Pequeños productores de Misiones se suman al rechazo contra la reforma de la Ley de Tierras
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Un movimiento de colonos del norte provincial publicó un duro manifiesto en defensa de la soberanía y advirtió que flexibilizar la Ley de Tierras abriría el camino a la desaparición de la agricultura familiar y al despoblamiento de las colonias.
El rechazo a una eventual flexibilización de la Ley Nacional de Tierras continúa sumando voces en Misiones. Esta vez fue el Movimiento de Pequeños Productores Autoconvocados, integrado por colonos del departamento General Manuel Belgrano, el que difundió un extenso manifiesto en el que expresa una fuerte oposición a la derogación de la Ley 26.737 y advierte sobre las consecuencias que, a su entender, tendría la extranjerización de las tierras rurales. El documento fue dado a conocer por José Godofrido Ramón, docente, dirigente social y coordinador y vocero del Movimiento de Pequeños Productores Autoconvocados.
El manifiesto:
MANIFIESTO DEL MOVIMIENTO DE PEQUEÑOS PRODUCTORES AUTOCONVOCADOS LA PATRIA NO SE VENDE, LA TIERRA SE DEFIENDE
Nosotros somos hijos y nietos de pioneros del extremo noroeste de la provincia de Misiones, de San Antonio, departamento General Manuel Belgrano. Somos hijos de hombres y mujeres que abrieron la Ruta Provincial 23 con machete, azada, bueyes y carros. No heredamos riquezas; heredamos tierra, trabajo, sacrificio y dignidad.
Nuestros padres y abuelos no llegaron para vender la frontera. Llegaron para defenderla, poblarla y hacerla producir. Construyeron caminos donde solamente había monte. Levantaron escuelas rurales donde no había más que esperanza. Resistieron el abandono del Estado, soportaron los años más oscuros de nuestra historia y jamás dejaron de creer que esta tierra debía permanecer en manos de quienes la trabajan y la aman.
Por eso, desde el Movimiento de Pequeños Productores Autoconvocados, nos oponemos firmemente a la derogación de la Ley 26.737. No es solamente una ley sobre la propiedad de la tierra. Es una ley que protege nuestra soberanía, nuestros recursos naturales y nuestras fronteras. La tierra no es una mercancía cualquiera. La tierra es identidad, es alimento, es cultura, es futuro y es patria.
Quienes vivimos en las fronteras sabemos que no es lo mismo mirar un mapa desde un escritorio en Buenos Aires que caminar los caminos colorados de Misiones. Sabemos el valor estratégico de cada hectárea que limita con otros países. Sabemos que una frontera no se defiende solamente con fuerzas de seguridad; también se defiende con colonos, productores, docentes y familias que viven y trabajan en ella.
La soberanía no comienza en las grandes ciudades. La soberanía comienza en cada chacra donde una familia decide quedarse a trabajar la tierra. Comienza en cada escuela rural que mantiene abiertas sus puertas. Comienza en cada pequeño productor que, pese a las dificultades, decide seguir apostando al campo y al futuro de sus hijos.
Ya conocemos las consecuencias de la concentración de la tierra. Misiones tiene heridas abiertas y conflictos históricos vinculados al acceso y la tenencia de la tierra. No queremos que nuestros hijos y nuestros nietos vuelvan a vivir enfrentamientos entre quienes trabajan la tierra y quienes solamente la miran como un negocio. La historia debería enseñarnos a no repetir los mismos errores.
Si esta ley es derogada, quienes primero desaparecerán serán nuestros pequeños productores. El minifundista que produce tabaco, yerba mate, mandioca, maíz, porotos, verduras y frutas; el que cría un chancho, algunas gallinas o una vaca para alimentar a su familia y sostener la economía de su hogar, no podrá competir con el poder económico de los grandes grupos de inversión. Son ellos quienes se levantan a las cuatro de la mañana para trabajar bajo el sol abrasador, bajo la lluvia, entre el barro colorado y las heladas del invierno misionero. Son ellos quienes ponen el alimento sobre nuestras mesas. Son ellos quienes mantienen viva la agricultura familiar misionera.
Cuando desaparece un pequeño productor no solamente se pierde una chacra. Se pierde una escuela rural. Se pierde una familia en el campo. Se pierde trabajo. Se pierde producción. Se pierde cultura. Se pierde soberanía. La extranjerización de la tierra no solamente cambia el nombre del dueño de un papel; cambia el destino de las generaciones que vendrán.
Pero las consecuencias serán aún mayores. Cuando desaparece un productor, el pueblo comienza a desaparecer con él. Cierran los pequeños comercios, se vacían las escuelas rurales, los jóvenes deben emigrar a las ciudades buscando oportunidades y las chacras que durante generaciones produjeron alimentos terminan convertidas en simples activos financieros. Lo que hoy es una familia trabajando la tierra, mañana puede ser apenas un alambrado más en manos de quienes jamás caminaron nuestros caminos colorados.
¿Qué será de Misiones cuando ya no existan pequeños productores? ¿Qué será de nuestras colonias cuando nuestros jóvenes deban abandonar el campo porque la tierra ya no les pertenece? ¿Qué será de nuestras fronteras cuando quienes las habitan sean desplazados por intereses económicos ajenos a nuestra historia y nuestra identidad?
No queremos una Misiones sin colonos. No queremos una Misiones donde nuestros hijos deban emigrar para sobrevivir. No queremos una Misiones donde las futuras generaciones conozcan nuestras chacras solamente por fotografías.
No estamos en contra de las inversiones. Estamos en contra de entregar nuestra soberanía. Una cosa es abrir las puertas al desarrollo y otra muy distinta es abrir las puertas a la extranjerización ilimitada de nuestras tierras.
También estamos cansados de las promesas electorales. Los senadores y muchos dirigentes políticos se acuerdan del colono, del tarefero, del productor y del docente únicamente cuando necesitan un voto. Caminan nuestras colonias, toman mate en nuestras casas y prometen mejorar nuestra calidad de vida. Nos prometen caminos, mejores precios para nuestras producciones, oportunidades para nuestros hijos y la defensa de nuestras fronteras. Pero una vez electos, llegan a sus sillones y se olvidan de sus promesas y de quienes los llevaron hasta allí.
Pero queremos decir algo más que en Misiones parece haberse olvidado. Nos han acostumbrado a desconfiar de quienes alzan la voz. Cuando un ciudadano reclama, inmediatamente le preguntan para qué partido trabaja. Cuando un productor se organiza, le preguntan qué cargo quiere ocupar. Cuando un docente denuncia una injusticia, le preguntan de qué candidatura es. Cuando alguien defiende los intereses de su pueblo, enseguida aparece la sospecha de que busca un beneficio personal.
Nosotros venimos a decir que no toda lucha tiene un precio ni toda convicción tiene una candidatura detrás.
No defendemos esta ley porque aspiramos a ocupar una banca legislativa. No levantamos nuestra voz porque pretendemos un cargo político. No buscamos reconocimiento personal ni privilegios. Nuestra única aspiración es que nuestros hijos y nuestros nietos puedan seguir viviendo en la tierra que trabajaron sus abuelos.
Nos cansamos de escuchar que quienes luchan por el pueblo “algo quieren”. Nosotros sí queremos algo: queremos justicia, queremos soberanía, queremos producción nacional y queremos que las futuras generaciones puedan abrazar un árbol plantado por sus abuelos y decir con orgullo: “Esta tierra sigue siendo nuestra”.
Defender al que menos tiene no debería despertar sospechas, debería despertar respeto. Levantar la voz por quienes no tienen los medios para ser escuchados no es oportunismo político, es una obligación moral. Permanecer callados frente a las injusticias, eso sí debería avergonzarnos como sociedad.
Muchos pequeños productores no tienen acceso a un micrófono, no tienen espacios en los medios de comunicación y no tienen representantes que recorran sus chacras cuando las elecciones terminan. Por ellos también hablamos. Por el abuelo que vive de unas pocas hectáreas de yerba mate. Por la madre que vende sus verduras para que sus hijos puedan estudiar. Por el tarefero que se levanta antes del amanecer para llevar un plato de comida a su mesa. Por el docente rural que ve cómo sus alumnos abandonan el campo porque sus familias ya no pueden subsistir en él.
Nuestra lucha no tiene dueño ni color partidario. Tiene nombres y rostros. Tiene las manos curtidas de quienes trabajan la tierra y la mirada esperanzada de quienes sueñan con un futuro mejor para Misiones.
También sabemos que las grandes transformaciones de los pueblos nunca comenzaron en los grandes edificios del poder. Comenzaron en los campos, en las colonias y en los hogares humildes. Las grandes revoluciones siempre vinieron del campo. Fueron hombres y mujeres sencillos quienes cambiaron la historia con el trabajo de sus manos, con sus convicciones y con el coraje de defender lo que creían justo.
Quizá hoy somos pocos. También fueron pocos los pioneros que llegaron a estas tierras cuando solamente había monte y esperanza. También fueron pocos quienes levantaron las primeras escuelas rurales y abrieron los primeros caminos. Las grandes causas nunca comenzaron siendo multitudinarias. Comenzaron con hombres y mujeres que decidieron no permanecer indiferentes frente a las injusticias de su tiempo.
Por eso no nos preocupa ser pocos. Nos preocuparía haber elegido el silencio.
A nuestros representantes les recordamos que no son dueños de las bancas que ocupan. Son empleados del pueblo argentino. Fueron elegidos para defender nuestra Constitución, nuestra soberanía y nuestros intereses. Sus votos tienen consecuencias sobre millones de argentinos que trabajan honestamente y aman esta tierra.
No negocien lo que no les pertenece. La tierra argentina no es de un gobierno de turno ni de un partido político. La tierra argentina pertenece a las generaciones pasadas que la defendieron, a las presentes que la trabajan y a las futuras que tienen el derecho de heredarla.
No somos herederos absolutos de la tierra. Somos sus guardianes temporales. Nuestros abuelos nos la confiaron para protegerla y nuestros hijos nos la reclamarán mañana. Tenemos la obligación moral y patriótica de entregársela mejor de como la recibimos.
La patria no se defiende únicamente con discursos. La patria se defiende sembrando, enseñando y cuidando lo que nos pertenece. Si nuestros pioneros resistieron con machete y azada para poblar esta frontera, hoy nos toca resistir con la palabra, con el compromiso ciudadano y con la memoria de quienes nos precedieron.
No seremos la generación que entregue lo que nuestros abuelos conquistaron con sudor, hambre y sacrificio. Ellos nos dejaron tres herencias: la tierra, la palabra y la obligación moral de defender ambas. Que jamás tengamos que bajar la mirada ante nuestros hijos por no haber estado a la altura del legado recibido.
La tierra misionera no se vende. La soberanía no se negocia. Las fronteras se cuidan.
Porque un pueblo que entrega su tierra, tarde o temprano, termina entregando su futuro.
¡LA PATRIA NO SE VENDE, LA TIERRA SE DEFIENDE!
Movimiento de Pequeños Productores Autoconvocados
