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Presentan en Paraguay estudio del CONICET sobre cartas de las misiones jesuíticas

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Se trata de un trabajo que se inició hace tres décadas en el Instituto de Investigaciones Geohistóricas del Chaco y fue plasmado en un libro, que será lanzado el miércoles en Asunción.
Un estudio realizado por investigadores del CONICET acerca de las cartas que se enviaban sobre las misiones jesuíticas en Paraguay a Roma, será presentado el miércoles 11 de abril en Asunción. La obra, que fue editada en una publicación de más de 900 páginas, culmina una prolongada labor que se inició hace más de tres décadas en el Instituto de Investigaciones Geohistóricas (IIGHI, CONICET – UNNE).
“Las Cartas Anuas de la Provincia Jesuítica del Paraguay” recopilan material de los siglos XVII y XVIII acerca de los informes regulares que se enviaban desde América del Sur hacia Europa. La presentación de la obra, que tiene como autora a la investigadora independiente del CONICET y vicedirectora del IIGHI, María Laura Salinas; se realizará a las 11 en el aula magna de la Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción (UCA).
“Esta es una labor de edición de fuentes coloniales que ha sido tradicional en el IIGHI desde sus orígenes, por el interés que siempre han tenido los documentos jesuíticos para el estudio de la historia regional”, explica Salinas, quien dirige el Núcleo de Estudios de Historia Colonial (NEHC). El equipo, destaca la investigadora, trabajó durante más de 5 años para retomar una de las líneas tradicionales del instituto, que había sido iniciada hace más de tres décadas por el historiador Ernerto Maeder, quien fuera investigador superior del CONICET y fundador del IIGHI.
En el prólogo de la obra, escrito por el investigador independiente del CONICET en el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES, CONICET – UNSAM), Guillermo Wilde, se destaca que las cartas anuas “fueron documentos fundamentales para reconstruir el proceso de creación de los diferentes establecimientos jesuíticos, especialmente las misiones, identificar la diversidad sociocultural y lingüística encontrada (o más bien construida, estabilizada) por los misioneros en los espacios fronterizos, descubrir ambivalencias de la relación entre misioneros y líderes indígenas, y aportar incluso curiosidades etnográficas poco frecuentes”.
Además de la autora, el equipo de trabajo estuvo compuesto por Julio Folkenand, Fernando Pozzaglio, profesional adjunto de la Carrera de Personal de Apoyo del CONICET en el IIGHI; Fátima Valenzuela y Ricardo Olivieri, becarios del CONICET en el IIGHI y Gabriela Lytwin, becaria de la UNNE. La edición fue realizada con apoyo Centro de Estudios Antropológicos de la UCA.

Junto a su equipo, María Laura Salinas retomó una de las líneas tradicionales del IIGHI sobre documentos jesuíticos. FOTO: CONICET Nordeste

 

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Conicet Nordeste cumple 9 años impulsando la ciencia en la región

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El Centro Científico Tecnológico que nuclea a instituciones y personal de Corrientes, Chaco, Misiones y Formosa fue fundado el 1 de abril de 2009. Actualmente, está compuesto por 9 unidades ejecutoras y más de 700 agentes dedicados a la investigación en distintos campos del conocimiento.
El Centro Científico Tecnológico (CCT) CONICET Nordeste fue fundado el 1 de abril de 2009, con el objetivo de promover la actividad científica en las provincias de Corrientes, Chaco, Misiones y Formosa. Actualmente, nuclea a nueve unidades ejecutoras y a 700 agentes dedicados a la investigación en distintos campos del conocimiento.
En menos de una década de existencia, en la región se duplicó la cantidad de instituciones científicas vinculadas al CONICET, que es el principal organismo de ciencia y tecnología de Argentina y que en 2018 celebra sus 60 años. Esta coyuntura requiere mayores esfuerzos para la definición de políticas de trabajo y para la administración de recursos.
En el año de su creación, el CCT Nordeste estaba integrado por el Centro de Ecología Aplicada del Litoral (CECOAL, CONICET – UNNE); el lnstituto de Botánica del Nordeste (IBONE, CONICET – UNNE); el lnstituto de Investigaciones Geohistóricas (IIGHI, CONICET – UNNE) y el Instituto de Modelado e Innovación Tecnológica (IMIT, CONICET – UNNE). En los siguientes años, se sumaron unidades ejecutoras de la provincia de Misiones: el Instituto de Materiales de Misiones (IMAM, CONICET – UNaM); el Instituto de Biología Subtropical (IBS, CONICET – UNaM) y el Instituto de Estudios Sociales y Humanos (IESYH, CONICET – UNaM). Además, se fundaron nuevas dependencias en Corrientes, el Instituto de Química Básica y Aplicada del Nordeste Argentino (IQUIBA – NEA, CONICET – UNNE) y en el Chaco, el Instituto de Investigación para el Desarrollo Territorial y del Hábitat Humano (IIDTHH, CONICET – UNNE).
Actualmente, en la región comprendida por el CONICET Nordeste se desempeñan 700 miembros del organismo*. Entre ellos se cuentan 189 investigadores, 409 becarios, 79 profesionales y técnicos de la Carrera de Personal de Apoyo (CPA) y 23 administrativos.
La directora del CONICET Nordeste, Marisa Censabella, destacó la importante labor que este organismo cumple en la región, desde su fundación en 2009. “La instalación de un CCT permitió fortalecer y proyectar el crecimiento de las actividades científicas, de vinculación tecnológica, de formación de recursos humanos altamente calificados y de divulgación de la cultura científica en la región, tanto en los Institutos de doble dependencia con la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) y la Universidad Nacional de Misiones (UNaM), como en los grupos de investigación que se encuentran en otras unidades académicas de la zona de influencia”, señaló.
Cabe señalar que entre 2009 y 2017, la cantidad de investigadores y becarios del CONICET en la región del Nordeste aumentó en más de 150%, pasando de 225 a 598. En el año de su fundación, el CCT nucleaba a 97 investigadores y 128 becarios, mientras que en diciembre del año pasado las cifras ascendieron a 189 y 409, respectivamente.
Acerca del CONICET Nordeste
El CCT Nordeste tiene sede en la ciudad de Corrientes y es responsable de la administración de los recursos de las nueve Unidades Ejecutoras (UE) del CONICET que existen en la región. Fue fundado a través de la Resolución 569/09, en el marco de la política de descentralización del organismo nacional, que permitió la creación de 14 centros de este tipo, siendo el único de carácter regional en todo el país.
Sus funciones son contribuir a interrelacionar las UE y los grupos de investigación en zona de su inserción, brindar servicios de apoyo a instituciones formalmente vinculadas y a terceros, así como también mantener relaciones de cooperación y difusión con la comunidad.
El CCT cuenta con la Unidad de Administración Territorial (UAT) que administra proyectos y otras actividades relacionadas a la ejecución de presupuestos, compra de equipamiento y administración de los recursos humanos. También lo integra la Oficina de Vinculación Tecnológica (OVT), que tiene como misión promover y articular la oferta científico-tecnológica producida en la región hacia el medio social y productivo que la demanda.
El CCT está dirigido por un Consejo Directivo, compuesto por las directoras y directores de los Institutos que nuclea. Además, cuenta con un Consejo Asesor, que este año sesionará por primera vez, integrado por representantes del CONICET de la región, de las Universidades, organismos públicos provinciales de Ciencia y Tecnología e instituciones relacionadas al desarrollo productivo y social.
*Datos de Diciembre de 2017

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Investigadores del CONICET advierten sobre el riesgo de que sucedan más atropellamientos de yaguaretés

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La muerte de un ejemplar de la especie amenazada en Argentina, renovó el alerta por la falta de medidas de protección en rutas que atraviesan áreas críticas para su conservación.
El caso de la yaguareté preñada que murió en Misiones tras ser atropellada en una ruta provincial renovó el alerta por la falta de medidas viales que colaboren con las estrategias de conservación de la especie. En distintos estudios realizados por investigadores del CONICET en la región, se advirtió acerca del peligro que representan los cruces viales en zonas protegidas y se sugirieron distintas acciones para evitar estos casos.
Aunque ya se implementaron mejoras en materia de señalización vial, la colocación de dispositivos para la disminución de la velocidad de los vehículos en puntos críticos, siguen pendientes. Los científicos señalan que, si no se avanza con estas obras de manera urgente, habrá más yaguaretés atropellados.
Los últimos relevamientos realizados por equipos del Instituto de Biología Subtropical (IBS, CONICET – UNaM) revelaron que, después de distintas acciones de conservación de la especie, las poblaciones en la provincia de Misiones y áreas vecinas de Brasil-, se están recuperando y que hay más ejemplares viviendo en la selva. “El modelo de viabilidad poblacional que desarrollamos hace varios años, predecía que si la población se recuperaba por mejores medidas de protección, los atropellamientos pasarían a ser una grave amenaza para estos estos animales, y es lo que estamos viendo”, advierte Agustín Paviolo, investigador adjunto del CONICET y miembro del Proyecto Yaguareté.
En un estudio publicado en 2017 en la revista Animal Conservation, investigadores del IBS y del Joint Research Centre (JRC), de Italia; analizaron las principales zonas para conservar la especie y diseñaron estrategias para mejorar el hábitat y recuperar la población. En esa investigación, en la que se aplicaron métodos analíticos de conectividad, se determinó que algunos de los parches de poblaciones más importantes estaban atravesados por rutas y que existía un riesgo latente de que mueran atropellados.
El lugar donde fue atropellada la yaguareté, la Ruta Provincia Nº 19 a la altura del cruce del Parque Provincial Uruguay, había sido identificada por los investigadores como uno de los puntos de mayor riesgo. Otra de las áreas críticas, señalan, son las Rutas Nacionales Nº 12 y 101, en el tramo que atraviesan el Parque Nacional Iguazú y el Parque Provincial Puerto Península.
“En los últimos 6 años, tenemos registros de cuatro casos de atropellamientos de yaguaretés en estos puntos”, indica Carlos De Angelo también investigador adjunto del CONICET en el IBS. Aunque considera que en el último tiempo se mejoró la señalización de la zona indicando que la velocidad máxima permitida es de 60 kilómetros por hora y advirtiendo sobre la presencia de estos animales, el investigador opina que se requieren un mayor compromiso por parte de la población que transita por la zona y la adopción de medidas que obliguen a reducir la velocidad.
“Es urgente que organismos como la Dirección Nacional de Vialidad y la Dirección Provincial de Vialidad de Misiones desarrollen obras, así como la implementación de mayores controles en las rutas”, señala De Angelo. Las acciones requeridas van desde grandes obras de infraestructura que requieren importantes inversiones, como pasafaunas y ecoductos, hasta sencillas cuestiones técnicas, como la colocación de radares, bastones separadores de calzadas, lomadas u otros métodos para la disminución de la velocidad de los automovilistas.
El impacto en la población
Los datos de la necropsia que se le realizó a la yaguareté que murió tras ser atropellada indican que tendría entre 4 y 5 años. “Estas hembras son los individuos que tienen mayor valor dentro de la población, porque ya pasaron su la etapa crítica de desarrollo, en el que se registra una tasa de mortalidad más alta, y están listas para empezar a reproducirse por varios años”, explica Agustín Paviolo, especialista en ecología poblacional.
El ejemplar estaba cursando un embarazo avanzado y en pocas semanas iba a parir dos cachorros. Por su edad, se estima que se trataría de su primera camada. “Es una pérdida muy grande para el patrimonio natural de Argentina”, finaliza Paviolo.

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Investigadora del Conicet es reconocida en París con el “L’oreal-Unesco, por las mujeres en la ciencia”

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La investigadora del Conicet Amy Austin fue distinguida en París con el “L’oreal-Unesco Por las mujeres en la ciencia”. Es estadounidense, pero se enamoró de la Patagonia hace 20 años y se nacionalizó argentina. El premio Para Mujeres en la Ciencia se entrega para iluminar las inequidades que todavía persisten en la comunidad científica global, apoyar a las mujeres científicas y formar a jóvenes maestras.
Este 2018 se llevó a cabo por vigésima vez la entrega del Premio L’Oréal-Unesco para Mujeres en la Ciencia . Entre la selección de 5 mujeres, se encuentra la argentina Amy Austin, investigadora superior del Conicet en el Instituto de Investigaciones Fisiológicas y Ecológicas vinculadas con la Agricultura (Ifeva). Austin estudia el ciclo del carbono en la naturaleza, un conocimiento esencial para controlar o mitigar los efectos de este gas de efecto invernadero y uno de los principales protagonistas del calentamiento global.
Nacida en el estado de Washington, USA, Austin pasó su infancia en el estado de Florida porque su padre, ingeniero aeronáutico, participaba en el Programa Apolo de la NASA, que llevaría al ser humano por 1ra vez a la Luna. Pero en lugar de elevar su mirada hacia el espacio, la dirigió hacia los organismos que pueblan la Tierra y quiso entender los complejos mecanismos de la naturaleza.
Graduada de bióloga en la Universidad de Stanford, se presentó a becas de la National Science Foundation para que estudiantes norteamericanos viajaran al exterior. El 90% las usaba para ir a Europa y trabajar en biología molecular, pero Amy se decidió por la Patagonia. “Tenía la idea de que aquí estaba el futuro de la ecología, porque había muchos lugares que no habían sido afectados por los seres humanos”, recuerda.
A lo largo de 20 años, Austin reveló aspectos insospechados del ciclo del carbono en ambientes áridos. Cómo las plantas lo sacan del aire, fabrican carbohidratos y, al morir, lo liberan. “Una cosa que encontramos es que la radiación solar tiene un efecto directo y acelera la liberación del carbono hacia la atmósfera. No son solo los microbios, como se pensaba -explica-. Es más, en ciertas condiciones es preponderantemente la radiación solar. Nuestros experimentos muestran que, al contrario de lo que se creía, la biota del suelo [el conjunto de microorganismos y fauna] parece tener un papel poco importante. En contraste, el Sol sí estaría regulando el ciclo del carbono al afectar la descomposición de materia senescente.”
Este mecanismo tiene una importancia fundamental en la descomposición de la «broza» que cae de las plantas. Manipulando la luz interceptada por estos deshechos y la actividad de microorganismos del suelo pudieron constatar que la luz (y en particular la radiación ultravioleta-B) rompe los enlaces de la materia orgánica y, entre otras co sas, produce dióxido de carbono. Y que en lugar de entrar en el suelo y llegar a la biota, el carbono vuelve directamente a la atmósfera en un 50%.
Esto sugiere que los sistemas naturales en realidad pueden secuestrar mucho menos carbono de lo que se pensaba. “El carbono es la ‘comida’ de los organismos del suelo, no solo de los microbios, sino también de bichos más grandes que son descomponedores -explica Austin-. Ellos lo comen como nosotros comemos asado, es su fuente de energía”.
Este hallazgo también tiene una importancia especial en las predicciones sobre calentamiento climático. En un experimento realizado con su marido, Carlos Ballaré, otro multipremiado investigador del Conicet, analizaron la fotodegradación de la lignina (un polímero de las paredes de las células vegetales que se consideraba “recalcitrante”; es decir, muy resistente a la acción degradante de los microbios del suelo) se vio que los pastizales secos podrían emitir más dióxido de carbono [el principal gas de efecto invernadero] a la atmósfera de lo que se calculaba.
Para probarlo, los investigadores fabricaron hojas sintéticas (con papeles de filtro) a las que les agregaron distintas cantidades de lignina. Cuando las pusieron al sol, pudieron ver que cuanta más lignina tenían más rápido se degradaban. “Era justamente al revés de lo que uno hubiera esperado”, destaca Austin.
Entre otras cosas, estos descubrimientos sugieren que, en el futuro, si aumentan las condiciones de aridez y disminuye la nubosidad, crecería la importancia cuantitativa del proceso de degradación.
Este 2018, además, se pone en marcha una iniciativa para que hombres con liderazgo dentro de la comunidad científica se comprometan a expandir el acceso a subsidios, y promuevan iguales oportunidades de empleo, promociones, publicación y premios a científicas talentosas. “Respaldaremos a estos hombres que se comprometan a estimular la igualdad entre los géneros en la ciencia. En nuestras frágiles sociedades presionadas más allá de sus límites, tenemos que canalizar la capacidad intelectual tanto de hombres como de mujeres en la ciencia para un mundo mejor”, afirma Jean-Paul Agon, director de la Fundación L’Oréal en la presentación del premio de este 2018.
El jurado que eligió a las 5o laureadas de este 2018 fue presidido por Elizabeth Blackburn, premio Nobel de Me dicina o Fisiología 2009 por haber descubierto la telomerasa, una enzima que forma los telómeros (extremos de los cromosomas) durante la duplicación del ADN. Entre los 10 eminentes científicos que tuvieron a su cargo la tarea de elegir a las laureadas entre 51 finalistas y 267 nominaciones de 62 países, cada nominación revisada por dos o tres científicos destacados, figura la argentina Ana Belén Elgoyhen, del Instituto de Ingeniería Genética y Biología Molecular del Conicet (Ingebi) y ella misma laureada L’Oréal-Unesco 2008.
Austin afirma que nunca se sintió limitada para hacer ciencia por su condición de mujer, pero considera que se necesita avanzar más en términos de equidad. “Todavía hay elementos sociales que ejercen mucha presión y que generan obstáculos indirectos en relación a los hombres. Y la mayoría de las mujeres siguen sin llegar a lugares jerárquic os. Las cosas van cambiando, pero no tan rápido como a una le gustaría ver”.
Actualmente la premiada vive en el barrio de Devoto, pero su paisaje favorito es el del Parque Nacional Lanín, en Neuquén. Simpatizante de Boca y admiradora de Juan Martín Del Potro, no tiene planeado volver a USA. “Toda mi vida está en Argentina”, confiesa. En la costa oeste de su país natal quedaron su familia y muchos amigos, a los que visita cada vez que puede. Su papá, el hombre fascinado con la Luna, está orgulloso de los logros de su hija. “Ese es el premio más grande. Mi impresión es que cree que voy a salvar el mundo –suelta y ríe-. Y no voy a lograrlo, pero estoy haciendo una contribución.”
Entre el resto de las mujeres seleccionada s se encuentran: Las otras laureadas.

Mee-mann Chang (China): por su trabajo pionero en el registro fósil que ayuda a entender cómo los vertebrados acuáticos se adaptaron a vivir en la tierra.
Dame Caroline Dean (Gran Bretaña): por sus estudios en cómo las plantas saben cuándo deben producir flores tras el invierno.
Janet Rossant (Canadá): por sus sobresalientes investigaciones que exploran cómo se forman los tejidos en los primeros días del embrión y cuál es la implicancia de la edición genética en esa etapa.
Heather Zar (Sudáfrica): por establecer un programa para investigar la neumonía infantil, que permite prevenirla, diagnosticarla y tratarla, y evitar sus complicaciones en el asma y la tuberculosis.

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El Conicet estudia la práctica de aborígenes guaraníes de criar insectos comestibles

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La crianza y el consumo de larvas como alimento es una costumbre ancestral que existe en Argentina y que se conserva en las comunidades guaraníes de la provincia de Misiones.
Un grupo de investigadores del Centro Científico Tecnológico Conicet Nordeste describió los métodos que miembros de pueblos originarios aplican sistemáticamente para criar y usar larvas de escarabajo.
El estudio fue desarrollado por equipos del Instituto de Biología Subtropical (IBS, Conicet -Unam) y del Instituto de Botánica del Nordeste (IBONE, Conicet-UNNE) y se centró en el manejo de tres especies de estos insectos, que son criados en palmeras Syagrus romanzofiana, conocidas popularmente como pindó.

 

“Los primeros reportes de guaraníes cultivando larvas de escarabajo en palmeras y otras especies de árboles son de fines del siglo XIX. En sus artículos, los investigadores de la época mencionaban que las llamaban ‘tambú’ y que usaban vasijas de barro, calabazas, troncos o cañas huecas para transportarlas desde el bosque hasta sus ambientes domésticos”, se destacó.

Luego de un trabajo intensivo con las comunidades, que demandó más de una decena de viajes de campo en la selva misionera, los científicos determinaron que el uso de larvas comestibles no consiste sólo en la mera recolección y cocción de insectos. Se trata de una actividad que es planificada durante meses y que tiene en cuenta diversos factores: el estado de crecimiento de la palmera, las estaciones del año, las fases lunares y las técnicas de manipulación. Estas características, señalan los investigadores, reflejan la concepción holística de los guaraníes acerca de la relación entre la planta huésped, los insectos y el ambiente.
“Aunque la cría se realiza en distintos tipos de árboles, el más habitual es el pindó porque es muy abundante en la región. Es una especie que tiene múltiples usos, que van desde la construcción hasta la fabricación de preparados medicinales. Todo eso genera que tenga un valor muy alto para las comunidades”, explica Jorge Justino Araujo, becario del IBS que estudia el aprovechamiento de larvas comestibles entre los guaraníes de la provincia de Misiones.
En el trabajo, desarrollado como parte de su tesis de doctorado, se identificaron los manejos que se realizan en cinco distintos estadios del crecimiento de la palma para promover la cría de tres especies de larvas comestibles. El uso de una de ellas como alimento, la Metamasius hemipterus, fue descripto por primera vez en este artículo.
Para favorecer el crecimiento de las larvas, los guaraníes realizan cortes en los troncos de las palmeras y las dejan en el monte durante un período promedio de dos meses -que se acorta según la edad de la planta-, para después volver a recolectarlas. Mediante este  estudio, los investigadores pudieron comprobar el amplio conocimiento que existe en las comunidades, tanto de la ecología de estos insectos como de las características anatómicas de la estructura del pindó.

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El estudio analizó tres especies de larvas que se crían, con distintos manejos, en cinco estadios de crecimiento del pindó. FOTO: Jorge Justino Araujo.

Una práctica ancestral
El consumo de insectos como alimentos es una práctica extendida en poblaciones rurales de todo el mundo y hay registros de más de 1.800 especies consumidas en más de 3 mil grupos étnicos. Los primeros reportes de guaraníes cultivando larvas de escarabajo en palmeras y otras especies de árboles son de fines del 1800. En sus artículos, los investigadores de la época mencionaban que las llamaban “tambú” y que usaban vasijas de barro, calabazas, troncos o cañas huecas para transportarlas desde el bosque hasta sus ambientes domésticos.
Los guaraníes son una de las comunidades originarias más numerosas de Sudamérica. De acuerdo a datos de 2015 del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), en la provincia de Misiones hay más de 13 mil habitantes que pertenecen a este grupo, distribuidos en unas 100 localidades. Para este estudio, los investigadores trabajaron con cuatro comunidades ubicadas en cercanías a Eldorado, El Soberbio y en la Reserva de Biósfera Yabotí.
“En otros países como Tailandia, México o Perú, el consumo de larvas no es una práctica exclusiva de comunidades rurales o de pueblos originarios. Está más extendida al resto la sociedad. Incluso se comercializan platos con insectos en lugares a los que van muchos turistas. Es tan común como la venta de chipa en nuestras provincias del norte”, explica Araujo, quien destaca el buen sabor que tienen estos insectos.
Para cocinar las larvas, los guaraníes las fríen en su propio aceite. El primer paso es retirarles el aparato bucal, lo que permite que liberen su aceite natural, en el que las calientan al fuego o a las brasas durante pocos minutos. Ese mismo aceite, menciona el investigador, también es utilizado con fines medicinales.
“Este tipo de estudios no sólo nos permite conocer el uso que hacen estos pueblos de la naturaleza y sus recursos, sino también crear registros para recuperar estas prácticas culturales y conservarlas para el futuro”, resalta Araujo.

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El consumo de insectos como alimento es una práctica extendida en comunidades de todo el mundo. FOTO: Jorge Justino Araujo.

 
 
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