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453 pedidos para llegar a fin de mes, la matemática del delivery en Posadas

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Un repartidor de Pedidos Ya necesita entregar más de 450 pedidos por mes para cubrir la canasta básica familiar. Son 21 pedidos por día, 6 días a la semana. En moto, bajo el sol misionero, sin aguinaldo, sin ART, sin jubilación. Esta es la historia de cuatro personas que hacen esas cuentas , o que deberían hacerlas.

Según el último relevamiento nacional, más de un millón y medio de personas trabajan en Argentina en plataformas de transporte de pasajeros o reparto de comida, diez veces más que en 2020. En Posadas, la proliferación de cascos y bolsas térmicas en cada semáforo es la versión local de ese fenómeno global.

La plataforma dominante en la ciudad es Pedidos Ya, que opera como intermediaria entre restaurantes, comercios y clientes. El repartidor se registra como independiente, activa la app cuando quiere trabajar, acepta o rechaza pedidos y cobra por entrega. Sin relación de dependencia. Sin salario fijo. Sin nada que la app no garantice explícitamente: que es, básicamente, el pedido y la comisión.

¿Cuánto vale esa comisión? ¿Alcanza? ¿Para quién?

El ingreso promedio por pedido en Pedidos Ya durante el primer trimestre de 2026 fue de $3.165, según el índice APP de la Fundación Encuentro. Ese valor incluye el pago base de la plataforma (sin propinas). La comisión se divide entre la empresa (33%) y el repartidor (67%), lo que deja al cadete entre $2.100 y $2.200 netos por entrega antes de descontar combustible y desgaste de la moto. Para alcanzar el salario mínimo de $720.000, un repartidor necesita completar 227 pedidos mensuales. Para cubrir la Canasta Básica Total la cifra trepa a 453 pedidos.

Eso es lo que dicen los números nacionales. Lo que pasa en Posadas tiene particularidades que los promedios no capturan: el calor extremo del verano misionero, la geografía de la ciudad distribuida entre barrios que pueden quedar a diez o quince kilómetros del centro, el precio de la nafta que supera a Buenos Aires, y una demanda que se concentra en franjas horarias muy específicas y cae a cero en el resto del día.

Cuatro historias que lo ilustran.


EZEQUIEL · 23 AÑOS · ESTUDIANTE UNIVERSITARIO · BICICLETA · BARRIO CENTRO

“Empecé para pagarme la facultad. Los fines de semana al mediodía y a la noche puedo hacer 15 pedidos. Entre semana, si llego a ocho, es un buen día. El problema es que en bici solo me aceptan zonas chicas. Los pedidos lejanos van a los de moto.”

El cálculo de Ezequiel: Promedio 10 pedidos × 4 días hábiles + 15 pedidos × 2 días fin de semana = 70 pedidos/semana · ~280 pedidos/mes · Ingreso bruto: 280 × $3.165 = $886.200 · Comisión repartidor (67%): $593.754 · Sin costo de combustible (bici) · Desgaste estimado bici: $20.000/mes · 

Ingreso neto estimado: ~$573.000 · 

Supera el salario mínimo sin pagar nafta. La bici gana en costos pero pierde en volumen: los pedidos más rentables y los de mayor distancia van a los de moto.


LORENA · 35 AÑOS · MADRE DE DOS HIJOS · MOTO 150CC · ÚNICA FUENTE DE INGRESO FAMILIAR

“Salgo a las 11 y vuelvo a las 15. Después descanso y vuelvo de 19 a 23. Esas son las horas pico. Fuera de eso, podés esperar 40 minutos para que caiga un pedido. El problema es que en las horas pico hay un montón de repartidores y los pedidos no alcanzan para todos.”

El cálculo de Lorena: 8 horas en pico × 6 días = 48 horas activas · Estimado de 18 pedidos diarios en horas pico × 26 días = 468 pedidos/mes · Ingreso bruto: 468 × $3.165 = $1.481.220 · Comisión (67%): $992.417 · Nafta: 150 km/día × 26 días = 3.900 km · 3.900 km ÷ 30 km/litro = 130 litros × $2.190 = $284.700 · Service y desgaste moto (estimado): $120.000/mes · Ingreso real neto: ~$587.000 · 

Cubre el salario mínimo. No cubre la canasta básica familiar. Lorena trabaja jornada completa y no alcanza a cubrir los gastos básicos de su hogar.


RODRIGO · 41 AÑOS · TIENE EMPLEO FORMAL · MOTO PROPIA YA PAGA · DELIVERY COMO SEGUNDO INGRESO

“Yo lo hago viernes, sábado y domingo de noche. Unas 5 horas por noche. Con el sueldo de mi trabajo más el delivery cierro el mes. Solo, no cerraría ninguno de los dos.”

El cálculo de Rodrigo: 5 horas × 3 noches de fin de semana = 15 horas semanales · 12 pedidos/noche × 12 noches/mes = 144 pedidos · Ingreso bruto: 144 × $3.165 = $455.760 · Comisión (67%): $305.359 · Nafta (40 km/noche × 12 noches = 480 km ÷ 30 km/l = 16 litros × $2.190): $35.040 · Desgaste estimado: $30.000/mes.

Ingreso neto: $240.000 · 

Complemento razonable. El delivery funciona bien como segundo ingreso en horario de alta demanda. Como único ingreso, los números no cierran para Rodrigo tampoco.


YAMILA · 19 AÑOS · SIN TRABAJO PREVIO · MOTO FINANCIADA · EMPEZÓ HACE 3 MESES

“Me dijeron que era fácil ganar bien. Los primeros días me fue bien porque aceptaba todo. Después empecé a calcular que algunos pedidos me salían más en nafta de lo que ganaba. Hay pedidos de $1.800 que te mandan a 8 kilómetros de distancia. No convienen.”

El cálculo de Yamila: Promedio de 12 pedidos diarios × 25 días = 300 pedidos/mes · Ingreso bruto: 300 × $3.165 = $949.500 · Comisión (67%): $636.165 · Nafta (100 km/día × 25 días = 2.500 km ÷ 30 km/l = 83 litros × $2.190): $181.770 · Cuota moto financiada: $180.000/mes · Desgaste y service: $80.000/mes estimado · 

Ingreso real neto: $194.000 

Menos de un tercio del salario mínimo. Yamila está trabajando para pagar la moto con la que trabaja. El círculo se cierra solo, del peor lado.


La tabla revela el mismo patrón que encontramos en el artículo de Uber: quien más horas trabaja no es necesariamente quien más gana en términos netos. Lorena hace casi el triple de pedidos que Rodrigo y termina con un ingreso neto solo dos veces mayor, porque sus costos operativos escalan con las horas mientras que Rodrigo, con un vehículo ya amortizado y horarios de alta demanda, maximiza la eficiencia.

Hay tres costos que la mayoría de los repartidores no descuentan en serio y que determinan si el trabajo conviene o no.

El primero es la nafta, que en Posadas cuesta más que en Buenos Aires y que en moto representa entre $150.000 y $300.000 mensuales según el kilometraje. El segundo es el mantenimiento: una moto usada en delivery hace en seis meses el desgaste de dos años de uso normal. Los cambios de aceite, cubiertas, frenos y cadena se acumulan. El tercero, el más invisible, es la depreciación. Una moto comprada en $3.000.000 para hacer delivery pierde entre el 30% y el 40% de su valor en el primer año de uso intensivo. Distribuido en meses, eso es dinero que no aparece en ninguna billetera pero que desaparece igual.

Lo que Pedidos Ya no cubre: ART, si un repartidor tiene un accidente, corre por su cuenta. Jubilación sin aportes, los años de delivery no cuentan para ningún beneficio previsional futuro. Aguinaldo no existe. Licencia por enfermedad: si no salís, no cobrás. Obra social  la app no la provee; el repartidor paga monotributo o queda sin cobertura. En Argentina, más de un millón y medio de personas trabajan bajo estas condiciones. Y el número creció un 900% en seis años. 

¿Conviene hacer delivery en Posadas?

La respuesta más honesta es: depende exactamente de dónde salís y con qué comparás. Si tenés una bici propia y vivís en el centro, los números son razonables como complemento de otro ingreso o como trabajo estudiantil. Si tenés una moto ya paga y trabajás los fines de semana de noche, el delivery suma sin destruir el vehículo. Si es tu única fuente de ingreso y financiaste la moto para empezar, los números casi nunca cierran, aunque la aplicación te haga creer que sí.

La plataforma diseñó una experiencia que hace que trabajar más se sienta como progresar. Las insignias, los niveles, las racha de pedidos. Es la misma lógica que el slot machine: el próximo pedido siempre parece que va a ser el que cierre la cuenta. Y mientras tanto, la moto se desgasta, la nafta se consume y la canasta básica sigue en $1.531.473.

453 pedidos. 21 por día. Cada día del mes. Sin enfermarse. Sin que llueva demasiado. Sin que la moto falle. Así se llega a fin de mes haciendo delivery en Posadas.

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Repartidores necesitan 453 pedidos para sostener un hogar tipo: el ingreso por viaje apenas compensa la inflación

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El trabajo en plataformas digitales sigue mostrando una fuerte pérdida de poder adquisitivo frente al aumento del costo de vida. Así lo refleja el nuevo Índice APP (Coeficiente de Alcance del Pedido Promedio), elaborado por la Fundación Encuentro, que calcula cuántos pedidos debe realizar un repartidor para cubrir distintos gastos esenciales.

La tercera medición del indicador, correspondiente al primer trimestre de 2026, revela que en marzo un repartidor necesitó completar 453 pedidos promedio para sostener una Canasta Básica Total de un hogar de cuatro integrantes, prácticamente el mismo nivel que a fines de 2025, aunque con un mayor esfuerzo para afrontar otros gastos cotidianos.

El estudio toma como referencia el valor promedio de un pedido en las dos principales plataformas de delivery del país. En marzo, ese monto se ubicó en $3.165,20, sin considerar propinas ni descontar los costos que afronta el trabajador, como combustible, mantenimiento del vehículo, telefonía o monotributo.

El costo de vivir, medido en pedidos

El informe traduce distintos indicadores económicos a una unidad fácilmente comprensible: la cantidad de pedidos necesarios para alcanzar ingresos o cubrir gastos básicos.

Los principales resultados muestran que un repartidor necesitó realizar:

  • 453 pedidos para sostener un hogar tipo de cuatro integrantes.
  • 320 pedidos para alcanzar el ingreso promedio individual de Argentina.
  • 147 pedidos para cubrir la Canasta Básica Total individual (sin alquiler).
  • 67 pedidos para pagar únicamente la Canasta Básica Alimentaria.
  • 175 pedidos para afrontar la canasta de crianza de un niño promedio.
  • 156 pedidos para cubrir la crianza de un bebé.
  • 250 pedidos para pagar un alquiler promedio en la Ciudad de Buenos Aires.
  • 111 pedidos para alcanzar el Salario Mínimo Vital y Móvil.
  • 13 pedidos para abonar el Monotributo categoría A.
  • Apenas 2 pedidos para llenar un tanque de combustible de 3,5 litros.

Más pedidos para cubrir los mismos gastos

La comparación con diciembre de 2025 muestra que la estabilidad del indicador general esconde un deterioro en varios componentes del costo de vida.

En apenas tres meses:

  • La Canasta Básica Total individual pasó de requerir 140 a 147 pedidos.
  • La Canasta Básica Alimentaria aumentó de 63 a 67 pedidos.
  • La crianza de un niño pasó de 170 a 175 pedidos.
  • La de un bebé, de 152 a 156 pedidos.
  • El alquiler promedio subió de 244 a 250 pedidos.
  • El Monotributo A pasó de 12 a 13 pedidos.

En cambio, la cantidad de pedidos necesaria para sostener un hogar tipo prácticamente no varió: pasó de 454 a 453 gracias a una actualización del valor promedio del pedido durante marzo.

PedidosYa amortiguó la caída; Rappi quedó rezagada

Uno de los aspectos más relevantes del informe es la creciente diferencia entre plataformas.

Mientras PedidosYa actualizó el valor promedio abonado por pedido en marzo, elevándolo de $3.659 a $3.924, Rappi mantuvo sin cambios sus valores desde octubre de 2025.

Como consecuencia, el promedio general aumentó hasta los $3.165,20, lo que permitió compensar parcialmente el impacto de la inflación sobre los ingresos de los repartidores.

Sin embargo, la Fundación Encuentro advierte que esa mejora responde exclusivamente a una de las empresas y que el comportamiento agregado oculta realidades muy distintas entre quienes trabajan para cada plataforma.

El Índice APP fue desarrollado como una herramienta para medir el poder adquisitivo del trabajo en plataformas digitales, un sector caracterizado por ingresos variables y sin convenios colectivos que establezcan referencias salariales.

El coeficiente relaciona el valor promedio de un pedido con distintos indicadores económicos —como las canastas básicas, alquileres, salario mínimo o costos de crianza— para estimar cuántos viajes necesita realizar un repartidor para sostener distintos niveles de consumo.

La metodología aclara que el cálculo se realiza sobre el ingreso bruto por pedido, sin incluir propinas ni descontar los gastos operativos que asume cada trabajador, por lo que el ingreso efectivo disponible resulta inferior.

Inflación versus actualización de tarifas

La serie construida entre julio de 2025 y marzo de 2026 permite identificar un patrón claro: cuando las plataformas mantienen congelado el valor del pedido, la cantidad de viajes necesarios para sostener el mismo nivel de vida aumenta rápidamente.

En cambio, las actualizaciones del pago por pedido generan una mejora inmediata en el indicador, aunque esa recuperación se va diluyendo con el avance de la inflación.

Para la Fundación Encuentro, el APP se consolida como una herramienta útil para traducir los efectos de la inflación y las decisiones empresariales en un indicador simple y comparable, especialmente en un sector donde no existen negociaciones paritarias ni referencias salariales formales.

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La delegación invisible: todo lo que ya dejamos de pensar

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Nadie nos robó la capacidad de pensar. Se la prestamos a una app y nunca fuimos a buscarla.

La delegación silenciosa empezó con pequeñas comodidades. Primero dejamos de memorizar teléfonos. Después dejamos de orientarnos. Después dejamos que nos sugieran qué ver, qué comprar, qué leer. Y en algún punto, sin que nadie lo anunciara, dejamos de cuestionar si eso era un problema.

Hoy el fenómeno tiene escala industrial. Y tiene números.

Argentina está entre los cinco países con más tiempo de pantalla del mundo. Según datos de Electronics Hub, los argentinos destinan el 53,8% de sus horas de vigilia a dispositivos digitales. En términos concretos: cerca de 9 horas diarias entre celular, computadora y televisión. El promedio global es de 6 horas 45 minutos. Estamos muy por encima.

Esas horas no son tiempo neutro. Son horas en las que un sistema decide por nosotros. TikTok, Netflix, Instagram, Spotify: ninguna de estas plataformas espera que el usuario elija. Anticipan. Recomiendan. Empujan. Y lo hacen con una eficiencia que ningún ser humano podría igualar, porque su única métrica es el tiempo que lograron retenerte.

Más del 80% del contenido que consume un usuario promedio en plataformas de streaming y redes sociales está mediado por algoritmos de recomendación. En plataformas de video, ese porcentaje es incluso mayor. No elegimos tanto como creemos: navegamos dentro de un carril que alguien más trazó.

Pensá en la última vez que llegaste a un destino sin GPS. Probablemente recordás cada giro. Ahora pensá en los últimos diez viajes con navegación: son un borrón. La memoria se construye con esfuerzo. El esfuerzo que evitamos, también lo evitamos recordar. Lo mismo pasa con el contenido: lo que nos recomiendan se consume, se olvida y se reemplaza. Lo que elegimos con deliberación, queda.

Pero hay algo más profundo que la memoria en juego. Es el criterio.

Decidir no es solo llegar a un resultado. Es construir una forma de pensar. Cada vez que evaluamos opciones, comparamos, dudamos y elegimos, estamos ejercitando algo que no se puede delegar sin consecuencias. El cerebro, como cualquier sistema que busca eficiencia, acepta con gusto que otro haga ese trabajo. No es pereza: es diseño evolutivo. Y las plataformas tecnológicas actuales están construidas exactamente sobre esa tendencia. Cada función que “simplifica” elimina un paso que antes nos obligaba a decidir.

Para 2027, el 79% de la inversión publicitaria global estará basada en decisiones algorítmicas, según proyecciones del grupo Dentsu. No es solo que los algoritmos decidan lo que consumimos: están redefiniendo lo que producimos, lo que financiamos y, en consecuencia, lo que existe.

El problema no es la tecnología. Es lo que ocurre cuando dejamos de notar su influencia.

Las plataformas aprendieron rápido que la duda incomoda. Que el usuario que duda se va. Entonces eliminaron la duda. Le pusieron autoplay al video. Le pusieron scroll infinito al feed. Le pusieron recomendaciones antes de que termines lo que estabas leyendo. Cada fricción eliminada es un momento de deliberación que desapareció.

El informe “2026 Global Consumer Predictions” de Mintel advierte que una parte creciente de los consumidores está comenzando a reconocer esta dependencia y a buscar activamente experiencias “emancipadas de los algoritmos”. El consumidor, dice el informe, está fatigado de que los algoritmos gobiernen su relación con el mundo digital. Pero reconocer el problema no es lo mismo que resolverlo.

En Argentina, el contexto agrega una capa más. Somos uno de los países con mayor tiempo de pantalla del mundo, pero no somos el que tiene más velocidad de conexión ni el que produce más contenido propio. Consumimos masivamente lo que otros diseñan para nosotros. Y lo hacemos con una intensidad que supera a economías mucho más grandes.

Esto tiene consecuencias que van más allá de lo individual.

Una sociedad que delega progresivamente sus decisiones cotidianas a sistemas automatizados no solo pierde autonomía individual. Pierde también la capacidad colectiva de formarse criterio. El debate público, la deliberación democrática, la posibilidad de cambiar de opinión a partir de información nueva: todo eso requiere ciudadanos que todavía piensan por cuenta propia. No que navegan dentro del carril que un algoritmo les trazó esa mañana.

Según KPMG, el 74% de los comercios planea escalar el uso de inteligencia artificial en sus operaciones durante 2026. La tendencia no es reversible. La pregunta no es si los algoritmos van a seguir tomando decisiones por nosotros. La pregunta es si vamos a notar cuándo lo hacen.

No se trata de rechazar la tecnología. Sería absurdo y, además, ya es tarde. El GPS evita errores. Los algoritmos ahorran tiempo. Las recomendaciones simplifican. Pero simplificar tiene un precio que rara vez se pone en la factura: el espacio para decidir. La posibilidad de equivocarse. El derecho a dudar.

La delegación no ocurre de golpe.

Es un proceso silencioso.

Y cuando uno lo nota, ya lleva años cediendo terreno.

El problema no es que la tecnología piense por nosotros. El problema es que nosotros empezamos a dejar de hacerlo. Y lo hicimos sin que nadie nos lo pidiera, sin firmar nada, sin que nadie nos dijera que ese era el trato.

Ese es el negocio. Y está funcionando muy bien.


Esta columna forma parte de una serie sobre cómo la tecnología redefine las decisiones cotidianas en un mundo hiperconectado

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