Milei, el carisma y la violencia

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Acción Cooperativa – El profesor universitario y escritor Martín Kohan, hace un repaso respecto a la situación política actual y a temáticas sociales vigentes como derechos humanos y el discurso de los medios.

Martín Kohan es escritor, novelista y profesor universitario, pero también se ha transformado en una voz resonante y reflexiva sobre la actualidad política del país. Asegura que Javier Milei es un violento –aunque ahora parezca sereno– y que la sociedad lo votó como representante de un alto grado de hastío, pero advierte sobre el actual presidente y Mauricio Macri: «Ellos no ven personas. Ven socios o competidores. Y todos los demás somos sus empleados».

Autor de libros como Confesión o Ciencias morales, la cual fue llevada al cine como La mirada invisible, siempre le interesaron las temáticas referidas a la represión y la dictadura. Militante por los derechos humanos defiende con firmeza la cifra de 30.000 desaparecidos como una prueba de que el tema sigue abierto aún hoy. 

Profesor en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) asegura orgulloso: «No son tantas las cosas que han salido bien y la educación pública lo es. Tanto es así que luego de años de deterioro, de descuido y destrato se sostiene y es todavía un lugar de orgullo». Y comenta entre risas que fue a ver la película Puan con ganas de divertirse, pero terminó angustiado por la situación actual y, ante las medidas del Gobierno nacional, exige: «Si mi trabajo es esencial hay que reconocerlo de alguna manera y no sacándole derechos».

–¿Puede ser que una sociedad violenta votó a Milei como exponente de esa violencia?
–Milei ha captado y expresado un crescendo de la violencia en general. Si uno mide en la circulación social de los discursos, y no solo políticos, la graduación de la carga de agresividad, de denigración y de intemperancia, en los medios tradicionales de comunicación, en las redes sociales, todos estamos metidos en eso, ejerzamos la violencia o no. Un cierto grado de naturalización ya está instalado. El energúmeno que insulta, lo hubo siempre, pero era alguien que irrumpía en una escena, con un fuera de tono. Ahora ya es el tono, porque con solo pasar 15 minutos en las redes sociales nos encontramos con algún gesto de denigración que ya no está en disonancia con la circulación media de la palabra. Milei ha captado eso. Porque es verdaderamente hiriente cuando habla, es agresivo y lo es de un modo eficaz. En las cosas feroces que ha dicho de Patricia Bullrich hay un juego de complementación para tratar de entender cómo es que esto no solo ocurre, sino que se naturaliza y parece admisible y aceptable y todos participamos de un cierto dejar correr. Ella misma participa, en nombre de un perdón que no es sino la legitimación del maltrato, porque no hay perdón sin retractación, sino un dejar hacer.

–La acusación de que la actual ministra era una terrorista tuvo una gran repercusión mediática.
–Él nunca explicó cómo era esa acusación de las manos manchadas de sangre de quien es hoy la ministra de Seguridad. Entonces ahí está el juego de complementación entre el que lastima y el que se deja lastimar con un alto nivel de sometimiento, pero más importante, de admisión de la denigración. En un juego que es de a tres, porque Macri presionó para que ella se deje agredir. Todo eso es la expresión de la atmósfera socialmente dominante. Hace 40 años, Herminio Iglesias prendió fuego un féretro con los colores de la UCR y ese gesto de agresión tuvo un costo político altísimo. Hoy no lo tendría e incluso sumaría. Y me parece que también es una clave de cómo a lo largo de la campaña Milei no logró transferir a nadie la adhesión que él personalmente suscitaba. Lo que no se puede transmitir es el carisma, el del ejercicio de una violencia que nadie puede ejercer como él. 

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–En su momento dijiste que para Milei «no somos otra cosa que sujetos productores y consumidores y que cualquier otro factor de deseo es prescindible». ¿La diferencia es entre liberalismo clásico y neoliberalismo? 
–Me parece que, de las distintas versiones que hay del liberalismo, Milei es la más reductiva desde el punto de vista economicista. Es decir, pensar en cada sujeto social como sujeto económico. No es muy distinto de algo que hace ya tiempo pensó Néstor García Canclini en un desplazamiento de ciudadanos a consumidores. Ellos no ven personas que puedan desear, sino que los ven como mercancías o como productores de mercancías. Ahí es donde un ciudadano es solo un consumidor y uno vive en un mercado, no en el mundo. Con ese criterio, el progreso social no será admitido sino sobre la base de que cada uno de nosotros persiga individualmente sus intereses económicos. Y en el modo en que cada uno compita por esos intereses individuales, la sociedad progresa. Que eso no es así es largamente sabido y ya se analizó desde distintas ópticas, hasta dentro del liberalismo.

–También dijiste que: «La perspectiva de una transformación radical no aparece en el horizonte». ¿Cómo se le explica a la gente que votó a Milei que en realidad votó todo lo contrario a un cambio?
–La pregunta es de qué modo sectores conservadores toman la retórica del cambio; de hecho, la alianza conservadora se llama Juntos por el Cambio. Aquí pensamos en Milei, en Patricia Bullrich, pero también hay que incluirlo a Sergio Massa. Él viene de una tradición conservadora, es una variante de eso. No son lo mismo y nunca estuve de acuerdo con esa idea, pero Massa no ha sido un representante de un cambio radical. De manera que también hay algo que preguntarse: los últimos tres candidatos que se han presentado como alternativa al conservadurismo expreso han sido Daniel Scioli, Alberto Fernández y Massa. De modo que la inquietud sobre un cambio radical abarca casi la totalidad del espectro político. Hay una frase de Frederic Jameson, que la retomó Zizek, que dice que «estamos en un tiempo en el que es más viable imaginar el fin del mundo, que imaginar el fin del capitalismo». Y todos participamos con mayor o menos grado de resignación. Sobre esto también Pablo Stefanoni se preguntó en su libro ¿La rebeldía se volvió de derecha? 

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–Precisamente entrevistamos a Stefanoni para Acción cuando recién salía el libro. Allí él esgrimió la hipótesis de que «el progresismo se volvió conservador» al abigarrarse en la defensa de un statu quo que no logra dar respuestas ¿Qué opinás de esa idea?
–Ahí surge una diferencia entre la propuesta de un cambio radical del estado de las cosas y el progresismo, pero sí amplios sectores progresistas se han cerrado en posiciones dogmáticas que no admitían discusión y quien quería dar discusión recibía reprimendas, escraches y vituperios. Y yo entiendo que un pensamiento abierto es un pensamiento que, aun desde la convicción, se abre al debate. En los últimos años en algunas temáticas eso fue muy difícil.

–Cuando se comenzó a discutir el tema del número de desaparecidos, ¿comenzó a banalizarse la violencia?
–Es un mal signo de época la frase que se repite: «Dato mata relato». Es falaz. Y habría que subrayar el «mata» también. Primero por los relatos, el modo ideológico en el que se logró establecer la identificación entre relato y mentira. Cuando resulta que hay relatos que son falsos y los hay verdaderos. Y por otro lado como si no hubiera posibilidad de contar una verdad histórica que no fuera narrándola. Historizando. Los hechos por sí mismos no cobran sentido sino dentro de una narración. Y tan preocupante como esto es también pensar que un número es la verdad en sí misma. 

–Encima en este caso al número al que se apelaba, las 8.000 denuncias en la Conadep, en el propio informe está explicado que es un número provisorio.
–Tengo la firme impresión de que lo citan, pero no lo han leído. Ese informe es una gran narración. Un informe de lo que pasó, hasta los testimonios de los sobrevivientes. Entonces un dato requiere también dar sentido. En ningún caso el informe pretende que esa cifra sea la definitiva. Entonces el número es ese, pero el carácter conclusivo ya es una lectura. Y es falsa. El número está abierto, porque la situación está abierta. ¿Sabemos dónde están los desaparecidos? ¿Dónde están los cuerpos? ¿Qué pasó con ellos? ¿Nos dicen quiénes son las personas que nacieron en cautiverio, robadas, despojadas a su derecho a la identidad? ¿Lo sabemos? No. De manera que la situación no está cerrada. Está abierta e interpela el presente. Y lo hacemos estableciendo una cifra que no es caprichosa, que responde a una estimación razonable del número de centros clandestinos que existieron y de cuántos prisioneros pudieron pasar por ahí. De las cifras de detenidos desaparecidos que los propios represores reconocieron durante la dictadura. La única manera de interpelarlo es con una cifra abierta. ¿Cómo se cierra esto? Con una respuesta: que digan dónde están.

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