Colombia

‘No soy ilegítimo, ni soy narco’: Petro eleva el tono contra Donald Trump y habla de ‘tocar de nuevo las armas’ tras amenazas

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El presidente de Colombia, Gustavo Petro, respondió en la madrugada de este lunes 5 de enero a las declaraciones del mandatario estadounidense Donald Trump, quien afirmó que no descarta una eventual operación en territorio colombiano.

El cruce de pronunciamientos se produjo en medio de un contexto regional marcado por la reciente operación militar de Estados Unidos en Venezuela y por tensiones diplomáticas crecientes en la región.

Trump hizo sus afirmaciones durante una rueda de prensa a bordo del avión presidencial Air Force One, cuando regresaba a Washington tras autorizar la operación que derivó en la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro. Consultado por periodistas sobre la posibilidad de realizar una acción similar en Colombia, el mandatario estadounidense respondió: “Sí, me suena bien”.

Las declaraciones se suman a un historial de señalamientos públicos entre los dos mandatarios. Trump ha acusado en ocasiones anteriores a Petro de supuestos vínculos con el narcotráfico, señalamientos que el presidente colombiano ha rechazado de manera reiterada.

La respuesta del presidente colombiano, Gustavo Petro, a Donald Trump

El presidente Petro publicó un extenso mensaje en su cuenta de X (antes Twitter), en el que manifestó que primero verificaría la traducción exacta de las palabras del presidente estadounidense antes de responder formalmente. En ese mismo mensaje, calificó como “ilegítima” cualquier amenaza contra su Gobierno.

El jefe de Estado también se refirió a declaraciones atribuidas al secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, quien habría señalado que las autoridades colombianas estarían dispuestas a colaborar con Washington, a diferencia del presidente. 

Petro afirmó que dicha apreciación desconoce el orden constitucional colombiano y sostuvo que el presidente es, por mandato constitucional, el comandante supremo de las Fuerzas Militares y de la Policía.

En su pronunciamiento, Petro indicó que ordenó el retiro de varios coroneles de inteligencia de la Policía Nacional por, según afirmó, suministrar información falsa contra el Estado colombiano. Señaló que dichas versiones responderían a intereses políticos internos y externos.

Política antidrogas y soberanía

El presidente Petro también defendió su gestión en materia de lucha contra el narcotráfico, asegurando que bajo su mandato se han realizado incautaciones récord de cocaína, se ha frenado el crecimiento de los cultivos ilícitos y se ha puesto en marcha un programa de sustitución voluntaria que, según dijo, alcanza unas 30.000 hectáreas.

Asimismo, mencionó operaciones militares en zonas estratégicas del narcotráfico, como el corregimiento de El Plateado, en el departamento del Cauca, y sostuvo que las acciones armadas se han realizado respetando el derecho internacional humanitario.

En su mensaje, el presidente colombiano advirtió sobre los riesgos de operaciones militares sin inteligencia suficiente y afirmó que un ataque indiscriminado podría afectar a población civil, incluidos menores de edad. 

También reiteró que cualquier acción contra un mandatario elegido democráticamente tendría consecuencias políticas y sociales y que ha solicitado “al pueblo que defienda al presidente de cualquier acto violento ilegítimo en su contra”. Aseguró, además, que aunque dejó las armas hace años estaría dispuesto a tomarlas de nuevo ante acciones de Estados Unidos.

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Tras Venezuela, Trump escala la confrontación y amenaza a Colombia, Cuba, México y Groenlandia

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A menos de 48 horas del operativo militar en Venezuela y de la captura de Nicolás Maduro, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, profundizó una escalada retórica y política que sacude al hemisferio occidental. Desde el Air Force One, el mandatario lanzó amenazas explícitas contra Colombia, Cuba, México y Groenlandia, bajo el argumento de la “seguridad nacional” y la lucha contra el narcotráfico, en una ofensiva que reaviva viejas doctrinas de intervención y genera alarma en América Latina y Europa.

Las declaraciones, realizadas el domingo 4 de enero de 2026 durante su regreso a Washington desde Mar-a-Lago, consolidan un giro abiertamente confrontativo de la política exterior estadounidense, con implicancias económicas, diplomáticas e institucionales para toda la región.

Venezuela como punto de partida de una ofensiva regional

Trump volvió a advertir a Caracas que podría haber un “segundo ataque” si el nuevo gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez no concede a Washington “acceso total” a los recursos naturales del país. La amenaza llegó pocas horas después de que Rodríguez asumiera tras la captura de Nicolás Maduro y su esposa en una operación militar calificada como ilegal por distintos actores internacionales.

“Si no se portan bien, lanzaremos un segundo ataque”, afirmó el presidente estadounidense, reforzando la idea de que la intervención en Venezuela no fue un hecho aislado sino el primer movimiento de una estrategia más amplia. En ese marco, el propio Trump vinculó el futuro de otros países de la región al desenlace venezolano, particularmente Cuba, histórica aliada de Caracas.

El endurecimiento del discurso se inscribe en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada el mes pasado por la Casa Blanca, donde la administración republicana plantea la restauración de la “preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental” como uno de los pilares centrales del segundo mandato de Trump. El mandatario incluso reivindicó la Doctrina Monroe y el Corolario Roosevelt como antecedentes de su enfoque, llegando a bromear con que ahora algunos la llaman la “Doctrina Donroe”.

Colombia y Cuba, en el centro de las advertencias más explícitas

Uno de los blancos más sensibles fue Colombia. Trump apuntó directamente contra el presidente Gustavo Petro, a quien acusó sin pruebas de estar vinculado al narcotráfico. “Colombia está dirigida por un hombre enfermo que le gusta hacer cocaína y venderla a Estados Unidos”, afirmó, y agregó que Petro “no va a seguir haciéndolo mucho tiempo”.

Ante la pregunta de un periodista sobre si eso implicaba una posible operación militar estadounidense en territorio colombiano, Trump respondió sin matices: “Suena bien”. Las declaraciones se producen en un contexto ya tenso: en septiembre, Estados Unidos incluyó a Colombia —principal receptor histórico de asistencia estadounidense en la región— en la lista de países que no cooperan plenamente en la lucha contra las drogas, lo que redujo la ayuda bilateral por primera vez en casi 30 años.

La cancillería colombiana calificó las amenazas como una “injerencia inaceptable”, mientras Petro respondió públicamente que su nombre “no aparece en los archivos judiciales sobre narcotráfico” y exigió el cese de las calumnias. Más tarde, el mandatario colombiano elevó el tono al señalar que, aunque había jurado no volver a tomar las armas tras el acuerdo de paz de 1989, “por la patria” podría verse obligado a hacerlo.

En paralelo, Trump extendió su advertencia a Cuba, aunque descartó una invasión directa. Según el presidente estadounidense, la isla “siempre ha sobrevivido gracias a Venezuela” y ahora, sin el apoyo económico del chavismo, “está a punto de caer”. “No pienso que debamos tomar ninguna acción. Parece que se está cayendo”, sostuvo.

El secretario de Estado, Marco Rubio, reforzó esa línea al afirmar que efectivos cubanos custodiaban a Maduro antes de su captura y que estaban a cargo de tareas de inteligencia interna. Posteriormente, el gobierno cubano confirmó que 32 de sus efectivos murieron durante la operación militar estadounidense en Venezuela, un dato que incrementó la tensión diplomática.

México y Groenlandia: narcotráfico y seguridad nacional como ejes

Trump también incluyó a México en su lista de advertencias. “Hay que hacer algo con México”, dijo, al acusar al país de permitir el ingreso de estupefacientes a Estados Unidos. Si bien señaló que le “encantaría” que el propio gobierno mexicano resolviera el problema, sostuvo que los cárteles “son muy fuertes”. Además, deslizó críticas hacia la presidenta Claudia Sheinbaum, a quien describió como una “persona estupenda” pero con “un poco de miedo” frente al poder del narcotráfico, y afirmó que ella rechazó en varias oportunidades el envío de tropas estadounidenses.

La mayor sorpresa, sin embargo, volvió a ser Groenlandia. Trump insistió en que Estados Unidos “necesita” ese territorio autónomo de Dinamarca por razones de seguridad nacional. “Es tan estratégico en este momento. Está cubierto de barcos rusos y chinos por todas partes”, argumentó, al tiempo que sostuvo que Dinamarca “no va a ser capaz” de garantizar esa seguridad.

Aunque ante el repudio europeo intentó bajar el tono —“nos preocuparemos por Groenlandia en dos meses”—, sus declaraciones encendieron alarmas en Copenhague y en la Unión Europea. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, respondió que Estados Unidos “no tiene derecho a anexar” el territorio y pidió que se respeten los acuerdos de seguridad existentes. Desde Groenlandia, el primer ministro Jens Frederik Nielsen fue aún más contundente: “¡Ya basta! Basta de presión, de insinuaciones y de fantasías de anexión”.

Un escenario de alta tensión internacional

Las amenazas de Trump, pronunciadas en un lapso de pocas horas, ofrecen una señal clara del clima político que se abre tras la intervención en Venezuela. Con un discurso cada vez menos sutil, el presidente estadounidense sacude a aliados y adversarios por igual, mientras crece la incertidumbre sobre cuál será el próximo foco de conflicto y hasta dónde está dispuesto a avanzar Washington en su intento de reconfigurar el equilibrio geopolítico regional.

Más allá de la retórica, el impacto económico y político ya se hace sentir: mercados atentos, gobiernos en alerta y un sistema internacional que vuelve a enfrentar el riesgo de decisiones unilaterales con consecuencias imprevisibles.

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El Gobierno asignó el cupo de exportación de carne vacuna a Colombia para 2026 por 947 toneladas

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La Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca del Ministerio de Economía oficializó la asignación del Cupo II de exportación de carne vacuna (bovinas) a la República de Colombia para el ciclo comercial 2026. La medida, instrumentada mediante la Resolución 258/2025, define el reparto de 947,377 toneladas entre frigoríficos y operadores habilitados, en el marco del Acuerdo de Complementación Económica N° 72 (MERCOSUR–Colombia), y tendrá vigencia desde el 1° de enero hasta el 31 de diciembre de 2026.

La decisión resulta clave para la planificación exportadora del sector cárnico argentino, ya que garantiza previsibilidad regulatoria y acceso preferencial a un mercado regional relevante, bajo condiciones arancelarias acordadas en el ámbito del MERCOSUR y la Comunidad Andina. Al mismo tiempo, consolida un esquema institucional de asignación basado en criterios objetivos, controles sanitarios y cumplimiento estricto de los requisitos formales.

Marco normativo y antecedentes del cupo MERCOSUR–Colombia

El contingente se encuadra en los Acuerdos de Complementación Económica Nros. 59 y 72, firmados entre los Estados Parte del MERCOSUR —Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay— y la República de Colombia. Estos acuerdos establecieron una zona de libre comercio para productos originarios, incluyendo carnes vacunas enfriadas y congeladas, con cupos y preferencias arancelarias específicas.

En particular, el Anexo II del ACE 59, Apéndice 3, definió los contingentes de carne bovina otorgados por Colombia al MERCOSUR, distinguiendo entre el Cupo I (Cortes Finos) y el Cupo II (Los Demás Cortes). Este esquema se mantuvo vigente con la suscripción del ACE 72. Posteriormente, en la LIX Reunión Ordinaria del Grupo Mercado Común del MERCOSUR, celebrada los días 22 y 23 de agosto de 2005, se resolvió que los cupos cárnicos se distribuyeran en partes iguales entre los Estados Parte, asignando a cada uno el 25% del tonelaje total anual.

En el plano interno, el mecanismo de asignación fue reglamentado por la Resolución 20/2018 de la ex Secretaría de Mercados Agroindustriales, prorrogado hasta el 31 de diciembre de 2026 por la Resolución 5/2023. Sobre esa base normativa se abrió, entre el 1 y el 15 de diciembre de 2025, el período de inscripción para el ciclo 2026 a través de la plataforma de Trámites a Distancia (TAD).

Asignación, controles y exclusiones en el ciclo 2026

Según informó la Secretaría del MERCOSUR mediante la Nota N° SM/896/25, el Cupo II asignado a la Argentina para 2026 asciende a 947,377 toneladas. La Resolución 258/2025 dispuso su distribución conforme a los criterios establecidos en el artículo 12 de la Resolución 20/2018, en función de las solicitudes presentadas y validadas.

Durante el proceso, la autoridad de aplicación verificó que los postulantes estuvieran inscriptos en el Sistema de Información de Operadores de Carnes y Lácteos (SIOCAL) y que los establecimientos frigoríficos contaran con las habilitaciones sanitarias del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) para exportar a Colombia.

En ese marco, se desestimaron dos presentaciones. La firma FRIAR S.A. fue excluida por haber presentado su solicitud fuera del plazo previsto, incumpliendo el artículo 13 de la Resolución 20/2018. En tanto, Agropecuaria La Fe quedó fuera del reparto por no contar con matrícula de exportador de ganados y carnes, requisito exigido por el artículo 4°, inciso d), de la misma norma.

Asimismo, la resolución reconoció como grupo económico a Sociedad Anónima Carnes Pampeanas S.A. y Black Bamboo Enterprises S.A., a los fines de la determinación del tonelaje adjudicado, habilitando que el cupo asignado pueda ejecutarse en los distintos establecimientos que integran ese grupo.

El detalle completo de la distribución figura en el anexo oficial, que incluye a una veintena de empresas frigoríficas y operadores del sector, con asignaciones individuales que, en la mayoría de los casos, rondan las 55 toneladas anuales

Proyección exportadora

La asignación del cupo a Colombia reafirma la importancia de los acuerdos comerciales regionales como herramienta de inserción internacional para la carne vacuna argentina. Si bien el volumen —947,377 toneladas— resulta acotado en relación con el total exportado por el país, el régimen ofrece condiciones arancelarias preferenciales que mejoran la competitividad frente a otros proveedores y sostienen la presencia argentina en un mercado estratégico de América Latina.

Desde el punto de vista institucional, la medida consolida un esquema de administración del comercio basado en reglas claras, controles sanitarios estrictos y trazabilidad documental, factores que impactan directamente en la reputación internacional del complejo cárnico. Para los frigoríficos adjudicatarios, el horizonte hasta el 31 de diciembre de 2026 permite ordenar contratos, logística y programación productiva, en un contexto de alta sensibilidad regulatoria para el sector.

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El patio trasero de Trump

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El mandatario estadounidense es un fiel reflejo del producto político de su país. Más allá de todas las polémicas y novedades en las que se involucra, hay tradiciones que no cambian. Es evidente que el intervencionismo continúa siendo parte de la agenda de Donald Trump, más allá de cierto proteccionismo económico. América Latina parece seguir ocupando el lugar de patio trasero de los Estados Unidos, con todo lo que ello implica.

Son tres los grandes ejemplos que modelan hoy la política exterior de los Estados Unidos con América Latina: Colombia, Venezuela y Argentina.

En el caso colombiano, Trump ha marcado una profunda distancia con su par Gustavo Petro. Las diferencias políticas e ideológicas son evidentes, aunque también pesan las acusaciones cruzadas por narcotráfico. Casi como en un déjà vu, Colombia vuelve a enfrentar denuncias sobre los vínculos entre la política y el narcotráfico, e incluso sobre el control territorial que mantienen los cárteles.
¿Realmente le preocupa a los Estados Unidos el narcotráfico en Colombia? Difícilmente, cuando ni siquiera logra resolver sus propios problemas internos con las drogas ilegales. Lo que se observa es más bien un aprovechamiento de la disparidad ideológica entre los líderes para generar polarización y externalizar el conflicto, con el objetivo de justificar la expansión de su flota bélica cerca de Panamá. La cercanía con este país sigue siendo estratégica para ejercer un control más riguroso —e incluso ilegal— del canal de Panamá, en el marco de una disputa comercial de mayor envergadura con China.

Con Venezuela el escenario es distinto, aunque igualmente tenso. Hay un fuerte enfrentamiento con Nicolás Maduro, a quien Trump acusa de encabezar un grupo de jerarcas con lazos directos con los cárteles de droga. Tampoco parece que al gobierno estadounidense le interese demasiado la producción o distribución de drogas desde ese país, más allá de los efectos internos que pueda generar. El trasfondo es otro: los intereses petroleros. Venezuela es uno de los mayores productores de petróleo del mundo, y mantener bajo control su comercio —al mismo tiempo que se bloquea la injerencia rusa y china— es un objetivo central de la administración republicana.

En el caso argentino, la presión es más indirecta pero responde a las mismas intenciones. No existe aquí una amenaza de militarización, sino de dominación económica. Es sabido que el gobierno de Javier Milei busca financiamiento externo para sostener sus “logros” económicos. En ese contexto, las advertencias sobre la continuidad del régimen político o el fortalecimiento institucional a cambio de apoyo financiero adquieren un tono de chantaje. Los Estados Unidos, una vez más, sacan provecho: el acceso a recursos estratégicos como el litio o el cobre, sumado al respaldo diplomático que genera efectos en cadena en la región, consolidan su posición de influencia. Además, la reducción de la presencia china en la economía argentina es un objetivo explícito en los despachos de la Casa Blanca.

En este contexto, el factor común es evidente: la enemistad con China. América Latina sigue siendo, para los Estados Unidos, su zona de influencia natural y prioritaria.

Ayer la URSS, hoy China

La receta se repite: dominar América Latina para apropiarse de sus recursos y fortalecer la zona de control ante la influencia de potencias extranjeras. Como en los tiempos de la Guerra Fría y bajo la Doctrina de Seguridad Nacional, los Estados Unidos intensifican, bajo el mandato de Trump, su presencia en la región mediante amenazas bélicas, chantajes económicos y estrategias culturales.

Si se observa el tablero geopolítico actual, los tres principales líderes del mundo —Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping— comparten una misma lógica: la expansión de sus zonas de influencia. Como si se tratara de una nueva “paz armada”, cada potencia busca extender sus fronteras de control. Trump entendió que Joe Biden había descuidado América Latina desde la perspectiva de los intereses estadounidenses y, casi a contrarreloj, busca ahora recuperar ese terreno aplicando una vieja fórmula. América Latina no es solo su patio trasero: también es su laboratorio y su proveedor de recursos.

Con China y Rusia ocurre algo similar. Xi Jinping mantiene una fuerte presencia en torno a Taiwán, en el marco de un conflicto histórico que se articula con la llamada Línea de los Nueve Puntos. Paralelamente, Rusia busca preservar su influencia en Europa del Este, con la guerra en Ucrania y la amenaza constante sobre países miembros de la OTAN y de la Unión Europea cercanos a su frontera, como Polonia, Finlandia y los Estados Bálticos.

Este panorama desnuda el modus operandi de las potencias en un mundo cada vez más multipolar. Pueden añadirse otros ejemplos, como las tensiones en el subcontinente indio o los movimientos nacionalistas en África, para comprender que la tendencia dominante es la desglobalización.

Lejos de un Estados Unidos hegemónico, lo que predomina es una nueva distribución de zonas de influencia, donde las potencias refuerzan su presencia histórica y profundizan las relaciones desiguales con los países más pobres o dependientes. En síntesis: América para los Estados Unidos, Asia para China y Europa para Rusia. El resto, que se las arregle como pueda.

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En Colombia está surgiendo una nueva guerra

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Por Elizabeth Dickinson, experta en grupos armados y crimen organizado en Colombia y Latinoamérica. (New York Times) Hace unos años, uno de los mayores riesgos de conducir por la región del Guaviare, al sur de Colombia, era quedarse con una llanta atascada en el barro de sus tortuosas carreteras sin pavimentar. El Guaviare, antiguo bastión de la insurgencia izquierdista, se liberó de décadas de control rebelde en 2016, cuando Bogotá firmó un acuerdo de paz para desmovilizar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Los habitantes de las zonas rurales miraban con esperanza e incredulidad cómo la policía, en lugar de los guerrilleros, patrullaba sus pueblos. Parecía que la paz finalmente había llegado.

Menos de una década después, esa paz ha desaparecido. Artefactos explosivos bordean muchos de los caminos lodosos. Los residentes se aferran a carnets de identidad no oficiales exigidas por los grupos armados para distinguir a sus amigos de sus enemigos. “La guerrilla le da tres opciones ahora”, me dijo hace poco un joven líder comunitario. “O se cumple, o se va, o se muere”.

La efímera tranquilidad del Guaviare forma parte de un alarmante deterioro de la seguridad en Colombia. El acuerdo de paz de 2016 puso fin a medio siglo de guerra y redujo drásticamente la violencia. A medida que los guerrilleros entregaron las armas, las tasas de homicidio en todo el país —que antes estaban entre las más altas del mundo— cayeron por debajo de las de muchas ciudades estadounidenses. Miembros de las antiguas FARC, que durante décadas utilizaron el narcotráfico para financiar su rebelión, abandonaron el tráfico de cocaína.

En la actualidad, Colombia aún está lejos del brutal caos de la década de 1990 y principios de la de 2000. Pero una nueva generación de grupos armados se ha expandido y multiplicado a lo largo del país, y alimenta una explosión de delitos violentos que abarcan desde la extorsión hasta el secuestro y el reclutamiento de menores. El asesinato del aspirante a la presidencia Miguel Uribe Turbay este verano y una reciente oleada de atentados terroristas con bombas y drones auguran mayor violencia antes de las elecciones de 2026.

El regreso de Colombia al conflicto no demuestra el fracaso del acuerdo de 2016, sino una lección sobre la dificultad de sostener la paz. El gobierno ha intentado controlar las regiones que las FARC abandonaron, y desde entonces nuevos grupos criminales han retomado las lucrativas rutas de tráfico de drogas y de personas. Para recuperar el terreno perdido, Colombia necesita volver a los principios que redujeron con tanto éxito la violencia en primer lugar: diálogo, medidas para remediar la desigualdad y la exclusión política que propician la actividad criminal, además de una sólida estrategia de seguridad para presionar a los grupos armados.

El repunte de la violencia tiene orígenes múltiples. Aunque las FARC se disolvieron formalmente en cuestión de meses, las batallas políticas sobre los aspectos polémicos del acuerdo, como la justicia transicional y los derechos de las víctimas, se han prolongado durante años. La burocracia del Estado no estaba preparada para los retos que planteaba el cumplimiento de algunos de sus compromisos más complejos, como abordar la desigualdad rural, desincentivar el cultivo de coca entre los agricultores y garantizar los derechos políticos de todos los colombianos.

Grupos armados y nuevas y ambiciosas organizaciones criminales llenaron rápidamente el vacío de poder en muchos antiguos territorios rebeldes, al detectar oportunidades en zonas donde las FARC habían cedido el control, y donde el gobierno había estado ausente durante mucho tiempo. Allí donde el Estado no podía prestar servicios con la suficiente rapidez, nuevos grupos armados llegaban con misiones médicas y fondos para la construcción de carreteras. Donde no se encontraban jueces para brindar acceso a la justicia, los delincuentes imponían sus penas por delitos como la violencia doméstica, el chisme y el quebrantamiento del toque de queda.

Al gobierno de Bogotá le ha costado responder. Para cuando el presidente Gustavo Petro, antiguo guerrillero, asumió el cargo en 2022, esta nueva generación de armados ya competía por el poder. Petro argumentó acertadamente que la desmovilización de las FARC había abierto el camino a los saboteadores criminales, y su política insignia, denominada “paz total”, proponía negociaciones simultáneas con todos los grupos armados restantes, junto con una pausa en la mayoría de las operaciones ofensivas contra ellos. La implementación del acuerdo de 2016 se ralentizó mientras la atención se centraba en nuevas conversaciones.

Ahora, la estrategia de Petro también se ha estancado, en parte porque el conflicto ha cambiado. A diferencia de las FARC, que pretendían tomar el poder en Bogotá, las organizaciones armadas actuales se centran en controlar una economía ilícita que va mucho más allá del tráfico de drogas. Han aprendido que luchar contra el Estado es costoso, pero intimidar y cooptar a la población civil es barato, y eficaz. La mayor parte de la violencia en Colombia ahora se concentra en luchas entre grupos armados por territorio e ingresos, o contra civiles que se atreven a oponerse a su régimen criminal.

Las comunidades de las regiones con presencia armada dicen que el papel de los grupos en su vida cotidiana es opresivo y meticuloso. En Guaviare, por ejemplo, el simple hecho de caminar sin el carnet puede acarrear una pena de trabajo comunitario forzoso. Los miembros de los grupos no suelen llevar uniforme. Viven entre la población local y la reclutan, gobernándola al servicio de sus intereses comerciales. Ninguna estrategia militar puede desarticular este profundo nivel de infiltración social por sí sola.

El gobierno de Petro ha hablado de paz con muchos de estos grupos y ha aprendido lecciones vitales sobre cómo adaptarse a este nuevo tipo de conflicto. En las conversaciones con un grupo del Guaviare, por ejemplo, inicialmente el gobierno ofreció inversiones en proyectos de desarrollo comunitario a cambio de que los criminales pusieran fin a la deforestación y desescalaron la violencia. Sin embargo, a corto plazo, esta experimentación ha tenido un costo: en tan solo tres años, el número de combatientes armados y auxiliares ha aumentado aproximadamente un 45 por ciento.

Con un año restante en el cargo, Petro aún puede dar la vuelta a la situación de seguridad. Pero su labor será aún más difícil si Estados Unidos —el principal aliado militar, donante y socio comercial de Colombia— retira su apoyo prolongado.

Se espera que a mediados de septiembre la Casa Blanca decida si “descertifica” a Colombia como socio en la guerra estadounidense contra las drogas, por sus presuntas fallas en la lucha contra el narcotráfico internacional, lo que permitiría a Estados Unidos recortar drásticamente la ayuda militar y de otro tipo. Esta medida asestaría un golpe devastador a la capacidad de Colombia para combatir la creciente inseguridad y podría socavar los propios esfuerzos del ejército estadounidense para combatir el crimen organizado, una prioridad declarada del gobierno de Trump.

Durante años, el apoyo colombiano a la política antinarcótica estadounidense ha ayudado a Estados Unidos a incautar drogas, capturar e interrogar a capos y trabajar para desentrañar las redes mundiales de tráfico, sin necesidad de las muertes innecesarias del ataque del martes pasado contra lo que, según funcionarios estadounidenses, era un barco cargado de droga en el Caribe. La pérdida de financiación de la USAID ya ha eliminado cientos de millones de dólares del presupuesto humanitario de Colombia. Más recortes perjudicarían décadas de progreso hacia un frágil equilibrio, y envalentonarían a las redes criminales cuyos mercados ilícitos se extienden hasta Estados Unidos.

Como han demostrado décadas de experiencia, no existe una solución exclusivamente militar a la violencia de Colombia. Para desmantelar el control de los grupos armados son esenciales un diálogo significativo e inversiones en las zonas del país propensas al conflicto. Si vincula la continuación de las conversaciones a programas sociales sólidos y a una estrategia de seguridad calibrada, Petro aún puede dar impulso al acuerdo de 2016 y trabajar hacia la “paz total” que ha prometido. Para los habitantes del Guaviare, la paz puede ser algo más que una ilusión pasajera.

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