Ciencia Argentina

La UNaM resiste con menos recursos: más estudiantes, más docentes y ciencia en riesgo por el ajuste nacional

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La Universidad Nacional de Misiones acaba de publicar su Informe Final de Autoevaluación Institucional, un documento de casi 300 páginas que, más allá de su carácter técnico, termina convirtiéndose en un diagnóstico político y económico sobre el presente de la educación superior argentina.

Leído en perspectiva, el trabajo muestra una universidad que continúa creciendo en oferta académica, investigación y presencia territorial, pero que lo hace con una ecuación financiera cada vez más exigente. En un contexto nacional marcado por el ajuste del gasto público impulsado desde diciembre de 2023 por el presidente Javier Milei, la UNaM expone con números propios una realidad compartida por prácticamente todas las universidades nacionales: la necesidad de sostener el sistema con recursos que pierden poder frente a la inflación y con una creciente dependencia de ingresos extraordinarios.

La paradoja es evidente. Mientras la Universidad amplía carreras, incrementa la cantidad de docentes con doctorado, fortalece la investigación y mantiene una fuerte inserción territorial, el financiamiento estructural por estudiante continúa ubicándose muy por debajo del promedio del sistema universitario argentino.

UNaM: radiografía del ajuste

Menos presupuesto por alumno, fuerte presión social sobre los estudiantes y ciencia local amenazada por el recorte nacional.

$397.812 Presupuesto por alumno en 2024
45% menos Que el promedio nacional en 2023
27.682 Estudiantes de pregrado y grado
82,3% Ingresantes misioneros
55,4% Retención en primer año
4 de cada 10 Se desgranan al inicio
2.124 Cargos docentes
227 Docentes con doctorado
40% Caída del poder adquisitivo en becas
400 Becas posdoctorales en riesgo
La UNaM sostiene una universidad territorial con menos recursos por estudiante. El ajuste golpea la permanencia, la investigación y la formación científica.
Fuente: Informe Final de Autoevaluación Institucional 2025 de la UNaM. Elaboración: Economis.

El dato que resume toda la historia

Hay una cifra que sintetiza mejor que cualquier discurso la situación de la UNaM.

En 2023, el presupuesto de ley por estudiante fue de 391.462 pesos, mientras que el promedio de las universidades nacionales alcanzó 713.720 pesos.

Es decir, la Universidad Nacional de Misiones funcionó con un 45% menos de recursos por alumno que el promedio del sistema universitario argentino.

En 2024 el presupuesto de ley apenas se incrementó hasta 397.812 pesos por estudiante, una mejora insignificante frente a la inflación acumulada.

La universidad logró cerrar el año con un presupuesto ejecutado mucho mayor -48.347 millones de pesos- gracias a ampliaciones presupuestarias y otras fuentes de financiamiento, pero el problema de fondo permanece: el presupuesto estructural sigue mostrando un retraso significativo.

En otras palabras, la UNaM continúa funcionando gracias a una permanente búsqueda de recursos adicionales para compensar un financiamiento de base insuficiente.

¿Dónde pega la motosierra?

El ajuste nacional no se agota en una planilla: baja por toda la cadena universitaria y científica hasta golpear el desarrollo de Misiones.

Presupuesto universitario
Salarios docentes
Becas de investigación
Laboratorios e insumos
Proyectos científicos
Fuga de cerebros
Menos desarrollo para Misiones !
La paradoja: el Estado formó durante años a sus científicos, pero el ajuste empuja a muchos de ellos a abandonar el sistema o emigrar.
Fuente: Informe Final de Autoevaluación Institucional 2025 de la UNaM, testimonios de investigadores y comunicados del sistema científico. Elaboración: Economis.

Una universidad enorme para una provincia joven

La magnitud de la institución explica buena parte de esa presión financiera.

Actualmente la UNaM posee:

  • 6 facultades.
  • 2 escuelas.
  • 3 regionales.
  • 50 carreras de grado.
  • 30 carreras de pregrado.
  • 47 carreras de posgrado.
  • extensiones áulicas distribuidas en gran parte del territorio provincial e incluso en Corrientes.

Más del 82% de sus ingresantes son misioneros, lo que confirma que sigue siendo la principal puerta de acceso a la educación superior pública de la provincia.

Durante los últimos ocho años ingresaron en promedio 7.785 estudiantes por año, mientras que en 2024 la matrícula alcanzó 27.682 alumnos.

No existe un problema de demanda. El problema aparece después.

La UNaM reconoce que la principal dificultad institucional continúa siendo la permanencia estudiantil. La retención durante el primer año apenas alcanza el 55,4%, prácticamente igual al promedio nacional.

Eso significa que cuatro de cada diez estudiantes abandonan durante el primer año.

La propia universidad vincula este fenómeno con la realidad socioeconómica de Misiones. Más de la mitad de los estudiantes provienen de familias donde los padres no completaron el secundario y una proporción importante de los ingresantes trabaja mientras estudia.

Según el informe, el 31,2% de los nuevos estudiantes ya tenía empleo al ingresar, un dato que condiciona directamente la permanencia universitaria.

Paradójicamente, el documento también muestra un dato muy alentador.

Entre quienes logran atravesar los primeros años, la universidad obtiene mejores resultados que muchas instituciones del país.

El 26% de los graduados termina la carrera dentro del tiempo teórico previsto, contra un promedio nacional cercano al 19%. Es decir, el principal cuello de botella no está en el final del recorrido, sino en lograr que los estudiantes permanezcan.

Más docentes, más investigadores y mejor formación

Lejos de una universidad estancada, el informe muestra un crecimiento importante de la planta académica.

Entre 2014 y 2024 los cargos docentes aumentaron casi 36%, alcanzando 2.124 docentes, mientras que los profesores con doctorado prácticamente se duplicaron.

Hoy la UNaM posee 227 docentes con título de doctor, cuando hace una década apenas superaban el centenar.

También creció la cantidad de investigadores, laboratorios, institutos de doble dependencia con CONICET y producción científica. Todo ello con recursos que, según admite la propia institución, continúan siendo insuficientes.

Pero el panorama se vuelve todavía más delicado cuando se observa qué ocurre después del título universitario.

Para quienes logran graduarse y deciden dedicar su vida a la investigación científica, el horizonte aparece marcado por la incertidumbre.

El sistema científico argentino atraviesa uno de los momentos más críticos desde la recuperación democrática.

En Misiones, investigadores y becarios del CONICET vienen denunciando un proceso de desfinanciamiento que amenaza la continuidad de numerosos proyectos.

La docente y becaria doctoral Belén Giménez explicó recientemente que alrededor de 400 becas posdoctorales enfrentan vencimientos sin certezas sobre su continuidad.

Al mismo tiempo, los estipendios perdieron alrededor del 40% de su poder adquisitivo, mientras se deterioró también la cobertura médica de los becarios.

La situación presenta además una paradoja jurídica: muchos investigadores trabajan con dedicación exclusiva, pero no son considerados formalmente trabajadores, lo que los deja sin protección laboral cuando finalizan sus becas.

El impacto del ajuste excede el drama individual. La investigación desarrollada en Misiones no estudia problemas abstractos.

Estudia yerba mate, biodiversidad, enfermedades tropicales, recursos forestales, conservación ambiental, agricultura subtropical, industria maderera, bioeconomía y desarrollo regional.

Si esos grupos desaparecen por falta de financiamiento, también desaparece conocimiento estratégico para la provincia. La consecuencia es doble. Por un lado, se frenan investigaciones que tardaron años en construirse. Por otro, el territorio pasa a depender de tecnologías desarrolladas en otros países, muchas veces alejadas de la realidad productiva local.

La Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales advirtió recientemente sobre una “grave fuga de cerebros” provocada por la interrupción de ingresos al CONICET, la no renovación de contratos en organismos científicos y el deterioro salarial.

Su vicepresidente, Galo Soler Illia, estimó que unos 2.000 investigadores jóvenes abandonaron el sistema entre renuncias y licencias desde el cambio de gobierno.

Según explicó, los salarios científicos perdieron entre 40% y 45% de su poder adquisitivo respecto de noviembre de 2023 y muchos investigadores jóvenes hoy perciben ingresos por debajo de la línea de pobreza, pese a haber invertido entre diez y quince años en su formación.

La entidad también cuestionó la interrupción de nuevas incorporaciones al sistema científico y expresó preocupación por los episodios de represión registrados durante protestas en la Comisión Nacional de Energía Atómica.

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De la Patagonia profunda al suelo rojo, la pasión por los dinosaurios de Matías Motta

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El paleontólogo obereño Matías Motta participó del descubrimiento de Kank australis, una nueva especie de dinosaurio hallada en Santa Cruz. El hallazgo amplía el mapa de los raptores del hemisferio sur y aporta nuevas pistas sobre el origen de las aves. Pero detrás de la repercusión internacional aparece otra historia: la búsqueda del primer registro fósil significativo de Misiones.

Mientras los titulares celebran el descubrimiento de una nueva especie de dinosaurio en la Patagonia, Matías Motta piensa en otra cosa. Piensa en Misiones.

El investigador nacido en Oberá integra el equipo argentino-japonés que identificó al Kank australis, un dinosaurio carnívoro que vivió hace unos 70 millones de años en el extremo sur de la Patagonia. El hallazgo fue publicado en la prestigiosa revista científica Journal of Vertebrate Paleontology y rápidamente captó la atención de medios especializados de todo el mundo.

Sin embargo, para Motta, la noticia tiene una dimensión adicional. Después de participar en algunos de los descubrimientos paleontológicos más importantes de los últimos años, sigue persiguiendo un objetivo mucho más cercano: encontrar algún día el primer fósil que permita incorporar a Misiones al mapa paleontológico argentino.

“No hemos encontrado nada todavía”, reconoce.

La frase resume una rareza científica. Misiones es una de las pocas provincias argentinas sin registros fósiles relevantes confirmados. No porque nunca hayan existido animales prehistóricos en su territorio, sino porque la geología local dificulta enormemente la preservación de restos.

Un dinosaurio que llegó desde el fin del mundo

El Kank australis apareció en sedimentos de la Formación Chorrillo, cerca de El Calafate, en Santa Cruz. Cuando este animal recorría la región, la Cordillera de los Andes todavía no existía y el paisaje era radicalmente distinto al actual.

Donde hoy predominan el viento, la estepa y las bajas temperaturas, hace 70 millones de años existía una red de ríos, lagunas y bosques que sostenía una biodiversidad extraordinaria.

En ese ecosistema convivían peces, ranas, tortugas, serpientes, mamíferos primitivos y algunos de los últimos dinosaurios que habitaron Sudamérica antes de la extinción masiva provocada por el impacto del meteorito. Entre ellos figuraban el gigantesco depredador Maip macrothorax, el saurópodo Nullotitan glaciaris y ahora también el recién descrito Kank australis.

Más cerca de una garza que de Jurassic Park

El nuevo dinosaurio pertenece al grupo de los unenlagiinos, parientes australes de los famosos velociraptores.

Pero la comparación tiene límites. Las investigaciones sugieren que Kank australis pudo haber tenido hábitos muy distintos a los depredadores veloces popularizados por Hollywood. Sus dientes presentan pequeñas crestas adaptadas para sujetar presas resbaladizas. Además, las vértebras del cuello muestran estructuras similares a las observadas en aves pescadoras modernas.

La hipótesis de los investigadores es provocadora: este dinosaurio podría haberse comportado más como una garza que como un cazador terrestre clásico. Un pescador especializado en ambientes acuáticos. La imagen obliga a revisar muchas ideas instaladas sobre los raptores.

La pieza encontrada antes de la tormenta

Los primeros restos aparecieron en 2018. Sin embargo, el fósil decisivo tardó varios años en llegar.

Durante una expedición marcada por nevadas y condiciones extremas, uno de los técnicos del equipo encontró una vértebra cervical parcialmente incrustada en la roca. Poco después una tormenta obligó a abandonar el lugar.

Aquella pieza terminó siendo fundamental. Una vez preparada en laboratorio, reveló características anatómicas desconocidas para la ciencia. Era la evidencia que faltaba para demostrar que se trataba de una especie nueva.

La confirmación llegó tras años de trabajo de campo, análisis comparativos, tomografías computadas y estudios microscópicos realizados por investigadores argentinos y japoneses.

El vacío entre Patagonia y Antártida

El descubrimiento tiene otra consecuencia científica relevante. Hasta ahora, la mayoría de los unenlagiinos conocidos provenían del norte patagónico. Kank australis extiende significativamente su distribución hacia el extremo austral del continente.

Eso permite conectar poblaciones conocidas en Patagonia con registros hallados en la Antártida y reconstruir mejor la evolución de estos dinosaurios en los antiguos territorios del hemisferio sur. Para los paleontólogos, el hallazgo ayuda a llenar uno de los vacíos geográficos más importantes del Cretácico tardío sudamericano.

El sueño pendiente

Pese a la magnitud del descubrimiento, Motta mantiene una obsesión personal. Volver a Misiones.

Las posibilidades existen. Aunque gran parte de la provincia está formada por basaltos volcánicos poco favorables para la conservación fósil, algunas áreas presentan afloramientos sedimentarios capaces de preservar restos antiguos. San Ignacio. Santa Ana. Corpus. Candelaria.

Nombres que aparecen con frecuencia en las conversaciones entre geólogos y paleontólogos.

Allí podría encontrarse algún día la primera evidencia fósil significativa de la provincia.

Por ahora no hay certezas. Pero tampoco las había cuando comenzaron a aparecer pequeños dientes y fragmentos óseos en una montaña cercana a El Calafate.

Seis años después, aquellos restos terminaron convirtiéndose en una nueva especie de dinosaurio.

Quizás la próxima historia empiece mucho más cerca. Bajo la tierra colorada de Misiones.

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Científicos argentinos descubrieron que el dengue, el Zika y la fiebre amarilla comparten el mecanismo de replicación

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Veinte años después de haber realizado uno de los descubrimientos más importantes de la virología argentina moderna, la científica Andrea Gamarnik volvió a quedar en el centro de la escena internacional. La investigadora de la Fundación Instituto Leloir (FIL) y su equipo demostraron que el mecanismo que utiliza el virus del dengue para replicarse no es exclusivo de esa enfermedad: también está presente en todos los virus del género Orthoflavivirus, entre ellos el Zika, la fiebre amarilla y el virus del Nilo occidental.

El trabajo, publicado recientemente en la revista científica PLOS Pathogens, representa un avance de enorme relevancia sanitaria porque identifica un “talón de Aquiles” común en virus responsables de graves enfermedades humanas transmitidas por mosquitos y garrapatas.

“Descubrimos que todos los virus del género Orthoflavivirus peligrosos para los humanos comparten una pieza esencial dentro del mecanismo que utilizan para multiplicarse en la célula”, explicó el químico Santiago Oviedo-Rouco, investigador del Laboratorio de Virología Molecular de la FIL y autor principal del estudio, en un reportaje escrito por Nora Bär.

La investigación retoma un hallazgo realizado por el equipo de Gamarnik en 2006, cuando identificaron una región específica del ARN del dengue que actúa como promotora de la replicación viral: una señal que le indica a la polimerasa dónde y cuándo comenzar a copiar el genoma del virus. Lo novedoso es que ahora comprobaron que esa estructura está conservada en todos los virus del mismo género.

Para demostrarlo, los investigadores desarrollaron “virus quimera”: utilizaron el dengue como base y reemplazaron su región promotora por secuencias equivalentes de otros flavivirus. El resultado fue contundente: el mecanismo funcionó exactamente igual.

“Logramos verificar que eso que descubrimos en dengue está presente en todos los miembros de este género que son transmitidos por mosquitos y garrapatas”, destacó Gamarnik.

Pero el trabajo no terminó allí. En colaboración con investigadores de Canadá, el equipo realizó además un screening de moléculas capaces de unirse a esa región promotora del ARN viral e inhibir la replicación. Entre más de mil compuestos analizados, dos mostraron capacidad para frenar la reproducción del dengue, Zika y fiebre amarilla en células humanas sin generar toxicidad.

El hallazgo abre la posibilidad de desarrollar un antiviral de amplio espectro, algo especialmente buscado por la comunidad científica internacional ante enfermedades para las cuales todavía no existen tratamientos específicos aprobados.

“Es una prueba de concepto de que hay moléculas pequeñas que pueden servir como drogas para impedir que el virus se replique en células infectadas”, señaló Gamarnik, quien aclaró que todavía resta un largo proceso de validación y desarrollo clínico.

Uno de los aspectos más innovadores del trabajo es el enfoque terapéutico elegido. Mientras la mayoría de los antivirales apuntan a proteínas, el equipo argentino utilizó una estructura de ARN viral como blanco farmacológico, una estrategia relativamente nueva y compleja debido a la dificultad histórica para estudiar estas moléculas tridimensionales dinámicas.

El avance fue posible gracias a herramientas de modelado computacional desarrolladas junto al equipo de Mernoosh Arrar, del Instituto de Cálculo de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA y el Conicet, que permitieron simular cómo interactúa esa región del ARN con la polimerasa viral.

Para el virólogo Humberto Debat, del INTA, el trabajo representa un aporte de enorme valor científico y sanitario. “Esa conservación estructural la hace un gran blanco de potencial terapéutico. Hoy no tenemos ningún medicamento antiviral específico aprobado para tratar infecciones por estos flavivirus”, sostuvo.

El descubrimiento adquiere especial relevancia en un contexto global marcado por la expansión del dengue y otras enfermedades transmitidas por vectores, impulsadas por el cambio climático, la urbanización y la circulación creciente de mosquitos en nuevas regiones.

Sin embargo, mientras el trabajo recibe reconocimiento internacional, Gamarnik advirtió sobre el fuerte deterioro del sistema científico argentino. “Estamos en una situación muy compleja. Cada trabajo es un acto de resistencia”, afirmó. Actualmente, su laboratorio funciona principalmente con financiamiento internacional proveniente de Canadá y del Instituto Pasteur de París.

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Tiene 16 años, diseña robots para salvar vidas y representará a Argentina en una competencia mundial

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Con apenas 16 años, Martina Talamona se prepara para dar un salto de escala en su carrera científica: representará a la Argentina en la RoboCup 2026, el Mundial de Robótica que se realizará en Corea del Sur. Su historia combina formación temprana, talento técnico y un objetivo claro: aplicar la tecnología para mejorar la respuesta ante emergencias.

Desde su infancia en la provincia de Buenos Aires, la tecnología fue parte de su vida cotidiana. Comenzó a los cinco años en talleres de robótica, en un entorno lúdico que con el tiempo se transformó en vocación. Esa evolución la llevó a competir a nivel nacional y, más tarde, a integrarse al equipo Sub-19 de la Universidad Abierta Interamericana, uno de los más destacados de la región en competencias internacionales.

El proyecto con el que competirá en Corea del Sur sintetiza esa trayectoria. Se trata de un sistema de robots simulados diseñados para actuar en escenarios de desastre, como derrumbes o incendios, donde la intervención humana implica altos niveles de riesgo. En estos entornos virtuales, los robots son evaluados por la precisión de sus algoritmos y su capacidad de respuesta ante situaciones complejas.

Tecnología aplicada al rescate

El desarrollo se apoya en algoritmos de navegación basados en matemática y trigonometría, que permiten a los robots recorrer espacios desconocidos, identificar víctimas y analizar su estado, incluso en contextos hostiles con presencia de sustancias peligrosas. A partir de ese relevamiento, generan mapas detallados del entorno y de las personas afectadas.

Esa información resulta clave para los equipos de emergencia: antes de ingresar a una zona crítica, pueden contar con un diagnóstico preciso que optimiza la toma de decisiones y reduce el riesgo operativo. La simulación, además, permite repetir escenarios y ajustar los modelos sin las limitaciones del mundo físico.

El presente de Talamona no es casual. Su recorrido ya incluye hitos relevantes en el circuito global de robótica: en 2024 fue campeona en la RoboCup Internacional de Eindhoven, en Países Bajos, y posteriormente logró el primer puesto en la RoboCup Américas de Pensilvania, Estados Unidos. También obtuvo un podio en la edición internacional realizada en Brasil.

En la competencia de 2026 estará acompañada por Ramiro Francavilla, junto a un equipo técnico encabezado por Emanuel Hamui y Gonzalo Zabala, director del CAETI y miembro del comité organizador internacional de RoboCup.

Más allá del desafío competitivo, el proyecto refleja una tendencia creciente: el desarrollo de tecnología orientada al bien común. Los simuladores permiten crear soluciones aplicables a contextos de alto riesgo sin exponer a rescatistas ni víctimas, generando conocimiento que puede trasladarse a situaciones reales.

La participación en la RoboCup 2026 posiciona a la Argentina en un escenario de innovación aplicada, donde la robótica deja de ser una disciplina experimental para convertirse en una herramienta concreta de gestión de emergencias.

En ese marco, la historia de Martina Talamona trasciende lo individual: refleja el potencial de la formación tecnológica temprana y el rol de los jóvenes en la construcción de soluciones para problemas complejos. Corea del Sur será, en ese camino, un nuevo punto de partida.

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De Oberá a la Nasa: el misionero que lideró el satélite argentino en Artemis II

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En la carrera por volver a la Luna, la Argentina encontró un lugar propio. No en la primera línea mediática de los astronautas, sino en la ingeniería silenciosa que permite que una misión funcione. Allí, en ese entramado técnico de precisión extrema, aparece un nombre con acento misionero: Luis López, oriundo de Oberá, quien lideró el desarrollo del segmento terreno y el concepto de operaciones del microsatélite ATENEA.

Desde la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), López formó parte del equipo que logró insertar a la Argentina en la misión Artemis II, el primer vuelo tripulado del programa lunar de la NASA en décadas. Y no fue una participación menor: ATENEA se convirtió en el único satélite latinoamericano seleccionado para esta misión, en un proceso competitivo que incluyó a decenas de países.

“Argentina fue uno de los cuatro países que cumplió todos los requisitos técnicos en tiempo y forma”, explicó López en diálogo con Open1017.com, al detallar el proceso que llevó al país a formar parte del programa Artemis.

ATENEA no fue diseñado como una misión científica tradicional, sino como una prueba tecnológica de alto valor estratégico. Su objetivo: validar sistemas, medir radiación, ensayar comunicaciones en condiciones extremas y generar “herencia de vuelo”, un concepto clave en la industria espacial.

El microsatélite fue liberado a unos 40.000 kilómetros de la Tierra y alcanzó un apogeo cercano a los 72.000 kilómetros, convirtiéndose en el objeto argentino que más lejos llegó en la historia. Pero el verdadero logro estuvo en otro punto: la comunicación.

“En todo momento tuvimos enlace con el satélite. Eso ya fue un hito”, destacó López.

Esa capacidad no solo permitió validar tecnología nacional, sino que posicionó a la Argentina como un actor técnico confiable en el ecosistema espacial internacional. De hecho, el equipo argentino logró incluso asistir a otras potencias.

Cuando la Argentina ayuda a las potencias

En un escenario donde participan países como Alemania y Corea del Sur, el desempeño argentino sorprendió. Según relató López, Argentina y Arabia Saudita fueron los únicos en establecer comunicación desde el inicio. Luego, ante dificultades técnicas de otros participantes, el equipo nacional intervino.

“Nos contactaron de Alemania y Corea del Sur para ver si los podíamos ayudar. Pudimos encontrar sus satélites y enviarles datos”, explicó.

El episodio no es menor: en una misión de escala global, con estándares de la NASA, la ingeniería argentina no solo cumplió, sino que colaboró activamente con otros países.

ATENEA tuvo una vida útil extremadamente corta: apenas unas horas en órbita antes de reingresar a la Tierra. Esa limitación convirtió cada segundo en crítico.

“El satélite cumplió su misión en un solo día. Por eso era tan importante lograr la comunicación y bajar todos los datos posibles”, explicó López.

Ese carácter efímero no reduce su impacto. Por el contrario, refuerza el valor de cada dato obtenido, que servirá como base para futuras misiones argentinas.

Detrás del logro hay una historia personal que también explica el recorrido de la ciencia argentina. López tiene 29 años, comenzó estudiando ingeniería en Oberá y luego migró a la Universidad Nacional de San Martín para especializarse en ingeniería espacial.

Ingresó a la CONAE como pasante y, en apenas cuatro años, pasó a integrar el equipo de proyectos satelitales, participando incluso en la misión SAOCOM-2.

“Encontré la ingeniería espacial y me voló la cabeza”, resumió sobre su decisión de cambiar de rumbo.

Su experiencia en el Kennedy Space Center, donde participó en la integración final del satélite, sintetiza el salto: de la universidad pública argentina al corazón del programa espacial estadounidense.

El desarrollo de ATENEA fue completamente nacional, con participación de la CONAE, la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de La Plata, la UNSAM, la Comisión Nacional de Energía Atómica y el Instituto Argentino de Radioastronomía.

En un contexto de tensiones presupuestarias y debate sobre el financiamiento científico, el caso ATENEA aparece como una evidencia concreta del potencial del sistema científico argentino.

No se trata solo de un satélite. Se trata de capacidad instalada, de formación de recursos humanos y de inserción internacional. Y también, de historias como la de Luis López, que muestran que desde Oberá también se puede llegar a la Luna.

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