FEMICIDIO

Cuando la violencia no empieza con el femicidio

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Once años después de la primera movilización de Ni Una Menos, la Argentina vuelve a enfrentarse a una realidad incómoda. Mientras desde el Gobierno nacional se relativiza la violencia de género, se eliminan áreas específicas del Estado y se cuestiona la existencia misma de desigualdades estructurales entre varones y mujeres, los femicidios continúan ocurriendo.

Los nombres cambian. El dolor permanece

En los últimos días, dos casos conmocionaron al país. En Córdoba, Agostina Vega, una adolescente de 14 años, fue hallada asesinada tras varios días de búsqueda. En Misiones, Dulce María Beatriz Candia, de 17 años, apareció sin vida en Eldorado después de permanecer desaparecida durante más de una semana. Dos historias atravesadas por la misma pregunta que vuelve a repetirse cada vez que una mujer o una adolescente es asesinada: ¿qué falló antes?

La pregunta resulta especialmente pertinente en el marco de un nuevo aniversario de Ni Una Menos, un movimiento que nació para denunciar que los femicidios no son hechos aislados ni tragedias individuales, sino la expresión más extrema de una violencia que se construye y reproduce mucho antes de llegar al crimen.

Los datos muestran que el problema dista de haber desaparecido. Según el Observatorio de Violencias por Motivos de Género “Mercedes Pagnutti”, de la ciudad de Rosario, que realiza un monitoreo permanente de casos en todo el país, durante 2025 se registraron 291 femicidios, lesbicidios y trans/travesticidios en Argentina. La tasa nacional alcanza las 1,27 víctimas cada 100.000 mujeres y, en promedio, ocurre un femicidio cada 30 horas.

Las cifras, por sí solas, desmienten cualquier intento de presentar la violencia de género como una problemática superada o como una construcción ideológica sin correlato en la realidad. Detrás de cada número hay una historia interrumpida, una familia devastada y una cadena de responsabilidades que rara vez se limita al agresor.

Porque la violencia no empieza con el femicidio

Empieza mucho antes. En las relaciones de control. En las amenazas ignoradas. En las denuncias que no reciben respuestas adecuadas. En los discursos que buscan minimizar el problema. Y también en las nuevas formas de hostigamiento que proliferan en los entornos digitales.

Una reciente investigación publicada por “Economis”, de la provincia de Misiones, analizó cómo mujeres periodistas, militantes, activistas, dirigentas políticas y referentas sociales son objeto de campañas de agresión, insultos y amenazas destinadas a expulsarlas del debate público. No se trata únicamente de ataques individuales. Se trata de mecanismos de disciplinamiento que buscan silenciar voces, restringir la participación y reforzar desigualdades históricas.

La violencia digital y la violencia física no son fenómenos idénticos, pero tampoco son compartimentos estancos. Ambas forman parte de una misma cultura que naturaliza la agresión hacia las mujeres cuando ocupan espacios de visibilidad, decisión o protagonismo social.

Por eso resulta imposible analizar el contexto actual sin observar el papel del Estado nacional. Desde la llegada de Javier Milei a la Presidencia, el feminismo se convirtió en uno de los principales blancos discursivos del oficialismo. El cierre del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, la reducción o eliminación de programas específicos y la insistencia en negar la existencia de violencias estructurales forman parte de una orientación política explícita.

La discusión no pasa por defender una estructura burocrática determinada. La pregunta es otra: ¿qué ocurre cuando se debilitan las herramientas destinadas a prevenir, asistir y acompañar situaciones de violencia mientras las estadísticas continúan mostrando víctimas?

Negar un problema no lo resuelve

Pero tampoco alcanza con señalar al Poder Ejecutivo. Cada femicidio vuelve a poner bajo la lupa el funcionamiento de la Justicia y de las fuerzas de seguridad. Las familias de las víctimas suelen repetir la misma sensación: las respuestas llegaron tarde. Las búsquedas se demoraron. Las alertas fueron subestimadas. Las denuncias no alcanzaron para activar mecanismos eficaces de protección.

Las controversias alrededor de la investigación por el asesinato de Agostina Vega también reflejan esas tensiones. Mientras distintos sectores reclamaban que el caso fuera investigado con perspectiva de género, el fiscal interviniente, Raúl Garzón, sostuvo públicamente que no existían elementos para considerarlo un femicidio. Sus declaraciones generaron cuestionamientos y reavivaron un debate recurrente sobre la necesidad de incorporar una mirada integral en la investigación de los crímenes contra mujeres y adolescentes. En medio de la conmoción social, parte de la discusión pública pareció concentrarse incluso en reconocer la labor del perro que participó en el hallazgo del cuerpo. “Hay que darle una medalla”, dijo el funcionario. Sin restar valor al trabajo realizado durante la búsqueda, el episodio dejó al descubierto una incomodidad persistente: la dificultad de algunas instituciones para abordar la dimensión social y estructural de las violencias que afectan a mujeres y niñas.

La discusión sobre si determinados casos deben o no ser considerados femicidios no es meramente jurídica. También expresa una disputa política y cultural sobre cómo se interpreta la violencia contra las mujeres. En un contexto donde desde el poder nacional se cuestiona la existencia misma de la violencia de género como fenómeno específico, esas definiciones adquieren una relevancia que excede los tribunales.

La Justicia suele mostrarse firme cuando el crimen ya ocurrió. El problema es que para entonces siempre es demasiado tarde.

Once años después de la primera marcha de Ni Una Menos, la pregunta ya no es si la violencia de género existe. Las estadísticas, los expedientes judiciales y los nombres de las víctimas responden por sí solos.

La verdadera discusión es qué sociedad se construye cuando, frente a esa realidad, se desmantelan políticas públicas, se relativizan las violencias específicas que sufren las mujeres y se naturalizan discursos de odio que encuentran en las redes sociales un amplificador permanente.

Agostina y Dulce ya no están. Sus nombres se suman a una lista que continúa creciendo. Una lista que recuerda que la violencia no empieza con el femicidio, pero tampoco termina con una condena judicial.

Porque cuando una adolescente aparece asesinada, la discusión pública no debería centrarse en cómo nombrar el problema para que deje de existir. La tarea pendiente sigue siendo evitar que vuelva a ocurrir.

Y porque, once años después, Ni Una Menos sigue siendo mucho más que una consigna. Sigue siendo una deuda pendiente de la democracia argentina.

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La violencia no frena: un femicidio cada 32 horas en el país y récord en Misiones

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La violencia de género en Misiones dejó de ser una estadística aislada para transformarse en una señal estructural de alarma. Mientras el informe nacional del Observatorio MuMaLa muestra que la provincia registra dos femicidios en el primer cuatrimestre de 2026 y una tasa inferior a la media nacional, los números expuestos por el gobernador Hugo Passalacqua ante la Legislatura revelan una realidad mucho más profunda: durante 2025 hubo más de 31 mil denuncias por violencia, un incremento cercano al seis por ciento respecto al año anterior, con un promedio de 86 denuncias por día y 11 femicidios, el número más alto de los últimos seis años.

El contraste obliga a una lectura más seria. El corte estadístico de MuMaLa muestra una fotografía parcial de enero a abril de 2026, pero el dato político y social relevante está en la tendencia consolidada: Misiones exhibe una presión creciente sobre todo el sistema de prevención, contención y respuesta estatal.

A nivel nacional, MuMaLa registró entre el 1 de enero y el 30 de abril de 2026 un total de 90 femicidios, lo que equivale a un asesinato por razones de género cada 32 horas. De ese total, 67 fueron femicidios directos, hubo tres trans-travesticidios, once feminicidios vinculados al narcotráfico y crimen organizado y cinco suicidios feminicidas. Además, se contabilizaron 356 intentos de femicidio y 61 niños, niñas y adolescentes que quedaron sin madre.

La radiografía nacional mantiene un patrón persistente: el 50 por ciento de los femicidios fue cometido por parejas o exparejas, mientras que el 67 por ciento ocurrió dentro de la vivienda de la víctima o en el hogar compartido. El principal espacio de riesgo sigue siendo el ámbito doméstico.

La tasa nacional se ubicó en 0,4 víctimas cada 100 mil mujeres. Las provincias con mayores índices fueron Santiago del Estero, San Luis, Catamarca y Santa Fe. Buenos Aires concentró la mayor cantidad absoluta con 35 casos, seguida por Santa Fe con 15.

Misiones aparece con dos casos en ese mismo período: un femicidio directo y un trans-travesticidio, con una tasa de 0,3 víctimas cada 100 mil mujeres, por debajo del promedio argentino. Sin embargo, ese número pierde sentido si no se lo conecta con el volumen previo de violencia denunciada.

Passalacqua fue explícito ante la Cámara de Representantes: en 2025 se registraron más de 31 mil denuncias, casi seis por ciento más que en 2024. Son 86 denuncias por día. Además, más del 79 por ciento de las víctimas continúan siendo mujeres. El dato más duro fue otro: Misiones alcanzó en 2025 el mayor número de femicidios de los últimos seis años, con 11 casos.

Ese escenario demuestra que el problema no está solamente en los femicidios consumados, sino en la enorme masa previa de violencia que antecede a esos hechos. La provincia tiene una presión cotidiana sobre juzgados, comisarías, líneas de asistencia, refugios y áreas sociales que exige respuestas mucho más rápidas y coordinadas.

Violencia de Género en Misiones: los datos que alarman

Indicador Dato Análisis
Denuncias en 2025 31.000+ Casi 6% más que en 2024
Promedio diario 86 denuncias por día Presión constante sobre el sistema judicial y social
Víctimas mujeres 79% La violencia sigue afectando principalmente a mujeres
Femicidios 2025 11 El peor registro de los últimos 6 años
Femicidios enero-abril 2026 2 1 femicidio directo y 1 trans-travesticidio
Tasa provincial 2026 0,3 Cada 100 mil mujeres (media nacional: 0,4)

Fuente: Observatorio MuMaLa 2026 + mensaje del gobernador Hugo Passalacqua ante la Legislatura.

El informe de MuMaLa también expone una falla estructural en todo el país: apenas el 10 por ciento de las víctimas había denunciado previamente a su agresor, y de ese grupo, el 75 por ciento ya contaba con una restricción de acercamiento o perimetral. Es decir, incluso cuando el sistema judicial ya había intervenido, muchas veces no logró evitar el desenlace fatal.

En una provincia con 31 mil denuncias anuales, ese dato debería ser el centro de la política pública. No alcanza con recibir denuncias: el desafío real es identificar cuáles representan riesgo letal inmediato y actuar antes de que la violencia escale.

También hay una consecuencia menos visible pero devastadora. En apenas cuatro meses de 2026, 61 niños y adolescentes quedaron sin madre por femicidios en Argentina. Al menos 31 podrían acceder a la Ley Brisa, que prevé reparación económica para hijos de víctimas de violencia letal. Cada femicidio no termina en la víctima directa: deja una cadena de daños familiares, sociales y económicos que se extiende durante años.

La conclusión es incómoda pero inevitable. Misiones no aparece hoy entre las provincias con mayor tasa de femicidios, pero sí está atravesando una emergencia sostenida en violencia de género. Las 86 denuncias diarias y el récord de femicidios de 2025 indican que el problema no está en la excepción, sino en la persistencia.

El verdadero termómetro no debería ser sólo cuántos femicidios se consuman, sino cuántos pudieron evitarse antes de llegar a ese punto.

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Conmoción en Misiones: femicidio en Andresito, un policía asesinó a su expareja y luego se suicidó

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La oficial ayudante Daiana Raquel Da Rosa fue asesinada por su expareja, el también oficial Natanael Comes. El hecho ocurrió en el barrio 80 Viviendas de Comandante Andresito. La Justicia investiga las circunstancias del crimen.

La provincia de Misiones volvió a ser escenario de un trágico episodio de violencia de género. En la noche del domingo, en Comandante Andresito, la oficial ayudante Daiana Raquel Da Rosa, quien se desempeñaba en la Comisaría de la Mujer, fue asesinada a tiros por su expareja, el oficial ayudante Natanael Comes, integrante de la Comisaría jurisdiccional de Andresito, quien posteriormente se quitó la vida.

El hecho se registró alrededor de las 21:45 en una vivienda del barrio 80 Viviendas, luego de que vecinos alertaran al Centro Integral de Operaciones (CIO 911) por gritos y detonaciones de arma de fuego. Según el parte policial, al llegar al lugar, una comisión fue recibida con disparos efectuados por el agresor, quien se atrincheró brevemente antes de efectuar un disparo mortal contra sí mismo.

La víctima, de 27 años, fue encontrada sin vida dentro del domicilio. Comes, también de 27 años, fue trasladado de urgencia al hospital local, donde falleció minutos después.

Intervención judicial y procedimiento oficial

Por orden de la Jefatura de Policía, el caso quedó a cargo de la UR V, con intervención del Juzgado de Instrucción en turno. También participa la División Policía Científica, encargada de las pericias correspondientes.

Las primeras actuaciones confirman que no existían denuncias previas ni medidas judiciales de restricción vinculadas a la relación. Sin embargo, fuentes oficiales indicaron que la pareja había finalizado su convivencia meses atrás.

La Secretaría de Seguridad de la Provincia y el Ministerio de Gobierno expresaron su acompañamiento institucional ante el hecho y manifestaron su compromiso de reforzar los protocolos internos de prevención de violencia de género dentro de la fuerza.

Un crimen que sacude a la fuerza policial

El femicidio de la oficial Da Rosa ocurre en un contexto en el que Misiones ha fortalecido los dispositivos de atención y protección de mujeres. La Comisaría de la Mujer, donde prestaba servicios la víctima, forma parte de esa red provincial.

El crimen conmocionó a toda la comunidad de Andresito y al ámbito policial. La Justicia continúa con la investigación para establecer la cronología precisa de los hechos. También busca determinar si existían antecedentes o advertencias previas dentro del entorno laboral o personal de los involucrados.

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La culpa es de ella que usaba la pollera corta

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Patricia Bullrich culpó al feminismo por los femicidios. Su discurso repite el viejo argumento machista que culpa a las mujeres por la violencia que padecen. De nuevo quieren hacernos creer que la violencia es culpa nuestra, pero no son las feministas las que matan: son los varones violentos y un Estado que mira para otro lado.

Nada más, ni nada menos que la  ministra de Seguridad (que se supone debe velar por nosotras y nosotros), afirmó que los femicidios y la violencia machista son consecuencia del “feminismo extremo”, de mujeres que “pisotean al hombre” y “generan reacciones”. El mismo discurso de siempre, pero con poder estatal.

Decir que los femicidios son culpa del feminismo es como decir que una mujer fue violada porque usaba una pollera corta. Es repetir el mandato patriarcal que responsabiliza a las víctimas y absuelve a los agresores. Es negar que el problema es la desigualdad estructural, el machismo y la impunidad.

Los datos son claros: en la Argentina, cada 30 horas una mujer es asesinada por un varón, casi siempre conocido, pareja o expareja. No por ser “feminista”, sino por ser mujer. Y es el movimiento feminista el que puso estas cifras sobre la mesa, el que logró leyes, refugios, acompañamiento, educación sexual y políticas de prevención.

Sin el feminismo seguiríamos contando muertas en silencio.

Bullrich no habla desde la ignorancia, sino desde una decisión política: desacreditar la organización de las mujeres y diversidades, criminalizar la rebeldía y distraer de las verdaderas causas de la violencia. Porque un Estado que no protege, que ajusta y que recorta programas, necesita culpar a alguien más.

Como dijo Dora Barrancos en una nota reciente: “…nada es más patético que el patriarcado cuando toma forma de cuerpo femenino, porque ostenta el perfil de la servidumbre voluntaria.”

Por eso, frente a los discursos de odio reafirmamos lo que gritamos en cada plaza:

La culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía.

¡Ni una menos. Vivas, libres y con derechos nos queremos!

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Brasil sanciona ley que aumenta la pena por femicidio hasta 40 años

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El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, sancionó la ley que aumenta la pena por femicidios hasta 40 años y que también prohíbe a los autores de crímenes contra las mujeres ocupar cargos públicos.

La simbólica firma de la ley se realizó en un evento en el Palacio presidencial de Planalto, a la que asistieron ministros como Cida Gonçalves (Asuntos de la Mujer), Jorge Messias (Abogacía General de la Unión) y Alexandre Padilha (Relaciones Institucionales).  

Hasta ahora, la pena por el delito de femicidio oscilaba entre los 12 y los 30 años de prisión, dependiendo de las circunstancias del caso. Ahora, la ley amplía esta pena hasta 40 años de prisión. El texto fue aprobado en septiembre en la Cámara de Diputados, de forma simbólica.

De la autoría de la senadora Margareth Buzetti, el proyecto de ley transforma el femicidio en un delito penal independiente, en lugar de mantenerlo como delito calificado de homicidio. La medida aumenta la pena, eleva el perfil del delito y pretende reducir el subregistro de casos.

En su opinión, la ponente Gisela Simona señaló que la falta de formación adecuada o de protocolos claros puede llevar a las autoridades a calificar el delito simplemente como homicidio, incluso cuando la conducta se comete contra una mujer por razones de género.  

Además, la falta de uniformidad en los registros también dificulta la recopilación de datos estadísticos fiables sobre los feminicidios, algo esencial para el desarrollo de políticas públicas.

La medida también impide que quienes hayan cometido delitos contra las mujeres ocupen cargos públicos o cargos electivos. Además, aumenta la pena para los delitos cometidos por razón del sexo de la mujer, como las lesiones corporales, los delitos contra el honor, las amenazas y el incumplimiento de una medida de protección.

Otro punto de la ley aumenta el tiempo para la concesión de la progresión de régimen a los condenados por femicidio, además de hacer obligatoria la vigilancia electrónica del preso para cualquier beneficio.  

Simona afirmó que el proyecto de ley “contribuye en gran medida a aumentar la protección de las mujeres víctimas de violencia”.

“La creación de un tipo penal independiente para el femicidio es una medida necesaria no solo para hacer más visible esta forma extrema de violencia contra las mujeres, sino también para reforzar la lucha contra este crimen bárbaro y hacer posible la normalización de la información sobre las muertes de mujeres en Brasil”, aseguró.

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