costo de vida

El Changuito Federal: cuánto cuesta la canasta en cada provincia y por qué el impacto es mayor en el norte

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El costo de la canasta mensual de alimentos y bebidas para una familia tipo volvió a mostrar en diciembre marcadas diferencias entre provincias, con subas relevantes en varias regiones y un impacto desigual sobre el poder adquisitivo. El relevamiento de la consultora Analytica confirma que, mientras la Patagonia concentra los changuitos más caros del país, el Nordeste enfrenta una mayor presión relativa sobre los ingresos, aun con precios más bajos. El dato vuelve a poner en foco la inflación, los precios relativos y la brecha regional en la Argentina.

Un changuito que sube distinto según la provincia

La canasta denominada “El Changuito Federal”, elaborada por la consultora Analytica, mide una selección de productos de supermercado representativos del consumo de la clase media en alimentos y bebidas. Está diseñada para reflejar una compra mensual típica de una familia compuesta por dos adultos y dos menores, utilizando exactamente los mismos productos, marcas y cantidades en todas las provincias para garantizar la comparabilidad interregional.

En diciembre, el costo del changuito registró los mayores incrementos mensuales en San Juan (+3,9%), Salta (+3,7%) y el interior de la provincia de Buenos Aires (+3,5%). En el extremo opuesto, Formosa mostró una suba significativamente menor, de apenas +1,3%, muy por debajo del promedio del resto del país.

Al analizar las variaciones absolutas respecto del 28 de noviembre, los mayores aumentos en pesos se observaron en Misiones (+$46.037), San Juan (+$40.688) y Santa Cruz (+$39.218). En contraste, las subas más moderadas correspondieron a Catamarca (+$20.294), Córdoba (+$18.318) y Formosa (+$4.323).

Estos datos reflejan una dinámica inflacionaria heterogénea, con comportamientos de precios que difieren no solo entre regiones, sino también entre productos dentro de la misma canasta.

Carnes, galletitas y huevos: qué empujó los precios

Al interior de la canasta, el rubro carnes fue el principal impulsor de las subas. El asado encabezó los aumentos, con variaciones que oscilaron entre el 10% y el 15% según la provincia. La carne picada mostró incrementos más moderados, de entre el 4% y el 8%, aunque en Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego los aumentos alcanzaron alrededor del 16%.

En el caso de las galletitas de agua, que el mes previo habían mostrado bajas en varias jurisdicciones y estabilidad en otras, diciembre marcó un punto de inflexión: se registró un aumento generalizado de entre el 3% y el 6%, con la excepción de Santa Cruz, donde el alza llegó al 8,0%.

Por su parte, el precio de la docena de huevos se mantuvo mayormente estable a nivel nacional, con algunas excepciones puntuales: bajas en CABA (-3,1%), Conurbano bonaerense (-1,8%), Entre Ríos (-1,6%) y el interior de la provincia de Buenos Aires (-0,8%), y un aumento en Chubut (+3,1%).

La combinación de estos movimientos confirma que la inflación en alimentos sigue mostrando comportamientos dispares, con productos clave que presionan de manera distinta según la región.

Patagonia versus NEA: precios, salarios y poder adquisitivo

El relevamiento de Analytica también expone con claridad la brecha regional en el costo del changuito. Santa Cruz lidera el ranking con la canasta más cara del país, con un valor de $890.350, seguida por Chubut ($876.576), Río Negro ($863.809), Tierra del Fuego ($860.986) y Neuquén ($840.602). Todas estas provincias pertenecen a la región patagónica.

En el otro extremo, las compras más económicas se registraron en Formosa ($783.302), el conurbano bonaerense ($795.370) y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires ($796.000).

Entre las causas que explican esta dispersión de precios aparece el distinto costo de vida entre regiones. La Patagonia, que concentra los changuitos más caros, coincide con ser la región con los salarios promedio más elevados. En particular, Santa Cruz, que registra la canasta más costosa, es también la segunda provincia con mayor salario promedio del sector privado registrado, solo por detrás de Neuquén.

Esta relación implica que los mayores costos están parcialmente compensados por remuneraciones más altas. De hecho, en la región patagónica, el costo promedio del changuito representa el 15,6% de la suma de dos salarios privados registrados promedio, apenas 0,1 puntos porcentuales más que el mes anterior.

La situación es distinta en el NEA. Allí, si bien los precios de la canasta son más bajos, los salarios también se ubican en niveles inferiores. El resultado es más desfavorable: el costo del changuito representa el 29,1% de la suma de dos salarios promedio del sector privado registrado, 1,1 puntos porcentuales más que el mes pasado. Este patrón es consistente con la Encuesta Nacional de los Hogares 2017/18, que ya mostraba que los hogares del norte del país destinan una mayor proporción de su gasto al consumo de alimentos y bebidas.

Un indicador clave para leer la economía cotidiana

Más allá de los valores puntuales, “El Changuito Federal” funciona como un termómetro de la economía real y del impacto de la inflación sobre los hogares. Las diferencias regionales, la incidencia de los alimentos básicos y la relación entre precios y salarios exponen las tensiones estructurales de la economía argentina: desigualdad territorial, problemas de precios relativos y una presión persistente sobre el poder adquisitivo.

La nota metodológica del informe subraya que, en todas las provincias, se releva el mismo producto idéntico en marca y cantidad, con consumos mensuales representativos. También aclara que el peso de las compras en supermercados varía según la región, un factor que puede incidir en la percepción y en el impacto efectivo de los precios sobre los hogares.

En ese marco, el changuito no solo mide cuánto cuesta llenar el carrito, sino también cuán lejos o cerca está cada región de sostener ese gasto con sus ingresos.

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Verduras y frutas impulsan los precios, alimentos aumentan 0,8% en el Gran Buenos Aires

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Los precios de alimentos y bebidas registraron un aumento del 0,8% durante la segunda semana de enero en el Gran Buenos Aires, según el relevamiento semanal de la consultora Analytica. Con este dato, el promedio de las últimas cuatro semanas se ubicó en 2,6%, un nivel que consolida la proyección de una suba mensual del 2,5% para el nivel general de precios durante enero.

El comportamiento del rubro alimentos, uno de los de mayor incidencia en la inflación y en el poder adquisitivo de los hogares, vuelve a mostrar una dinámica heterogénea entre categorías, con fuertes incrementos en productos frescos y variaciones más moderadas en otros segmentos.

Verduras, frutas y carnes lideran los aumentos

De acuerdo con el informe de Analytica, el mayor aumento promedio de las últimas cuatro semanas se concentró en verduras, con una suba del 7,5%, seguidas por frutas, que registraron un incremento del 4,8%, y por carnes y derivados, con un avance del 2,9%.

Estos rubros, caracterizados por una alta volatilidad y fuerte impacto estacional, explican una parte significativa de la aceleración de los precios de alimentos en el inicio del año. Su incidencia resulta especialmente relevante en la medición de la inflación, dado su peso en la canasta básica y en el consumo cotidiano de los hogares.

El comportamiento de estos precios refuerza la presión inflacionaria en el corto plazo y condiciona la evolución del índice general, en un contexto en el que los alimentos continúan siendo uno de los principales factores de arrastre.

Menores aumentos en lácteos y otros alimentos

En contraste, el relevamiento semanal mostró incrementos más moderados en otras categorías. Los lácteos registraron una suba del 1,1% en el promedio de las últimas cuatro semanas, mientras que el rubro otros alimentos, que incluye snacks, salsas y condimentos, avanzó 0,9%.

Estas variaciones más acotadas contribuyen a amortiguar parcialmente el impacto de los aumentos en productos frescos, aunque no logran revertir la tendencia general al alza en el rubro alimentos y bebidas.

La dispersión de precios entre categorías refleja un escenario inflacionario aún activo, con comportamientos diferenciados según el tipo de producto y su estructura de costos.

Proyección inflacionaria para enero y señales del mercado

En este contexto, Analytica proyecta que el nivel general de precios registrará una suba mensual del 2,5% durante enero, en línea con la evolución observada en alimentos y bebidas. Este dato resulta clave para anticipar la dinámica inflacionaria del primer mes del año y su impacto sobre salarios, consumo y expectativas económicas.

El desempeño de los precios en alimentos, por su peso específico en el índice y su sensibilidad social, seguirá siendo un indicador central para evaluar la trayectoria de la inflación en el corto plazo y las reacciones de los distintos sectores económicos ante la evolución del costo de vida.

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Las canastas básicas subieron 4,1% en diciembre y volvieron a superar a la inflación: una familia necesitó más de $1,3 millones para no ser pobre

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El fuerte aumento de los alimentos impulsó en diciembre un salto del 4,1% tanto en la canasta básica alimentaria como en la canasta básica total, según el INDEC. Así, una familia tipo requirió ingresos por $1.308.713 para no caer bajo la línea de pobreza y $589.510 para no ser considerada indigente, en un contexto en el que las canastas volvieron a crecer por encima del índice general de inflación.

Los datos surgen del informe de Valorización mensual de la canasta básica alimentaria y de la canasta básica total, publicado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) y correspondiente a diciembre de 2025. El relevamiento confirma que el cierre del año estuvo marcado por una presión sostenida sobre los precios de los alimentos, con impacto directo sobre los indicadores de pobreza e indigencia y sobre el poder adquisitivo de los hogares.

Alimentos como principal motor del aumento y cierre de año con subas superiores a la inflación

Según el informe oficial, la canasta básica total (CBT), que define el umbral de pobreza, registró en diciembre una suba mensual del 4,1%, mientras que la canasta básica alimentaria (CBA), utilizada para medir la indigencia, también avanzó 4,1%. Ambas variaciones se ubicaron por encima de la inflación del mes, que fue del 2,5%.

En términos acumulados, la CBT cerró 2025 con un incremento del 27,7%, mientras que la CBA acumuló una suba aún mayor, del 31%. Esta dinámica refleja que los precios de los alimentos continúan creciendo a un ritmo superior al promedio general, una tendencia que impacta con mayor intensidad en los hogares de menores ingresos.

Para diciembre, el INDEC detalló que una familia tipo necesitó $589.510 mensuales para no ser indigente y $1.308.713 para no ser pobre. En noviembre de 2025, esos valores eran de $566.364 y $1.257.329, respectivamente, lo que evidencia un salto significativo en apenas un mes.

Evolución mensual, brecha con la inflación y señales de tensión social

El informe también destaca que en noviembre de 2025 la variación mensual de la CBA había sido del 4,1%, mientras que la CBT había aumentado 3,6%, ambas por encima de la inflación de ese mes, que se ubicó en 2,5%. La persistencia de esta brecha confirma que los alimentos siguen siendo el principal factor de presión sobre las canastas de pobreza e indigencia.

A nivel territorial, se observaron dinámicas similares. En la Ciudad de Buenos Aires, el aumento de los precios de la carne y sus derivados, junto con frutas y verduras, impulsó en diciembre una suba del 3,3% en la canasta de indigencia y del 3% en la canasta de pobreza, también por encima de la inflación promedio porteña, que fue del 2,7%.

Estos movimientos refuerzan la preocupación sobre la evolución del costo de vida y su impacto distributivo, especialmente en un contexto en el que los salarios y los ingresos informales muestran dificultades para acompañar el ritmo de los precios de los bienes esenciales.

Clase media: ingresos cada vez más exigentes para sostener el nivel de vida

El informe también expone la presión creciente sobre los sectores medios. Para ser considerada de clase media, una familia tipo debió incrementar sus ingresos en noviembre en más de $50.000, alcanzando los $2.128.461 mensuales, frente a los $2.076.904 del mes previo, siempre sin contemplar el costo del alquiler.

Cuando se incorpora el gasto en vivienda, el umbral se eleva aún más: con alquiler incluido, el ingreso necesario para sostener un nivel de vida de clase media superó los $3.200.000 mensuales. Este dato refuerza la tensión estructural que atraviesa a los hogares urbanos, donde la vivienda y los alimentos concentran una porción cada vez mayor del presupuesto familiar.

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INDEC: una familia necesitó $1,16 millones en agosto para no ser pobre

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El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) informó que en agosto de 2025 el umbral de pobreza para un hogar de cuatro integrantes en el Gran Buenos Aires alcanzó los $1.160.780,04, lo que representa un aumento del 1% respecto de julio y una variación interanual del 23,5%. El mismo hogar necesitó $520.529,16 para no caer en la indigencia.

La publicación oficial, difundida bajo el título “Valorización mensual de la canasta básica alimentaria y de la canasta básica total” (Informe técnico N.º 219), detalla que la Canasta Básica Alimentaria (CBA) acumuló en lo que va del año un incremento del 15,8%, mientras que la Canasta Básica Total (CBT), que además de alimentos incluye bienes y servicios esenciales, subió un 13,3% en el mismo período.

Si bien el aumento mensual de agosto fue moderado (1%), la suba interanual del 23,5% refleja la persistente presión inflacionaria sobre los sectores de menores ingresos.

El informe toma como referencia el “adulto equivalente” (varón de entre 30 y 60 años, con actividad moderada), cuyo umbral de indigencia se ubicó en $168.456 y el de pobreza en $375.657.

Para un hogar de tres integrantes (madre de 35 años, hijo de 18 y abuela de 61), el costo de la CBA se fijó en $414.402, mientras que la CBT ascendió a $924.116. En el caso de un hogar de cinco integrantes (dos adultos de 30 años y tres hijos pequeños), la CBA llegó a $547.482 y la CBT a $1.220.885.

Fundamentos metodológicos y alcance del indicador

La CBA se construye sobre los requerimientos nutricionales básicos (2.750 kcal) y hábitos de consumo relevados por la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares (ENGHo). A partir de este costo se calcula la CBT, mediante el Coeficiente de Engel, que pondera la relación entre gasto en alimentos y gasto total.

El valor de ambas canastas se actualiza mensualmente con los precios relevados por el Índice de Precios al Consumidor del Gran Buenos Aires (IPC-GBA), lo que convierte al indicador en un termómetro directo de la inflación de los bienes y servicios esenciales.

Repercusiones económicas y sociales

El dato del INDEC se enmarca en un escenario de desaceleración de los precios respecto de los picos de 2023 y 2024, aunque el impacto sobre los ingresos reales sigue siendo significativo.

Analistas económicos advierten que, pese a la baja en el ritmo de aumentos, la variación interanual continúa superando con amplitud las recomposiciones salariales promedio, lo que mantiene altos niveles de pobreza.

Desde el punto de vista institucional, la publicación del informe alimenta el debate sobre la política de ingresos y el alcance de los programas sociales, en un contexto de discusión entre el Gobierno nacional y las provincias por los mecanismos de actualización de transferencias y paritarias.

Escenarios de cara al cierre de 2025

Con una variación acumulada de la CBT del 13,3% entre enero y agosto, los próximos meses estarán marcados por la estacionalidad de fin de año (aumentos en alimentos, indumentaria y transporte) y la incertidumbre sobre la evolución del tipo de cambio.

De mantenerse la tendencia actual, el costo de la canasta total para una familia tipo podría superar los $1,250.000 en el último trimestre, consolidando la presión sobre la distribución del ingreso y la capacidad de consumo interno.

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El verdadero costo de vida

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Escriben Lawrence H. Summers, Marijn A. Bolhuis y Judd Cramer / F&D – El drástico aumento del costo de endeudamiento, especialmente para la compra de una vivienda, ha creado una desconexión entre los datos sobre inflación y la confianza de los consumidores

Los estadounidenses empiezan, por fin, a mostrarse más optimistas con la economía. La confianza de los consumidores, según el índice de confianza del consumidor de la Universidad de Míchigan, alcanzó en marzo el nivel más alto en casi tres años. La confianza ha bajado desde entonces, pero la mayoría de los consumidores parece pensar que su suerte está mejorando.  

Ya era hora. Desde la pandemia, los estadounidenses han vivido abatidos por el estado de la economía. A mediados de 2022, mientras la inflación alcanzaba el nivel más alto en 40 años, la confianza de los consumidores se hundía hasta el nivel más bajo jamás registrado; y durante gran parte de 2023, continuó estando en niveles persistentemente bajos a pesar de que una serie de indicadores daban indicios del comienzo de una amplia recuperación económica, así como de un mayor crecimiento, el aumento del empleo y la reducción de la inflación.

Los economistas han quedado perplejos ante esta aparente paradoja: sus predicciones sobre cómo respondería la gente a las noticias económicas positivas no encajaban con el pesimismo generalizado de los consumidores. Algunos argumentaron que este pesimismo se debía al hecho de que se necesita tiempo para que la gente pueda sentir los beneficios de la desaceleración de la inflación, otros lo atribuyeron a percepciones negativas o una mala sensación, mientras que otros hicieron referencia a los elevados precios de los bienes que más valoran los consumidores, como la gasolina y los alimentos. Los investigadores han agrupado estas teorías y otras en la hipótesis del “efecto del dolor reflejo”, que sugiere que las preocupaciones no económicas podrían estar afectando la confianza en la economía.

No descartamos ninguno de estos argumentos. Sin embargo, en un reciente estudio publicado junto a Karl Oskar Schulz, de la Universidad de Harvard, sostenemos que esta explicación pasa por alto un mecanismo crucial que los economistas y las autoridades apreciaban más en el pasado: el aumento del costo del dinero.

Para los consumidores, el costo del dinero es parte del costo de vida, por lo que, cuando las tasas de interés alcanzaron los niveles más elevados de los últimos 20 años en el segundo semestre de 2023, los consumidores sintieron la presión financiera. En Estados Unidos, los precios de la vivienda siguen siendo un 50% más altos desde el inicio de la pandemia y las tasas hipotecarias prácticamente se han duplicado. Los intereses de una hipoteca nueva a 30 años para una casa promedio han subido casi tres veces desde finales de 2019. Los pagos de préstamos para la compra de un automóvil nuevo casi se han duplicado. Como resultado, los pagos de intereses de los hogares subieron un 30% en 2023, el aumento de tasa más rápido registrado (gráfico 1).

Sin embargo, el índice de precios al consumidor (IPC) no recoge directamente ninguno de estos aumentos. Pero eso no ha sido siempre así. Cuando Arthur Okun presentó su “índice de miseria” en la década de 1970, que combinaba inflación y desempleo, la Oficina de Estadísticas Laborales incluyó en el IPC las tasas hipotecarias y las de financiamiento para la compra de vehículos. Este organismo eliminó estos dos componentes en 1983 y 1998, respectivamente. El índice de miseria actual, por tanto, no tiene en cuenta componentes esenciales del gasto de los consumidores.

Con buenas razones, la Oficina de Estadística eliminó de su índice las tasas hipotecarias y de financiamiento para la compra de vehículos, y no creemos que deba restablecerlas. Sin embargo, creemos que estos datos que la medición actual no incluye permiten comprender la situación del consumidor estadounidense. Una vez abordado este cambio, será posible poner a prueba las demás hipótesis.

Dinero perdido

Presentamos nuestro argumento en tres pasos. En primer lugar, mostramos que la variación del índice de la Universidad de Míchigan sobre la confianza de los consumidores, que no puede explicarse mediante la inflación y el desempleo, ha estado siempre estrechamente relacionada con el aumento del costo de endeudamiento de los consumidores. 

Es posible agrupar los datos subyacentes de la encuesta, por un lado, en preocupaciones por los ingresos y, por el otro, en preocupaciones relacionadas con el costo de vida. La preocupación por los ingresos, que alcanzó un mínimo comparable al nivel previo a la pandemia en 2023, era coherente con un contexto de bajo nivel de desempleo y no explica la anomalía del consumo.

La preocupación por el costo de vida, que tiende a estar estrechamente relacionada con la inflación oficial, alcanzó su punto álgido durante el ciclo inflacionario de principios de las décadas de 1980 y 1990, finales de la década de 2010 y en el reciente período posterior a la COVID. Sin embargo, durante este ciclo ha aumentado la proporción de las preocupaciones por el costo de vida que no pueden explicarse por las variaciones de la inflación oficial. Esta proporción sin explicación está estrechamente relacionada tanto con el crecimiento real de los gastos por intereses hipotecarios como con la disposición de los bancos a conceder créditos de consumo. Los resultados sugieren que la exclusión del costo del dinero de las medidas oficiales explica en gran medida la diferencia entre el nivel de preocupación de los consumidores y las tasas de inflación oficiales.

El costo de endeudamiento

Además, mostramos que otras preguntas de la encuesta presentan datos claros de que la preocupación de los consumidores por el costo de endeudamiento alcanzó máximos históricos en 2023, superados únicamente durante el mandato de Paul Volcker como presidente de la Reserva Federal, entre 1979 y 1987. Elaboramos un índice que resume las variaciones de las respuestas a las preguntas sobre el costo de endeudamiento para bienes duraderos, vehículos y viviendas. 

La preocupación de los consumidores por las tasas de interés ha registrado dos picos claros. El primero se produjo durante la era Volcker, cuando la tasa de los fondos federales y las tasas hipotecarias se dispararon por encima del 15%. La preocupación se redujo drásticamente después de que la Reserva Federal flexibilizara su política en 1982. El segundo pico de preocupación se produjo en 2023. A medida que las tasas de interés empiecen a bajar, este indicador debería mejorar.

Por último, presentamos medidas alternativas del costo de vida que incorporan explícitamente el costo del dinero. La metodología actual de la Oficina de Estadísticas Laborales se basa únicamente en el mercado de alquiler para explicar los cambios en el valor locativo (Bolhuis, Cramer y Summers, 2022). Antes de 1983, el IPC incluía una medida del costo de la propiedad de la vivienda que reflejaba las tasas hipotecarias y los precios de la vivienda. Del mismo modo, las estadísticas oficiales no recogen el costo de los créditos para la compra de vehículos ni el pago de los intereses de otros créditos personales, por ejemplo, de deudas de tarjetas de crédito, lo que refleja con mayor exactitud los costos reales asumidos por los consumidores.

Una vez establecidos estos puntos, presentamos medidas alternativas del IPC que reflejan el pago de los intereses hipotecarios, el pago de los intereses de créditos personales para la compra de vehículos y otros gastos de consumo no relacionados con la vivienda, así como el costo de los arrendamientos con opción de compra para vehículos. Nuestra principal medida alternativa de la inflación reconstruye la medida del IPC anterior a 1983 y la amplía agregando el costo de la propiedad de la vivienda y el pago de los intereses de créditos personales. Estas medidas alternativas muestran un pico mucho más alto y una inflación elevada constante a lo largo de 2023 (gráfico 2).

Nuestra metodología alternativa para calcular la inflación del IPC ayuda en gran medida a comprender la continua falta de confianza de los consumidores en un contexto de escaso desempleo y caída de la inflación oficial. A lo largo de 2023, la brecha de confianza de los consumidores —tras tener en cuenta el desempleo, la inflación oficial del IPC y el crecimiento del mercado bursátil estadounidense— se situó en niveles récord. Si se tiene en cuenta el costo de la propiedad de viviendas y el pago de los intereses de créditos personales, esta brecha se reduce en más de dos tercios en 2023.

Desde la publicación de nuestro estudio, algunos académicos han sugerido que los factores que más afectan a la confianza de los consumidores son el precio de la gasolina y de los alimentos, y no el costo de endeudamiento. Sin embargo, observamos que la brecha se mantiene prácticamente intacta, incluso después de tener en cuenta los cambios en el precio de la gasolina y de los alimentos.

Una explicación tangible

El desfase entre las mediciones de los economistas del bienestar económico y lo que los consumidores decían realmente sentir desconcertó a muchos investigadores. A mediados de 2023, los analistas económicos hablaron de un pesimismo generalizado, de “malas vibraciones”, y acuñaron el término vibracesión para referirse a este fenómeno: una recesión que no se siente en el aumento del costo de la vida ni en el desempleo, sino en la percepción o el sentimiento de los ciudadanos. ¿Acaso la escasa confianza de los consumidores —que debería haber sido abrumadoramente positiva dado el fuerte crecimiento del PIB, el descenso de los precios y la continua creación de empleo en 2023— presagiaba una recesión? ¿Volvería todo a la normalidad si los precios de la gasolina y los alimentos descendieran a niveles más normales? 

Presentamos una explicación más tangible del distanciamiento entre la confianza de los consumidores y los fundamentos económicos: en la percepción de los consumidores sobre su propio bienestar económico se incluye el costo del dinero. Los economistas y las medidas oficiales pasan por alto este componente esencial.

Según nuestro estudio, la divergencia de confianza observada en 2023 no se produjo únicamente en Estados Unidos o en este ciclo. Los consumidores de todo el mundo digirieron los datos económicos de forma coherente con la confianza registrada por los consumidores durante períodos anteriores de inflación alta y tasas de interés al alza. Los datos de los países confirman que a los consumidores de todo el mundo les preocupa el costo del dinero: por norma general, los países en los que el costo de endeudamiento registró el mayor aumento fueron aquellos en los que la confianza de los consumidores fue inferior a los datos económicos. Hallamos pocos indicios de que Estados Unidos —a pesar del aumento del partidismo, la desconfianza social y los numerosos informes sobre el “efecto del dolor reflejo”— presentara diferencias significativas con respecto a otras democracias occidentales.

Desde la publicación de nuestro estudio, se reconoce cada vez más que el costo de la vivienda es una de las principales preocupaciones de los consumidores de los países ricos (Romei y Fleming, 2024). Unas tasas de interés más bajas no son la panacea para el anquilosado mercado de la vivienda estadounidense y de otros países, pero podrían contribuir a fomentar la confianza de los consumidores si se construyen más viviendas y se mejora el acceso de la población a opciones asequibles de financiamiento. Si la oferta de vivienda sigue estancada y el descenso de las tasas de interés no hace sino inflar los precios, los consumidores podrían acabar mostrándose aún más pesimistas de lo que sugiere el índice de miseria.

LAWRENCE SUMMERS es profesor de la cátedra Charles W. Eliot de la Universidad de Harvard y ex secretario del Tesoro de Estados Unidos.

MARIJN A. BOLHUIS es economista en el Departamento de Estudios del Fondo Monetario Internacional (FMI).

JUDD CRAMER es profesor de Economía en la Universidad de Harvard.

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