economía argentina 2026

Salariazo selectivo: los ministros de Milei recibieron aumentos de 123% desde diciembre

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La política salarial del Gobierno nacional volvió al centro de la escena tras conocerse la evolución de los ingresos de la alta función pública durante los primeros meses de 2026. De acuerdo con datos oficiales, los ministros y principales funcionarios del Ejecutivo registraron incrementos acumulados que alcanzan el 123% desde diciembre.

El punto de partida fue el decreto 931/2025, publicado a comienzos de año, que dejó sin efecto el congelamiento salarial que regía para el Gabinete. A partir de esa decisión, los sueldos comenzaron a actualizarse en una secuencia que los llevó a duplicarse en pocos meses.

En términos concretos, un ministro que percibía $3,58 millones en diciembre pasó a cobrar más de $7,27 millones en febrero y proyecta superar los $8 millones en mayo. La dinámica se replica en otros niveles jerárquicos: los secretarios evolucionaron desde $3,28 millones a más de $6,5 millones en enero, mientras que los subsecretarios pasaron de $2,98 millones a cerca de $6 millones en el mismo período.

La actualización salarial se da en un contexto macroeconómico marcado por la pérdida de poder adquisitivo de los ingresos en el sector privado y público, con salarios promedio que se ubican en torno a $1,6 millones mensuales según los últimos registros disponibles. La brecha entre los ingresos de la alta función pública y el resto de los trabajadores se amplía en este escenario.

Desde el oficialismo, la recomposición se vincula con la necesidad de sostener equipos técnicos y perfiles competitivos dentro de la administración pública. Sin embargo, el timing de los aumentos -en paralelo a un ajuste del gasto en otras áreas- alimenta el debate sobre la consistencia del discurso fiscal.

En particular, el contraste se vuelve más visible frente a recortes en programas sociales y restricciones presupuestarias en áreas sensibles como educación, salud y asistencia directa. La discusión, en definitiva, no se limita al nivel de los salarios, sino al esquema de prioridades en la asignación de recursos públicos.

El tema suma tensión en un contexto donde el Gobierno busca consolidar el equilibrio fiscal como eje central de su programa económico, mientras enfrenta crecientes cuestionamientos por el impacto social del ajuste.

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Coparticipación: las provincias perdieron más de $1,5 billones en el primer trimestre y Misiones acentúa la caída

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El arranque de 2026 consolidó una tendencia que ya venía insinuándose: el deterioro de los ingresos provinciales por transferencias nacionales. Según los datos del primer trimestre, las provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires registraron una caída real acumulada del 8,3% en las transferencias totales, lo que equivale a una pérdida de $1.559.141 millones a precios de marzo de 2026.

El ajuste se explica por dos vías simultáneas. Por un lado, las transferencias automáticas -principalmente coparticipación- retrocedieron 6,4% real, implicando una merma de $1.151.364 millones. Por otro, las transferencias no automáticas mostraron un desplome mucho más profundo, con una baja del 59,1%, equivalente a $407.777 millones menos. La combinación de ambas variables configura un escenario de restricción fiscal generalizada en los distritos subnacionales.

En este contexto, el diputado Cristian Castro sintetizó el impacto con una frase que busca reflejar el clima económico: “Del ‘pedo de buzo’ al bolsillo vacío, la promesa choca con la calle”. Su análisis pone el foco en la evolución de la coparticipación en Misiones, donde los números confirman el deterioro.

Misiones: caída sostenida y sin rebote

El acumulado del primer trimestre muestra que Misiones recibió $532.782,88 millones en 2026, frente a $572.775,37 millones en 2025 y $608.609,97 millones en 2023. En términos reales, esto implica una caída de -6,98% interanual y de -12,46% respecto a 2023, evidenciando un deterioro más profundo en la comparación de mediano plazo.

La dinámica mensual refuerza la tendencia:

  • Enero: -7,46% interanual
  • Febrero: -7,90%
  • Marzo: -5,33%

Si se amplía la comparación contra 2023, la caída es aún más pronunciada:

  • Enero: -8,14%
  • Febrero: -9,65%
  • Marzo: -19,87%

El dato clave es que no hay señales de rebote. Marzo apenas desacelera la caída frente a 2025, pero se convierte en el peor registro cuando se lo compara con 2023.

El deterioro de la coparticipación tiene un origen claro: la debilidad de los principales impuestos que alimentan la masa coparticipable.

  • IVA: afectado por la caída del consumo real. A febrero, la recaudación crecía 22% interanual, muy por debajo de la inflación del 33,1%, lo que implica una contracción en términos reales.
  • Ganancias: si bien mostraba un aumento del 31,8% interanual, también quedó por debajo de la inflación, reflejando menor rentabilidad real empresaria y efectos de los ajustes por inflación.
  • Seguridad social: con subas del 28,6% interanual, también pierde contra los precios. A esto se suma un cambio en la calidad del empleo, con crecimiento del monotributo (+47,2%) en detrimento del empleo formal.

El resultado es un efecto combinado negativo: caen simultáneamente los tres pilares de la recaudación, se reduce la masa coparticipable y, en consecuencia, las provincias reciben menos recursos en términos reales. Sin recuperación del consumo, del empleo y de los salarios reales, la coparticipación difícilmente muestre una mejora sostenida. De mantenerse esta dinámica, 2026 cerraría por debajo de 2025 y muy lejos de los niveles de 2023, consolidando un escenario de restricción fiscal para las provincias.

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La industria vuelve a caer en febrero: retrocede 7,9% interanual según Orlando J. Ferreres

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La actividad industrial volvió a contraerse en febrero y reabrió una pregunta incómoda para el Gobierno: ¿la estabilización macro alcanza para reactivar la economía real? Según el último informe del Índice de Producción Industrial (IPI), la producción cayó 7,9% interanual y acumuló una baja de 5,5% en el primer bimestre de 2026. El dato, difundido el 26 de marzo, irrumpe en un escenario donde la administración nacional apuesta a mostrar señales de ordenamiento, pero todavía no logra consolidar una recuperación homogénea en sectores clave.

En términos mensuales, la caída fue de 2,7% respecto de enero, lo que interrumpe la mejora previa y deja al primer tramo del año con un comportamiento errático. La dinámica no es menor: pone en evidencia que, más allá de la desaceleración inflacionaria que el oficialismo busca instalar, el frente productivo sigue sin traccionar.

Un rebote incompleto en un marco de transición

El informe del Centro de Estudios Económicos de Orlando J. Ferreres describe un escenario de “altibajos” en la industria. Si bien enero había mostrado una suba revisada de 2,1% mensual, febrero corrigió esa tendencia y dejó un crecimiento marginal del 0,7% respecto a diciembre en la serie desestacionalizada.

El problema no es solo estadístico. La caída interanual revela un deterioro más profundo, impulsado principalmente por sectores sensibles al ciclo económico. La producción de maquinaria y equipo se desplomó 23,9%, con una caída del 30,1% en el segmento automotriz. A la par, alimentos, bebidas y tabaco retrocedieron 9,6%, afectados por una baja de 22,5% en la molienda de aceites.

En contraste, metales básicos mostró una suba de 3,8%, lo que marca que la dinámica no es homogénea. Sin embargo, el dato no alcanza para compensar el peso de los sectores en caída.

El informe introduce un punto clave: la reactivación depende de la mejora en los ingresos reales de las familias, que “por ahora siguen deprimidos”. Esa variable conecta directamente con el núcleo del programa económico oficial.

Impacto político: señales cruzadas en la agenda económica

El dato industrial no es neutro en términos políticos. Mientras el Gobierno busca consolidar su narrativa de estabilización, la persistencia de caídas en la actividad productiva condiciona su margen de acción y obliga a administrar tiempos.

El deterioro en sectores como maquinaria o alimentos afecta directamente a cadenas productivas con peso territorial, lo que puede trasladarse a tensiones con gobernadores y actores del entramado industrial. A la vez, el diagnóstico de consumo débil introduce una contradicción: sin recuperación del poder adquisitivo, el rebote económico queda incompleto.

En este contexto, los sectores industriales aparecen como los más condicionados. La caída en la producción automotriz y en la molienda de aceites no solo impacta en empleo y exportaciones, sino que también limita la capacidad de mostrar resultados concretos en el corto plazo.

Al mismo tiempo, el dato refuerza la centralidad del crédito y del ingreso disponible como variables políticas. Sin esos motores, la recuperación queda atada a factores externos o a nichos específicos.

Un escenario abierto: entre la estabilización y la reactivación pendiente

El propio informe es explícito: no se espera una pronta reactivación en los próximos meses. Esa advertencia proyecta un escenario donde la economía podría transitar una fase de estabilidad con bajo dinamismo.

En términos estratégicos, el desafío no es menor. La política económica deberá mostrar si puede transformar el orden macro en crecimiento sostenido o si la industria seguirá operando por debajo de su potencial.

Las próximas semanas serán clave para observar si la caída de la inflación logra traducirse en mejora del ingreso real y, en consecuencia, en una recuperación del consumo. También habrá que seguir de cerca si sectores puntuales logran traccionar o si el patrón de altibajos se consolida.

Por ahora, la industria marca el ritmo de una economía que todavía no termina de arrancar.

IPI Orlando J. Ferreres by CristianMilciades

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Alerta en el sistema financiero: la morosidad marca un récord y afecta al 17% de los deudores

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La morosidad en el sistema financiero argentino alcanzó en enero de 2026 un nivel récord, reflejando el deterioro de la capacidad de pago de los hogares en un contexto de ingresos que no logran recomponerse al ritmo de las deudas.

Según los últimos datos disponibles, 2.663.953 personas presentan atrasos de tres meses o más en sus obligaciones, lo que configura el nivel más alto de mora registrado en la serie reciente. La cifra equivale al 17% del total de deudores del sistema, consolidando una tendencia creciente que se profundiza mes a mes.

El salto interanual es significativo: hay 1.181.718 deudores morosos más que en enero de 2025, lo que representa un incremento del 79%. Este crecimiento no está acompañado por un aumento equivalente en la cantidad total de deudores, lo que implica que la morosidad gana peso dentro del sistema financiero.

Un año atrás, los deudores en situación irregular representaban el 10% del total. Hoy, ese porcentaje escaló siete puntos, evidenciando un deterioro acelerado en la cadena de pagos.

Deudas pequeñas, problema estructural

Uno de los datos más relevantes del fenómeno es que la morosidad está fuertemente concentrada en deudas de bajo monto. El 50% de los deudores en mora debe $484.295 o menos, lo que indica que el problema no se limita a grandes compromisos financieros, sino que afecta principalmente a sectores medios y bajos.

Esto refuerza la idea de que la crisis no está asociada a decisiones de inversión o apalancamiento, sino a la dificultad de sostener gastos cotidianos financiados, en un contexto de ingresos reales debilitados.

Sin embargo, el monto de las deudas impagas viene en aumento en los últimos meses, lo que agrega presión sobre los ingresos disponibles. A diferencia de las tasas de interés y las obligaciones financieras, los salarios no han logrado crecer por encima de la inflación, lo que profundiza la brecha y complica la capacidad de repago.

Un deterioro que se amplía

El crecimiento de la morosidad se da en paralelo a otros indicadores de fragilidad económica, como la caída del empleo formal y el aumento del desempleo, configurando un escenario en el que cada vez más personas quedan expuestas a situaciones de endeudamiento crítico.

El dato de enero no solo marca un pico estadístico, sino que también refleja una tendencia estructural: los sectores más vulnerables son los que presentan mayores dificultades para cumplir con sus obligaciones financieras, incluso cuando se trata de montos relativamente bajos.

En este contexto, la morosidad deja de ser un fenómeno marginal para convertirse en un indicador clave del estado de la economía real, con impacto directo en el consumo, el crédito y la estabilidad del sistema financiero.

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La economía creció 1,9% interanual en enero, pero siguen flojos la industria y el comercio

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La actividad económica argentina inició 2026 con una suba interanual de 1,9% en enero, de acuerdo con el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) difundido por el INDEC. En términos mensuales, la economía mostró además un avance de 0,4% frente a diciembre en la medición desestacionalizada, mientras que la serie tendencia-ciclo registró una mejora de 0,3%, lo que indica que el nivel general mantuvo una trayectoria ascendente, aunque con un ritmo moderado.

El dato confirma que la economía sigue en terreno positivo al comenzar el año, pero también deja ver una recuperación heterogénea. No hubo un crecimiento parejo entre sectores: la expansión estuvo sostenida sobre todo por el fuerte salto del agro y por el desempeño de la explotación minera, mientras que ramas sensibles para el mercado interno, como la industria manufacturera y el comercio, volvieron a exhibir retrocesos.

Según el resumen ejecutivo del informe, en enero diez de los quince sectores que integran el EMAE registraron subas interanuales. Los mayores incrementos se observaron en Pesca, con un alza de 50,8%, y en Agricultura, ganadería, caza y silvicultura, con un crecimiento de 25,1%. Sin embargo, no todos los sectores que más crecieron fueron los que más pesaron en el resultado global. El propio INDEC remarca que la actividad con mayor incidencia positiva fue Agricultura, ganadería, caza y silvicultura, seguida por Explotación de minas y canteras, que avanzó 9,6% interanual. Entre ambos sectores aportaron 1,7 puntos porcentuales al crecimiento total del EMAE, que fue de 1,88%. Esa concentración muestra con claridad que el resultado agregado descansó en pocos motores de fuerte empuje.

El gráfico sectorial incluido en la página final del informe permite dimensionar ese reparto. Agricultura aportó 1,27 puntos porcentuales al alza general, mientras que Explotación de minas y canteras sumó 0,40 puntos. Detrás aparecieron los impuestos netos de subsidios, con una incidencia positiva de 0,42 puntos; la intermediación financiera, con 0,30; transporte y comunicaciones, con 0,17; y pesca, con 0,15. Es decir, el crecimiento de enero tuvo una base bastante concentrada en actividades primarias, extractivas y financieras, más que en sectores masivos ligados al consumo o a la producción industrial.

Del otro lado, el informe también muestra que persisten focos de debilidad importantes. Cinco sectores registraron caídas interanuales en enero. Las principales bajas se verificaron en Comercio mayorista, minorista y reparaciones, con una contracción de 3,2%; Electricidad, gas y agua, con una merma de 3,0%; Industria manufacturera, con una baja de 2,6%; Hoteles y restaurantes, con -2,2%; y Administración pública y defensa, con -1,6%. Entre comercio, industria, electricidad y administración pública le restaron 0,9 puntos porcentuales al nivel general, según el propio INDEC.

Ese dato es particularmente relevante porque marca un contraste fuerte entre los sectores que hoy sostienen la mejora y aquellos que suelen funcionar como termómetro del mercado interno. El comercio, por su peso dentro de la estructura económica, fue el sector de mayor incidencia negativa: restó 0,40 puntos porcentuales. La industria manufacturera quitó otros 0,36 puntos y electricidad, gas y agua, 0,06. Así, aunque el EMAE mostró crecimiento, una parte relevante de la economía real siguió sin despegar al inicio de 2026.

La serie mensual también aporta contexto para entender el momento actual. Durante 2025, la actividad había transitado un año mayormente positivo en la comparación interanual, con subas que llegaron a 7,8% en abril y se mantuvieron en niveles relativamente altos durante buena parte del primer semestre. Pero hacia el cierre del año aparecieron señales de desaceleración: noviembre mostró una variación interanual de -0,2%, antes de rebotar a 3,3% en diciembre. En ese marco, el 1,9% de enero de 2026 aparece como un crecimiento más moderado que los registrados en buena parte de 2025. El acumulado del año, al tratarse del primer mes, también quedó en 1,9%.

En la comparación estrictamente mensual, la suba de 0,4% desestacionalizada frente a diciembre confirma que hubo una mejora de corto plazo, pero sin aceleración significativa. De hecho, la tendencia-ciclo avanzó 0,3%, un ritmo algo más firme que el 0,2% que había predominado en varios meses de 2025, aunque todavía lejos de una expansión vigorosa. Visto en perspectiva, el EMAE parece sostener una recuperación gradual, pero todavía con una matriz frágil y muy dependiente de pocos sectores dinámicos.

Entre los rubros que crecieron, además del agro, la minería y la pesca, también se destacaron la intermediación financiera, con 7,7% interanual; transporte y comunicaciones, con 2,3%; impuestos netos de subsidios, con 2,3%; servicios sociales y de salud, con 0,8%; construcción, con 0,5%; actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler, con 0,5%; enseñanza, con 0,2%; y otras actividades de servicios comunitarios, sociales y personales, con 0,1%. La mayoría de estas ramas mostró avances leves o moderados, lo que refuerza la idea de que el desempeño de enero no fue el resultado de una expansión generalizada, sino de un conjunto acotado de sectores con tracción más intensa.

En términos de lectura económica, el informe deja una conclusión central: la economía comenzó 2026 en crecimiento, pero con desequilibrios sectoriales marcados. La mejora del nivel general fue real, aunque apoyada en actividades primarias y extractivas, mientras que sectores clave para el entramado productivo y el consumo, como industria y comercio, siguieron retrocediendo. Eso plantea un escenario en el que la recuperación existe, pero todavía no logra derramarse de manera homogénea sobre toda la estructura económica.

También vale remarcar que la industria manufacturera, a pesar de haber mostrado mejoras interanuales en varios tramos de 2025, volvió a caer en enero de 2026. Ese retroceso, sumado a la baja del comercio, puede interpretarse como una señal de cautela: el rebote agregado no necesariamente equivale a una mejora consolidada en la producción y el consumo doméstico. Algo similar ocurre con hoteles y restaurantes, que cayeron 2,2%, una baja que puede leerse como una señal de enfriamiento en actividades vinculadas al gasto de los hogares y al turismo.

El cuadro general, entonces, muestra una economía que evita la recaída y mantiene números positivos, pero todavía sin una base amplia de expansión. El dato de enero es mejor que una contracción, sin dudas, pero también deja claro que el repunte está lejos de ser parejo. El próximo informe del EMAE, con la estimación preliminar de febrero de 2026, será difundido por el INDEC el 22 de abril, y será clave para determinar si esta mejora moderada logra afirmarse o si se trató apenas de un inicio de año sostenido por sectores muy puntuales.

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