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Una jueza peruana de la CPI denunció sanciones de EE.UU. y alertó sobre un ataque al Estado de derecho

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EE.UU. sancionó a una jueza peruana de la Corte Penal Internacional y expuso una tensión inédita sobre la independencia judicial global

Las sanciones económicas y migratorias impuestas por Estados Unidos contra jueces y fiscales de la Corte Penal Internacional (CPI) abrieron un conflicto institucional de alto impacto político y jurídico. Entre los afectados se encuentra la magistrada peruana Luz del Carmen Ibáñez Carranza, jueza de la Cámara de Apelaciones del tribunal con sede en La Haya, quien denunció que las medidas le bloquearon cuentas, tarjetas de crédito y transferencias internacionales. El caso reaviva el debate sobre la independencia judicial, la vigencia del Estatuto de Roma y los límites del poder político frente a la justicia penal internacional.

Las sanciones de EE.UU. y el alcance sobre la Corte Penal Internacional

La jueza Luz del Carmen Ibáñez Carranza integra la Corte Penal Internacional desde hace casi ocho años. El tribunal fue creado en 1998 mediante el Estatuto de Roma para juzgar a individuos por genocidio, crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y el crimen de agresión. En 2025, el gobierno de Estados Unidos sancionó a seis jueces y a tres fiscales de la CPI, incluido el fiscal principal Karim Khan.

Según informó el Departamento de Estado, las sanciones responden a la “oposición a la politización, el abuso de poder, el desprecio por la soberanía nacional y la extralimitación judicial ilegítima de la CPI”. Washington sostuvo que la Corte “constituye una amenaza para la seguridad nacional” y la acusó de actuar como un instrumento de “guerra jurídica” contra Estados Unidos y su aliado Israel. Parte de las medidas se anunciaron luego de que la CPI emitiera órdenes de arresto contra el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y su exministro de Defensa, Yoav Gallant, por crímenes vinculados a Gaza.

En el caso de Ibáñez Carranza, el Departamento de Estado señaló que fue sancionada por “autorizar la investigación de la CPI contra personal estadounidense en Afganistán”. La magistrada explicó que la decisión cuestionada corresponde a 2019, cuando un panel de cinco jueces de la Cámara de Apelaciones habilitó investigaciones por crímenes cometidos en el territorio afgano, sin distinción de autores: talibanes, fuerzas estatales o fuerzas extranjeras.

Las Naciones Unidas condenaron las sanciones como “un ataque contra el Estado de derecho”. La relatora especial de la ONU para la independencia de jueces y abogados, Margaret Satterthwaite, advirtió que las medidas buscan influir directamente en el trabajo judicial y equiparan a jueces internacionales con “presuntos terroristas o líderes de cárteles”.

Impacto personal, económico y familiar de las sanciones

Más allá de la dimensión institucional, la jueza peruana describió el impacto concreto de las sanciones en su vida cotidiana. Entre las restricciones figuran la cancelación de visas, el bloqueo de cuentas en dólares en cualquier país, la anulación de tarjetas de crédito y la imposibilidad de utilizar servicios financieros o plataformas vinculadas a empresas con sede en Estados Unidos.

“No puedo ordenar una comida, no puedo tomar un taxi Uber, no puedo enviar dinero a mi país”, relató. Ibáñez Carranza explicó que transfería mensualmente fondos a Perú para el mantenimiento de su vivienda y el pago de servicios básicos, pero que una operación vía Western Union quedó retenida sin explicación. Las sanciones, además, se extienden indirectamente a familiares y personas que intentan asistir a los magistrados afectados. En su caso, su hija vio cancelada una visa sin fundamentos explícitos.

El alcance extraterritorial de las medidas generó tensiones incluso en Europa. Bancos con sede en Países Bajos restringieron inicialmente operaciones de los jueces sancionados, lo que derivó en gestiones ante autoridades holandesas para garantizar el funcionamiento básico de cuentas en euros. “La pregunta era si Europa es realmente un espacio seguro o si sus bancos están subordinados a la política estadounidense”, sostuvo la magistrada.

Ibáñez Carranza acumuló más de 35 años de trayectoria como fiscal en Perú antes de llegar a la CPI, incluyendo causas emblemáticas como la investigación contra Abimael Guzmán, exlíder de Sendero Luminoso, condenado a cadena perpetua en 2005. Desde esa experiencia, afirmó que las sanciones buscan intimidar, pero no condicionarán sus decisiones: “Frente a unos hechos y una evidencia, lo único que puedo aplicar es el derecho y mi conciencia”.

Repercusiones políticas y debate sobre el futuro de la CPI

El conflicto se inscribe en un escenario de presión creciente sobre la Corte Penal Internacional. Además de las sanciones estadounidenses, algunos jueces enfrentan órdenes de arresto emitidas por Rusia, en represalia por decisiones judiciales vinculadas al conflicto en Ucrania. En paralelo, varios Estados se negaron a ejecutar órdenes de arresto de la CPI, y parlamentos nacionales, como el de Venezuela, debatieron proyectos para retirarse del Estatuto de Roma.

Para la magistrada peruana, el objetivo de fondo es debilitar el sistema de justicia internacional y desalentar investigaciones sobre crímenes atroces. “El ataque no es solo contra los jueces, es contra las víctimas”, sostuvo. Recordó que el principio de complementariedad del Estatuto de Roma establece que la CPI actúa solo cuando los Estados no investigan o juzgan adecuadamente, y que la Corte no persigue países sino hechos y responsabilidades individuales.

Lejos de paralizar su actividad, Ibáñez Carranza aseguró que la CPI continuó dictando sentencias relevantes y celebrando audiencias, incluso después de las sanciones. Mencionó decisiones en casos de la República Centroafricana, Sudán y Filipinas. Según su evaluación, las presiones externas produjeron un efecto inverso al buscado: mayor cohesión interna entre los jueces y fiscales del tribunal.

En términos políticos, el episodio plantea interrogantes sobre la gobernanza global, el respeto a la independencia judicial y el equilibrio entre soberanía estatal y justicia internacional. La jueza advirtió que la respuesta de la Unión Europea será clave: no solo en declaraciones de respaldo, sino en medidas prácticas que garanticen condiciones operativas mínimas para el funcionamiento de la Corte.

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Estados Unidos admitió que la retirada de Afganistán fue “un fracaso estratégico”

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El jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, general Mark Milley, reconoció hoy ante el Senado que la retirada de Afganistán fue un “fracaso estratégico” al que se llegó no por la gestión de 20 días sino por los “efectos de veinte años” de guerra.

“Ha habido cuatro presidentes, veinte comandantes, siete u ocho jefes del Estado Mayor Conjunto, docenas de secretarios de Defensa y resultados como éste no están determinados por los últimos cinco o veinte días, o por el último año”, evaluó Milley en su comparecencia ante el Comité de Servicios Armados del Senado.

“Fue un fracaso estratégico y no hay otra forma de describirlo, pero es resultado de una acumulación de hechos durante veinte años, no de 20 días”, insistió.

Agregó que “hay una gran cantidad de lecciones estratégicas, operativas y tácticas que deben aprenderse”,

El general reveló que ya a finales de 2020 le advirtió tanto al expresidente Donald Trump como al actual, Joe Biden, que llevar a cabo “una retirada acelerada” podría “poner en riesgo” los logros cosechados en Afganistán y causar un “daño” a la credibilidad mundial de Estados Unidos.

Milley hizo su exposición junto al resto de los principales responsables jerárquicos del Pentágono, el secretario de Defensa, Lloyd Austin y el general del Comando Central, Frank McKenzie, para responder por primera vez a las preguntas del Congreso después de la caótica salida de Afganistán.

Para Miley “queda por ver si los talibanes pueden o no consolidar el poder o si el país se fracturará en una nueva guerra civil”, pero “debemos continuar protegiendo al pueblo estadounidense de los ataques terroristas que emanan de Afganistán”.

“Una red A -Qaeda o un grupo Estado Islámico reconstituido con aspiraciones de atacar a Estados Unidos es una posibilidad muy real”, advirtió a los senadores, según reporte de las agencias de noticias Europa Press y AFP.

Austin admitió también que la retirada “no fue perfecta”, pero ponderó que se trató del “puente aéreo más grande llevado a cabo en la historia de Estados Unidos y se hizo en 17 días”.

“Sacamos a tanta gente tan rápidamente de Kabul que nos encontramos con problemas de capacidad y gestión en otras bases fuera de Afganistán”, analizó.

El secretario de Defensa remarcó que mientras desde el Pentágono se estimaba que entre 70.000 y 80.000 personas podrían haber sido evacuadas desde el aeropuerto Hamid Karzai de Kabul, finalmente el Ejército pudo sacar del país a más de 124.000 personas, unas 7.000 al día, en aviones que en ocasiones lograban despegar “cada 45 minutos”.

Recordó luego que el colapso del Gobierno afgano “tomó a todos por sorpresa” y responsabilizado directamente al exmandatario Ashraf Ghani, así como a la “profunda corrupción” y al “deficiente liderazgo” del resto de las altas autoridades.

“Ayudamos a construir un estado, pero no pudimos forjar una nación”, resumió el jefe del Pentágono, quien lamentó que las tropas afganas, tras ser entrenadas, se “desvaneciesen”, sin siquiera disparar “un solo tiro”.

“No había ninguna evaluación de Inteligencia que previera el derrumbamiento de gobierno y ejército en once días”, indicó.

Por su parte, el comandante McKenzie volvió a asumir toda la responsabilidad del ataque que a finales de agosto costó la vida de once civiles inocentes, entre ellos siete niños, cuando un avión no tripulado del Ejército de Estados Unidos bombardeó un complejo residencial de Kabul donde creía que se encontraba un integrante del Estado Islámico Provincia de Jorasán (ISKP).

“No estaba bajo presión y nadie bajo mi cadena de mando lo estaba. Actuamos basándonos en la lectura de los informes y de las investigaciones, pero esta vez, trágicamente, nos equivocamos”, concluyó.

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¿Qué queda en Afganistán?

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Por Thomas Gibbons-Neff
. El final de la guerra más larga de Estados Unidos no fue muy ceremonioso: la basura volaba por la única pista de aterrizaje del aeropuerto de Kabul, los afganos estaban afuera de las puertas de embarque con la vana esperanza de poder ser evacuados del país y los talibanes lanzaban disparos de triunfo hacia el firmamento nocturno.

En sus últimos días, dos marines estadounidenses se despedían con un apretón de manos de los combatientes talibanes en medio del tenue resplandor de la terminal de vuelos nacionales. Había filas de personas hambrientas y deshidratadas que serían evacuadas en aeroplanos grises con rumbo a futuros inciertos. La dirigencia de los talibanes era la que dictaba las condiciones mientras una generación de afganos experimentaba el final de 20 años de una suerte de esperanza generalizada.

Por todo Estados Unidos hay pasos a desnivel y bancas en parques que han sido bautizadas en honor a las personas fallecidas en la guerra.

El final, al menos para los estadounidenses y sus aliados occidentales, llegó un lunes, después de que —en las últimas horas de una guerra perdida— los miles de soldados estadounidenses que defendían el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai salieron en enormes aviones de transporte, uno tras otro, hasta que ya no quedó ninguno.

A diferencia del legado de los soviéticos que fueron derrotados antes que ellos, el de los estadounidenses no fue un entorno plagado de restos de vehículos blindados destrozados. Más bien, dejaron todas las armas y el equipo necesarios para abastecer a los talibanes, los vencedores, durante los próximos años, el resultado de dos décadas y 83.000 millones de dólares gastados en entrenamiento y equipamiento para el ejército afgano y las fuerzas policiales que se desmoronaron frente a un mal liderazgo y un respaldo estadounidense cada vez más escaso.

Viejos tanques soviéticos que fueron abandonados en los terrenos de Bala Hissar, a las afueras de Kunduz.
Viejos tanques soviéticos que fueron abandonados en los terrenos de Bala Hissar, a las afueras de Kunduz.Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

Una vez más, Afganistán concluye un ciclo que ha definido en repetidas ocasiones los últimos 40 años de violencia y conmoción: por quinta vez desde la invasión soviética de 1979, ha fracasado un mandato y ha surgido otro. Lo que ha venido después de cada una de esas conclusiones ha sido venganza, ajuste de cuentas y, con el tiempo, otro ciclo de guerra y caos.

Ahora les toca a los talibanes decidir si van a perpetuar el ciclo de venganza, como lo hicieron en 1996 al arrebatarle el poder a un grupo de caudillos en conflicto, o si en verdad emprenderán el nuevo rumbo que sus dirigentes han prometido en los últimos días: uno de tolerancia y reconciliación.

Han pasado casi 20 años desde que Osama bin Laden y Al Qaeda ejecutaron los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y el presidente George W. Bush anunció que su país invadiría Afganistán como la primera acción de una guerra mundial contra el terrorismo. Ahora, Estados Unidos tiene que definir su relación con los mismos gobernantes islamistas que derrocó en 2001 —una vez más, una cuestión de venganza o tolerancia— y tratar de evitar el resurgimiento de cualquier amenaza terrorista internacional que provenga de Afganistán.

Ahora son menos probables los ataques aéreos en las zonas rurales afganas que convierten a las personas fallecidas en simples puntos de los gráficos de barras de los informes de Naciones Unidas que casi nadie lee. No habrán más bombas enterradas, de manera presurosa, a orillas de la carretera al caer la noche, y que podrían explotar al paso de un vehículo gubernamental o un minibús lleno de familias.

Lo que hay es una angustia generalizada sobre la verdadera naturaleza del régimen talibán ahora que los estadounidenses se han marchado de verdad. Además, existe el temor de que el caótico y precipitado colapso del gobierno durante el avance de los talibanes deje una economía irreparable, hambruna y muchas ruinas.

El conflicto de Estados Unidos en Afganistán fue una guerra larga con un final apresurado, o eso pareció. Pero los planes de la retirada se prepararon hace más de 18 meses, cuando el gobierno de Donald Trump firmó un acuerdo con los talibanes para retirarse del país antes del 1 de mayo de 2021. A cambio, los talibanes acordaron dejar de atacar a los estadounidenses, suspender los ataques en los que hubiera un gran número de víctimas en ciudades afganas y evitar que Al Qaeda y otros grupos terroristas hallaran refugio en su territorio.

La influencia de los talibanes, adquirida tras años de luchar contra el ejército más desarrollado del mundo, se multiplicó cuando tomaron el control de retenes y puestos de avanzada más remotos, seguidos de distritos y aldeas rurales y luego, las carreteras que los conectaban. Para inicios de este año, los talibanes se habían apostado cerca de varias ciudades clave, al tiempo que el recién inaugurado gobierno de Joe Biden analizaba si se debía respetar el acuerdo de retirada que fue firmado por Trump.

En abril, para cuando el presidente Joe Biden y la OTAN anunciaron el retiro de Estados Unidos y de las fuerzas de la coalición antes del 11 de septiembre, los talibanes ya estaban tomando un distrito tras otro. Las fuerzas de seguridad afganas se estaban rindiendo o estaban siendo diezmadas de manera masiva. Pese al poderío aéreo de Estados Unidos y un ejército afgano que, según Biden y otros altos funcionarios, tenía casi 300.000 soldados, las capitales de provincia pronto fueron sitiadas. Pero, de acuerdo con las autoridades estadounidenses, en los días finales, las fuerzas de seguridad afganas solo contaban con una sexta parte de eso.

Más que pelear, los soldados afganos huían, pero quienes murieron enfrentando al enemigo, lo hicieron por una causa en la que, al parecer, ni siquiera sus líderes creían.

Incluso antes del anuncio de Biden y el acuerdo de Trump con los talibanes, Estados Unidos había empezado a retirarse desde diciembre de 2009, cuando el presidente Barack Obama anunció tanto un aumento de decenas de miles de tropas como su salida para 2014.

Desde entonces, los afganos y los aliados de Estados Unidos han experimentado distintas etapas de alarma y dudas, mientras intentan asegurar su futuro y sus intereses comerciales. Esta incertidumbre reforzó la corrupción endémica que Occidente denunció, pero que continuó impulsando con miles de millones de dólares con la esperanza de que algo pudiera cambiar en el país.

Ahora, al final, los políticos y empresarios afganos y la élite que se alimentaba de las arcas de la guerra han huido en gran medida. Los últimos aviones militares estadounidenses partieron, dejando atrás a unos 100.000 afganos elegibles para el reasentamiento en los Estados Unidos por su trabajo con el gobierno estadounidense.

La evacuación, que comenzó en julio como una reubicación ordenada y modesta de unos pocos miles de afganos, se convirtió en un éxodo apocalíptico cuando Kabul colapsó el 15 de agosto. Cientos, luego miles, se reunieron en las puertas del aeropuerto; la gente abandonó sus coches; y las fuerzas estadounidenses observaron con cámaras infrarrojas cómo la gente invadía sus defensas, no con tanques o explosivos, sino como una gran masa de personas.

Luego, los estadounidenses y los talibanes trabajaron juntos para despejar el aeropuerto y establecer un perímetro después de que varios afganos frenéticos cayeran desde los aviones de transporte y se escuchara el ruido sordo de los helicópteros que evacuaron la Embajada de Estados Unidos, una de las misiones diplomáticas más grandes del mundo. La evacuación se vio plagada de escenas que evocaban las de otra guerra estadounidense cuando Saigón cayó y los helicópteros fueron empujados desde los barcos hacia el mar.

“Tenemos una relación mutuamente beneficiosa con los talibanes”, dijo un soldado de manera irónica este mes, mientras estaba apostado frente al mar de personas con carteles, documentos y pasaportes en la oscuridad de la noche. La única iluminación provenía de las linternas de los rifles que sostenían los soldados estadounidenses que gritaban para que dejaran de empujar y retrocedieran. Una persona quedó atrapada entre el alambre de púas y sus familiares aterrados la sacaron, mientras se colocaban más barreras de acero.

Hace un año, o diez, o quince, los talibanes eran sombras detrás de una fila de árboles cercanos, eran los fantasmas ocultos que abrían la tierra frente a los soldados de Estados Unidos, de la OTAN y de Afganistán para entrar a un infierno atestado de minas. Cada paso planteaba el problema de qué hacer si de pronto un amigo que estaba enfrente explotaba en dos: el torniquete va aquí, el tipo de sangre es O positivo.

Sin embargo, en las últimas horas de la guerra estadounidense, los talibanes se materializaron en toda su expresión: justo en la carretera o al otro lado de la reja de la capital del país. De pronto estaban por todas partes, con sus banderas blancas con negro ondeando en torno a las posiciones estadounidenses, para controlar a la multitud y dejar que Estados Unidos terminara la guerra… pero no bajo sus condiciones.

Durante las últimas semanas de la guerra, las fuerzas estadounidenses no estaban patrullando o realizando operaciones de contrainsurgencia, ni construyendo refugios o trabajando en la construcción de la nación afgana. No hicieron redadas en los escondites de armas de los talibanes ni en las fábricas de bombas porque los fabricantes y sus comandantes ahora controlaban la ciudad.

En cambio, los jóvenes soldados e infantes de marina encontraron formas de ayudar a quienes tenían la suerte de llegar a las puertas del aeropuerto. Los llevaron hacia lo que muchos afganos creían que sería una vida mejor. A veces, esas personas no tenían los documentos adecuados, por lo que fueron rechazados.

Más allá del trauma de tener que dar ese rechazo y enfrentar esas escenas de desesperación, los estadounidenses enfrentarían una vez más la pérdida de camaradas en Afganistán durante esas horas finales: 13 militares estadounidenses fueron asesinados por un ataque terrorista del Estado Islámico el jueves cuando intentaban organizar a una multitud de afganos para que mostraran sus documentos. Casi 200 afganos murieron en el mismo incidente, en una devastadora carnicería bélica.

En Catar, Kuwait, Alemania y Estados Unidos, decenas de miles de afganos esperan en centros de procesamiento, fuera del alcance del gobierno de los talibanes, pero sin saber cuándo o cómo llegarán a Estados Unidos.

En Estados Unidos, los historiadores y analistas estudiarán las soluciones fallidas, las estrategias equivocadas y los argumentos de los generales que aseguraron la victoria a pesar de que en sesiones informativas extraoficiales y reuniones confidenciales reconocieron que Estados Unidos estaba perdiendo la guerra. Quizás el pueblo estadounidense exigirá rendición de cuentas por las miles de vidas y los billones de dólares gastados, solo para que los talibanes vuelvan a tener el control, más poderosos de lo que eran hace 20 años.

O tal vez no les importe, y seguirán adelante en Estados Unidos, un país que seguirá siendo profundamente moldeado, política, económica y personalmente, por la guerra, aunque eso no sea evidente a simple vista.

En cuanto a los que se quedaron en Afganistán, un país de 38 millones menos los miles que han huido o muerto en las últimas semanas, todo lo que pueden hacer es mirar hacia adelante, preguntarse a sí mismos y a todos los que quieran escuchar: ¿Qué viene ahora?

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Estados Unidos completó su salida de Afganistán y, sin victoria, puso fin a su guerra más larga

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El último soldado norteamericano salió hoy de Afganistán, un día antes de lo anunciado, dejando el país en manos de los talibanes tras la guerra más larga en la historia de Estados Unidos, que acabó en una humillante derrota para la primera potencia mundial y sus aliados occidentales. 

“El último avión C-17 despegó del aeropuerto de Kabul el 30 de agosto” a las 19H29 GMT, declaró el general Kenneth McKenzie en una conferencia de prensa.

“Aunque se completó la evacuación militar, continúa la misión diplomática para asegurar más ciudadanos estadounidenses y afganos elegibles que quieran irse”, agregó el jefe del Comando Central de Estados Unidos a cargo de Afganistán.

El militar, citado por las agencias de noticias AFP y ANSA, dijo que “desde el 14 de agosto, durante un período de 18 días, aviones de Estados Unidos y sus aliados han evacuado a más de 123.000 civiles del Aeropuerto Internacional Hami Karzai”.

“El retiro de esta noche significa tanto el final de la evacuación del material militar como el fin de casi 20 años de misión iniciada en Afganistán poco después del 11 de septiembre”, agregó Kenneth McKenzie, quien ponderó que se trató de “una misión que entregó a la Justicia a Osama Ben Laden junto con muchos co-conspiradores de al-Qaeda”.

Evaluó que el costo de la operación “fue de 2.461 militares y civiles norteamericanos muertos y más de 20.000 heridos, incluyendo desafortunadamente los 13 marines fallecidos la semana pasada en un atentado suicida”.

Pero no todos los civiles estadounidenses lograron abandonar el país junto con la retirada militar. El secretario de Estado Antony Blinken informó hoy ante la prensa que quedó “un pequeño número de norteamericanos, menos de 200 y más cerca de 100, que siguen en Afganistán y quieren irse”, según la cadena de noticias CNN.

Al respecto, agregó que está discutiendo con sus aliados para “facilitar la salida segura de Afganistán, incluso reabriendo el aeropuerto civil en Kabul lo antes posible”, un objetivo que requerirá un diálogo con los talibanes.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció hoy que mañana hablará a la nación sobre el tema.

“Mañana (martes) por la tarde, me dirigiré al pueblo estadounidense sobre mi decisión de no extender nuestra presencia en Afganistán más allá del 31 de agosto”, dijo Biden en un comunicado, poco después de que el Pentágono anunciara que el último avión militar estadounidense había salido de Kabul.

McKenzie dijo que el embajador de Estados Unidos en Afganistán, Ross Wilson, y el comandante de las fuerzas militares norteamericanas en suelo afgano, el general Chris Donahue, fueron los últimos en partir de Kabul.

“Los equipos del Departamento de Estado y de Defensa fueron, de hecho, las últimas personas en subirse al avión”, indicó.

El último vuelo se llevó a cabo bajo fuertes medidas de seguridad luego de dos ataques contra la operación de evacuación reivindicados por el grupo yihadista Estado Islámico-Khorasan, uno de ellos un atentado suicida que dejó más de 100 muertos, incluidos 13 militares estadounidenses.

El Pentágono admitió que no pudo evacuar a tantas personas como hubiera querido antes de la salida de sus últimas tropas.

“No evacuamos a todos los que queríamos evacuar”, apuntó McKenzie, quien refirió que las evacuaciones se completaron “unas 12 horas” antes de la retirada final, pero que las fuerzas estadounidenses en el terreno estuvieron listas para sacar del país a cualquiera que pudiera haber llegado al aeropuerto “hasta el último minuto”.

El militar dijo que los talibanes habían colaborado en la ejecución del traslado, a pesar de la profunda enemistad entre ambas partes.

“Aunque se completó la evacuación militar, continúa la misión diplomática para asegurar más ciudadanos estadounidenses y afganos elegibles que quieran irse”, aclaró.

Desde el 14 de agosto, aviones de Estados Unidos y sus aliados han evacuado por vía aérea a más de 123.000 civiles, según el Pentágono.

La partida estadounidense fue festejada con disparos en la capital Kabul, reportaron testigos.

Las tropas estadounidenses lideraron una coalición de la OTAN para expulsar a los talibanes del poder después de los ataques del 11 de septiembre de 2001 a Estados Unidos por parte de la red al-Qaeda, que tenía su base en Afganistán y estaba protegida por los talibanes.

Biden, muy criticado en su país y buena parte de mundo por la retirada estadounidense, descartó días atrás reconocer a corto plazo al nuevo régimen islamista.

Taliban spokesman Zabihullah Mujahid (C, with shawl) speaks to the media at the airport in Kabul on August 31, 2021. – The Taliban joyously fired guns into the air and offered words of reconciliation on August 31, as they celebrated defeating the United States and returning to power after two decades of war that devastated Afghanistan. (Photo by WAKIL KOHSAR / AFP)
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El fracaso imperial en Afganistán: un nuevo hito histórico que marca el cambio de época

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La historia muestra evidencias muy fuertes de lo difícil que ha sido conquistar Afganistán, a lo largo de los siglos. Y sus complejidades culturales son difíciles de entender, si se parte de pautas convencionales en Europa, EEUU o países afines. Esas complejidades, transformadas en distorsiones, las trasmiten los grandes medios que manejan casi excluyentemente las noticias. Así fue como pasaron casi desapercibidos los 20 años de intervención armada “occidental” en ese país.

Ese territorio, en buena parte muy escabroso, con un mosaico de población de tipo tribal o de clanes o de etnias y culturas diferentes, usualmente es poco o nada comprendido por parte de la mentalidad “occidental”, muy teñida de pautas anglosajonas y del oeste de Europa.

Se ubica en una de las encrucijadas de los movimientos económicos y militares que se desplazaron en el Asia profunda y en el nutrido intercambio de Asia y Europa, estando en la histórica Ruta de la Seda de China, por lo que fue vía de paso y de apetencias de conquistas. Supo de las acciones de diversos conquistadores y grandes emperadores, como Tamerlán, Alejandro, los Sasánidas persas y muchos más, pasando por el dominio británico en el siglo XIX; luego los avatares de las dos guerras mundiales, la intervención militar de la Unión Soviética, y por último, la intervención militar de EEUU y sus aliados de la OTAN. El tema es de magnitud enciclopédica.

Pero desde lo geopolítico, esta inapelable derrota de EEUU marca un punto de quiebre, tal vez definitivo, de la ya muy resquebrajada era del poder económico, político y militar omnímodo y excluyente de los anglos de América.

La breve vigencia del ya superado Mundo Unipolar, dio paso al actual Mundo Multipolar, desde aproximadamente el cambio de milenio, pareciéndose cada vez más a un resurgir de la Guerra Fría, pero con un contexto muy diferente.
Varios analistas mencionan la vuelta del bipolarismo, aquel pretérito con los dos poderosos contendientes: EEUU y la URSS; hoy mutado en los bloques contrapuestos de Atlantistas (EEUU, UE, Japón y otros); y Continentalistas (China, Rusia, Irán y aliados).

Incluso El Papa y algunos otros mencionan con preocupación la escalada de enfrentamientos a los que llaman La Tercera Guerra Mundial en cuotas, muy marcada por la sucesión de intervencionismos de los anglosajones.
La contundente debacle total de EEUU fue la segunda de su belicista historia, plagada de agresiones, intervenciones armadas directas y encubiertas, y guerras convencionales.

Pero a diferencia de la primera, en la cual fueron expulsados sin atenuantes de Vietnam, en 1975, en la actualidad los síntomas de deterioro del poder excluyente que detentaba antes, ahora son muchos e indisimulables.

Solo 15 años después del colapso militar de Vietnam, con la debacle de la ex Unión Soviética, el mega poder mundial dejó de ser compartido, comenzando el Mundo Unipolar, lo que significó que la derrota de Vietnam no afectó en lo esencial el poderío imperial de EEUU.

Fue lo que Francis Fukuyama calificó como “El Fin de la Historia”, o la supuesta era del poder omnímodo sin fin de los anglosajones y el mega poder neoliberal. Épocas de sucesivas intervenciones armadas directas, que en varios casos significaron el desguace o la destrucción generalizada de los Estados agredidos, siempre bajo sucesivas excusas de “portar armas de destrucción masiva” (nunca halladas), “defender la democracia” (instalando el caos o gobiernos dóciles) o “cuidar los derechos humanos” (a los bombazos).

Entonces, después de la catástrofe bélica de Vietnam, el “honor” de los anglosajones y de los europeístas fue “reivindicado” agrediendo Yugoeslavia, Iraq, Libia, Grenada, Panamá, y operaciones con menos prensa en la sufrida África Subsahariana.

Casi medio siglo después, al soportar la segunda gran debacle bélica, el contexto que enfrenta EEUU es bastante diferente.

Su presupuesto bélico es abrumadoramente superior al de las demás naciones…pero…China y Rusia parecen estar invirtiendo en forma más eficiente, o al menos parecería que no tienen las poderosas presiones internas del complejo industrial militar, básicamente privado, ávido de ganancias, que en varios casos parece haberse embarcado en proyectos muy costosos y no siempre de eficiencia acorde a sus astronómicos costos.

Ante esa nueva realidad, tanto China como Rusia evidenciaron “marcar la cancha” con claras líneas rojas, que seria riesgoso que alguien intentara trasgredir.

De esa forma, el Mar de China dejó de ser un “área de paseo” para las flotas de EEUU y la OTAN. Lo propio en las cercanías de las fronteras del “Oso Ruso”, donde se juegan peligrosos minués de amenazas y retrocesos entre la OTAN y Rusia y sus aliados o afines cercanos, como Bielorrusia, las regiones del este de Ucrania y Armenia; y también el Mar Negro, que no es por cierto la mera continuación del “mare nostrum” de la OTAN. La Rusia de Putin ya no es el gigante en desguace que era con Yeltsin, y el fuerte apoyo prestado a Siria impidió que Los Atlantistas la transformen en tierra arrasada, lo que si se consumaba, tenía a El Líbano en el siguiente turno para “ser atendido”.

A su modo, Irán, también marca soberanía y apoya a Siria, no doblegándose ante el intervencionismo atlantista, que se evidencia en forma constante.

En ese complejo contexto, y pese a sucesivas amenazas de intervenciones armadas “por la democracia”, EEUU y sus socios “sacaron músculos” pero no consumaron agresiones directas contra Corea Del Norte, Venezuela, Nicaragua y Cuba. Claro que Corea Del Norte limita con China; mientras Rusia envió buques de la marina y bombarderos estratégicos, en misiones de “buena voluntad” a Venezuela y Nicaragua, demostrando que no solo equipó a la Fuerza Armada Bolivariana, sino que la apoya en concreto.

Definiendo posturas, China se manifestó contra el bloqueo de Cuba, dijo que Latinoamérica no es patio trasero de nadie, y convalidó los reclamos argentinos respecto a Malvinas.

A la vez, el supuesto “patio trasero” no está quieto ni en estado de total complacencia con “el gran país del norte”.
Entre Méjico y Argentina se logró rescatar a Evo Morales y sus colaboradores cercanos, lo cual posibilitó la salida abrupta de los usurpadores del poder en Bolivia. En Argentina, pese a la abundante “ayuda” crediticia provista por EEUU y el FMI como su operador financiero, el neoliberalismo fue sacado del poder en forma inobjetable. En Perú, en forma compleja por la virtual paridad electoral, el neoliberalismo fue derrotado electoralmente. En Chile y Colombia, con violentas represiones, se lograron sofocar ¿temporalmente? amplias manifestaciones populares anti oligárquicas. Y en Brasil, los poderes concentrados corporizados en Bolsonaro, parecen tener creciente oposición. Claro que Ecuador, Paraguay y Uruguay, son alineados al ultra conservadurismo afín al neoliberalismo. Y Las Guayanas quedan como remanentes del colonialismo europeo, dos de ellas independientes pero muy vinculadas en lo cultural con sus viejas metrópolis, y una como anacrónico enclave colonial.

Argentina en particular, rubricó sendos acuerdos estratégicos con China y Rusia, concretándose algunas de las muchas iniciativas ofrecidas por ambas potencias, en rubros de infraestructura. Y quedan además pendientes las concretas ofertas de material de defensa, que tanto necesitamos. No es casual que, según trascendidos, un reciente enviado de Biden, haya sugerido las “inconveniencias” para nuestro país, de avanzar en esos acuerdos de grandes obras y equipamiento bélico, con las dos grandes Potencias Continentalistas. Indignante injerencia de EEUU en nuestro país, con el FMI como ariete, ante el intencional desastre financiero provocado por el neoliberalismo encarnado en el macrismo.

Como contexto general, mucho antes de las previsiones de analistas afines al neoliberalismo, China está superando el poderío económico de EEUU; mientras que la vieja Europa no parece alinearse dócilmente con EEUU contra el vecino ruso, de cuyo gas depende en forma creciente, y cuya buena vecindad parecería ser sensatamente conveniente tanto para el mosaico de naciones liderado por Alemania y Francia, como para el gigante territorial y estratégico ruso. Solo el Reino Unido parece totalmente alineado con los dictados de sus “primos” del otro lado del mar.

En ese muy complejo escenario geopolítico mundial, sin perjuicio de la lógica de intentar mantener buenas relaciones diplomáticas con todos los sectores, acorde a la tradición diplomática argentina, es necesario recordar que mientras EEUU reflota la agresiva Doctrina Monroe, China y Rusia nos ofrecen acuerdos interesantes, que no tendrían los condicionamientos incluso lesivos a la soberanía, que parece querer imponernos la potencia imperial en declive.

Como a EEUU se le escurre rápidamente –en términos históricos- el poder en otras regiones, es previsible que quiera acentuar sus presiones en Íbero América y El Caribe.

También debe tenerse presente que solo EEUU, el Reino Unido e Israel, votan contra Argentina en el sensible tema de Malvinas…del cual su proyección es La Antártida, y las sutiles amenazas a La Patagonia, por medio de nada inocentes ONGs, manipuladas desde Gran Bretaña, con las “progresías” de “viudos del marxismo” y otros supuestos “anti sistema” como marionetas dóciles a su servicio.

Nada de todo eso, tan complejo y elemental a la vez, parece ser comprendido por los muy colonizados mentales patrioteros de bandera, formateados como dóciles lacayos de los dictados imperiales atlantistas.

Curiosamente, o no tanto, las muy agresivas y entusiastas “progresías”, que por lo general dicen ser “anti sistema”, siguen al pie de la letra, los dictados de ONGs anglosajonas, que les dictan agendas en temas muy controversiales (indigenismo, ecologismo ultra, doctrinas de “género” y similares, y otras), que terminan siendo funcionales a los objetivos imperiales de crear y profundizar conflictos internos, para debilitarnos y eventualmente, para sumirnos en el caos que nos balcanice.

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