No solo de energía vive el hombre
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Imaginá un pequeño cubo de apenas unos centímetros que, sin una sola recarga, puede alimentar un dispositivo electrónico durante décadas. Esa es la promesa de las baterías de níquel‑63: un isótopo radiactivo cuyo decaimiento “rayos beta” genera corriente continua sin desgaste químico, permitiendo autonomías inimaginables para dispositivos críticos. Pero, por muy espectacular que suene, su verdadero valor no está en la pura duración, sino en la reflexión que nos obliga a hacer: ¿Qué sentido tiene disponer de energía inagotable si seguimos atados a un modelo de consumo ilimitado? Y ¿Es obtener energía infinita la solución al problema siendo aún finitos los demás recursos?
A ese cuestionamiento responden las “técnicas humildes para el decrecimiento”: desde un molino de viento comunitario hasta un huerto urbano en la azotea, pasando por una estufa de leña diseñada para quemar menos madera. No es nostalgia ni romanticismo de aldea, sino una estrategia consciente para reducir la dependencia de grandes infraestructuras y reconectar a las personas con los recursos locales. Y para que esas iniciativas no queden aisladas, la redarquía propone un entramado de nodos autónomos interconectados: en lugar de un directorio jerárquico, cada barrio, cada colectivo o cada cooperativa se coordina con el resto mediante confianza y objetivos compartidos, facilitando que el conocimiento fluya y que las soluciones escalen sin perder su carácter comunitario.
En el plano macro, Antonio Turiel y Antonio Aretxabala nos lanzan un aviso tan contundente como un valdazo de agua fría: el crecimiento infinito es insostenible en un planeta con recursos finitos. Basándose en datos sobre el pico del petróleo, la disminución del rendimiento energético de los combustibles fósiles y la presión sobre minerales críticos, ambos científicos defienden un decrecimiento planificado. Esto significa relocalizar la producción esencial —desde fábricas de bicicletas hasta panaderías—, priorizar los usos sociales de la energía (transporte público, sistemas de salud, agricultura local) y eliminar derroches como la publicidad masiva o los vuelos recreativos. Solo así evitaremos que el ajuste futuro nos sea impuesto de forma caótica y violenta.
Y para cerrar el círculo, aparece la agroecología, puente perfecto hacia la permacultura. En la Cuba del “Período Especial” (lapso en qué la profunda crisis económica y social que sufrió Cuba a partir de 1991, cuando el colapso de la Unión Soviética dejó de fluir hacia la isla el petróleo, los alimentos y la maquinaria que antes importaba en bloque, el país fue afectado directamente en su PIB y más aún en su comercio exterior) aprendieron de golpe que sin petróleo ni fertilizantes químicos era posible generar organopónicos urbanos y regenerar suelos. Ese ejemplo demuestra que la agroecología —que combina saber campesino con rigor científico— puede alimentar ciudades y fortalecer la soberanía alimentaria. La permacultura da el paso siguiente, diseñando asentamientos humanos que funcionan como bosques comestibles: captan agua de lluvia, reciclan residuos, generan energías renovables y enlazan vivienda con producción. Es la síntesis restauradora, el horizonte donde técnica y ecología confluyen para crear comunidades resilientes.
Ninguna tecnología por sí sola —ni el níquel‑63, ni la gran central eólica— cambiará nuestro rumbo si no se inserta en un marco que integre lo técnico, lo social y lo ecológico. Las baterías de larga duración nos muestran hasta dónde podemos llegar; las técnicas humildes y la redarquía nos enseñan cómo organizarnos; Turiel y Aretxabala nos alertan de por qué debemos reducir; y la agroecología nos indica el camino para reconstituir un paisaje humano en armonía con la Tierra. Solo con este ensamble estratégico conseguiremos diseñar un futuro donde la innovación sirva a la dignidad humana y a los límites del planeta, en vez de perpetuar un ciclo de crisis tras crisis.
