Milei, Machado y la diplomacia de la sobreactuación: un viaje que revela improvisación, fragilidad política y una peligrosa confusión de prioridades
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El viaje de Javier Milei a Noruega para la ceremonia del Premio Nobel de la Paz —en la que María Corina Machado fue premiada pero no asistió a la ceremonia— se convirtió en un caso paradigmático de cómo se están tomando decisiones de política exterior en la Argentina: con criterios personalistas, motivaciones ideológicas antes que estratégicas y una llamativa despreocupación por los costos institucionales. Más que un episodio aislado, lo ocurrido exhibe con crudeza los límites de una diplomacia hecha a contramano de los intereses del país.
Una política exterior que funciona como tribuna personal
La presencia de Milei en Oslo fue un gesto sobreactuado, sin sustento diplomático ni planificación. Se trató de un viaje con nula utilidad para la Argentina y motivado por un único objetivo: reforzar la narrativa internacional del presidente y su lugar dentro de una red de figuras y movimientos de derecha global.
No hubo acuerdos, no hubo iniciativas multilaterales, no hubo agenda económica. Hubo, en cambio, un claro mensaje: la política exterior se usa para consolidar identidades, no para resolver problemas.
La diplomacia, que debería ser un espacio de racionalidad estratégica, quedó reducida a un escenario donde Milei busca protagonismo, aun a costa de la credibilidad del Estado argentino.
Machado: reconocimiento global, pero un liderazgo contradictorio y frágil
El Premio Nobel de la Paz le dio a María Corina Machado un prestigio inmediato. Sin embargo, su trayectoria política presenta contradicciones profundas que no desaparecen por la premiación, y que Milei ignoró —o eligió ignorar— al alinear la política exterior argentina con ella.
Machado representa para algunos un símbolo internacional, pero no cuenta con una estructura política robusta en Venezuela; su discurso es altamente confrontativo y excluyente; sus alianzas internacionales son selectivas y responden a un eje ideológico rígido, no a una estrategia nacional. Sus propuestas económicas, de corte ultraliberal, suelen ser más voluntaristas que aplicables en su país y su figura, lejos de encarnar un consenso democrático amplio, profundiza la polarización.
Es decir: tiene visibilidad, pero carece de las condiciones mínimas para liderar un proceso de transición real. Su capital simbólico supera ampliamente su capacidad política efectiva. Milei decidió convertir ese liderazgo débil en una especie de brújula internacional queriendo posicionarse como el aliado más firme de los Estados Unidos en la región.
Un viaje que mostró improvisación y falta de criterio político básico
Que Machado no pudiera asistir era altamente previsible, aunque hay noticias que dicen que finalmente se hará presente en Oslo, con la ceremonia ya finalizada, en la que estuvo representada por su hija. Aun así, el presidente argentino insistió en viajar, lo que terminó exponiendo a la Argentina en una escena diplomática incómoda: un mandatario presente en una ceremonia centrada en una dirigente ausente, y sin nada que hacer allí más que cumplir con una narrativa que él mismo sobredimensionó.
Es un error que no comete un jefe de Estado con sentido estratégico. Revela falta de lectura diplomática, falta de previsión y falta de asesoramiento profesional o peor, la desestimación total de ese asesoramiento.
Milei eligió sumarse a la narrativa de Machado y reforzar la lógica de bloque ideológicos rígidos que poco aportan a la estabilidad regional. La decisión de viajar para respaldar a una figura cuya estrategia es objeto de críticas, incluso dentro de la propia oposición venezolana, revela la improvisación conceptual que guía la diplomacia del gobierno libertario.
Costos para la Argentina: desalineamiento, debilidad y pérdida de peso real
Mientras Milei acumula kilómetros, la política exterior argentina pierde terreno. Cada viaje sin retorno concreto genera un triple costo: costo de oportunidad, porque el tiempo presidencial no es infinito y se está usando mal; costo diplomático, porque la improvisación erosiona la confianza de aliados reales; costo estratégico, porque los recursos del Estado se destinan a aventuras sin impacto para la economía ni la gobernabilidad.
El problema no es solo que este viaje no sirvió para nada. El problema es que refuerza una tendencia: la Argentina está perdiendo densidad internacional justo cuando más necesita relaciones sólidas para enfrentar su crisis.
La Argentina está debilitando deliberadamente sus anclajes internacionales más relevantes. La desestimación de los BRICS como espacio estratégico —a contramano de la mayoría de los países emergentes— y el abandono del peso histórico que tuvo el país en el G20 reducen la gravitación internacional de la Argentina en un momento en que las alianzas son esenciales. La inclinación del gobierno a privilegiar vínculos con figuras aisladas de la derecha global, en lugar de con bloques económicos y políticos de escala real, le quita seriedad al posicionamiento externo del país y erosiona su capacidad de negociación.
Afinidad ideológica, debilidad política
No existe un vínculo que relacione a Milei y Machado y si existiera, no se sostiene en intereses nacionales, sino en coincidencias ideológicas duras que suelen terminar siendo un mal sustituto de la política real. Cuando un presidente alinea a su país detrás de líderes simbólicos, pero políticamente débiles, lo que hace es reducir la política exterior a gestos que no construyen ningún beneficio para la población.
La apuesta de Milei por Machado no solo fue exagerada, fue políticamente torpe. Y el resultado fue exactamente el que se podía anticipar: exposición innecesaria, falta de resultados y una nueva muestra de que la improvisación terminó convertida en método de gobierno.
Conclusión: una política exterior que se achica, se subordina y se desprofesionaliza
El episodio de Noruega sintetiza un problema mayor, la Argentina está gobernada por un presidente que confunde diplomacia con espectáculo, afinidad política con estrategia y protagonismo personal con defensa de los intereses nacionales.
María Corina Machado es una figura controversial, contradictoria, sin sustento. Javier Milei es un presidente que usa la política exterior como plataforma personal. Juntos producen una alianza que no es estratégica, ni funcional, ni beneficiosa. Es apenas un intercambio de visibilidad que deja a la Argentina peor posicionada.
El país necesita resultados, no gestos; estrategia, no impulsos; y una política exterior que piense en el futuro, no en la épica personal de su presidente.
