Las razones por las que el Gobierno nacional debe mirar a Misiones

La economía argentina (como tantas veces en nuestra historia), pasa por un momento de fuerte dualidad: por un lado, hay fragilidades en la macro, con una inflación que rompe récords de los últimos treinta años, un mercado de deuda en pesos con inconsistencias, sin reservas y con otra seria de variables con volatilidad. Por el otro, vemos diferentes indicadores vinculados al consumo, al empleo y la inversión que crecen de manera sostenida.

De un lado, hay una fuerte responsabilidad del Estado nacional; de otro, las provincias toman el mando. No es casual que exista un grupo (autodenominado “Liga”) de gobernadores que, con mayor o menor diplomacia dependiendo el contexto, exige al gobierno nacional la corrección del rumbo. 

Hace un tiempo atrás (no mucho), el Estado nacional estaba en constante salvataje de las provincias, principalmente por desequilibrios financieros producidos por un desajuste entre los ingresos y los gastos subnacionales. Pero hace algunos años, la situación cambió, profundizándose tras la pandemia, y son ahora las provincias las que, en mayor o menor medida, impulsan la recuperación. 

El comportamiento de estas, naturalmente, no es homogéneo. La pandemia sirvió, entre otras cosas, para poder definir un perfil concreto del camino que cada una venía trazando, pero, sobre todo, su capacidad de respuesta ante crisis y contingencias. 

Hay por lo menos dos perfiles de provincias bien marcadas: las que empujan con producción, actividad e inversión, y las que aún deben realizar más esfuerzos para ampliar su aporte al escenario nacional. Pero entre ellas, también hay otras divisiones: entre las pujantes, están las que tienen fuerte apoyo nacional traducido no sólo en recursos, sino también en legislación; y las que sufren de asimetrías. 

En el primer grupo, las pujantes, se encuentra Misiones. Pero a su vez, se ubica en el segundo subgrupo, las afectadas

Recordemos el camino de los últimos dos años: en este mismo momento, pero de 2020, el país está sumergido en una crisis muy profunda producto de la pandemia y de las medidas que debieron tomarse en resguardo de la salud de la población, que afectó de manera directa a la economía nacional. 

Desde antes de que se comiencen a ver las primeras señales de recuperación, Misiones ya marcó el camino: dejó expuesto de manera cruda el problema de competitividad con las fronteras paraguayas y brasileras, y con el cierre de fronteras tuvo un boom de consumo traducido en mejoras de empleo, salario y de recaudación fiscal

Ese comportamiento tiró por la borda todas las razones esgrimidas por aquel veto presidencial a la zona aduanera especial pedida por Misiones. Por el contrario, consolidó las razones de su necesidad, pero el Estado nacional sigue haciendo oídos sordos. 

El comportamiento fiscal, económico, financiero y de actividad misionero ha sido uno de los más destacados: muestra superávits pese a haber incrementando en gran volumen determinados puntos clave del gasto, vinculados a mejoras concretas (salarios públicos y fomento al consumo), sigue teniendo un nivel de deuda muy bajo, la inversión pública se sostiene en altos pisos, la mejora en el empleo privado es prácticamente homogénea a lo largo de todo el territorio provincial, los salarios crecieron de manera real en la gran mayoría de los sectores, rompió récord de ventas en supermercados y de combustible, la construcción no para de crecer, incrementa sus exportaciones, redujo la pobreza, disminuyó la desocupación, los recursos a sus municipios son de los que más crecen en el país, tuvo récord de consumo de cemento, lideró a nivel regional el alza de consumo vía programas como Ahora 12, entre otras cosas. 

Misiones se puso al hombro la recuperación regional, y también en menor nivel, la nacional.

Todo esto, salvo excepciones que se cuentan con una sola mano y sobran dedos. Lo hizo pese al Estado nacional y no gracias a él. No es un problema de Alberto Fernández: es de él y de todos sus predecesores. El problema que sufre Misiones en términos de asimetrías es sistémico. Por ello, su solución requiere de reformas profundas a ese sistema, tanto en la distribución de recursos (como más urgente) como en el impulso de legislación (ejemplo, otra vez, la zona aduanera). 

Son pocas las provincias que se ubican en esta posición (pujante pero discriminada) y es, quizás, una de las que recibe menos atención. Córdoba, Santa Fe y Mendoza realizan un aporte fundamental al país en términos productivos y económicos, y tienen mayor o menor acompañamiento en base al ambiente político de época: hoy, ninguna está alineada al cien por ciento con la Nación, pero lo han estado en algún momento y sacaron provecho de eso. 

Misiones, sobre todo en los últimos ocho años, sostiene una posición provincialista, más allá de tener cierta cercanía con el gobierno actual. No aplica para la provincia la lógica de “gobierno del mismo signo” y, por ende, no aplica tampoco la supuesta lógica de favoritismo a la hora de dar respuestas a la provincia. 

En el NEA, Misiones es justamente la menos alineada. De un lado, tenemos a Formosa y Chaco con una identificación plena con el oficialismo, a la que le sacan el jugo (ambas provincias son las que recibían más recursos discrecionales de la Nación en la región), mientras que Corrientes está en el otro lado de la brecha. Misiones es la tercera posición, y tiene que pelear para ser tratada de manera igual.

Pero esa pelea que da Misiones tiene solo un sentido político, no económico: Misiones lidera todos los rubros principales de la economía regional. Es la de mayor cantidad de empleo privado, la que tiene la menor correlación empleo privado/público, la que más recompuso el salario de agentes públicos, la que tuvo el mayor crecimiento del salario privado, la de menor deuda en términos per cápita, la de mayor expansión fiscal recaudatoria, la que más exporta, la que más venta genera en consumo masivo, entre otras. De nuevo: todo esto, pese al Estado nacional y no gracias a él. 

Semanas atrás, se difundió una crítica a la provincia afirmando que “puede ser que tenga el mayor número de empleo, pero Chaco y Formosa crecieron más porcentualmente”. El dato es correcto, la lógica no. Por ejemplo, por cada trabajador privado formal de Formosa, hay cuatro en Misiones (mientras que la lógica poblacional es de 1 cada 2). Por ende, un puesto de trabajo creado en Formosa representa, proporcionalmente, mucho más que un puesto de trabajo creado en Misiones. Algo parecido se aplica al Chaco. Pero Misiones, en el último tiempo, creó en promedio 6 de cada 10 empleos generados en el NEA. Discutir el liderazgo de la provincia en el escenario provincial, es directamente ridículo. 
Las industrias más pujantes de la región están también en la provincia: yerba, té y foresto industria, que explican 1 de cada 4 dólares exportados por la región. Uno de los principales puntos turísticos del país está en Misiones, con las Cataratas del Iguazú. El resguardo ambiental está en Misiones, con su protección de bosques nativos. ¿Qué más hace falta para que la Nación se ocupe de dar herramientas para impulsar la provincia?

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