CARTA DOMINICAL

“Sacar el cuero” nos degrada

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 8° domingo durante el año [27 de febrero de 2022]

El texto del Evangelio de este domingo (Lc 6, 39-45) señala varias enseñanzas, entre ellas, la misericordia y la bondad para juzgar al prójimo, así como la necesidad de realizar con caridad toda corrección fraterna. El texto dice: «¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? […]¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano».

Este texto es muy concreto y tiene mucho contenido para aplicarlo en la vida cotidiana. Si miramos en nuestros ambientes es sorprendente percibir cómo aquello que prima es el chisme, la difamación y la calumnia. Lamentablemente, lo habitual es, muchas veces, «sacar el cuero» al otro provocando, en ocasiones, daños irreparables. En muchas oportunidades hemos reflexionado sobre la necesidad de insertar el evangelio en la vida cotidiana. Para vivir la santidad no es necesario hacer cosas extraordinarias y llamativas. He aquí un pedido concreto en el evangelio de este domingo: ser más misericordiosos y justos en el juicio al otro y ser capaces y veraces para realizar un auténtico examen de conciencia. La corrección fraterna hecha con verdad y caridad es un instrumento muy importante que nos propone el evangelio y que, bien hecha, puede sanar y mejorar los ambientes, tanto familiares como sociales.

Considero indispensable que, en nuestro tiempo, donde hay tantos malos ejemplos, también podamos resaltar que hay muchísimos hombres y mujeres, educadores, amas de casa, periodistas, políticos, consagrados, sacerdotes, etc., que son verdadero testimonio de santidad sin necesidad de hacer cosas que llaman la atención.

Desde un estilo de vida comprometido con la realidad, logran ser fecundos y construyen desde la santidad en lo cotidiano. Es cierto que estos modelos de santidad -los de la vida cotidiana- seguramente no sirven a ciertos medios de comunicación que siempre buscan rating desde el sensacionalismo. Pero también hay que subrayar que si el sensacionalismo, la difamación o la calumnia, venden, es porque hay muchos que lo consumen.

Dañar a otro en el juicio «sacando el cuero», con la difamación o la calumnia, forman parte de la «inteligencia del mal» que busca convencernos de que es imposible creer que podemos estar mejor e intenta dejarnos sin esperanza. Esta postura es fatal porque lleva a cruzarnos de brazos o, peor aún, a bajarlos, renunciando a todo tipo de ideal. Los cristianos tenemos la certeza de que, a pesar de todo, la vida triunfa sobre la muerte. Y esto nos anima a trabajar para mejorar nosotros mismos y mejorar nuestro mundo.

En este domingo el texto del Evangelio nos pide que antes de juzgar al otro nos miremos a nosotros mismos. Y que, si consideramos que el otro está errado o pecando, tengamos un juicio y una corrección misericordiosa. «Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

Así como la comunión de bienes y la solidaridad son una forma concreta del amor cristiano, desde ya que, el corregir bien y fraternalmente, también lo es.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Volver a Jesús

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 4a domingo de Adviento [19 de diciembre de 2021]

Estamos próximos a celebrar la Nochebuena. El gozo del nacimiento de Jesús, el Dios con nosotros. En este domingo vamos terminando el tiempo del adviento, la espera y la expectativa de los contemporáneos de Jesús por la llegada del Mesías. El texto del Evangelio (Lc 1,39-45), nos propone «la Visitación» en la que Isabel se llena de gozo por la visita de María embarazada: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!»

Sabemos que vamos transitando caminos exigentes. En nuestra vida cotidiana nos encontramos con muchas circunstancias complejas, inquietudes, que no nos dejan discernir aquello que es importante. La Navidad, el nacimiento de Jesús en el pesebre, del Dios hecho hombre, nos permite comprender el lenguaje de Dios y ubicarnos en aquello que es central para responder mejor a tantas urgencias que nos agobian.

En reflexiones anteriores subrayamos la necesidad de evaluarnos, o bien de realizar un examen de conciencia, hecho con humildad desde la verdad de nuestras vidas, también desde el respeto a la verdad en los otros, y como base para construir sólidamente en nuestra sociedad. Este examen de conciencia en el adviento tiene como efecto principal la posibilidad de volver a Dios, y ponerlo a Jesucristo en el centro de nuestras vidas. De alguna manera nos puede ayudar a que no seamos cristianos que vivimos con un pesebre sin el Niño Jesús.

La Navidad es una oportunidad que tenemos como cristianos y como discípulos, de volver a tenerlo a Jesucristo, el Señor, como Aquel a quien queremos seguir. Aparecida nos señala: «En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida. Hoy contemplamos a Jesucristo tal como nos lo transmiten los Evangelios para conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias» (DA 139).

Es cierto que muchos celebran la Navidad y se olvidan del nacimiento de Jesús vaciándola en su contenido central. Pero aún así debemos señalar que nuestra gente tiene una gran religiosidad, y la mayoría es cristiana. La Navidad es un tiempo oportuno para colocar a Jesucristo, el Señor en el centro de nuestras vidas y madurar la fe. En las capillas se multiplican los pesebres y las Misas navideñas. La fe necesita ser compartida, y requiere nuestro compromiso y búsqueda de comunión con otros hermanos que están en el mismo camino. El pesebre nos ayuda a convertirnos. Nos permite comprender aquello que necesitamos para ser amigos de Dios. Ante el pesebre descubrimos que para ingresar al camino que nos conduce a Dios debemos hacernos pequeños, y que la humildad es generadora de esperanza, en una sociedad excesivamente cargada de soberbia. Orando ante el pesebre comprendemos más profundamente la bienaventuranza: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos». (Mt 5,3)

Una de las dificultades para recuperar la centralidad de Jesucristo, es el creciente subjetivismo e individualismo de la fe. Cuando nos pasa esto es porque fuimos acomodando la fe a nuestro parecer, afectos y criterios. Es una tendencia muy fuerte el adecuar la Palabra de Dios a lo que nos parece, porque su propuesta es exigente, pero siempre es el camino que nos lleva a la verdadera felicidad.

Al finalizar esta reflexión, próxima a la Navidad, no quiero dejar de tener especialmente presente a aquellos que padecen alguna forma de sufrimiento, a los que están presos, a los que padecen alguna enfermedad, o a aquellos que en la Nochebuena estarán en alguna sala de hospital, a los que están solos, a los que tienen poco para comer. El Señor los considera sus privilegiados y a ellos especialmente los invita a su mesa. Nosotros como cristianos también los queremos tener presentes en nuestro corazón y nuestra oración.

¡Feliz Navidad y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Construir sobre la Verdad

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 3° domingo de Adviento [12 de diciembre de 2021]

Los textos bíblicos de este tercer domingo de adviento (Lc 3, 2b-3.10-18) nos llaman a animarnos y a no perder la esperanza. La figura de San Juan Bautista, desde su austeridad profética, nos exhorta a convertirnos. El que es el profeta de la verdad, no dudó en denunciar a Herodes y en dar la vida por lo que creía. Solo podemos volver a Dios, cuando nos disponemos a construir «sobre roca» y no «sobre arena», es decir, desde las mentiras. Cuando con humildad somos capaces de revisarnos y evaluar cómo estamos construyendo, nos encaminamos a realizar un examen de conciencia y nos introducimos en el camino de reconciliación que nos permite volver a Dios.

El adviento, ubicado en el fin del año, es un tiempo apropiado para realizar un examen de conciencia. Si bien tiene una dimensión personal, el mismo no puede ser un acto individualista. Necesariamente tenemos que revisar cómo vivimos nuestros compromisos comunitarios y, si el llamado a la santidad, lo asumimos desde nuestra responsabilidad ciudadana construyendo una sociedad mejor.

En el documento «Navega mar adentro» de la Conferencia Episcopal Argentina, se subraya que: «El primer servicio de la Iglesia a los hombres es anunciar la verdad sobre Jesucristo… (La nueva evangelización), nos exige responder con todos los esfuerzos que sean necesarios para lograr la inculturación del Evangelio, que propone una verdad sobre el hombre, la cual implica un estilo de vida ciudadano comprometido en la construcción del bien común» (95).

En el número siguiente se señalan algunos aspectos que son indispensables para todo examen de conciencia y confesión bien hechos: «Una conversión es incompleta si falta la conciencia de las exigencias de la vida cotidiana y no se pone el esfuerzo de llevarlas a cabo. Esto implica una formación permanente de los cristianos, en virtud de su propia vocación, para que puedan adherir a este estilo de vida y emprender intensamente sus compromisos en el mundo, desarrollando las actitudes propias de ciudadanos responsables» (96).

Sabemos que nuestro tiempo padece una profunda crisis de valores, que en gran parte se da por no construir sobre la verdad, como denuncia este domingo San Juan Bautista. Convivimos con un fuerte relativismo cultural, donde el bien y el mal tienen igual valoración. Algunos sectores del poder pretenden imponer un llamado «cambio cultural» construido sobre este relativismo, donde algunos valores como la vida, la familia, la justicia y la pureza son ridiculizados. Las faltas de magnanimidad y de bien común en el horizonte de muchos de nuestros dirigentes sociales nos fueron sumergiendo en una sociedad pobre, humana y socialmente.

Aunque no hemos revertido este contexto difícil, podemos decir que en este tiempo de adviento seguimos, y con más entusiasmo, manteniendo la esperanza. Percibimos que, en nuestra sociedad, nuestro pueblo sencillo no ha perdido la sensatez o el sentido común, y mantiene un deseo profundo, de construir una sociedad que tenga presente algunos valores fundamentales. Creemos y tenemos esperanza, que el futuro no está solo en manos de unos pocos, sino que dependerá de nuestro compromiso ciudadano y nuestra participación responsable.

En este tiempo de adviento queremos volver a Dios. San Juan Bautista señala con humildad que él no era el Mesías que tenía que venir: «Viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias». En esta Navidad esperamos a Jesús, quien es el Señor de la Historia por su nacimiento. «Siendo la plenitud de la vida ha sido enviado a poner “su carpa” en medio de nuestras vidas pequeñas para hacerlas grandes y luminosas… El tiempo humano del nacimiento, del crecimiento, del trabajo humilde, de la vida familiar, ha sido visitado por la eternidad» (J.S.H. 9).

Nuestra esperanza alimentada en esta Navidad por el nacimiento de Jesús nos compromete a realizar un buen examen de conciencia y a trabajar activamente en ser constructores de una sociedad mejor.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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El valor de la pureza

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 2° domingo de Adviento [5 de diciembre de 2021]

Estamos caminando el tiempo del Adviento con el propósito de convertirnos y volver a Dios para celebrar bien la Navidad. En algunas reflexiones anteriores señalaba que para comprender el Reino que anuncia Jesucristo, el Señor, debemos entender el mensaje del «código de la cruz», es decir, el código de la pequeñez y de la humildad. En este tiempo nos preparamos para penetrar el misterio de Dios desde el pesebre de Belén. Dios se manifiesta en lo pequeño y desde ese ángulo podemos comprender más el misterio de Dios.

En este segundo domingo de Adviento el Evangelio (Lc 3,1-6), nos propone la figura de San Juan Bautista, el precursor del Señor. El texto nos dice de Juan: «como está escrito en el libro del profeta Isaías: “Una voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” […] Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios».

El domingo pasado en el inicio del Adviento reflexionaba sobre el contenido de la esperanza cristiana, y cómo la expresión bíblica y litúrgica «Ven Señor Jesús», no implica que nos quedemos en la pasividad; esto sería una espera alienante y la esperanza cristiana por el contrario nos exige comprometernos con el presente y evangelizar nuestra cultura y tiempo. Por esta razón el documento «Jesucristo Señor de la historia» nos decía: «Los creyentes encontramos en nuestra fe un nuevo motivo para trabajar en la edificación de un mundo más humano. La esperanza en un futuro más allá de la historia nos compromete mucho más con la suerte de esta historia. ¡Cómo deseamos que esta esperanza activa empape la conciencia y la conducta de cada uno de nuestros hermanos!» (JSH 16).

El 8 de diciembre celebraremos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, fecha tan querida por el pueblo de Dios. En relación a esa celebración, habitualmente he tratado de reflexionar sobre el valor de la pureza, especialmente ligada a nuestros jóvenes. Debemos reconocer que el contexto no los ayuda demasiado. Desde las propuestas consumistas que bombardean en las programaciones de los medios de comunicación, hasta problemas que no sólo no terminan de resolverse, sino, por el contrario, se multiplican gravemente como el problema de la droga y alcohol.

Sabemos que en algunos lugares han trabajado algunas formas legislativas para cuidar a nuestros jóvenes y cada tanto se encuentran algunos cargamentos de droga, pero somos conscientes que este «mundo de la droga» sigue creciendo. Nos preocupa que cuando tocamos especialmente este tema que mata humanamente a muchos de nuestros jóvenes, quedan muchos silencios.

La droga no es el único mal que padecen nuestros jóvenes, hay muchos otros males como el alcoholismo, la promoción de una sexualidad promiscua, incluso en planteos educativos… todo esto fruto de una visión humana materialista y sin ninguna dimensión de lo trascendente. Sabemos que el ambiente influye en gran medida en la voluntad y la libertad de aquellos que en la adolescencia empiezan a realizar sus primeras opciones fundamentales.

En este contexto tendremos que acentuar con más fuerza el valor de la pureza como clave para la vida de nuestros jóvenes y para todas las edades. Incluso cuando planteamos la educación sexual integral en nuestras escuelas, tendremos que esforzarnos por introducir un poco más el valor de la ecología humana, el respeto y cuidado de nuestra propia naturaleza humana, la corporeidad, la biología y la sexualidad, así como erradicar el machismo que siempre es un flagelo cultural. Hablar de la pureza de vida, como una opción fundamental parece ir a contrapelo del consumismo que, con tal de ganar plata, no tiene escrúpulos en destrozar a los niños y jóvenes y la misma dignidad humana. Debemos subrayar que los mismos padres y educadores, como primeros responsables de nuestros jóvenes, necesitan ahondar sobre el valor de la pureza. La pureza es un valor que va más allá de lo sexual. ¡Qué maravilloso y testimonial es ver la pureza de una anciana, que ha vivido tantas cosas, que ha luchado tanto, que es madre, abuela y su rostro refleja en medio de sus arrugas, la pureza de vida!

La esperanza cristiana, porque tiene a Dios como su meta y absoluto, nos compromete a trabajar activamente con nuestra historia. Los jóvenes son el presente y el futuro y por lo tanto todo lo que invirtamos en ellos será un signo de esperanza.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Cristo Rey

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo [21 de noviembre de 2021]

Con la celebración de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, culminamos el año litúrgico. Desde el próximo domingo empezaremos a prepararnos para celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús y lo haremos durante varias semanas en el llamado tiempo de Adviento.

Esta celebración de Cristo Rey puede confundir a varios, asociando esta denominación con el poder y la fastuosidad de los reyes de este mundo. En la época de Jesús tampoco entendieron demasiado qué tipo de reinado tenía Jesús y cómo era su Reino. Pilato en el Evangelio de este domingo (Jn 18,33b-37), expresa lo confundido que estaba sobre la realeza que tenía el Señor. «Pilato le dijo ¿Entonces tú eres Rey? Jesús respondió: tú lo dices. Yo soy Rey» (Jn 18,37). De todas maneras, el Señor explica a Pilato, algo que seguramente por su ceguera espiritual y su alejamiento de Dios no podía comprender: «Mi realeza no es de este mundo». (Jn 18,35)

Es cierto que en general la ceguera e incomprensión sobre el reinado de Jesús, es también una incomprensión sobre la misión de la Iglesia, es decir, de todos los bautizados. La imposibilidad de captar por dónde pasa el verdadero Reino, está ligada al alejamiento de Dios. Para percibirlo es necesaria una cierta mirada de fe. Es clave recordar que como Iglesia y como cristianos debemos seguir apostando en la cotidianidad, no al éxito, ni a triunfalismos pastorales, sino a la fidelidad, al seguimiento de Cristo, el Señor, que siempre implica el tomar la cruz de cada día, considerando que el discipulado debe ser siempre pascual. El Apóstol Pablo en la carta a los Filipenses nos señala el camino que la Iglesia debe guardar mirando a Jesucristo, el Señor: «Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz». (Flp 2,5-8)

Este domingo retomamos la tradición de ir todos a Loreto en una nueva peregrinación a nuestro Santuario, que el año pasado fue acotada por la pandemia. Allí celebramos la memoria de tantos hombres y mujeres que evangelizaron en estas tierras, como los mártires Roque González de Santa Cruz, Alonso Rodríguez, Juan del Castillo, y el Padre Antonio Ruiz de Montoya, que junto a miles de indígenas vivieron una experiencia inédita en las Reducciones Jesuíticas.

En Loreto alimentamos nuestro ánimo en la memoria, pero también en los sufrimientos, en el martirio y en la vitalidad de estos testigos del pasado. Ellos nos fortalecen en la esperanza, para sobrellevar las dificultades, las persecuciones y las luchas de nuestro tiempo.

En esta reflexión quiero subrayar la importancia que tiene la peregrinación a nuestro Santuario diocesano de Loreto en la que participan muchas personas que se movilizan caminando, en autos, colectivos y bicicletas desde las distintas parroquias, escuelas y comunidades de nuestras zonas pastorales, saliendo conjuntamente desde Leandro N. Alem, Jardín América y Posadas. La Misa central es concelebrada con todos los Sacerdotes y Diáconos de la Diócesis, junto con nuestros consagrados, seminaristas y todo el Pueblo de Dios.

En la casa de Nuestra Madre de Loreto realizamos este momento único en el año donde como Pueblo de Dios en nuestra Diócesis de Posadas, llevamos nuestro agradecimiento a Dios por su presencia de tantas maneras en la tarea evangelizadora que Él nos encomendó.

También llevamos nuestros dolores, peticiones, inquietudes y sufrimientos. Todo lo ponemos a los pies de Nuestra Madre de Loreto y bajo la intercesión de nuestros mártires de las misiones. En ellos vemos ejemplos de entrega que nos permiten decir en el hoy de nuestra historia que nosotros , como ellos, queremos también ser testigos, discípulos y misioneros en esta porción de la Iglesia en nuestra provincia de Misiones.

Junto a nuestra Madre de Loreto en su Santuario le pedimos a Dios por nuestra Iglesia diocesana, por la tarea evangelizadora y por cada una de nuestras intenciones.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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