Ciencia Argentina

De científicas a empresarias: la camada del CONICET que levantó más de US$ 40 millones para fundar startups biotech

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La ciencia argentina empieza a mostrar otra cara. Ya no se trata solamente de investigar, publicar un paper, formar nuevos científicos y conseguir financiamiento para sostener un laboratorio. Una nueva generación decidió agregar un eslabón más complejo a esa cadena: transformar conocimiento científico en empresas.

El fenómeno tiene nombres propios, capital privado y negocios que empiezan a cruzar fronteras.

Ocho investigadoras formadas en el CONICET dieron el salto hacia el mundo empresario y crearon compañías vinculadas con fertilidad, diagnóstico temprano de cáncer, agricultura, química verde, terapias oncológicas y biotecnología marina. En conjunto, las startups vinculadas a sus historias consiguieron más de US$ 40 millones de inversión.

El dato adquiere otra dimensión cuando se observa qué está ocurriendo con el capital emprendedor argentino. Según el informe Panorama del Capital Emprendedor Argentino 2026, elaborado por ARCAP y EY, la biotecnología fue por segundo año consecutivo el sector con mayor cantidad de operaciones del país: explicó 43,1% de las transacciones realizadas durante 2025.

En 2026, además, el sector ya acumuló US$ 32,7 millones distribuidos en 31 rondas de inversión. Hay otro dato singular: apenas 12,5% de las startups argentinas que recibieron inversiones en 2025 tienen una mujer como CEO y todas ellas pertenecen al universo biotech.

De investigadores a empresarios

La transformación, sin embargo, supone bastante más que encontrar inversores.

El principal desafío es convertir una tecnología científicamente prometedora en un producto que alguien esté dispuesto a comprar. Es el puente entre el laboratorio y el mercado.

Matías Peire, fundador de GRIDX, conoce ese cuello de botella. El fondo administra alrededor de US$ 41 millones, posee más de 90 startups en su portfolio y reúne cerca de 190 científicos entre sus fundadores. El 75% de sus compañías cuenta con alguna mujer entre sus fundadoras.

Su modelo consiste precisamente en buscar investigadores dentro del sistema científico, ayudarlos a estructurar una compañía y aportar capital inicial. El problema aparece cuando esas empresas necesitan escalar: América Latina todavía no dispone de suficiente capital para financiar el crecimiento de muchas biotech, obligándolas a competir por inversiones internacionales.

Y ahí comienza otro examen: convencer a un inversor internacional de apostar por ciencia desarrollada en Argentina frente a proyectos nacidos alrededor de universidades como Harvard, MIT o Stanford.

Microgénesis: US$ 4 millones para entender la fertilidad

Microgénesis, fundada por Gabriela Gutiérrez, nació buscando respuestas para aquellos casos en los que los estudios convencionales no consiguen explicar los problemas de fertilidad.

La compañía desarrolló una metodología que combina antecedentes, síntomas y biomarcadores metabólicos, inflamatorios y de microbiota para identificar perfiles y orientar tratamientos.

Después de años de investigación y validación, avanzó hacia la atención directa de pacientes mediante herramientas digitales y una red internacional de profesionales.

La empresa consiguió más de US$ 4 millones provenientes de inversores privados de Argentina, Estados Unidos y Asia, particularmente China y Singapur.

Oncoliq: detectar cáncer con una muestra de sangre

El desafío de Oncoliq es todavía más ambicioso: detectar tempranamente distintos tipos de cáncer mediante una muestra de sangre.

La tecnología mide microARN, moléculas cuyos patrones se modifican cuando comienza a desarrollarse una enfermedad. La intención es extender el diagnóstico hacia cánceres que actualmente no cuentan con sistemas adecuados de tamizaje y hacerlo de manera descentralizada y accesible.

El test cuesta alrededor de US$ 70 y el primer producto, Oncoliq Mama, tiene previsto llegar al mercado hacia fines de 2026.

La compañía, cofundada por Marina Simian y Adriana De Siervi, consiguió algo más de US$ 4,2 millones y prepara una Serie A, mientras México aparece como su próximo mercado internacional.

OncoPrecision: US$ 11 millones para atacar el cáncer

Entre los proyectos que más capital consiguieron aparece OncoPrecision.

La empresa desarrolla microavatares de tumores reales: modelos vivos del cáncer de cada paciente que permiten estudiar, con ayuda de inteligencia artificial, por qué determinadas células no responden a los tratamientos.

A partir de esa información desarrolla anticuerpos destinados a superar esas resistencias.

La compañía surgió de un laboratorio de la Universidad Nacional de Córdoba integrado por exinvestigadores del CONICET y posteriormente pasó por los programas de GRIDX e IndieBio.

Ya reunió alrededor de US$ 11 millones de fondos como GRIDX, SOSV, AIR Capital y New York Ventures, y actualmente divide sus operaciones entre Córdoba y Nueva York. Su terapia más avanzada, ONC001, se acerca a la instancia de estudios clínicos.

Del mar patagónico a Estados Unidos

También hay biotecnología nacida lejos de los grandes centros urbanos.

Tamara Rubilar convirtió más de veinte años de investigación sobre huevas de erizos de mar en Erisea, compañía detrás de la marca ProMarine, orientada al desarrollo de suplementos vinculados con el envejecimiento saludable.

La empresa obtuvo una licencia exclusiva del CONICET y se convirtió en la primera compañía de base tecnológica de la Patagonia en conseguir una licencia de esas características.

Ya realizó su primera exportación hacia Estados Unidos y recibió cerca de US$ 5 millones de inversión desde su creación.

Su caso rompe además con una lógica histórica de la economía del conocimiento argentina: demuestra que una empresa tecnológica exportadora puede construirse desde Puerto Madryn y no necesariamente desde Buenos Aires o los principales polos tecnológicos del país.

Puna Bio: microorganismos extremos para recuperar suelos

Otro de los casos de mayor escala es Puna Bio.

La compañía utiliza extremófilos, microorganismos capaces de sobrevivir en los salares de la Puna a más de 4.000 metros de altura y bajo condiciones extremas de radiación y salinidad.

Aplicados a la agricultura, esos microorganismos consiguieron mejoras de rendimiento de entre 10% y 15% y permiten producir sobre terrenos degradados.

La tecnología resume más de 25 años de investigación científica desarrollada en el CONICET y Tucumán.

La empresa ya lanzó tres productos, tiene operaciones en Brasil, Estados Unidos y Paraguay y consiguió más de US$ 10 millones de capital. En 2025 cerró una ronda liderada por Corteva con participación de la Fundación Gates.

La definición de sus fundadoras sintetiza la oportunidad que se abre detrás de este proceso: Argentina tendría potencial para generar al menos cien compañías similares a Puna Bio.

Bioeutectics: química verde desde Mendoza

Bioeutectics apunta a otro mercado gigantesco: reemplazar solventes petroquímicos utilizados en cosmética, alimentos, agro y materiales por alternativas naturales.

María Fernanda Silva llegó a investigadora superior del CONICET y dirigió un instituto en Mendoza antes de convertirse en empresaria.

La startup fue seleccionada por GRIDX e IndieBio y acumuló más de US$ 4,8 millones entre inversiones privadas y programas de aceleración.

Conserva su laboratorio en Mendoza, abrió una sede en Tulsa, Estados Unidos, y se encuentra desarrollando una ronda Serie A. Incluso recibe pasantes provenientes de universidades estadounidenses como New York University y Cornell.

Semion: hacer que la planta se defienda

Semion, por su parte, desarrolla soluciones destinadas a activar las defensas naturales de los cultivos.

En vez de atacar directamente una plaga, la tecnología busca fortalecer la capacidad de la propia planta para resistirla sin perder productividad.

Su desarrollo cobró especial relevancia durante la crisis de la chicharrita del maíz de la campaña 2023/24. En los primeros ensayos consiguió incrementar 30% el rendimiento de lotes afectados y ya acumula 23 ensayos a campo desde Paraguay hasta Córdoba.

La compañía levantó alrededor de US$ 1 millón de capital privado, además de fondos no reembolsables.

Mucha ciencia, pero todavía poco capital

La paradoja argentina aparece precisamente allí.

El país posee recursos humanos altamente calificados, universidades, décadas de inversión pública en investigación y científicos capaces de producir tecnologías competitivas internacionalmente. Pero convertir esa capacidad científica en compañías globales todavía exige superar barreras financieras, regulatorias y culturales.

El 87,7% de las rondas de inversión realizadas en Argentina durante 2025 fueron inferiores a US$ 5 millones, una escala reducida para compañías biotecnológicas que pueden necesitar años de investigación, ensayos, validaciones y aprobaciones regulatorias antes de alcanzar ventas significativas.

También existen tensiones dentro del propio sistema científico.

Patentar una tecnología puede exigir postergar una publicación académica; emprender obliga a comprender balances, clientes, valuaciones y capital de riesgo; y levantar fondos demasiado temprano puede diluir rápidamente la participación de los científicos fundadores.

Pero detrás de esas dificultades comienza a consolidarse un activo económico de enorme valor: la posibilidad de transformar décadas de conocimiento acumulado en propiedad intelectual, empresas, exportaciones y empleo calificado.

No es una discusión menor para una Argentina necesitada de dólares.

La biotecnología ofrece algo que el país busca desde hace décadas: exportar mucho valor utilizando relativamente pocos recursos físicos. En lugar de vender solamente materias primas, permite comercializar microorganismos, diagnósticos, moléculas, patentes, tratamientos y conocimiento.

Y esta generación de científicas empieza a demostrar que entre un laboratorio argentino y el mercado mundial puede existir algo más que un paper. Puede existir una empresa.

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La UNaM resiste con menos recursos: más estudiantes, más docentes y ciencia en riesgo por el ajuste nacional

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La Universidad Nacional de Misiones acaba de publicar su Informe Final de Autoevaluación Institucional, un documento de casi 300 páginas que, más allá de su carácter técnico, termina convirtiéndose en un diagnóstico político y económico sobre el presente de la educación superior argentina.

Leído en perspectiva, el trabajo muestra una universidad que continúa creciendo en oferta académica, investigación y presencia territorial, pero que lo hace con una ecuación financiera cada vez más exigente. En un contexto nacional marcado por el ajuste del gasto público impulsado desde diciembre de 2023 por el presidente Javier Milei, la UNaM expone con números propios una realidad compartida por prácticamente todas las universidades nacionales: la necesidad de sostener el sistema con recursos que pierden poder frente a la inflación y con una creciente dependencia de ingresos extraordinarios.

La paradoja es evidente. Mientras la Universidad amplía carreras, incrementa la cantidad de docentes con doctorado, fortalece la investigación y mantiene una fuerte inserción territorial, el financiamiento estructural por estudiante continúa ubicándose muy por debajo del promedio del sistema universitario argentino.

UNaM: radiografía del ajuste

Menos presupuesto por alumno, fuerte presión social sobre los estudiantes y ciencia local amenazada por el recorte nacional.

$397.812 Presupuesto por alumno en 2024
45% menos Que el promedio nacional en 2023
27.682 Estudiantes de pregrado y grado
82,3% Ingresantes misioneros
55,4% Retención en primer año
4 de cada 10 Se desgranan al inicio
2.124 Cargos docentes
227 Docentes con doctorado
40% Caída del poder adquisitivo en becas
400 Becas posdoctorales en riesgo
La UNaM sostiene una universidad territorial con menos recursos por estudiante. El ajuste golpea la permanencia, la investigación y la formación científica.
Fuente: Informe Final de Autoevaluación Institucional 2025 de la UNaM. Elaboración: Economis.

El dato que resume toda la historia

Hay una cifra que sintetiza mejor que cualquier discurso la situación de la UNaM.

En 2023, el presupuesto de ley por estudiante fue de 391.462 pesos, mientras que el promedio de las universidades nacionales alcanzó 713.720 pesos.

Es decir, la Universidad Nacional de Misiones funcionó con un 45% menos de recursos por alumno que el promedio del sistema universitario argentino.

En 2024 el presupuesto de ley apenas se incrementó hasta 397.812 pesos por estudiante, una mejora insignificante frente a la inflación acumulada.

La universidad logró cerrar el año con un presupuesto ejecutado mucho mayor -48.347 millones de pesos- gracias a ampliaciones presupuestarias y otras fuentes de financiamiento, pero el problema de fondo permanece: el presupuesto estructural sigue mostrando un retraso significativo.

En otras palabras, la UNaM continúa funcionando gracias a una permanente búsqueda de recursos adicionales para compensar un financiamiento de base insuficiente.

¿Dónde pega la motosierra?

El ajuste nacional no se agota en una planilla: baja por toda la cadena universitaria y científica hasta golpear el desarrollo de Misiones.

Presupuesto universitario
Salarios docentes
Becas de investigación
Laboratorios e insumos
Proyectos científicos
Fuga de cerebros
Menos desarrollo para Misiones !
La paradoja: el Estado formó durante años a sus científicos, pero el ajuste empuja a muchos de ellos a abandonar el sistema o emigrar.
Fuente: Informe Final de Autoevaluación Institucional 2025 de la UNaM, testimonios de investigadores y comunicados del sistema científico. Elaboración: Economis.

Una universidad enorme para una provincia joven

La magnitud de la institución explica buena parte de esa presión financiera.

Actualmente la UNaM posee:

  • 6 facultades.
  • 2 escuelas.
  • 3 regionales.
  • 50 carreras de grado.
  • 30 carreras de pregrado.
  • 47 carreras de posgrado.
  • extensiones áulicas distribuidas en gran parte del territorio provincial e incluso en Corrientes.

Más del 82% de sus ingresantes son misioneros, lo que confirma que sigue siendo la principal puerta de acceso a la educación superior pública de la provincia.

Durante los últimos ocho años ingresaron en promedio 7.785 estudiantes por año, mientras que en 2024 la matrícula alcanzó 27.682 alumnos.

No existe un problema de demanda. El problema aparece después.

La UNaM reconoce que la principal dificultad institucional continúa siendo la permanencia estudiantil. La retención durante el primer año apenas alcanza el 55,4%, prácticamente igual al promedio nacional.

Eso significa que cuatro de cada diez estudiantes abandonan durante el primer año.

La propia universidad vincula este fenómeno con la realidad socioeconómica de Misiones. Más de la mitad de los estudiantes provienen de familias donde los padres no completaron el secundario y una proporción importante de los ingresantes trabaja mientras estudia.

Según el informe, el 31,2% de los nuevos estudiantes ya tenía empleo al ingresar, un dato que condiciona directamente la permanencia universitaria.

Paradójicamente, el documento también muestra un dato muy alentador.

Entre quienes logran atravesar los primeros años, la universidad obtiene mejores resultados que muchas instituciones del país.

El 26% de los graduados termina la carrera dentro del tiempo teórico previsto, contra un promedio nacional cercano al 19%. Es decir, el principal cuello de botella no está en el final del recorrido, sino en lograr que los estudiantes permanezcan.

Más docentes, más investigadores y mejor formación

Lejos de una universidad estancada, el informe muestra un crecimiento importante de la planta académica.

Entre 2014 y 2024 los cargos docentes aumentaron casi 36%, alcanzando 2.124 docentes, mientras que los profesores con doctorado prácticamente se duplicaron.

Hoy la UNaM posee 227 docentes con título de doctor, cuando hace una década apenas superaban el centenar.

También creció la cantidad de investigadores, laboratorios, institutos de doble dependencia con CONICET y producción científica. Todo ello con recursos que, según admite la propia institución, continúan siendo insuficientes.

Pero el panorama se vuelve todavía más delicado cuando se observa qué ocurre después del título universitario.

Para quienes logran graduarse y deciden dedicar su vida a la investigación científica, el horizonte aparece marcado por la incertidumbre.

El sistema científico argentino atraviesa uno de los momentos más críticos desde la recuperación democrática.

En Misiones, investigadores y becarios del CONICET vienen denunciando un proceso de desfinanciamiento que amenaza la continuidad de numerosos proyectos.

La docente y becaria doctoral Belén Giménez explicó recientemente que alrededor de 400 becas posdoctorales enfrentan vencimientos sin certezas sobre su continuidad.

Al mismo tiempo, los estipendios perdieron alrededor del 40% de su poder adquisitivo, mientras se deterioró también la cobertura médica de los becarios.

La situación presenta además una paradoja jurídica: muchos investigadores trabajan con dedicación exclusiva, pero no son considerados formalmente trabajadores, lo que los deja sin protección laboral cuando finalizan sus becas.

El impacto del ajuste excede el drama individual. La investigación desarrollada en Misiones no estudia problemas abstractos.

Estudia yerba mate, biodiversidad, enfermedades tropicales, recursos forestales, conservación ambiental, agricultura subtropical, industria maderera, bioeconomía y desarrollo regional.

Si esos grupos desaparecen por falta de financiamiento, también desaparece conocimiento estratégico para la provincia. La consecuencia es doble. Por un lado, se frenan investigaciones que tardaron años en construirse. Por otro, el territorio pasa a depender de tecnologías desarrolladas en otros países, muchas veces alejadas de la realidad productiva local.

La Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales advirtió recientemente sobre una “grave fuga de cerebros” provocada por la interrupción de ingresos al CONICET, la no renovación de contratos en organismos científicos y el deterioro salarial.

Su vicepresidente, Galo Soler Illia, estimó que unos 2.000 investigadores jóvenes abandonaron el sistema entre renuncias y licencias desde el cambio de gobierno.

Según explicó, los salarios científicos perdieron entre 40% y 45% de su poder adquisitivo respecto de noviembre de 2023 y muchos investigadores jóvenes hoy perciben ingresos por debajo de la línea de pobreza, pese a haber invertido entre diez y quince años en su formación.

La entidad también cuestionó la interrupción de nuevas incorporaciones al sistema científico y expresó preocupación por los episodios de represión registrados durante protestas en la Comisión Nacional de Energía Atómica.

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De la Patagonia profunda al suelo rojo, la pasión por los dinosaurios de Matías Motta

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El paleontólogo obereño Matías Motta participó del descubrimiento de Kank australis, una nueva especie de dinosaurio hallada en Santa Cruz. El hallazgo amplía el mapa de los raptores del hemisferio sur y aporta nuevas pistas sobre el origen de las aves. Pero detrás de la repercusión internacional aparece otra historia: la búsqueda del primer registro fósil significativo de Misiones.

Mientras los titulares celebran el descubrimiento de una nueva especie de dinosaurio en la Patagonia, Matías Motta piensa en otra cosa. Piensa en Misiones.

El investigador nacido en Oberá integra el equipo argentino-japonés que identificó al Kank australis, un dinosaurio carnívoro que vivió hace unos 70 millones de años en el extremo sur de la Patagonia. El hallazgo fue publicado en la prestigiosa revista científica Journal of Vertebrate Paleontology y rápidamente captó la atención de medios especializados de todo el mundo.

Sin embargo, para Motta, la noticia tiene una dimensión adicional. Después de participar en algunos de los descubrimientos paleontológicos más importantes de los últimos años, sigue persiguiendo un objetivo mucho más cercano: encontrar algún día el primer fósil que permita incorporar a Misiones al mapa paleontológico argentino.

“No hemos encontrado nada todavía”, reconoce.

La frase resume una rareza científica. Misiones es una de las pocas provincias argentinas sin registros fósiles relevantes confirmados. No porque nunca hayan existido animales prehistóricos en su territorio, sino porque la geología local dificulta enormemente la preservación de restos.

Un dinosaurio que llegó desde el fin del mundo

El Kank australis apareció en sedimentos de la Formación Chorrillo, cerca de El Calafate, en Santa Cruz. Cuando este animal recorría la región, la Cordillera de los Andes todavía no existía y el paisaje era radicalmente distinto al actual.

Donde hoy predominan el viento, la estepa y las bajas temperaturas, hace 70 millones de años existía una red de ríos, lagunas y bosques que sostenía una biodiversidad extraordinaria.

En ese ecosistema convivían peces, ranas, tortugas, serpientes, mamíferos primitivos y algunos de los últimos dinosaurios que habitaron Sudamérica antes de la extinción masiva provocada por el impacto del meteorito. Entre ellos figuraban el gigantesco depredador Maip macrothorax, el saurópodo Nullotitan glaciaris y ahora también el recién descrito Kank australis.

Más cerca de una garza que de Jurassic Park

El nuevo dinosaurio pertenece al grupo de los unenlagiinos, parientes australes de los famosos velociraptores.

Pero la comparación tiene límites. Las investigaciones sugieren que Kank australis pudo haber tenido hábitos muy distintos a los depredadores veloces popularizados por Hollywood. Sus dientes presentan pequeñas crestas adaptadas para sujetar presas resbaladizas. Además, las vértebras del cuello muestran estructuras similares a las observadas en aves pescadoras modernas.

La hipótesis de los investigadores es provocadora: este dinosaurio podría haberse comportado más como una garza que como un cazador terrestre clásico. Un pescador especializado en ambientes acuáticos. La imagen obliga a revisar muchas ideas instaladas sobre los raptores.

La pieza encontrada antes de la tormenta

Los primeros restos aparecieron en 2018. Sin embargo, el fósil decisivo tardó varios años en llegar.

Durante una expedición marcada por nevadas y condiciones extremas, uno de los técnicos del equipo encontró una vértebra cervical parcialmente incrustada en la roca. Poco después una tormenta obligó a abandonar el lugar.

Aquella pieza terminó siendo fundamental. Una vez preparada en laboratorio, reveló características anatómicas desconocidas para la ciencia. Era la evidencia que faltaba para demostrar que se trataba de una especie nueva.

La confirmación llegó tras años de trabajo de campo, análisis comparativos, tomografías computadas y estudios microscópicos realizados por investigadores argentinos y japoneses.

El vacío entre Patagonia y Antártida

El descubrimiento tiene otra consecuencia científica relevante. Hasta ahora, la mayoría de los unenlagiinos conocidos provenían del norte patagónico. Kank australis extiende significativamente su distribución hacia el extremo austral del continente.

Eso permite conectar poblaciones conocidas en Patagonia con registros hallados en la Antártida y reconstruir mejor la evolución de estos dinosaurios en los antiguos territorios del hemisferio sur. Para los paleontólogos, el hallazgo ayuda a llenar uno de los vacíos geográficos más importantes del Cretácico tardío sudamericano.

El sueño pendiente

Pese a la magnitud del descubrimiento, Motta mantiene una obsesión personal. Volver a Misiones.

Las posibilidades existen. Aunque gran parte de la provincia está formada por basaltos volcánicos poco favorables para la conservación fósil, algunas áreas presentan afloramientos sedimentarios capaces de preservar restos antiguos. San Ignacio. Santa Ana. Corpus. Candelaria.

Nombres que aparecen con frecuencia en las conversaciones entre geólogos y paleontólogos.

Allí podría encontrarse algún día la primera evidencia fósil significativa de la provincia.

Por ahora no hay certezas. Pero tampoco las había cuando comenzaron a aparecer pequeños dientes y fragmentos óseos en una montaña cercana a El Calafate.

Seis años después, aquellos restos terminaron convirtiéndose en una nueva especie de dinosaurio.

Quizás la próxima historia empiece mucho más cerca. Bajo la tierra colorada de Misiones.

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Científicos argentinos descubrieron que el dengue, el Zika y la fiebre amarilla comparten el mecanismo de replicación

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Veinte años después de haber realizado uno de los descubrimientos más importantes de la virología argentina moderna, la científica Andrea Gamarnik volvió a quedar en el centro de la escena internacional. La investigadora de la Fundación Instituto Leloir (FIL) y su equipo demostraron que el mecanismo que utiliza el virus del dengue para replicarse no es exclusivo de esa enfermedad: también está presente en todos los virus del género Orthoflavivirus, entre ellos el Zika, la fiebre amarilla y el virus del Nilo occidental.

El trabajo, publicado recientemente en la revista científica PLOS Pathogens, representa un avance de enorme relevancia sanitaria porque identifica un “talón de Aquiles” común en virus responsables de graves enfermedades humanas transmitidas por mosquitos y garrapatas.

“Descubrimos que todos los virus del género Orthoflavivirus peligrosos para los humanos comparten una pieza esencial dentro del mecanismo que utilizan para multiplicarse en la célula”, explicó el químico Santiago Oviedo-Rouco, investigador del Laboratorio de Virología Molecular de la FIL y autor principal del estudio, en un reportaje escrito por Nora Bär.

La investigación retoma un hallazgo realizado por el equipo de Gamarnik en 2006, cuando identificaron una región específica del ARN del dengue que actúa como promotora de la replicación viral: una señal que le indica a la polimerasa dónde y cuándo comenzar a copiar el genoma del virus. Lo novedoso es que ahora comprobaron que esa estructura está conservada en todos los virus del mismo género.

Para demostrarlo, los investigadores desarrollaron “virus quimera”: utilizaron el dengue como base y reemplazaron su región promotora por secuencias equivalentes de otros flavivirus. El resultado fue contundente: el mecanismo funcionó exactamente igual.

“Logramos verificar que eso que descubrimos en dengue está presente en todos los miembros de este género que son transmitidos por mosquitos y garrapatas”, destacó Gamarnik.

Pero el trabajo no terminó allí. En colaboración con investigadores de Canadá, el equipo realizó además un screening de moléculas capaces de unirse a esa región promotora del ARN viral e inhibir la replicación. Entre más de mil compuestos analizados, dos mostraron capacidad para frenar la reproducción del dengue, Zika y fiebre amarilla en células humanas sin generar toxicidad.

El hallazgo abre la posibilidad de desarrollar un antiviral de amplio espectro, algo especialmente buscado por la comunidad científica internacional ante enfermedades para las cuales todavía no existen tratamientos específicos aprobados.

“Es una prueba de concepto de que hay moléculas pequeñas que pueden servir como drogas para impedir que el virus se replique en células infectadas”, señaló Gamarnik, quien aclaró que todavía resta un largo proceso de validación y desarrollo clínico.

Uno de los aspectos más innovadores del trabajo es el enfoque terapéutico elegido. Mientras la mayoría de los antivirales apuntan a proteínas, el equipo argentino utilizó una estructura de ARN viral como blanco farmacológico, una estrategia relativamente nueva y compleja debido a la dificultad histórica para estudiar estas moléculas tridimensionales dinámicas.

El avance fue posible gracias a herramientas de modelado computacional desarrolladas junto al equipo de Mernoosh Arrar, del Instituto de Cálculo de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA y el Conicet, que permitieron simular cómo interactúa esa región del ARN con la polimerasa viral.

Para el virólogo Humberto Debat, del INTA, el trabajo representa un aporte de enorme valor científico y sanitario. “Esa conservación estructural la hace un gran blanco de potencial terapéutico. Hoy no tenemos ningún medicamento antiviral específico aprobado para tratar infecciones por estos flavivirus”, sostuvo.

El descubrimiento adquiere especial relevancia en un contexto global marcado por la expansión del dengue y otras enfermedades transmitidas por vectores, impulsadas por el cambio climático, la urbanización y la circulación creciente de mosquitos en nuevas regiones.

Sin embargo, mientras el trabajo recibe reconocimiento internacional, Gamarnik advirtió sobre el fuerte deterioro del sistema científico argentino. “Estamos en una situación muy compleja. Cada trabajo es un acto de resistencia”, afirmó. Actualmente, su laboratorio funciona principalmente con financiamiento internacional proveniente de Canadá y del Instituto Pasteur de París.

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Tiene 16 años, diseña robots para salvar vidas y representará a Argentina en una competencia mundial

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Con apenas 16 años, Martina Talamona se prepara para dar un salto de escala en su carrera científica: representará a la Argentina en la RoboCup 2026, el Mundial de Robótica que se realizará en Corea del Sur. Su historia combina formación temprana, talento técnico y un objetivo claro: aplicar la tecnología para mejorar la respuesta ante emergencias.

Desde su infancia en la provincia de Buenos Aires, la tecnología fue parte de su vida cotidiana. Comenzó a los cinco años en talleres de robótica, en un entorno lúdico que con el tiempo se transformó en vocación. Esa evolución la llevó a competir a nivel nacional y, más tarde, a integrarse al equipo Sub-19 de la Universidad Abierta Interamericana, uno de los más destacados de la región en competencias internacionales.

El proyecto con el que competirá en Corea del Sur sintetiza esa trayectoria. Se trata de un sistema de robots simulados diseñados para actuar en escenarios de desastre, como derrumbes o incendios, donde la intervención humana implica altos niveles de riesgo. En estos entornos virtuales, los robots son evaluados por la precisión de sus algoritmos y su capacidad de respuesta ante situaciones complejas.

Tecnología aplicada al rescate

El desarrollo se apoya en algoritmos de navegación basados en matemática y trigonometría, que permiten a los robots recorrer espacios desconocidos, identificar víctimas y analizar su estado, incluso en contextos hostiles con presencia de sustancias peligrosas. A partir de ese relevamiento, generan mapas detallados del entorno y de las personas afectadas.

Esa información resulta clave para los equipos de emergencia: antes de ingresar a una zona crítica, pueden contar con un diagnóstico preciso que optimiza la toma de decisiones y reduce el riesgo operativo. La simulación, además, permite repetir escenarios y ajustar los modelos sin las limitaciones del mundo físico.

El presente de Talamona no es casual. Su recorrido ya incluye hitos relevantes en el circuito global de robótica: en 2024 fue campeona en la RoboCup Internacional de Eindhoven, en Países Bajos, y posteriormente logró el primer puesto en la RoboCup Américas de Pensilvania, Estados Unidos. También obtuvo un podio en la edición internacional realizada en Brasil.

En la competencia de 2026 estará acompañada por Ramiro Francavilla, junto a un equipo técnico encabezado por Emanuel Hamui y Gonzalo Zabala, director del CAETI y miembro del comité organizador internacional de RoboCup.

Más allá del desafío competitivo, el proyecto refleja una tendencia creciente: el desarrollo de tecnología orientada al bien común. Los simuladores permiten crear soluciones aplicables a contextos de alto riesgo sin exponer a rescatistas ni víctimas, generando conocimiento que puede trasladarse a situaciones reales.

La participación en la RoboCup 2026 posiciona a la Argentina en un escenario de innovación aplicada, donde la robótica deja de ser una disciplina experimental para convertirse en una herramienta concreta de gestión de emergencias.

En ese marco, la historia de Martina Talamona trasciende lo individual: refleja el potencial de la formación tecnológica temprana y el rol de los jóvenes en la construcción de soluciones para problemas complejos. Corea del Sur será, en ese camino, un nuevo punto de partida.

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