GAZA

Estados Unidos presentó en Davos un plan para reconstruir Gaza con rascacielos, zonas industriales y control de seguridad israelí

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Estados Unidos presentó en el Foro Económico Mundial de Davos un plan integral para la reconstrucción de la Franja de Gaza, denominado informalmente “Nueva Gaza”, que propone reurbanizar desde cero el territorio palestino devastado por la guerra mediante rascacielos, zonas residenciales, áreas industriales, infraestructura portuaria y aeroportuaria, y un esquema de seguridad con presencia prolongada de fuerzas israelíes. La iniciativa fue revelada durante la ceremonia de firma de la nueva Junta de Paz impulsada por el presidente Donald Trump, encargada de supervisar el alto el fuego entre Israel y Hamás y la posterior reconstrucción.

El proyecto, que apunta a reorganizar el territorio para 2,1 millones de habitantes, generó fuertes controversias por su alcance político, humanitario y geoestratégico, en un contexto marcado por una tregua frágil, graves condiciones sociales y un elevado nivel de destrucción material, estimado por la ONU en el 81% de las estructuras de Gaza dañadas o destruidas.

El plan maestro: urbanización total, inversión privada y seguridad reforzada

Las diapositivas exhibidas en Davos mostraron un “Plan Maestro” que contempla la construcción de decenas de rascacielos a lo largo de la costa mediterránea, con un área específica destinada al turismo costero, donde se proyectan 180 torres de apartamentos. El diseño también incluye zonas residenciales, complejos industriales, centros de datos, manufactura avanzada, parques, instalaciones agrícolas y deportivas, además de un nuevo puerto marítimo y un aeropuerto cercano a la frontera con Egipto.

La reurbanización se dividiría en cuatro fases, comenzando en Rafah y avanzando progresivamente hacia el norte, hasta la Ciudad de Gaza. El esquema incorpora una franja de terreno baldío a lo largo de las fronteras con Egipto e Israel, identificada como “perímetro de seguridad”, donde las fuerzas israelíes permanecerían “hasta que Gaza esté debidamente protegida”, según el documento de paz de 20 puntos presentado por la administración estadounidense.

Una de las diapositivas detalló el proyecto de “Nueva Rafah”, que incluiría más de 100.000 viviendas permanentes, 200 centros educativos y 75 instalaciones médicas. Antes de la guerra, la ciudad albergaba a unas 280.000 personas, pero fue prácticamente arrasada durante los ataques israelíes y las demoliciones posteriores, quedando bajo control de Israel.

Trump, Kushner y el enfoque económico de la reconstrucción

Durante la presentación, el presidente Donald Trump defendió el proyecto con un discurso centrado en el potencial económico del territorio. “Vamos a tener mucho éxito en Gaza. Será un espectáculo digno de ver”, afirmó. Y agregó: “Soy en el fondo un promotor inmobiliario y lo importante es la ubicación. Miren esta ubicación junto al mar. Miren esta hermosa propiedad”.

El encargado operativo del plan es Jared Kushner, yerno de Trump, quien participó en la negociación del alto el fuego que entró en vigor en octubre. Kushner señaló que durante la guerra se lanzaron 90.000 toneladas de municiones sobre Gaza y que será necesario remover 60 millones de toneladas de escombros. Según explicó, la idea inicial de dividir el territorio entre una “zona libre” y una “zona de Hamás” fue descartada: “Simplemente planeemos para tener un éxito catastrófico”, declaró.

Kushner aseguró que Hamás firmó un acuerdo de desmilitarización y que ese compromiso será exigido. “La gente nos pregunta cuál es nuestro plan B. No tenemos un plan B”, sostuvo. También advirtió que “sin seguridad nadie va a hacer inversiones”, subrayando el vínculo entre desmilitarización, estabilidad y capital privado.

En las próximas semanas, Estados Unidos prevé realizar una conferencia en Washington para anunciar contribuciones internacionales y detallar “oportunidades de inversión” para el sector privado, en lo que se perfila como uno de los procesos de reconstrucción más ambiciosos de las últimas décadas.

Reacciones políticas, alto el fuego frágil y crisis humanitaria persistente

El plan se presentó en un escenario de tregua inestable. Aunque Israel y Hamás acordaron un alto el fuego, intercambios de rehenes y prisioneros, y un aumento de la ayuda humanitaria, en los últimos tres meses murieron al menos 477 palestinos en ataques israelíes, según el Ministerio de Salud de Gaza. El ejército israelí informó la muerte de tres soldados en ataques de grupos armados palestinos.

Las condiciones humanitarias continúan siendo críticas: casi un millón de personas carecen de refugio adecuado y 1,6 millones enfrentan inseguridad alimentaria aguda, de acuerdo con datos de la ONU.

Hamás reiteró su compromiso con el acuerdo de octubre y acusó a Israel de intentar “socavar los esfuerzos internacionales para consolidar el alto el fuego”. No obstante, el grupo ha rechazado históricamente entregar sus armas sin la creación de un Estado palestino independiente. Trump respondió con una advertencia directa: “Tienen que entregar sus armas y, si no lo hacen, será su fin”.

En Davos, el presidente israelí Isaac Herzog elogió el liderazgo de Trump, aunque advirtió que “la verdadera prueba es que Hamás salga de Gaza”. En contraste, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, exigió la plena implementación del plan de paz, incluida la retirada israelí y un rol central de la AP en la administración del territorio.

Por su parte, el jefe del Comité Nacional para la Administración de Gaza (CNAG), Ali Shaath, anunció que el cruce de Rafah con Egipto se abrirá la próxima semana en ambas direcciones, tras permanecer prácticamente cerrado desde mayo de 2024. “La apertura de Rafah demuestra que Gaza ya no está cerrada al futuro ni a la guerra”, afirmó.

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Según Trump, la Junta de la Paz debería sustituir a la ONU

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo el martes que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) debería continuar, debido a su potencial, pero que la Junta de la Paz propuesta por él mismo “podría” reemplazar a la organización.

Durante su discurso durante la conferencia de prensa en la Casa Blanca para conmemorar el primer aniversario de su segundo mandato, Trump criticó reiteradamente a la ONU por ser ineficaz para poner fin a las guerras, y añadió que debería seguir existiendo porque “el potencial es tan grande”

Sin embargo, según la agencia Xinhua, un borrador de la Carta de la Junta de Paz, supuestamente adjunto a las cartas de invitación enviadas a numerosos líderes mundiales, no hace referencia a Gaza y, en su lugar, esboza una visión del organismo como una organización controlada por Estados Unidos destinada a ayudar a resolver conflictos y guerras en todo el mundo.

“Es una ‘ONU de Trump’ que ignora los fundamentos de la Carta de la ONU”, afirmó un diplomático citado por Reuters. Otros tres diplomáticos occidentales dijeron que, de seguir adelante, probablemente socavaría a la ONU.

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, “cree que los Estados miembros son libres de asociarse en diferentes grupos“, dijo el domingo Farhan Haq, portavoz adjunto del jefe de la ONU, en respuesta a una pregunta sobre el borrador de la carta para la Junta de la Paz.

Netanyahu confirmó que se unirá al Consejo de Paz

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, afirmó este miércoles que aceptó una invitación del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para unirse al Consejo de Paz para Gaza. 

Netanyahu señaló en un comunicado que acordó participar como miembro del consejo, el cual, según indicó, estará integrado por líderes mundiales, según un informe de Xinhua, en el cual se indicó, además, que no se ofrecieron más detalles. 

El anuncio se produjo después de que la oficina del primer ministro indicara que Israel se oponía a la composición del consejo, presentado por Trump como parte de su plan para poner fin a la guerra en Gaza.

La oficina del primer ministro dijo en ese momento que el consejo se había anunciado sin coordinación con Israel y que contradecía la política israelí.

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Una jueza peruana de la CPI denunció sanciones de EE.UU. y alertó sobre un ataque al Estado de derecho

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EE.UU. sancionó a una jueza peruana de la Corte Penal Internacional y expuso una tensión inédita sobre la independencia judicial global

Las sanciones económicas y migratorias impuestas por Estados Unidos contra jueces y fiscales de la Corte Penal Internacional (CPI) abrieron un conflicto institucional de alto impacto político y jurídico. Entre los afectados se encuentra la magistrada peruana Luz del Carmen Ibáñez Carranza, jueza de la Cámara de Apelaciones del tribunal con sede en La Haya, quien denunció que las medidas le bloquearon cuentas, tarjetas de crédito y transferencias internacionales. El caso reaviva el debate sobre la independencia judicial, la vigencia del Estatuto de Roma y los límites del poder político frente a la justicia penal internacional.

Las sanciones de EE.UU. y el alcance sobre la Corte Penal Internacional

La jueza Luz del Carmen Ibáñez Carranza integra la Corte Penal Internacional desde hace casi ocho años. El tribunal fue creado en 1998 mediante el Estatuto de Roma para juzgar a individuos por genocidio, crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y el crimen de agresión. En 2025, el gobierno de Estados Unidos sancionó a seis jueces y a tres fiscales de la CPI, incluido el fiscal principal Karim Khan.

Según informó el Departamento de Estado, las sanciones responden a la “oposición a la politización, el abuso de poder, el desprecio por la soberanía nacional y la extralimitación judicial ilegítima de la CPI”. Washington sostuvo que la Corte “constituye una amenaza para la seguridad nacional” y la acusó de actuar como un instrumento de “guerra jurídica” contra Estados Unidos y su aliado Israel. Parte de las medidas se anunciaron luego de que la CPI emitiera órdenes de arresto contra el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y su exministro de Defensa, Yoav Gallant, por crímenes vinculados a Gaza.

En el caso de Ibáñez Carranza, el Departamento de Estado señaló que fue sancionada por “autorizar la investigación de la CPI contra personal estadounidense en Afganistán”. La magistrada explicó que la decisión cuestionada corresponde a 2019, cuando un panel de cinco jueces de la Cámara de Apelaciones habilitó investigaciones por crímenes cometidos en el territorio afgano, sin distinción de autores: talibanes, fuerzas estatales o fuerzas extranjeras.

Las Naciones Unidas condenaron las sanciones como “un ataque contra el Estado de derecho”. La relatora especial de la ONU para la independencia de jueces y abogados, Margaret Satterthwaite, advirtió que las medidas buscan influir directamente en el trabajo judicial y equiparan a jueces internacionales con “presuntos terroristas o líderes de cárteles”.

Impacto personal, económico y familiar de las sanciones

Más allá de la dimensión institucional, la jueza peruana describió el impacto concreto de las sanciones en su vida cotidiana. Entre las restricciones figuran la cancelación de visas, el bloqueo de cuentas en dólares en cualquier país, la anulación de tarjetas de crédito y la imposibilidad de utilizar servicios financieros o plataformas vinculadas a empresas con sede en Estados Unidos.

“No puedo ordenar una comida, no puedo tomar un taxi Uber, no puedo enviar dinero a mi país”, relató. Ibáñez Carranza explicó que transfería mensualmente fondos a Perú para el mantenimiento de su vivienda y el pago de servicios básicos, pero que una operación vía Western Union quedó retenida sin explicación. Las sanciones, además, se extienden indirectamente a familiares y personas que intentan asistir a los magistrados afectados. En su caso, su hija vio cancelada una visa sin fundamentos explícitos.

El alcance extraterritorial de las medidas generó tensiones incluso en Europa. Bancos con sede en Países Bajos restringieron inicialmente operaciones de los jueces sancionados, lo que derivó en gestiones ante autoridades holandesas para garantizar el funcionamiento básico de cuentas en euros. “La pregunta era si Europa es realmente un espacio seguro o si sus bancos están subordinados a la política estadounidense”, sostuvo la magistrada.

Ibáñez Carranza acumuló más de 35 años de trayectoria como fiscal en Perú antes de llegar a la CPI, incluyendo causas emblemáticas como la investigación contra Abimael Guzmán, exlíder de Sendero Luminoso, condenado a cadena perpetua en 2005. Desde esa experiencia, afirmó que las sanciones buscan intimidar, pero no condicionarán sus decisiones: “Frente a unos hechos y una evidencia, lo único que puedo aplicar es el derecho y mi conciencia”.

Repercusiones políticas y debate sobre el futuro de la CPI

El conflicto se inscribe en un escenario de presión creciente sobre la Corte Penal Internacional. Además de las sanciones estadounidenses, algunos jueces enfrentan órdenes de arresto emitidas por Rusia, en represalia por decisiones judiciales vinculadas al conflicto en Ucrania. En paralelo, varios Estados se negaron a ejecutar órdenes de arresto de la CPI, y parlamentos nacionales, como el de Venezuela, debatieron proyectos para retirarse del Estatuto de Roma.

Para la magistrada peruana, el objetivo de fondo es debilitar el sistema de justicia internacional y desalentar investigaciones sobre crímenes atroces. “El ataque no es solo contra los jueces, es contra las víctimas”, sostuvo. Recordó que el principio de complementariedad del Estatuto de Roma establece que la CPI actúa solo cuando los Estados no investigan o juzgan adecuadamente, y que la Corte no persigue países sino hechos y responsabilidades individuales.

Lejos de paralizar su actividad, Ibáñez Carranza aseguró que la CPI continuó dictando sentencias relevantes y celebrando audiencias, incluso después de las sanciones. Mencionó decisiones en casos de la República Centroafricana, Sudán y Filipinas. Según su evaluación, las presiones externas produjeron un efecto inverso al buscado: mayor cohesión interna entre los jueces y fiscales del tribunal.

En términos políticos, el episodio plantea interrogantes sobre la gobernanza global, el respeto a la independencia judicial y el equilibrio entre soberanía estatal y justicia internacional. La jueza advirtió que la respuesta de la Unión Europea será clave: no solo en declaraciones de respaldo, sino en medidas prácticas que garanticen condiciones operativas mínimas para el funcionamiento de la Corte.

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¿Quiénes seremos después de Gaza?

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Escribe Linda Kinstler. (Este artículo fue publicado originalmente en junio, en The Ideas Letter, un proyecto de la Open Society Foundations) El 8 de octubre, Israel y Hamás anunciaron un acuerdo para iniciar el proceso de paz, con la liberación de rehenes y prisioneros de ambos lados. Según las estimaciones más recientes, más de 65 mil personas murieron en la Franja de Gaza.

En marzo de 1988, el historiador israelí Yehuda Elkana, sobreviviente de Auschwitz, publicó un artículo en el periódico Haaretz sobre “la necesidad de olvidar”. En el texto, decía que, aunque conversaba frecuentemente sobre el Holocausto con sus cuatro hijos, contándoles lo que había vivido en el campo de concentración, se negaba a acompañarlos en visitas a Yad Vashem, el museo del Holocausto en Jerusalén. Decía también que se resistió a presenciar, en 1961, el juicio de Adolf Eichmann, militar nazi que organizó la matanza, y se opuso al juicio de John Demjanjuk, que había sido guardia en el campo de exterminio de Sobibor. Había un motivo para ello: Elkana creía que la memoria del Holocausto había sido cooptada para fines destructivos; que estaba siendo utilizada maliciosamente para insuflar el odio y la violencia contra el pueblo palestino.

Al publicar el artículo en aquel momento –en medio de la Primera Intifada, poco después de que salieran a la luz imágenes de soldados israelíes golpeando a palestinos indefensos–, el historiador quizás tenía la esperanza de que aún había tiempo para que Israel cambiara de rumbo. Argumentó que, “si el Holocausto no hubiera penetrado tan profundamente en la conciencia nacional”, el conflicto entre judíos y palestinos no habría generado tantos actos de terrorismo y violencia. Conjeturó que el proceso de paz en la región quizás no se habría estancado. Para Elkana, en 1988, había llegado finalmente el momento de que el pueblo judío abandonara la idea de que “el mundo entero está contra nosotros, y somos eternas víctimas”.

Aunque el resto del mundo podía, por supuesto, seguir rememorando y discutiendo el Holocausto, los israelíes necesitaban olvidar: “Hoy no veo una tarea política y educativa más importante para los líderes de esta nación que posicionarse del lado de la vida, dedicarse a la creación de nuestro futuro, y no ocuparse, de la mañana a la noche, con símbolos, ceremonias y lecciones del Holocausto”. La democracia, advirtió Elkana, fallecido en 2012, está en riesgo cuando “la memoria de los muertos participa activamente en el proceso democrático” –cuando la política se convierte en un camino hacia una venganza interminable.

El artículo fue un intento de impedir que su país continuara siguiendo un camino de violencia injustificable, alimentada por un dolor y un pánico existenciales. En los últimos 37 años, el mensaje del historiador ha sido recordado ocasionalmente, junto con otros llamamientos a la reconfiguración de la memoria del Holocausto. De cierta forma, él estaba adelantado a su tiempo, pero también atrasado –quizás ya veía en el horizonte los contornos de la época actual, o quizás no se atrevía a imaginar hasta qué punto las cosas aún iban a empeorar.

El escritor y crítico indio Pankaj Mishra dice que el mensaje de Elkana llegó demasiado tarde. Las negociaciones de paz entre Israel y Palestina se interrumpieron poco después de la publicación del artículo, y la extrema derecha israelí pasó a describir ese proceso diplomático como un “prólogo para la aniquilación judía”, sugiriendo un otro Holocausto inminente. Con su nuevo libro, The World After Gaza: A History –un impresionante análisis del tiempo presente, aún sin traducción al español–, Mishra se une al pequeño pero creciente grupo de intelectuales que, como Elkana, buscan rescatar las lecciones liberales y humanistas del Holocausto para impedir que den pie a impulsos vengativos. Si el colapso moral representado por el Holocausto marcó el inicio de una nueva era histórica, la destrucción de Gaza, ahora, inauguró otra.

En la visión de Mishra, la aniquilación de los palestinos expuso la hipocresía moral de Occidente para una nueva generación de personas que, comprensiblemente, no se satisfacen con los eufemismos y las explicaciones cínicas para la matanza. La guerra de Gaza, según el escritor, marca “una ruptura final en la historia moral del mundo”, el fin de una era “en la que el Holocausto era una referencia universal para un colapso calamitoso de la moralidad humana”.

La misma convicción de que entramos en una nueva y aterradora era impregna Being Jewish After the Destruction of Gaza: A Reckoning (“Ser judío después de la destrucción de Gaza: Un ajuste de cuentas”, en traducción libre), nuevo libro de Peter Beinart, el más prominente intelectual de la izquierda judía en Estados Unidos. El título anticipa la principal tesis del autor: después de la devastación de Gaza, la experiencia de ser judío fue transformada, porque pasó a ser inseparable de la violencia perpetrada por el Estado israelí. Beinart dice tener la esperanza de que “un día veremos la aniquilación de Gaza como un punto de inflexión en la historia judía” (está implícito, aunque no dicho, que ese acontecimiento ya marca un punto de inflexión en la historia palestina). Después de ese momento, los judíos no pueden alegar más ser “las víctimas permanentes de la historia”.

Los dos libros fueron escritos en estilos diferentes, para públicos diferentes –la prosa de Beinart está llena de referencias bíblicas y se dirige a lectores judíos, mientras que el texto de Mishra ofrece una introducción al sionismo para quien no está familiarizado con el asunto. Los dos autores, sin embargo, asumen la misma tarea: enfrentar una visión de la historia judía que gira en torno al Holocausto. Mishra y Beinart exhortan a sus lectores a reflexionar sobre cómo esa historia será inevitablemente transformada después de Gaza y cómo podemos construir un futuro verdaderamente libre.

Los dos sitúan a Gaza como el nuevo “marco fundador” (foundational past) de nuestro tiempo, para usar una expresión de Alon Confino, historiador cultural israelí. En Occidente, el Holocausto fue, de cierta forma, el marco fundador del siglo XX; antes de eso, había sido la Revolución Francesa. Estos eventos definieron sus épocas porque, según Confino, encarnaron “un novum histórico que sirve como una regla moral e histórica, como una medida de lo que es ser humano”. Representaron, respectivamente, el auge de la aspiración humana y el grado de su depravación. Ahora, Mishra y Beinart argumentan que la devastación de Gaza llevó a la humanidad a un nuevo escalón de degradación. La violencia israelí, observa Beinart, equivalía en cierto momento a que una sala de clases entera de niños palestinos fuera asesinada todos los días. Los efectos históricos y geopolíticos de esa catástrofe, según él, serán fundamentalmente diferentes de todo lo que los antecedió.

Pero ¿y si los dos autores están equivocados? ¿Y si el mundo post-Gaza no es tan diferente del que estamos acostumbrados? ¿Y si las condiciones de ese mundo no son definidas por Gaza, sino por algún otro cataclismo que aún está por venir? ¿Y si este momento no señala un punto de inflexión, un nuevo despertar moral, sino solo un pequeño punto histórico en un mundo de devastaciones cada vez peores? Esa posibilidad, real e inquietante, es la más aterrorizante que los dos libros obligan a los lectores a considerar.

Tanto Mishra como Beinart narran sus propias historias de desilusión con Israel. El primero relata que, al crecer en India en los años 70, “sentía afinidad” por la historia y la literatura judías e incluso tenía una foto del general israelí Moshe Dayan en la pared de su cuarto. En aquella época, y aún hoy, nacionalistas hindúes admiraban a los sionistas por haber “ganado la carrera y haberse convertido en una nación musculosa”. Aunque al principio no sabía “casi nada” sobre la Segunda Guerra, Mishra veía a Israel “como una redención para las víctimas del Holocausto, y una garantía inquebrantable contra su repetición”. Al entrar en contacto con algunos estudiantes palestinos, sin embargo, el escritor percibió que las cosas quizás no eran así. Cambió de opinión definitivamente cuando visitó Israel y Cisjordania en 2008, constatando, in loco, la opresión a los palestinos. Mishra dice que, en aquel momento, “se sintió ineludiblemente implicado en el sufrimiento” del pueblo palestino.

Ya la desilusión vivida por Beinart comenzó en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, de donde proviene su familia. Él dice que, al visitar el país en la infancia y la adolescencia, conoció la injusticia racial del Apartheid y oyó que aquello era “necesario” para garantizar la seguridad de los blancos. “Cuando llegué a la edad adulta, esa historia se desmoronó”, escribe. “El ejército, que tanto había asustado a los blancos, se dispersó tan pronto como los sudafricanos negros pudieron expresarse a través de sus votos, en lugar de las armas”. Para Beinart, conceder a las personas el derecho al voto –derecho que es negado a los palestinos en las elecciones israelíes– es uno de los mejores caminos para la paz. El fin del Apartheid, en su visión, es un precedente esperanzador para el futuro de Israel y Palestina: en Sudáfrica, al fin y al cabo, los mitos de excepcionalismo usados para justificar la supremacía blanca se derrumbaron bajo el peso de sus propias mentiras. Beinart dice creer en un mundo en el cual los palestinos desplazados durante y después de 1948 puedan volver a sus casas, y en que los israelíes desplazados después del 7 de octubre puedan hacer lo mismo. No se arriesga a sugerir lo que debería hacerse en caso de que esas “casas” sean, en realidad, la misma.

Aunque los dos libros intentan situar a sus lectores en el mundo aterrador “post-Gaza”, queda la impresión de que su público, en realidad, son los lectores de un futuro cercano –aquellos que mirarán hacia atrás y verán en esos textos una evidencia de que alguien al menos dijo algo, de que las personas se manifestaron contra la eliminación de las vidas y las tierras palestinas, y algunas hasta se atrevieron a imaginar un futuro alternativo. (En su libro más reciente, One day, everyone will have always been against this –“Algún día, todo el mundo habrá estado siempre en contra de esto”–, el novelista canadiense-egipcio Omar El Akkad se dirige explícitamente a esos lectores. Su título es un intento de anular, por anticipación, cualquier omisión moral que aún esté por venir).

Mishra pide a sus lectores que miren “más allá de la encarnación actual de Israel” y examinen “la condición de impotencia y marginalidad que el sionismo originalmente buscaba corregir –una condición más común en las historias de Asia y África que en la de Europa y América del Norte, y aún dolorosamente no resuelta”. Hay esperanza para el mundo post-Gaza, dice Mishra, porque aún existen personas lo suficientemente valientes para manifestarse contra la violencia israelí y la complicidad de Occidente. Beinart, por su parte, sugiere que una vertiente más antigua del “sionismo cultural” –que valoraba la vida y la cultura judías, pero rechazaba la idea de un Estado judío– podría ser rescatada como alternativa a las formas más nacionalistas y militarizadas del sionismo.

Ninguna de estas obras tiene propuestas satisfactorias sobre cómo llegar a un mundo justo post-Gaza, pero ese no es su objetivo. En su lugar, anuncian la llegada de una nueva era, en la que el Holocausto ya no es el agujero negro moral alrededor del cual gira el mundo. Otros pensadores han expresado recientemente esta misma visión, pidiendo una reevaluación de la memoria del Holocausto después del 7 de octubre de 2023. “El ambiguo privilegio de ser un sufriente ejemplar […] se pierde cuando los papeles de verdugo y víctima son, en el mejor de los casos, confundidos, y en el peor, invertidos”, escribió el historiador Martin Jay en un ensayo en el Journal of Genocide Research a principios de este año. “La triste verdad es que, por varias generaciones futuras, la expresión ‘nunca más’ será usada para referirse tanto a la limpieza étnica de Israel en Cisjordania y a su guerra en Gaza como al Holocausto”.

Marianne Hirsch, cuya obra pionera sobre la “posmemoria” definió toda una generación de estudios sobre el Holocausto, cuestionó las implicaciones de su propia investigación en un ensayo en la revista online Public Books, el año pasado. “¿Acaso las estructuras de recuerdo que nuestro trabajo destacó también alimentaron el miedo existencial del retorno del Holocausto, tal como estamos presenciando ahora?”, pregunta, en tono autocrítico. Aquellos que hoy tocan la alarma del antisemitismo en los campus universitarios llegaron a la edad adulta “justamente cuando los estudios sobre el Holocausto y el trauma se estaban desarrollando”, afirmó. “¿De qué forma este pánico actual remite a la memoria marcada por el trauma que algunos de nosotros, en el área, quizás hayamos estimulado?”

Tanto Mishra como Beinart defienden el fin de esa memoria marcada por el trauma del Holocausto. Es interesante notar que Beinart apenas menciona el Holocausto en su libro –una de las pocas veces en que lo hace es para enfatizar que ese acontecimiento no debe ser comparado con el 7 de octubre, porque hoy los judíos tienen “supremacía legal” sobre sus agresores. Con notable moderación, Beinart protege la memoria del Holocausto de nuevas distorsiones y manipulaciones, y propone acabar con la “evasión moral” y la “falsa inocencia” de la vida judía moderna, que intenta siempre “camuflar la dominación como autodefensa”.

Sionistas pioneros como Dayan, Zeev Jabotinsky –fundador del movimiento juvenil Betar– y Hans Kohn eran más sinceros en cuanto a la naturaleza de los proyectos que defendían, definiendo la violencia de los palestinos como una forma de revuelta anticolonial. (Jabotinsky se refirió explícitamente a los israelíes como “colonizadores” y a los palestinos como “nativos”). En 1902, Theodor Herzl, fundador del sionismo político moderno, escribió en una carta al político británico Cecil Rhodes que el sionismo era “algo colonial”.

“Es difícil hablar con tanta franqueza hoy en día”, dice Beinart. De hecho, se está volviendo muy difícil hablar cualquier cosa.

¿Cómo será el mundo post-Gaza? ¿Y seremos capaces de reconocerlo cuando llegue, si es que llega? Por los testimonios, fotografías e imágenes de satélite que llegaron a nuestras pantallas hasta ahora, tenemos solo una noción mínima de lo que sucedió: paisajes áridos, casas bombardeadas, cuerpos bajo escombros, miles de desaparecidos. Thomas Friedman, columnista del New York Times, afirmó que, el día en que la guerra en Gaza realmente termine, los periodistas irán hasta allí y podrán, por fin, exponer al mundo los horrores sufridos por los palestinos: “Y cuando eso ocurra, será un día muy malo para Israel, y un día muy malo para los judíos de todo el mundo, porque las escenas serán horribles”.

Pero las escenas ya son tan horribles y abundantes (recién nacidos sin comida ni medicinas, padres abrazados a los cuerpos ensacados de sus hijos, los famélicos, los no enterrados, los vivos que saben que pronto podrán morir) que ninguna otra prueba debería ser necesaria. ¿Solo ahora, pasado tanto tiempo desde el inicio de la guerra, con decenas de miles de muertos, los aliados fieles de Israel concluyeron que es hora de actuar? Si este es el punto a partir del cual la comunidad internacional comienza a tomar una actitud, estamos en apuros. La respuesta que se esbozó hasta ahora es demasiado tímida ante la gravedad de los hechos.

Al afirmar con convicción que el mundo post-Gaza será fundamentalmente diferente del que conocemos, Mishra y Beinart transmiten una tenue esperanza. Mishra pregunta si algún día podremos liberarnos de las “narrativas históricas maniqueas” que hace tanto tiempo nos aprisionan y abandonar “la extraña búsqueda de la inocencia” –aunque, al formular esas ideas solo como preguntas, él parece un tanto escéptico en cuanto a la posibilidad real de que eso suceda. Beinart, por su parte, reafirma su creencia de que el cambio vendrá para los palestinos así como vino para los negros de Sudáfrica.

Queremos creer que ellos tienen razón –que un día miraremos a este tiempo presente y lo veremos como el marco de un cambio histórico decisivo e incontestable, un momento en que la masacre de los inocentes motivó grandes cambios legales y políticos. Pero, aunque hay algunas señales de que eso pueda suceder –algunos juristas, por ejemplo, han defendido que el sistema legal sea reconstruido desde cero–, hay muchos más indicios apuntando en la dirección contraria. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, aún no ha sido disuadido de la idea de destruir, vaciar y reurbanizar la Franja de Gaza. Como escribió el abogado israelí de derechos humanos Michael Sfard, en un artículo en Haaretz, nos estamos “quedando sin palabras” para describir las atrocidades contra los palestinos. El hambre, las deportaciones y los asesinatos en masa son actos flagrantemente ilegales, que violan leyes nacionales e internacionales. Sin embargo, continúan ocurriendo, impulsados por la sed de poder y la creencia en la victimización y el excepcionalismo judío.

Nadie escuchó el llamamiento de Yehuda Elkana en 1988. Como era de esperar, el historiador fue duramente criticado por cuestionar la centralidad del Holocausto en la vida israelí. Aun previendo esa reacción, él consideró importante defender el olvido, cuestionar si la memoria histórica puede algún día ser una fuerza liberadora e intentar crear las condiciones para imaginar un futuro diferente. Aún no sabemos cómo será el mundo post-Gaza, ni si lo reconoceremos de esa forma. Pero, como nos recuerdan Mishra y Beinart, aún podemos aceptar el desafío de Elkana y “posicionarnos al lado de la vida”.

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Habitantes de Gaza regresan a sus hogares destruidos con el cese del fuego

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Inter Press Service – Miles de familias palestinas desplazadas por la guerra en la Franja de Gaza iniciaron el regreso a sus hogares, la mayoría derruidos, apenas al mediodía local de este viernes 10 se produjo el cese del fuego convenido entre Israel y la milicia islamista Hamas.

Reportes recibidos en las sedes de las Naciones Unidas daban cuenta de la movilización de más de 200 000 gazatíes -un río de caminantes y vehículos-, desde los improvisados campamentos y refugios en el sur de la Franja hacia el norte, a diferentes urbes, principalmente la ciudad de Gaza, escenario de los últimos bombardeos del ejército israelí, .

Cada gazatí provee un testimonio: “Todos en Gaza están felices por el fin de las masacres y el genocidio contra la población civil. Por fin podemos sentirnos seguros y protegidos tras dos años de destrucción y derramamiento de sangre de niños y adultos.”, expresa un desplazado, Taysir Jneid.

O el de Mariam al-Ghoula, anciana que vive en un campamento en el centro de Gaza: “Estoy feliz y triste a la vez; feliz porque hay un alto el fuego y es posible que podamos regresar a nuestros hogares, pero triste por los que perdimos, nuestros hijos que permanecen enterrados bajo los escombros”.

El fin de la guerra

La guerra que se ha detenido se inició el 7 de octubre de 2023 con el ataque de Hamas al sur israelí que en el que murieron más de 1100 personas y 251 fueron tomadas como rehenes. La respuesta militar de Israel ha matado a unos 68 000 palestinos y herido a otros 170 000.

También la mayoría de los 2,2 millones de habitantes de la Franja debieron desplazarse, muchos de ellos varias veces, y la mayor parte de las viviendas y la infraestructura de servicios se redujo a escombros por los bombardeos.

Dos años después, los contendores acordaron los primeros pasos para cesar la guerra, con base en un proyecto que presentó el presidente estadounidense Donald Trump, respaldado por el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y aceptado por Hamas con la mediación de Egipto, Estados Unidos, Qatar y Turquía.

Con el cese del fuego y el repliegue que inician las fuerzas israelíes, se espera la liberación de los últimos rehenes en poder de Hamas -unos 20 con vida y los restos de otros 28 que perecieron en cautiverio- entre el domingo 12 y el lunes 13, y el rápido ingreso masivo de ayuda humanitaria por parte de las agencias de la ONU.

Stepháne Dujarric, portavoz del secretario general de la ONU, António Guterres, dijo que la organización obtuvo autorización de Israel para ingresar a la bloqueada Franja 170 000 toneladas métricas de alimentos, suministros sanitarios y nutricionales, así como artículos para refugios y otros productos esenciales.

Los suministros se encuentran actualmente en la región, principalmente en Israel, pero también en Chipre, Cisjordania, Egipto y Jordania, y centenares de camiones están listos para llevarlos a Gaza.

Al bloquear durante meses el ingreso de ayuda humanitaria a la Franja, Israel colocó a la población en una situación crítica por la falta de alimentos, agua potable, medicinas y otros bienes, lo que implicó la aparición de la hambruna en sectores de Gaza y la muerte de cientos de personas como consecuencia de la desnutrición.

Ricardo Pires, portavoz del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) pidió que se abran urgentemente los pasos fronterizos para que ingrese la ayuda, ya que hay unos 50 000 niños en riesgo de desnutrición aguda que necesitan asistencia con alimentos y abrigos a medida que se acerca el invierno.

Acuerdo de Paz

El acuerdo aún no establece cuál será el papel de las distintas agencias de la ONU -incluida Unrwa, la dedicada a la población palestina refugiada- en la fase que sigue inmediatamente a la adopción del acuerdo.

El plan de la ONU para los primeros 60 días supone reforzar la producción local de alimentos, detección y tratamiento de la malnutrición, restablecimiento de los servicios sanitarios esenciales, reparación de la red de abastecimiento de agua, y un aumento masivo de la provisión de refugios de emergencia.

Según el acuerdo, las tropas israelíes se replegarán reduciendo su control, de 80 a 53 %, del territorio, que alcanza a 365 kilómetros cuadrados. Hamás dispone de 72 horas para comenzar la liberación y entrega los rehenes a la Cruz Roja.

Israel y Hamás aún tienen que acordar la lista de quiénes conformarán los 1950 prisioneros palestinos que serán liberados a cambio de los rehenes.

En las 24 horas previas al cese del fuego al mediodía del viernes murieron en ataques 17 palestinos y un soldado israelí, abatido por un francotirador.

Trump prevé viajar al Medio Oriente este fin de semana para participar de la firma de los acuerdos que ponen fin a la guerra. Aspiraba obtener, por esta y otras gestiones en sus poco más de ocho meses de gobierno, el Nobel de la Paz 2025, pero el Comité que otorga el premio en Oslo lo concedió a la opositora  venezolana María Corina Machado, por liderar los esfuerzos por la democracia en su país.

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