Ciencia Argentina

Científicos argentinos descubrieron que el dengue, el Zika y la fiebre amarilla comparten el mecanismo de replicación

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Veinte años después de haber realizado uno de los descubrimientos más importantes de la virología argentina moderna, la científica Andrea Gamarnik volvió a quedar en el centro de la escena internacional. La investigadora de la Fundación Instituto Leloir (FIL) y su equipo demostraron que el mecanismo que utiliza el virus del dengue para replicarse no es exclusivo de esa enfermedad: también está presente en todos los virus del género Orthoflavivirus, entre ellos el Zika, la fiebre amarilla y el virus del Nilo occidental.

El trabajo, publicado recientemente en la revista científica PLOS Pathogens, representa un avance de enorme relevancia sanitaria porque identifica un “talón de Aquiles” común en virus responsables de graves enfermedades humanas transmitidas por mosquitos y garrapatas.

“Descubrimos que todos los virus del género Orthoflavivirus peligrosos para los humanos comparten una pieza esencial dentro del mecanismo que utilizan para multiplicarse en la célula”, explicó el químico Santiago Oviedo-Rouco, investigador del Laboratorio de Virología Molecular de la FIL y autor principal del estudio, en un reportaje escrito por Nora Bär.

La investigación retoma un hallazgo realizado por el equipo de Gamarnik en 2006, cuando identificaron una región específica del ARN del dengue que actúa como promotora de la replicación viral: una señal que le indica a la polimerasa dónde y cuándo comenzar a copiar el genoma del virus. Lo novedoso es que ahora comprobaron que esa estructura está conservada en todos los virus del mismo género.

Para demostrarlo, los investigadores desarrollaron “virus quimera”: utilizaron el dengue como base y reemplazaron su región promotora por secuencias equivalentes de otros flavivirus. El resultado fue contundente: el mecanismo funcionó exactamente igual.

“Logramos verificar que eso que descubrimos en dengue está presente en todos los miembros de este género que son transmitidos por mosquitos y garrapatas”, destacó Gamarnik.

Pero el trabajo no terminó allí. En colaboración con investigadores de Canadá, el equipo realizó además un screening de moléculas capaces de unirse a esa región promotora del ARN viral e inhibir la replicación. Entre más de mil compuestos analizados, dos mostraron capacidad para frenar la reproducción del dengue, Zika y fiebre amarilla en células humanas sin generar toxicidad.

El hallazgo abre la posibilidad de desarrollar un antiviral de amplio espectro, algo especialmente buscado por la comunidad científica internacional ante enfermedades para las cuales todavía no existen tratamientos específicos aprobados.

“Es una prueba de concepto de que hay moléculas pequeñas que pueden servir como drogas para impedir que el virus se replique en células infectadas”, señaló Gamarnik, quien aclaró que todavía resta un largo proceso de validación y desarrollo clínico.

Uno de los aspectos más innovadores del trabajo es el enfoque terapéutico elegido. Mientras la mayoría de los antivirales apuntan a proteínas, el equipo argentino utilizó una estructura de ARN viral como blanco farmacológico, una estrategia relativamente nueva y compleja debido a la dificultad histórica para estudiar estas moléculas tridimensionales dinámicas.

El avance fue posible gracias a herramientas de modelado computacional desarrolladas junto al equipo de Mernoosh Arrar, del Instituto de Cálculo de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA y el Conicet, que permitieron simular cómo interactúa esa región del ARN con la polimerasa viral.

Para el virólogo Humberto Debat, del INTA, el trabajo representa un aporte de enorme valor científico y sanitario. “Esa conservación estructural la hace un gran blanco de potencial terapéutico. Hoy no tenemos ningún medicamento antiviral específico aprobado para tratar infecciones por estos flavivirus”, sostuvo.

El descubrimiento adquiere especial relevancia en un contexto global marcado por la expansión del dengue y otras enfermedades transmitidas por vectores, impulsadas por el cambio climático, la urbanización y la circulación creciente de mosquitos en nuevas regiones.

Sin embargo, mientras el trabajo recibe reconocimiento internacional, Gamarnik advirtió sobre el fuerte deterioro del sistema científico argentino. “Estamos en una situación muy compleja. Cada trabajo es un acto de resistencia”, afirmó. Actualmente, su laboratorio funciona principalmente con financiamiento internacional proveniente de Canadá y del Instituto Pasteur de París.

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Tiene 16 años, diseña robots para salvar vidas y representará a Argentina en una competencia mundial

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Con apenas 16 años, Martina Talamona se prepara para dar un salto de escala en su carrera científica: representará a la Argentina en la RoboCup 2026, el Mundial de Robótica que se realizará en Corea del Sur. Su historia combina formación temprana, talento técnico y un objetivo claro: aplicar la tecnología para mejorar la respuesta ante emergencias.

Desde su infancia en la provincia de Buenos Aires, la tecnología fue parte de su vida cotidiana. Comenzó a los cinco años en talleres de robótica, en un entorno lúdico que con el tiempo se transformó en vocación. Esa evolución la llevó a competir a nivel nacional y, más tarde, a integrarse al equipo Sub-19 de la Universidad Abierta Interamericana, uno de los más destacados de la región en competencias internacionales.

El proyecto con el que competirá en Corea del Sur sintetiza esa trayectoria. Se trata de un sistema de robots simulados diseñados para actuar en escenarios de desastre, como derrumbes o incendios, donde la intervención humana implica altos niveles de riesgo. En estos entornos virtuales, los robots son evaluados por la precisión de sus algoritmos y su capacidad de respuesta ante situaciones complejas.

Tecnología aplicada al rescate

El desarrollo se apoya en algoritmos de navegación basados en matemática y trigonometría, que permiten a los robots recorrer espacios desconocidos, identificar víctimas y analizar su estado, incluso en contextos hostiles con presencia de sustancias peligrosas. A partir de ese relevamiento, generan mapas detallados del entorno y de las personas afectadas.

Esa información resulta clave para los equipos de emergencia: antes de ingresar a una zona crítica, pueden contar con un diagnóstico preciso que optimiza la toma de decisiones y reduce el riesgo operativo. La simulación, además, permite repetir escenarios y ajustar los modelos sin las limitaciones del mundo físico.

El presente de Talamona no es casual. Su recorrido ya incluye hitos relevantes en el circuito global de robótica: en 2024 fue campeona en la RoboCup Internacional de Eindhoven, en Países Bajos, y posteriormente logró el primer puesto en la RoboCup Américas de Pensilvania, Estados Unidos. También obtuvo un podio en la edición internacional realizada en Brasil.

En la competencia de 2026 estará acompañada por Ramiro Francavilla, junto a un equipo técnico encabezado por Emanuel Hamui y Gonzalo Zabala, director del CAETI y miembro del comité organizador internacional de RoboCup.

Más allá del desafío competitivo, el proyecto refleja una tendencia creciente: el desarrollo de tecnología orientada al bien común. Los simuladores permiten crear soluciones aplicables a contextos de alto riesgo sin exponer a rescatistas ni víctimas, generando conocimiento que puede trasladarse a situaciones reales.

La participación en la RoboCup 2026 posiciona a la Argentina en un escenario de innovación aplicada, donde la robótica deja de ser una disciplina experimental para convertirse en una herramienta concreta de gestión de emergencias.

En ese marco, la historia de Martina Talamona trasciende lo individual: refleja el potencial de la formación tecnológica temprana y el rol de los jóvenes en la construcción de soluciones para problemas complejos. Corea del Sur será, en ese camino, un nuevo punto de partida.

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De Oberá a la Nasa: el misionero que lideró el satélite argentino en Artemis II

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En la carrera por volver a la Luna, la Argentina encontró un lugar propio. No en la primera línea mediática de los astronautas, sino en la ingeniería silenciosa que permite que una misión funcione. Allí, en ese entramado técnico de precisión extrema, aparece un nombre con acento misionero: Luis López, oriundo de Oberá, quien lideró el desarrollo del segmento terreno y el concepto de operaciones del microsatélite ATENEA.

Desde la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), López formó parte del equipo que logró insertar a la Argentina en la misión Artemis II, el primer vuelo tripulado del programa lunar de la NASA en décadas. Y no fue una participación menor: ATENEA se convirtió en el único satélite latinoamericano seleccionado para esta misión, en un proceso competitivo que incluyó a decenas de países.

“Argentina fue uno de los cuatro países que cumplió todos los requisitos técnicos en tiempo y forma”, explicó López en diálogo con Open1017.com, al detallar el proceso que llevó al país a formar parte del programa Artemis.

ATENEA no fue diseñado como una misión científica tradicional, sino como una prueba tecnológica de alto valor estratégico. Su objetivo: validar sistemas, medir radiación, ensayar comunicaciones en condiciones extremas y generar “herencia de vuelo”, un concepto clave en la industria espacial.

El microsatélite fue liberado a unos 40.000 kilómetros de la Tierra y alcanzó un apogeo cercano a los 72.000 kilómetros, convirtiéndose en el objeto argentino que más lejos llegó en la historia. Pero el verdadero logro estuvo en otro punto: la comunicación.

“En todo momento tuvimos enlace con el satélite. Eso ya fue un hito”, destacó López.

Esa capacidad no solo permitió validar tecnología nacional, sino que posicionó a la Argentina como un actor técnico confiable en el ecosistema espacial internacional. De hecho, el equipo argentino logró incluso asistir a otras potencias.

Cuando la Argentina ayuda a las potencias

En un escenario donde participan países como Alemania y Corea del Sur, el desempeño argentino sorprendió. Según relató López, Argentina y Arabia Saudita fueron los únicos en establecer comunicación desde el inicio. Luego, ante dificultades técnicas de otros participantes, el equipo nacional intervino.

“Nos contactaron de Alemania y Corea del Sur para ver si los podíamos ayudar. Pudimos encontrar sus satélites y enviarles datos”, explicó.

El episodio no es menor: en una misión de escala global, con estándares de la NASA, la ingeniería argentina no solo cumplió, sino que colaboró activamente con otros países.

ATENEA tuvo una vida útil extremadamente corta: apenas unas horas en órbita antes de reingresar a la Tierra. Esa limitación convirtió cada segundo en crítico.

“El satélite cumplió su misión en un solo día. Por eso era tan importante lograr la comunicación y bajar todos los datos posibles”, explicó López.

Ese carácter efímero no reduce su impacto. Por el contrario, refuerza el valor de cada dato obtenido, que servirá como base para futuras misiones argentinas.

Detrás del logro hay una historia personal que también explica el recorrido de la ciencia argentina. López tiene 29 años, comenzó estudiando ingeniería en Oberá y luego migró a la Universidad Nacional de San Martín para especializarse en ingeniería espacial.

Ingresó a la CONAE como pasante y, en apenas cuatro años, pasó a integrar el equipo de proyectos satelitales, participando incluso en la misión SAOCOM-2.

“Encontré la ingeniería espacial y me voló la cabeza”, resumió sobre su decisión de cambiar de rumbo.

Su experiencia en el Kennedy Space Center, donde participó en la integración final del satélite, sintetiza el salto: de la universidad pública argentina al corazón del programa espacial estadounidense.

El desarrollo de ATENEA fue completamente nacional, con participación de la CONAE, la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de La Plata, la UNSAM, la Comisión Nacional de Energía Atómica y el Instituto Argentino de Radioastronomía.

En un contexto de tensiones presupuestarias y debate sobre el financiamiento científico, el caso ATENEA aparece como una evidencia concreta del potencial del sistema científico argentino.

No se trata solo de un satélite. Se trata de capacidad instalada, de formación de recursos humanos y de inserción internacional. Y también, de historias como la de Luis López, que muestran que desde Oberá también se puede llegar a la Luna.

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Argentina captó datos del microsatélite ATENEA en el marco del programa Artemis

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El Gobierno nacional confirmó este 2 de abril de 2026 que las estaciones terrenas de la CONAE en Córdoba y Tierra del Fuego lograron recepcionar con éxito las primeras señales y datos de telemetría del microsatélite ATENEA, integrado al programa Artemis de la NASA. La validación técnica, comunicada por la Oficina del Presidente, no solo marca un avance en materia aeroespacial: también funciona como una pieza de construcción política en un momento donde la administración busca mostrar resultados concretos de inserción internacional. ¿Se trata de un logro científico aislado o de un intento por consolidar un nuevo posicionamiento estratégico del país?

Un hito tecnológico con lectura política

El desarrollo del microsatélite ATENEA —un CubeSat 12U diseñado para operar desde órbita baja hasta el espacio profundo— se inscribe en el programa Artemis, la iniciativa que reabre la carrera por la exploración lunar con participación internacional. La novedad central es que Argentina no aparece como observador, sino como parte activa, aportando tecnología propia como carga secundaria en una de las misiones más relevantes del sector.

Desde el Ejecutivo, el énfasis estuvo puesto en ese cambio de rol: pasar de espectador a protagonista. En términos institucionales, el proyecto articula a la CONAE con universidades nacionales —UNLP, UNSAM y FIUBA—, organismos técnicos como el IAR y la CNEA, y la empresa VENG S.A. Esa red evidencia una política de cooperación interna que, proyectada hacia afuera, se vincula directamente con Estados Unidos y la comunidad internacional.

En términos concretos, ATENEA permitirá medir niveles de radiación, evaluar componentes electrónicos en condiciones extremas y analizar señales de navegación GNSS a grandes altitudes, además de validar sistemas de comunicación de largo alcance. Traducido al plano político: el país prueba capacidades críticas en un sector donde la soberanía tecnológica y la cooperación internacional conviven en tensión permanente.

Ciencia, Estado y narrativa de gestión

El comunicado oficial no se limitó a informar el logro técnico. Introdujo una interpretación: el avance sería resultado de un “cambio de paradigma” impulsado desde la actual gestión, orientado a la inserción global y la excelencia tecnológica. Esa lectura busca anclar el hito en una narrativa más amplia de política exterior y científica.

En ese marco, la articulación entre organismos públicos, universidades y empresa estatal aparece como un activo que el Gobierno decide exhibir. No es menor: en un contexto de ajuste y redefinición del rol del Estado, el sector científico-tecnológico funciona como un terreno donde se pueden mostrar resultados sin impacto fiscal inmediato visible, pero con alto valor simbólico.

La referencia al “concierto de las Naciones que hacen historia” también marca una línea discursiva. No apunta al corto plazo, sino a posicionar al país en una liga de cooperación estratégica donde el conocimiento y la tecnología operan como moneda geopolítica.

Entre legitimación y expectativas

El logro técnico fortalece al Ejecutivo en un terreno donde la discusión política suele ser menos polarizada: la ciencia aplicada y la innovación. En términos de correlación de fuerzas, permite al Gobierno exhibir gestión en un área de alto consenso social, lo que puede amortiguar tensiones en otros frentes más conflictivos.

Al mismo tiempo, el proyecto refuerza el rol de la CONAE y del sistema científico nacional, actores que quedan posicionados como piezas clave en la política de inserción internacional. La cooperación con la NASA no solo implica transferencia tecnológica, sino también validación externa, un factor relevante en la construcción de credibilidad.

Sin embargo, el impacto económico o productivo inmediato no aparece en el horizonte cercano. El valor está en la generación de capacidades y en la posibilidad de escalar desarrollos futuros. En ese punto, la pregunta que sobrevuela es si este tipo de iniciativas podrá sostenerse en el tiempo o si quedará como un hito aislado dentro de una estrategia más amplia aún en construcción.

Un punto de partida más que de llegada

La recepción de datos de ATENEA abre una etapa. El desafío no es técnico —la prueba inicial ya fue superada— sino político e institucional: sostener la continuidad de estos desarrollos, ampliar la cooperación internacional y traducir capacidades en políticas de largo plazo.

En las próximas semanas, la atención estará puesta en cómo el Gobierno capitaliza este logro. Si lo convierte en plataforma para nuevas iniciativas o si queda encapsulado como un símbolo dentro de una narrativa más general.

Porque en la política tecnológica, los hitos no cierran procesos. Los inauguran.

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El satélite ATENEA busca posicionar a Argentina en el espacio profundo

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El Gobierno nacional salió a capitalizar el desarrollo del satélite ATENEA y lo presentó como un “paso histórico” para la ingeniería argentina, en un movimiento que excede lo tecnológico y se inscribe en la disputa por el rumbo de la política científica. El anuncio fue realizado por la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología tras la confirmación de que el microsatélite formará parte de la misión Artemis II de la NASA, con operación prevista a más de 70.000 kilómetros de la Tierra, una distancia inédita para desarrollos nacionales.

El dato no es menor: en medio de un escenario de ajuste y redefinición del rol del Estado, el oficialismo decide destacar un proyecto de alto contenido científico y cooperación internacional. La pregunta queda planteada: ¿se trata de una señal de continuidad estratégica en el sector o de un caso puntual difícil de replicar?

Un proyecto que combina Estado, ciencia y cooperación internacional

ATENEA fue diseñado y construido en el país por equipos vinculados a la CONAE, universidades nacionales y empresas tecnológicas, en el marco de un esquema de cooperación con la NASA. El satélite viajará como carga secundaria en Artemis II, misión que marcará el regreso de vuelos tripulados alrededor de la Luna después de más de 50 años.

Desde el punto de vista institucional, el proyecto se ubica en un terreno donde convergen capacidades estatales, académicas y privadas. La Secretaría de Innovación lo definió como algo más que un desarrollo puntual: una plataforma para validar tecnología propia en navegación y comunicación de largo alcance.

Ese aspecto técnico tiene una traducción política concreta. Validar sistemas en condiciones de espacio profundo implica ampliar el margen de autonomía tecnológica y posicionar a Argentina en un segmento donde la barrera de entrada es alta. No es solo investigación: es capacidad estratégica.

Capital político y señales hacia el sistema científico

La decisión del Gobierno de resaltar ATENEA introduce una señal hacia el ecosistema científico y tecnológico. En un contexto donde otras áreas del Estado atraviesan recortes, el reconocimiento público de este tipo de desarrollos funciona como un gesto de respaldo selectivo.

El proyecto también impacta en la proyección internacional. Formar parte de Artemis II ubica a Argentina en una misión de alto perfil global, lo que fortalece su inserción en redes de cooperación científica. En términos de poder, implica acceso a información, estándares y validaciones que luego pueden trasladarse a otros desarrollos.

Al mismo tiempo, la visibilidad del satélite tensiona una discusión de fondo: qué lugar ocupará la ciencia en la agenda del Gobierno y bajo qué modelo de financiamiento y articulación se sostendrán estos avances.

Entre hito tecnológico y estrategia de largo plazo

El lanzamiento de ATENEA abre más preguntas que certezas. La operación a más de 70.000 kilómetros y la participación en Artemis II marcan un hito técnico, pero también obligan a mirar la continuidad del proceso.

En las próximas etapas, el foco estará en los resultados de validación tecnológica y en la capacidad de traducir ese conocimiento en nuevos proyectos. También en cómo se sostendrá la articulación entre organismos públicos, universidades y sector privado.

La señal ya está dada: Argentina puede insertarse en el espacio profundo. Lo que queda por definirse es si ese logro será el punto de partida de una estrategia sostenida o un episodio destacado dentro de un escenario más fragmentado.

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