contaminación ambiental

En un fallo histórico, la Justicia confirmó que la empresa Atanor provocó un daño irreversible en el río Paraná

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La Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires puso fin a uno de los procesos ambientales más relevantes de los últimos años al rechazar el último recurso presentado por Atanor S.C.A. y dejar firme la sentencia que responsabiliza a la empresa por haber provocado un daño ambiental irreversible sobre el río Paraná, a la altura de su planta industrial de San Nicolás.

La decisión cierra un litigio iniciado hace más de doce años por organizaciones ambientalistas y vecinos de San Nicolás, consolidando lo resuelto previamente por la Justicia de primera y segunda instancia. El máximo tribunal provincial confirmó que la contaminación existió, que el daño sobre el ecosistema no puede ser plenamente revertido y que hubo falencias en los mecanismos de control estatal.

El proceso judicial fue impulsado por la Asociación Civil Cuenca Río Paraná, representada por el abogado Fabián Maggi, quien sostuvo desde el inicio que la actividad industrial de Atanor descargaba efluentes contaminantes en el Paraná.

Según la interpretación de la parte demandante, la sentencia firme se apoya en tres conclusiones centrales:

  • la existencia de un daño ambiental irreversible sobre el río;
  • la constatación de irregularidades en el funcionamiento de la empresa;
  • y la insuficiencia de los controles ejercidos por los organismos provinciales encargados de la fiscalización ambiental.

Uno de los aspectos más sensibles del fallo es el análisis del rol desempeñado por la Autoridad del Agua (ADA) y el entonces organismo ambiental bonaerense, al considerar que no se monitorearon adecuadamente todos los compuestos químicos asociados a la actividad de la planta.

Durante el proceso se incorporaron estudios técnicos y pericias científicas que acreditaron la presencia de distintos agroquímicos en el entorno de la planta.

Entre los compuestos detectados figuran atrazina, glifosato, su metabolito AMPA, además de otros productos utilizados en la elaboración de agroquímicos. Parte de esas sustancias fueron halladas en niveles superiores a los parámetros de referencia para la protección ambiental.

Sin embargo, los propios informes oficiales también señalaron que, debido al uso extendido de esos principios activos en la actividad agrícola, resulta complejo atribuir toda la contaminación exclusivamente a la planta industrial, argumento que forma parte de la defensa sostenida por Atanor durante el proceso.

Una empresa clave en el mercado de agroquímicos

Fundada en 1938, Atanor es uno de los principales fabricantes de agroquímicos de Argentina y pertenece desde 1997 al grupo estadounidense Albaugh.

La compañía produce herbicidas como glifosato, atrazina y fenóxidos, utilizados masivamente por el sector agropecuario, y durante décadas operó una planta industrial sobre la ribera del Paraná en San Nicolás.

La situación judicial de la empresa se agravó tras la explosión registrada en marzo de 2024 en uno de los reactores de la planta, episodio que dejó un operario herido, obligó a evacuar viviendas cercanas y reavivó las denuncias por contaminación ambiental.

Posteriormente, la producción de agroquímicos fue suspendida y la empresa inició un proceso de relocalización de sus operaciones, mientras continúa otro expediente penal vinculado a ese accidente industrial

Más allá de las consecuencias para Atanor, especialistas consideran que la decisión de la Suprema Corte bonaerense representa uno de los antecedentes más importantes en materia de responsabilidad ambiental empresarial en Argentina.

El fallo ratifica la obligación de continuar con las tareas de recomposición del suelo y del acuífero afectado. Sin embargo, respecto del río Paraná, la Justicia concluyó que el daño ambiental acreditado reviste un carácter irreversible, por lo que la reparación integral ya no resulta posible.

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Glifosato en debate: especialista advierte que el modelo agrícola argentino atraviesa una crisis sanitaria y ambiental

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El pediatra y neonatólogo Medardo Ávila Vázquez, referente de la Red de Médicos de Pueblos Fumigados, visitó Posadas para alertar sobre los riesgos del glifosato y el impacto del modelo de producción vigente en la salud y el ambiente. Con cifras alarmantes y estudios científicos recientes, planteó que el sistema actual “no solo enferma a la población, sino que además atraviesa una crisis ambiental sin precedentes”.

Un modelo en cuestionamiento

El especialista participará este martes 23 de septiembre en un conversatorio en la Plaza San Martín de Posadas bajo el lema “Soberanía Alimentaria sin Glifosato”, en el marco de los 10 años de la Ley de Agricultura Familiar, el Mes de la Agroecología y el Día de la Soberanía Alimentaria.

Durante una entrevista en el programa El Periodista de Canal 12, Ávila Vázquez advirtió que Argentina utiliza más de 600 millones de litros de agroquímicos por año, lo que equivale a 15 litros por habitante. Solo una fracción mínima permanece en los cultivos, mientras que “el 80% termina en el agua, el aire, la tierra y los alimentos que consumimos”.

La investigación del equipo que coordina comenzó en 2007 en Córdoba, cuando detectaron que en un barrio lindero a campos de soja los casos de cáncer se triplicaron, aumentaron los abortos espontáneos y crecieron las malformaciones congénitas. Desde entonces, se documentaron efectos similares en distintas regiones agrícolas, incluida la presencia de residuos por encima de los límites internacionales en soja de exportación, frutas y verduras de consumo interno.

Impacto sanitario: la niñez como población más vulnerable

Uno de los hallazgos más preocupantes se vincula al efecto neurológico en los niños. “Las neuronas en presencia de estas sustancias no se ramifican, no se intercomunican, pierden su capacidad de funcionamiento”, explicó el pediatra. Esto deriva en dificultades de aprendizaje, aumento de casos de autismo y un retroceso en la capacidad intelectual infantil.

En los denominados pueblos fumigados, los estudios arrojan cifras alarmantes: 7 de cada 1000 personas tiene diagnóstico de cáncer. El 50% de los chicos necesita broncodilatadores. Las familias de trabajadores rurales presentan tres veces más casos de cáncer que la media.

Ávila Vázquez subrayó que estas consecuencias afectan sobre todo a los sectores populares, que viven y trabajan expuestos de manera directa. Pero aclaró que el consumo de alimentos contaminados impacta en toda la población: niños, mujeres embarazadas y adultos mayores.

Producción y ambiente: un modelo en jaque

El especialista fue categórico al señalar que “usar venenos para cultivar alimentos es un sinsentido”. En su visión, el modelo de agronegocios genera una guerra química contra la naturaleza que compromete la salud, degrada los suelos y contamina los ríos.

Citó un estudio realizado en el río Paraná que demuestra cómo los niveles de glifosato en sedimentos aumentan de manera progresiva desde el norte del país hasta Buenos Aires. “Es tanto lo que se aplica que es lo que más se encuentra”, puntualizó.

Asimismo, rechazó los intentos de las empresas del sector por minimizar estos impactos: “Tenemos pruebas científicas de que esto es así y no debemos dejarnos tapar la boca por las industrias que hacen marketing o fake news”.

Hacia un debate por soberanía alimentaria

La conferencia en Posadas buscará reforzar la discusión sobre alternativas agroecológicas y soberanía alimentaria. Para Ávila Vázquez, el desafío principal es visibilizar la evidencia científica y convertirla en política pública, con la participación activa de profesionales de la salud, universidades y organizaciones sociales.

“Esto no es solo un problema económico ni productivo. Es una violación a los derechos de la salud y la vida de las personas”, concluyó el especialista.

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