, este miércoles.

Aunque el coronavirus se llevó a su padre, que no estaba vacunado, él tampoco se ha inmunizado. No se fía de estas vacunas creadas a toda prisa. Que el presidente priorizara la libertad individual para que cada cual decidiera sobre el confinamiento y las vacunas le parece perfecto. Cero reproches ahí pese a los 670.000 muertos. Sí le disgusta el empeño de Bolsonaro en mezclar religión con política. Una de sus discrepancias, el aborto: “No estoy a favor, pero creo que la mujer debe tener derecho a decidir”, explica en su despacho antes de dar unos tiros para el fotógrafo.

Su esposa, Juliana Matos, de 22 años y vicepresidenta del club, tercia en la conversación: “Para comprar un arma no puedes haber sido investigado por la policía o los jueces. Y, en cambio, ¿puedes ser presidente de Brasil? ¡Es una broma de mal gusto!”.

Tanto los defensores de las armas como los productores agrícolas consideran que algunas de las propuestas esbozadas por Lula son ataques directos a sus intereses, como sustituir los clubs de tiro por clubs de lectura o elevar los impuestos a la exportación de carne para aumentar la oferta en el mercado interno y que baje el precio.

La señora Maria, una humilde jubilada de 70 años, destaca por el color de su piel entre los blancos vecinos de Quatro Pontes. Nacida en Pernambuco, como Lula, lleva tres décadas en la ciudad. Usa ese nombre ficticio porque teme que hablar con una periodista le perjudique. La vida cotidiana es ya demasiado dura como para arriesgarse. “Lula mejoró bastante las cosas para los pobres en aquel tiempo pero ahora no sé qué va a hacer, y luego están todas esas porquerías de las que hablan. Bolsonaro es honesto, no se oye nada malo de él. Y es cristiano”, factor clave para esta evangélica. Como sus vecinos, dentro de tres domingos tecleará el 22 de Bolsonaro. “Rezo para que Dios le dé sabiduría. Y, si Lula gana, será voluntad de Dios”, dice antes de despedirse bajo la lluvia.

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