Tres científicos ganan el Nobel de Química por crear estructuras metalorgánicas con potencial para capturar carbono y generar agua en el desierto
El japonés Susumu Kitagawa, el británico Richard Robson y el jordano-estadounidense Omar Yaghi fueron reconocidos por desarrollar una nueva arquitectura molecular capaz de almacenar gases y líquidos en espacios diminutos. El Comité Nobel destacó su potencial para enfrentar el cambio climático y comparó su descubrimiento con el “bolso de Hermione Granger” de Harry Potter.
Una revolución en la química: materiales porosos con aplicaciones ambientales
El Premio Nobel de Química 2025 fue otorgado a Susumu Kitagawa (Japón), Richard Robson (Reino Unido) y Omar Yaghi (Jordania/Estados Unidos) por el desarrollo de estructuras metalorgánicas (MOF, por sus siglas en inglés), una innovación que redefine el concepto de arquitectura molecular.
Estas estructuras, explicó el Comité Nobel de Química durante la ceremonia realizada en Estocolmo, son capaces de concentrar grandes volúmenes de espacio dentro de una estructura microscópica, un fenómeno que Heiner Linke, presidente del Comité, comparó con el famoso bolso mágico de Hermione Granger de la saga Harry Potter: “Parece pequeño por fuera, pero es enorme por dentro. Puede almacenar enormes cantidades de gas en un volumen diminuto”.
El hallazgo abre la puerta a aplicaciones de alto impacto ambiental, como la captura de dióxido de carbono, la obtención de agua del aire en zonas desérticas, el almacenamiento de gases tóxicos, y la catalización de reacciones químicas con mayor eficiencia y menor costo energético.
De las bolas de madera a los materiales del futuro
La génesis de este descubrimiento se remonta a 1974, cuando Richard Robson, profesor de la Universidad de Melbourne, experimentaba con modelos de bolas de madera para enseñar estructuras moleculares. Al notar que la ubicación de los orificios definía propiedades químicas, se preguntó si unir moléculas en lugar de átomos podía originar materiales nuevos.
Una década más tarde, en los años 80, Robson comprobó su hipótesis al crear una estructura regular utilizando cobre, similar a la del diamante, pero con cavidades internas amplias, lo que marcó el inicio de la química de los materiales porosos.
En los años 90, Susumu Kitagawa, desde la Universidad de Kioto, retomó esos avances para explorar el potencial de las estructuras porosas. Aunque inicialmente enfrentó escepticismo, en 1997 logró su primer gran avance, al desarrollar un material capaz de absorber y liberar gases como metano, nitrógeno y oxígeno.
Por su parte, Omar Yaghi, investigador de la Universidad Estatal de Arizona, llevó el concepto a su máxima expresión al crear el MOF-5, una estructura tan estable que puede calentarse hasta 300°C sin colapsar. Según el Comité Nobel, “un par de gramos de MOF-5 cubren un área tan grande como un campo de fútbol”.
Yaghi aplicó esa tecnología para extraer agua del aire del desierto de Arizona: durante la noche, el material captura vapor de agua y, al calentarse con el sol, libera el líquido para su recolección.
Impacto ambiental, energético y científico global
Las estructuras metalorgánicas permiten almacenar y liberar moléculas de manera controlada, ofreciendo soluciones potenciales a desafíos ambientales críticos. Entre sus aplicaciones destacan:
Captura de dióxido de carbono (CO₂): su capacidad de absorción selectiva las convierte en herramientas clave para reducir emisiones industriales.
Purificación del agua: podrían eliminar sustancias químicas persistentes o restos farmacéuticos del ambiente.
Almacenamiento de hidrógeno: al concentrar grandes volúmenes de gas, se perfilan como materiales estratégicos para la transición energética.
El Comité Nobel resaltó que los MOF “brindan oportunidades nunca antes previstas para materiales hechos a medida con nuevas funciones”, y que su desarrollo “marca un punto de inflexión en la forma en que entendemos la química de los materiales”.
El Premio Nobel de Química 2025 incluye una dotación de 11 millones de coronas suecas (equivalentes a US$ 1 millón), a repartir entre los tres galardonados.
Con este reconocimiento, la Real Academia de Ciencias de Suecia subraya la importancia de la innovación científica como herramienta frente al cambio climático, al tiempo que refuerza la cooperación internacional entre universidades de Asia, Europa y América.
Hace apenas unas semanas, una campaña científica argentina se metió en miles de hogares. Durante 21 días, las imágenes transmitidas en vivo desde el cañón submarino de Mar del Plata sumaron 17,5 millones de visualizaciones en YouTube y Twitch. Allí, a casi 4.000 metros de profundidad, se descubrieron 40 nuevas especies y una biodiversidad inesperada de corales, estrellas de mar y peces de aguas frías. Fue un hito: por primera vez la ciencia argentina mostró, en tiempo real, el corazón del océano profundo.
Ese éxito dejó la vara altísima. Pero también abrió la puerta a una nueva etapa: seguir explorando lo que todavía permanece oculto. En octubre, un equipo de científicas del Servicio de Hidrografía Naval (SHN), con apoyo del CONICET, volverá a embarcarse para estudiar los cañones submarinos y su vínculo con la Corriente de Malvinas, una de las más intensas y nutritivas del planeta.
Lo que esconden los cañones
La misión estará liderada por cuatro investigadoras principales: las Doctoras Silvia Romero, Laura Ruiz-Etcheverry y Graziella Bozzano, junto con la licenciada Ornella Silvestri. Sus disciplinas son principalmente la geología y la oceanografía, método que estudia las corrientes marinas. Cada mirada se une para descifrar un rompecabezas todavía sin resolver.
“Cada una venía observando que en estas zonas pasaban cosas raras”, cuenta Ornella Silvestri, investigadora del SHN y becaria doctoral de CONICET. “Nos juntamos, presentamos el proyecto y ahora vamos a investigarlo en profundidad”.
El proyecto se centra en una hipótesis: la posible interacción entre los cañones submarinos y las intrusiones de la Corriente de Malvinas, que fluye por el talud continental. Se trata de porciones de agua subantártica ricas en nutrientes que se desvían hacia la plataforma continental. La hipótesis es que ese ingreso alimenta al fitoplancton y al zooplancton, la base de toda la cadena alimentaria marina.
“Cuando esas aguas entran en contacto con un ambiente más calmo, los organismos aprovechan al máximo los nutrientes. Eso impacta en toda la trama de especies”, explica Silvestri.
Un fondo que empuja
La geología también juega su papel. Los cañones submarinos, tallados a lo largo del talud continental, funcionan como corredores que guían corrientes hacia la plataforma. Esa forma del fondo marino podría ser clave para explicar por qué los nutrientes se redistribuyen y potencian la vida en lugares inesperados.
“Nuestra hipótesis es que queremos ver cómo interactúan esas corrientes con la forma del fondo. Es una dinámica que hasta ahora nunca fue estudiada en detalle”, apunta Silvestri.
Tecnología para mirar lo invisible
La campaña desplegará un arsenal de instrumentos: boyas, sensores y el ROV SuBastian, un robot capaz de descender miles de metros y transmitir imágenes en ultra alta definición. A diferencia de la expedición anterior, aquí no se colectarán organismos bentónicos: el objetivo es observar, registrar y analizar hábitats.
“Esperamos ver ecosistemas súper productivos y heterogéneos. Los cañones se conocen por ser zonas de mucha biodiversidad”, señala Silvestri. “Vamos a filmar esos ambientes y, al mismo tiempo, recolectar muestras de agua y sedimentos para entender cómo circulan los nutrientes”.
El foco estará en los primeros 1000 metros de la columna de agua, donde ocurre el pulso del fitoplancton y zooplancton: el inicio de la cadena trófica.
Ciencia compartida
Más allá de los resultados, las científicas saben que el impacto de estas campañas trasciende la academia. El streaming de la expedición pasada lo dejó claro: familias, docentes y estudiantes siguieron cada inmersión como si fuera una serie en vivo.
“Nos sorprendió el interés genuino de la gente por conocer el territorio sumergido”, admite Silvestri. “Ver al mismo tiempo que los científicos lo que ocurre en el fondo es un plus enorme”.
El desafío, esta vez, es redoblar ese lazo con la sociedad: mostrar que el fondo marino no es un desierto, sino un espacio variado y lleno de vida. Y, sobre todo, inspirar a nuevas generaciones a asomarse al océano con curiosidad y respeto.
El buque Falkor Too regresó al puerto de Buenos Aires tras tres semanas de exploración en el cañón submarino de Mar del Plata. La misión, liderada por el CONICET y el Schmidt Ocean Institute, registró especies nunca antes vistas en la región y marcó un hito en la divulgación científica al transmitir en tiempo real cada hallazgo a una audiencia récord.
El arribo del Falkor Too a Buenos Aires marcó el cierre de la cuarta campaña Talud Continental, una expedición oceanográfica que combinó alta tecnología, cooperación internacional y participación ciudadana inédita.
El equipo científico, encabezado por Daniel Lauretta (Museo Argentino de Ciencias Naturales – CONICET), exploró durante 20 días el cañón submarino frente a Mar del Plata utilizando el robot ROV SuBastian, capaz de descender a 3.900 metros y operar en condiciones extremas.
“La gran diferencia fue compartirlo en vivo, ver al mismo tiempo lo que nosotros veíamos. Descubrimos muchas especies que no sabíamos que existían”, expresó Lauretta, visiblemente impactado por la repercusión que generó la transmisión.
El cañón de Mar del Plata es un área estratégica donde confluyen la corriente cálida de Brasil y la fría de Malvinas, creando un punto de encuentro biogeográfico único. Esta interacción de aguas con distintas temperaturas y nutrientes favorece una biodiversidad excepcional y convierte al sitio en un laboratorio natural para el estudio de hábitats vulnerables, procesos de almacenamiento de carbono azul y dispersión de microplásticos.
Las campañas anteriores (Talud I, II y III) ya habían revelado decenas de especies desconocidas. Pero Talud IV superó los registros previos gracias a mayor capacidad tecnológica y un formato de difusión en tiempo real que acercó la ciencia a audiencias masivas.
Contenido técnico de la misión
La expedición, integrada por más de 30 investigadores de instituciones argentinas e internacionales, permitió:
Capturar imágenes en alta definición de ecosistemas profundos, incluyendo corales de aguas frías y fauna adaptada a la penumbra.
Detectar microplásticos y residuos humanos en zonas remotas, confirmando el alcance de la contaminación marina.
Recolectar muestras de agua, sedimentos y organismos para análisis de ADN ambiental, modelado 3D y clasificación taxonómica.
Documentar comportamientos inusuales, como la defensa activa de una langosta guerrera madre contra el robot explorador.
El material recolectado será depositado en repositorios de acceso abierto como CONICET Digital, OBIS y GenBank, garantizando su disponibilidad para la comunidad científica y educativa.
La transmisión en vivo por YouTube atrajo picos de 92.000 espectadores simultáneos, un récord para el canal del Falkor Too. La interacción fue inmediata: niños y niñas enviaron dibujos de las especies vistas, se generaron memes y debates en redes sociales, y varios de los animales filmados se convirtieron en íconos virales.
“Es maravilloso ver cómo los chicos se inspiran. Esto es pasión, uno tiene que ponerle el corazón y las cosas después resultan así”, dijo Nadia Cerino, bióloga del Grupo de Estudios del Mar Profundo de Argentina (GEMPA).
Repercusiones e impacto institucional
Además del aporte a la ciencia marina, Talud IV fortaleció la relación entre la investigación y la sociedad, mostrando el potencial de la ciencia abierta como herramienta de divulgación y generación de vocaciones.
El éxito del streaming consolidó al CONICET y al Schmidt Ocean Institute como referentes regionales en exploración profunda y comunicación científica. También abre puertas a futuras colaboraciones con países vecinos, como Uruguay, donde ya se proyectan nuevas campañas.
La próxima etapa será el procesamiento y análisis de las muestras recogidas, un trabajo que demandará años. Se espera que los resultados permitan actualizar registros de biodiversidad, evaluar el estado de los ecosistemas y desarrollar materiales educativos para escuelas y museos.
Las autoridades científicas confirmaron que ya se planifican nuevas rutas en el Atlántico Sur, con la intención de replicar el modelo de transmisión en vivo que demostró ser un poderoso canal para acercar la ciencia a la ciudadanía.
El Decreto 571/2025, publicado este lunes en el Boletín Oficial, suprime la Dirección Nacional del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria y transfiere sus atribuciones al Presidente del organismo. La medida forma parte del proceso de transformación institucional iniciado en julio, con el objetivo de agilizar la toma de decisiones y reducir superposiciones administrativas.
El presidente Javier Milei firmó el Decreto 571/2025, que dispone la eliminación de la Dirección Nacional del INTA —hasta ahora parte de su primer nivel operativo— y reasigna sus funciones directamente al Presidente del organismo. La norma se enmarca en la transformación institucional iniciada por el Decreto 462/2025, que modificó la naturaleza jurídica del INTA, pasando de ser un ente descentralizado a uno desconcentrado bajo la órbita de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca del Ministerio de Economía.
El texto establece que, mientras dure la reestructuración, se mantendrán vigentes las áreas y cargos que dependían de la Dirección Nacional, pero bajo conducción directa del titular del INTA.
El INTA fue creado en 1956 por el Decreto-Ley 21.680, con el objetivo de impulsar la investigación y extensión agropecuaria, fortalecer la tecnificación de las explotaciones rurales y mejorar la vida en el campo. Durante décadas, su estructura incluyó un Consejo Directivo y una Dirección Nacional encargada de la ejecución de políticas y programas.
Sin embargo, el Decreto 462/2025 modificó este esquema: reemplazó al Consejo Directivo por un Consejo Técnico y otorgó al Presidente del INTA un rol central en la conducción científico-técnica, buscando mayor rapidez en la toma de decisiones. Esta reforma dejó superpuestas las funciones de la Dirección Nacional y la Presidencia, lo que motivó su eliminación.
Los argumentos oficiales para la supresión
Según el informe técnico IF-2025-82610586-APN-INTA#MEC, elaborado por el Presidente del organismo, la Dirección Nacional había perdido su razón operativa de existencia al quedar sus competencias solapadas con las de la Presidencia.
El Gobierno argumenta que esta medida permitirá “dotar de mayor agilidad operativa” al INTA y simplificar la cadena de mando, concentrando la ejecución de políticas, programas y proyectos en una sola autoridad. La decisión recibió el visto bueno de la Dirección Nacional de Diseño Organizacional, dependiente del Ministerio de Desregulación y Transformación del Estado, y de la Oficina Nacional de Presupuesto.
En términos administrativos, todas las menciones a la Dirección Nacional en la Resolución 513/2019 —que aprobó la estructura organizativa vigente— pasarán a entenderse referidas al Presidente del INTA.
La norma aclara que, hasta que finalice el rediseño estructural, se mantendrán intactas las acciones, cargos, dotaciones y suplementos vigentes, por lo que no habrá despidos inmediatos ni cambios en las funciones de las áreas que dependían de la Dirección Nacional.
El INTA es un actor clave en el desarrollo tecnológico agropecuario y en la transferencia de innovación a productores, cooperativas y empresas del sector. La eliminación de un nivel directivo intermedio podría traducirse en una mayor velocidad para implementar programas de investigación y extensión, aunque también plantea el desafío de mantener la coordinación entre sus 350 unidades y centros de investigación distribuidos en todo el país.
En el plano político, esta decisión refuerza el control directo del Poder Ejecutivo sobre el organismo, en línea con la política de “achicamiento y eficiencia” que la gestión Milei impulsa en el Estado nacional.
El decreto establece un esquema transitorio mientras se completa la reorganización integral del INTA. El rediseño final podría redefinir áreas técnicas, priorizar líneas de investigación y optimizar la asignación de recursos presupuestarios.
Fuentes del Ministerio de Economía señalan que la intención es concluir la reforma antes de fin de año para que el organismo ingrese a 2026 con un modelo de gestión “más ágil y orientado a resultados”.
La yerba mate despierta a los dormidos, corrige a los haraganes y hace hermanas a las gentes que no se conocen, escribió Eduardo Galeano, y sintetizó con belleza lo que cualquier bebedor sabe: el mate tiene magia. Pero lo que no es tan conocido es que el mate también tiene ciencia, mucha ciencia, que está en las reacciones químicas que se producen en el cebado, en sus efectos sobre nuestras neuronas, en los sabores que puede agregar a nuestras comidas. Así comienza el libro del científico Juan Ferrario y la sommelier del mate, Karla Johan.
Desde el rescate de su reputación frente a acusaciones de potencial riesgo cancerígeno, hasta la identificación de compuestos con alto impacto en la salud, Ferrario propone mirar al mate desde el laboratorio.
El título de tu libro propone mirar el mate desde la ciencia. Se dice que tiene muchas virtudes, pero empecemos por los detractores, que aseguran que tiene riesgo cancerígeno ¿Cuál fue el punto de partida? El disparador fue un viejo debate: la temperatura del agua y el supuesto vínculo con el cáncer. Ese tema llevó a retomar el diálogo entre ciencia y mate, una relación que existe desde los orígenes. Desde la época jesuítica hubo ciencia aplicada al cultivo: los jesuitas desarrollaron técnicas para que los guaraníes pudieran plantar yerba cerca de sus poblados, con un impacto económico enorme. Pero esa unión ciencia-mate tuvo altibajos en la historia.
En 2005, la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC) incluyó al mate entre las bebidas “potencialmente cancerígenas”. El argumento era que se consumía a temperaturas muy altas. Nelson Bracesco, investigador uruguayo, lo dijo claramente: “Esto pasa porque no se investiga y no se muestra la evidencia”. La clave era demostrar que la temperatura real en el consumo estaba por debajo del umbral de riesgo.
¿Cómo se hizo esa comprobación? El ingeniero químico Miguel Schmalko y la doctora Ana Thea, en Misiones, desarrollaron un sistema para medir la temperatura en distintos puntos del recorrido del agua dentro del mate. Con agua a 75-80°C en el termo, detectaron que al salir por la bombilla no superaba los 60°C, muy por debajo de los 65°C que la IARC fija como límite para considerar una bebida riesgosa. Esa evidencia permitió que el mate fuera retirado de la lista de bebidas potencialmente cancerígenas. Fue un punto de inflexión: con ciencia, el mito se derrumbó. La ciencia trata de mostrar la verdad y ese hecho era irrefutable. Cualquiera podía medir la temperatura en el agua.
También se habló de riesgos por el secado tradicional con humo… Sí, se discutió la presencia de benso(a)pirenos -un hidrocarburo aromático policíclico (HAP) clasificado como carcinógeno humano-, residuos de combustión. En la técnica tradicional de barbacuá podían quedar trazas de ceniza. Si bien estudios mostraron que no eran solubles en agua y que la cantidad era muy baja, la exportación a Europa exigió eliminarlos. Esto aceleró la adopción de métodos de secado sin humo. Hoy, incluso, hay procesos que mejoran el sabor, como el sapecado con hornos desde abajo.
¿Y qué dice la ciencia a favor del mate? Muchísimo. Cuando conocí a Nelson en 2018, él ya era la figura referente en investigación del mate. Y en un congreso en que se estaba diciendo todo lo bueno del mate, le dije que esto no era creíble, que la gente iba a decir que la yerba era el nuevo aloe vera con todas esas propiedades. Y Nelson me dice que no, que esto hace bien a las células y si hace bien a las células, hace bien a todo el organismo. Era encontrar eso, ¿qué es lo que hace bien? Hay dos elementos. Uno es el efecto antioxidante, que viene de la mano de los polifenoles. Desde hace tiempo se sabe que es una de las bebidas con mayor concentración de polifenoles, compuestos antioxidantes que contrarrestan el estrés oxidativo. Se habla mucho del estrés oxidativo, pero no es un término que para los no biólogos o médicos sea natural. Muchos en óxidos deben pensar en un hierro que se va oxidando, no tiene nada que ver con eso. La oxidación es un proceso secundario de la respiración celular, que ocurre todo el tiempo, porque lo necesitamos para estar vivos. Como fenómeno secundario genera una molécula que no es agua, es peróxido de hidrógeno que tiene radicales libres. Radicales libres son cargas eléctricas. Esas cargas eléctricas se pegan a otras moléculas y hacen que funcionen mal. Entonces, la célula tiene mecanismos para contrarrestar esas cargas eléctricas. Pero a veces no da abasto. Eso es el estrés oxidativo. Con el agregado de antioxidantes externos, se ayuda a las células. Cuando las células no logran neutralizar los radicales libres que afectan su funcionamiento, ese proceso se asocia a enfermedades crónicas, cáncer y trastornos neurológicos. El mate aporta antioxidantes externos que ayudan a las células a mantener su equilibrio.
Pero lo más interesante es uno de esos polifenoles: el ácido clorogénico, que dispara el metabolismo, que es como las células organizan su energía, porque la falta de energía es una de las principales causas de muerte celular. Y entonces aparece el ácido clorogénico con mucho énfasis y acá yo voy a decir “por suerte”. Por suerte el café también tiene mucho ácido clorogénico y entonces hay mucha gente en el mundo que lo empezó a estudiar. El mate es el alimento con mayor concentración de este compuesto, junto con el café. El ácido clorogénico regula el metabolismo celular y mejora el uso de energía, algo vital para las neuronas, que no se reproducen. Esto abre perspectivas en la prevención o el retraso de enfermedades neurodegenerativas como Parkinson o Alzheimer.
¿El mundo está mirando al mate como objeto de estudio? En realidad, está mirando al ácido clorogénico, como un principio activo del café porque también lo tiene en abundancia. Esa coincidencia nos beneficia: la investigación global sobre este compuesto fortalece nuestra evidencia. En nuestro laboratorio trabajamos sobre su efecto en neuronas y los resultados son muy alentadores. Vemos mejoras en la regulación del metabolismo, como las neuronas pueden distribuir su uso de la energía celular y en la resistencia a daños que, con el tiempo, llevan a la muerte neuronal.
Ahí la yerba puede ayudar… Ahí puede ayudar.
¿La industria se da cuenta de eso?
No, no, absolutamente no. La industria todavía no la vio. Si algo tenemos los que estamos en el mundo científico es que estamos unos pasos adelante porque estamos viendo los resultados y porque lo que yo estoy contando son resultados que salen de nuestro laboratorio y que no aparecen todavía públicos, no son públicos porque no los terminamos.
Pero tiene un valor económico enorme.
El ácido clorogénico, porque yo me estoy metiendo el ácido clorogénico como preventivo de enfermedades neurodegenerativas porque es mi tema de trabajo.
Pero el ácido clorogénico es, además, y por el mismo mecanismo que favorece a las neuronas, es además la molécula que evita la obesidad. No es un adelgazante en general. En realidad evita acumular grasas. Entonces, evita la obesidad. Termina resultando como un adelgazante. Pero todavía nadie está diciendo desde la industria o el INYM, “extraigamos ácido clorogénico de la yerba”. Hace poco en uno de los webinarios del INYM la doctora Sandra Guerrero, mostró una técnica para sacar ácido clorogénico de los palos que terminan siendo desechados. Da bronca encontrar en las farmacias productos naturales enriquecidos con ácido clorogénico importados y extraídos de té verde. La industria no la ve. Yo no soy, con mi mentalidad científica, experto en pensar los negocios. Pero se los estamos diciendo, ahí hay una posibilidad.
¿Y qué productos se pueden elaborar con esto?
Píldoras que podés agregarlas directamente a tu dieta, como se toman las vitaminas, por ejemplo. Si bien vos podés obtener los beneficios del mate, podrías obtenerlo directamente tomando una pastilla. Hay hay grupos japoneses que han hecho experimentos interesantes con yerba mate. Con polvo de yerba le hacen tomar a las personas porque no querían tomar en otras en otras variantes, y es efectivo igualmente. Así que se pueden generar compuestos, comprimidos y no tan costosos.
Otros principios activos de la yerba mate pueden aumentar la variedad de opciones. No quedarse solamente con la cafeína y el efecto energizante, sino a pensar en otras variantes.
¿Productos de belleza?
Se que sirve, pero no me metí tanto en el detalle. Como soy fisiólogo, me metí más en el funcionamiento fisiológico. Sé que sirve, que se usan, pero en ese caso de manera dérmica, es decir, las cremas. Lo que escuché es que son beneficiosas.
El camino de esta investigación se cruzó con la figura del premio Nobel Bernardo Houssay, el científico más importante de la historia argentina.
¿Qué significó para tu trabajo saber que un premio Nobel también estuvo buscando los beneficios de la yerba?
Cuando empecé a trabajar con yerba mate me decían que era pseudociencia. Lo mismo que le pasó a Houssay décadas antes, cuenta entre risas. Fue una reivindicación. Para ambos.
La búsqueda de documentos sobre los estudios de Houssay en yerba mate fue una aventura casi detectivesca: cartas olvidadas, bibliotecas, museos y hasta un coleccionista que guardaba el material sin saber muy bien qué hacer con él. “Fue un hallazgo completamente fortuito. Encontramos 114 cartas, 28 reportes científicos, dibujos originales, bibliografía recopilada… Un tesoro que estaba a punto de quedar para siempre en la oscuridad”, relata.
Gracias al trabajo de su equipo y al apoyo de la Facultad, todo ese material fue digitalizado y está disponible para el público, cumpliendo el deseo que el propio Houssay dejó escrito en varias cartas: “Esto se tiene que saber”.
Aunque su tema principal de investigación es el Parkinson, la yerba mate ha ido ganando cada vez más espacio en su agenda científica. “Hoy diría que el 70% de mi trabajo está dedicado a la yerba mate. Y creo que voy camino a dedicarle el 100%, porque lo que encontramos es mucho más trascendente de lo que imaginaba”, reconoce.
También se ha convertido en un divulgador apasionado. “Es parte de nuestra labor como investigadores. No basta con que la ciencia avance si no se lo contamos a la gente”.
¿A qué edad comenzar a tomar mate? Para la respuesta, se remite a la evidencia internacional: nada de cafeína antes de los 12 años y, entre los 12 y los 18, no más de 100 mg diarios (el equivalente a un mate cebado con yerba común).
“La cafeína en dosis moderadas no genera adicción ni cambios permanentes en el cerebro, pero hay que ser prudentes con los niños”, advierte.
A título personal, confiesa que toma entre tres y cuatro mates por día y que el café casi no forma parte de su dieta. “El café es el demonio”, bromea.