IGLESIA CATOLICA

El papa León indica un cambio en el enfoque de la Iglesia católica respecto al sexo

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(Reuters) – La gira africana del papa León XIV por cuatro países estuvo marcada por las firmes denuncias del pontífice contra el despotismo y la guerra, así como por los ataques sin precedentes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que acapararon los titulares.

Sin embargo, un momento ‌más discreto, en el que el papa dijo que la Iglesia católica debería dar prioridad a las cuestiones de desigualdad y justicia frente a las de ética sexual, ‌podría resultar de importancia más duradera para los 1.400 millones de fieles de la Iglesia, según los expertos.

“La unidad o la división de la Iglesia no debería girar en torno a cuestiones sexuales”, dijo León, el primer papa estadounidense, en ​una rueda de prensa durante su vuelo de regreso a casa el jueves.

“Creo que hay cuestiones mucho más grandes e importantes, como la justicia, la igualdad, (…) que tendrían prioridad sobre ese tema en particular”, dijo.

Marianne Duddy-Burke, directora ejecutiva de Dignity USA, un grupo que apoya a los católicos LGBTQ+, calificó los comentarios del papa como “una reorientación de prioridades muy significativa y largamente esperada”.

Los sacerdotes y obispos de la Iglesia universal llevan mucho tiempo haciendo hincapié en que sus enseñanzas sobre cuestiones sexuales, incluidas las prohibiciones del aborto, los métodos anticonceptivos y el matrimonio entre personas del mismo sexo, son prioridades fundamentales.

En ‌su primer viaje a África en 2009, el difunto papa Benedicto XVI ⁠desató una protesta internacional al afirmar que la Iglesia no podía relajar su prohibición del uso de preservativos por parte de los católicos, ni siquiera para ayudar a combatir la transmisión del VIH/sida.

Benedicto XVI dijo que permitir el uso de preservativos solo “agravaría el problema” desde el punto de vista ⁠ético.

Enfoque novedoso

León hizo estos comentarios el jueves en respuesta a una pregunta sobre la bendición de parejas del mismo sexo por parte de la Iglesia. Dijo que apoyaba una decisión histórica de 2023 del difunto papa Francisco que permitía a los párrocos impartir bendiciones a parejas del mismo sexo de manera informal, fuera de un servicio ritual y según cada caso concreto.

Sin ​embargo, ​León dijo que quería dar prioridad a otras cuestiones éticas y que no quería que las bendiciones se formalizaran ​aún más.

“Ir más allá de eso hoy en día, creo que el ‌tema puede causar más desunión que unidad”, dijo el pontífice de 70 años.

El reverendo James Keenan, académico del Boston College, calificó el enfoque de León de novedoso para la Iglesia universal.

El papa “está afirmando que el Vaticano tiene una jerarquía de preocupaciones y que la percepción de que las cuestiones de sexualidad tienen una prioridad singular no es cierta”, dijo Keenan, un sacerdote jesuita que fundó una red mundial de académicos católicos centrada en cuestiones éticas.

“Se trata claramente de un juicio prudencial del pontífice, (…) de que las cuestiones relativas a la bendición del matrimonio homosexual no deben eclipsar retos más inmediatos como las dictaduras y la guerra”, dijo Keenan.

La Iglesia católica enseña que las relaciones sexuales fuera del matrimonio heterosexual son pecaminosas. Afirma que las personas con atracciones hacia el ‌mismo sexo deben intentar ser castas.

Francisco, que dirigió la Iglesia durante ​12 años hasta su muerte el pasado mes de abril, también se esforzó en gran medida por hacer hincapié ​en las enseñanzas de la Iglesia sobre cuestiones de justicia.

Cuando en 2013 le preguntaron sobre ​los rumores que rodeaban a un sacerdote que trabajaba en el Vaticano y que era gay, Francisco respondió con su famosa frase: “Si una persona es ‌gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para ​juzgarla?”.

Esos comentarios, que denotaban una apertura sin precedentes ​por parte de un papa hacia los católicos LGBTQ+, se convirtieron en un momento trascendental del pontificado de Francisco, ampliamente citadas e impresas en productos promocionales y camisetas.

“Esto parece el momento ‘¿Quién soy yo para juzgar?’ de León”, dijo David Gibson, experto en el Vaticano y académico de la Universidad de Fordham, sobre los comentarios de León del jueves.

“(León) aboga ​por la paz y la justicia y considera que esas enseñanzas ‌morales son tan importantes como la ética sexual”, dijo Gibson.

Francis DeBernardo, director ejecutivo de New Ways Ministry, otro grupo que apoya a los católicos LGBTQ+, elogió la ​respuesta de León.

“Enumeró otros asuntos, más sociales —justicia, igualdad, libertad— como cuestiones de mayor importancia moral”, dijo DeBernardo. “Durante años, los defensores católicos de las personas LGBTQ+ han estado ​diciendo lo mismo”.

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Francisco pidió “Escuchar con los oídos del corazón”

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La Iglesia Católica Apostolica Romana celebra el domingo 29 de mayo la 56° Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales y, como es tradición, lo hace en el día de la Ascensión del Señor

La Jornada Mundial de la Comunicaciones Sociales se viene celebrando en la Iglesia desde 1967 y fue instituida por expresa voluntad del Concilio Vaticano II. El Mensaje de los Papas para esta Jornada se publica tradicionalmente con ocasión de la festividad de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas (24 de enero).

Los distintos Sumos Pontífices se han valido de estas Jornadas para manifestar su pensamiento respecto de la importancia de las comunicaciones en la sociedad y también para compartir el anhelo del buen uso de los medios de comunicación.

Este año, el Papa Francisco titula su mensaje: “Escuchar con los oídos del corazón”.

Queridos hermanos y hermanas:

El año pasado reflexionamos sobre la necesidad de “ir y ver” para descubrir la realidad y poder contarla a partir de la experiencia de los acontecimientos y del encuentro con las personas. Siguiendo en esta línea, deseo ahora centrar la atención sobre otro verbo, “escuchar”, decisivo en la gramática de la comunicación y condición para un diálogo auténtico.

En efecto, estamos perdiendo la capacidad de escuchar a quien tenemos delante, sea en la trama normal de las relaciones cotidianas, sea en los debates sobre los temas más importantes de la vida civil. Al mismo tiempo, la escucha está experimentando un nuevo e importante desarrollo en el campo comunicativo e informativo, a través de las diversas ofertas de podcast y chat audio, lo que confirma que escuchar sigue siendo esencial para la comunicación humana.

A un ilustre médico, acostumbrado a curar las heridas del alma, le preguntaron cuál era la mayor necesidad de los seres humanos. Respondió: “El deseo ilimitado de ser escuchados”. Es un deseo que a menudo permanece escondido, pero que interpela a todos los que están llamados a ser educadores o formadores, o que desempeñen un papel de comunicador: los padres y los profesores, los pastores y los agentes de pastoral, los trabajadores de la información y cuantos prestan un servicio social o político.

Escuchar con los oídos del corazón

En las páginas bíblicas aprendemos que la escucha no sólo posee el significado de una percepción acústica, sino que está esencialmente ligada a la relación dialógica entre Dios y la humanidad. «Shema’ Israel – Escucha, Israel» (Dt 6,4), el íncipit del primer mandamiento de la Torah se propone continuamente en la Biblia, hasta tal punto que san Pablo afirma que «la fe proviene de la escucha» (Rm 10,17). Efectivamente, la iniciativa es de Dios que nos habla, y nosotros respondemos escuchándolo; pero también esta escucha, en el fondo, proviene de su gracia, como sucede al recién nacido que responde a la mirada y a la voz de la mamá y del papá. De los cinco sentidos, parece que el privilegiado por Dios es precisamente el oído, quizá porque es menos invasivo, más discreto que la vista, y por tanto deja al ser humano más libre.

La escucha corresponde al estilo humilde de Dios. Es aquella acción que permite a Dios revelarse como Aquel que, hablando, crea al hombre a su imagen, y, escuchando, lo reconoce como su interlocutor. Dios ama al hombre: por eso le dirige la Palabra, por eso “inclina el oído” para escucharlo.

El hombre, por el contrario, tiende a huir de la relación, a volver la espalda y “cerrar los oídos” para no tener que escuchar. El negarse a escuchar termina a menudo por convertirse en agresividad hacia el otro, como les sucedió a los oyentes del diácono Esteban, quienes, tapándose los oídos, se lanzaron todos juntos contra él (cf. Hch 7,57).

Así, por una parte está Dios, que siempre se revela comunicándose gratuitamente; y por la otra, el hombre, a quien se le pide que se ponga a la escucha. El Señor llama explícitamente al hombre a una alianza de amor, para que pueda llegar a ser plenamente lo que es: imagen y semejanza de Dios en su capacidad de escuchar, de acoger, de dar espacio al otro. La escucha, en el fondo, es una dimensión del amor.

Por eso Jesús pide a sus discípulos que verifiquen la calidad de su escucha: «Presten atención a la forma en que escuchan» (Lc 8,18); los exhorta de ese modo después de haberles contado la parábola del sembrador, dejando entender que no basta escuchar, sino que hay que hacerlo bien. Sólo da frutos de vida y de salvación quien acoge la Palabra con el corazón “bien dispuesto y bueno” y la custodia fielmente (cf. Lc 8,15). Sólo prestando atención a quién escuchamos, qué escuchamos y cómo escuchamos podemos crecer en el arte de comunicar, cuyo centro no es una teoría o una técnica, sino la «capacidad del corazón que hace posible la proximidad» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 171).

Todos tenemos oídos, pero muchas veces incluso quien tiene un oído perfecto no consigue escuchar a los demás. Existe realmente una sordera interior peor que la sordera física. La escucha, en efecto, no tiene que ver solamente con el sentido del oído, sino con toda la persona. La verdadera sede de la escucha es el corazón. El rey Salomón, a pesar de ser muy joven, demostró sabiduría porque pidió al Señor que le concediera «un corazón capaz de escuchar» ( 1 Re 3,9). Y san Agustín invitaba a escuchar con el corazón ( corde audire), a acoger las palabras no exteriormente en los oídos, sino espiritualmente en el corazón: «No tengan el corazón en los oídos, sino los oídos en el corazón» [1]. Y san Francisco de Asís exhortaba a sus hermanos a «inclinar el oído del corazón» [2].

La primera escucha que hay que redescubrir cuando se busca una comunicación verdadera es la escucha de sí mismo, de las propias exigencias más verdaderas, aquellas que están inscritas en lo íntimo de toda persona. Y no podemos sino escuchar lo que nos hace únicos en la creación: el deseo de estar en relación con los otros y con el Otro. No estamos hechos para vivir como átomos, sino juntos.

La escucha como condición de la buena comunicación

Existe un uso del oído que no es verdadera escucha, sino lo contrario: el escuchar a escondidas. De hecho, una tentación siempre presente y que hoy, en el tiempo de las redes sociales, parece haberse agudizado, es la de escuchar a escondidas y espiar, instrumentalizando a los demás para nuestro interés. Por el contrario, lo que hace la comunicación buena y plenamente humana es precisamente la escucha de quien tenemos delante, cara a cara, la escucha del otro a quien nos acercamos con apertura leal, confiada y honesta.

Lamentablemente, la falta de escucha, que experimentamos muchas veces en la vida cotidiana, es evidente también en la vida pública, en la que, a menudo, en lugar de oír al otro, lo que nos gusta es escucharnos a nosotros mismos. Esto es síntoma de que, más que la verdad y el bien, se busca el consenso; más que a la escucha, se está atento a la audiencia. La buena comunicación, en cambio, no trata de impresionar al público con un comentario ingenioso dirigido a ridiculizar al interlocutor, sino que presta atención a las razones del otro y trata de hacer que se comprenda la complejidad de la realidad. Es triste cuando, también en la Iglesia, se forman bandos ideológicos, la escucha desaparece y su lugar lo ocupan contraposiciones estériles.

En realidad, en muchos de nuestros diálogos no nos comunicamos en absoluto. Estamos simplemente esperando que el otro termine de hablar para imponer nuestro punto de vista. En estas situaciones, como señala el filósofo Abraham Kaplan [3], el diálogo es un “duálogo”, un monólogo a dos voces. En la verdadera comunicación, en cambio, tanto el tú como el yo están “en salida”, tienden el uno hacia el otro.

Escuchar es, por tanto, el primer e indispensable ingrediente del diálogo y de la buena comunicación. No se comunica si antes no se ha escuchado, y no se hace buen periodismo sin la capacidad de escuchar. Para ofrecer una información sólida, equilibrada y completa es necesario haber escuchado durante largo tiempo. Para contar un evento o describir una realidad en un reportaje es esencial haber sabido escuchar, dispuestos también a cambiar de idea, a modificar las propias hipótesis de partida.

En efecto, solamente si se sale del monólogo se puede llegar a esa concordancia de voces que es garantía de una verdadera comunicación. Escuchar diversas fuentes, “no conformarnos con lo primero que encontramos” —como enseñan los profesionales expertos— asegura fiabilidad y seriedad a las informaciones que transmitimos. Escuchar más voces, escucharse mutuamente, también en la Iglesia, entre hermanos y hermanas, nos permite ejercitar el arte del discernimiento, que aparece siempre como la capacidad de orientarse en medio de una sinfonía de voces.

Pero, ¿por qué afrontar el esfuerzo que requiere la escucha? Un gran diplomático de la Santa Sede, el cardenal Agostino Casaroli, hablaba del “martirio de la paciencia”, necesario para escuchar y hacerse escuchar en las negociaciones con los interlocutores más difíciles, con el fin de obtener el mayor bien posible en condiciones de limitación de la libertad. Pero también en situaciones menos difíciles, la escucha requiere siempre la virtud de la paciencia, junto con la capacidad de dejarse sorprender por la verdad — aunque sea tan sólo un fragmento de la verdad— de la persona que estamos escuchando. Sólo el asombro permite el conocimiento. Me refiero a la curiosidad infinita del niño que mira el mundo que lo rodea con los ojos muy abiertos. Escuchar con esta disposición de ánimo —el asombro del niño con la consciencia de un adulto— es un enriquecimiento, porque siempre habrá alguna cosa, aunque sea mínima, que puedo aprender del otro y aplicar a mi vida.

La capacidad de escuchar a la sociedad es sumamente preciosa en este tiempo herido por la larga pandemia. Mucha desconfianza acumulada precedentemente hacia la “información oficial” ha causado una “infodemia”, dentro de la cual es cada vez más difícil hacer creíble y transparente el mundo de la información. Es preciso disponer el oído y escuchar en profundidad, especialmente el malestar social acrecentado por la disminución o el cese de muchas actividades económicas.

También la realidad de las migraciones forzadas es un problema complejo, y nadie tiene la receta lista para resolverlo. Repito que, para vencer los prejuicios sobre los migrantes y ablandar la dureza de nuestros corazones, sería necesario tratar de escuchar sus historias, dar un nombre y una historia a cada uno de ellos. Muchos buenos periodistas ya lo hacen. Y muchos otros lo harían si pudieran. ¡Alentémoslos! ¡Escuchemos estas historias! Después, cada uno será libre de sostener las políticas migratorias que considere más adecuadas para su país. Pero, en cualquier caso, ante nuestros ojos ya no tendremos números o invasores peligrosos, sino rostros e historias de personas concretas, miradas, esperanzas, sufrimientos de hombres y mujeres que hay que escuchar.

Escucharse en la Iglesia

También en la Iglesia hay mucha necesidad de escuchar y de escucharnos. Es el don más precioso y generativo que podemos ofrecernos los unos a los otros. Nosotros los cristianos olvidamos que el servicio de la escucha nos ha sido confiado por Aquel que es el oyente por excelencia, a cuya obra estamos llamados a participar. «Debemos escuchar con los oídos de Dios para poder hablar con la palabra de Dios» [4]. El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer nos recuerda de este modo que el primer servicio que se debe prestar a los demás en la comunión consiste en escucharlos. Quien no sabe escuchar al hermano, pronto será incapaz de escuchar a Dios [5].

En la acción pastoral, la obra más importante es “el apostolado del oído”. Escuchar antes de hablar, como exhorta el apóstol Santiago: «Cada uno debe estar pronto a escuchar, pero ser lento para hablar» (1,19). Dar gratuitamente un poco del propio tiempo para escuchar a las personas es el primer gesto de caridad.

Hace poco ha comenzado un proceso sinodal. Oremos para que sea una gran ocasión de escucha recíproca. La comunión no es el resultado de estrategias y programas, sino que se edifica en la escucha recíproca entre hermanos y hermanas. Como en un coro, la unidad no requiere uniformidad, monotonía, sino pluralidad y variedad de voces, polifonía. Al mismo tiempo, cada voz del coro canta escuchando las otras voces y en relación a la armonía del conjunto. Esta armonía ha sido ideada por el compositor, pero su realización depende de la sinfonía de todas y cada una de las voces.

Conscientes de participar en una comunión que nos precede y nos incluye, podemos redescubrir una Iglesia sinfónica, en la que cada uno puede cantar con su propia voz acogiendo las de los demás como un don, para manifestar la armonía del conjunto que el Espíritu Santo compone.

Roma, San Juan de Letrán, 24 de enero de 2022, Memoria de san Francisco de Sales.

Francisco

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[1] «Nolite habere cor in auribus, sed aures in corde» ( Sermo 380, 1: Nuova Biblioteca Agostiniana 34, 568).

[2]  Carta a toda la OrdenFuentes Franciscanas, 216.

[3] Cf. The life of dialogue, en J. D. Roslansky ed., Communication. A discussion at the Nobel Conference, North-Holland Publishing Company – Amsterdam 1969, 89-108.

[4] D. Bonhoeffer, Vida en comunidad, Sígueme, Salamanca 2003, 92.

[5] Cf. ibíd., 90-91.

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“Sacar el cuero” nos degrada

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 8° domingo durante el año [27 de febrero de 2022]

El texto del Evangelio de este domingo (Lc 6, 39-45) señala varias enseñanzas, entre ellas, la misericordia y la bondad para juzgar al prójimo, así como la necesidad de realizar con caridad toda corrección fraterna. El texto dice: «¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? […]¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano».

Este texto es muy concreto y tiene mucho contenido para aplicarlo en la vida cotidiana. Si miramos en nuestros ambientes es sorprendente percibir cómo aquello que prima es el chisme, la difamación y la calumnia. Lamentablemente, lo habitual es, muchas veces, «sacar el cuero» al otro provocando, en ocasiones, daños irreparables. En muchas oportunidades hemos reflexionado sobre la necesidad de insertar el evangelio en la vida cotidiana. Para vivir la santidad no es necesario hacer cosas extraordinarias y llamativas. He aquí un pedido concreto en el evangelio de este domingo: ser más misericordiosos y justos en el juicio al otro y ser capaces y veraces para realizar un auténtico examen de conciencia. La corrección fraterna hecha con verdad y caridad es un instrumento muy importante que nos propone el evangelio y que, bien hecha, puede sanar y mejorar los ambientes, tanto familiares como sociales.

Considero indispensable que, en nuestro tiempo, donde hay tantos malos ejemplos, también podamos resaltar que hay muchísimos hombres y mujeres, educadores, amas de casa, periodistas, políticos, consagrados, sacerdotes, etc., que son verdadero testimonio de santidad sin necesidad de hacer cosas que llaman la atención.

Desde un estilo de vida comprometido con la realidad, logran ser fecundos y construyen desde la santidad en lo cotidiano. Es cierto que estos modelos de santidad -los de la vida cotidiana- seguramente no sirven a ciertos medios de comunicación que siempre buscan rating desde el sensacionalismo. Pero también hay que subrayar que si el sensacionalismo, la difamación o la calumnia, venden, es porque hay muchos que lo consumen.

Dañar a otro en el juicio «sacando el cuero», con la difamación o la calumnia, forman parte de la «inteligencia del mal» que busca convencernos de que es imposible creer que podemos estar mejor e intenta dejarnos sin esperanza. Esta postura es fatal porque lleva a cruzarnos de brazos o, peor aún, a bajarlos, renunciando a todo tipo de ideal. Los cristianos tenemos la certeza de que, a pesar de todo, la vida triunfa sobre la muerte. Y esto nos anima a trabajar para mejorar nosotros mismos y mejorar nuestro mundo.

En este domingo el texto del Evangelio nos pide que antes de juzgar al otro nos miremos a nosotros mismos. Y que, si consideramos que el otro está errado o pecando, tengamos un juicio y una corrección misericordiosa. «Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

Así como la comunión de bienes y la solidaridad son una forma concreta del amor cristiano, desde ya que, el corregir bien y fraternalmente, también lo es.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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