La verdadera familia de Carlos III
Escribe Lucas Doroñuk
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La coronación del nuevo monarca dejó una ceremonia que no se veía desde 1953, siendo el “evento del siglo”, según los británicos. Lejos de los flashes, “Carlitos” III tendrá un desafío familiar enorme: evitar la fuga de sus colonias.
Londres encabeza la Commonwealth, una comunidad que aglomera a los países que fueron ocupados por el Imperio británico y que, de alguna y otra forma, continúan manteniendo el sometimiento ante el poder insular. A veces de manera directa, otras de manera simbólica, son 14 las naciones que rinden respeto político ante el Palacio de Buckingham, las mismas son Antigua y Barbuda, Australia, Bahamas, Belice, Canadá, Granada, Jamaica, Nueva Zelanda, Papúa Nueva Guinea, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Islas Salomón y Tuvalu. Ahora bien, estas naciones que conforman la verdadera familia real, están al margen de una rebelión que podría terminar con la supremacía de la última gran corona del mundo.
La primera oveja negra de la realeza es Jamaica. Este país centroamericano comenzó su proceso de emancipación, el cual podría acelerarse tras la llegada de Carlos III. El país virará hacia una república, casi de manera inevitable. En el 2022, uno de los diarios jamaiquinos más populares (Gleaner), lanzó una encuesta donde daba cuenta de que el 56% de los encuestados no quería seguir rindiendo cuentas a Londres.
Casi de manera automática, la muerte de Isabel II, suscitó una serie de protestas antimonárquicas. Las mismas dieron cuenta del giro social hacia la necesidad de la construcción de una república. Este sentimiento es generalizado, desde la sociedad hasta el arco político. De hecho, el fantasma de un nuevo referéndum de abolición de la monarquía está mas que latente. En el año 1999, los australianos acudieron a las urnas.
En ese momento decidieron seguir formando parte de la Mancomunidad de Naciones. Sin embargo, el desenlace final pareciera ser obvio, sobre todo luego de la decisión del Banco Central australiano, de no utilizar el rostro de Carlos III en sus billetes, tras la muerte de su madre.
Paralelamente, en Nueva Zelanda, el sentir antimonárquico se presenta de símil manera a su vecino oceánico.
El vínculo colonial comienza a resquebrajarse en una de las naciones pujantes por excelencia. Canadá tiene un sentimiento de desunión con Londres que se evidencia desde la población en cuestiones como el rechazo del rostro de Carlos III en los billetes o inclusive que se entone “Dios salve al rey”, recordando que durante la era de Isabel II, el himno era conocido como “Dios salve a la reina”. Esto se puede ver plasmado en distintas encuestas que buscan medir el humor social desde los medios de comunicación y las redes sociales. Para Buckingham, perder a Canadá sería demoledor, entendiendo lo que representa a nivel diplomático y económico.
Hay países de menor relevancia geopolítica que cada vez fragmentan más sus lazos coloniales con Londres. Naciones como Antigua y Barbuda, Belice y Bahamas tienen una tendencia creciente hacia el fin de las relaciones de sumisión a la monarquía británica. Si el efecto de ruptura en cadena se consolida, pronto podrían comenzar a evidenciar movimientos antimonárquicos e inclusive una materialización política de trasvasamiento de modus estatal hacia una república, como sus hermanos de la Commonwealth.
Es evidente que este es el mayor desafío de Carlitos III, mantener en orden a la familia. Esto se da por varios motivos. En principio, el siglo XXI responde a urgencias que ya no consisten en la mantención de un régimen de antaño que solamente beneficia a la corona. La libertad no solo es política o económica, también es simbólica y cultural. Por otro lado, la figura del nuevo monarca levanta cierta antipatía por su falta de tacto social o sus controversias mediáticas del pasado.
Entendiendo esto, es fácil afirmar que “cuando el gato no está, los ratones bailan”, y es que también se presenta como una consecuencia de la muerte de Isabell II. La reina supo, durante su mandato, mantener en regla a la corona, desde el punto de vista diplomático, más allá de haber perdido 13 naciones, entendiendo el aluvión de rebeliones por los procesos de descolonización post Segunda Guerra Mundial. Isabel bailó con un reordenamiento global en donde demostró
su muñeca política.
Ese axioma entre las figuras de Carlos III y su madre, Isabel II, también desnuda otra dinámica que se suele presentar en la historia. Detrás de un gran líder, cuando deja el poder, ya sea por muerte o desvinculación política, deja la sensación de un vacío enorme. Es tan grande este sentir, que generalmente, el que paga los platos rotos es su sucesor, e inclusive puede lidiar con la disolución, fragmentación o derrota hegemónica de su Estado. Pasó en muchas ocasiones de la historia, y no sería desmesurado creer que este es el momento del quiebre del régimen monárquico del Reino Unido.
La tarea de Carlos III es, básicamente, no dejar que se caiga ese castillo de naipes que lograron construir sus antepasados y que inclusive costó sangre. Será difícil, el mundo ya no está para banalidades como monarquías o la mantención de reyes. El propio sentimiento interno en Gran Bretaña es de desconfianza ante el nuevo monarca. Esto abre las puertas a un posible nuevo escenario que cambie el mundo para siempre. Si la Corona Británica se cae, se derrumba el último bastión realista del mundo. Más allá de otras expresiones como España o Países Bajos, la realidad es que los ojos siempre están puestos sobre Buckingham.
Casi a la son de “Bestias de Inglaterra”, la canción de los animales insurrectos de Rebelión en la Granja de George Orwell, todo indica que el siglo XXI es el apuntado para terminar de mantener reyes y de ocuparse de problemas reales. Hoy, Reino Unido pasa por un conflicto de descredito institucional y político, una inflación galopante y un cuestionamiento internacional evidente. Darle de comer al rey ya no les quita el sueño a los británicos. Parece que ni Dios puede salvar al rey esta vez.
